San Jerónimo, doctor de la Iglesia

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Óleo del Santo por Michelangelo Merisi "Il Caravaggio" (1605). Galería Borghese, Roma (Italia).

He cometido la torpeza de escribir sobre San Jerónimo un solo artículo, por lo que inevitablemente, este quedará bastante incompleto auque me ha costado mucho tiempo el poder sintetizar las cuatro ideas que expongo ya que es inmensa la documentación que hay sobre este Santo Padre de la Iglesia. Si Dios nos da salud, el próximo año lo completaremos, dedicándole dos o tres artículos más en estos días cercanos a su festividad: sobre sus escritos, sus célebres polémicas, la traducción de la “Vulgata”, etc.

San Jerónimo es el más célebre biblista de la Iglesia latina. Desde el punto de vista etimológico, su nombre significa “el que tiene un nombre sagrado”, de “hieros” (sagrado) y “nomos” (nombre). Nació en Stridone (Dalmacia) entre los años 340-345. Era hijo de padres cristianos de buena posición social. Como era costumbre en la época, recibió el bautismo años más tarde, probablemente en el año 366; su nombre: Sofronio Eusebio Jerónimo de Stridone.

Estudió en Milán y fue a Roma a fin de completar sus estudios de retórica, griego, latín y hebreo. Donato el gramático lo introdujo en el conocimiento de los clásicos latinos, lo convirtió en un gran latinista; pasaba horas y horas leyendo a los escritores clásicos latinos y a los griegos, sintiéndose especialmente atraído por la filosofía de Platón y de Cicerón; aunque pensaba que la Biblia era como una serie de leyendas escritas, también las estudió a fondo. De su estancia en Roma tenemos datos verificados: visitaba las catacumbas y las iglesias dedicadas a los mártires, pero también frecuentaba ambientes frívolos y pecaminosos: una de cal y otra de arena.

Sepulcro del Santo en su gruta de Belén (Palestina).

Cuando dejó Roma, se fue a las Galias parándose en Tréveris en el año 365. Posteriormente estuvo algunos años en Aquileya teniendo allí contacto con la vida ascética llevada en los monasterios. Tenía un carácter fuerte, casi irascible aunque sin comprometerse entonces en polémicas (lo dice en el Epistolario), pero al mismo tiempo era muy amable con sus amigos. En sus relaciones con algunos familiares se mostraba muy duro pero en las relaciones con Rufino, Bonoso y Cromacio, monjes ascetas, prevalecía su parte amable.
Abandonó las tierras de Aquileya probablemente en el año 374 y marchó a Oriente, parando en Antioquía donde con toda probabilidad, durante la Cuaresma y encontrándose con muchísima fiebre tuvo el famosamente llamado sueño ciceroniano, sueño que le cuenta él en una de sus cartas a Eustoquio: “Fui llevado ante el juez (Cristo) que me interrogó declarándome yo cristiano, pero el juez me dijo que yo mentía, que era ciceroniano. Entonces hice el propósito de que si llegaba a mis manos algún libro mundano, no lo leería a fin de no renegar de ti”. En este momento despertó del sueño y envuelto en lágrimas y terriblemente cansado, decidió desde entonces leer los libros sagrados con el mismo interés con que había leído antes los libros paganos.

Habiendo sido golpeado por varias desgracias que ocurrieron a sus amigos, en el año 375, Jerónimo se retiró al desierto con el fin de satisfacer su deseo de llevar una vida de asceta. Llevó una vida dura, muy dura, cayendo varias veces enfermo. En su carta a Eustoquio, él cuenta los ayunos y penitencias que allí practicaba: “En el desierto salvaje y árido, quemado por el despiadado y abrasador sol, mis alucinaciones hacían que me pareciera que estaba en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que yo me condené voluntariamente por el temor que le tenía al infierno, acompañado de escorpiones y animales salvajes, pensaba que estaba entre las bailarinas de Roma; eran alucinaciones. Estaba pálido de tanto ayuno, pero los malos deseos me atormentaban durante todo el día y toda la noche. Comía miserablemente y cualquier cosa cocinada me habría parecido un manjar exquisito. Tenía el cuerpo frío por aguantar tanto el hambre y la sed, mi carne estaba seca y la piel la tenía pegada a los huesos. Pasaba las noches orando y haciendo penitencia, muchas veces desde el anochecer hasta el amanecer, pero aun así, las pasiones seguían atacándome incesantemente. Como me sentía impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillaba llorando ante Jesús crucificado, bañaba sus sagrados pies con mis lágrimas y le suplicaba que tuviese compasión de mí y así, ayudado por la misericordia del Señor pude vencer estos espantosos ataques. Si a mí, que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia me sucedía esto, ¿qué no le sucederá a los que viven dedicados a darle a la carne todos los placeres que esta le pide?”.

Sarcófago del Santo en la Basílica de Santa María la Mayor, Roma (Italia).

Debido a algunas disputas teológicas internas con los otros eremitas, dejó la comunidad monástica y marchó a Antioquía donde fue alumno de Apolinar de Laodicea. En Antioquia escribió diecisiete cartas e inició una actividad literaria que no abandonaría jamás. Compuso una interpretación alegórica del profeta Abdías, escribió la vida de San Pablo eremita, el “Altercatio Luciferiani et Orthodoxi” y otros.

Con casi cuarenta años fue ordenado sacerdote y a la muerte del Papa Liberio estuvo a punto de ser designado su sucesor, pero como pudo, se escapó y marchó a Constantinopla manteniendo contacto con San Gregorio Nacianceno; allí en Constantinopla estuvo tres años actuando como traductor, conoció y tradujo los escritos de Orígenes, las “Crónicas” de Eusebio y siguió profundizando en el estudio de las Sagradas Escrituras.

Regresó a Roma en el año 382 acompañado de los obispos Epifanio de Salamina y Paulino de Antioquia, asistiendo y actuando como secretario del Papa San Dámaso I en el concilio romano de aquel año, especialmente en las discusiones con los apolinaristas. Allí, durante tres años fundó y dirigió un círculo ascético en el Aventino y es allí donde conoció a las Santas Marcela, Paula y su hija Eustoquio, de las que hablaremos más adelante. Polemizó con Elvidio, que era colaborador del Papa Dámaso pero que estaba en contra del monacato y que negaba la virginidad perpetua de María.

San Jerónimo entrega la Biblia a San Dámaso. Miniatura de la Biblia de Hainaut, Francia (s.XV).

