San Juan Bosco, sacerdote fundador

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Fotografía del Santo por Carlo Felice Deasti. Año 1887.

Es uno de los santos contemporáneos más famoso, más popular y lo es, principalmente, por dos razones: por su espiritualidad y por la expansión de los salesianos por todo el mundo.  Los fundamentos de su espiritualidad, son sus grandes amores: la Eucaristía, la Virgen (María Auxiliadora), la Iglesia, la fidelidad al sucesor de Pedro y su amor a la juventud (es el santo de los jóvenes).

Nació el día 16 de agosto de 1815 en Becchi, aldea de Castelnuovo d’Asti (hoy Castelnuovo Don Bosco). Su padre era Francesco Bosco y estaba casado en segundas nupcias y su madre era Margarita Occhiena (Mamma Margherita). Juan era el menor de los hermanos. Con solo dos años quedó huérfano de padre, por lo que su niñez fue muy dura y es educado por su madre que, aunque era analfabeta, también era una santa y muy trabajadora. Su hermanastro Antonio impedía que Juan se dedicase a los estudios.

Con nueve años tuvo un sueño que le reveló su futura misión: rodeado de multitud de chiquillos, en el campo circundante a su casa, estos se peleaban y blasfemaban. El intentó convencerlos para que se tranquilizaran, pero no lo conseguía; incluso llegó a pegarles para conseguirlo. Entonces, se le apareció un hombre venerable, noblemente vestido y con el rostro resplandeciente: “Tienes que ganártelos con la mansedumbre y con el amor para que lleguen a ser tus amigos” ¿Quién eres? Le pregunta Juan. “Yo soy el Hijo de Aquella a quién tu madre te enseñó a saludar tres veces al día”, dijo el hombre. En aquel momento vio a una Señora de aspecto majestuoso que le dijo: “Toma tu cayado de pastor y guía a tus ovejas”. Los niños se convirtieron en cabras, perros, gatos, osos y otros animales. “Sé humilde y fuerte y conviértelos en mis hijos” y los animales se convirtieron en ovejas. El sueño terminó y Juan comprendió el mensaje. Desde entonces, se dedicó a ganarse a los chiquillos del pueblo, se hizo saltimbanqui y acróbata para ganárselos y empezó a llevarlos al catecismo a la iglesia.

Con diez años y medio, el 26 de marzo de 1826 hizo la Primera Comunión y en noviembre de 1829 se encontró con Don Calosso (capellán de Murialdo), que le enseñó sus primeros pasos con el latín, pero Don Calosso murió un año más tarde y Juan se encontró nuevamente abandonado. No pudo reemprender sus estudios hasta que tuvo dieciséis años de edad. En cuatro años terminó sus estudios elementales y con veinte años ingresó en el seminario de Chieri. Trabajó de sastre, camarero, carpintero, aprendiz de herrero y zapatero para poder pagarse sus estudios. En el seminario entabló amistad con Luís Comollo, que aunque murió muy joven, era un modelo de piedad. En 1844 Juan escribió la vida de su amigo Luís. Fue ordenado sacerdote por el obispo de Turín Mons. Fransoni, el día 5 de junio de 1841 y por consejo de San José Cafasso, que era su benefactor, entró en el Colegio Eclesiástico de Turín para perfeccionarse en Teología Moral.

Estatua del Santo en Valdocco (Italia).

En la iglesia de San Francisco de Asís, un 18 de agosto de 1841 inició su labor pastoral. Estuvo cinco años trabajando, rodeado de jóvenes que lo seguían a todas partes y esta fue la prueba de fuego de su vocación. Escribió: “Historia Sagrada”, “Historia Eclesiástica”, “La vida de Luís Comollo”, “La corona de los siete dolores”, “El devoto del ángel custodio” y “El joven dispuesto”. En su misión pastoral tuvo muchos contratiempos, pero siempre lo acompañó un carisma extraordinario: sus sueños, que le revelaban muchas cosas ocultas. Le sobrevino una pulmonía que pudo costarle la vida. Restablecido, se fue a vivir con su madre a unos cuartuchos. Abrió una escuela nocturna para los chavales y como se llenaba hasta reventar, abrió otras dos en otros barrios de Turín.

En uno de sus sueños, la Señora (María Auxiliadora) le insinúa la misión de la futura Congregación Salesiana. El día 12 de abril de 1846 se establece en el barrio de Valdocco y allí unos cuarenta chicos vivían con él y con Mamma Margarita, su madre. Como los chavales se dejaban llevar por las malas influencias del exterior, construyó sus propios talleres de aprendizaje: de zapatero y de sastre.

