Santa Martina: ¿la mártir imaginaria?

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Óleo de la Santa, obra de Pietro Berrettini "da Cortona" (s. XVII). Los Ángeles County Museum, California (EEUU).

Óleo de la Santa, obra de Pietro Berrettini "da Cortona" (s. XVII). Los Ángeles County Museum, California (EEUU).

A veces, por muy doloroso que resulte, a la luz de las pruebas materiales y las referencias documentales, no nos queda más remedio que admitir que más de un Santo conocido, que tiene su culto y su representación en iglesias y obras de arte y parece arrastrar una larguísima y antigua tradición, podría no haber existido jamás. Es el caso, por desgracia, de la mártir romana Santa Martina, que se conmemora el 30 de enero. Su ejemplo nos habla de una Santa que parece no ser real. Pero veamos por qué.

La primera noticia que tenemos de ella se remonta al siglo VII, cuando el papa Honorio I (625-638) le dedicó una iglesia en el Foro Romano. Por lo tanto, nos situamos ya en una época muy tardía respecto de la época de las persecuciones. Pero sabemos que en el siglo VIII se le celebraba una fiesta, como se desprende del Capitulare Evangeliorum del año 740; y del hecho que el papa Adriano I (772-795) le hiciera personalmente unas ofrendas a la Santa en el altar de su iglesia. De este mismo siglo data, también, su passio, que voy a resumir brevemente.

Martina (nombre latino que remite al dios Marte) era hija de un cónsul romano que profesaba la fe cristiana. Siendo muy joven quedó huérfana y decidió distribuir todos los bienes entre los pobres y entrar a servir como diaconisa del obispo de la ciudad. Arrestada por su notoria actividad cristiana, fue conducida ante el tribunal del emperador Alejandro Severo para que sacrificase al dios Apolo. Pero cuando vio que la llevaban por la fuerza al templo del dios, Martina oró al Señor en voz alta y el edificio se derrumbó sobre sí mismo, aplastando la imagen de la divinidad y a sus sacerdotes. Creyendo que había obrado con brujería, fue brutalmente torturada: la ataron desnuda a una columna y desgarraron su piel con garfios calentados al rojo vivo y luego la flagelaron amarrada a un ecúleo. Como estos espantosos tormentos no la vencían, fue de nuevo llevada al templo de Diana para que sacrificase, pero se repitió el prodigio: Martina invocó a Dios y el edificio se desplomó totalmente. Para castigarla nuevamente, le aplicaron planchas de metal incandescente para quemar todo su cuerpo, y viendo que nada servía para doblegarla, fue arrojada a los leones. Sin embargo, éstos no atacaron a la joven, por lo que fue finalmente decapitada.

Martirio de la Santa. Boceto de François Verdier (ss.XVII-XVIII). Museo del Louvre, París (Francia).

Esta passio, además de ser muy tardía, tiene otro punto débil: el emperador Alejandro Severo (222-235), bajo cuyo gobierno la Santa supuestamente sufriría martirio, no fue un perseguidor de los cristianos, sino todo lo contrario. De origen semioriental, y abierto a todo tipo de novedades, no sólo mostró gran tolerancia hacia el cristianismo, sino que se ha dicho que incluso llegó a incluir a Cristo como una divinidad protectora más en el panteón de la familia imperial. En cualquier caso, su reinado marcó un paréntesis en las persecuciones y facilitó que la Iglesia expandiera sus misiones. Por tanto, el autor de la passio ignoraba absolutamente esta realidad histórica. ¿Por qué? Por un último argumento que resulta demoledor: probablemente algunos ya os habréis dado cuenta de lo similar que es esta passio de Santa Martina con la passio de otra diaconisa romana, Santa Taciana. Y en efecto, la passio de Martina es una copia casi literal de la passio de Taciana, que data del siglo VII. Por decirlo de un modo simple: no habiendo nada que contar de Martina, echaron mano de Taciana, convirtiendo en perseguidor a un emperador que no lo había sido. No se sabía absolutamente nada de Martina, por lo que cogieron para ella la passio de otra mártir.

No sabiendo nada de su vida y no teniendo más que la vida de otra, ¿qué podemos decir de las pruebas materiales? En el siglo XI se realizaron unas excavaciones en la iglesia de Santa Martina del Foro Romano, de la cual hemos hablado antes – la que había dedicado el papa Honorio – y se encontraron cuatro cuerpos enterrados: sin más, se identificó a uno como el de Martina y a los otros tres como otros mártires (Concordio, Epifanio y un anónimo), sin ningún tipo de prueba ni investigación seria, como podría esperarse de esos tiempos. Y debido a este hallazgo, arbitrario e inconcluyente del todo, por arte de “bibirloque” se añadió a la falsa passio un falso anexo donde se afirma que, tras su decapitación, la mártir había sido enterrada en la Via Ostiense, milla décima, para luego ser trasladada a la susodicha iglesia. En realidad, eligieron ese lugar porque doscientos años antes había existido allí un oratorio dedicado a la Santa, pero nada más. Así como la passio era de otra, se inventaron un supuesto traslado de reliquias que no había existido: un entierro en un oratorio que no tenía tumba alguna, un traslado a una iglesia que no se había dado, un cuerpo que no tenía ningún indicio de ser la mártir: simplemente, se había decidido que tenía que ser así. Era lo que convenía creer.

