Santo Tomás de Aquino, fraile dominico (I Parte)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle del Santo en el Retablo de Demidoff, obra de Carlo Crivelli (1476). National Gallery de Londres (Gran Bretaña).

Vamos a iniciar una serie de tres artículos sobre Santo Tomás de Aquino. Hoy escribiremos sobre las fuentes en las que nos basamos y brevemente, sobre su vida. En la segunda parte hablaremos de sus obras y doctrina y en la última, de su culto e iconografía.

Las fuentes directas son narrativas, oficiales, bibliográficas y literarias y las fuentes indirectas, son algunos datos sobre su familia y documentos sobre él escritos por personas ajenas a la Orden de Predicadores. Las narrativas son unas vidas legendarias primitivas escritas por Guillermo de Tosco,  Bernardo Guidonis y Pedro Calo, los tres del siglo XIV, que lo hicieron para apoyar su canonización. Las oficiales son el propio Proceso de Canonización, la Bula de canonización, algunas cartas papales y las Actas de los Capítulos de la Orden. Las bibliográficas son, principalmente, algunos escritos de la Universidad de París y las literarias son algunos panegíricos, epitafios y comentarios sobre él y sobre su obra. Las fuentes indirectas son algunos escritos sobre su familia, sobre su persona y la Orden, sus propias obras que indican cómo era y cómo pensaba y los documentos “Fontes Vitae S. Thomas Aquinatis” y “S. Thomas Aquinatis vitae fontes praecipuae”, todo esto por mencionarlo muy sucintamente, sin llegar a profundizar en ellas.

Sus padres se llamaban Landolfo, de origen longobardo y Teodora, de origen normando, la cual probablemente era la segunda esposa de Landolfo ya que éste se casó dos veces.  Se discute el año de su nacimiento, que sería entre el 1225 y el 1227 y probablemente fue en Roccasecca d’Aquino, en la provincia italiana de Frosinone. Siendo muy niño, una hermana suya fue fulminada por un rayo y se cuenta la anécdota de que un día, cuando su madre iba a lavarlo, se agachó al suelo y cogió un trozo de papel con el cual quiso meterse en el agua. En el papel estaba escrito “Ave Maria”.

Con solo cinco años de edad, su padre lo presentó como oblato en la Abadía de Montecassino, con la esperanza de que algún día fuera el abad de la misma. Durante el tiempo que estuvo en la Abadía, sus biógrafos recuerdan especialmente su vivo deseo de conocer a Dios, su carácter estudioso y su gusto por la soledad. Después de algún tiempo, Tomás abandonó la Abadía pero no se conocen cuales fueron los motivos. Estuvo algún tiempo en la Facultad de Arte de la Universidad de Nápoles y allí fue donde inició sus conocimientos sobre la doctrina aristotélica, siendo sus maestros Martín y Pedro de Ibernia. Tampoco se sabe cuanto tiempo estuvo en dicha Universidad ni donde se alojaba. Los biógrafos solo hacen hincapié en su precocidad.

Ya en Nápoles estableció contactos con los dominicos y se planteó entrar en la Orden. Parece que recibió el hábito de manos de Fray Juan de San Julián, perteneciendo por tanto a la Provincia Dominicana de Roma. Tendría unos veinte años de edad y se sabe que no toda su familia reaccionó bien ante esta decisión. Estuvo en el convento romano de Santa Sabina, después estuvo en Terracina, en Anagni y finalmente en París. Mientras estaba allí, fue detenido por sus hermanos junto con otros frailes, conducido al castillo de Monte San Giovanni Campano y probablemente, más tarde a Roccasecca.; en ese tiempo, su madre y sus hermanos intentaron convencerlo para que dejara la Orden, pero fue él quien consiguió que su hermana Marotta entrase en el convento de Santa Maria de Capua.

"Tentación de Santo Tomás de Aquino", óleo de Diego Velázquez (1632). Museo Catedralicio de Arte Sacro, Orihuela, Alicante (España).