En 1853 inició una publicación periódica: “Lecturas católicas” y entre 1854 a 1857 tiene un alumno extraordinario: Santo Domingo Savio. En 1856 habían en su casa ciento cincuenta chavales internos, cuatro talleres, una imprenta, cuatro clases de latín y diez sacerdotes; además, quinientos alumnos externos. Gobernaba a toda “esta tropa” con indulgencia y sin castigos, lo cual era un escándalo para los educadores de la época. El 20 de junio de 1852 bendijo en Valdocco la primera iglesia dedicada a San Francisco de Sales y construyó una gran casa para los muchachos. Recibió ayudas, a veces milagrosas para poder llevar a cabo su misión.

Fotografía retocada del Santo, empleada para las estampas devocionales.

En el año 1858 va a Roma a exponer su proyecto al Beato Papa Pío IX: quiere fundar una congregación religiosa dedicada a la educación de la juventud. Vuelve a Turín y el 18 de diciembre de 1859, con cuarenta y cuatro años, funda las bases de su Congregación, eligiendo sus socios entre los jóvenes y los clérigos que estaban con él.

Con dieciocho miembros nace el Primer Capítulo General de los Salesianos; se había fundado la Congregación Salesiana. El estilo de la Congregación era mantener el espíritu de las antiguas órdenes religiosas, pero en lo concreto, adaptarse a los nuevos tiempos. Con estas características encuentra enormes dificultades para que su Congregación sea aprobada definitivamente, pero diez años más tarde, apoyado por Pío IX obtiene la aprobación el 1 de marzo de 1869 y finalmente, la Regla o Constituciones fue aprobada el 3 de abril de 1874. Resumiendo, en quince años consigue la aprobación definitiva.

La Congregación y su forma de actuar hace sospechar a las autoridades civiles y así, el oratorio de Valdocco fue sometido a distintas inspecciones fiscales intentando boicotear la obra de Don Bosco, pero la habilidad del santo y la intervención de la Virgen, como él decía, le ayudó a sortear todos estos contratiempos. Decía constantemente: “No quiero meterme en política” y esto le ayudó. En 1863 había treinta y nueve salesianos y cuando murió Don Bosco, eran setecientos sesenta y ocho. Hoy son más de dieciocho mil en más de cien países. Envió sus primeros misioneros a la Patagonia Argentina.  El 9 de junio de 1868 consagró la nueva Basílica dedicada a Maria Auxiliadora, que se había construido en solo tres años, gracias a innumerables donaciones.

En 1872, inspirado por la Virgen, funda la Congregación Femenina para educar a las niñas. Tomaron el hábito ventisiete jóvenes, entre ellas la co-fundadora, Santa María Dominica Mazzarello. Se llamarían “Hijas de María Auxiliadora”. Completó su obra organizando en 1876 a los colaboradores salesianos, hombres y mujeres que se dedican a ayudar de alguna forma a los educadores. Son la “Pía Unión de los Cooperadores Salesianos”. En el año 1877 inicia la publicación del boletín salesiano que hoy se distribuye por todo el mundo.

El 1880, el Papa León XIII le sugiere la construcción del Templo del Sagrado Corazón en Roma y aunque Don Bosco tenía muchísimas dudas, acepta. Aunque el Papa había comprado los terrenos parecía imposible conseguir los fondos necesarios para construir la iglesia. Buscó dinero en Italia y se marchó a Paris buscando lo mismo Las gentes le aclamaban y el dinero le llovía. Se construye la iglesia y se consagra el día 14 de mayo de 1887; él ya tenía setenta y dos años de edad. Celebró misa en el altar de Maria Auxiliadora más de quince veces.

Sepulcro del Santo en la Basílica de María Auxiliadora de Turín (Italia).

En 1881 fue nombrado el primer obispo salesiano: Monseñor Cagliero y cinco años más tarde vino a Barcelona y consiguió unos terrenos en el monte Tibidabo para erigir un Templo al Corazón de Jesús, templo que tardó en construirse setenta y cinco años y que fue consagrado en la fiesta de Cristo Rey del año 1961.

Falleció el día 31 de enero de 1888 con setenta y tres años de edad. Su obra tenía seis inspectorías, cincuenta y siete casas, setecientos setenta y cuatro profesores y doscientos setenta y seis novicios. Está sepultado en la Basílica de Maria Auxiliadora de Turín (Italia) y su fiesta se celebra hoy, día 31 de enero. Fue declarado Venerable en el año 1907, beatificado por el Papa Pío XI el 2 de junio de 1929 y canonizado por el mismo Papa el día 1 de abril de 1934, Día de Pascua. El 25 de marzo de 1936 fue proclamado patrono de los editores católicos y el mismo día del año 1958, patrono de los jóvenes aprendices.

