El monacato sirio primitivo (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Monasterio de San Moisés el Etíope en Siria.

Ahora trataremos un poco sobre el cenobitismo en esta región. Como hemos insinuado en el artículo anterior, el eremitismo es la forma monástica estable más antigua del monacato sirio. La vida comunitaria llegaría tiempo después. Lo que parece bien adquirido para los estudiosos es que ésta empezó a partir de algunos anacoretas con fama de santidad que atrajeron discípulos con quienes organizaron comunidades relativamente cenobíticas. Y decimos relativamente porque, desde sus inicios, no es muy claro hasta qué punto estas agrupaciones llevan una vida perfectamente comunitaria o simplemente son congregaciones de eremitas.

Uno de los “padres de monjes” más famosos del cenobitismo sirio es Julián Saba. No se sabe nada de sus orígenes; tan solo se especula que pudo haber sido natural de Osroene, y que abrazó la vida monástica siendo muy joven. Vivió en una cueva a veinte kilómetros de Edesa. Llevaba una vida extremadamente austera: vestía de saco, solo comía pan de mijo y bebía agua de un rio cercano. No aceptaba dinero de nadie y con frecuencia emprendía largas y penosas peregrinaciones. Este santo eremita pronto se vio rodeado de discípulos, los cuales moraban en cuevas cercanas a la suya. El plan de vida cotidiana que seguían era así: se reunían al amanecer y al caer de la tarde para cantar salmos en comunidad; en medio de estos dos momentos, a lo largo del día, se adentraban en el desierto de dos en dos y dedicaban el tiempo a la oración. Un horario muy simple, como se ve, si comparamos las diversas actividades diarias a que se dedicaban los monjes pacomianos en Egipto. Julián Saba muere en 366-367. San Efrén escribe elogios a este varón de Dios, e insiste en que su palabra y su ejemplo motivaron a muchos a seguir su estilo de vida. Jaime el persa, uno de los discípulos de Julián, morirá a los 104 años de edad en cierto monasterio de Siria. Otro discípulo, Asterio, fundará un monasterio en Gindarus, cerca de Antioquía.

Detalle de un fresco en el monasterio de Mar Mousa, ubicado en el desierto sirio.

Otro importante padre de “cenobitas” es Abrahán Quidunaia. Es probable que también haya sido natural de Osroene. Resolvió hacerse monje tras haber asistido a una boda. Se retiró a una casa abandonada, a tres kilómetros de Edesa. La fama de sus virtudes se propagó por toda la región. Y hasta tal punto, que el obispo y el clero le confiaron llevar el anuncio kerigmático a los habitantes de Quidún, un pueblo cercano, que hasta el momento se habían resistido al empeño de los misioneros. Y efectivamente, Abrahán logra la conversión de todo el pueblo. Cumplida esta tarea, regresa a su soledad y a sus penitencias. Muy pronto llegan los discípulos, y a su alrededor se forma una comunidad. Y pasado el tiempo, considerando que su misión como superior había llegado a su fin, resolvió vivir como recluso, y así estuvo los últimos once años de su vida. Muere alrededor del año 367.

Y así fue estableciéndose por toda Siria y Mesopotamia comunidades monásticas que trataban de llevar vida cenobítica. Pero hemos mencionado ya que a la vieja guardia del monacato sirio repugnaba el ideal comunitario, sobre todo por dos razones. En primer lugar, si una de las observancias más importantes de la vida del monje es la pobreza radical, no es coherente con ello el construir grandes edificios para albergar a una comunidad. Y en segundo lugar, la idea de la obediencia a un régimen común de vida si que no les simpatizaba: ya hemos visto la gran libertad y originalidad de los viejos monjes sirios en materia de ascesis, y por supuesto, dicha libertad se vería coartada por una disciplina común.

Fotografía de Isaac, monje sirio en la actualidad, en la puerta del monasterio.