Sin embargo sus hermanos seguían en sus treces y le enviaron a una muchacha con la intención de tentarlo; él se libró y oró para poder permanecer siempre en perpetua virginidad, solicitando a Dios un cíngulo-cinturón o cuerda de virginidad. Según contó su confesor después de su muerte, dos ángeles le confirmaron en sueño que ese objetivo lo conseguiría. Desde entonces, los frailes al ceñirse el cordón o la correa rezan: “Precinge me Domine, cíngulo puritatis et extingue in lumbis meis humoren libidinis, ut maneat in me virtus continentiae et castitatis(Cíñeme Señor con un cinturón de pureza y extingue de mis muslos los deseos libidinosos a fin de que permanezcan en mí las virtudes de la continencia y de la castidad).

Durante el tiempo que estuvo en prisión, los dominicos lo visitaron varias veces. La liberación de Tomás, según quién lo escriba, lo cuenta de una manera u otra. Probablemente fue conducido a Colonia (Alemania) donde enseñaba San Alberto Magno; otros dicen que se fugó. Lo más probable es que fuera entonces, alrededor del año 1248, cuando marchó a Colonia y se encontró con San Alberto Magno, con quién estudió. De este período de su vida se cuentan algunos episodios: Tomás era muy recogido y silencioso por lo que sus compañeros lo llamaban “el buey mudo”. Un día, mientras Alberto explicaba el “De divinis nominibus”, un compañero de estudios creyendo que Tomás no se enteraba de nada, se ofreció para explicárselo aparte, pero no tuvo éxito porque ocurrió exactamente lo contrario, por lo que el compañero se lo contó a Alberto, diciéndole que lo que pasaba era que Tomás había hecho promesa de no hablar y por eso siempre estaba callado. También se cuenta que otro día, un compañero encontró un escrito con anotaciones hechas por Tomás sobre un tema que había explicado Alberto y que era difícil de entender; se lo llevó al maestro (a Alberto) y éste, admirado por su aguda inteligencia, lo sometió a una discusión sobre dicho tema, tras lo cual llegó a decir Alberto: “Nosotros lo llamamos el buey mudo, pero él con su doctrina emitirá tal mugido que resonará en todo el mundo”. Desde entonces Tomás fue uno de los discípulos predilectos de Alberto. Un día el maestro comentó en el aula la “Etica”, obra de Aristóteles y le dijo a Tomás que redactara un resumen. El texto, recientemente descubierto, demuestra la originalidad y la independencia de su pensamiento. Otros episodios de su vida, más documentados, son el ofrecimiento que le hizo el Papa para que dirigiera la Abadía de Montecassino, su ordenación como sacerdote en Colonia y el encargo recibido para impartir enseñanza en la ciudad. También la escritura de algunas de sus obras.

En el año 1251, el General de la Orden,  Fray Juan el Teutónico le solicitó a San Alberto que le propusiese un candidato para ir a la Universidad de Paris; Alberto propuso a Tomás y Juan lo aceptó. La propuesta fue apoyada también por el cardenal Hugo de San Caro. El Padre General le escribió comunicándoselo y Tomás marchó a Paris estudiando bajo la guía del catedrático Elías Brunet. Allí ejerció como maestro en teología  bíblica utilizando unos métodos novedosos en dicha universidad, tanto en las cuestiones tratadas como en las opiniones vertidas.

El Santo predica en presencia de Gregorio X. Tabla de Bartolomeo degli Erri (s.XV).

En el año 1252 se inició una perspicaz lucha del clero secular contra los frailes de las órdenes mendicantes. Hubo un momento crítico dos años más tarde, cuando Inocencio IV abolió los privilegios que tenían los mendicantes; él  profetizó que el Papa sucesor, Alejandro IV restituiría lo abolido años antes.

Como las discrepancias tenían un carácter eminentemente doctrinal, Tomás intervino con el polémico escrito “Contra impugnantes” por lo que el Papa le conminó a que continuase con sus enseñanzas universitarias. También es probable que de esta época sean sus obras “De principiis naturae” y “De ente et essentia”. La incorporación de Tomás al cuerpo académico de la Universidad no se consiguió fácilmente y tuvo que intervenir el Papa.

