Orígenes del monacato primitivo (IV)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vista del monasterio Roussanou, en Meteora (Grecia). Foto: www.hiren.info

Actualmente, existen varias explicaciones sobre las causas de la aparición del monacato. Mencionemos algunas de ellas:

*     La más “popular” interpreta el surgimiento del movimiento monástico como una protesta muda de los ascetas contra el relajamiento de la vida cristiana en la Iglesia. En efecto, tras la paz constantiniana el cristianismo se convirtió en un movimiento masivo, decayendo así la calidad moral y religiosa: aquella vieja premisa de que los seguidores de Cristo no tienen parte en este mundo se estaba olvidando en las costumbres de los cristianos. Los ascetas no tuvieron más opción que “apartarse radicalmente del siglo”.

*     Otra explicación muy aceptada es la que ve los inicios del monacato en los cristianos que se escondieron en los desiertos y bosques huyendo de las persecuciones.

*     Contrariando a la anterior, otra interpretación habla de que los primero monjes buscaron en el apartamiento y las prácticas ascéticas un “martirio” que el imperio ya no dispensaba; en otras palabras, la vida monástica es la “sucesora” del martirio. Esta idea, lo mismo que la inmediatamente anterior, datan desde la misma antigüedad monástica, es decir, desde el siglo IV.

*    Algunos piensan que los primeros monjes huyeron a los desiertos con la idea de luchar contra el demonio en sus terrenos, es decir, en la soledad.

*     Otros piensan que tal vez los primeros cristianos que habitaron los yermos buscaban encontrar el “jardín del Edén”, el paraíso perdido.

*     Por supuesto, también están las hipótesis menos idealistas: lo que buscaban era huir  de los apuros económicos y de las difíciles condiciones de vida que afectaban a gran parte del campesinado.

Monasterio de Wadi El Natrum (Egipto)

Mal se haría en tratar de reducir las causas de la aparición del monacato a una sola de éstas. Y es que la vocación monástica, en el nivel personal, puede presentar muy variados motivos, lo mismo hoy que ayer. También es preciso considerar que estas teorías presentadas, muy probablemente, no estaban en la mente de los primeros monjes: simplemente ellos querían servir a Dios según el estilo monástico. Y aunque no sabemos qué pudo motivar al primer monje al retiro en el desierto, sí que conocemos los móviles de la vocación monástica gracias a los antiguos testimonios, en especial, gracias a la Vita Antonii de San Atanasio que pretende tipificarla en la persona de San Antonio. Según ésta, el principal interés del joven Antonio cuando resolvió unirse a los monjes de la periferia de su localidad era la de vivir perfectamente aquel pasaje que oyó leer en el templo: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tengas… luego, ven y sígueme” (Mateo 19, 21). Tanto Antonio como sus imitadores no buscaban otra cosa más que vivir el Evangelio en todo el rigor de la letra, sin acomodarlo; y para cumplir con tal cometido, era preciso ir a donde no era posible encontrar la más mínima comodidad: el yermo. Lo más seguro es que los primeros monjes tuvieran motivos esencialmente religiosos para alejarse de un mundo adsorbente, que no deja escuchar la voz de Dios.

Tengamos en cuenta, también, que las condiciones que presentaba el Imperio romano hacia finales del siglo III fueron propicias para el surgimiento del monacato cristiano: una sociedad decadente, una burocracia corrupta y explotadora, el estancamiento de las ciencias, y un panorama político altamente inestable; todo esto hizo que los hombres de estas épocas buscaran refugio en la religión y los asuntos mistéricos. Así es como en estas épocas surge el maniqueísmo con su dualismo radical bien/espíritu – mal/materia; las ideas de rigorismo moral y abstinencia absoluta de matrimonio, carne y vino permean todas las sectas y grupos heréticos y cismáticos y en algunos sectores de la Iglesia; los neoplatónicos manifiestan una especial sensibilidad al tema religioso y contemplativo. El ambiente, como vemos, era muy propicio para que el monacato floreciera en el seno de las comunidades cristianas. La poca preparación y convicción de las grandes masas de neófitos que entraban a la Iglesia hizo que muchos cristianos sintieran nostalgia de aquellos valores de la primitiva comunidad de Jerusalén de la que hablan los Hechos de los apóstoles, y en la búsqueda de esos valores o extinguidos o viciados, partirían a la soledad como su mejor aliada para tal fin.

Primitivo monasterio de San Antonio, restaurado recientemente. Zafarana, Egipto.

Todo lo anterior explotó en un movimiento que, lejos de lo que suele pensarse, no era nada uniforme, sino multiforme, carismático, difícil de definir y comprender, ubicado más o menos en todo el imperio. Con todo, existe una característica que lo diferenciará del ascetismo pre monástico: la fuga mundi. Antes del monacato, algunos ascetas habrán intentado vivir alejados de los mundanos asuntos, y lo sabemos por los ataques que, textos como la carta de Bernabé, presentan a tales intentos. Pero para el siglo III, como hemos visto, las condiciones más bien invitaban a alejarse de este mundo decadente. La fuga mundi será considerada una renuncia más radical aún que el mismo celibato, y servirá para definir las primeras formas de vida netamente monásticas.

Las formas clásicas, la vida comunitaria y eremita, y el “tercer género” de monjes, conocidos despectivamente como remnuoth o sarabaitae, surgieron cronológicamente en tiempos muy cercanos unos de otros. La tercera clase de monjes de que hablo, podría considerarse una especia de estado intermedio entre los cenobitas y los ermitaños: son peregrinos mendicantes, en grupos de dos o tres, que buscan su alojo en los suburbios de las ciudades; muy posiblemente, eran los más comunes en todo el mundo cristiano. Sin embargo, debido a los excesos de algunos pocos, fueron muy duramente atacados por Jerónimo y Casiano, lo que llevó a dicho género de monjes, que podríamos llamar “el más primitivo” en el orden lógico, desapareciera.

Vista de otro de los monasterios del valle de Meteora, Grecia.

Así es este movimiento: complejo, informe, sin instituciones claras y netamente laico, inicialmente alejado de la jerarquía: este es el origen de la vida religiosa en la Iglesia.

Para realizar esta serie de artículos, me he basado fundamentalmente en el monumental trabajo de García M. Colombás, el monacato primitivo, publicado por la BAC, y la obra dirigida por Tomás Spidlik, el monacato en el oriente cristiano, publicado por la editorial Monte Carmelo.

Dairon

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es