Evidencias sobre la Resurrección de Cristo

Cristo resucitado. Óleo sobre lienzo de Raúl Berzosa (2012). Fuente: www.raulberzosa.com/

Cristo resucitado. Óleo sobre lienzo de Raúl Berzosa (2012). Fuente: www.raulberzosa.com/

Hoy, 20 de abril del año 2014, todos los cristianos, los que seguimos el calendario gregoriano y los que siguen el calendario juliano, celebramos la Pascua. Hoy todos estamos de fiesta porque Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Lo creemos por nuestra absoluta fe en Él y en su palabra, pero también debemos creerlo porque hay evidencias de que los hechos históricos ocurrieron así y sobre este tema queremos escribir hoy.

Sabemos que nuestro Señor murió ejecutado en una cruz bajo el poder de Poncio Pilato, quien cedió a las presiones del Sanedrín judío. Esto nos lo dicen los Evangelios, pero también lo confirman escritores paganos como Flavio Josefo, Cornelio Tácito, Luciano de Samosata e incluso el mismo Sanedrín judío. Sabemos a ciencia cierta que murió y cómo fue su muerte, pero en cuanto a su resurrección, ya es otro cantar, aunque también existen varias líneas de evidencia que la confirman. Es cierto que los hombres somos propensos a creer sólo lo que puede explicarse por las leyes naturales, por causas naturales y ante el tema de la resurrección – por ser en sí un hecho milagroso – nuestra inteligencia nos lleva hacia el escepticismo, independientemente de que puedan existir evidencias que la confirmen. Pero es que existen esas evidencias y vamos a ver cuáles son.

En primer lugar hay que decir que existieron testigos presenciales y que su testimonio es verdadero. Los primeros apologistas cristianos citaron a cientos de testigos, algunos de los cuales incluso documentaron sus supuestas experiencias. Muchos de estos testigos, de manera voluntaria y decidida soportaron torturas y hasta la muerte antes que negar este testimonio. Son los mártires de los primeros siglos, sobre muchos de los cuales ya hemos escrito en este blog y el hecho de que aceptaran los sufrimientos y la muerte dan fe a su sinceridad y falta de engaño. “Hablando ellos al puebloPedro y Juanvinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y los saduceos, resentidos porque enseñaban al pueblo y anunciaban la resurrección de Jesús de entre los muertos. Y les echaron mano y encerraron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron, siendo el número de los varones como unos cinco mil. Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas y el sumo sacerdote Anás y Caifás y Juan y Alejandro y todos los que pertenecían a la familia de los sumos sacerdotes. Y poniéndoles en medio de ellos les preguntaron: ¿Con qué potestad y en nombre de quién habéis hecho esto? Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo y ancianos de Israel: puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio que hemos hecho a un hombre enfermo y cómo este ha sido sanado, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; gracias a Él, este hombre está sano en vuestra presencia. Este Jesús es la piedra que vosotros, los edificadores, habíais reprobado y se ha convertido en una piedra angular. Y en ningún otro hay salvación, ya que no hay otro hombre bajo el cielo por el cual podamos ser salvados. Entonces, viendo la desenvoltura de Pedro y de Juan, que eran hombres del pueblo e iletrados, quedaron maravillados y les reconocían que habían estado con Jesús. Y viendo además al hombre que había sido sanado y que estaba de pie delante de ellos, no podían decir nada en contra. Entonces les ordenaron que salieran fuera y charlaban entre ellos diciendo: ¿Qué haremos con ellos? Porque es cierto y lo que han hecho así lo manifiesta, que esto es conocido por todos los que habitan en Jerusalén y no lo podemos negar. Sin embargo, para que no se divulgue esto entre el pueblo, amenacémosles para que no sigan hablando de Jesús delante de hombre alguno (Hechos, 4, 1-17).

"Alegoría de la Resurrección de Cristo", lienzo de Patrick Devonas.

“Alegoría de la Resurrección de Cristo”, lienzo de Patrick Devonas.

De esto, da también fe la Carta X de Plinio el Joven a Trajano, que no reproduzco por su extensión, pero que puede consultarse aquí. Los cristianos podían poner fin a sus sufrimientos simplemente renunciando a su fe, pero sin embargo, la inmensa mayoría soportaban los tormentos, proclamando la resurrección de Cristo. Y es verdad que hay que decir que, en teoría, el martirio no convierte en verdad la resurrección de Cristo y que sólo demuestra la sinceridad de los mártires, pero es que ellos sabían que lo que profesaban era cierto, ya que muchos de ellos, en los primeros años de la Iglesia, habían conocido personalmente a Jesús. Si la resurrección era mentira, ¿por qué tantas personas daban su vida por afirmarla? ¿Es que era bueno sufrir tanto por aferrarse a una mentira? Sabían que no era mentira, que era cierto, porque pertenecían a la primera generación de la Iglesia, porque afirmaban lo que habían visto. Y entre todos ellos, los testigos más valiosos fueron los propios apóstoles, que aunque demostraron un miedo vergonzoso durante la Pasión del Maestro, se transformaron por completo después de la Resurrección y de Pentecostés. Y por eso, con enorme valor, se lanzaron por todos los confines del mundo conocido, predicando lo que habían visto aun a sabiendas de que serían perseguidos y asesinados.