Termino diciendo que vivió con heroísmo el Evangelio en el siglo XIX, que era de una absoluta humildad, que por su vivencia del amor y de la caridad, se le llamó el San Vicente de Paul del siglo XIX. El Papa Pío XI decía de él “que no pasaba desapercibido aunque estuviese en el último lugar de la casa”. Era pura fortaleza, de mente vigorosa, de corazón cálido, de mano enérgica, afectuoso, hombre de acción, apóstol, taumaturgo y trabajador incansable. Fundador de una nueva escuela de espiritualidad, un místico y un profeta. Un gran pedagogo en temas de religión, de raciocinio y de cariño a la juventud. Fue famoso por sus sueños proféticos. Se conocen ciento cincuenta y nueve de ellos.

Detalle de la figura que contiene los restos del Santo. Basílica de María Auxiliadora en Turín (Italia).

Aunque ya he hablado de algunas, sus principales obras escritas son: “Vida de Luis Comollo” (1844), “La historia eclesiástica para el uso de la juventud” (1845), “La aritmética y el sistema métrico decimal” (1846), “Historia Sagrada para el uso de las escuelas” (1847), “El joven dispuesto” (1847), “El cristiano guiado a la virtud y a la urbanidad según el espíritu de San Vicente de Paul” (1848), “El católico instruido en su religión” (1853), “Conversaciones de un abogado y un cura sobre la confesión” (1855), “La fuerza de la buena educación” (1855), “La historia de Italia narrada a la juventud” (1855), “La llave del Paraíso” (1856), “Vida de San Pedro, príncipe de los apóstoles” (1857), “El mes de mayo consagrado a Maria” (1858), “Vida del joven Domingo Savio” (1859), “Biografía del sacerdote José Caffasso” (1860) y una quincena de obras más.

Antonio Barrero

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Santa Martina: ¿la mártir imaginaria?

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Óleo de la Santa, obra de Pietro Berrettini "da Cortona" (s. XVII). Los Ángeles County Museum, California (EEUU).

Óleo de la Santa, obra de Pietro Berrettini "da Cortona" (s. XVII). Los Ángeles County Museum, California (EEUU).

A veces, por muy doloroso que resulte, a la luz de las pruebas materiales y las referencias documentales, no nos queda más remedio que admitir que más de un Santo conocido, que tiene su culto y su representación en iglesias y obras de arte y parece arrastrar una larguísima y antigua tradición, podría no haber existido jamás. Es el caso, por desgracia, de la mártir romana Santa Martina, que se conmemora el 30 de enero. Su ejemplo nos habla de una Santa que parece no ser real. Pero veamos por qué.

La primera noticia que tenemos de ella se remonta al siglo VII, cuando el papa Honorio I (625-638) le dedicó una iglesia en el Foro Romano. Por lo tanto, nos situamos ya en una época muy tardía respecto de la época de las persecuciones. Pero sabemos que en el siglo VIII se le celebraba una fiesta, como se desprende del Capitulare Evangeliorum del año 740; y del hecho que el papa Adriano I (772-795) le hiciera personalmente unas ofrendas a la Santa en el altar de su iglesia. De este mismo siglo data, también, su passio, que voy a resumir brevemente.

Martina (nombre latino que remite al dios Marte) era hija de un cónsul romano que profesaba la fe cristiana. Siendo muy joven quedó huérfana y decidió distribuir todos los bienes entre los pobres y entrar a servir como diaconisa del obispo de la ciudad. Arrestada por su notoria actividad cristiana, fue conducida ante el tribunal del emperador Alejandro Severo para que sacrificase al dios Apolo. Pero cuando vio que la llevaban por la fuerza al templo del dios, Martina oró al Señor en voz alta y el edificio se derrumbó sobre sí mismo, aplastando la imagen de la divinidad y a sus sacerdotes. Creyendo que había obrado con brujería, fue brutalmente torturada: la ataron desnuda a una columna y desgarraron su piel con garfios calentados al rojo vivo y luego la flagelaron amarrada a un ecúleo. Como estos espantosos tormentos no la vencían, fue de nuevo llevada al templo de Diana para que sacrificase, pero se repitió el prodigio: Martina invocó a Dios y el edificio se desplomó totalmente. Para castigarla nuevamente, le aplicaron planchas de metal incandescente para quemar todo su cuerpo, y viendo que nada servía para doblegarla, fue arrojada a los leones. Sin embargo, éstos no atacaron a la joven, por lo que fue finalmente decapitada.

