Un gitano santo: el Beato Ceferino Jiménez Malla, “El Pelé”

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Fotografía retocada del Beato.

Pregunta: En los primeros meses de este blog publicaron ustedes un artículo sobre nuestra madre Santa Sara Kali, patrona de los gitanos. Los gitanos siempre hemos sido una etnia de segunda o tercera categoría, pero como católicos podemos presumir de tener un santo moderno, El Pelé, aunque sabemos muy poco de él. ¿Podéis hablarnos de nuestro santo? España.

Respuesta: En primer lugar, una afirmación rotunda: no estoy en absoluto de acuerdo contigo en que los gitanos seáis ciudadanos de segunda o tercera clase; aunque haya muchos xenófobos que así lo consideren, los gitanos sois exactamente iguales que los payos. Habrá gitanos buenos y gitanos malos, como hay payos buenos y payos malos. Es verdad que habéis sido perseguidos y que en muchos lugares se ponen trabas a vuestra total integración, pero gracias a Dios y a vosotros, eso va cambiando como es de justicia.

Dicho esto, hablemos de “El Pelé”, pero aclarando que oficialmente aún no es santo, sino beato. Se llamaba Ceferino Jiménez Malla y había nacido en Benavent de Segriá (Lérida) en el mes de agosto del año 1861, en el seno de una familia gitana católica; lo bautizaron en Fraga, provincia de Huesca.
Nunca fue a la escuela por lo que era analfabeto, algo muy común en la época y más, entre los gitanos; su lengua era el caló aunque hablaba también el castellano y algo de catalán. Desde que tuvo edad suficiente, se dedicó a comerciar con caballos y burros, lo que llamaríamos hoy: era un tratante y este fue su trabajo hasta su muerte. Era conocido entre los gitanos y payos como “el tío Pelé” y vivió como nómada los cuarenta primeros años de su vida. Se decía de él que poseía “un tino especial para intervenir en los conflictos surgidos entre los de su raza”.

En el año 1879 se casó según el rito tradicional gitano, con Teresa, una gitana de su misma clase y posición social, pero en el año 1912 se obró en él lo que llamaríamos el gran milagro de la conversión: se propuso ser un buen cristiano y de veras que lo fue hasta el momento de su martirio.
Comenzó a frecuentar los llamados Jueves Eucarísticos y una asociación caritativa vinculada a San Vicente. Se casó con Teresa por la iglesia iniciando juntos una vida plenamente cristiana, dedicados a la caridad y a vivir una vida de fe.
Como no tenían hijos, adoptaron a una niña, que era sobrina de su esposa, pero en el año 1922, su mujer murió y su hija adoptiva se casó.

Monumento dedicado al Beato en Conchel, España.

Hubo un hecho que hizo que se acrecentara su fama: el ex alcalde de Barbastro, Rafael Jordán, enfermo de tuberculosis, sufrió un vómito de sangre mientras iba por la calle. Ceferino, sin temor a la sangre y sin miedo al contagio, le ayudó y lo llevó a su casa. Su hermano, como recompensa, le ofreció dinero para ir a Francia a comprar un vagón de mulas con las que consiguió bastante dinero que le ayudó aun más en sus obras de caridad.

Como había logrado aprender suficientemente el catecismo, Ceferino siempre que podía, aun en las ferias de ganado, reunía a los niños, les enseñaba a rezar y les hablaba de Jesucristo, de la Biblia y de la vida de los santos. Israel Cortés, conocido como “el Bomba” y que era uno de esos niños, lo cuenta con gracejo: “Nos enseñaba cantando”.

Siempre se ha dicho que la Guardia Civil y los gitanos no eran buenos amigos, pues bien, según manifestó el guardia civil Antonio Valerio, un día, el Pelé se presentó en una feria con unas mulas y otro comerciante lo denunció diciendo que las había robado. Lo defendió su amigo el abogado y catedrático Nicolás Santos de Otto. El juez lo absolvió al comprobar que las mulas las había robado el que se las vendió a Ceferino. El juez dijo: «El Pelé no es un ladrón, es San Ceferino Jiménez, el patrono de los gitanos».

En el año 1926 entró en la Orden Tercera de San Francisco de Asís, o sea, desde entonces fue franciscano seglar, intensificando su vida religiosa, dándose aun más a la oración y a las obras de caridad. Cuidaba especialmente a los pobres, combatía enfáticamente el lenguaje soez y la blasfemia, como he dicho, reconciliaba a los que estaban peleados, era siempre honesto en sus tratos de ganados y en su casa, siempre había sitio para los mendigos.
Lo distinguía también algo muy especial: su amor a la Eucaristía, por lo que diariamente acudía a misa y también diariamente, rezaba el rosario.

Martirio del Beato y compañeros. Lienzo contemporáneo.

Cuando en el año 1936 estalló la guerra civil en España por el levantamiento de un grupo de militares contra el gobierno legítimo de la República, se cometieron atropellos por ambos bandos y muchos cristianos, religiosos y laicos, dieron su vida por la fe.
Ceferino tenía setenta y cinco años y un día, el 20 de julio de 1936, se topó con el arresto de un sacerdote por parte de unos milicianos. Al presenciarlo, dijo indignado: “¡Válgame la Virgen! ¡Tantos contra uno y además inocente!”. Lo registraron y le encontraron en el bolsillo el rosario y una navajita. Le dijeron que lo tirara o que lo escondiera, pero él se negó y eso bastó para que lo amarrasen, lo llevaran a la cárcel. Un amigo le recomendó que disimulara sus devociones, pero él se negó.