Pero ¿y Pablo? Posiblemente, él no había conocido personalmente a Jesús y además era un furibundo perseguidor de los cristianos. Pero él mismo describe cómo se encontró con Jesús resucitado cuando iba camino de Damasco y cambió su vida de manera drástica. De feroz perseguidor se convirtió en uno de los defensores más atrevidos de aquella nueva doctrina y esto le trajo sufrimientos, palizas, la cárcel e incluso la muerte. Él, que atacaba a Jesús, lo vio resucitado y dio su vida por Él.

Primera versión del Cristo Resucitado de Miguel Ángel Buonarroti. Monasterio de San Vicente en Bassano Romano, Italia.

Primera versión del Cristo Resucitado de Miguel Ángel Buonarroti. Monasterio de San Vicente en Bassano Romano, Italia.

Pero es que hay muchísima más información de aquella época; por poner sólo un ejemplo, Flavio Josefo, que fue un historiador judío fariseo, en su obra “Antigüedades y guerras de los judíos”, describe el martirio de Santiago, el hermano del Señor, por defender la resurrección de Cristo.

Además, si Jesús no había resucitado, los sacerdotes y el Sanedrín podían haberlo demostrado. Jesús fue ejecutado en público y todo Jerusalén sabía donde había sido sepultado. Bastaba exhumar el cadáver para desmontar esta mentira, pero… ¡es que la tumba estaba vacía! Y recurrieron a lo más fácil: sus discípulos habían robado el cadáver. Pero la tozuda realidad era que la tumba estaba vacía.

Si sus discípulos habían robado el cadáver y sabían que la resurrección era una farsa, ¿por qué estaban dispuestos a sufrir todo tipo de tormentos y la muerte por defender una mentira? Ellos eran sinceros, sabían lo que había pasado y daban su vida por demostrarlo. Ninguno desfalleció; si el cuerpo había sido robado, alguno hubiera flaqueado y confesado el robo, no ya sólo para evitar sus sufrimientos sino para evitar los sufrimientos de sus familiares más allegados. No hubo ni uno solo que se desmoronase por defender a capa y espada una mentira, y eso que las primeras persecuciones fueron brutales, sobre todo la de Nerón, que en el año 64 ordenó incendiar la ciudad de Roma y, para exculparse, culpó a los cristianos del incendio. Lo cuenta el historiador Cornelio Tácito en sus “Anales de la Roma imperial”, escritos inmediatamente después del incendio (Anales, XV, 44). Nerón iluminó sus jardines con los cristianos crucificados en cruces y ardiendo vivos, y ninguno se retractó. No existe constancia alguna de que ningún cristiano de aquella primera generación renunciase a su fe en la resurrección de Cristo para poner fin a sus sufrimientos. Y sin embargo, sí que existen numerosos relatos de supuestas apariciones del Resucitado a quienes estaban dispuestos a dar su vida por Él. Resumiendo: los discípulos no robaron el cuerpo, dieron sus vidas por defender este hecho y la tumba estaba vacía.

Algunos han defendido la tesis de que Jesús fingió su muerte y que posteriormente, escapó de la tumba. Esta tesis es indefendible. Conforme hemos relatado en los tres artículos anteriores publicados en el blog, Jesús sufrió lo indecible, murió en la cruz y recibió el golpe de gracia atravesándosele el corazón con una lanza. ¿Cómo es posible que un ser humano sobreviviese a estos tormentos, fingiera su muerte, estuviese sepultado durante tres días sin ningún tipo de atención, él solo retirase la pesada losa que tapaba el sepulcro y luego escapase, sin ni siquiera dejar un rastro de sangre? ¿Y después se dedicó a convencer a sus amigos de que había resucitado y que estaba completamente sanado, salvo las señales de las heridas de manos, pies y costado? Esta tesis, simplemente, es ridícula.

"Cristo resucitado en el jardín de José de Arimatea", lienzo del pintor británico William Holman Hunt.

“Cristo resucitado en el jardín de José de Arimatea”, lienzo del pintor británico William Holman Hunt.

Pero aún hay más: los primeros y principales testigos de la resurrección fueron unas mujeres, y ya sabemos lo que significaban las mujeres en las culturas antiguas. Sus afirmaciones carecerían de todo crédito. Si habían robado el cuerpo, ¿eligieron a unas mujeres para demostrar lo contrario? Todos los apóstoles eran varones, ellos robarían el cuerpo, y ¿eligieron a unas mujeres para propagar esa mentira de la resurrección? Las mujeres ocupaban el status social más bajo, y ¿son ellas las encargadas de propagar ese bulo? ¿Y la creen todos hasta el punto de que los propios hombres que robaron el cuerpo, dieran su vida por defender lo contrario? Los rabinos decían que “los libros de la ley merecían ser quemados antes que entregarlos a las mujeres” y ya sabemos lo que significaba la Ley de Moisés para ellos. El testimonio de una mujer no servía para nada, ni siquiera podía ir como testigo a un juicio, y ¡eran ellas las primeras que testimoniaron que la tumba estaba vacía! Y si sabiendo quienes escribieron los Evangelios que el testimonio de una mujer no valía nada, aun así, lo dicen expresamente, es que lo que dicen, es exactamente la verdad. Esto es historia, esto no es leyenda.

Para terminar: sinceridad por parte de quienes dieron su vida por defender esta verdad, convicción absoluta de los apóstoles, conversión de un perseguidor al ver a Cristo resucitado, la tumba estaba vacía y no se pudo demostrar de manera natural el por qué lo estaba, fue en Jerusalén – la ciudad que lo vio morir – donde se inició la defensa de este hecho, la importancia que en el contexto histórico se da al testimonio de unas mujeres… son hechos más que suficientes como para atestiguar la historicidad de la resurrección.