Martirio de la Santa. Boceto de François Verdier (ss.XVII-XVIII). Museo del Louvre, París (Francia).

Esta passio, además de ser muy tardía, tiene otro punto débil: el emperador Alejandro Severo (222-235), bajo cuyo gobierno la Santa supuestamente sufriría martirio, no fue un perseguidor de los cristianos, sino todo lo contrario. De origen semioriental, y abierto a todo tipo de novedades, no sólo mostró gran tolerancia hacia el cristianismo, sino que se ha dicho que incluso llegó a incluir a Cristo como una divinidad protectora más en el panteón de la familia imperial. En cualquier caso, su reinado marcó un paréntesis en las persecuciones y facilitó que la Iglesia expandiera sus misiones. Por tanto, el autor de la passio ignoraba absolutamente esta realidad histórica. ¿Por qué? Por un último argumento que resulta demoledor: probablemente algunos ya os habréis dado cuenta de lo similar que es esta passio de Santa Martina con la passio de otra diaconisa romana, Santa Taciana. Y en efecto, la passio de Martina es una copia casi literal de la passio de Taciana, que data del siglo VII. Por decirlo de un modo simple: no habiendo nada que contar de Martina, echaron mano de Taciana, convirtiendo en perseguidor a un emperador que no lo había sido. No se sabía absolutamente nada de Martina, por lo que cogieron para ella la passio de otra mártir.

No sabiendo nada de su vida y no teniendo más que la vida de otra, ¿qué podemos decir de las pruebas materiales? En el siglo XI se realizaron unas excavaciones en la iglesia de Santa Martina del Foro Romano, de la cual hemos hablado antes – la que había dedicado el papa Honorio – y se encontraron cuatro cuerpos enterrados: sin más, se identificó a uno como el de Martina y a los otros tres como otros mártires (Concordio, Epifanio y un anónimo), sin ningún tipo de prueba ni investigación seria, como podría esperarse de esos tiempos. Y debido a este hallazgo, arbitrario e inconcluyente del todo, por arte de “bibirloque” se añadió a la falsa passio un falso anexo donde se afirma que, tras su decapitación, la mártir había sido enterrada en la Via Ostiense, milla décima, para luego ser trasladada a la susodicha iglesia. En realidad, eligieron ese lugar porque doscientos años antes había existido allí un oratorio dedicado a la Santa, pero nada más. Así como la passio era de otra, se inventaron un supuesto traslado de reliquias que no había existido: un entierro en un oratorio que no tenía tumba alguna, un traslado a una iglesia que no se había dado, un cuerpo que no tenía ningún indicio de ser la mártir: simplemente, se había decidido que tenía que ser así. Era lo que convenía creer.

Relicario con el Cráneo de la Santa. Monasterio de Santa Eufemia, Roma (Italia).

Acumulando una mentira tras otra, llegamos a los tiempos de la Contrarreforma, donde el mito de Santa Martina acaba por estallar. En el año 1634, cuando el papa Urbano VII, acometiendo la restauración de las iglesias romanas, fue notificado de que en el pequeño templo de Santa Martina (¿pero cuál? ¿El oratorio de la Via Ostiense o la iglesia del Foro? ¡¡No se dice!!) se había encontrado un esqueleto metido en un sarcófago de terracota, que estaba descabezado: la cabeza aparecía metida en una caja aparte. De inmediato el papa, entusiasmado, supuso automáticamente que se trataba de Santa Martina, y se lanzó a propagar el culto de la mártir, convirtiéndose él en su principal devoto. A pesar de que el Martirologio Jeronimiano fijaba el dies natalis de la Santa el 1 de enero, Urbano VII mandó situar su fiesta el 30 de enero, día de hoy, tal cual aparece en el Martirologio Romano; e incluso compuso él mismo varios himnos en su honor, como el célebre “Martinae plaudite nomini, cives Romulci, plaudite gloriae (…)”. No fue el único impresionado por el hallazgo de estas supuestas reliquias: el pintor Pietro da Cortona, cuya obra decora este artículo, fue uno de los encargados de restaurar y decorar la iglesia, convirtiéndose también en gran devoto de la Santa y dedicándole varios lienzos. Él fue de hecho, quien halló las reliquias de la mártir, quien costeó el precioso relicario para el cráneo que vemos en la foto, y quien dejó dispuesto, a su muerte, que quería ser enterrado en la capilla de la Santa.