El día 9 de agosto de 1936, afrontó el martirio con una enorme entereza de ánimo, llevando el rosario en sus manos y gritando: “Viva Cristo Rey. Fue fusilado en el cementerio, junto con otras diecinueve personas. Su nieta, recordando a su abuelo adoptivo, dijo: “Todo aquello que ha hecho el tío Pelé, lo hacía con amor; el amor le salía por todas partes”.
Ángel Maria Fandos, en su libro: “El Pelé, un gitano con madera de santo”, dice: “Nunca habían conocido los pueblos de la región a un gitano más honrado, más caballero, más leal y más cristiano”.
Su cuerpo, aunque fue recogido por unos gitanos, fue sepultado en una fosa común junto con otras víctimas aunque pudo recuperarse su rosario.

Capilla dedicada al Beato en Barbastro (España). El relicario visible contiene su rosario.

El decreto de introducción de la Causa de beatificación, lo firmó el obispo de Barbastro en noviembre de 1993. “Todos los obispos de Aragón han visto con «beneplácito» el inicio del proceso. Se ha constituido ya el tribunal diocesano encargado de examinar la fiabilidad de los testigos. En una primera reunión se han estudiado su vida y sus escritos, que en este caso no existen, al ser analfabeto”.

El 4 de mayo de 1997, fue beatificado en la plaza de San Pedro, en el Vaticano; era el primer beato del pueblo gitano y en dicha ceremonia, el papa San Juan Pablo II lo puso como modelo y ejemplo para todos los cristianos: gitanos y payos.

En estos tres vídeos se narra mucho más detalladamente la vida y el martirio del Beato Ceferino:
Testimonio de fe de un gitano mártir (1)
Testimonio de fe de un gitano mártir (2)
Testimonio de fe de un gitano mártir (3)

Antonio Barrero

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Beatos Mártires de Vila-real (II)

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Beatos mártires Hospitalarios. Lienzo contemporáneo.

Los dos primeros mártires de los que a continuación voy a reseñar brevemente su vida sufrieron martirio dentro del conocido grupo de «Mártires Hospitalarios de Calafell» (Tarragona). Veamos como sucedieron los hechos.
Los mártires Hospitalarios de Calafell fueron quince en total. En el «Santuario Marítimo de San Juan de Dios» convivían, además de los enfermos, en su gran mayoría niños, una comunidad y el noviciado. Vivieron en paz hasta el 22 de julio de 1936, en que la parroquia del pueblo (Calafell) fue profanada.

El 24 de julio, sobre las dos y media de la tarde, el Sanatorio se vio invadido por un grupo de milicianos armados, que los registraron buscando armas sin encontrar nada.
Se fueron prometiendo volver al día siguiente con personal para el Hospital y les exigieron que se quitaran los hábitos. «Ya nadie viste hábitos; todos somos iguales».
Pasaron la noche de preparación y de reparación; confesiones, adoración… Durmieron muy poco, esperaban que esa noche fuera la última que pasarían allí. El sábado 25 muy de madrugada celebraron la misa, durante el día los religiosos se recogían visitando al Señor con cierto nerviosismo. Hacia las seis de la tarde aparecieron los milicianos, pidieron las llaves al Superior y se hicieron cargo de todo.

Los religiosos seguirían hasta que llegase el personal suplente, pero bajo las ordenes de los milicianos. El domingo día 26 ya no hubo misa y se rezaba en la capilla del noviciado. Al levantar los novicios a los niños y rezar se les prohibió hacerlo, burlándose y mofándose de la religión; les decían que a cambio de rezos tendrían juguetes y cine en la capilla, y que en adelante serian despertados con el grito:«No hay Dios!» y contestarían;«¡Viva el comunismo!».
Pasaron el día con un gran temor, mientras por la noche y orientados por el maestro de novicios, se hicieron actos de desagravio.

El lunes a las tres de la madrugada se celebró la Eucaristía y todos comulgaron. Con ello se encontraron con más ánimos. A media mañana llegaron algunas mujeres como enfermeras, pero en vez de preocuparse de los enfermos, comían y bebían sin cesar, hasta ponerse ebrias y decir: «Estos frailes son nuestros criados; ya era hora de que esto cambiara».
El maestro de novicios y el Superior ante lo que estaba ocurriendo, sostenían y animaban a los Hermanos y Novicios de todas las formas posibles.
El martes de madrugada celebraron también la misa; los milicianos se dedicaron a eliminar todas las señales religiosas y profanándolas decían: «Con este Cristo tenemos que acabar».

Martirio de los Hermanos de San Juan de Dios de Calafell. Lienzo contemporáneo.