Sir Lionel Alfred Luckhoo, un famoso diplomático y abogado protestante que defendió y ganó 245 pleitos de casos de asesinatos y que como tal está en el “Libro Guinnes de los Records”, dijo: “Después de cuarenta y dos años ejerciendo como abogado defensor en todas las partes del mundo, y después de haber pasado por mis manos todo tipo de pruebas y ganado todos los juicios con jurado popular, tengo que decir de manera inequívoca, que la evidencia de la resurrección de Cristo es tan abrumadora que obliga a aceptar la prueba de que no deja ningún lugar a dudas”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
-GARY, R y otros, “The Case for the Resurrection of Jesus”, Kregel Publications, 2004.

Opinión de un forense sobre la muerte de Cristo

"Cristo muerto tendido sobre su sudario", lienzo de Philippe de Champaigne (1654). Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

“Cristo muerto tendido sobre su sudario”, lienzo de Philippe de Champaigne (1654). Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

Mucho se ha escrito sobre la Pasión y Muerte de nuestro Salvador y mucho quedará por escribir. Hoy, Sábado Santo, queremos traer aquí la opinión de uno de los forenses más famosos de los últimos tiempos, el profesor griego Filippos Koutsaftis, Jefe del Servicio Médico Forense de Atenas, el cual ha realizado un informe forense sobre el martirio y la muerte de Jesús, sometiéndose además a todas las preguntas que los periodistas le hicieron cuando presentó este profundo estudio científico, que realizó utilizando todas las fuentes disponibles, investigando cada una de las torturas a las que fue sometido Cristo y cuáles eran sus condiciones mentales y físicas en cada uno de esos momentos. Yo he resumido sus respuestas. Finalmente, este profesor refutó todas las nuevas teorías que pretender defender que Jesús no murió en la cruz y cuya última finalidad no es, ni más ni menos, que negar el hecho de la Resurrección.

Él mismo pidió perdón si alguno pudiera considerar no suficientemente respetuosa algunas de sus consideraciones, afirmando de sí mismo que ha sido muy atrevido al realizar este estudio psicosomático. Él, aunque acepta la divinidad de Cristo, lo trata como un hombre que de manera voluntaria acepta esos sufrimientos, aunque en el fondo, éstos le puedan repugnar. Y relata los hechos.

Después de la Última Cena, Cristo se va acompañado de sus discípulos a Getsemaní para orar, discípulos que no eran conscientes de lo que iba a suceder, aunque Él se lo había manifestado mientras cenaban. En su oración, todo el cuerpo de Jesús se estremece y se cubre de sudor y sangre, un hecho que la medicina moderna lo muestra como un raro síntoma que puede acontecerle a una persona que se encuentra sometida a una fortísima presión tanto psíquica como corporal, a un estrés terrible. Las glándulas sudoríparas se encuentran diseminadas por todo el cuerpo, aunque se manifiestan más y mejor en las palmas de las manos, plantas de los pies, cuello, mejillas y frente y cuando una persona se encuentra sometida a una gran tensión y miedo, se rompen automáticamente un sinnúmero de vasos capilares, liberándose sangre que mezclada con el sudor, brota por toda su piel. (Ya escribimos hace tres días sobre este tema y dijimos qué consecuencias tuvo en las horas que le quedaron de vida. Fue una verdadera agonía aunque no muriese en ese momento).

La Sábana Santa o Síndone, venerada en Turín (Italia) constituye la prueba más notoria de la Pasión de Cristo.

La Sábana Santa o Síndone, venerada en Turín (Italia) constituye la prueba más notoria de la Pasión de Cristo.

Después de ser detenido, se vio sometido a seis interrogatorios que fueron extenuantes para Él, no sólo por el cansancio físico que le supuso, sino también por la mala fe de quienes le interrogaban: Anás, Caifás, Sanedrín, Pilatos, Herodes y vuelta a Pilatos. Y entre unos y otros, brutalmente torturado, encadenado y arrastrado a fin de doblegarlo. Teniendo en cuenta cómo era Jerusalén en su época, puede decirse que en estos traslados anduvo encadenado unos seis kilómetros y en todo este tiempo, hambriento y sediento y sin poder dormir. Lo azotan, cubren todo su cráneo con gruesas espinas, lo hacen cargar con un pesado madero, le arrancan violentamente la túnica pegada a sus carnes, lo humillan y lo tratan de tal manera que todos sus cinco sentidos tuvieron que padecer terriblemente.

Ya escribimos hace dos días sobre el terrible tormento de la flagelación, pero no está de más recordar que los latigazos destrozaron sus carnes, descarnaron su piel que caía a jirones sufriendo especialmente todo su torso, el tórax inferior, el vientre, brazos y piernas. También tratamos la coronación de espinas, que le causaría un dolor insoportable, una corona que cubría todo su cuero cabelludo con una planta muy flexible, pero llena de púas que se clavaron en su piel y traspasaron sus nervios. Y así, terriblemente castigado y desfigurado, con los insectos pululando sobre sus heridas, carga con un madero de dura corteza y con nudos, áspero. Ese pesado tronco penetraría en muchas de sus heridas, causándole un dolor insoportable mientras a latigazos, se arrastraba más que caminaba rumbo al lugar del suplicio. Su respiración sería muy fatigosa, no entraba suficiente oxígeno en sus pulmones, se desangraba y ni siquiera podría dar un solo paso sin temor a caerse. Seguramente, durante el trayecto, cayó al suelo en numerosas ocasiones. Si no fuera porque estaba escrito que habría de morir en la cruz, lo habría hecho mucho antes.

