Leyendas Marianas (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Virgen Orante", Giovanni Battista Salvi "Il Sassoferrato" (1609-1685). Lienzo de 46x35 cm. Sacristía mayor de la catedral de Pamplona (España)

“Virgen Orante”, Giovanni Battista Salvi “Il Sassoferrato” (1609-1685). Lienzo de 46×35 cm. Sacristía mayor de la catedral de Pamplona (España)

Engaño al demonio
Un militar muy poderoso y rico, a fuerza de imprudentes prodigialidades cayó en la indigencia, el que antes había derramado a manos llenas grandes cantidades de dinero, vióse sumido en la miseria. Este hombre, que estaba casado con una mujer muy poderosa y devota de Santa María, al acercarse una de aquellas festividades en que solía hacer espléndidas limosnas y abundantes donativos, y considerar que su presente situación no le permitía mostrarse generoso y dadivoso como en ocasiones anteriores, lleno de confusión y vergüenza decidió retirarse a un desierto y permanecer en él hasta que pasara la fiesta, lamentando sus antiguas prodigalidades y su actual penuria; de ese modo evitaría que sus convecinos conociesen la angustiosa situación en que se encontraba.

Tal como lo pensó lo hizo, y cuando estaba en su retiro rumiando sus penas, presentóse inesperadamente ante él un sujeto de aspecto imponentemente fiero, montado sobre un caballo, que más que caballo parecía una bestia feroz. El recién llegado, viendo al militar en aquella situación de abatimiento y tristeza, le preguntó: “¿A qué se debe, buen hombre, esa pena que se refleja en tu semblante?”. El militar contó al desconocido visitante punto por punto todas sus desgracias, y cuando dio por terminado el relato de sus desventuras, el recién llegado le dijo: “¡No te preocupes! Yo puedo hacer que inmediatamente recuperes tu anterior posición, e incluso que tengas más riquezas que antes, y lo haré si cumples por tu parte una condición muy fácil: la de seguir de buen grado y al pie de la letra las indicaciones que te hiciere”. “Te prometo de buen grado y fielmente haré cuanto me digas, si como afirmas de ese modo podré recuperar las riquezas que perdí”.

El visitante, que era el príncipe de las tinieblas, dijo al militar: “Vuelve a tu casa, busca en determinado lugar, en él encontraras un cuantoso tesoro de oro, plata y piedras preciosas; todo eso será tuyo, pero para que puedas disfrutar de tan copiosos bienes, es menester que tal día -y le señalo una fecha- lleves a tu mujer a mi presencia”. El militar acepto la proposición, regresó a su casa, buscó en el sitio que el forastero le había indicado,y en efecto, descubrió un tesoro, se apoderó de él, compró palacios, readquirió las fincas y propiedades que anteriormente había empeñado, se hizo de nuevo con multitud de siervos y esclavos, y comenzó a mostrarse tan dadivoso como lo era antes de que se arruinara.

Al acercarse el día convenido con el visitante para que su esposa compareciera ante él, díjole a su mujer: “Tengo que hacer un largo viaje; sube a caballo y acompáñame”. La esposa no se atrevió a negarse; mas como todo aquello resultaba muy extraño, temiendo que se tratara de algo inconveniente, temblando de miedo se encomendó devotamente a Santa María y accedió a acompañar a su marido. Cuando ya habían caminado durante bastante tiempo y se hallaban muy lejos de la población en que vivían, acertaron a pasar por delante de una iglesia. La mujer dijo a su marido que quería entrar un momento en aquel templo para rezar, y obtenida la licencia del esposo, apeóse del caballo y entró en el sagrado recinto; pero no entró el marido, que prefirió quedarse fuera, aguardando.

La esposa se encomendó fervorosamente a Nuestra Señora, y mientras oraba, repentinamente quedóse dormida. En cuanto la mujer se durmió, la Virgen descendió del altar, adoptó la forma, modales, aspecto y ropas que la esposa del militar tenía, y dejando a ésta sumida en profundo sueño, salió del templo a la calle, subió al caballo y dijo: “Ya podemos continuar la marcha”. El militar, creyendo que era realmente su esposa la mujer que se había acomodado en la caballería, subió también a su caballo y reanudó el viaje.