Mientras los religiosos prepararon su equipaje e incluso se les proporcionó documentación para viajar a Francia, ante la creencia de que saldrían libres ese mismo día. El jueves día 30 celebraron la ultima misa muy de madrugada; antes de comulgar el maestro de novicios les dirigió unas palabras sentidísimas: «Amadísimos hermanos; vais a recibir de mis manos pecadoras el Cuerpo adorable de Nuestro Señor Jesucristo, oculto en esta pequeña Hostia. Yo no lo se, pero tal vez sea la ultima vez que le recibimos oculto bajo estos velos de pan, en este miserable destierro de lágrimas. Avivemos por lo tanto nuestra fe; digámosle con los apóstoles:»Señor aumenta en nosotros la fe». Pronto, muy pronto vamos a tener la inefable dicha de verle sin velos, tal cual El es y poseerle sin temor a perderle.¡Oh amadísimos hermanos! ¡Que dicha la nuestra si el Señor nos concediera tanta felicidad! Y ¿quien la rehusará cuando en estos momentos parece como que nos conducen en triunfo a este final glorioso? ¡Animo y adelante, hasta el martirio si es preciso!»….

Resultaron palabras proféticas. A las nueve los reunió el jefe de los milicianos y les dijo: «Los que quieran marcharse pueden hacerlo, pero no les podemos dar salvoconducto, ni documentación alguna, ni respondemos de sus vidas una vez salgan de la Casa. Los que quieran pueden quedarse con nosotros».
La mayoría opto por salir, «pues si nos quedamos corremos el peligro de perder nuestras almas».
Los novicios se despidieron con un beso a la imagen de la Virgen del noviciado y dándose un abrazo fraterno entre todos bajaron a la portería. Mientras los jefes determinaron dejar ocho Hermanos para el servicio del Sanatorio. Los otros, confiados a la Divina Providencia salieron en dos grupos hacia las estaciones del tren de Sant Vicenç de Calders (El Vendrell) y Calafell.

Capilla-sepulcro de los Beatos mártires Hospitalarios. Hospital de Sant Joan de Déu, Sant Boi del Llobregat, Barcelona (España).

De camino, los milicianos entresacaron al Beato Constancio Roca y junto a la vía lo ametrallaron. Un poco después recogieron a los dos grupos en una misma camioneta y ya siguieron juntos hasta el final.
Fueron llevados primero a la Plaza de Vendrell, donde un gran gentío estaba profanando la iglesia; y mientras los jefes decidían qué hacer, el gentío quiso apoderarse de ellos.
Al fin de nuevo en la camioneta se los llevaron en dirección a Barcelona. A pocos kilómetros, observando el maestro que les seguían otros coches les advirtió: «Hijos mios, ahora nos van a matar; haced un acto de contrición que os voy a dar la absolución»; y absolvió a todos.

Todavía sin pasar del termino de Calafell pararon las camioneta, los bajaron y fueron dispuestos para su sacrificio. Cuatro jóvenes fueron excluidos y los dejaron libres; otros dos más expresaron su deseo de unirse a ellos sin recibir respuesta alguna. Y así, sin consideración alguna, en numero de catorce fueron acribillados al grito de «Fuego».
Participaron unos 19 milicianos, mientras los humildes mártires cayeron bajo las balas envueltos en su sangre y al grito de «Viva Cristo Rey«. Eran sobre las cinco de la tarde.

Registrados los cadáveres, encontraron que llevaban el Detente del Sagrado Corazón. Los milicianos burlándose decían «Detente bala» y aun después golpearon los cadáveres con los fusiles.
Enterrados en el cementerio de Calafell, fueron trasladados el 23 de junio de 1940 a una cripta construida bajo la iglesia del Sanatorio, y en septiembre de 1972, a Sant Boi de Llobregat, a una de las capillas de la iglesia del «Hospital Sant Joan de Deu-Serveis de Salut Mental».

Con ocasión de la beatificación, los restos de los 15 mártires de Calafell, mas de los Beatos Juan Bautista Egozcuezabal y Francisco Javier Ponsa, fueron colocados y son venerados en una capilla lateral de la misma iglesia.

Beatos Enrique Beltrán Llorca y Domingo Pitarch Gurrea

Urna con los restos del Beato Enrique Beltrán Llorca.

Enrique Beltrán nació en Vila-real (Castellón) el 14 de noviembre de 1899, siendo bautizado el día 26. Educado en el colegio de los PP. Franciscanos, frecuentaba su parroquia y pasaba su juventud practicando obras de misericordia.
Tomó la decisión de hacerse religioso de San Juan de Dios a los 36 años, junto con su amigo Domingo Pitarch ingresando en Sant Boi de Llobregat (Barcelona) e iniciando el noviciado el 6 de marzo de 1936,en Calafell (Tarragona).
Su relación con el maestro de novicios y los compañeros le ayudaron a sobrellevar los días del 24 al 30 de julio, pasados entre los milicianos en el sanatorio.
Al ser invitado el día 30 a quedarse, prefirió marcharse aceptando los riesgos a que se exponía. Siguió voluntarioso con los compañeros hasta el momento del martirio. Pero afectado ante los disparos, emprendió la carrera, siendo alcanzado y muriendo testimoniando su fe cristiana. Tenia 36 años.

