El monacato egipcio primitivo (III)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Icono copto contemporáneo de San Pacomio.

Ya hemos mencionado que el monacato no nació en Egipto, no obstante el papel singular que los coptos desempeñaron en este nuevo movimiento. Es preciso también clarificar otro mito histórico: que la vida cenobítica surgió en el momento en que las colonias de ermitaños empezaron a evolucionar hacia una vida comunitaria más radical. Aunque desde el orden lógico esta teoría tiene mucho sentido, los hallazgos arqueológicos hacen remontar los más antiguos cenobios egipcios conocidos a la época en la que se fundaba la célebre colonia eremítica de Escete; también consideremos que San Pacomio, quien es tenido por padre del cenobitismo cristiano, murió antes del gran San Antonio, el padre de los eremitas del desierto egipcio. Y en las diversas Vidas (griegas y coptas) de Pacomio se mencionan otras familias de monjes distintas y quizás más antiguas que la gran koinonía[1] fundada por él. En conclusión: la vida comunitaria casi es contemporánea de la vida solitaria, y no procede la primera de la segunda.

Figura importantísima para la historia del cenobitismo cristiano es San Pacomio. Está claro que él no fue el “inventor” del monacato comunitario, pero cumple en él un papel brillante, semejante al que cumple San Antonio respecto del eremitismo. En su debido momento, se presentará una reseña de su vida; por lo pronto, resaltemos algunos aspectos.

Nació en Esna (alta Tebaida), en el seno de una familia pagana. Siendo joven, fue reclutado a la fuerza en el ejército imperial, junto a muchos otros de la localidad. Cuando hicieron parada en la ciudad de Tebas, algunos hombres acudieron a dar consuelo y alimento a los nuevos y apesadumbrados reclutas; tanta amabilidad impresiona al joven Pacomio, quien se entera de su condición de cristianos. Todo esto lleva a Pacomio a prometer hacerse cristiano y dedicarse al servicio de los hombres si logra verse libre del yugo militar. Y es así como unos pocos meses después, pese a tener todo en contra, es licenciado. Pacomio viaja a la aldea de Chenoboskion (actualmente Kar-es-Sayad) donde recibe la catequesis fundamental y la iniciación sacramental[2]. Unos años después, se inicia como anacoreta bajo la guía de apá Palamón. Siete años después, es alcanzado por la llamada divina que lo impele a separarse de Palamón y a establecerse en cierta aldea abandonada con la intención de recibir en su compañía a todos cuantos deseen llevar la vida monástica. Pronto llegan los primeros discípulos, a quienes les impone unas pocas reglas relacionadas con la manutención de cada cual; todos los servicios de la casa eran ejecutados por Pacomio, quien no se veía a sí mismo como jefe, sino como el servidor de todos. Pero esta actitud le traerá serios problemas: sus compañeros verán en él a un esclavo, y lo tratarán con todo desprecio. Él los soporta por cinco años, hasta que en cierta ocasión, después de pasar la noche en oración, les exige que se sometan a las pocas reglas comunes que él les ha dado. Como se burlan de él, se ve obligado a sacarlos con violencia del recinto monástico.

San Pacomio (izqda; icono copto) y San Antonio Abad (dcha; tabla gótica catalana); representantes del monaquismo y del eremitismo, respectivamente.

A pesar de este fracaso, Pacomio no se rinde. Nuevamente recibe discípulos, y esta vez les exige desde el principio la renuncia a sus bienes y a su capacidad de poseer en el futuro. Nadie dispondrá de nada, porque en adelante todo será común a todos. También estarán sometidos todos a la ley de la obediencia: ya no habrá más lugar a la iniciativa personal, sino que todo estará debidamente organizado por el padre del monasterio. He aquí la gran innovación que aporta Pacomio al monacato inicial: el sometimiento a una regla, en un ambiente monástico que solía defender su amplia libertad. La finalidad de las reglas no será otra que moldear a los miembros de la comunidad hasta alcanzar el supremo ideal propuesto por el libro de los Hechos de los Apóstoles: “un solo corazón y una sola alma”.

