La Crucifixión: Christus Patiens

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Detalle del rostro del Santísimo Cristo de la Expiración de Sevilla, dicho "El Cachorro", obra cumbre del escultor Francisco Antonio Gijón.

Entre los siglos XI-XII de nuestra era (Alta Edad Media) se produjo un cambio radical en la forma de representar a Jesús Crucificado. El Christus Triumphans ya no convencía a nadie, o mejor dicho, la gente se había acostumbrado a su visión de tal modo que ya no despertaba grandes sentimientos en el fiel, ni le decía nada aquel rey engalanado e instalado cómodamente en su cruz como si un trono fuera. Se había perdido el respeto y la devoción a aquella imagen. La religiosidad cristiana precisaba algo nuevo y diferente para restablecer la empatía con la Pasión, de este modo, nació el Christus Patiens: el Cristo que sufre.

Jesús apareció, por vez primera en el mundo cristiano, como nadie lo había visto antes, y desde luego de un modo inconcebible siglos atrás: no ya vivo, sino muerto; no ya vestido, sino desnudo (el taparrabos, añadido por pudor, llegó a retirarse en algunas esculturas del Renacimiento); no ya con la diadema real, sino con la corona de espinas (¡que hasta este momento jamás había aparecido!). Era algo que el mundo nunca había visto, pero que colmó la devoción de los fieles. Sin embargo, aún no era un Cristo muy sufriente, porque no tenía expresión de dolor en el rostro ni presentaba demasiadas heridas, es lo que en arte se llama crucifixión simbólica-tipológica (la célebre cruz de San Damián es un perfecto ejemplo de ello).

No sería hasta la llegada de las grandes pestes y la muerte de miles de personas en Europa (siglo XIV), cuando empezaron a aparecer crucifijos que realmente expresaban el dolor de Cristo en la cruz: los primeros fueron llamados crucifijos de la peste, se colocaban en los hospitales para que los enfermos invocaran a Jesús para lograr la curación. Ahora, el cuerpo de Cristo también se representaba en agonía, el cuerpo podía retorcerse de dolor, el rostro expresaba un sufrimiento desgarrador, sangraba por muchas heridas y si aparecía muerto colgaba pesadamente del madero, como vencido por la muerte.

Por sorprendente que parezca, esta imagen de Cristo ya nunca se ha retirado de la iconografía cristiana. Paradójicamente, Cristo sufriente triunfó sobre el triunfante. La gente necesitaba hallar consuelo e identificación en un Salvador que también fue humano y que sufrió atrozmente, que sabía tan bien como ellos lo que era el hambre, la sed y el dolor, la tortura y la muerte, porque Él mismo lo había experimentado en su carne. Aquel Cristo humano era lo que el mundo necesitaba, y por eso se quedó para siempre.

Crucificado de El Escorial, obra de Benvenutto Cellini.

En el Renacimiento, con la llegada de un mundo antropocéntrico, donde era el hombre y no Dios quien pasaba a ser la referencia de toda acción humana, aparecieron Cristos muy bellos, anatómicamente perfectos, como el famoso Cristo de Cellini en el Escorial (cuya desnudez integral sigue causando sorpresa en todo aquel que lo ve), con apariencia serena en lo sencillamente humano. Con el Barroco, se regresó al Cristo llagado, con una brutalidad nunca conocida antes: el barroco español es un ejemplo de estatuaria terrible y atroz, donde las llagas y las heridas adquieren dimensiones tremendas y hasta repugnantes, todo en un intento de recordar al fiel lo que Cristo padeció como humano por salvarle. Este estilo es el que ha perdurado hasta nuestros días como imagen principal de la representación del Cristo crucificado, y es poco probable que sea sustituida.

Ha habido también, en el arte, algunas variaciones,  como representar a Jesús clavado en un árbol o en una balanza, son todo simbologías particulares que no han prosperado. En cuanto al propio aspecto de Jesús, éste adopta, como los Santos, aquel rostro con el que más se identifica el pueblo, o el artista: desde el Cristo joven e imberbe, semejante a un efebo griego, hasta el Cristo maduro y barbudo, que apareció por primera vez en Siria, como aspecto predominante de lo que entendemos por un varón judío en la treintena de su vida. Cabe también decir que no aparecieron crucifijos tridimensionales hasta la época carolingia (s.VIII), hasta ese momento fueron siempre bidimensionales, y si tomaron relieve fue porque se pensó en usarlos como relicarios. Luego, esta función se perdió y simplemente se convirtieron en imágenes de culto.