Domingo Pitarch nació en Vila-real el 12 de febrero de 1909 y fue bautizado el día 14.
Se educó en el colegio de los PP. Franciscanos, pasaba su juventud cristianamente, trabajando en una farmacia. Sensible ante los enfermos, pidió en ingreso en la Orden Hospitalaria y en unión a su amigo Enrique Beltrán, se incorporó a la misma en Sant Boi de Llobregat en el año 1935.
Tras la primera orientación en Sant Boi, tomó el habito el día 6 de marzo de 1936 en Calafell.
Al igual que a su amigo, le ayudó mucho la relación con el maestro de novicios y los compañeros para sobrellevar los días pasados entre los milicianos en el sanatorio.
Al salir el día 30 llevó consigo un Cristo y el rosario, e intentando huir ante el tiroteo cayó herido al suelo, empapando entonces el Cristo y el rosario con su propia sangre. Antes de que lo remataran se los entrego a un miliciano, rogándole se los llevara a su madre. En el interrogatorio del Proceso su madre manifestó que nunca le llegaron esos objetos y el testigo Daniel Asunce, uno de los cuatro liberados, declaró que «los tiraron al suelo allí mismo y los patearon». Murió a los 27 años.

Listado de los 15 mártires Hospitalarios de Calafell:

Urna con los restos del Beato Domingo Pitarch Gurrea.

Entre paréntesis incluyo el nombre de nacimiento, si no se incluye entre paréntesis es que no llegaron a cambiárselo dentro de la Orden de los Hospitalarios o no pudieron llegar a ello por los sucesos ocurridos, sobretodo los novicios.

Braulio Maria Corres Díaz de Cerio (Pablo Corres Díaz de Cerio) 39 años
Julián Carrasquer Fos (Miguel Carrasquer Fos) 55 años
Eusebio Forcades Ferraté (Antonio Esteban Isidro Forcades Ferraté) 60 años
Constancio Roca Huguet (Saturnino Jaime Fernando Roca Huguet) 40 años
Benito José Labre Mañoso González (Arsenio Mañoso González) 57 años
Vicente de Paul Canelles Vives 42 años
Tomas Urdanoz Aldaz 33 años
Rafael Flamarique Salinas 32 años
Antonio Llauradó Parisi (Antonio Manuel y José Llauradó Parisi) 26 años
Manuel López Orbara 23 años
Ignacio Tejero Molina 20 años
Enrique Beltrán Llorca 36 años
Domingo Pitarch Gurrea 27 años
Antonio Sanchís Silvestre 25 años
Manuel Jiménez Salado 28 años

Abel

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Santa Fermina de Amelia, patrona de los navegantes

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Imagen procesional de la Santa que se venera en Civitavecchia (Italia).

La mártir de la que hablaré hoy, día de su fiesta, es patrona de la ciudad portuaria de Civitavecchia (Italia) y por detalles que veremos en su passio, también patrona de los marineros y navegantes. Aunque no es la única Santa, ni mucho menos, que ostenta este patronazgo, sí que lo tiene reconocido en las ciudades de Amelia y Civitavecchia y en las regiones de Umbría y el Lazio en general, donde aparece representada siempre portando un barco. Pero veamos qué sabemos sobre ella.

La passio no es anterior al siglo VI y según la misma, Fermina (del diminutivo latino firmina, es decir, “firme, fuerte”) era una virgen romana hija del prefecto Calpurnio y perteneciente a la ilustre gens de los Pisones. A los 22 años, viendo estallar la persecución contra los cristianos en tiempos de Diocleciano, huyó de Roma y se embarcó hacia la región de Umbría. A medio trayecto se desató una fortísima tormenta y la nave corría peligro de naufragio. Ella entonces subió a la cubierta barrida por las olas y ante la mirada atónita de la atribulada tripulación, se arrodilló y empezó a orar. Al término de su plegaria, la tormenta se había calmado y la nave estaba fuera de peligro. (He aquí pues, el por qué esta Santa es la protectora de los navegantes).

Habiendo llegado al puerto de Centumcellae (la actual Civitavecchia) vivió durante dos años refugiada en una cueva, haciendo vida de ermitaña. Las gentes del lugar, convencidas de su santidad, acudían a pedirle remedios o favores, y ella les predicaba el Evangelio, convirtiendo muchos a la fe cristiana. Cuando su fama se volvió demasiado grande, decidió embarcarse de nuevo hacia Amelia, siendo despedida con gran tristeza por sus seguidores.

En Amelia prosiguió su vida eremítica, pero ya era muy conocida a causa de sus predicaciones y pronto fue denunciada al prefecto de la zona, Olimpíades, quien mandó detenerla y traerla ante sí. Durante los interrogatorios quedó prendado de su hermosura e inteligencia, y trató de seducirla para que fuese suya. Fermina sorteó hábilmente las tretas del prefecto y, en lugar de caer en sus brazos, logró convertirle a la fe cristiana, por lo cual Olimpíades dio orden de liberarla. Ella misma le instruyó en la fe y le bautizó.

La Santa destruye "a distancia" el ídolo romano durante el interrogatorio. Óleo barroco en su iglesia de Civitavecchia, Italia.