Relicario con el Cráneo de la Santa. Monasterio de Santa Eufemia, Roma (Italia).

Acumulando una mentira tras otra, llegamos a los tiempos de la Contrarreforma, donde el mito de Santa Martina acaba por estallar. En el año 1634, cuando el papa Urbano VII, acometiendo la restauración de las iglesias romanas, fue notificado de que en el pequeño templo de Santa Martina (¿pero cuál? ¿El oratorio de la Via Ostiense o la iglesia del Foro? ¡¡No se dice!!) se había encontrado un esqueleto metido en un sarcófago de terracota, que estaba descabezado: la cabeza aparecía metida en una caja aparte. De inmediato el papa, entusiasmado, supuso automáticamente que se trataba de Santa Martina, y se lanzó a propagar el culto de la mártir, convirtiéndose él en su principal devoto. A pesar de que el Martirologio Jeronimiano fijaba el dies natalis de la Santa el 1 de enero, Urbano VII mandó situar su fiesta el 30 de enero, día de hoy, tal cual aparece en el Martirologio Romano; e incluso compuso él mismo varios himnos en su honor, como el célebre “Martinae plaudite nomini, cives Romulci, plaudite gloriae (…)”. No fue el único impresionado por el hallazgo de estas supuestas reliquias: el pintor Pietro da Cortona, cuya obra decora este artículo, fue uno de los encargados de restaurar y decorar la iglesia, convirtiéndose también en gran devoto de la Santa y dedicándole varios lienzos. Él fue de hecho, quien halló las reliquias de la mártir, quien costeó el precioso relicario para el cráneo que vemos en la foto, y quien dejó dispuesto, a su muerte, que quería ser enterrado en la capilla de la Santa.

Desgraciadamente toda esta secuencia de sucesos fortuitos y malinterpretados nos lleva a suponer la inexistencia de la mártir. No existe un sepulcro, no existen referencias certeras, su culto es tardío y su passio corresponde a otra Santa. Los cuerpos hallados en el siglo XI podrían haber sido de cualquiera, se supuso que uno –arbitrariamente escogido- tenía que ser de ella. Luego, inexplicablemente, se vuelve a perder la pista de estas reliquias hasta los tiempos de la Contrarreforma, ¿cómo es posible? Y cuando aparece nuevamente un esqueleto en la segunda reforma de esta iglesia, se vuelve a suponer automáticamente que es el de Martina. Pero no existe ninguna conexión de estos restos con los hallados en el siglo IX, así como tampoco existía ningún sepulcro en el oratorio donde, según se inventó para la passio, habría estado tras el martirio. Su historia no existe, su cuerpo no existe. Instrumentalizada primero para el fervor medieval y luego para el fervor barroco, y a pesar de las hermosas obras de arte que ha generado, de Santa Martina habríamos de concluir con la aseveración del hagiógrafo Franchi de’Cavalieri: “Martina es una de esas raras mártires romanas de las cuales, desgraciadamente, hay que admitir que no existe ninguna prueba de su existencia histórica”. Y Giovanni Sicari, autor de “Reliquie e corpi santi di Roma” (1998) también niega su existencia diciendo que de ella se sabe bien poco.

Detalle del sepulcro de la Santa bajo el altar mayor. Iglesia de los Santos Lucas y Martina en el Foro Romano, Roma (Italia).

Pero… ¿podemos entonces, afirmar con rotundidad que Santa Martina jamás existió? A pesar de que ésa ha sido la conclusión de los estudiosos sobre el tema, quiero recordar que su culto se remonta al siglo VII. Aunque mucho más tardío que el de otras mártires, es mucho más temprano que sus “reapariciones” durante tiempos medievales y modernos. ¿Cómo se iba a venerar una Santa en el siglo VII de la cual no se tuviera la menor prueba? Que se le ponga la passio de otra no es extraordinario, ha ocurrido con otras mártires. ¿Las reliquias? Era preciso que hubiese algo que venerar, de lo contrario nunca hubiera surgido ningún culto.

Mi teoría personal es: pudo haber existido por el surgimiento de su culto en el siglo VII, pero actualmente ninguna prueba material avala su existencia. La passio no vale, y las reliquias actuales no han sido debidamente estudiadas. Pienso que debería dejarse la puerta abierta a la posible existencia de la mártir, pero asumiendo que el panorama es claramente desolador y que la mayoría de los expertos han descartado su caso.

Santa Martina aparece representada con atributos extraídos del texto de “su” passio: la escultura o columna rota, en alusión a los templos e ídolos que derribó con su oración; la “garra de gato”, instrumento de tortura con que desgarraron su cuerpo; el león, en representación a las bestias a las que fue echada. Ha sido invocada contra los terremotos y derrumbes de edificios precisamente por esta cuestión de los templos derribados.

Meldelen

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