Meldelen

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La Crucifixión: Christus Triumphans

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"Volto Santo de Lucca", óleo de Piero di Cosimo (1505-1510). Szepmuveszeti Muzeum, Budapest (Hungría).

A inicios de la cultura cristiana, la imagen de Cristo en la cruz no podía ser representada. Era un tema tabú para todos: para los judíos, un escándalo nacional, para los paganos, una locura venerar a alguien muerto cual esclavo, para los cristianos, recordar esa muerte humillante era infame. Siendo además una religión en principio anicónica –no se representaban imágenes antropomorfas, la figura de Cristo se representaba mediante símbolos como el Crismón (XP, letras griegas de Christus), o una cruz muy esquemática, o zoomorfos como el Cordero de Dios, alusión a la Pascua judía. En esta época de aniconismo destaca únicamente el llamado graffiti del Palatino, que un niño pagano dibujó para burlarse de un compañero cristiano, donde aparece adorando a un hombre con cabeza de asno clavado en una cruz.

La figura de Cristo como hombre crucificado no aparecerá en el mundo hasta el siglo V de nuestra era, y es una imagen que se contempla en las puertas de la Basílica de Santa Sabina (Roma). Por tanto, todas las imágenes posteriores de santos y mártires que vivieron antes del siglo V que aparecen portando una cruz, u orando ante un crucifijo, son bárbaramente erróneas: si muchos de ellos murieron por no adorar la imagen de un dios ajeno, ¿cómo iban a postrarse ante otra, aunque fuese el suyo? Simplemente no cabía en sus mentes: Dios no era representable, Cristo no era representable, jamás debía caerse en la idolatría.

Pero una vez aparecido el Cristo Crucificado, hasta el siglo XI de nuestra era tendrá un carácter especial y concreto, que llamamos el Christus Triumphans, el Cristo que triunfa sobre la muerte: no un hombre muerto, sino un Dios vivo, de ojos abiertos, cuerpo erguido y desafiante desde el el patíbulo, sin rastros de heridas, ni de cansancio, ni de dolor, engalanado como rey. Podría estar sobre un trono más que sobre un instrumento de tortura, de hecho, la cruz es el trono. Es aquí donde la cruz misma empieza a perder su carácter tenebroso y horrible, y no antes. El Christus Triumphans es fruto de un contexto en que el emperador Constantino eliminó la crucifixión del derecho penal romano, ya no debía ser camino de muerte, sino de gloria.

Detalle de la Majestat Batlló, crucifijo románico del siglo XII. Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona (España).

Además, las herejías nestoriana y monofisita estaban en auge, pretendiendo negar el valor de la muerte de Cristo, ya que su naturaleza humana –defendían- fue neutralizada por la divina en el momento de su nacimiento. Este planteamiento negaba el valor de la Pasión, porque si Jesús era divino y no humano, no sufrió dolor físico ni su muerte tuvo ningún coste para Él, y por tanto no era necesaria, no estaba predestinada para salvar a nadie, simplemente sucedió porque sí. Para combatir este planteamiento se lanzó pues la imagen de la Crucifixión, y al final fue ella y su mensaje lo que triunfó: Jesús fue divino, pero también humano, padeció como padecen los humanos y murió como mueren los humanos, y lo hizo por todos los seres humanos, y no fue accidental ni imprevisto, sino que todo estaba predestinado.

El Christus Triumphans nace, pues, en Oriente, para combatir la herejía, y se difunde rápidamente por Occidente, sobreviviendo a la querella iconoclasta. A partir de este momento, la Crucifixión ya nunca desaparecerá del ideario cristiano, simplemente irá cambiando, como veremos en el siguiente artículo.

Meldelen

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La Crucifixión: realidad histórica versus ficción piadosa

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"La Crucifixión", óleo del pintor manierista Giambattista Tiepolo.

Con éste se da inicio a una serie de artículos que tratan sobre Jesús crucificado, para los cuales me he basado en la conferencia Cristo Crucificado como tema visual de la iconografía cristiana, impartida por Rafael Sánchez Millán, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Valencia (España).  El objetivo es dar a conocer un poco más sobre este tema tan conocido por la comunidad cristiana, y desechar de una vez algunos mitos relacionados con ello.