Naturalmente, en cuanto las autoridades imperiales tuvieron noticia de la traición del prefecto, mandaron detenerlo y ejecutarlo. Tras ser decapitado, la misma Fermina recogió el cadáver del prefecto y le dio cristiana sepultura en un lugar llamado Agulianus, distante a ocho millas de Amelia, un 1 de diciembre. Entretanto, un nuevo prefecto fue enviado a la ciudad, éste llamado Majencio, y estaba claro que su primer objetivo iba a ser Fermina, la cual fue inmediatamente capturada cuando regresaba de enterrar a Olimpíades, y encarcelada de nuevo.

Como pese a las promesas y amenazas propias de los interrogatorios -que duraron veinte días- Fermina no aceptó sacrificar a los dioses romanos, se le aplicó tortura: un lictor llamado Orsicinio fue el encargado de flagelarla, pero al rato; conmovido por la fortaleza de la joven, arrojó el látigo a un lado y se negó a seguir golpeándola. Se le castigó severamente por ello, siendo ejecutado, y con él a un sacerdote de nombre Valentino, que le había bautizado poco después de su conversión. Esto ocurrió el 13 de diciembre después de que ambos hubiesen marchado a Rávena, por lo que el doble martirio no tiene lugar en Amelia ni tampoco antes del martirio de la propia Fermina. Ambos son reseñados en el Martirologio Jeronimiano.

Entonces, Majencio ordenó desnudar a Fermina, llevarla así al foro de la ciudad y allí colgarla de su cabellera frente a la vista de todos, y mientras tanto que le fueran quemando el cuerpo con antorchas. Como este cruel tormento no doblegó la voluntad de la muchacha, mandó encender una hoguera bajo ella y dejar que se quemase lentamente. Fermina rezó en voz alta hasta que el humo la envolvió y la asfixió. Su cuerpo fue sepultado junto al de Olimpíades.

Martirio de la Santa, obra original de L. Fontana, robada en septiembre de 1975, fue reconstruida por el pintor milanés Luca Pagani el 24 de noviembre de 1999. Iglesia de la Santa en Civitavecchia, Italia.

Tal es lo que nos dice el relato. Pero, ¿es verídico? Ya he comentado antes que data del siglo VI, por lo que es relativamente tardío (recordemos que el martirio habría tenido lugar en el siglo IV), pero un documento más reciente, Catalogus codicum hagiographicorum latinorum Bibliothecae Vaticanae, recogido por A.Poncelet y editado en Bruselas, año 1910; mantiene los mismos sucesos que ya he relatado pero indica que la mártir no fue sepultada en Cemtumcellae (Civitavecchia) sino en Amelia, el día 20 de diciembre. Un tercer texto (BHL, suppl. pág.126) dice que sus reliquias fueron encontradas en Amelia a finales del siglo IX, después de haber estado perdidas nada menos que quinientos años.
Sobre la autenticidad de todos estos datos, el hagiógrafo Lanzoni ha demostrado que las dos ubicaciones dadas al sepulcro de la Santa (es decir, Cemtumcellae y Amelia) demuestran dos lugares de culto a la misma. De hecho, en Amelia ya se le rendía culto antes del hallazgo de sus reliquias en el s.IX.

Pero sucede que en el Martirologio Jeronimiano, fuente en que se basa la passio que he relatado, no menciona la existencia de ninguna mártir de nombre Fermina en la zona del Lazio y Umbría. ¿Cómo es posible? Lanzioni, con tal de arreglar este problema, propone que Fermina debe ser identificada con las también mártires Iluminada y Felicísima, todas ellas veneradas en Umbría. Es decir, que los nombres de Iluminada (“llena de luz”) y Felicísima (“llena de felicidad”) serían nombres simbólicos de dos Santas que en realidad serían una sola: Fermina. Esta hipótesis es muy probable, ya que no sería el único caso de desdoblamiento (triplicamiento, en este caso) hagiográfico. También se ha dicho esta Santa Fermina de Amelia podría ser un desdoblamiento de la Santa Fermina africana, que el Martirologio Jeronimiano recuerda el 9 de octubre.

En la iconografía aparece representada como una doncella romana que porta un barco, símbolo de su patrocinio sobre los puertos y las gentes del mar, y con una antorcha encendida, principal instrumento de su martirio. Es patrona de las ciudades de Civitavecchia y de Amelia; por lo que suele aparecer en los puertos e intercediendo por las naves afectadas por una tormenta. Yo misma vi una imagen suya sobre el faro del puerto cuando atraqué en Civitavecchia en 2008.

En resumen: nuestra Santa de hoy parece ser una mártir real, de culto muy antiguo y reliquias presentes y veneradas, pero cuya passio es más bien tardía y su identificación un poco conflictiva, pudiendo tratarse de una mártir africana, o de una mártir italiana que ha sido desdoblada en tres: Fermina, Iluminada y Felicísima, siendo estos dos últimos nombres simplemente un adjetivo del primero.

Meldelen

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Santa Radiana (o Radegunda) de Wellenburg

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Grabado alemán de la Santa con donante.

Pregunta: ¿Qué me podrían contar sobre la vida de Santa Radiana? Alemania.

Respuesta: Pues sinceramente muy poca cosa, porque casi nada se sabe de ella, aunque es una santa venerada a nivel local en algunas regiones alemanas. Es de esas santas medievales, de las que históricamente se sabe muy poco, pero sobre las que se ha escrito bastante, inventándose su vida en la mayoría de las ocasiones.