Pero, contra toda lógica, llega al lugar del definitivo suplicio, donde le espera el tramo vertical de la cruz. Lo tiran violentamente al suelo, traspasan sus muñecas brutalmente con gruesos clavos y lo izan para clavarle también violentamente los pies. El dolor tuvo que ser terrible al traspasarse y desgarrarse nervios y tendones. Si nosotros gritamos de dolor al rozarnos simplemente un nervio, imaginémonos cómo sería de terrible dicho dolor al ser traspasados sus miembros por burdos clavos de hierro. Le traspasaron también los dos pies, no sabemos si con un clavo o con dos, pero fuera como fuese, tuvo que ser un sufrimiento lento y cruel. Al izarlo y ponerlo en posición vertical, todo el peso del cuerpo cae sobre los clavados pies y esa posición en ese estado, esa inmovilidad obligatoria, le produciría una hipotensión ortostática e impediría que la sangre venosa pudiese retornar al corazón.

"María Magdalena llora a Cristo muerto", lienzo de Arnold Bocklin.

“María Magdalena llora a Cristo muerto”, lienzo de Arnold Bocklin.

Con el peso del cuerpo, su pecho se expendería de manera permanente y la respiración supondría un terrible sufrimiento; Él solo no podría exhalar, sino sólo inhalar y no recibiría suficiente aire para mantener oxigenados sus pulmones. Sin dudas, esto acortó su muerte. Todo esto, complicado por la infección de las heridas, las hemorragias, deshidratación, hambre y agotamiento, inevitablemente le llevaron a una muerte que podríamos decir que tuvo muchas variables, aunque la causa final pudo ser ocasionada por la asfixia con insuficiencia circulatoria. ¿Cómo pudo aguantar tanto tiempo? ¿Cómo no murió antes de la crucifixión? Humanamente hablando, estaba muerto antes de ser elevado en la cruz, pero el hecho de aguantar hasta el final es un claro ejemplo de que no se trataba sólo de un hombre: la divinidad estaba dentro de Él, era Él.

Y con todo esto, últimamente hay quienes sostienen que Cristo no murió en la cruz, que todo fue una pantomima, que fue desclavado estando vivo, se curó y vivió muchos años muriendo anciano en la India. ¿Con qué intención se escribe esto? Única y exclusivamente, para negar la Resurrección y por ende, su Divinidad. Pero estas teorías conspiratorias son insostenibles, porque además de todo lo expuesto anteriormente, hubo un hecho que podríamos denominar fue su “certificado de defunción”: recibe un lanzazo que le atraviesa el corazón y, de éste, salió “sangre y agua”. Es lo que hoy llamaríamos “el golpe o el tiro de gracia”. De esta manera, nunca pudo permanecer vivo, digan lo que digan esos detractores.

Antonio Barrero

“Y pusieron sobre su cabeza una corona de espinas”

"La coronación de espinas", lienzo de Tiziano Vecellio. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

“La coronación de espinas”, lienzo de Tiziano Vecellio. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

Fracasados todos sus intentos por salvarlo, Pilato condenó a muerte a Jesús; y desde ese momento, el Maestro perdió todos sus derechos legales – si es que le quedaba alguno – y es por eso por lo que se burlan de Él y lo coronan con un casquete de espinas; porque, de no haber sido condenado, la ley romana hubiera impedido este acto tan sádico y tan salvaje. Este acto de salvajismo fue un hecho excepcional porque no estaba previsto en la ley, pero bien es verdad que Jesús quedó a merced de los caprichos de los soldados de la guardia, los cuales se ensañaron con Él. Y no lo hicieron sólo los soldados de la guardia, sino todos los que componían la cohorte: “Entonces los soldados lo llevaron dentro del atrio, al pretorio, y convocaron a toda la cohorte” (Marcos, 15, 16), o sea, unos cuatrocientos soldados. Es fácil imaginarnos que entre tantos salvajes surgieran ideas como ésta: ¡ya que decía que era rey, había que coronarlo!

Es verdad que en una de las piedras del “Lithostrotos” se ha encontrado grabado el llamado “juego del rey”, pero no parece probable que este juego hubiese sugerido este acto, ya que, aunque bajo cuerda se permitía, este juego estaba prohibido por la “Lex Talia”. Era además un juego que normalmente se realizaba durante las fiestas saturnales y desgraciado el soldado al que le tocara, porque cometían con él todo tipo de barbaridades y, finalmente, era sacrificado en el altar del dios Saturno. Éste era un juego de soldados, porque era un juego rudo y bárbaro y a él se sometían quienes querían tener el privilegio de mandar durante unos días, aunque finalmente lo pagase con la muerte.

Fuera mediante este juego o fuera por decisión de algún sádico, a Jesús le hicieron una de las cosas que podrían hacerle a quien le tocase el juego: coronarlo como rey, pero aunque nunca se hacía así, a Él lo hicieron con espinas. Con Él se podía hacer cualquier cosa porque no tenía derecho alguno, y como los soldados conocían que le habían acusado de querer ser rey, pues a burlarse de Él rindiéndole pleitesía.