Desgraciadamente toda esta secuencia de sucesos fortuitos y malinterpretados nos lleva a suponer la inexistencia de la mártir. No existe un sepulcro, no existen referencias certeras, su culto es tardío y su passio corresponde a otra Santa. Los cuerpos hallados en el siglo XI podrían haber sido de cualquiera, se supuso que uno –arbitrariamente escogido- tenía que ser de ella. Luego, inexplicablemente, se vuelve a perder la pista de estas reliquias hasta los tiempos de la Contrarreforma, ¿cómo es posible? Y cuando aparece nuevamente un esqueleto en la segunda reforma de esta iglesia, se vuelve a suponer automáticamente que es el de Martina. Pero no existe ninguna conexión de estos restos con los hallados en el siglo IX, así como tampoco existía ningún sepulcro en el oratorio donde, según se inventó para la passio, habría estado tras el martirio. Su historia no existe, su cuerpo no existe. Instrumentalizada primero para el fervor medieval y luego para el fervor barroco, y a pesar de las hermosas obras de arte que ha generado, de Santa Martina habríamos de concluir con la aseveración del hagiógrafo Franchi de’Cavalieri: “Martina es una de esas raras mártires romanas de las cuales, desgraciadamente, hay que admitir que no existe ninguna prueba de su existencia histórica”. Y Giovanni Sicari, autor de “Reliquie e corpi santi di Roma” (1998) también niega su existencia diciendo que de ella se sabe bien poco.

Detalle del sepulcro de la Santa bajo el altar mayor. Iglesia de los Santos Lucas y Martina en el Foro Romano, Roma (Italia).

Pero… ¿podemos entonces, afirmar con rotundidad que Santa Martina jamás existió? A pesar de que ésa ha sido la conclusión de los estudiosos sobre el tema, quiero recordar que su culto se remonta al siglo VII. Aunque mucho más tardío que el de otras mártires, es mucho más temprano que sus “reapariciones” durante tiempos medievales y modernos. ¿Cómo se iba a venerar una Santa en el siglo VII de la cual no se tuviera la menor prueba? Que se le ponga la passio de otra no es extraordinario, ha ocurrido con otras mártires. ¿Las reliquias? Era preciso que hubiese algo que venerar, de lo contrario nunca hubiera surgido ningún culto.

Mi teoría personal es: pudo haber existido por el surgimiento de su culto en el siglo VII, pero actualmente ninguna prueba material avala su existencia. La passio no vale, y las reliquias actuales no han sido debidamente estudiadas. Pienso que debería dejarse la puerta abierta a la posible existencia de la mártir, pero asumiendo que el panorama es claramente desolador y que la mayoría de los expertos han descartado su caso.

Santa Martina aparece representada con atributos extraídos del texto de “su” passio: la escultura o columna rota, en alusión a los templos e ídolos que derribó con su oración; la “garra de gato”, instrumento de tortura con que desgarraron su cuerpo; el león, en representación a las bestias a las que fue echada. Ha sido invocada contra los terremotos y derrumbes de edificios precisamente por esta cuestión de los templos derribados.

Meldelen

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San Valero, compañero de San Vicente hacia su martirio

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Busto relicario del Santo. Catedral del Salvador (La Seo) de Zaragoza (España).

La figura de San Valero es una figura bastante desconocida en el fenómeno martirial de San Vicente y por ello vamos a intentar aproximarnos a él. Los documentos no nos cuentan mucho pero parece que San Valero formaba parte de una de las familias más nobles, los Valeros, de la ciudad preferida por Augusto, Zaragoza, donde nació. Fue Obispo de Roda antes de serlo de Zaragoza en el año 290 y estuvo en el primer Concilio español de que hay noticia: el de Illiberis-Elbira (Granada), hacia el año 300 , firmando en undécimo lugar en las actas de este Concilio.

El hecho es que San Vicente era su Diácono y le acompañó en su cautiverio hasta la ciudad de Valencia en el año 304 por la persecución de Diocleciano, y en la que salvó la vida probablemente por pertenecer a una familia consular y por su avanzada edad. La tradición nos dice que San Valero era de difícil palabra por un problema de tartamudez y en el tribunal valenciano se dirigió la atención principal al fogoso Vicente, que quiso hablar por ambos y pagó muy cara con su vida su atrevido discurso.