Según una tradición oral, que solo ha sido escrita en época relativamente reciente y en la que se confunden datos históricos con leyendas puras y duras, Santa Radiana nació en Wulfertshausen, cerca de Augsburg, donde se dice que se conserva su casa natal.
Fue contratada como empleada doméstica (criada) en el castillo de Wellenburg, cuyo propietario era un noble llamado Portner, que vivía en Augsburg. Según Stadler, el castillo perteneció a los Portner hasta el 1329, mientras que se habla de la vida de la santa como doméstica alrededor del 1330 (un año más o menos no es nada), pero algunas fuentes dicen que la santa vivió en tiempos del obispo Wolfhart de Roth (1290-1302), por lo que para que cuadren las fechas, habría que decir que la santa nacería en el 1290 como muy pronto.

Se distinguió por ser muy trabajadora y muy piadosa y por dedicar su tiempo libre al cuidado de los enfermos en una leprosería cercana al castillo.
Yendo un día a aquel lugar, fue atacada por unos lobos y murió tres días más tarde. El dueño del castillo quiso sepultarla en la sepultura familiar, pero los bueyes que tiraban del carro donde iba el ataúd tiraron hacia la leprosería y allí fue sepultada; (con todos mis respetos, comprenderás que esto es pura leyenda). Son infinitos los casos en los que los animales dicen cómo hay que hacer las cosas santas: sepultar santos, llevar imágenes, etc.

Inmediatamente después de su muerte recibió culto popular y en el lugar donde estaba sepultada se erigió una capilla, de la que existe documentación escrita del año 1422.
Todas las leyendas se ocupan principalmente de la historia de la veneración a la santa por los alrededores de Augsburg e incluso en esa ciudad. Y así, se dice que sus restos fueron puestos sobre el altar mayor de la capilla en el año 1492, que se construyó una nueva iglesia en el año 1521, que se acuñaron medallas con la efigie de la santa en 1521 y en 1538, que el conde Fugger hizo una solemne traslación de las reliquias en el año 1691, que por temor a unas guerras fueron nuevamente trasladadas en 1703 y en 1796, etc. O sea, se escribe bastante sobre hechos relacionados con su culto, pero nada de nada sobre su vida.

La Santa atacada por los lobos. Grabado medieval alemán.

En el año 1810 el gobierno bávaro abolió el culto que se le tributaba en la capilla de su tumba. Las reliquias fueron llevadas entonces a la parroquia de Bergheim y posteriormente, el día 5 de agosto del 1812 a Waldberg, donde siguen las peregrinaciones.
En la festividad de la santa, las llamadas “ocho vírgenes de Radiana” tienen por costumbre sacar en procesión su efigie portando panes y frutos en recuerdo de su generosidad.

Como no se sabe el día de su muerte, los bolandistas le han adjudicado el día 13 de agosto, que es la fecha de otra santa de su mismo nombre y que fue reina de los francos (Santa Radegunda de Francia), por lo que esta fecha fue puesta sin motivo alguno de peso. Por eso, en Alemania se celebra el cuarto domingo y el lunes siguiente a ese domingo, posterior a la fiesta de Pentecostés, que es cuando se realizó el traslado de las reliquias en el año 1691.

Se la representa vestida humildemente, con ropa de criada, con un peine y un cepillo o incluso con una tinaja. Otras veces la han pintado en el momento en el que era atacada por los lobos.
Las representaciones más importantes son tres bajorelieves en madera de Hans Burgkmair, de 1521, y que están en las iglesias de Haselbach y de Stätzling y una obra de O. Kobel (1962-63) representando su vida y que se encuentra en la capilla de la santa en Wellenburg.

Antonio Barrero

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Beatas Mártires de Algemesí: historia de una madre y sus cuatro hijas

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Estampa de las Beatas mártires: la madre, Maria Teresa (centro) y las cuatro hijas, tres clarisas y una agustina, a su alrededor.

Su culto en su ciudad natal, Algemesí (Valencia, España) es casi inexistente, ensombrecido por la radiante aura de la devoción a Nuestra Señora de la Salud, patrona; y de la Beata Josefa Naval Girbés, virgen seglar y también vecina; lo que no quita que su memoria haya decaído en absoluto. De hecho, si preguntas a cualquier vecino del lugar sobre ellas, pondrá un rostro nostálgico al recordar y te dirá: “Saps, xiqueta? Hi havia una mare que tenia quatre filles…”

Sí, así fue. Una madre con sus cuatro hijas, que las vio morir a todas antes de ser también ella ejecutada. La llamada Creu Coberta [1] fue lo último que vieron. Una guerra cruel como sólo puede ser la guerra entre hermanos, el odio a su fe y la falta de compasión de sus semejantes, las arrasaron. Pero de la misma manera que los vecinos de Algemesí no las han olvidado, yo voy ahora a presentároslas para que las recordéis, remarcando su nombre en negrita para identificarlas mejor.