Además, los soldados de Pilato eran extranjeros que habían participado en distintas escaramuzas y revueltas contra los judíos, a los que odiaban a muerte y ahora tenían a mano a uno de ellos, a un judío indefenso con el que ensañarse. Como Jesús no tenía ningún signo externo de realeza, había que buscarle algunos, y por eso lo sentaron en cualquier lugar que pudiera considerarse como un trono, se preocuparon de que estuviese totalmente desnudo, le pusieron por los hombros una capa corta roja – como si fuera un manto real – y ya sólo les faltaba el cetro y la corona. Con un palo que estaría en un montón de leña le hicieron un cetro y de ese mismo montón cogerían unas ramas finas y secas llenas de espinas. Las ataron alrededor de una cuerda que ajustaron a modo de un casco a su cabeza y trataron de ponérsela como pudieron. Como las espinas pinchaban, para no herirse, posiblemente se la ajustaron con cañas y palos a base de bastonazos. Las púas le traspasaron todo el cráneo, momento que aprovecharían para apretar los cabos de la cuerda por debajo de la nuca y que haría las veces de molde inferior de la corona.

“Ziziphus Spina-christi”

“Ziziphus Spina-christi”

Una vez coronado como rey, comenzaron a burlarse, escupirle y pegarle. Lo dicen los propios evangelistas: “Le golpeaban la cabeza con una caña” (Marcos, 15, 19) y “E hincando la rodilla delante de él, le escarnecían diciendo “Salve, rey de los judíos” y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban la cabeza” (Mateo, 27, 29-30).

Aunque no se sabe qué tipo de espinas utilizaron, una tradición antiquísima dice que fueron la de la especie “Ziziphus Spina Christi”, que es un arbusto de la familia de los azufaifos muy abundante en los alrededores de Jerusalén y que tiene ramas muy flexibles, llenas de abundantes espinas largas y fuertes. Sin embargo, hay autores que se inclinan por otras clases de arbustos espinosos como el “Ziziphus vulgaris”, “Lacynum spinosus”, “Poterium spinosum” y otros.

Como he dicho más arriba, la forma de la corona era como la de un casco que cubría toda la cabeza y eso se deduce por los rastros de sangre dejados en la Sábana Santa, o sea, que no era la corona que vemos en nuestra imaginería. Era la típica corona oriental, como la que usaban algunos reyes, que cubría toda la cabeza desde las cejas hasta la nuca. En la nuca era donde se anudaban las cuerdas. Era similar – aunque con espinas – al “pileus” romano que usaban para trabajar quienes habían sido esclavos, pero ya eran hombres libres. En las catacumbas romanas de Pretextato hay un dibujo del siglo II, en la que la corona tiene esta forma de “pileus”.

Reconstrucción de la corona de espinas en forma de pileus, siguiendo los datos aportados por la Síndone.

Reconstrucción de la corona de espinas en forma de pileus, siguiendo los datos aportados por la Síndone.

Las espinas le rasgaron el cuero cabelludo y le provocaron importantes desgarros en la cabeza, la nuca y el cuello, sangrando abundantemente por estas heridas; y como le daban golpes y bastonazos, estas espinas pudieron provocarle contusiones cerebrales con la consiguiente ruptura de vasos sanguíneos. Esta sangre que salía por toda la cabeza, se uniría a la sangre coagulada que le cubriría la cara, cabellos y barba debida a los golpes anteriores, por lo que el rostro de Jesús quedaría irreconocible. Cada bastonazo haría retumbar toda su masa cerebral, produciéndole terribles dolores de cabeza y un aturdimiento generalizado, añadido al desconcierto mental producido por la fiebre y la bajada de azúcar en la sangre. Y no nos olvidemos de cómo quedó el cuerpo de Jesús después de la hematidrosis sufrida en el Monte de los Olivos y de los tres días que llevaba de castigos, sin comer ni beber.

Pero no acabaría ahí la cosa en este suplicio, porque al arrancarle violentamente la clámide – que le caía por la espalda y que estaría pegada a todas las heridas – al finalizar toda esta burla para ponerle sus vestiduras y llevarlo al Calvario, todas las heridas se abrirían de nuevo, produciéndole un intensísimo dolor y una nueva pérdida de sangre: “Después de haberle escarnecido, le quitaron la clámide, le pusieron sus vestiduras y lo llevaron a crucificar” (Mateo, 27, 31).

Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, que por nuestra salvación sufriste todos estos tormentos, perdona nuestros pecados, ten misericordia de nosotros y concédenos la salvación eterna. Amén.

Antonio Barrero

Bibliografía:
- CABEZÓN MARTÍN, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid, 2003.
- HERMOSILLA MOLINA, A., “La Pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984.
- Sagrada Biblia de Jerusalén.

“Y habiendo hecho flagelar a Jesús, lo entregó para que lo crucificaran”

La flagelación. Tabla gótica de Duccio di Buoninsegna. Museo catedralicio de Siena (Italia).

La flagelación. Tabla gótica de Duccio di Buoninsegna. Museo catedralicio de Siena (Italia).

Jesús fue flagelado según la costumbre romana, el llamado “more romanum”, o sea, ordenado por un romano, en una dependencia militar y normalmente antes de la ejecución del reo. Los romanos utilizaban muchas maneras de flagelar y sería interesante saber cual de ellas se utilizó con Jesús.

Si el condenado a muerte era un soldado, no se le crucificaba ni se le azotaba mientras iba camino del suplicio, sino que llegado a éste, se le apaleaba con una fusta y, posteriormente, se le decapitaba.