Como Jerónimo hablaba varias lenguas se le encargó la traducción de la Biblia al latín. Las traducciones existentes en su tiempo tenían imperfecciones del lenguaje y algunas traducciones no muy exactas. El cogió los testos originales griegos y hebreos y los tradujo al latín en la que hoy conocemos como la “Traducción Vulgata”. En Roma se comportó como un buen pastor cuidando de sus fieles, pero la dureza con la que corregía los defectos de las clases dominantes, le ocasionaron envidias y rencores por lo que habiendo conocido a Santa Paula que le fue de mucha ayuda en la traducción de la Biblia, ya que ella conocía perfectamente el griego y el hebreo, y siguiendo con su intención de vivir una vida ascética, en el año 385, marchó con un grupo de matronas romanas que habían vendido sus bienes (Marcela, Paula, Julia y Eustoquio) a Chipre, Antioquia y posteriormente a Palestina, estableciéndose en Belén, donde construyeron con el dinero de ellas, cuatro conventos; tres para mujeres y uno para hombres, del cual él mismo se hizo cargo.

Durante treinta y cinco años vivió retirado en una gruta junto a la Cueva de la Natividad. Su vida pierde parte de su interés porque se convierte en la vida de un asceta retirado en un monasterio, pero sin embargo, participó activamente en la vida intelectual de su tiempo, manteniendo siempre el contacto con Roma y otras ciudades. Siguió ejerciendo una intensa actividad literaria, siendo reconocido como uno de los teólogos más insignes de todos los tiempos. Escribió numerosas cartas, comentarios a la Biblia que son tenidos como fuente de conocimiento tanto histórico como arqueológico, sobre el “Cantar de los cantares”, tradujo los escritos de San Pacomio, tradujo el importante tratado “De Spiritu Sancto” de Dídimo el Ciego, etc. Sobre los escritos de San Jerónimo prometemos escribir también otro artículo más adelante.

Estuvo involucrado en las controversias entre Rufino y San Agustín sobre la doctrina de la gracia; escribió contra las tesis de Joviniano y de Vigilancio y contra los seguidores del pelagianismo. Se mostró como un polemista satírico, a veces excediéndose en sus ataques, defendiendo sus posiciones sin tomar realmente en serio los argumentos de sus oponentes; finalmente, se arrepentía por lo que consideraba falta de caridad hacia los herejes.

Mandíbula del Santo venerada en Florencia, Italia.

Entre los años 393-397 sostuvo una vigorosa polémica, en la que no siempre tuvo la razón, con el propio patriarca de Jerusalén, contra el cual escribió un libro muy violento. Esta polémica tuvo momentos muy dramáticos como cuando el obispo prohibió que los monjes entrasen en la iglesia de la Natividad. La polémica duró hasta casi la muerte del santo y solo el tremendo miedo a caer en la herejía puede explicar esta desconcertante controversia que llevó a adoptar actitudes hoy censurables. En parte, contribuyeron a esto la interferencia de personas extrañas, como San Epifanio, el obispo Teófilo de Alejandría y algunos amigos romanos, que no siempre fueron prudentes ni leales con él y con sus métodos.

La polémica incluso le llevó a decir palabras muy duras contra Orígenes acusándole de hereje. El propio San Agustín manifestó un severo juicio contra este proceder de Jerónimo. Incluso polemizó con su antiguo amigo Rufino por algunas diferencias acerca de la concepción del ascetismo. Este tema de las polémicas de San Jerónimo dan para dedicarle un artículo aparte y eso es lo que haremos en otra ocasión.
Durante toda su vida fue muy duro con los demás al corregir sus errores, lo que le ocasionó numerosos enemigos. Se cuenta una anécdota: Un día, el Papa Sixto V, al ver un cuadro de San Jerónimo en el que este estaba golpeándose con una piedra, dijo: “Menos mal que te golpeaste duramente y te arrepentiste, porque si no hubiera sido por esos golpes y por ese arrepentimiento, la Iglesia nunca te habría declarado santo, pues eras durísimo a la hora de corregir a los demás”.

Murió en Belén el día 30 de septiembre del año 420 con unos ochenta años de edad, cansado, casi sin voz y sin vista. Aunque su cuerpo fue sepultado en la gruta de Belén, posteriormente fue trasladado a Roma encontrándose en un sarcófago de pórfido en el altar mayor de la Basílica de Santa María la Mayor.

Nadie puso nunca en duda la santidad de Jerónimo; es verdad que no fue un místico ni siquiera un asceta en el sentido teológico del término. Nunca pensó en componer una determinada teoría mística ni siquiera de presentar una exposición orgánica y completa de la ascesis cristiana; sin embargo, muchos miles de personas, contemporáneas de él o no, han sacado de sus escritos numerosos consejos ascéticos. No se encuentra ningún autor tan exigente sobre la cuestión de la virginidad, de la práctica del ayuno, de la penitencia e incluso del estudio de la Biblia.

Óleo del Santo en contemplación por Bartolomé Esteban Murillo.

Mostró también una gran devoción hacía María y hacia todo lo relacionado con la Natividad: el pesebre, los niños, las cosas pequeñas que mostraban la sabiduría infinita de Dios. Aunque algunos lo han calumniado, no se puede poner en duda su riguroso ascetismo de monje estudioso e indefenso, aunque con reaño para polemizar. Fue el padre espiritual de la comunidad de mujeres residentes en Belén, mostrando siempre una especial ternura hacia ellas, participando en sus alegrías y en sus angustias, siempre como un padre solícito.

A San Jerónimo se le suele representar con un sombrero y ropa de cardenal, con un león a sus pies y con una cruz, una calavera y una piedra dándose golpes en el pecho. A veces, también con la Biblia. Se le representa con un león porque cuenta la leyenda que una tarde, estando San Jerónimo sentado con unos monjes y escuchando una lectura en el monasterio, apareció un león cojeando. Al verlo, todos los monjes se dieron a la fuga pero Jerónimo le salió al encuentro. El león tenía atravesada una pata con una enorme espina. San Jerónimo llamó a los monjes y juntos, le limpiaron y curaron la herida; el león se recuperó y se quedó con la comunidad como si fuera un animal de compañía, familiarizando con un burro que había en el monasterio y juntos, ayudando a los monjes. Esta leyenda se ha atribuido por error a San Jerónimo cuando realmente se refería a San Gerásimo.

Antonio Barrero

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Santa(s) Fortunata(s): la controversia

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Urna con la imagen yacente que guarda los restos de la Santa Fortunata venerada en Moquegua, Perú.

Navegando por la red, me encuentro con semejante lindeza, cuyo autor mantendré en el anonimato por respeto, referente al caso de Santa Fortunata:

(…) Volviendo al tema que nos interesa, propondría una prueba de ADN a Fortunata. Su código genético tiene que ser de Palestino, esa prueba sencilla otorgaría evidencias sobre la autenticidad de los restos, eso para empezar, y luego el obispo de Tacna y Moquegua tiene que enviar una carta de demanda al Vaticano requiriéndole que excomulgue a todos los creyentes de Santa Fortunata en Italia porque la de ellos es impostora, y además están infringiendo los derechos de propiedad de la Santa Fortunata de Moquegua, la real y milagrosa Santa.