La madre y principal protagonista de esta sangrienta historia, Maria Teresa Ferragut Roig, había nacido el 14 de enero de 1853 y se la bautizaría el mismo día en la parroquia de Sant Jaume Apòstol, hoy Basílica Menor. Recibió una esmerada educación cristiana de sus padres, lo que se manifestaría a lo largo de su vida hasta el momento de su martirio: cristiana comprometida, modelo de joven, de esposa y de madre. Cuando contrajo matrimonio, a los 19 años de edad, el 23 de noviembre de 1872 con Vicent Masià Ferragut, de 21 años, se estaban poniendo los cimientos de un sólido hogar cristiano, que vería nacer a nueve hijos; los seis que sobrevivieron se consagraron a Dios: cuatro hijas clarisas capuchinas, una hija agustina, un hijo sacerdote capuchino.

Sus dos hijas mayores, que no recibieron el martirio y por tanto no entran en nuestra historia, fueron Maria Teresa y Maria Felicitat. La primera nació el 18 de septiembre de 1873 e ingresó como religiosa en el convento de San Julián de las Agustinas Ermitañas de Valencia, con el nombre de Sor Concepción, muriendo en 1927. Maria Felicitat nació el 5 de junio de 1876 y murió muy pronto, por lo que no debe ser confundida con la otra Maria Felicitat, nacida después, que sí será mártir.

Estampa de las tres Beatas mártires clarisas capuchinas: Maria Verònica, María Jesús y Maria Felicitat.

La vida piadosa de Maria Teresa era muy intensa: recibía la comunión todos los días, ayunaba también diariamente y fomentaba en su alrededor un espíritu de servicio al prójimo. Fortalecía su carácter con ejercicios espirituales y la lectura de las Sagradas Escrituras, hasta el punto de convertirse, como veremos, en el modelo de mujer fuerte bíblica.
Fue devota del Santísimo Sacramento y del Sagrado Corazón de Jesús, rezaba el rosario diariamente y ayudaba a los más necesitados desde la Conferencia de San Vicente de Paúl, de la cual llegó a ser presidenta.
No es de extrañar que sus hijas sean dignas herederas de tal espiritualidad.

Maria Vicenta Masià Ferragut nace el 12 de enero de 1882 y ese mismo día la bautiza el párroco Joaquim Cabanes. Fue confirmada en la misma parroquia de Sant Jaume el arzobispo de Valencia, mossén Sebastián Herrero Espinosa y de los Monteros, el día 19 de mayo 1889. Ingresó en el convento de clarisas capuchinas de Agullent (Valencia) el 13 de diciembre de 1900, a los 18 años de edad, tomando el nombre de Maria Jesús, y profesó el 26 de enero de 1902.

Maria Verònica Masià Ferragut nace el 15 de junio de 1884 y es bautizada el día siguiente por d. Josep Sanchis Beneficiado. Recibe la confirmación en 1899. Al igual que su hermana mayor, ingresa en el convento de clarisas capuchinas de Agullent y viste el hábito el 18 de enero de 1903.

Maria Felicitat Masià Ferragut nace el 28 de agosto de 1890 y al igual que sus dos hermanas mayores, ingresa en el convento de clarisas capuchinas de Agullent el 17 de abril de 1909, emitiendo los votos perpetuos el 26 de abril de 1913.

Josefa Ramona Masià Ferragut nace el 10 de junio de 1897 y será la menor de las mártires, pero al contrario que sus hermanas mayores, no se sentirá atraída por ser clarisa capuchina, sino que será agustina. A tal efecto ingresará en el convento de agustinas de Benigànim, donde se santificó la célebre Beata Josefa Maria de Santa Inés. Allí tomará el nombre de sor Josefa de la Purificación.

Fotografía de la Beata Josefa de la Purificación el día de su profesión como agustina en Benigànim.

Una de las hermanas que sobrevivieron a la guerra, de nombre Purificación –no confundir con sor Josefa de la Purificación, mártir- nos deja este bello testimonio de sus hermanas antes de entrar en religión: “(…) frecuentaban los sacramentos, y comulgaban cada día. Nunca se las vio en lugares públicos. Mi madre supo educar a mis hermanas, inculcándoles el santo temor de Dios». También dice, refiriéndose a las tres clarisas, con las cuales compartía convento: «Durante su vida en el monasterio observaban una conducta que causaba la admiración de las otras monjas por su ejemplo, propio de su profesión. A pesar de ser hermanas, no existía entre ellas distinción entre sí con respecto a las otras. Las tres hermanas eran muy estimadas por la comunidad. Su piedad era sólida y vigorosa, inculcada por nuestra querida madre. Eran amantes del sacrificio y muy observantes del silencio, de la Regla y de las Constituciones». Y la hermana Bienvenida Amorós, también religiosa en el convento de Agullent, nos cuenta: «Jamás oí crítica alguma sobre la actuación de estas religiosas. Eran de una piedad sólida. Entregadas especialmente a la oración y a la presencia de Dios, que reflejaban. Eran muy humildes y siempre dispuestas a sacrificarse por las demás. Eran devotísimas de la Eucaristía y de la Santísima Virgen y, extraordinariamente, de la Pasión del Señor«.

En 1931, con el advenimiento de la Segunda República Española, salen unos días del convento para reunirse con su familia, pero tras dos meses volverán al mismo. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil en 1936 las hace salir del convento a las cuatro: las tres clarisas y la agustina regresan a casa con sus padres, asustadas ante las terribles noticias de conventos incendiados y religiosas asesinadas. Maria Teresa acoge a sus hijas con cariño y se esfuerza por garantizarles en casa un ambiente semejante al convento: hasta el 16 de octubre, harán vida de comunidad, completamente entregadas a la oración.