Si el condenado tenía el título de ciudadano romano, tampoco era crucificado ni flagelado, sino que al llegar al lugar de la ejecución, se le azotaba con unas virgas o varas flexibles y se le decapitaba.

Si el condenado era un esclavo o un enemigo público, morían crucificados, pero antes eran flagelados con el “flagrum taxillatum” durante el camino hasta el lugar donde iba a ser ejecutado. Esta flagelación era la más denigrante. Ésa era la norma, que alguna que otra vez se infligió, llegando a ser crucificados algunos ciudadanos romanos.

Jesús fue condenado a morir crucificado como un delincuente, como un rebelde, como un insidioso y por lo tanto, fue flagelado durante el trayecto entre el Pretorio y el Calvario. Cuando la flagelación sustituía a la ejecución, entonces se infligía en las dependencias del tribunal, pero el caso de Jesús fue excepcional pues, además de ser flagelado mientras iba por la Vía Dolorosa, también fue flagelado en el Pretorio y después crucificado, luego según el derecho romano, su flagelación fue ilegal. “Y habiendo hecho flagelar a Jesús, lo entregó para que lo llevaran a crucificar” (Mateo, 27, 26).

La flagelación. Tabla gótica de Pedro de Berruguete (1503).

La flagelación. Tabla gótica de Pedro de Berruguete (1503).

Sin embargo, San Lucas explica los esfuerzos de Pilatos para salvarlo: “Le castigaré y luego lo soltaré” (Lucas, 23, 16), lo que pudiera atenuar la ilegalidad del suplicio; y San Juan es quien nos da más detalles acerca de cuándo se ejecutó ese tormento: Jesús fue flagelado durante los interrogatorios o juicios a los que le sometió Pilato, o sea, Jesús fue flagelado en las dependencias del tribunal en un intermedio entre los interrogatorios.

Los evangelios además nos dicen el por qué fue flagelado Jesús. Pilato no consideraba delito la acusación de los judíos: “Dice que es hijo de Dios y según nuestra ley debe morir”. Ése no era un delito romano, era una cuestión religiosa interna entre los judíos y a él ni le iba ni le venía; y por eso les dice: “No encuentro causa alguna de condenación”. El sanedrín y los sacerdotes, cuando vieron que este argumento no les valía, cambian de estrategia y le acusan de algo que sí entraba dentro de la “Lex Iulia”: “Ha sido aclamado Hijo de David, luego quiere ser rey”; y ya esto Pilato sí que se lo tenía que tomar en serio, porque era un ataque directo al emperador. Por eso Pilato, a solas, le pregunta a Jesús si Él es rey, y como no sacó nada en claro, lo declaró inocente: ¡Jesús era sólo un iluso! Pero los judíos seguían insistiendo y Pilato se vio forzado. Es entonces cuando lo manda a Herodes, ya que al ser Jesús un galileo y ser súbdito de Herodes, a ver si éste le quitaba el problema de encima. Pero le falló la estrategia y al final del tercer juicio, Pilato tiene que reconocer que ni Herodes ni él encuentran ningún delito que debiera ser castigado con la muerte. Pero los judíos seguían insistiendo.

Pilatos entonces utiliza una nueva estrategia, basada en soltar a un preso durante la Pascua, y así equipara a Jesús con un criminal, pensando que la gente preferiría librarse de quien realmente era más peligroso. Pero la estrategia nuevamente le falla y Pilato, como seguía pensando que Jesús era inocente, ordena castigarlo severamente, para que al presentarlo ante el pueblo completamente desfigurado, éste se apiadase y poder dejarlo libre. Lo flagela, le da un correctivo y después le salva la vida. Sabemos que esto también le falló, pero el castigo ya estaba dado: Jesús fue flagelado. La verdadera intención de Pilato era darle un castigo sustitutivo de la muerte, un castigo para salvarle la vida.

Jesús fue atado fuertemente por la cabeza y la cuerda fue anudada a la parte superior de la columna de tal manera que incluso pudo quedar colgando. Estaba totalmente indefenso, no podía protegerse ninguna parte del cuerpo e incluso, si perdía el conocimiento, no podía caer al suelo. Utilizaron el “flagrum taxillatum”, que era el instrumento más humillante y el que más daño hacía. Se trataba de un mango corto de madera que llevaba fijas varias correas de cuero – normalmente, tres -, de medio metro de largo y en cuyas puntas estaban sujetas dos bolas de plomo. Si lo hubieran flagelado los judíos no podrían haberle dado más de cuarenta latigazos, ya que así lo mandaba la Ley, pero a Jesús lo flagelaron los romanos, por lo que el número de latigazos era ilimitado. Podían darle todos los que quisieran siempre y cuando no muriese en el suplicio, por lo cual no podían flagelarle ni la cabeza, ni el pecho alrededor del corazón. ¿Y por qué? Porque Pilato quería salvarle la vida y porque, si no lo conseguía, tenía que llegar vivo al lugar de su ejecución.

Contemplación de Cristo en la columna, lienzo de Diego Velázquez. National Gallery of London, Reino Unido.

Contemplación de Cristo en la columna, lienzo de Diego Velázquez. National Gallery of London, Reino Unido.

Con este tipo de flagelación, el reo (en este caso, la víctima inocente), quedaba totalmente irreconocible, todo su cuerpo destrozado, hecho jirones; y así quedó Jesús. Le destrozaron la espalda, el tórax (excepto la parte cercana al corazón), el vientre, los muslos, los brazos y las piernas: todo el cuerpo excepto la cabeza. Nos lo confirma la Sábana Santa. Si Jesús no hubiera sido crucificado, posiblemente hubiera muerto como consecuencia de la flagelación, porque lo azotaron hasta que los verdugos se cansaron y eran seis, turnándose de dos en dos. Así lo determinaba la costumbre romana.