Para los que no estén familiarizados con el tema, Santa Fortunata es una mártir de las catacumbas, un corposanto como se suele decir, que tiene a su alrededor tanta controversia y enfrentamientos como lo tienen otros (por ejemplo, Filomena).

Santa Fortunata fue, según una dudosa leyenda, hija de una familia patricia a la que se requirió participar en una procesión en honor a Júpiter para manifestar su adhesión al Estado romano, y mientras que los padres lo hicieron, los cuatro hijos (Evaristo, Carponio, Prisciano y Fortunata) se negaron en rotundo. Por ello fueron torturados en diversas maneras y finalmente decapitados. El martirio se sitúa en torno al año 270, en Cesarea de Palestina.

Urna con la figura yacente que conserva los restos de la Santa Fortunata venerada en Baucina, Italia.

Uno de los primeros errores fue, en mi opinión, querer identificar el corposanto extraído de las catacumbas con esta santa mencionada en el Martirologio. El corposanto de Fortunata fue concedido, junto con un vaso de su sangre, a la ciudad italiana de Baucina (Palermo). La bula papal está disponible, es consultable y está firmada en Roma a 29 de enero de 1790. En 1840 fue recompuesto y recubierto con cera para su veneración. Desde entonces, ha recibido fiestas anuales donde la urna es sacada en procesión, junto con la lápida y la antigua arqueta, en un gran clamor popular. Ellos la identifican con la Santa Fortunata del Martirologio, pero al menos toda la documentación está en regla: hay bula papal, hay lápida, hay reliquias y hay un vaso con sangre. En principio, todo está correcto.

Sin embargo la controversia nace porque existe otra Santa Fortunata que se venera en Moquegua, Perú. Resulta que el padre franciscano Fray Tadeo Ocampo viajó a Roma y obtuvo un documento, firmado el 5 de enero de 1793, en el que se le otorgaba el cuerpo de la mártir, así como un vaso de vidrio con su sangre, para “exponerlos a la veneración de los fieles en cualquier iglesia, oratorio o capilla”. Es decir, que la de Moquegua también tiene su auténtica.

El cuerpo llegó a Moquegua el 8 de octubre de 1796. Froilán Miranda Nieto hizo una descripción de lo que contiene desde entonces la urna que se conserva en la iglesia de Santo Domingo. Según él, se trata de “una mujer hermosa de cabellos áureos y serena frente, perfecto perfil y breve boca que, dibujando la apacible sonrisa de las almas tranquilas, deja ver dos hileras de dientes diminutos y blancos”.

Detalle del rostro de la figura que alberga los restos de la Santa Fortunata venerada en Moquegua, Perú.

Esta descripción puede llevar a confusión y hacer creer al lector de que se trata uno de los cuerpos llamados “incorruptos”, mas no es así. Lo que Froilán Miranda está describiendo es la máscara de yeso y lujosos vestidos que cubren lo que hoy queda de Fortunata: un antiguo esqueleto articulado con alambres, recompuesto en 1840. Asimismo, no es verdad lo que muchos moqueguanos dicen, que cada año tienen que cortarle el cabello y las uñas a Santa Fortunata, porque no paran de crecerle: siendo un esqueleto, tal cosa es absurda y parece fruto de la imaginación popular.

¿Qué ocurre aquí? Que hasta la fecha, algunas personas de Moquegua, como la que escribió la “perla” con que se inicia este artículo, siguen protestando que su Fortunata es la auténtica, y que los italianos tienen la falsa. Pero, ¿acaso no tendría sentido pensar que ambas son auténticas? ¿Por qué pegarse por la posesión de esta o cual Santa, si los santos no son un coche ni un chalet en los Andes? ¿Por qué una tiene que ser la “auténtica y milagrosa” y la otra “impostora”? Semejante despropósito me enerva por la falta de respeto y cariño entre cristianos que veneran a una mártir. Tratándose de una mártir de las catacumbas, no es que pueda haber dos, ¡es que puede haber doscientas Fortunatas! No sólo porque fue un nombre muy común para una mujer en la Antigüedad, sino porque, como muy bien han apuntado algunos estudiosos de los corposantos, a veces el nombre Fortunata en las lápidas no representa el nombre de la persona, sino un adjetivo: tú, afortunada, que padeciste por Cristo.

Detalle de la máscara que recubre los restos de la Santa Fortunata venerada en Baucina, Italia.

Visto todo esto, es vergonzoso que siga habiendo tan virulentas discusiones al respecto. Es seguro, dado que existe documentación que lo atestigua, que en Baucina y en Moquegua tienen dos cuerpos distintos, dos Fortunatas diferentes, y no es que una tenga que ser la buena y la otra la mala. Sería posible incluso, que las reliquias no estén completas y que una parte esté en Baucina y la otra en Perú, pero como he dicho, la existencia de dos donaciones y dos auténticas diferentes lo desmiente. Y lo que sí defiendo es que probablemente no tengan, ni una ni la otra, nada que ver con la Fortunata legendaria, aquella a la que los leones no devoraban. En ese sentido, fue una mala costumbre tratar de encontrar un equivalente del nombre de un corposanto en el Martirologio, porque siempre tratamos de personas distintas. Semejante costumbre no ha hecho más que enredar una madeja que, por sí, ya venía enredada de sobra.

Por cierto, que en Moquegua también afirman que su Fortunata es la única virgen mártir “de cuerpo presente” del mundo que se expone a la veneración de los fieles y a quien se le dedican fiestas populares donde es sacada en procesión. Tampoco es cierto; ya que existen cientos de lugares donde no sólo se exponen, sino que también se dedican fiestas propias y procesiones a sus mártires de las catacumbas.

Meldelen

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Santos de nombre Ambrosio

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Escultura ecuestre de San Ambrosio, mártir de Ferentino.

Introducción:
Andrés, Anita, Kevin, Catalina, Eduardo, Melissa, Gaya y muchos otros, son nombres utilizados por los padres de la archidiócesis de Milán. También es común el nombre de Carlos, pero el de Ambrosio casi no está presente entre los nombres impuestos a los niños en el bautismo. El nombre de Ambrosio deriva del griego Ambròsios y significa “immortal”.
Ciertamente, este nombre nos hace pensar en el gran Doctor de la Iglesia venerado como obispo de la ciudad de Milán, de cuya diócesis y ciudad es patrono, que es llamada también ambrosiana.
El Martirologio Romano conmemora su memoria el día 7 de diciembre: Memoria de San Ambrosio, obispo de Milán y doctor de la Iglesia, que se durmió en el Señor el día 4 de abril, pero que es particularmente venerado en este día, en el cual, siendo catecúmeno, recibió el episcopado de esta célebre sede mientras era prefecto de la ciudad. Verdadero pastor y verdadero maestro de sus fieles, estuvo lleno de caridad hacia todos, defendió hasta la estenuación la libertad de la Iglesia y la recta doctrina de la fe contra la herejía arriana e instruyó en la devoción al pueblo con comentarios e himnos para el canto.