Para Pacomio, lo esencial de la vida monástica comunitaria es el servicio: el padre del monasterio es el servidor de todos, y todos los hermanos deben servirse unos a otros. Pacomio mismo rehusó cualquier trato preferencial hacia él, más bien estuvo siempre presto a servir a sus hermanos. Así mismo, organizó a la comunidad de tal forma que entre ellos mismo se vieran obligados a servirse mutuamente: a unos los destinaba a la cocina, a otros a llevar el alimento y los útiles a los hermanos que trabajaban en los campos; otros se encargarían del mantenimiento de la ropa, otros acompañarían a los hermanos que se vieran obligados a salir del monasterio. A través del servicio mutuo la caridad irá creciendo en el corazón de cada monje, de modo que pueda llegar a reproducir en sí la imagen de Cristo, que “amó a sus discípulos hasta el extremo”.

Mapa de Egipto que indica las zonas donde vivieron San Pacomio y San Antonio Abad.

La fama de esta comunidad, ubicada en Tabennisi, atrajo a muchos más discípulos, y la comunidad pronto llegó a crecer tanto que ya Pacomio se sentía incapaz de gobernar semejante muchedumbre. En vida del santo, se llegaron a fundar nueve monasterios, ubicados entre Akmim y Esna (en el Valle del Nilo). A cincuenta años de la muerte de Pacomio, algunos eruditos piensan que la koinonía pacomiana constaba de 5000 a 7000 monjes.

Muchas de las ordenaciones que proveyó Pacomio se encuentran compiladas en los Praecepta, además de las normas dadas por sus inmediatos sucesores. Constituyen una serie desordenada y repetitiva de reglas, que muy probablemente fueron puestas por escrito a medida que las necesidades iban motivando su dictado. Estos Praecepta poseen una versión latina, realizada por San Jerónimo.

Después de una vida dedicada por entero a conducir a sus semejantes a Dios, Pacomio muere en olor de santidad el 9 de mayo de 346, dejando un importantísimo legado en su institución cenobítica que, aunque no fue la primera, si que fue la más famosa y la que ayudó a dar un perfil claro al cenobitismo en el seno de carismático monacato naciente.

Ahora demos unas palabras sobre el monacato pacomiano. La koinonía estaba constituida por varios monasterios sujetos a la suprema autoridad de los sucesores de Pacomio. El monasterio de Pbow era el lugar de residencia del “superior general”, y donde se llevaban a cabo las reuniones de toda la comunidad. Junto a los nueve monasterios masculinos iniciales, existían tres monasterios femeninos: Tabennisi, Tsmine y Fakna, el primero de ellos fundado por María, hermana de Pacomio, por mandato de éste; de María las fuentes dicen que fue una gran madre espiritual para sus hermanas, y bajo su mandato la rama femenina de la koinonía también experimentó un importante crecimiento; las monjas seguían exactamente las mismas reglas y observancias que los hombres. Pero ellas también estaban bajo la autoridad del gran padre del monasterio de Pbow, quien nombraba un representante que las visitaba y las instruía en las Escrituras. A este “superior general” las fuentes lo llaman abad, archimandrita y príncipe. Su autoridad es absoluta. A él compete admitir a la koinonía a los postulantes que se presenten en cualquiera de los monasterios; a él corresponde designar, no solo a los superiores, sino también a los oficiales de cada monasterio; también compete a él aplicar la pena de expulsión, en aquellos casos extremos donde el reo no quiere corregirse; también es prerrogativa del gran padre nombrar a su sucesor; es su deber visitar con frecuencia los otros monasterios. Este archimandrita es ayudado por un “segundo”[3] y por un “gran ecónomo”[4] que, a su vez, es ayudado por otros oficiales. Todos los monasterios dependen económicamente del principal, siendo que el gran ecónomo es el único autorizado para realizar las operaciones comerciales en los pueblos vecinos y el responsable de guardar el dinero. Los monjes de toda la koinonía se reunían dos veces al año: En Pascua, para celebrar juntos la Santa Noche y acompañar a los monjes catecúmenos en su bautismo; y en agosto, donde cada monasterio rendía cuentas al gran ecónomo y el gran padre realizaba los distintos nombramientos de superiores y oficiales.

