San Benito José Labre

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo del Santo por Antonio Cavallucci (1752-1795). Museum of Fine Arts, Boston (EEUU).

Pregunta: Quisiera conocer un poco sobre la vida de san Benito José Labré, y poder conocer alguna imagen o representación suya, que no he podido encontrar. De antemano, muchísimas gracias, y sigan adelante con ese blog, de los pocos excelentes que he encontrado sobre la materia (por no decir, el único). Colombia

Respuesta: Nació en San Sulpicio de Amettes, diócesis de Boulogne entonces (hoy diócesis de Arras), en Francia, el día 26 de marzo del año 1748.
Sus padres, Juan Bautista y Ana Bárbara Grandsire y sus hermanos comían de lo que recolectaban de una pequeña granja y con los escasos ingresos de una tienda de artículos de mercería, aunque esto no era suficiente, por lo que vivían de manera muy precaria ya que la familia estaba compuesta por quince miembros (familia numerosísima). Benito José era el mayor y fue a la escuela que estaba bajo la tutela del párroco del pueblo, mostrando una seriedad superior a la que correspondía a un niño de su edad y un carácter nada frívolo. Estos detalles son destacados en las Actas del proceso de canonización y en una biografía suya que escribió después de su muerte, el que fuera su confesor, el padre Marconi. Con doce años se fue con su tío materno y padrino, don Francisco José Labre, párroco de Erin, que lo introdujo en las enseñanzas propias eclesiásticas, entre ellas el latín.

Teniendo dieciséis años quiso ingresar en la Trapa, hacerse monje trapense, pero su familia se opuso rotundamente. En el año 1766, cuando murió el párroco de Erin atendiendo a los enfermos de peste, aconsejado por otro tío suyo que también era sacerdote, se fue a la Cartuja de Santa Aldegunda con la intención de entrar en la comunidad, pero no fue admitido al noviciado. Ante estos reveses, se inició en él una etapa de incertidumbres, de angustia y de depresión, pero no desfalleció y caminando más de sesenta leguas a pie en pleno invierno y bajo la nieve se marchó a la Trapa de Montagne, en la Normandía, pero otra vez fue rechazado por los monjes; lo vuelve a intentar en la Cartuja de Nouville y tampoco.

Estaba abatido, desolado, angustiado, cansado, pero seguía en sus treces y así, en noviembre de 1769 consigue entrar en el noviciado de la Abadía cisterciense de Sept-Fons, pero como a los monjes les hubiera gustado verlo con menos ansiedad, más equilibrado (tenía muchos escrúpulos) y “más santo” (!!), no lo consideraron apto para vivir dentro en clausura y educadamente fue expulsado por el abad. Otro nuevo revés para Benito José, que humildemente lo acepto diciendo: “Será la voluntad de Dios”.

Óleo del Santo en peregrinación. Iglesia de Erin (Francia).

Así, cansado pero no desanimado se fue a Roma estando convencido de que allí encontraría un monasterio apropiado que lo acogiese. En el camino, al llegar a Chieri en el Piamonte italiano, en agosto del año 1770, escribió su última carta a sus padres. Y allí, en Italia, encontró su verdadera vocación, ya que estaba destinado a vivir en una soledad mayor que la que él buscaba en los monasterios. Lo había ido pensando durante todo el camino y decidió ser “el vagabundo de Dios”, un peregrino errante, un mendigo. Este es otro caso de los santos llamados “locos de Cristo”, de los que hablé en un artículo anterior, pero esta vez en Occidente, en la mismísima Roma. Se desprende de lo poco que tiene, se abandona totalmente viviendo en la intemperie, siempre descalzo aun en invierno, con la ropa sucia y hecha jirones, atacado por los insectos en su propia carne (chinches, piojos…), durmiendo al raso, pero siempre en continua oración que nada ni nadie era capaz de interrumpir. No quería tener absolutamente nada; solo vivir para Dios y ayudar a quienes consideraba que estaban peor que él. Iba vestido con una sucia túnica y con un escapulario que tenía de cuando había sido novicio en Sept-Fons, llevando siempre a cuestas, en una alforja a la espalda, todo lo que tenía: el Nuevo Testamento, el libro “La imitación de Cristo” y el breviario que rezaba diariamente porque había aprendido el latín. En el pecho, sobre la túnica, una cruz y en las manos, siempre, el rosario.