Pero el Martyrologium Romanum guarda también el recuerdo de otros santos de nombre Ambrosio:
San Ambrosio abad. Martirologio Romano, 2 de noviembre: En el monasterio dei Saint-Maurice-en-Valais en la actual Suiza, San Ambrosio abad, que primero fue superior del monasterio de Île-Barbe cercano a Lyón y posteriormente marchó de aquella sede por su insigne fama de conducta de vida religiosa y por instituir el uso de la alabanza permanente.

Beato Ambrosio de Benaguasil, sacerdote y mártir. Martirologio Romano, 26 agosto: En Valencia (España), el beato Ambrosio (Lluís) Valls Matamales, sacerdote del la Orden de los Frailes Menores Capuchinos y mártir, que con su sangre derramada durante la persecución, consiguió el mérito de participar en el banquete eterno.

Mano incorrupta de San Ambrosio Barlow, mártir. Abadía de Mount Angel, Inglaterra.

San Ambrosio Eduardo Barlow, sacerdote benedictino y mártir. Martirologio Romano, 10 septiembre: En Londres de Inglaterra, san Ambrosio Eduardo Barlow, sacerdote benedictino y mártir, que durante veinticuatro años consolidó en la fe y en la piedad a los católicos de la región de Lancaster y, arrestado mientras predicaba el día de Pascua, después de sufrir la prisión, fue condenado a muerte por el rey Carlos I por el hecho de ser sacerdote y ahorcado en Tyburn.

Beato Ambrosio Fernández, religioso jesuita mártir. Martirologio Romano, 7 enero: En Suzuta (Japón), el, beato Ambrosio Fernández, mártir:marchó a Oriente con la intención de hacer negocios, pero fue admitido como religioso en la Compañía de Jesús y después de haber padecido muchas privaciones, murió por Cristo en la cárcel.

Beatos Ambrosio Francisco Ferro y compañeros mártires. Martirologio Romano, 3 octubre: En la ribera del río Uruaçu cerca de A Natal en Brasil, los beatos Ambrosio Francisco Ferro, sacerdote y compañeros mártires, victimas de la represención ejercida contra la fe católica.

Beatos Ambrosio León Lorente Vicente y compañeros religiosos mártires. Martirologio Romano, 23 octubre: En la ciudad de Benimaclet siempre en el territorio de Valencia en España, los beatos Ambrosio León (Pedro) Lorente Vicente, Florencio Martín (Alvaro) Ibáñez Lázaro y Honorato (Andrés) Zorraquino Herrero, religiosos del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y mártires, que siempre en la misma persecución, derramaron su sangre por Cristo.

Beatos Ambrosio Maria de Torrente y compañeros mártires. Martirologio Romano, 18 septiembre: En Montserrat en la misma España, los beatos mártires Ambrosio (Salvador) Chuliá Ferrandis y Valentin (Vicente) Jaunzarás Gómez, sacerdotes, y Francisco (Justo) Lerma Martínez, Ricardo (José) López Mora y Modesto (Vicente) Gay Zarzo, religiosos de la Tercera Orden de San Francisco de la Bienaventrada Virgen Dolorosa, que siempre en la misma persecución, recibieron la corona del martirio por su testimonio a Cristo.

Beato Ambrosio Sansedoni, religioso de la Orden Dominica. Martirologio Romano, 20 marzo: En Siena, el beato Ambrosio Sansedoni, sacerdote de la Orden de Predicadores, que fue discípulo de San Alberto Magno y siendo hombre versado en doctrina y en la predicación, al mismo tiempo siempre se mostró humilde con todos los demás.

La monumental obra de la Bibliotheca Sanctorum contiene otros santos y beatos (también siervos de Dios y venerables, que tienen el nombre de Ambrosio). Entre ellos, yo quisiera hacer hincapié en el que está en alto, en el extremo sur de la catedral de Milán (tercer pilar externo, primer orden de estatuas): el mártir Ambrosio, centurión romano. Es una obra “del escultor Carlos Simonetta: representa a Ambrosio sufriendo en martirio, mientras está atado a un poste”.

Escultura de San Ambrosio, mártir de Ferentino, en la fachada de la catedral de Milán (Italia).

El mártir Ambrosio:
¿Quién es el mártir Ambrosio, centurión romano? Es el santo patrono de Ferentino. Ligurio de nacimiento, mientras estaba en Milán, conoció al presidente Publio Daciano, que lo inscribió en la milicia y lo nombró centurión de la caballería. Junto con su ejército en Ferentino, por orden del emperador Diocleciano, Daciano comenzó una feroz persecución contra la comunidad cristiana de la ciudad; pero el presidente quedó impresionado cuando se enteró de que Ambrosio, también era cristiano. Daciano intentó primero convencerlo para que adjurara, pero viendo la inutilidad de sus tentativas, sometió a Ambrosio a un proceso. Ninguna violencia echó abajo la fe del centurión, que prefirió morir antes de traicionar a Cristo. El martirio ocurrió el día 16 de agosto del año 304 en la localidad de Monticchio.
Los verdugos abandonaron el cuerpo del mártir Ambrosio, pero por la noche, los cristianos de la comunidad ferentina, lo recuperaron y le dieron sepultura. El sepulcro de Ambrosio se mantuvo en secreto hasta que llegó la paz religiosa en el año 313, cuando con el edicto de Milán, Constantino concedió la libertad de culto a los cristianos.

La memoria del martirio de Ambrosio permaneció viva entre los ferentinos y finalmente, pudo celebrarse con plena libertad. El cuerpo del santo fue recuperado y llevado, según dice la tradición, a la iglesia de Santa Águeda, donde permaneció durante algunos siglos hasta que las correrías de los sarracenos pusieron en peligro la seguridad del lugar. Para proteger las reliquias del santo, los ferentinos la llevaron a la iglesia de Santa María la Mayor, donde estuvieron hasta el año 1108, fecha en la que las colocaron en un lugar más digno: la nueva catedral, edificada sobre la acrópolis por el obispo Agustín (1106-1113).
Los venerados restos fueron repuestos en una expléndida capilla dedicada al mártir, situada en la nave derecha. La capilla fue embellecida con frisos cosmatescos y pavimentada con losas de mármol. Una elegante balaustrada de mármol, obra de Paolo, marmorario romano, indicaba con una escritura sinuosa y uncial el carácter sagrado del lugar:

MARTIR MIRIFICUS IACET HIC AMBROSIUS INTUS
(aquí dentro yace el admirable mártir Ambrosio)

La inscripción proporciona otras informaciones. El pontífice bajo el cual se realizó el traslado de los huesos del San Ambrosio fue Pascual II (1099-1118), siendo obispo (pastor pius) de la iglesia ferentina, Agustín; la primera “inventio” (descubrimiento) de los huesos del mártir había tenido lugar en tiempos de Pascual I (817-824). Como lo testimoniaba la “autentica” conservada en la urna funeraria, que esta en el altar celosamente cerrado.
El cuidado de la capilla de San Ambrosio fue confiado, seguramente en el siglo XIII, a la más antigua Confraternidad feretina: la del Espíritu Santo.
La comunidad cristiana de Ferentino “ab immemorabili” reconoce en San Ambrosio a su protector. La tradición nos dice que en el año 829, San Ambrosio salvó la ciudad contra los ataques de los sarracenos con un curioso prodigio (miles de caracoles se convirtieron en un ejército armado); intervino para impedir la destrucción de Ferentino en tiempos de Enrique VI de Svevia (XII sec.), hijo de Federico Barbarroja; sostuvo la resistencia que los ferentinos opusieron a los hermanos Giovanni y Vello Caetani, condes de Fondi, que tenían la intención de apoderarse de la ciudad en el siglo XIV; asimismo, Ferentino escapó del peligro de los terremotos que en el siglo XVIII ocurrieron en aquel territorio.