El 19 de octubre llega la prueba: a las cuatro de la tarde acuden los milicianos con expresa orden de llevarse a las religiosas. Entonces Maria Teresa se negó a dejarlas y dijo: “Donde estén mis hijas, ahí debo estar yo”. De modo que se las llevaron a las cinco detenidas y las encarcelaron en el convento cisterciense de Fons Salutis [2], en la misma ciudad de Algemesí, que entonces servía de checa. Allí permanecieron ocho días, serenas y resignadas, conscientes de que iban a morir.

Vista de la Creu Coberta, a medio camino entre Algemesí y Alzira (Valencia, España). Lugar de martirio de las Beatas.

Finalmente, el 25 de octubre, domingo y festividad de Cristo Rey, los milicianos las sacaron para fusilarlas. Aun entonces quisieron dejar libre a la madre, que era muy anciana (83 años), pero Maria Teresa se negó rotundamente. Llevadas en camión a la ya mencionada Creu Coberta, quisieron fusilar primero a Maria Teresa para ahorrarle sufrimiento. Pero ella, viendo que los milicianos dirigían halagos y obscenidades a las religiosas, temiendo que quisiesen violarlas una vez ella estuviese fusilada, exigió ser la última en morir y dijo: “Quiero saber qué hacéis de mis hijas, y si las vais a fusilar, quiero que me fusiléis a mí la última”. Y a ellas les decía: “Hijas mías, sed fieles a vuestro Esposo celeste y no queráis ni consintáis los halagos de estos hombres. No temáis, que la muerte es cuestión de un momento y el cielo es para siempre». Y así, como la Madre de los Macabeos, vio morir una a una sus cuatro hijas, y finalmente murió ella, tranquila de ver que ninguna había sido ultrajada. Las cinco murieron gritando: “Viva Cristo Rey y perdonando de todo corazón a sus verdugos.

Los cuerpos de las cinco mártires fueron enterrados en Alzira, porque el lugar del martirio pertenecía al término de dicha ciudad, pero posteriormente fueron desenterrados y trasladados a la parroquia de Sant Jaume. En 1961 fueron solemnemente trasladados a la parroquia de San Pío X, donde actualmente reposan, bajo el altar de la capilla del Sacramento.
Una reliquia incorrupta de la Beata Josefa de la Purificación, con una de las balas todavía incrustada, se venera en el convento de las agustinas de Benigànim, en un altar dedicado especialmente a ella.
Amparo Sanchis, vecina de Algemesí, dijo en el solemne acto de la traslación de las reliquias «que era un honor para la Iglesia y en especial para la iglesia de Algemesí que el Señor nos haya concedido en Mª Teresa y sus hijas un referente de lo que es vivir la fe, en contraposición de las referencias que nos ofrece la sociedad de hoy. El Papa nos pone a la vista la vida de personas cercanas a nosotros que nos indican que hay otra forma de vivir.» Mientras, el coro entonaba el “Apresadas y llevadas a morir”, himno de las Beatas compuesto para la ocasión, con el que cierro el artículo.

Desde el instante de la muerte se tuvo conciencia de que habían muerto mártires de Cristo y así se aceptó, empezando el proceso de beatificación muy pronto. En 1999 se promulgó el decreto de martirio de las cuatro hermanas, siendo incluida la anciana madre, y finalmente, fueron beatificadas por el papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001, en la ceremonia de beatificación de tantos mártires valencianos.

Vista del altar donde reposan los restos de las Beatas. Parroquia de San Pío X, Algemesí (Valencia, España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

Sí, así fue. La Creu Coberta fue lo último que vieron. Siempre que paso en coche por este término y veo la cruz, me acuerdo de ellas. Y todos los vecinos de Algemesí, también.

Apresadas y llevadas a morir,
Maria Teresa y sus hijas:
Josefa, Maria Jesús, Verónica, Felicidad.
“No temáis a estos verdugos
Mostraos dignas de vuestra vocación
Tenemos un Rey que nos ama
La muerte no nos separará de Él.
El Señor Dios vela y se apiadará de nosotras.”
Aquella madre, al ver morir a su hijas,
sufría con valor
porque tenía la esperanza puesta en el Señor.
“¡Ánimo ¡Ánimo!, Apiadaos de mí...mirad al cielo.
Mirad al cielo…”

Meldelen


[1] La Creu Coberta (Cruz Cubierta) es un hito a medio camino entre los términos de Algemesí y la vecina Alzira consistente en una cruz de piedra cubierta también por una bóveda de piedra que, según la tradición, marcaría el lugar donde el rey Jaime I (dicho el Conquistador) falleció mientras regresaba al monasterio de Poblet. Aquí fueron fusiladas nuestras Beatas.
[2] Este convento, que todavía existe, ha quedado recientemente vacío debido a la falta de nuevas vocaciones. Comprado por el Ayuntamiento, se espera que actualmente pase a convertirse en la nueva sede del colegio diocesano Maria Auxiliadora.

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