Por ello se guarda recuerdo en Valencia en la llamada Capilla de San Valero, muy cercana a la cárcel de la Almoina donde San Vicente sufrió su primer martirio , y en la que pudo haber estado preso el santo hasta su destierro pues en su interior aparece una inscripción en que se lee lo siguiente traducido del latín: «Aquí estuvo San Valero hacia el año del Señor 304«; Asimismo esta Capilla tiene un busto del santo en su fachada realmente bello. Por otro lado Daciano prohibió en su destierro que San Valero pernoctara en ningún lugar que tuviera más de 20 casas y la actual Iglesia de San Valero de Valencia se erigió en tiempos de Jaime I en el lugar donde se cree que permaneció el santo antes de salir de las tierras de Valencia. En el destierro del Santo quedan lugares que dan testimonio de su paso que, ciertos o no, pasamos a comentar. Primeramente se cree que en Castelnou (Teruel) sufrió burla por sus aldeanos. Sin embargo, fue bien acogido en Daymús, donde descansaría unos días. En Albalate de Cinca también existe una partida de tierra denominada los «Sanvaleros» y es posible que pasase por este lugar. Se supone que entonces el Obispo habría sufrido exilio en las tierras poco hospitalarias de Enate, según unos, y Anet (Eure le Loire), cerca de París  según otros , dedicándose a la oración y construyendo una Iglesia en memoria de San Vicente. También hay quien piensa que este Aneto era el de las tierras ribagorzanas. Desde aquí acude a Estada y Estadilla a predicar la doctrina cristiana siendo a su muerte en el año 315 sepultados sus restos en la Iglesia del Castillo de Estada en la zona de Barbastro y se le dedicó una ermita muy cerca de allí. Por ello en la plaza de este castillo existe una silla labrada, donde según la tradición predicaba el Santo Obispo.

Después de la invasión musulmana, cuando acababa de nacer el Reino de Aragón, el Obispo de Roda, Arnulfo, tuvo una revelación y descubrió sus restos en aquél lugar del Pirineo en una tradición similar a la del cuerpo del Apóstol Santiago. Así, en el año 1050, lo que se creyó era su cuerpo venerable fue llevado a la sede episcopal de Roda de Isábena, entonces cabeza eclesial de Aragón. Se guarda en esta cripta la arqueta que contiene sus restos y que está decorada con esmaltes de Limoges que también fueron robados por «Erik el Belga«. Actualmente han sido repuestos los que se pudieron recuperar. También podemos ver allí su casulla, mitra y túnica.

Capilla del Santo en la Catedral del Salvador (La Seo) de Zaragoza (España).

Con posterioridad y, cuando las tropas de Alfonso I y de Gastón de Bearne entraron en Zaragoza en 1170, la restauración de la mitra cristiana hacía esencial la presencia física de las reliquias del obispo. Zurita dice: Y como era muy cristiano y católico Príncipe, pidió a Don Guillén Pérez, Obispo de Lérida y Roda y al capítulo y canónigos la cabeza de San Valero, que en tiempo del Emperador Diocleciano fue Obispo de Zaragoza, porque la reliquia de tan gran pastor y prelado y de tan santísimo varón fuese adorada en la misma ciudad donde había nacido y en el templo a donde presidió con tanta santidad y doctrina, que fue tan venerado en su vida por la universal iglesia, como después de su muerte fue su memoria canonizada, y el obispo y capítulo condescendieron a la devoción del rey, y él les hizo merced del lugar de Montarruego, junto a Berbegal. El capítulo de Roda fue generoso y envió, en sucesivos momentos, primero un brazo y, más tarde, el cráneo del obispo confesor que fue recibido con grandes festejos en la ciudad.

Un retrato de San Valero que, probablemente, reproduce los rasgos de Benedicto XIII se guarda en el Museo Capitular de Zaragoza y también un busto en el Museo Diocesano de Lérida . Cuando Don Pedro de Luna fue elegido Papa, regaló a la Seo, en 1397, un relicario soberbio para guardar el cráneo del Obispo patrono de Zaragoza. Hecho por orfebres y esmaltadores del taller de Aviñón, en plata sobredorada y con pedrerías, es una de las mejores piezas góticas que guarda Aragón. Su leyenda latina, traducida, reza así: «El Señor Benedicto XIII, llamado anteriormente Pedro de Luna, Cardenal de Santa María en Cosmedin, donó este relicario del bienaventurado Valerio a esta Iglesia de Zaragoza, el año 1397, tercero de su Pontificado» . Tenemos también un documento adjunto relacionado con este hecho. Asimismo también regaló un precioso busto de San Vicente Mártir para la Seo y existe una preciosa ermita dedicada a él en la localidad de Velilla de Cinca.

