Martyrium: ¡a las fieras!

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"La última oración de los mártires", óleo de J. Leon Gérôme (1883). Walters Art Gallery, Baltimore, MD, U.S.A.

Probablemente el suplicio más notable y conmovedor de la Antigüedad clásica sea el suplicium ad bestias, que consistía en arrojar los condenados para que fueran devorados por animales salvajes. Pero se han dicho muchas cosas que no son ciertas sobre esto, ya sea por ignorancia o maldad.

En primer lugar, este tipo de ejecución no fue un invento romano, ni siquiera era un espectáculo profano en principio. Formaba parte de ciertos rituales y juegos funerarios en la cultura etrusca, predecesora de Roma, y consistía en una serie de luchas a muerte entre condenados o de éstos con las fieras; pero también luchaban profesionales que se prestaban voluntariamente a ello y que además recibían un salario por esto, siempre que sobrevivieran, claro. Formaba parte de la religión funeraria etrusca. Roma, cautivada por lo exótico y sangriento de estos ritos, los tomó, transformó y adaptó a su mentalidad, convirtiéndolos en el espectáculo profano que nos es más familiar. Tales espectáculos tenían lugar en el anfiteatro –y no en el circo, como tienen muchos la manía de decir-, y no se vio a un cristiano en la arena hasta la primera persecución, desatada por Nerón, que tras incendiar Roma no halló mejor chivo expiatorio que aquel nuevo culto al que todos detestaban. Son los Protomártires de Roma.

La variedad de animales, machos y hembras, que participaban en los juegos era abrumadora: felinos salvajes (leones, tigres, leopardos, panteras…) bovinos (toros, uros, búfalos) caninos (perros, lobos, mastines), así como elefantes, rinocerontes, osos, cocodrilos… en fin, una amalgama interminable. Para asegurarse de que iban a atacar cuando estuviesen en la arena, se les retiraba todo alimento días antes del espectáculo y se les maltrataba continuamente. Así, cuando saltaban a la arena estaban absolutamente hambrientos y rabiosos, de modo que, pese a lo que las piadosas leyendas nos dicen, embestían contra todo lo que se les pusiera por delante y lo devoraban brutalmente. Esto tenía que ser así porque los espectáculos eran muy caros y los costeaba el emperador y las familias patricias de su propio bolsillo, por lo que no había lugar a errores. Tras el espectáculo estos animales eran inmediatamente sacrificados, pues al haber comido carne humana se volvían impuros –según la religión pagana- y aún más peligrosos que antes.

Detalle de "La Dirce cristiana" (1897), óleo de Henryk Siemiradzki que representa a Nerón observando el cadáver de una víctima muerta tras ser atada a un toro.

Aunque estamos acostumbrados a ver la romántica escena del mártir atado a un poste esperando a la fiera, esto casi nunca se hacía: al público le parecía más divertido ver al condenado correr y gritar tratando de huir, o encarándose a la fiera por ver si podía vencerla. Se vestía a los condenados con pieles y se les rociaba con sangre para volverlos más apetitosos para las fieras. Los juegos eran de una extrema crueldad y el pueblo acostumbraba a llevar a sus hijos al anfiteatro desde muy niños, para que se fortaleciera su carácter con la contemplación de ese espectáculo. Del suplicio se libraban todos los ciudadanos romanos, pero no se respetaba a nadie ni por sexo ni por edad, tan sólo las mujeres embarazadas; pero después del parto igualmente se las arrojaba a las fieras.

Es imposible hacer una lista mínimamente exhaustiva dada la infinidad de mártires que padecieron este vergonzoso suplicio público, pero se puede hacer colocando en primer lugar al animal responsable –es un decir, los responsables son las personas y su inmensa crueldad- de su martirio. Huelga decir que acabado el espectáculo, se remataba a quienes aún seguían con vida.

Oso: Santa Columba de Sens, Santas Donatila, Máxima y Segunda

Leones: Santas Tecla de Iconio, Blandina de Lyon, Eufemia de Calcedonia, Rufina de Sevilla, Crescencia, Martina, Gliceria, Taciana, Marcionila, Prisca, Basilia, Ancia, Fortunata y Dominica (Ciríaca).

Leopardo: Santa Marciana de Cesarea, en África.

Toro, vaca: Santas Tecla de Iconio, Marciana de Cesarea, Blandina, Perpetua y Felicidad de Cartago, Santa Helicónide.

Cocodrilo: Santa Tecla de Iconio.

Por último, para quienes deseen  profundizar un poco más en el contexto histórico en que se desarrolló la primera persecución, bajo Nerón, recomiendo que no dejen de leer la gran obra del escritor polaco Henryk Sienkiewicz, Quo Vadis?, probablemente una de las mejores novelas históricas jamás escritas. Naturalmente, se han hecho, al menos, dos versiones cinematográficas, la primera y más conocida, de 1951, que no recomiendo por no seguir fielmente el relato del libro e incurrir en numerosos errores históricos; y la más reciente, del año 2001, una producción polaca que sí se ha ceñido fielmente a la novela. De ésta última versión os dejo la escena del suplicio ad leones, que sirve para hacerse una idea del contexto, aunque debo advertir que no es un vídeo agradable de ver.

De todos modos, insisto que, aunque las películas siempre son recomendables para pasar un rato ameno y hacer comparaciones entre versiones, lo realmente excelente es el libro. Así que os dejo con mi recomendación

Meldelen

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