Las bolas de plomo destrozaron su cuerpo y no sólo la piel, sino los músculos y los nervios, por lo que los dolores tuvieron que ser intensísimos, insoportables. Cuando una parte flagelada lo era de nuevo, la lesión se agrandaba, el hueso podía quedar al descubierto. Le causaron lesiones en la pleura, le causaron un neumotórax al abrirle el pecho y según algunos médicos sindonólogos, incluso una pericarditis traumática. Dolor terrible, latidos del corazón incontrolados, dificultad respiratoria, hipoglucemia originada por la pérdida de sangre, la falta de alimentación y la inexistencia de glucosa en el organismo. Todos los músculos que afectan a la respiración quedaron lesionados, por lo que el simple hecho de respirar le produciría un dolor insoportable.

Pero si su cuerpo externamente quedó destrozado e irreconocible, interiormente también sufrió lesiones gravísimas en la pleura, en el pericardio, en el hígado y en los riñones, lo que le produjo una gravísima insuficiencia renal y hepática, que junto con la pérdida de sangre, puso en serio peligro su vida. Si para un cuerpo sano el castigo era terrible, ¿qué no produciría en un cuerpo ya extremadamente deteriorado por la hematidrosis del Huerto de los Olivos? Por eso murió tan pronto cuando fue crucificado: estaba destrozado, casi sin sangre en su cuerpo y con todos los órganos vitales deteriorados.

Las tres columnas de la flagelación: Constantinopla, Jerusalén y Roma.

Las tres columnas de la flagelación: Constantinopla, Jerusalén y Roma.

La enorme pérdida de sangre agravó la terrible sed que ya padecería desde Getsemaní, aumentaría su fiebre e incluso le impediría la respiración; y si no podía respirar, su organismo se iría envenenando poco a poco por el aumento del dióxido de carbono. Su cuerpo roto, su rostro enrojecido por la asfixia, su respiración jadeante y dolorosa. Quedó hecho un guiñapo y cuando lo desataron, cayó al suelo exhausto y sin conocimiento sobre un gran charco de sangre. Era un varón de dolores, como había profetizado Isaías: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto y ante quien se vuelve el rostro, menospreciado” (Isaías, 53, 3).

Hoy, Jueves Santo, ante este sufrimiento, a este Dios bendito hecho Hombre, sólo podemos pedirle perdón por nuestros pecados y adorarlo desde lo más profundo de nuestro ser. Nos dejó su Palabra y su Vida y el mejor de todos los regalos: su bendito Cuerpo y su preciosa Sangre en la Eucaristía. Dicen que tenemos la columna en la que fue flagelado y la tenemos como reliquia de este suplicio, pero hasta para eso seguimos siendo inconsecuentes – por usar una expresión leve – porque tenemos tres.

Antonio Barrero

Bibliografía:
- CABEZÓN MARTÍN, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid, 2003.
- HERMOSILLA MOLINA, A., “La Pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984.
- Sagrada Biblia de Jerusalén.

“Su sudor se hizo como coágulos de sangre”

"Gethsemané", obra de Adam Abram, muestra a Jesús postrado en el Huerto de los Olivos.

“Gethsemané”, obra de Adam Abram, muestra a Jesús postrado en el Huerto de los Olivos.

“Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como coágulos de sangre que caían en tierra” (Lucas, 22, 44).

La hematidrosis es lo que le ocurrió a Jesús al inicio de su Pasión. El sudor de sangre que padeció Jesús en el Huerto de los Olivos no fue un hecho aislado, sino que fue un primer episodio que tuvo una repercusión muy grave en todos los acontecimientos ocurridos con posterioridad durante su martirio. De la hematidrosis o sudoración de sangre en realidad no se sabe mucho. Es verdad que en algunas enfermedades pueden originarse fenómenos parecidos y que a lo largo de la historia se han dado algunos casos. Aunque algunos científicos dicen que se trata de un fenómeno psicogénico, bien es cierto que actualmente se admite que es un fenómeno fisiológico, cuyo origen puede estar en graves alteraciones psíquicas.

Terminada la cena y hechas las últimas recomendaciones a sus discípulos, Jesús se fue a orar al Huerto de los Olivos, concretamente al lugar denominado Getsemaní, pasando previamente por el torrente Cedrón. Aquella noche no era como otras muchas noches en las que Jesús se había acercado a orar a ese lugar, cosa que hacía cada vez que subía a Jerusalén. Todos estaban tristes por lo que el Maestro les había comunicado que iba a suceder; todos tenían miedo, y Jesús también lo tenía. Llegados allí, les conminó a que estuviesen vigilantes y en oración, mientras que él, algo más alejado, se postraba en tierra realmente abatido. San Marcos nos lo dice textualmente: “Mi espíritu está triste, hasta el punto de morir” (Marcos, 14, 34). Jesús estaba angustiado, lleno de pavor, su naturaleza humana luchaba contra la muerte. Se sentía morir de puro sufrimiento moral.

Jesús confortado por un ángel. Óleo de Carl Heinrich Bloch.

Jesús confortado por un ángel. Óleo de Carl Heinrich Bloch.