Vista de las celdas de monjes coptos en la pared de la montaña. Wadi Interior, Jebel (Egipto).

Observemos ahora la organización interna de los monasterios. Cada comunidad estaba regida por un padre, quien la gobierna en nombre y con la autoridad del archimandrita de Pbow, es decir, posee potestad vicaria; este padre también cuenta con la asistencia de un “segundo” o vicario y de un ecónomo local, el cual tiene a su disposición varios ayudantes. La comunidad toda, a su vez, estaba dividida en “casas” o grupos de monjes, cada uno con un prefecto y su “segundo”. Las distintas “casas” se destinaban a prestar un servicio específico dentro de la comunidad; así, por ejemplo, encontramos la “casa” de los hermanos panaderos, la de los carpinteros, la de los porteros[5], la de los enfermeros, la de los agricultores. Encontramos también a los oficiales “hebdomadarios”[6], encargados de transmitir las órdenes del padre relativas al trabajo del día y de realizar los servicios generales del monasterio: dar la señal para la oración y la comida, cuidar de la limpieza de los sitios comunes, repartir y recibir los instrumentos de trabajo, etc. Cada “casa” habitaba un edificio distinto, que constaba de una sala común y de varias celdas; cada celda era ocupada por dos monjes. En medio de estos edificios, se encontraban los lugares comunes de la comunidad: iglesia, auditorio, cocina, bodega, refectorio, biblioteca, talleres, y algunos patios y huertas. El monasterio muestra la apariencia de una aldea, y es que, en realidad, cada comunidad era un pueblo más entre los otros pueblos del alto Egipto.

Los que desearan entrar a la koinonía debían pasar unos cuantos días a la puerta[7], esperando ser hallados aptos para entrar. Los hermanos porteros, mientras tanto, les enseñaban algunas oraciones y los sometían a prueba. Cuando ya estuvieran listos, se les enseñaba la regla cenobítica (una parte de la cual debían aprender de memoria), se les quitaban los vestidos seculares y les imponía el hábito monástico. Después, los porteros conducían los nuevos monjes a la iglesia, estando los hermanos en oración, y allí eran asignados a una de las “casas”. Y así empezaban su vida de monje; no había votos formales, sino que bastaba la aceptación del hábito para expresar la voluntad de renunciar al mundo y abrazar la vida común. En realidad, no hacía falta realizar alguna promesa explícita porque, según la mentalidad de Pacomio, la vida monástica se trata de cumplir a cabalidad las promesas del bautismo[8].

Fotografía de un monje copto sentado a la puerta de la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén (Israel).

El monje debía, como sus hermanos, ganarse el pan con el sudor de su frente. Unos de los aspectos que más admiran los estudiosos de la koinonía de Pacomio es su organización económica. Lejos estaba de la mente del santo y de sus sucesores convertir la congregación en una gran empresa; pero también tenían muy claro la necesidad del trabajo: primero, por ser un importante elemento ascético; segundo, porque es un mandato apostólico; tercero, porque deben tener lo suficiente para compartir con los pobres. La organización de las “casas” se corresponde con agrupaciones gremiales, precisamente para facilitar el cumplimiento de esta obligación.

Como en todo el movimiento monástico, la oración ocupa un lugar central y fundamental. Y las Santas Escrituras constituyen el único “espacio” de oración. Los Praecepta ordenan que el monje recite siempre algún pasaje bíblico camino del trabajo y regresando de él, yendo a la oración común y volviendo de ella, al ser llamados a la refección y saliendo del comedor; la principal obligación del monje consiste en permanecer en oración en todo tiempo, según el precepto apostólico. Diariamente rezaban dos oficios: uno en la mañana, con todos los hermanos del monasterio reunidos en la iglesia, y otra en la tarde, congregados en cada “casa”. El oficio constaba en la lectura de varios pasajes de la Escritura, interrumpida por breves momentos de silencio y oración personal. Los domingos, en cambio, se cantaban salmos con estribillos, al modo de nuestro actual salmo responsorial de la Misa. La Eucaristía se celebraba siguiendo la costumbre del país, esto es, los sábados y los domingos. Las comunidades poco numerosas acudían a la iglesia de la aldea vecina, y las más grandes poseían, como hemos visto, su propio templo, adonde acudían los presbíteros y diáconos que los obispos del lugar designaban para tal oficio.