Poco antes de que llegaran al punto en que deberían entrevistarse con el desconocido protector, éste, que había salido a su encuentro, al divisarlos desde lejos se paró en seco, y sin atreverse a dar un paso mas en dirección hacia ellos, comenzó a temblar de miedo, a agitarse desesperadamente y a decir a voces: “¡Traidor! ¡Embustero! ¡Eres el más desleal de los hombres! ¿Por qué me has engañado? ¿Es ése el modo de corresponder a los beneficios que te he hecho? Te puse como condición que tal día como hoy deberías venir a verme acompañado de tu esposa, y tú, en lugar de traer contigo a tu mujer, has traído a la Madre de Dios. Lo convenido entre nosotros fue que la trajeras a ella, no a María. Has desbaratado mis planes. Lo que yo pretendía era vengarme de esa mujer tuya de la que estoy muy quejoso por muy poderosos motivos, y ahora resulta que tú, traidor, faltando a tu palabra, en vez de traerla a ella me has traído a esta otra para que me atormente y me hunda en el infierno”.

El militar, al oír estas diatribas, quedó tan admirado y estupefacto que no fue capaz de pronunciar ni una sola palabra. No contestó nada al demonio, pero sí contestó María, quien dirigiéndose al Maligno le dijo: “¡Espíritu inmundo! ¿Como te atreves a urdir esta trampa y a tender semejante red para hacer caer en sus mallas a mi devota? Esto no quedará impune. Ahora mismo descenderás a lo más profundo de las tinieblas infernales: pero antes escucha lo que te digo: no se te vuelva a ocurrir, de aquí en adelante, poner trampas ni asechanzas ni molestar a las personas que me profesen devoción”. Apenas María dijo esto, el diablo, aullando de dolor, desapareció.

Entonces el militar se arrojó de su caballo y se postró en tierra a los pies de Nuestra Señora, la cual, tras reprenderle severamente por lo que había hecho, le ordenó que fuese inmediatamente a recoger a su esposa, indicándole que la hallaría dormida en la iglesia que había entrado a orar, y que en cuanto llegase a su casa se deshiciese de las riquezas que el demonio le había proporcionado.

Tornó el marido al templo en que su esposa había entrado, hallóla en él dormida, como la Virgen le había dicho, la despertó, le refirió cuanto le había ocurrido; luego juntos regresaron a casa y nada más llegar a ella se desprendió de toda la hacienda que el diablo le había procurado, dedicándose en adelante, en unión de su mujer, a honrar a Nuestra Señora, que correspondió a la devoción que el militar comenzó a profesarle haciéndole nuevamente rico en bienes de fortuna adquiridos legítimamente.

El Monje Pecador

En cierta comunidad había un religioso muy lúbrico pero tiernamente devoto de Santa María. Este monje, cuando quería satisfacer su concupiscencia, solía salir ocultamente del monasterio por la iglesia, mientras los demás dormían. Una noche, al pasar por el templo y por delante del altar de la Virgen para acudir a una cita pecaminosa, hizo a la imagen de la Señora, como siempre, un reverente saludo; salió al exterior, avanzó por el campo, llegó a la orilla de un río y trato de cruzarlo, mas con tan mala fortuna que cayó y se ahogó.

Los demonios al instante se apoderaron de su alma, pero inmediatamente se presentaron ante ellos unos ángeles reclamándola. “Vosotros -dijeron los diablos a los ángeles- no tenéis nada que hacer aquí; el alma de este monje nos pertenece; es nuestra, y jamás nos desprenderemos de ella”.