La imagen más representada a lo largo de la cultura cristiana es el Cristo Crucificado. Por ejemplo, en España se conocen unos 8112 municipios que tienen de patrono a alguna advocación de Jesús Crucificado. Ello permite hacerse una idea de cuán familiar ha llegado a ser Jesucristo como imagen devocional, representando una narración: la crucifixión. Hasta la llegada del arte gótico (s.XIII) estuvieron representados los 4 clavos, luego, al reducirse el tamaño del patíbulo central, pasaron a ser tres. Vale la pena mencionar que el titulus INRI, característico sólo de los crucifijos latinos, expresa tanto el nombre del condenado (Iesus Nazarenus) como el motivo estrictamente político de su ejecución (Rex Iudaeorum).

Sobre el hecho de la crucifixión se ha versado mucho y la piedad ha ido deformando poco a poco la realidad histórica, por lo que cabría regresar a los orígenes del mismo. Jesús, en su proceso de condena y ejecución, no fue considerado como judío por sus compatriotas –como blasfemo, dejaba de ser un hijo de Israel de cara al Sanedrín- y por tanto no podía ser lapidado; pero tampoco era ciudadano romano, luego no podía ser decapitado. Estas dos formas de ejecución eran las consideradas características de cada pueblo; y al no ser Jesús considerado ni de uno ni de otro, fue condenado a la crucifixión: un horrendo método de ejecución inventado por los asirios, y tomado por los romanos de los púnicos, que lo copiaron y adaptaron a su derecho penal como una muerte legal, buena para esclavos y malhechores. Jesús fue flagelado y obligado a cargar el patibulum –tramo horizontal de la cruz- sobre sus hombros hasta el Gólgota, donde le esperaba el patíbulo vertical ya preparado sobre el suelo. La imagen de Jesús cargando con la cruz entera es, pues, falsa. Una vez allí, y según dictaba la ley, fue desnudado, narcotizado y crucificado.

Reconstrucción de la crucifixión practicada en el siglo I a partir de los restos de Jehohanan.

Naturalmente, no tenemos ningún resto corpóreo de Jesús, que según el dogma cristiano resucitó a los tres días y ascendió a los cielos, pero hemos podido comprobar la veracidad histórica con un hallazgo tan bueno como hubiera podido ser el propio Jesús: en el año 1968, en Giv’at ha-Mivtar (Israel), fue hallado el esqueleto de Jehohanan (en la imagen), un varón judío crucificado y contemporáneo de Jesús (ca. 4 a.C – 66 d.C). Fue él quien permitió, a partir del estado de sus huesos, reconstruir una crucifixión verdadera: los clavos jamás atravesaron las palmas de las manos, que se hubiesen desgarrado y desprendido casi enseguida; el cuerpo no estaba extendido en el patíbulo vertical, sino medio sentado sobre la sedecula, un listón de madera colocado entre las piernas (la iconografía cristiana ha colocado esta pieza bajo los pies de Cristo, cuando en realidad, estaría bajo las nalgas). Los clavos atravesaban los tobillos lateralmente y estaban reforzados con tablillas de madera, al igual que en las manos. Aunque sentados, la muerte se seguía produciendo igual por asfixia, y más cuando se recurría a la rotura de las piernas para acelerar el proceso.

La comunidad científica y médica estudió a la par que la arqueología los restos de Jehohanan y dio el visto bueno a su autenticidad y absoluta historicidad. Naturalmente, esto es absolutamente aplicable a todos los mártires cristianos crucificados: no hay razón alguna para pensar que tres, cuatro, seis siglos después de Jesús la crucifixión hubiera podido cambiar lo más mínimo, si ya no lo había hecho desde tiempos de los asirios, y más tratándose de una figura del derecho romano[1]. Y además está absolutamente fuera de discusión: hoy día, quien se empeña en negarlo aduciendo piedad o tradición sólo se engaña a sí mismo, pues también ha sido aceptado por la Iglesia con naturalidad, ya que ninguno de estos descubrimientos daña la figura de Jesús o la desmiente, si acaso, permite conocer mejor detalles de su vida que no habríamos tenido otro modo de conocer.

Otra lectura posible de la crucifixión de Jehohanan, atendiendo a los restos de los pies.