Y es que los monjes pacomianos rehusaron vehementemente recibir las órdenes sagradas. Las fuentes conservan varias anécdotas donde vemos a Pacomio huyendo a los obispos, cuando estos manifestaban querer ordenarle. Sus sucesores obraron de modo semejante. Y así mismo, prohibieron rotundamente a todos los hermanos recibir el sacramento, y siempre expresaron la inconveniencia de que el monje entrara en el clero. Se consideraban, según el decir de Orsiesio, segundo sucesor de Pacomio, “laicos sin importancia”.

Ruinas de la iglesia de San Shenute, Monasterio Blanco, Sohag (Egipto).

Ya vimos la importancia que el monacato pacomiano concede a las Escrituras; un deber ineludible de todo monje era el de aprender de memoria parte de la Biblia, como mínimo los Salmos y el Nuevo Testamento; todo esto con la intención de estar recitando, “rumiando”, las Divinas Letras, en el trabajo, en los momentos de silencio, en todo tiempo y lugar, aún durante la noche si se es capaz. La Palabra de Dios es la verdadera maestra del hombre de Dios. Y para poder cumplir con este propósito, era indispensable que el monje aprendiera a leer. Los Praecepta son claros al respecto: si el monje es analfabeto (caso bastante frecuente en la época) deberá dedicar diariamente tres horas al estudio de las letras, y aún si no quisiera aprender, se le obligará a la fuerza.

Las enseñanzas orales también ocupaban un lugar importante en la formación espiritual de los hermanos. El padre del monasterio dará tres conferencias semanales: una el sábado y dos el domingo. Los prefectos de las casas instruirán a sus súbditos los días de ayuno, es decir, los miércoles y los viernes. San Jerónimo y San Agustín han dejado hermosas descripciones de estas conferencias.

Las disposiciones relativas a la alimentación sobresalen por su moderación. Comían al medio día y al anochecer. En la mesa se servía dátiles, olivas, higos, verduras crudas, queso, pescado, pan y sal; una dieta muy variada, si se compara con el régimen de los anacoretas, quienes veían con escándalo esta “prudencia pacomiana”. Los miércoles y los viernes sí que se ayunaba con toda la austeridad del caso, pero esto seguía siendo muy laxo, si se compara al ayuno perpetuo de los ermitaños.

En lo relativo a la hospitalidad, siguieron la tendencia propia de todo el monacato, que tenía en gran estima esta virtud; pero la llevaron aún más lejos. A diferencia de muchos monjes, cenobitas y eremitas, llenos de prejuicios contra las mujeres, Pacomio ordena que sean éstas recibidas “con todo honor y temor de Dios” en la hospedería, que quedaba nada menos que al interior del recinto claustral; en la noche, no debe permitirse dejárselas en la puerta, pues “sería un crimen dejarlas a la intemperie”, según indican los Praecepta.

El monacato pacomiano es, en general, moderado y poco dado a los excesos. Para Pacomio, más importante que la ascesis corporal lo es, en cambio, aquella ascesis que busca someter la mente y el corazón a los preceptos del Señor. Tal como concluye García M. Colombás: “El holocausto del monje pacomiano no consistía en prolongados ayunos, en velas heroicas, en maceraciones espantosas; su inmolación se realizaba en el altar de la obediencia, de la vida comunitaria, del servicio fraterno.”[9]

Cúpulas del monasterio de Anba Bishoi en Wadi El Natruum, Egipto.

Concluyamos con una breve mención del monacato cenobítico no pacomiano. Se tienen abundantes noticias de su existencia en cartas privadas de la época, en los escritos de Casiano, en la Historia monachorum; también los hallazgos arqueológicos dan testimonio de ello. Pero, desgraciadamente, se desconoce casi todo lo demás sobre ellos. Sólo tenemos suficiente información de uno: el famoso Monasterio Blanco (ubicado cerca de Atripé).