Cinco años más tarde, en 1257, murió su hermana Marotta. El Domingo de Ramos del año 1259 estando predicando Tomás en París fue interrumpido por un representante de Picardie que leyó públicamente un escrito contra los frailes dominicos, acto que fue reprendido por el Papa quién se solidarizó con Tomás, el cual continuó enseñando en París hasta que retornó a Italia en una fecha no muy bien precisada, pero probablemente, después del Capítulo General celebrado en Valenciennes (septiembre de 1259) y antes del Capítulo Provincial de Nápoles (septiembre de 1260). En el Capítulo General de Valencienne defendió junto con San Alberto Magno y el Beato Pedro de Tarantasia, un documento que habían redactado por encargo del padre general de la Orden; el documento trataba sobre el ordenamiento de los estudios dentro de la Orden. En el Capítulo de Nápoles, ya en Italia, fue nombrado predicador general lo que le supuso permanecer en su país.

Participó en el Capítulo Provincial de Orvieto siendo destinado al convento de dicha ciudad, en la que residía el Papa Urbano IV. El Papa recurrió a Tomás para encomendarle diversos trabajos, como por ejemplo, la recopilación de la llamada “Catena Aurea” y del opúsculo “Contra errores graecorum”, documento que durante algunos siglos tuvo una influencia muy beneficiosa en las relaciones ecuménicas entre las iglesias de Oriente y Occidente. Colaboró en la institución de la fiesta del “Corpus Christi” aunque ningún autor dice que fue lo que realizó exactamente. Posteriormente pasó a Perugia y a Roma y hay autores que afirman que participó en el Capítulo General de Londres.

En Roma estuvo hasta el año 1267, marchando posteriormente a Bologna, donde participó en el traslado de los restos de Santo Domingo de Guzmán y donde recibió una carta del Papa Clemente IV referente a un problema con un obispo dominico residente en Siria. Se dice también que este Papa le ofreció el arzobispado de Nápoles, ofrecimiento que él rechazó. Posteriormente, vuelve de nuevo a París aunque hay quienes afirman que lo hizo solo por obediencia y allí ya se le sitúa en el año 1269. Se dedicó a defender a los religiosos y a su forma de vida contra los ataques del clero secular y a defender sus posiciones aristotélicas en contra de la nueva corriente conservadora surgida en la ciudad. Pero también se dedicó a defender la ortodoxia contra el aristotelismo unilateral de los llamados Everroistas. En estas discrepancias, llegó incluso a ser atacado físicamente, respondiendo siempre con dulzura y con bondad. Los escritos de Tomás contra el averroísmo fueron más efectivos que las condenas oficiales de la propia iglesia.

El Santo debate con los herejes. Tabla de Bartolomeo degli Erri (s. XV)

En París se le hicieron otros muchos encargos, en los que no entraré a fin de no alargar excesivamente este artículo. Pero debido a las dificultades que encontraba continuamente en la universidad parisina, marchó nuevamente a Italia para establecerse en Nápoles.

En Nápoles enseñó en el convento de Santo Domingo, siendo incorporados a la Universidad napolitana los estudios de teología que él impartía en el convento. Existe un documento fechado el día 15 de octubre del año 1272 que demuestra cómo el rey Carlos abonaba los gastos que se originaban; en Nápoles siguió escribiendo sobre filosofía y teología.

En este período continuó su actividad literario-doctrinal prosiguiendo su obra ya iniciada anteriormente, la “Summa Teologica”, que es su obra más famosa. Dentro y fuera de la Orden también le dieron algunas responsabilidades, como Padre Definidor (en el año 1273) y ejecutor testamentario de Ruggiero d’Aquila (en 1272). En esta etapa se le reconocen fenómenos de bilocación y levitación, así como conversaciones mantenidas con un crucifijo. En el 1273 fue invitado por el Beato Papa Gregorio X para que participase en el Concilio Ecuménico de Lyón, al que debía aportar su texto sobre la doctrina y comportamiento a seguir con los griegos y que como he dicho anteriormente escribió en tiempos de Urbano IV.