Pese a que la realidad de la crucifixión está ahora, y estuvo en tiempos antiguos, a la vista de todos [2], se prefirió entonces, y se ha seguido prefiriendo hasta ahora, representar la crucifixión de Jesús en el modo tradicional y acostumbrado. El por qué lo trataremos en el otro artículo.

Meldelen


[1] Recientes comprobaciones de los restos de Jehohanan han permitido descubrir que los restos que habían sido atribuidos a un solo hombre, pertenecen, realmente, a tres personas distintas, una de ellas un niño. Sin embargo esto no cambia la validez científica y médica del descubrimiento.

[2] La exposición de este artículo no debe conducir a error: lo que estamos viendo es sólo un modelo de los muchos diferentes de crucifixión que se practicaban en el mundo antiguo, pero por proximidad cronológica, es la más probable que se le pudo aplicar a Jesús.

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Domingo de Ramos

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Procesión del Domingo de Ramos en la ciudad de Elx, Alacant (España).

¡Hosanna al Hijo de David!
Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel
¡Hosanna! ¡Hosanna en el cielo!

He aquí la antífona que la liturgia romana sugiere para abrir la celebración del día de hoy. En tierras colombianas es costumbre cantar aquel hermoso himno compuesto por F.X. Moreau: Tú reinarás, este es el grito que ardiente exhala nuestra fe. Tú reinarás, oh Rey bendito, pues Tú dijiste: Reinaré. Reine Jesús por siempre, reine su Corazón, en nuestra patria, en nuestro suelo, que es de María la nación. Y de esta forma inauguramos aquella augusta semana, en que celebramos la victoria de la Vida; terrible semana, que recuerda a las siniestras legiones su tremenda y definitiva derrota.

En el misal y breviario romanos encontramos este día denominado como “Domingo de ramos en la Pasión del Señor”. Tras semejante título hay dos historias que nos cuentan cómo los cristianos de  los siglos IV al IX entendían y celebraban este día.

El primer testimonio de esta fiesta lo encontramos en el relato de la peregrina Egeria. Como sabemos, ella nos ofrece valiosa información acerca de la praxis litúrgica de la Iglesia de Jerusalén en el siglo IV; nos describe minuciosamente las diversas ceremonias que se realizaban en la Ciudad Santa a lo largo del año litúrgico, desde Epifanía[1] hasta el tiempo pascual. Sabemos que dicha actividad litúrgica se impulsó con motivo de la restauración de los lugares santos llevada a cabo por el emperador Constantino, y sobre todo, con la edificación de las dos principales basílicas cristianas de la ciudad: el Martirion[2] y la Anástasis[3]. Alrededor de estos lugares clave, se desarrollarían sugestivas ceremonias cuyo influjo se haría sentir en casi todas las familias litúrgicas que por entonces ya se estaban gestando.

Procesión del Domingo de Ramos en la ciudad de Huelva (España).

Esto es lo que la virgen Egeria nos cuenta sobre el particular: La Eucaristía se celebraba en la mañana, como era costumbre los domingos, en el Martirion. Hacia la hora séptima[4] se congregada el clero y el pueblo presididos por su obispo en el Monte de los Olivos, en el oratorio conocido como Eleona, donde se decía que el Maestro había predicado; allí cantaban un oficio, compuesto por salmos y colectas[5] básicamente. Luego, se desplazaban al santuario llamado Ibomon, donde se creía había ocurrido la Ascensión; allí rezaban otro oficio, desde la hora nona hasta la hora undécima[6]. Terminado dicho oficio, partía la procesión hasta la Anástasis con ramos de olivo y cantos de alabanza; cerrando la procesión, iba el obispo, quien representaba a Cristo. Aquí vale la pena una aclaración: durante mucho tiempo se ha pensado que en dicha ceremonia el obispo iba sobre un jumento, pero Egeria nos aclara que todos, incluso los de alta clase, iban a pie; dado el cuidado de los detalles en sus narraciones, es difícil pensar que la peregrina haya pasado por alto semejante dato, cuando ni siquiera olvida mencionar la posición de los diferentes componentes de la asamblea en los oficios en Eleona e Ibomon (el obispo, los presbíteros y los seglares, sentados; los diáconos, siempre de pie). Llegados a la Anástasis, celebraban el Lucernare[7]. Terminada la oración vespertina, todos se dirigían al atrio interior, que conectaba la Anástasis y el Martirion, donde se levantaba una gran cruz en el lugar donde el Señor fue sacrificado: allí realizaban una última oración (que siempre se acostumbraba hacer al final del Lucernare) y se cerraba esta larga jornada con la bendición que el obispo impartía al pueblo. Hasta aquí el relato de Egeria. Cabe decir que no era éste el único caso en la liturgia jerosolimitana donde había tanto movimiento: teniendo a la mano los lugares santos, era normal que su liturgia los involucrara a todos.