Fue fundado por apá Pgol y sus discípulos a mediados del siglo IV, ajustándose a las reglas de la koinonía pacomiana. Sus inicios fueron humildes, hasta que Shenute, sobrino de Pgol, asume la dirección del monasterio. San Shenute nació en 333-334, ingresa en el Monasterio Blanco a los 36 años, y 18 años después se convierte en el sucesor de su tío. Bajo su gobierno la comunidad entra en una etapa de prosperidad y magnificencia que no conocía hasta el momento: a la muerte de Shenute se cuentan 2200 monjes y 1800 monjas; las tierras dependientes del Monasterio Blanco abarcan nada menos que cincuenta kilómetros cuadrados, en los cuales se encuentran dispersas diversas explotaciones agrícolas controladas por pequeñas comunidades, unas de monjes y otras de monjas, dependientes del monasterio central. También habitaban en el territorio algunos ermitaños, bajo la obediencia del archimandrita.

Shenute es el mejor escritor copto. Ha dejado cartas y sermones, la mayoría dirigidas a monjes y monjas. Aunque posee algo de cultura (de hecho, conocía el griego y sus obras clásicas), en general desprecia la ciencia, ignora la teología, y se apoya en una religión eminentemente práctica. Para él, la vida cristiana se reduce a la obediencia a la ley de Dios para así evitar las llamas del infierno y alcanzar el paraíso.

Entrada al monasterio de San Antonio, Egipto.

Shenute se constituye en un personaje importante para la vida de su nación. Es un hombre continuamente exaltado, convencido de ser un inspirado por Dios, un “profeta”. Se relaciona con los grandes personajes eclesiásticos y monásticos de Egipto; las autoridades romanas le guardan respeto. Posee un gran ascendiente sobre el pueblo: los fieles se lanzan en tropel todos los domingos a la iglesia del monasterio para escucharlo. Él, por su parte, defiende a los pobres de la acción de los potentados, y acoge en sus monasterios al pueblo que huye a las incursiones bárbaras. Ataca a paganos y herejes con todas las clases de lucha de que pueda echar mano: en sus sermones y cartas vilipendia sus creencias, que apenas entiende; de veces, convierte su comunidad en un verdadero ejército y así, saquea y destruye los templos paganos.

Bien distinto es este archimandrita del santo apá Pacomio. Pacomio, siendo el primero entre sus hermanos, se convierte en el servidor de todos; trata de guiar la comunidad con suma prudencia y comprensión, buscando siempre reconducir al buen camino a la oveja perdida; busca en las Escrituras la fuente de su enseñanza, de su obra y de sus mandatos. Shenute es, por el contrario, un hombre déspota y controlador; no guía, sino que gobierna con violencia y castiga con rigor; como se cree un profeta inspirado, impone su voluntad de modo absoluto y no admite discusión. Pacomio ve a sus monjes como hermanos; Shenute los trata como a sus esclavos. En síntesis, Pacomio sirve, mientras que Shenute domina. Dirige a su comunidad con vara firme, literalmente, y no tiene reparo en dar bastonazos a quienes infrinjan la regla común, que valga decir, era terriblemente casuística. Este insigne antecesor de los superiores autoritarios que vendrán en siglos venideros muere en 451-452.

Terminemos con un último dato interesante. Mientras en el monacato pacomiano bastaba la firme voluntad, expresada en el porte del hábito monástico, para ser aceptado como monje del cenobio, Shenute obligaba a sus súbditos a realizar un juramento en la iglesia. Citamos, a continuación, este desafortunado primer intento conocido de fórmula de profesión, según la versión que nos ofrece García M. Colombás en su libro “El monacato primitivo”:
Alianza: Juro Delante de Dios, en su lugar santo, como las palabras que pronuncian mi boca me son testigos: No quiero manchar mi cuerpo; no quiero robar; no quiero jurar en falso; no quiero mentir; no quiero obrar el mal secretamente. Si no cumplo con lo que he jurado, luego no quiero entrar en el reino de los cielos, pues comprendo que Dios, ante quien he pronunciado la fórmula de alianza, destruirá mi alma y mi cuerpo en la gehenna del fuego, porque yo habré transgredido la fórmula de la alianza que había pronunciado.