Urna con los huesos de San Ambrosio, mártir de Ferentino. Catedral de Ferentino, Italia.

La devoción a San Ambrosio está testificada no sólo por la construcción de una capilla a él dedicada en la catedral, sino también por la dedicación de un altar al mártir en la iglesia de Santa Lucía, una de las iglesias más antiguas de Ferentino (XI sec.). Esta última capilla está pintada con la imagen del titular rodeado de otros santos.
En el territorio de Ferentino, en el castrum de Selvamolle, en el año 1328 está documentada la existencia de una iglesia erigida en su honor, cuyo beneficiario era don Andrea, abad de San Juan Evangelista.
La devoción al santo Patrono estaba tan arraigada entre los ferentinos que estuvo también sujeto a un corpus estatutario comunal. Entre las fiestas que había de respetarse por parte del municipio estaba aquella de San Ambrosio, recordando su martirio el día 16 de agosto (año 303 o 304 d.C.)
En el 1397 Bonifacio IX quiso premiar la devoción al santo, concediendo indulgencia plenaria a los que hiciesen visita al sepulcro del mártir los días 15 y 16 de agosto de todos los años.

Entre los Estatutos medievales, cuyo códice más antiguo que poseemos es de la mitad del siglo XV no se hace mención de la fiesta del 1 de mayo en honor de San Ambrosio. En las kalendas de mayo se jugaba ad candiculas. La “cristianización” de la todavía fiesta pagana del 1 de mayo y su referencia exclusiva a San Ambrosio, se debe al obispo Ennio Filonardi (1612-1644), como consecuencia de la invención (descubrimiento) de las reliquias el dia 27 de abril del año 1639.
Poseemos el acta notarial, redactada por el notario Juan Bautista Pietroconte, que fue llamado a presenciar el trabajo de investigación en el altar de la capilla de San Ambrosio en la Catedral.
Por tradición se creía que allí estaban guardadas las reliquias del mártir y el miércoles 27 de abril de 1639, se pudo conocer su existencia real. Retirada la mesa, vieron que el altar estaba hueco por dentro y que en su interior estaban tres urnas. La primera, de cristal, contenía huesos y un folio de papel: la auténtica. Una segunda urna era de porcelana y contenía las insignias militares de Ambrosio. La tercera teca, de plomo, contenía otros huesos del mártir.
Digulgada la noticia, se presentó todo el pueblo en la catedral, precedido por las autoridades comunales. El obispo Filonardi, se acercó a la capilla, entonó el Te Deun laudamus y convocó a una solemne procesión de acción de gracias para el domingo siguiente, el día 1 de mayo.

Su cuerpo, encontrado en la iglesia de Santa Águeda durante el pontificado de Pascual I (817-24), fue trasladado a la iglesia de Santa Maria la Mayor, dentro de la ciudad. Actualmente son conservados los restos del santo mártir patrono de la ciudad, bajo el altar central de la catedral de Ferentino, en una urna de cristal del siglo XVII.

Una estatua de plata representa al Santo con su vestimenta de centurión romano. Las celebraciones religiosas son el día 16 agosto mientras que el 1 de mayo se celebran las fiestas civiles, relacionadas con el encuentro del cuerpo del santo, ocurrido en el año 1639. En 1641 fueron demandados siete días de fiesta: del 1 al 7 de mayo de todos los años. También pensaron en construir una escultura, ideada como relicario para contener los sagrados huesos del santo y en realidad, esta escultura se ha realizado.
Fue encargada al valiente platero romano Fantino Taglietti, en el año 1640 y al año siguiente, la administración civil pudo entregarla a los canónigos de la catedral, siendo bendecida por el obispo Monseñor Ennio Filonardi el 30 de abril de 1641.

Los ferentinos querían que la escultura representara a San Ambrosio como estaba pintado en un cuadro atribuído al Caballero de Arpino, cuadro que estaba en su capilla. Es por eso que lo vemos montado a caballo, haciendo el signo del triunfo, de la victoria sobre la muerte y de su ingreso en la gloria; algo parecido a como los líderes romanos regresaban a Roma mostrándose victorosos. Asimismo, con el uniforme de soldado romano y para mostrar mejor su fortaleza en la fe como un soldado de Cristo, la palma en la mano, símbolo de la victoria lograda sufriendo el martirio. En la otra mano sostiene un pergamino con el emblema de la ciudad de Ferentino, mostrando su dignidad de patrono de la ciudad. Normalmente, los pergaminos son como cintas o láminas en las manos de las esculturas y se presentan como expresiones características de su personalidad.

La estatua de San Ambrosio que está situada en la catedral de Milán, muestra al santo con la típica actitud de un mártir que está sufriendo su pasión. El sufrimiento del soldado está asociado con un intenso realismo, esbozado por la contorsión del tronco y de las extremidades.
Sin embargo, no se sabe nada sobre una estatuilla del santo hecha con metales preciosos, con inscripciones y dedicatorias, obra del artista Filippo Borgognoni, que la comunidad local donó al Papa Gregorio XVI, cuando visitó Ferentino el día 3 de mayo del año 1843.

Damiano Grenci

BIBLIOGRAFIA Y SITIOS:

o AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II appendice – Ed. Città Nuova
o AA. VV. (Sofia Boesh Gajano, Letizia Ermini Pani e Gioacchino Giammara) – I Santi Patroni del Lazio (Latina-Frosinone-Rieti-Viterbo) – Società Romana di Storia Patria, 2003-2007
o C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
o Grenci Damiano Marco – Archivio privato iconografico e agiografico: 1977 – 2011
o Sito Web di cattedraleferentino.org
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Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Vicente de Paul, sacerdote fundador

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Retrato del Santo.

Escribir sobre San Vicente me es muy grato ya que me recuerda mi infancia. Cuando niño, mi parroquia estaba regentada por los padres paules. Todos sabemos que San Vicente es el fundador de los Sacerdotes de la Misión (Paules), de las Hijas de la Caridad y de las Siervas de los Pobres y Damas de la Caridad.