En esto se presentó Santa María e increpó a los demonios por haberse atrevido a sostener que el alma del religioso ahogado les pertenecía. “Pues claro que nos pertenece y es nuestra” -contestaron los demonios a la Virgen, y añadieron- este monje ha muerto en pleno ejercicio de una obra mala, puesto que se dirigía a perpetar y consumar un pecado de lujuria”. La Virgen replicó: “Lo que decís no es cierto. Yo sé muy bien que siempre que este religioso salía del monasterio pasaba ante mí  y me saludaba, y al regresar a él hacía lo mismo. De todos modos, si no estáis conformes con mi reclamación y pensáis que trato de abusar de mi poder, sometamos el fallo de este caso al juicio del Rey Supremo”. El Sumo Juez, a cuyo tribunal fue llevado el asunto, decidió que el monje tornara a la vida para que pudiera hacer penitencia por sus pecados.

El religioso pecador fallecido era el sacristán de la comunidad, y por consiguiente el encargado de tañer la campana para llamar a coro a los monjes de la casa. Éstos, aquella noche, al advertir que llegaba y hasta muy pasada la hora de tocar a maitines el sacristán se retrasaba en hacer sonar la campana, pensando que se hubiera quedado dormido, fueron a su celda a despertarle, y como no lo hallaron en ella, buscáronle primeramente por el monasterio y por los alrededores del mismo,y después por el campo, y al cabo de mucho buscarlo encontráronlo muerto y flotando sobre las aguas del río.

Rescataron su cadáver, lo llevaron al monasterio, y cuando todos intrigados, preguntábanse entre sí cómo pudo ocurrir tal accidente en semejantes horas y en tan extraño sitio, el difunto repentinamente resucitó y contó a los monjes, sin omitir detalle alguno, todo lo que le había sucedido. El susodicho religioso que milagrosamente resucitó, vivió en adelante muy santamente y algunos años después, piadosa y definitivamente, entregó su alma a Dios.

Bibliografía:

– DE LA VORÁGINE, Santiago, “La Leyenda Dorada”, tomo II. Ed. Alianza Forma, año 2001 (décima reimpresión).

Abel

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

9 pensamientos en “Leyendas Marianas (II)

  1. Estas leyendas poseen toda la ingenuidad y simpleza de la religiosidad medieval, un carácter y sabor que impregna en general todo lo que es la Leyenda Áurea. Pero ahora que he repasado un extracto de la misma gracias a ti, Abel -hacía tiempo que no leía la Leyenda- he encontrado un paralelismo entre esta religiosidad ingenua y los antiguos mitos griegos, donde los narradores de epopeyas y mitos como Homero le conferían carácter humano a los dioses. Ver a la Virgen peleándose con demonios por las almas de sus devotos me recuerda a la sabia y aguerrida Atenea, diosa de las artes y las ciencias, yendo de acá para allá y haciendo y deshaciendo entuertos para ayudar a sus fieles. Qué curioso, que la religiosidad medieval recuperara, en ciertos aspectos, algo de lo que fue la antigua religiosidad grecorromana.

  2. Muchas gracias al administrador por las imagenes.
    Aunque no tengan en concreto relacion con las leyendas,salvo por la indiscutible Santisima Virgen Maria.
    Era muy dificil,por no decir imposible,encontrar alguna imagen representativa de alguna de estas dos leyendas.

  3. Son bonitas, Abel, me gustan, pero no es provechosa para nada esa confianza en términos tan lejanos al Evangelio. Está muy claro que no es el cariño a María, por bueno que sea, lo que nos salvará. Ese extremo de confianza, personas que vuelven a la vida después de estar muertos, pecados no perdonados, pero admisibles… Y lo que apunta Meldelen es cierto, parecen más leyendas paganas de dioses que asumen formas humanas, sienten y consienten como los más viles pecadores, que una historia de vida cristiana. Repito, son bonitas, pero no creo que sean inspiradoras. Y por favor, alguien puede responder a un comentario sin asperezas?

    • Estimado Wilbert, aunque estoy de acuerdo en lo que expones, quisiera hacerte una reflexión: si quieres que te respondan sin asperezas, no comentes con asperezas. Cada uno recoge lo que siembra. Deberías haber empezado por un comentario como éste, en lugar del que pusiste en primer lugar, y los que vienes poniendo en artículos anteriores.

      Me llama la atención la gente a la que le gusta provocar tormentas y luego se sorprende de que le llueva encima… con todo respeto y sin rencor.

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