Con ocasión de la fiesta de San Nicolás el día 6 de diciembre de 1273, después de haber celebrado la Santa Misa en la capilla del santo, Tomás no quiso ni escribir ni dictar a pesar de la insistencia de su amigo Reginaldo, al que le dice: “no puedo más, creo que todo lo que he escrito es paja” y en compañía de Reginaldo y otros frailes se fue a visitar a su hermana Teodora. Allí, durante muchísimo tiempo, permaneció en éxtasis sin percibir la presencia ni las palabras de su hermana; cuando volvió en si predijo su muerte a todos los presentes. Desde San Severino, donde estaba su hermana, marchó a Nápoles y allí permaneció algún tiempo enfermo. Durante esta enfermedad, dos religiosos del convento vieron como una gran estrella entraba por la ventana de la celda posándose durante un momento sobre la cabeza del santo. Uno de estos religiosos manifestó lo que había visto cuando se inició el proceso de beatificación.

En la fiesta de Santa Inés del año siguiente, se fue con su amigo Reginaldo a Lyón pero a la altura de la ciudad de Teano se golpeó la cabeza con un árbol que había sido derribado. Reginaldo, para distraerlo, empezó a hablarle del Concilio, de sus trabajos y de cómo sería recibido en Lyón, donde se esperaba que lo nombrasen cardenal, pero a la altura del castillo de Maenza, enfermó aun más negándose prácticamente a comer. Se restableció y siguió el viaje llegando a la abadía de Fossanova donde fue recibido por los monjes cistercienses. Allí estuvo casi un mes y sintiendo que la muerte estaba cercana, en el mes de febrero, hizo confesión general y recibió el Viático, se levantó de la cama, se tiró al suelo, recitó algunas oraciones y pidió someter todas sus obras al juicio de la Iglesia; estaban presentes los cistercienses y algunos frailes dominicos y franciscanos. Al día siguiente recibió la Unción de los Enfermos, comulgó por última vez y murió en la mañana del miércoles día 7 de marzo del año 1274, teniendo cuarenta y siete años de edad.

Mañana, que es su festividad, seguiremos con la segunda parte de estos tres artículos dedicados a este gran santo, declarado Doctor de la Iglesia Católica.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

13 pensamientos en “Santo Tomás de Aquino, fraile dominico (I Parte)

  1. Fantástico artículo. Recuerdo reiteradamente como mi profesor de Filosofía insitía en que para él Santo Tomás de Aquino había sido la cumbre del pensamiento cristiano. En aquel momento me parecía un coñazo pero con posterioridad empecé a encajar las piezas de puzzle de su pensamiento. Por eso lo del “buey mudo” me ha sorprendido jej…

    • Espera a las otras dos partes, porque de Santo Tomás se puede “hablar la tira…”
      Al final del tercer artículo doy una web en la que se puede profundizar más en él. La web está en francés, pero no creo que ese sea ningún problema.

  2. Recuerdo que cuando estudiaba Paleografía en la facultad tuve que transcribir y traducir algunos textos suyos (no recuerdo exactamente cuáles). Fue una tarea muy penosa, tenía que leer directamente de una fotocopia del original, de modo que no sólo tenía que transcribir de la gótica cursiva para hacer el texto inteligible, sino que además debía separar las palabras (todas juntas en el manuscristo, sin mayúsculas) y por añadidura, traducir aquel enrevesado latín con ayuda del diccionario Cappelli, que no era para el latín sino para las abreviaturas… vamos, terrible.

    Creo que por eso le cogí manía al pobre Santo Tomás… y no por la tarea en sí, que la tuve que hacer con muchos otros textos… sino porque era un manuscrito complicado, un latín complicado, con muchas abreviaturas, y encima el discurso teológico era considerablemente soporífero (con perdón). Vamos, como para decir: ¡Ni una más, Santo Tomás! (¿A qué vendrá este dicho? Como no sea una rima tonta…)

    Aparte de estas cuestiones tan mundanamente personales, he de decir que la edad a la que murió (47 años), eso es “pronto” desde nuestra perspectiva actual aunque para la época en que vivió, lo habitual.