Fue el tercer hijo del campesino Juan de Paul y nació en Pony, cerca de Dax, en Francia, el día 24 de abril del año 1581. Aunque su apellido era Depaul, esto no indica ningún origen nobiliario. Hasta los catorce años de edad solo se ocupaba de los juegos de niños y del trabajo en el campo, pero con esa edad fue al colegio de los franciscanos en Dax  para estudiar y ordenarse de sacerdote. En el colegio estuvo muy poco tiempo ya que un juez de su pueblo, mecenas suyo, se dió cuenta de su valía como estudiante y se lo llevó a su casa educándolo con sus propios hijos. Recibió la tonsura y las órdenes menores el 20 de diciembre de 1696 (con solo quince años de edad) y al año siguiente ingresó en la universidad de Toulouse para estudiar teología, siendo ordenado sacerdote con diecinueve años, el 23 de septiembre del año 1600. En Francia, en aquella época, se hacía poco caso a las prescripciones del Concilio de Trento. Ordenado sacerdote continuó estudiando en Toulouse hasta octubre del año 1604; más tarde estudió Derecho Canónico en Roma y en París.

A finales de julio del año 1605, en un viaje marítimo desde Marsella a Narbona, es apresado por unos piratas turcos, llevado a Túnez y vendido como esclavo. A los dos años recuperó la libertad huyendo en una pequeña embarcación y atravesando el Mediterráneo, arribó a la Provenza francesa el 28 de junio de 1607. Es después de esta fecha cuando fue a Roma, como he dicho antes, estableciéndose posteriormente en París formando parte de un grupo de sacerdotes que preparaban una reforma del clero francés. Aunque algunos biógrafos ponen en duda la cuestión de la esclavitud en Túnez, yo no voy a profundizar en esto por no extenderme en demasía.

En el año 1612 acepta ser párroco de Cliché, en la periferia de Paris y después de estar un año de párroco, aconsejado por el director del grupo de sacerdotes del que formaba parte, entró como preceptor del primogénito de la familia Gondi, el que sería futuro duque de Retz. Hay en este tiempo un pequeño paréntesis de seis meses, en el que estuvo de párroco en Châtillon-les-Dombes.

Cerámica votiva con la imagen del Santo. Parroquia de Santo Domingo, Lucena, Córdoba (España).

En el año 1617 funda sus dos primeras congregaciones de seglares: las Siervas de los Pobres y las Damas de la Caridad. Era párroco de Châtillon cuando le comunicaron que una familia de la feligresía estaba toda enferma y sin asistencia alguna. El recurrió a los parroquianos y así, nació la idea de formar una hermandad de personas que turnándose, cuidara de los enfermos de la parroquia y es de esta manera como nacen las Siervas de los Pobres el día 20 de agosto de 1617. Tres meses después, Vicente escribió un reglamento que se lo aprobó el arzobispo de Lyon. “Ver a Cristo en el pobre y santificarse ejerciendo la caridad personal, llevándola tanto espiritual como materialmente al mismísimo lugar donde está el pobre”.

De vueltas a París fundó numerosas hermandades similares en otros muchos pueblos. Aunque él hubiese querido que las fundaciones masculinas y femeninas trabajasen juntas, él se ocupó especialmente de dirigir a las hermandades femeninas. Las masculinas las fundó con el mismo método en París en el año 1833 Manuel Baillo, reuniendo inicialmente a siete jóvenes “universitarios de buena voluntad”, siendo el líder o alma del grupo el Beato Federico Ozanam. Así resurgieron las hermandades masculinas con las Conferencias de San Vicente de Paul.

En París, en el año 1629, las Siervas de los Pobres se denominaron Damas de la Caridad y la asociación principal fue sin dudas, la del hospital Hotel-Dieu que Vicente organizó en el año 1634. Esta fue la ayuda más valiosa que tuvo el santo para sus numerosísimas obras de caridad. Esta asociación contó con centenares de asociados de la alta sociedad parisina, entre ellas, la futura reina de Polonia, Luisa Maria de Gonzaga. La Compañía de las Damas de la Caridad tiene hoy casi un millón de miembros y están extendidas por todo el mundo. La fundación masculina, los Sacerdotes de la Misión, la creó en el año 1625. Se llaman también Padres Paules, Misioneros de San Vicente o Lazaristas. Su primera casa (Casa Madre) se llamaba “San Lázaro”.

La idea de crear esta Congregación nació en una predicación en el pueblo de Folleville, donde fueron tantas las conversiones que faltaron confesores. Algunos sacerdotes se fueron acercando a él y continuaron su ejemplo misionando de pueblo en pueblo. Fue tanto el éxito que el arzobispo de París, puso a Vicente al frente de este movimiento y les ofreció el antiguo colegio de los Buenos Niños en la calle San Víctor. Financiaba los gastos la familia Gondi. Los sacerdotes que se acercaban debían hacer vida en comunidad, renunciar a sus dignidades eclesiásticas y predicar en los pueblos. La impronta de la nueva Congregación era dedicarse eminentemente al bien espiritual de la gente pobre del campo, que estaba completamente abandonada. La Congregación de la Misión fue aprobada por el arzobispo de Paris el día 24 de abril de 1626, por el rey de Francia en mayo del año siguiente y por el Papa Urbano VIII el día 12 de enero de 1632.

Dibujo del Santo a lápiz.

Los sacerdotes de la Misión son el primer ejemplo de Congregación sin votos. Cuando San Vicente murió, solo en la Casa Madre de San Lázaro había más de ochocientos cuarenta misioneros. Hoy son más de diez mil y están por todo el mundo.
La tercera fundación fue la de las “Hijas de la Caridad”. Originariamente eran muchachas del campo deseosas de consagrarse al servicio de los pobres. Posteriormente, Vicente pensó confiar a estas jóvenes a Santa Luisa de Marillac para que las instruyese y las preparase mejor al trabajo de asistencia a los pobres. Las primeras aspirantes fueron recibidas por Santa Luisa en su casa el día 29 de noviembre del 1633 y al año siguiente ya eran doce: la idea de formar una nueva comunidad había tomado cuerpo. A la muerte de San Vicente ya contaban con cincuenta casas. Vicente no quiso que las Hijas de la Caridad fuesen religiosas en sentido estricto: “Tendréis por monasterio las casas de los enfermos y la de la superiora, por celda una cama, por capilla la parroquia, por claustro las calles de la ciudad, por clausura la obediencia y por velo, la santa modestia” Era un intento nuevo, no existían las comunidades de vida activa. Hacen votos simples que renuevan cada año.

La aprobación jurídica fue dada en el año 1646 por el arzobispo de Paris y en 1668 por la Santa Sede, ocho años después de la muerte de Vicente. Se ocuparon de los enfermos en hospitales, de los huérfanos, de los ancianos, de los heridos en los campos de batalla, etc. Hoy en día, las Hijas de la Caridad son la familia religiosa más numerosa de la Iglesia Católica.