La celebración en la Iglesia Madre de Jerusalén reviste un carácter eminentemente festivo: no así en Roma. Allí, primitivamente, en este día se leía la Pasión del Señor como un solemne inicio de la Semana Mayor. Y es que dicha semana era sobre todo un tiempo de luto: toda la semana estará marcada por el relato de la Pasión; incluso en la liturgia romana anterior al concilio Vaticano II, llamada tridentina, se establece la lectura de la Pasión en las misas de lunes a miércoles santos. Esta forma de vivir este tiempo estará tan incrustada en la conciencia del clero y pueblo romanos, que se resistirán al influjo de Jerusalén hasta entrado el siglo IX. Cosa distinta es, por supuesto, las Galias e Hispania, cuyas liturgias, fuertemente influenciadas por los ritos orientales, asumieron en el siglo V el rito de la procesión y su carácter festivo. Algo similar vemos en Constantinopla y Alejandría. Será la influencia galicana sobre el rito romano en la edad media lo que hará que la procesión conmemorativa de la entrada del Señor a Jerusalén sea al fin aceptada: con dicha ceremonia entra también el himno “Gloria Laus” de Teodulfo de Orleans.

Vista de las palmas trenzadas artísticamente para la celebración del Domingo de Ramos. Elx, Alacant (España).

Entrando la edad media, la piadosa creatividad se hará con este día: surgen procesiones con el Evangeliario o con el Santísimo Sacramento, o imágenes de Jesús montando un burro; poco a poco se reviste de un carácter folclórico. Vale mencionar la misa del jumento que surgió en esta época: se trataba de una misa votiva que  “honraba” al manso burro que cargó el dulce peso del Maestro; los melismas de los Kyries buscaban imitar el sonido del animal ¡y hasta secuencia[8] propia tenía la bestia en cuestión!

Aunque Roma aceptó la ceremonia, de a poco le fue quitando su característica alegría: sabemos que dicha procesión se convirtió en penitencial, con ornamentos morados y trajes de luto. Será hasta 1955, con la reforma litúrgica de Pio XII, que el rito romano lo celebrará con regocijo; eso sí, la lectura de la Pasión se conserva, pues, al fin y al cabo, esta práctica es más antigua en Roma que la tal procesión festiva. Y así hasta nuestros días: la historia nos ha legado una hermosa ceremonia que pone de relieve que la muerte del Maestro no fue derrota sino victoria; como Rey, entra a la ciudad para hacer su entrega definitiva, su sacrificio pascual, como Ungido de Dios y Siervo sufriente. Pero cuidado, que los mismos que lo aclaman al entrar a Jerusalén, serán los mismos que gritarán al prefecto romano “crucifícalo” ¡Cuán fácil es desviar la senda primera! Y a pequeña escala (y no tan pequeña) ¡cuántas veces tuvimos igual actitud! No solo es alegrarnos con Cristo Rey; este día debe ser para los cristianos una fuerte invitación a la coherencia y a permanecer unidos al Señor Jesús en los momentos de prueba. Sólo así podremos participar de la gloria de nuestro amado Rey, quien con el Padre y el Espíritu Santo son un solo Dios, y viven y reciben gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.

Dairon


[1] El 6 de enero, que era el día en el que primitivamente en Asia menor, se celebraba la Natividad del Señor.
[2] Ubicada cerca al lugar de la Crucifixión del Señor. Hacía las veces de “catedral”.
[3] Una gran rotonda que protegía el sepulcro donde reposó el cuerpo del Señor Jesús, y por consiguiente, donde ocurrió la Resurrección.
[4] Hacia la una de la tarde.
[5] Una colecta, en liturgia, es una oración que hace el presidente de la asamblea a nombre de todos los allí congregados, como las tres oraciones que en el rito romano reza el sacerdote en la misa: al inicio, sobre las ofrendas y después de la comunión, todas ellas precedidas de la monición “oremos”.
[6] Es decir, desde las tres hasta las cinco de la tarde.
[7] Oración de Vísperas, con su característico y solemne encendido de las lámparas.
[8] Primitivamente una secuencia era un himno que prolongaba el canto del aleluya con ocasión de una fiesta. Después, se convertiría en un poema que “introduciría” el canto del Evangelio. Y vemos que el jumento tenía un poema litúrgico en su honor…

Pueri Hebraeorum,
portantes ramos olivarum,
obviaverunt Domino
clamantes et dicentes:
Hosanna in excelsis.
Los niños de los Hebreos,
llevando en sus manos ramos de olivos,
salieron al encuentro del Señor,
gritando y diciendo:
¡Alegría en los cielos!