      • Me gusta la Paleografía, la elegí libremente, pero hay escrituras que son infumables… donde esté una carolina redondita o una capital elegantie… buf! Pero claro, el grueso de la escritura medieval es gótica, hasta la aparición de la humanística en el Renacimiento. Y así se va destrozando una la vista…

  3. Ana Maria,
    Entiendo que le hayas “cogido tirria” a Santo Tomás de Aquino. Si leer sus obras publicadas por una editorial no es nada fácil, ¿qué no será tener que traducirlas de una fotocopia del texto original?
    Menudo trabajo te tocó hacer. De todos modos, digamos que algunas son más absequibles que otras.

    • Seguro, no le echo la culpa al Santo, sino al catedrático, que era muy exigente; aunque él se tenía por blando y hasta creía hacernos un favor. Su frase favorita: “Por favor, chicos, si esto se lee como los cuadernos de Rubio…”, manuscritos de Santo Tomás incluidos. Para matarlo, aunque es verdad que aprendí mucho con él.

  4. Antonio excelente articulo,pero me extraña que no hayas hablado en esta primera parte que de su vida y muerte trata sobre su proceso de canonizacion,milagros y demas,a no ser que lo tuvieras planeado incluir en la tercera parte “culto e iconografia”.
    Una cosa que no tiene nada que ver con Santo Tomas(bueno,algo) en la tercera fotografia “Tabla de Bartolomeo:El Santo predica en presencia de Gregorio X”,se encuentra el Papa y a sus dos lados,dos cardenales,¿como se llama este tipo de sombrero con tela caida sobre los lados que llevan?
    Siempre he sentido curiosidad desde que lo vi en la pelicla “Hermano Sol,Hermana Luna”.

    • Metiendo un poco la cucharada, Abel, y complementando lo que ha dicho Antonio, ese sombrero se llama capelo, y no era exclusivo de los cardenales, valga decir: los obispos también lo podían usar (prueba de este uso es que en las heráldicas de obispos y prelados aparece de timbre este curioso sombrero, aunque de distintos colores, según el rango). Lo que sí era exclusivo de los cardenales era el color rojo del capelo… Antonio también menciona su imposición por parte del Obispo de Roma: de hecho, el rito esencial de la creación de cardenales consistía en aquella imposición. La “tela caída” que ves a los lados de los capelos, no son parte del sombrero en sí: en realidad, son una capucha de armiño llamada capirote: y es que el sombrero NO se ponía directamente sobre los cabellos, sino sobre la cabeza cubierta de este atavío… en la edad media, los cardenales solían usar con frecuencia estas vestiduras, siendo insignias de su dignidad, pero desde el siglo XVII sólo usaban el capelo para muy, muy contadas ocasiones, usando para las demás el birrete rojo que Antonio menciona. Ya en el siglo XX el capelo solo se ve sobre las tonsuras cardenalicias en la ceremonia de creación, y en las demás ocasiones siempre usan el birrete. El capelo iba adornado de un juego de borlas que le colgaban detrás… de estas borlas lo colgaban sobre las tumbas de los cardenales al morir y ser sepultados éstos, y se tenía el mito que cuando las cuerdas de estas borlas se reventaban por la natural corrupción de las fibras, era señal que el prelado había entrado al cielo (!¿?!). Con las reformas posteriores al Concilio Vaticano II, se suprimió el uso del capelo (aunque, como he dicho, ya no se usaba más que en la ceremonia de imposición del mismo) y se simplificó la larga ceremonia de creación de cardenales… ahora el rito esencial consiste en la imposición del birrete rojo.

  5. Abel, sobre su culto trataremos en el tercer artículo.
    Si no recuerdo mal, el sombrero rojo que usaban los cardenales y que ahora ya no se usa por lo que el Papa no se los impone, se llama “capelo cardenalicio”. Ahora usan el birrete rojo.

  6. Soy fraile dominico y me da gusto que todavia se discuta sobre Santo Tomás, hoy son muy pocos los que quieren hacerlo porqeu opinan que son obsoletos y otros, muy pocos, quieren tomarlo al pie de la letra. Te felicito Antonio por el artículo, pero creo que hay que desmitificar un poco a Tomás, para que las nuevas generaciones no tengan miedo de leerlo; leerlo pero no para repetir lo que el ha dicho, sino para actualizar sus palabras y adecuarlas a nuestro contexto. Creo que Tomas no ha pasado de moda ni pasará, pero debemos saber leerlo.

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