Pero Vicente hizo aun mucho más. Fue uno de los más eficaces reformadores del clero francés en el siglo XVII, inició la costumbre de que los que se iban a ordenar hiciesen antes los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, organizó en 1633 las llamadas “Conferencias de los martes” en las que semanalmente, se reunían los sacerdotes para revisar si vivían santamente su sacerdocio. Tuvieron tanta resonancia que Richelieu le solicitaba nombres de sacerdotes para ser elegidos obispos. Lo mismo hizo el rey Luís XIII. Hizo que los seminarios volviesen a las normas del Concilio de Trento. Los miembros de su Congregación empezaron a regir los seminarios de diversas diócesis.

Fue llamado por la reina Ana de Austria para formar parte del llamado Consejo de Conciencia o Congregación de los asuntos eclesiásticos. Presidido por el cardenal Mazzarino, este Consejo se ocupaba especialmente de la elección de obispos y de la distribución de ciertas ayudas. Fue activo luchador contra el Jansenismo, que se propagaba por Francia. Reformó la predicación barroca de su tiempo, difundiendo un particular método que hacia más simple y eficaz la predicación. Este método consiste en buscar y proponer la virtud como argumento, su naturaleza y los motivos y medios más oportunos para practicarla. Los miembros de las “Conferencias de los martes” fueron los encargados de difundir esta técnica oratoria.

La caridad fue su campo específico de acción: con los prisioneros, con los que se embarcaban como remeros en las galeras, con los esclavos (en Túnez), con los hijos de madres solteras que eran muy despreciados como bastardos, con los niños, los abandonados, los ancianos, los mendigos, con los que sufrían los saqueos en las guerras, etc.

Sepulcro del Santo.

San Vicente estuvo durante más de diez años bajo la dirección espiritual del cardenal Bérulle, influyendo el cardenal tremendamente en Vicente. También fue gran amigo de San Francisco de Sales, influyéndole su humanismo y fue gran admirador del ascetismo de San Ignacio de Loyola. Sustancialmente, San Vicente de Paul era un moralista y un asceta, no era un místico. Es característico del espíritu vincenciano, la simplicidad, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por la salvación de las almas, lo que él llama en la Regla de su Congregación: “Las cinco piedras de David”. Murió en el año 1660, con setenta y nueve años de edad, el día 27 de septiembre a las cuatro de la madrugada.

El proceso de beatificación se inició en Paris el día 5 de enero de 1705. El Papa Benedicto XIII lo declaró Venerable el 22 de septiembre de 1727. El decreto de beatificación fue publicado el 13 de agosto de 1729 y fue canonizado ocho años más tarde, por el Papa Clemente XII, el día 16 de junio de 1737. Aunque su fiesta se estableció el día 19 de julio, en el nuevo calendario para la Iglesia Universal promulgado por el Papa Beato Pablo VI, se pasó al día 27 de septiembre, fecha de su muerte. Fue declarado patrono universal de las obras de caridad por el Papa León XIII en 1885.

Sus restos mortales, revestidos con los ornamentos sacerdotales se conservan en la capilla de la Casa Madre en París. Su corazón, puesto en un relicario de plata, está expuesto en la capilla de la Virgen Milagrosa. Monseñor Abelly que fue su primer biógrafo, dice que era de estatura media, de cabeza un poco calva y grande pero bien proporcionada al resto del cuerpo, la frente larga y majestuosa, la cara ni grande ni pequeña; su mirada era dulce, la vista perspicaz y aguda, el oído muy fino; grave en su porte pero benigna su gravedad, de simple y franco comportamiento, afable en su manera de acoger y de una naturaleza buena y amable. Era de temperamento sanguíneo y de robusta y fuerte complexión.

De San Vicente no existe ningún retrato y para pintarlo se recurrió a una estrategia: un pintor llamado Simon François se coló en San Lázaro, lo observó sin ser reconocido y posteriormente, en su gabinete, lo pintó. Se llevó varios años para terminar el retrato.

Para preparar esta artículo nos hemos basado en las Constituciones de la Congregación de la Misión, en “Las conferencias a los Misioneros e Hijas de la Caridad” y en la biografía de Monseñor Luís Abelly obispo de Rodez, así como en alguno de los textos de su Causa de beatificación.

Antonio Barrero

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Santos Cosme y Damián, mártires

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Iluminación de los Santos en un manuscristo del siglo XV, Toulouse (Francia).

Los santos Cosme y Damián sufrieron el martirio en Ciro, ciudad episcopal, cuyo obispo Teodoreto, muerto en el año 458, los recuerda y los llama atletas y mártires generosos. Allí estaba su basílica martirial, muy célebre en la antigüedad desde la cual, su culto se difundió por todo el mundo. Aunque en Oriente hubo un momento en el que se perdió la noción de unidad de este grupo de dos santos y surgieron otros muchos grupos ficticios, ninguno de ellos tuvo una fiesta propia.

En el Martirologio Jeronimiano fueron conmemorados como mártires en días y lugares diferentes, pero sin embargo los latinos siempre fijaron su fiesta el día 27 de septiembre. Este hecho se basa en los sacramentarios romanos y su origen fue el día conmemorativo de la dedicación de su basílica en el Foro Romano. El elogio que se hace en el Martirologio Romano tiene como autor a Usuardo (siglo IX), quien a su vez lo copia de una “passio” que no goza de mucho crédito entre los autores más críticos. Cosme y Damián son considerados santos protectores de los médicos y tal creencia proviene del hecho de que fueron considerados “santos curanderos anargiros”, esto es, que curaban sin que les pagasen.

Según la “passio” Cosme y Damián nacieron en Arabia, pero fueron a Siria a aprender ciencias, especialmente medicina. Se establecieron en Egea, ciudad de Cilicia, donde ejercieron como médicos mostrándose al mismo tiempo como valientes cristianos y usando su profesión para hacer proselitismo cristiano. Durante la persecución de Diocleciano, en el año 303, fueron arrestados por Lisia que era gobernador de Cilicia, el cual después de haberlos torturado salvajemente, los decapitó. Sus cuerpos fueron llevados a Siria y sepultados en Ciro. Años más tarde, el emperador Justiniano que se había curado de una peligrosa enfermedad gracias a la intercesión de los dos mártires, engrandeció y fortificó la ciudad de Ciro.

Esto es lo que se sabe de ellos, aunque existen muchas versiones populares de la “passio” que narra tormentos más o menos ficticios, diálogos entre los dos santos y el gobernador y un sin fin de detalles, cuyo fin es más de pedagogía piadosa que historia propiamente dicha. El estrecho comercio existente entre Roma y Oriente hizo que los dos santos fueran pronto conocidos por los romanos, siendo también probable que tal conocimiento esté estrechamente relacionado con la traslación de reliquias al mismo tiempo.