Salvador Raga Navarro
PRESIDENTE
Asociación Cultural VIA VICENTIUS – GOGISTES VALENCIANS

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Los golpes de San Pascual Baylón

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Vista del sepulcro del Santo en su santuario de Vila-real, Castelló (España).

Hablaremos hoy de un curioso prodigio que a veces ha sucedido en el sepulcro de San Pascual Baylón, santo al que ya anteriormente le dedicamos un artículo en este blog: es el llamado prodigio de los “golpes de San Pascual”. El primero en escuchar la manifestación de los golpes fue el propio sobrino del santo Fray Diego Baylon y cito textualmente la parte que cuenta estos hechos.

«Por los años de 1609 habitaba en el convento de Villarreal un sobrino de nuestro Santo, llamado Fr. Diego Bailón. El joven religioso, de una gran inocencia de costumbres y de gran virtud, estaba encargado del oficio de limosnero. Al volver de sus excursiones, solía este religioso pedir la bendición del Padre Guardián, e iba a orar ante el sepulcro de su glorioso tío. Una vez allí le daba cuenta, con ingenua confianza, de los incidentes de su viaje, le recomendaba a los bienhechores y le exponía sus sufrimientos. No bien terminaba la relación de sus aflicciones sentía en la caja sepulcral un cierto ruido, cual si el Santo acabara de moverse en el féretro. Otras veces llegaban a sus oídos suaves golpes, y entonces sentía en su corazón un gran consuelo. Los superiores, al conocer estos sucesos, comprobaron por sí mismos la veracidad de lo referido».

A partir de aquella época se repitió el prodigio con frecuencia, hasta tal punto que el P. Cristóbal de Arta, procurador de la Causa, pudo reunir más de cincuenta ejemplos, sucedidos por aquel entonces y todos ellos plenamente comprobados (Vita l.II, cp.XV). Transcribiremos aquí algunos de ellos.
– Durante el asedio de Pontarchi, se oyeron ligeros golpes, salidos del féretro, que anunciaron la brillante victoria obtenida sobre las tropas francesas por las tropas españolas.
– En 1640 se oyeron a lo largo de quince días golpes formidables, con los que anunciaba el Santo la rebelión de Portugal contra España.
– Diego Candel, carmelita descalzo, era muy devoto del Santo, pero no se atrevía a hablar desde el púlpito sobre «los golpes de San Pascual», como ya entonces se les llamaba. Habiendo acudido cierto día a la iglesia de Villarreal, se puso a suplicar al Santo tuviera a bien disipar sus dudas, y sintió luego resonar tres golpes. El religioso, no obstante, prolongó su oración, y el Santo correspondió otra vez con tres nuevos golpes, los que, seguidos por último de otros tres, concluyeron por desvanecer para siempre sus vacilaciones.

Portada del periódico del año 94 que hace referencia al último prodigio de los golpes.

La noticia de semejantes prodigios hizo que dos padres jesuitas decidieran estudiar la cuestión sobre el terreno. Fueron a visitar la capilla en donde descansaba el santo cuerpo, y una vez allí se pusieron a discutir acaloradamente acerca de la imposibilidad del prodigio. Una piadosa mujer que les oía, dirigió interiormente al Santo esta plegaria: «Mi querido Santo, es preciso que deis un golpe formidable con que tapar la boca a estos padres». No había aún terminado la buena mujer esta súplica, cuando las santas reliquias hicieron resonar un golpe violentísimo. La mujer entonces, acercándose a los religiosos les dijo la plegaria que acababa de hacer, y éstos, confusos, cayeron de rodillas ante el glorioso sepulcro, y dieron gracias al Santo por haberse dignado realizar en su presencia tan admirable prodigio.

Muchas otras fueron aún las circunstancias en que se repitieron estos golpes. Muchas fueron, también, las personas de consideración que pudieron presenciar parecidos prodigios, como el arzobispo de Patermo, Pedro de Aragón, y el virrey de Sicilia. Fenómenos semejantes se repitieron, de igual modo en las imágenes y reliquias del Santo que recibían culto en diversos lugares. Numerosas personas que, en medio de sus aflicciones, recurrían a implorar su protección, fueron favorecidas con estos golpes, en prueba de haber sido atendidas favorablemente sus plegarias.