Dairon


[1] Palabra griega, equivalente a “comunión”. Así se llamaba la congregación pacomiana.
[2] Recuérdese que en los primeros siglos del cristianismo, los sacramentos del bautismo y de la confirmación se recibían en la misma ceremonia, constituyendo un “doble sacramento”.
[3] El vicario del gran padre.
[4] Encargado de la hacienda del monasterio de Pbow y de toda la koinonía.
[5] Encargados de recibir a los huéspedes y a los nuevos postulantes.
[6] Derivada del latín hebdomadae, equivalente a “semana”.
[7] Hemos visto que esta práctica era común también entre los anacoretas.
[8] Esta mentalidad profundamente bautismal es muy importante para comprender a los monjes primitivos, que no aspiraban a otra cosa que vivir radicalmente el Evangelio, que aceptaron el día de su bautismo. A propósito cito aquí las antiquísimas fórmulas declarativas de renuncia a Satanás y profesión de fe, la primera todavía en uso en la Iglesia siria, y la segunda, conservada en la Iglesia copta: Yo, N…, renuncio a Satanás, a todas sus obras y a todo su servicio, a todas sus seducciones y a todos sus errores del siglo, a todos los que se someten a él y le siguen. Creo en un solo Dios, Padre omnipotente y en su Hijo único Jesucristo nuestro Señor, y en el Espíritu Santo vivificador, en la resurrección de la carne, y en la única Iglesia una, santa, católica y apostólica. Estas fórmulas muy posiblemente fueron usadas por los monjes catecúmenos que se bautizaban en el seno de la koinonía.
[9] COLOMBÁS, García M. El monacato primitivo, tomo I. En: Biblioteca de Autores Cristianos. La Editorial Católica. S. A. Madrid, 1974; p 115.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

5 pensamientos en “El monacato egipcio primitivo (III)

  1. Gracias, Dairon, por este relato tan minucioso y bien documentado de los primeros pasos del monacato en una tierra bella como es Egipto. Gracias también, por acordarte de las eternas olvidadas, las mujeres, y su contribución a los inicios de la espiritualidad conventual cristiana.

    • gracias a vos por leerlo, querida! la verdad que del monacato copto y sirio existen mucha documentación fidedigna, y extenderse en más detalles sería muy fácil, pero bueno, al menos toca resaltar algunas cosas de este amasijo variopinto del monacato naciente

  2. Dairon siempre me sorprendes con tus extensos articulos y amenos,pues se leen con rapidez y fluidez.
    En las “Vidas Ejemplares” habia un numero dedicado a San Macario,Pacomio y el tercero no se si era Mariano o Pafnucio,titulado “Tres Monjes del desierto” y fue la primera vez que supe de la “otra” parte de los Padres del desierto,pues tan solo conocia a los archifamosos Antonio y Pablo.

    Ha sido sorprendente leer que a las mujeres las recogian en la hospederia que se hayaba dentro del recinto,sin importar el que diran,y tratandolas como personas y no como “apestadas por el mal o impuras” como hacian en otras partes.
    Sobre Shenute puede que su intencion fuera (en un principio) buena,como proteger a los pobres de los potentados,acoger a los habitantes de los pueblos que huian de las invasiones barbaras….
    Pero eso de incluso golpear a bastonazo limpio a quien no seguia las reglas y tratarlos como esclavos,sobran palabras.

    • Gracias, Abel, por comentar! la verdad es que Shenute desplegaba una gran actividad social, pero la gente le amaba y le temía, pues este hombre era fuego al predicar: y no, precisamente, por su elocuencia, sino por el uso constante de la figura del fuego y el castigo. Sus modernos biógrafos descubren en las fuentes a un hombre fanático, irascible, confiado en tener la verdad suprema…
      Y de Pacomio, pues qué más decir? que era un hombre de Dios en todo el sentido. Con sus imperfecciones, claro, pero siempre tratando de ser dócil a la Palabra de Dios. Y es curioso que halla ganado más fama Pablo de Tebas que Pacomio, sobre todo porque del primero se dudó (y aún se duda, que yo no) de su historicidad, mientras que de Pacomio no cabe la menor duda, además que es muy célebre en la Iglesia Copta

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