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San Benito José Labre

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Óleo del Santo por Antonio Cavallucci (1752-1795). Museum of Fine Arts, Boston (EEUU).

Pregunta: Quisiera conocer un poco sobre la vida de san Benito José Labré, y poder conocer alguna imagen o representación suya, que no he podido encontrar. De antemano, muchísimas gracias, y sigan adelante con ese blog, de los pocos excelentes que he encontrado sobre la materia (por no decir, el único). Colombia

Respuesta: Nació en San Sulpicio de Amettes, diócesis de Boulogne entonces (hoy diócesis de Arras), en Francia, el día 26 de marzo del año 1748.
Sus padres, Juan Bautista y Ana Bárbara Grandsire y sus hermanos comían de lo que recolectaban de una pequeña granja y con los escasos ingresos de una tienda de artículos de mercería, aunque esto no era suficiente, por lo que vivían de manera muy precaria ya que la familia estaba compuesta por quince miembros (familia numerosísima). Benito José era el mayor y fue a la escuela que estaba bajo la tutela del párroco del pueblo, mostrando una seriedad superior a la que correspondía a un niño de su edad y un carácter nada frívolo. Estos detalles son destacados en las Actas del proceso de canonización y en una biografía suya que escribió después de su muerte, el que fuera su confesor, el padre Marconi. Con doce años se fue con su tío materno y padrino, don Francisco José Labre, párroco de Erin, que lo introdujo en las enseñanzas propias eclesiásticas, entre ellas el latín.

Teniendo dieciséis años quiso ingresar en la Trapa, hacerse monje trapense, pero su familia se opuso rotundamente. En el año 1766, cuando murió el párroco de Erin atendiendo a los enfermos de peste, aconsejado por otro tío suyo que también era sacerdote, se fue a la Cartuja de Santa Aldegunda con la intención de entrar en la comunidad, pero no fue admitido al noviciado. Ante estos reveses, se inició en él una etapa de incertidumbres, de angustia y de depresión, pero no desfalleció y caminando más de sesenta leguas a pie en pleno invierno y bajo la nieve se marchó a la Trapa de Montagne, en la Normandía, pero otra vez fue rechazado por los monjes; lo vuelve a intentar en la Cartuja de Nouville y tampoco.

Estaba abatido, desolado, angustiado, cansado, pero seguía en sus treces y así, en noviembre de 1769 consigue entrar en el noviciado de la Abadía cisterciense de Sept-Fons, pero como a los monjes les hubiera gustado verlo con menos ansiedad, más equilibrado (tenía muchos escrúpulos) y “más santo” (!!), no lo consideraron apto para vivir dentro en clausura y educadamente fue expulsado por el abad. Otro nuevo revés para Benito José, que humildemente lo acepto diciendo: “Será la voluntad de Dios”.

Óleo del Santo en peregrinación. Iglesia de Erin (Francia).

Así, cansado pero no desanimado se fue a Roma estando convencido de que allí encontraría un monasterio apropiado que lo acogiese. En el camino, al llegar a Chieri en el Piamonte italiano, en agosto del año 1770, escribió su última carta a sus padres. Y allí, en Italia, encontró su verdadera vocación, ya que estaba destinado a vivir en una soledad mayor que la que él buscaba en los monasterios. Lo había ido pensando durante todo el camino y decidió ser “el vagabundo de Dios”, un peregrino errante, un mendigo. Este es otro caso de los santos llamados “locos de Cristo”, de los que hablé en un artículo anterior, pero esta vez en Occidente, en la mismísima Roma. Se desprende de lo poco que tiene, se abandona totalmente viviendo en la intemperie, siempre descalzo aun en invierno, con la ropa sucia y hecha jirones, atacado por los insectos en su propia carne (chinches, piojos…), durmiendo al raso, pero siempre en continua oración que nada ni nadie era capaz de interrumpir. No quería tener absolutamente nada; solo vivir para Dios y ayudar a quienes consideraba que estaban peor que él. Iba vestido con una sucia túnica y con un escapulario que tenía de cuando había sido novicio en Sept-Fons, llevando siempre a cuestas, en una alforja a la espalda, todo lo que tenía: el Nuevo Testamento, el libro “La imitación de Cristo” y el breviario que rezaba diariamente porque había aprendido el latín. En el pecho, sobre la túnica, una cruz y en las manos, siempre, el rosario.