Pero en la segunda mitad del siglo IV el ideal cenobítico empieza a ser aceptado en la región. Tenemos el caso de Agapito, discípulo del eremita Marciano. A la muerte de su padre espiritual, marcha a Apamea donde funda dos monasterios, en donde adapta los preceptos y enseñanzas de Marciano al nuevo género de vida. El éxito de las fundaciones es incuestionable, y pronto los hijos espirituales de Agapito fundan más monasterios en la región. Toda esta estirpe de cenobios se consideraban herederos de las “tradiciones” del santo anacoreta Marciano. Otro caso elocuente es el de Eusebio, recluso de Teleda. Cerca había un monasterio dirigido por un higúmeno llamado Ammiano quien, deseando deponer su alto cargo, suplicó a Eusebio que tuviera a bien relevarlo. Después de mucho rogar, Eusebio acepta, y alcanza fama de varón virtuoso, lo que atrajo muchos hermanos a la comunidad. Desde entonces el monasterio de Teleda ocupará un lugar importantísimo en la vida del patriarcado antioqueno. Un tiempo después, Eusebonas y Abibión, discípulos de Eusebio, fundarán un segundo monasterio en Teleda, en el cual habitará San Simeón el estilita. Otro ejemplo es el de Publio, oriundo de Zeugma, de familia senatorial. Viviendo como ermitaño, empezó a recibir numerosos discípulos de lengua griega con los cuales fundó un monasterio. Después llegaron otros novicios de lengua siríaca; esto obligó a Publio a edificar un segundo monasterio para ellos. Ambas comunidades tenían un solo oratorio, en donde cantaban juntos los salmos divididos en dos coros, alternado cada uno en su lengua. Y así podríamos seguir con muchos otros ejemplos del modo como se iba instaurando la vida cenobítica. Ya para inicios del siglo V toda la región está invadida de monasterios. Pero esto, como es de esperarse, traerá muchas críticas de su contraparte eremita.

Porque muchas comunidades, pobres en sus inicios, de repente se llenaron de riquezas. Las cuevas y las casuchas de los inicios se cambiaron por grandes edificios, o mejor, palacios, y por tierras y ganados y molinos. Y los higúmenos ya semejaban a oficiales del imperio. Y con ánimo de poder decir que se tiene una numerosa comunidad, se aceptan novicios mediocres. Estas críticas lanzan los anacoretas ante la situación que no dudan en tachar de “decadente”. Pero no solo se limitan a acusar los abusos de los cenobios. Ya hemos dicho que su profundo individualismo no les permitía aceptar sin más una vida perfectamente comunitaria. Así que, si sus críticas no lograron evitar que se levantaran cenobios en Siria, si que lograron, en cambio, que el ideal de perfecta vida común no pudiera realizarse a plenitud, a diferencia de lo ocurrido con la koinonia pacomiana.

Otro detalles de los frescos de Mar Mousa al-Habashi, monasterio sirio.

Uno de los monjes que se levantaron contra la situación acomodada de los monasterios sirios fue San Alejandro Acemeta. De él hablaremos en detalle más adelante. Por ahora quede dicho que en su persona se hizo patente el primitivo ideal del monacato sirio: un eterno errante, asceta como el que más, sin aceptar tierras ni casas. El tipo de comunidad que él teorizaba no debería tener absolutamente nada, y todo debía esperarlo de la mano providente de Dios. Su ejemplo fue seguido por muchas comunidades en Siria y Mesopotamia, pero sobre todo en Constantinopla, de lo cual hablaremos después. También poseemos un documento que testimonia esta actitud “contestataria”; se trata de la regla de Rabbula, escrito que al día de hoy sigue siendo importante para el monacato de las Iglesias sirias. Rabbula estuvo bajo el yugo del Abrahán el Recluso, higúmeno de un monasterio en el desierto de Calcis, y después fue elegido obispo de Edesa. Según dicha regla, los monasterios no podían tener ni rebaños ni animales de carga, tan solo se concede un asno o un par de bueyes a aquellos cenobios que real y urgentemente lo requieran. Pero no pensemos en esta regla y en otras más que circulaban en esos lares como en códigos jurídicos semejantes a las reglas occidentales (como la regla de San Benito). Ni siquiera pensemos en los Praecepta pacomianos, que son compilaciones desordenadas de las disposiciones de un superior. Las reglas sirias son compilaciones, si, pero de ejemplos de padres espirituales, de dichos de santos ancianos, de cánones de concilios, de órdenes de algún superior. Y así las cosas, dentro del claustro todo era posible, tanto como lo era en el yermo.

