Domingo de Ramos

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Procesión del Domingo de Ramos en la ciudad de Elx, Alacant (España).

¡Hosanna al Hijo de David!
Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel
¡Hosanna! ¡Hosanna en el cielo!

He aquí la antífona que la liturgia romana sugiere para abrir la celebración del día de hoy. En tierras colombianas es costumbre cantar aquel hermoso himno compuesto por F.X. Moreau: Tú reinarás, este es el grito que ardiente exhala nuestra fe. Tú reinarás, oh Rey bendito, pues Tú dijiste: Reinaré. Reine Jesús por siempre, reine su Corazón, en nuestra patria, en nuestro suelo, que es de María la nación. Y de esta forma inauguramos aquella augusta semana, en que celebramos la victoria de la Vida; terrible semana, que recuerda a las siniestras legiones su tremenda y definitiva derrota.

En el misal y breviario romanos encontramos este día denominado como “Domingo de ramos en la Pasión del Señor”. Tras semejante título hay dos historias que nos cuentan cómo los cristianos de  los siglos IV al IX entendían y celebraban este día.

El primer testimonio de esta fiesta lo encontramos en el relato de la peregrina Egeria. Como sabemos, ella nos ofrece valiosa información acerca de la praxis litúrgica de la Iglesia de Jerusalén en el siglo IV; nos describe minuciosamente las diversas ceremonias que se realizaban en la Ciudad Santa a lo largo del año litúrgico, desde Epifanía[1] hasta el tiempo pascual. Sabemos que dicha actividad litúrgica se impulsó con motivo de la restauración de los lugares santos llevada a cabo por el emperador Constantino, y sobre todo, con la edificación de las dos principales basílicas cristianas de la ciudad: el Martirion[2] y la Anástasis[3]. Alrededor de estos lugares clave, se desarrollarían sugestivas ceremonias cuyo influjo se haría sentir en casi todas las familias litúrgicas que por entonces ya se estaban gestando.

Procesión del Domingo de Ramos en la ciudad de Huelva (España).

Esto es lo que la virgen Egeria nos cuenta sobre el particular: La Eucaristía se celebraba en la mañana, como era costumbre los domingos, en el Martirion. Hacia la hora séptima[4] se congregada el clero y el pueblo presididos por su obispo en el Monte de los Olivos, en el oratorio conocido como Eleona, donde se decía que el Maestro había predicado; allí cantaban un oficio, compuesto por salmos y colectas[5] básicamente. Luego, se desplazaban al santuario llamado Ibomon, donde se creía había ocurrido la Ascensión; allí rezaban otro oficio, desde la hora nona hasta la hora undécima[6]. Terminado dicho oficio, partía la procesión hasta la Anástasis con ramos de olivo y cantos de alabanza; cerrando la procesión, iba el obispo, quien representaba a Cristo. Aquí vale la pena una aclaración: durante mucho tiempo se ha pensado que en dicha ceremonia el obispo iba sobre un jumento, pero Egeria nos aclara que todos, incluso los de alta clase, iban a pie; dado el cuidado de los detalles en sus narraciones, es difícil pensar que la peregrina haya pasado por alto semejante dato, cuando ni siquiera olvida mencionar la posición de los diferentes componentes de la asamblea en los oficios en Eleona e Ibomon (el obispo, los presbíteros y los seglares, sentados; los diáconos, siempre de pie). Llegados a la Anástasis, celebraban el Lucernare[7]. Terminada la oración vespertina, todos se dirigían al atrio interior, que conectaba la Anástasis y el Martirion, donde se levantaba una gran cruz en el lugar donde el Señor fue sacrificado: allí realizaban una última oración (que siempre se acostumbraba hacer al final del Lucernare) y se cerraba esta larga jornada con la bendición que el obispo impartía al pueblo. Hasta aquí el relato de Egeria. Cabe decir que no era éste el único caso en la liturgia jerosolimitana donde había tanto movimiento: teniendo a la mano los lugares santos, era normal que su liturgia los involucrara a todos.