Se llevaba horas y horas dentro de cualquier iglesia, absorto en oración ante el Santísimo Sacramento pues era muy devoto de las llamadas “Cuarenta horas” (cuarenta horas de exposición pública del Santísimo Sacramento), viéndosele rodeado de un gran resplandor cosa que sucedió en la Basílica de los Doce Santos Apóstoles,  asistiendo diariamente a Misa y comulgando, aunque algún sacerdote lo mirase de reojo en más de una ocasión. Un poco de pan y poco más era su comida diaria. No pedía limosnas aunque vivía voluntariamente como un vagabundo y como todo lo que le daban, aunque no pedía, lo consideraba superfluo, se lo repartía a los otros vagabundos romanos. Dormía siempre a la intemperie o bajo un árbol o bajo cualquier cobertura si estaba lloviendo: portal, debajo de un puente…

Fue un peregrino errante. Peregrinó al Santuario de Loreto varias veces y a la Basílica de San Francisco en Assisi (Perugia) y también estuvo en Nápoles, Bari y Fabriano (Ancona).  Visitó Santiago de Compostela, la Abadía de Einsiedeln en Suiza y el monasterio de la Visitación en Paray-le-Monial (Francia). En Francia fue mal visto, lo miraban con indiferencia, pero en alguna parte lo acogieron con respeto como por ejemplo en el hospicio de Paray-le-Monial, donde las migajas de sus comidas eran recogidas y guardadas como verdaderas reliquias.  En Suiza lo acogieron con un cierto temor religioso unos y con desprecio otros y en Italia le llamaban “el santo francés”.

Un día, un sacerdote, viendo la vida que llevaba, le llegó a preguntar cómo podía soportar eso, de qué material estaba hecho y Benito José le contesto: «Mi cabeza es de fuego para amar a Dios, mi corazón es de carne para poder tener caridad con mis hermanos y mi voluntad es de bronce para tratarme duro a mí mismo». Como un “loco por Cristo”, quería vivir en la más absoluta miseria, cumpliendo a rajatabla lo dicho por el Maestro: “no os preocupéis de qué comeréis o qué beberéis” y “no llevéis alforjas, ni dinero ni dos túnicas”.

Los últimos años de su vida los pasó en Roma, durmiendo normalmente en un resquicio, bajo las ruinas del Coliseo. Como consecuencia de un resfriado mal curado, una mañana del mes de abril del año 1783, en plena Cuaresma, fue encontrado inconsciente en la calle que conduce a la iglesia de Santa María ai Monti. Lo recogieron y recibió la Unción de los Enfermos, muriendo el día 16 de ese mismo mes en la parte trasera de una carnicería que le había recogido; tenía treinta y cinco años de edad. Se corrió la voz por toda la ciudad de Roma: había muerto el santo vagabundo y como era considerado como tal, lo sepultaron dentro de la iglesia a la que se dirigía: Santa Maria ai Monti, a la izquierda del altar mayor.

Sepulcro del Santo. Iglesia de Santa Maria ai Monti, Roma (Italia).

Como dije al principio, su confesor, el padre Marconi, que era profesor del Colegio Pontificio, publicó su biografía el mismo año de su muerte incluyendo en ella la narración de varías curaciones milagrosas realizadas por Benito José y que solo conocían los interesados (que lo corroboraron) y el propio confesor. Seis años después de su muerte había imágenes suyas en Suiza, Francia, Alemania y otros países, incluida la propia Italia. Fue beatificado por el Beato papa Pío IX en el año 1861 y canonizado por León XIII el día 8 de diciembre del año 1881. Su fiesta se celebra el día 16 de abril.

Bibliografía:
– COLTRARO, A.M, “Vita di San Benedetto Giuseppe Labre”, Roma 1881.
– Documentos de la Causa

Antonio Barrero

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