Martyrium: ahogamiento

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle de "La Joven Mártir", óleo de Paul Delaroche (1853). Museo de l'Hermitage, San Petersburgo (Rusia).

En artículos anteriores hablábamos de la importancia del fuego en la religión como elemento purificador. Existe otro elemento que tiene idéntico valor, el agua; pero mientras el agua dulce precisa una serie de ritos para volverla sagrada, el agua salada lo era por naturaleza: así lo entendían los antiguos. Del mismo modo que se quemaba a los sacrílegos, también se les arrojaba al mar, cuya agua salada los purificaría de su ofensa a la divinidad. Tal cosa se hacía con los cristianos, con una doble maldición añadida: el cuerpo insepulto no dejaba a su alma reposar en paz –según la religión pagana[1]– y tampoco podía ser venerado por la comunidad cristiana, a menos que se recuperara, cosa que siempre entrañaba sus riesgos.

Al sentenciado se le ataba un peso al cuerpo, casi siempre un pedrusco mal labrado –no es sensato pensar que se recurriera sistemáticamente a ruedas de molino y anclas, que eran más útiles en molinos y barcos- y se le hundía en el mar. Pocas veces se dan casos de recurrir a ríos o lagos, porque el agua dulce era mejor reservarla para personas, animales y cultivos; y naturalmente arrojar un cuerpo a ella implicaba contaminación.

Podemos dividir a las mártires entre las que fueron arrojadas al mar como sentencia final, y perecieron ahogadas; y aquellas que siendo ya cadáveres fueron sumergidas con la intención de hacer desaparecer sus restos.

Santa Antonina de Nicea (4 de mayo): Según los Sinaxarios griegos, consumó el curso de su suplicio siendo metida en un saco y arrojada a las aguas del pantano, donde se ahogó; aunque hay otras versiones que la suponen decapitada e incluso quemada viva.

Santa Áurea de Ostia: (20 de mayo) fue ahogada en el puerto de Ostia Tiberina, pero al poco la marea devolvió su cadáver a la orilla, siendo inmediatamente rescatado.

Santa Eugenia de Roma (25 de diciembre): fue arrojada al Tíber con un peso, esperando que se hundiera y se ahogara, pero milagrosamente se mantuvo a flote.

Santa Teodosia de Tiro: ahogada en el mar, sus restos se perdieron.

Santa Beatriz: su cuerpo fue arrojado al Tíber, aunque ya había sido estrangulada antes de ello.

Santa Cristina de Bolsena: la leyenda nos dice que por orden de su padre fue arrojada al lago Bolsena con una rueda de molino como peso. Como suele suceder en estos relatos, es inmediatamente rescatada por una cohorte de ángeles.

Las siete vírgenes de Ancira: Tecusa, Claudia, Matrona, Juliana, Alejandra, Faina y Eufrasia, fueron ahogadas en un lago. Recuperó sus cuerpos Teotecno, sobrino de Tecusa y les dio honrosa sepultura, siendo luego martirizado por ello.

Santas Domnina, Verónica y Proscudia: madre e hijas respectivamente, prefirieron arrojarse a un rápido torrente antes que ser violadas por los soldados que las habían capturado. La corriente las arrastró y se ahogaron.

Santa Sinforosa: tras varios tormentos, fue arrojada al Tíber en presencia de sus siete hijos, donde pereció ahogada. Su cuerpo fue rescatado después y enterrado.

Santas Rufina y Segunda: arrojadas al río con pesos, por un milagro éstos flotaron y pudieron salir por su propio pie.

Santa Honorina: arrojado su cadáver al Loira, lograron recuperarlo.

Santa Juana de Arco: las cenizas y huesos calcinados fueron a parar al Sena a su paso por Rouen, y se perdieron irremediablemente. Cualquier reliquia que digan que es de ella es pues, rotundamente falsa.

Santas Domnina y Teonila: el presidente Lisias, encargado de su proceso, tras hacerlas morir entre torturas dispuso que sus cuerpos fuesen metidos en sacos y hundidos en el mar. Sólo las conocemos por este relato.

Santa Helena de Sínope: su cadáver destrozado fue metido en un saco y tirado en alta mar, pero al verlo flotar otro navío, fue recogido y devuelto a tierra.

Santos Montano y Máxima de Singidunum (26 de marzo): fueron arrojados con piedras al cuello al río Sava, donde murieron ahogados.

Santa Salsa de Tipasa: su cadáver destrozado fue arrojado al mar y flotó a la deriva cerca del puerto hasta que fue rescatado y traído a tierra por un marinero galo.

Santa Muhrail (Muhrati) de Egipto (22 de enero): fue metida en una caja llena de serpientes con orden de arrojarla al río Nilo.

Santos Verísimo, Máxima y Julia (1 de octubre): hermanos mártires de Lisboa, sus cadáveres fueron arrojados al mar, atados con pesos, desde un navío, pero las olas los devolvieron a la playa.

No incluimos aquí a Santa Filomena, tradicionalmente asociada a la iconografía del ancla, porque su historia, como ya hemos dicho, es resultado de la mala interpretación de este símbolo en su lápida, que en realidad alude a la cristiana virtud de la esperanza. Por este mismo motivo tampoco incluimos a Santa Caritosa, mártir de las catacumbas venerada en Bronte.

San Justo de Trieste (2 de noviembre): fue arrojado en alta mar con pesos atados a brazos y piernas. Las olas devolvieron su cadáver a la playa.

Grabado de la ejecución por ahogamiento de las protestantes Margaret McLachlan y Margaret Wilson.

Como excepción mencionaremos a dos valientes mujeres escocesas, la joven Margaret Wilson y la anciana Margaret McLachlan, protestantes presbiterianas, que por no acatar el juramento de obediencia al rey inglés como cabeza de la Iglesia –que además las forzaba a abjurar del presbiterianismo y adoptar el anglicanismo-, fueron salvajemente ahogadas en el mar. Sin embargo es importante tener claro que no eran católicas, y por tanto, aunque han sido homenajeadas como mártires por sus correligionarios, no se cuentan entre el número de los Santos, al no haber veneración de éstos en el protestantismo.

Meldelen


[1] Según la creencia de la época, el alma salía por la boca del difunto en el momento del fallecimiento. Pero un ahogado, al tener las vías respiratorias obstruidas por el agua, no podía expulsar su alma, por lo que ésta se quedaba atrapada dentro del cadáver, penando para siempre. Es por ello que se contaba entre las muertes más terribles, porque no había futuro para el alma.

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