Se llevaba horas y horas dentro de cualquier iglesia, absorto en oración ante el Santísimo Sacramento pues era muy devoto de las llamadas “Cuarenta horas” (cuarenta horas de exposición pública del Santísimo Sacramento), viéndosele rodeado de un gran resplandor cosa que sucedió en la Basílica de los Doce Santos Apóstoles,  asistiendo diariamente a Misa y comulgando, aunque algún sacerdote lo mirase de reojo en más de una ocasión. Un poco de pan y poco más era su comida diaria. No pedía limosnas aunque vivía voluntariamente como un vagabundo y como todo lo que le daban, aunque no pedía, lo consideraba superfluo, se lo repartía a los otros vagabundos romanos. Dormía siempre a la intemperie o bajo un árbol o bajo cualquier cobertura si estaba lloviendo: portal, debajo de un puente…

Fue un peregrino errante. Peregrinó al Santuario de Loreto varias veces y a la Basílica de San Francisco en Assisi (Perugia) y también estuvo en Nápoles, Bari y Fabriano (Ancona).  Visitó Santiago de Compostela, la Abadía de Einsiedeln en Suiza y el monasterio de la Visitación en Paray-le-Monial (Francia). En Francia fue mal visto, lo miraban con indiferencia, pero en alguna parte lo acogieron con respeto como por ejemplo en el hospicio de Paray-le-Monial, donde las migajas de sus comidas eran recogidas y guardadas como verdaderas reliquias.  En Suiza lo acogieron con un cierto temor religioso unos y con desprecio otros y en Italia le llamaban “el santo francés”.

Un día, un sacerdote, viendo la vida que llevaba, le llegó a preguntar cómo podía soportar eso, de qué material estaba hecho y Benito José le contesto: «Mi cabeza es de fuego para amar a Dios, mi corazón es de carne para poder tener caridad con mis hermanos y mi voluntad es de bronce para tratarme duro a mí mismo». Como un “loco por Cristo”, quería vivir en la más absoluta miseria, cumpliendo a rajatabla lo dicho por el Maestro: “no os preocupéis de qué comeréis o qué beberéis” y “no llevéis alforjas, ni dinero ni dos túnicas”.

Los últimos años de su vida los pasó en Roma, durmiendo normalmente en un resquicio, bajo las ruinas del Coliseo. Como consecuencia de un resfriado mal curado, una mañana del mes de abril del año 1783, en plena Cuaresma, fue encontrado inconsciente en la calle que conduce a la iglesia de Santa María ai Monti. Lo recogieron y recibió la Unción de los Enfermos, muriendo el día 16 de ese mismo mes en la parte trasera de una carnicería que le había recogido; tenía treinta y cinco años de edad. Se corrió la voz por toda la ciudad de Roma: había muerto el santo vagabundo y como era considerado como tal, lo sepultaron dentro de la iglesia a la que se dirigía: Santa Maria ai Monti, a la izquierda del altar mayor.

Sepulcro del Santo. Iglesia de Santa Maria ai Monti, Roma (Italia).

Como dije al principio, su confesor, el padre Marconi, que era profesor del Colegio Pontificio, publicó su biografía el mismo año de su muerte incluyendo en ella la narración de varías curaciones milagrosas realizadas por Benito José y que solo conocían los interesados (que lo corroboraron) y el propio confesor. Seis años después de su muerte había imágenes suyas en Suiza, Francia, Alemania y otros países, incluida la propia Italia. Fue beatificado por el Beato papa Pío IX en el año 1861 y canonizado por León XIII el día 8 de diciembre del año 1881. Su fiesta se celebra el día 16 de abril.

Bibliografía:
– COLTRARO, A.M, “Vita di San Benedetto Giuseppe Labre”, Roma 1881.
– Documentos de la Causa

Antonio Barrero

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