Martirio de los Santos. Tabla de Fra Giovanni di Fiesole (Beato Angélico). Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

En Roma, el papa San Simmaco les dedicó un oratorio próximo a la Basílica de Santa María la Mayor. En el siglo VI, en tiempos de Amalasunta, reina de los godos, el papa Félix IV les dedicó un santuario en un edificio que le regaló esta reina. En él existía un magnífico mosaico del siglo VI representando a Cristo rodeado de nubes, con aspecto solemne y majestuoso como si fuese un juez: el Juez Supremo. Delante de Cristo aparecen los apóstoles Pedro y Pablo presentándole a Cosme y Damián. En una inscripción que aun se conserva, se afirma que el templo estaba dedicado a estos médicos mártires “que traen al pueblo la esperanza de la salud”.

Los nombres de estos dos santos figuran en el Canon de la Misa.Son los dos últimos santos a los cuales se les ha concedido este honor. La antigua Misa de la fiesta de los dos mártires probablemente fue utilizada en la dedicación de su iglesia en el Foro Romano, pero pronto fue también usada como fórmula litúrgica para la misa de otros mártires. La llamada “Commune plurimorum martyrum”, misa para el común de los mártires que no tienen misa propia. Desde Roma, su culto se difundió por toda la región del Lazio. Recordemos como el monasterio de San Clemente fundado por San Benito de Norcia en el Monte Subiaco, en los tiempos del abad Honorato cambió de nombre y se les dedicó a ellos dos.

En la primera mitad del siglo V en Constantinopla se construyeron dos iglesias en su honor. Una tercera y aun una cuarta fueron erigidas también en su honor bajo el emperador Justino. Se les dedicaron iglesias en Scizia, en Capadocia, en Panfilia, en Odessa, en Jerusalén y otros muchos lugares de Oriente.

A partir del siglo V muchos cristianos empezaron a utilizar estos nombres (Cosme y Damián) como nombres propios y una de las basílicas de Constantinopla se convirtió como en un antiguo Lourdes, donde los cristianos enfermos acudían masivamente para ser sanados. De aquí viene el antiguo rito de la incubación: los enfermos pasaban la noche en la iglesia, donde dormían y durante el sueño, los santos venían a curarlos ya realizando una operación quirúrgica cuyos efectos notaban al despertarse, ya aplicándoles unas compresas impregnadas de aceite y cera y otras veces sugiriéndoles algunos remedios un tanto extraños. De estos llamados “milagros” se hizo una primera recopilación en el siglo VI.

Los Santos ejercen su oficio médico. Detalle de la predela del retablo de los Santos Abdón y Senén, de Jaume Huguet (s.XV). Iglesia de Santa Maria de Tarrassa, BArcelona (España).

Existe otra “passio” ésta escrita en árabe que dice que Cosme y Damián fueron martirizados con otros tres hermanos de nombres Antimo, Leoncio y Euprepio. Los Sinaxarios bizantinos conmemoran a los cinco mártires el día 17 de octubre, mientras que como dije antes, la Iglesia latina los conmemora el 27 de septiembre. Esta “passio” a la que he hecho mención, dice que antes de ser decapitados, sufrieron otros martirios de los cuales salieron ilesos: arrojados al agua atados a gruesas piedras (de ahí que sean los patronos de los trabajadores de los balnearios), quemados en la hoguera y aun crucificados. Dice también la “passio” que cuando estaban clavados en las cruces la multitud los apedreó, pero que las piedras, sin tocarlos, rebotaban golpeando a quienes las tiraban. Como se comprenderá, estos son hechos dudosamente verosímiles, más propio de una narración piadosa que de una narración histórica.

En Bizancio se dio un hecho cuanto menos curioso: hubo un momento en que veneraron a tres pares de santos con los nombres de Cosme y Damián. Los de Arabia (que son estos de los estamos escribiendo y que fueron decapitados en tiempos de Diocleciano), otro par de Roma que murieron apedreados durante el reinado de Carino y un tercer par (los llamados hijos de Teodota) que no fueron mártires. Evidentemente, se trata de los mismos.

El Martirologio Romano los reseña así:”En Egea, ciudad del Asia Menor, los dos santos hermanos Cosme y Damián, que en la persecución de Diocleciano sufrieron diversos tormentos, cargados de cadenas fueron arrojados a la cárcel, pasados por el agua y por el fuego, crucificados y por fin asaeteados sin experimentar daño alguno gracias al auxilio divino; acabaron siendo decapitados en el año 287”.

Sus reliquias son veneradas en Roma y en muchísimas otras partes del mundo, siendo el caso de que si se juntasen todas ellas se podrían formar una docena de esqueletos completos.

Altar con las reliquias de los Santos en Roma, Italia.

En la Edad Media se decía que dedicados a la medicina por mandato del Espíritu Santo, Cosme y Damián unieron esta actividad profesional a una intensa actividad apostólica y tanta fue su fama en la antigüedad que el emperador Justiniano les dedica una basílica.

Como eran y aun hoy son considerados patronos de los médicos, esto dio origen a la fundación de potentísimas cofradías en Francia, en Italia y en Flandes y, consecuentemente, eran también invocados como los santos protectores de los hospitales. ¿Y por qué los barberos o peluqueros le rinden culto? Como enla Edad Media estos profesionales practicaban la llamada medicina menor (¿quién no recuerda cuando en las barberías se quitaban las muelas?), pues simple y llanamente ese era su origen. También se encomendaban a ellos los enfermos renales, los de garganta, contra la peste, etc. y por eso se les representa como santos sanadores con las manos reverentemente escondidas bajo un manto recibiendo del Señor un cofre con los instrumentos quirúrgicos. Así están representados en un cofre relicario que se encuentra en la catedral de Kraków (Polonia), en unos frescos del siglo XIV en la iglesia metropolitana de Mistrá (Grecia) y en otros muchos lugares, sobre todo italianos. En Francia su culto fue particularmente floreciente a partir del siglo XII con la fundación de una Colegiata en la ciudad de Luzarches, en la que pusieron reliquias traídas desde Jerusalén.

Terminaremos este artículo recordando lo que escribía San Gregorio de Tours en el siglo VI en su libro “De gloria martyrum”: “Los dos hermanos gemelos Cosme y Damián, médicos de profesión, después que se hicieron cristianos, espantaban las enfermedades con el solo mérito de sus virtudes y la intervención de las oraciones. Coronados tras diversos martirios, se juntaron en el cielo y hacen a favor de sus compatriotas numerosos milagros. Porque si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre sus tumbas, al momento obtiene curación. Muchos refieren también que estos santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer y, luego que lo ejecutan, se encuentran curados. Sobre esto yo he oído referir muchas cosas que sería demasiado largo de contar, estimando que lo dicho es suficiente” Está claro que San Gregorio de Tours no conocía los hospitales modernos ni los avances de la medicina.

Antonio Barrero

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