De este mismo prodigio fueron testigos, en 1669, muchos obispos reunidos en presencia del Virrey, en ocasión en que se trataba de la canonización del Santo. El arzobispo de Valencia y los otros prelados enviaron a la Sagrada Congregación de Ritos una relación circunstanciada de los mencionados sucesos. «Un tal prodigio, agrega Cristóbal de Arta, es en la actualidad tan frecuente en el reino de Valencia, que llega ya a reputarse la cosa más natural del mundo» (Vita l.II, cp.XV). Este fenómeno maravilloso tuvo muchas veces por objeto reavivar la devoción hacia el Santísimo Sacramento del altar, y era conseguido por medio de alabanzas a la Eucaristía. Así, pues, Pascual velaba, aun después de su muerte, por el culto de Jesús en el Sacramento, por el consuelo de los afligidos y por el bien de las almas.

José Antonio Iniesta cuenta en su página Siete Luces que en la comarca de Jumilla es tradicional rezarle a San Pascual Bailón, que por cierto estuvo residiendo en el cercano monasterio franciscano de la abuela Santa Ana, en Jumilla. Con estos rezos se propicia el que el santo avise con tres golpes a la persona en cuestión antes de que ésta muera, con el fin de que disponga de tiempo para hacer cuanto sea necesario antes de pasar a mejor vida. Así en el barrio de San Rafael se cuenta como una historia absolutamente verídica, según la informante, que en cierta ocasión se encontró a una mujer completamente amortajada y tendida en posición relajada sobre la cama, con las manos cruzadas, sin que nadie tuviera siquiera conocimiento de que le ocurriera nada hasta que fue descubierta muerta y en tan extraña situación. Como es natural, tal suceso se atribuye a la intercesión de San Pascual Bailón, quien teniendo conocimiento del rezo y petición habría avisado a la mujer con los respectivos tres golpes y con suficiente antelación.

En el siglo XX también ocurrieron estos golpes del santo en unas cuantas ocasiones, desgraciadamente casi todas ellas anunciaban futuras tragedias. Así, en 1912 avisó de una de las mayores tragedias que vivió la ciudad de Vila-real: más de 90 personas murieron en el incendio del cine Luz, la mayoría por asfixia al bloquear la multitud las salidas. En 1936 golpeó para anunciar la guerra civil y la destrucción y profanación de su santo sepulcro. En 1987 la hermana Sor Asunción Gil, enferma terminal avisó de que San Pascual golpearía cuando ella falleciese. La madre abadesa Sor María del Rosado Ponce, que cuidaba de ella, ya en estado de coma, oyó una noche unos golpes y salio; al volver la enferma tenia las manos en posición como orante y se volvieron a oír tres golpes mas, falleciendo poco después. Para alegrías golpeo el día antes de que le «devolvieran» su gayato (me imagino que se conservaría hasta entonces en su localidad natal; Torrehermosa), y en 1992 cuando se celebraron sus centenarios.

Estos golpes parecen tener un lenguaje propio, ya que según la intensidad de los golpes o el tiempo de intervalos entre ellos anuncian las cosas buenas o malas. La iglesia lo aprueba porque en el oficio propio de San Pascual del breviario cita los golpes, conforme al responsorio que se le canta en su templo: «Golpeas en el arco y suenas/y en son misterioso auguras/ya desgracias, ya venturas/y al mundo de asombro llenas«. La última vez que ocurrió el fenómeno de los golpes fue el día 6 de noviembre de 1994, domingo, en la misa de las siete de la tarde. No estuve presente, pero recuerdo el revuelo y la conmoción que causó en la ciudad.

El Padre Luis Pitarch (franciscano al cual tengo el gusto de conocer desde la infancia) que predicó esa tarde en la misa dijo no haber oído los golpes, pero es que con esa voz que tiene tan potente y grandiosa es normal que le ensordeciera a el mismo, je, je. De todas formas si es extraño que no toda la gente que estaba en la presente en la misa oyera los golpes, y estos quedaron sorprendidos al ver que las personas que si lo habían oído empezaban a murmurar entre ellas. Se oyeron en tres sitios distintos; en el refectorio, en el sepulcro y en la sacristía. En dos intervalos de tres golpes cada uno; según uno de los testigos parecía como si golpearan sobre una madera. Muchos pensaban que podría ser que tocara la lotería en Navidad (no fue así), lo cierto es que unas semanas después fallecía en Valencia el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que pasaba todos los veranos en Vila-real, en su residencia veraniega «Torre-anita».

Abel

FUENTES:
– http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm
– P. Fr. Ignacio Beaufays, O. F. M., Historia de San Pascual Bailón, de la Orden de Frailes Menores, Patrono de las Asociaciones Eucarísticas, traducido de la segunda edición francesa por Fr. Samuel Eiján, O. F. M. Barcelona, Tipografía Católica, calle del Pino, nº 5, 1906, 265 páginas.
Diario Mediterráneo, edición sábado 12 noviembre 1994.

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