Jesús, que siempre se mostró con un autodominio que desconcertaba a los escribas y fariseos, estaba abatido. Era un hombre que sabía lo que habría de sucederle porque también era Dios y, como hombre, estaba hundido. Sabía que sería torturado hasta la muerte, pero lo que aún era peor, que sería traicionado, negado y abandonado por sus amigos; y esta terrible agonía fue la que le produjo la hematidrosis. El futuro, para Él era presente, o sea, conocía todo lo que le iba a suceder en los próximos días y horas. Él lo aceptaba, pero su naturaleza humana se rebelaba y esa resistencia la expresó con una reacción fisiológica extraordinaria: se puso lívido, acongojado, entró en agonía y sudó sangre.

Aquellos a quienes Él quería, lo abandonaban, lo vendían, lo negaban, incluso, pedirían su muerte y Él, que lo sabía, se encontraba completamente solo, lleno de terror, sabiendo además que ni siquiera Dios podía hacer nada para impedirlo, ya que ése era su destino, para eso exactamente había venido al mundo. Estaba abandonado por los suyos y estaba abandonado por Dios. Terrible.

Todo esto lo hirió de muerte y su naturaleza humana estalló de terror, de angustia y sudó sangre. Lo narra perfectamente el evangelista Lucas que, precisamente, era médico: “Y sumido en agonía, su sudor se hizo como coágulos de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas, 22, 44). San Lucas no habla de “gotas de sangre” sino de “coágulos de sangre”, ya que en su evangelio utiliza la palabra θρόμβος, que significa coágulo, trombo, de la cual deriva la palabra trombosis.

Ante esto, ni los Santos Padres se pusieron de acuerdo: para unos era una cosa natural, para otros, sobrenatural; e incluso para algunos, una metáfora. Algunos, en Occidente, llegaron incluso a quitar este texto del evangelio, pero en Oriente siempre se mantuvo el texto íntegro. En eso precisamente se basó Arrio para negar la divinidad de Cristo, diciendo que Dios no podía caer humanamente tan bajo, ni tener esa debilidad. Quizás por esto, en algunos manuscritos se quitó la palabra θρόμβος y se cambió por “gotas de sangre”. En Concilio de Trento puso las cosas en su sitio.

Jesús en agonía en el Huerto de los Olivos. Fotograma de la película "La Pasión" (Mel Gibson, 2004).

Jesús en agonía en el Huerto de los Olivos. Fotograma de la película “La Pasión” (Mel Gibson, 2004).

Esta hematidrosis, desencadenada porque se sentía morir a consecuencias de un sufrimiento que en aquel momento era moral, no era físico, no era un milagro. Fue un fenómeno que le ocurrió en una circunstancia extrema. La sangre de miles de vasos capilares rotos, se mezcló con el sudor y le salió por todos los poros del cuerpo y cayó al suelo. Pero al ser la sangre más densa que el sudor, la que se detuvo entre las arrugas de la piel y el vello, se coaguló; y esos coágulos formados sobre su piel también cayeron al suelo, arrastrados por el sudor; y es por eso por lo que Lucas dice: “Y su sudor se hizo como de coágulos de sangre que caían hasta la tierra”.

El evangelista no dice cuanto tiempo duró este fenómeno, pero pudo durar “una hora”: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” (Mateo, 25, 40), o sea, duró bastante tiempo, porque el concepto de hora que tenemos actualmente (una hora es sesenta minutos), no era el concepto que existía en la Palestina de aquel tiempo, que seguía el horario romano. Tampoco se puede saber cuánta sangre perdió, pero alguna orientación sí se puede tener. La cantidad de sangre perdida estuvo en relación con el tiempo que duró el fenómeno; y además, la perdió por todo el cuerpo, pues por todo el cuerpo sudamos, en mayor o menor medida, y para que se formen coágulos se necesita una cantidad considerable de sangre. El sufrimiento moral y el estrés que le produjo este fenómeno fue tan grave que, desde ese momento, Jesús se quedó sin fuerzas físicas y repercutió gravemente en su organismo durante todos los días y horas que le quedaron de Pasión. Jesús sufrió lo que los médicos denominan un shock hipovolémico (grave pérdida de sangre y líquido que hace que el corazón sea incapaz de bombear suficiente sangre al cuerpo), que a su vez le provocaba una sed terrible y una fiebre espantosa. Por eso, desde ese momento y durante toda la Pasión, tuvo un grave bajón de presión arterial, con la consiguiente pérdida de fuerzas, mareos y fatigas.

"Jesús en el jardín de Gethsemané", lienzo de Heinrich Hofmann (1890).

“Jesús en el jardín de Gethsemané”, lienzo de
Heinrich Hofmann (1890).

Pero este fenómeno, en el que estallaron miles de vasos capitales, dejó toda la piel de su cuerpo terriblemente dolorida, todo su cuerpo quedó en “carne viva” y por lo tanto, muy debilitada para sufrir los innumerables golpes y latigazos que aún le esperaban hasta su muerte. Humanamente, no puede explicarse cómo pudo soportar los malos tratos, la flagelación, la coronación de espinas ni el llevar el patíbulo sobre sus hombros camino del Calvario. ¡Y aún no había empezado lo que denominamos “la Pasión”!

“Yo soy un gusano, no soy un hombre; oprobio de los hombres y despreciado por el pueblo” (Salmo, 22, 7).

Antonio Barrero

Bibliografía:
- CABEZÓN MARTÍN, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid, 2003.
- HERMOSILLA MOLINA, A., “La Pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984.
- Sagrada Biblia de Jerusalén.