La celebración en la Iglesia Madre de Jerusalén reviste un carácter eminentemente festivo: no así en Roma. Allí, primitivamente, en este día se leía la Pasión del Señor como un solemne inicio de la Semana Mayor. Y es que dicha semana era sobre todo un tiempo de luto: toda la semana estará marcada por el relato de la Pasión; incluso en la liturgia romana anterior al concilio Vaticano II, llamada tridentina, se establece la lectura de la Pasión en las misas de lunes a miércoles santos. Esta forma de vivir este tiempo estará tan incrustada en la conciencia del clero y pueblo romanos, que se resistirán al influjo de Jerusalén hasta entrado el siglo IX. Cosa distinta es, por supuesto, las Galias e Hispania, cuyas liturgias, fuertemente influenciadas por los ritos orientales, asumieron en el siglo V el rito de la procesión y su carácter festivo. Algo similar vemos en Constantinopla y Alejandría. Será la influencia galicana sobre el rito romano en la edad media lo que hará que la procesión conmemorativa de la entrada del Señor a Jerusalén sea al fin aceptada: con dicha ceremonia entra también el himno “Gloria Laus” de Teodulfo de Orleans.

Vista de las palmas trenzadas artísticamente para la celebración del Domingo de Ramos. Elx, Alacant (España).

Entrando la edad media, la piadosa creatividad se hará con este día: surgen procesiones con el Evangeliario o con el Santísimo Sacramento, o imágenes de Jesús montando un burro; poco a poco se reviste de un carácter folclórico. Vale mencionar la misa del jumento que surgió en esta época: se trataba de una misa votiva que  “honraba” al manso burro que cargó el dulce peso del Maestro; los melismas de los Kyries buscaban imitar el sonido del animal ¡y hasta secuencia[8] propia tenía la bestia en cuestión!

Aunque Roma aceptó la ceremonia, de a poco le fue quitando su característica alegría: sabemos que dicha procesión se convirtió en penitencial, con ornamentos morados y trajes de luto. Será hasta 1955, con la reforma litúrgica de Pio XII, que el rito romano lo celebrará con regocijo; eso sí, la lectura de la Pasión se conserva, pues, al fin y al cabo, esta práctica es más antigua en Roma que la tal procesión festiva. Y así hasta nuestros días: la historia nos ha legado una hermosa ceremonia que pone de relieve que la muerte del Maestro no fue derrota sino victoria; como Rey, entra a la ciudad para hacer su entrega definitiva, su sacrificio pascual, como Ungido de Dios y Siervo sufriente. Pero cuidado, que los mismos que lo aclaman al entrar a Jerusalén, serán los mismos que gritarán al prefecto romano “crucifícalo” ¡Cuán fácil es desviar la senda primera! Y a pequeña escala (y no tan pequeña) ¡cuántas veces tuvimos igual actitud! No solo es alegrarnos con Cristo Rey; este día debe ser para los cristianos una fuerte invitación a la coherencia y a permanecer unidos al Señor Jesús en los momentos de prueba. Sólo así podremos participar de la gloria de nuestro amado Rey, quien con el Padre y el Espíritu Santo son un solo Dios, y viven y reciben gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.

Dairon


[1] El 6 de enero, que era el día en el que primitivamente en Asia menor, se celebraba la Natividad del Señor.
[2] Ubicada cerca al lugar de la Crucifixión del Señor. Hacía las veces de “catedral”.
[3] Una gran rotonda que protegía el sepulcro donde reposó el cuerpo del Señor Jesús, y por consiguiente, donde ocurrió la Resurrección.
[4] Hacia la una de la tarde.
[5] Una colecta, en liturgia, es una oración que hace el presidente de la asamblea a nombre de todos los allí congregados, como las tres oraciones que en el rito romano reza el sacerdote en la misa: al inicio, sobre las ofrendas y después de la comunión, todas ellas precedidas de la monición “oremos”.
[6] Es decir, desde las tres hasta las cinco de la tarde.
[7] Oración de Vísperas, con su característico y solemne encendido de las lámparas.
[8] Primitivamente una secuencia era un himno que prolongaba el canto del aleluya con ocasión de una fiesta. Después, se convertiría en un poema que “introduciría” el canto del Evangelio. Y vemos que el jumento tenía un poema litúrgico en su honor…

Pueri Hebraeorum,
portantes ramos olivarum,
obviaverunt Domino
clamantes et dicentes:
Hosanna in excelsis.
Los niños de los Hebreos,
llevando en sus manos ramos de olivos,
salieron al encuentro del Señor,
gritando y diciendo:
¡Alegría en los cielos!

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