Y es que el ideal fundamental, incluso en el cenobio, siguió siendo la vida ermitaña. De hecho, el monasterio no era más que una escuela preparatoria para los rudos combates del desierto. También era “vecindario” para reclusos. Y también era el albergue de los monjes “de segunda clase”: aquellos que no habían sido seleccionados para una entera consagración a la vida penitente y ascética, y que aseguraban el sustento diario de la comunidad y la administración de la casa. Eran los encargados de servir a los reclusos. Y los reclusos no tenían más obligación que dedicarse a la penitencia y a la oración continua. La misma disposición de los monasterios da cuenta de esta categorización: hallamos altas torres o celdas especiales para los reclusos. El cenobitismo entró en el monacato sirio, pero tuvo que ceder a las exigencias del rancio anacoretismo para poder sobrevivir en esta región.

Dairon

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

8 pensamientos en “El monacato sirio primitivo (II)

  1. Amigo Dairon, gracias de nuevo.
    Yo se que para comprender una cosa hay que vivirla en su tiempo y que es fácil, aunque quizás no objetivo, enjuiciarla dieciséis siglos más tarde, pero aun así, quiero hacer esta reflexión.
    La libertad quizás sea la mejor característica, el mayor don o como quieras llamarle del ser humano y abandonarla voluntariamente poniéndose bajo la disciplina de otro, quizás sea la mayor renuncia que se pueda hacer. Si los primitivos anacoretas aspiraban a la suprema ascesis, despojándose de todo ¿cómo se puede entender que no quisieran renunciar a ese don tan preciado de la libertad? Yo veo cierta contradicción; en el fondo, cierto egoísmo.

    • Desde nuestro punto de vista, así es. Y esa comprensión de la obediencia, como sabes, se fue desarrollando poco a poco. Quizás el primer punto de partida fue la congregación pacomiana, donde incluso el gran padre renunciaba a “ser servido” para, mas bien, “servir”. Sin embargo, al ser el monacato algo completamente novedoso, estos valores estaban por descubrirse, por decirlo así. No te niego tu reflexión pues, al fin y al cabo, humanos somos, tanto hoy como ayer, y seguro que algo de egoísmo puede leerse entre lineas, pero también comprendamos que, para la mentalidad siria, la ascesis es mortificación corporal, básicamente. Los tres grandes legisladores del cenobitismo (San Basilio, San Pacomio y San Agustín) serán los que desarrollarán las ideas bien claras sobre ésto que dices: incluso, San Basilio, en su Asceticón, es explícito al afirmar que el anacoretismo es egoísta, pero el cenobitismo promueve la caridad fraterna, y por eso prefiera la última a la primera.

    • Amplísima es la documentación que existe al respecto, representada, sobre todo, en artículos. Unos de los grandes trabajos de síntesis y sistematización de todos estoa datos es el realizado por Dom García M. Colombás:

      COLOMBÁS,García M. “El monacato primitivo”, en: Biblioteca de Autores Cristianos. La Editorial Católica. S.A. Madrid, 1974.

      Otro texto importante para acercarnos al monacato oriental, desde sus primeros orígenes, es el realizado por Tomás Spidlík, profesor del Pontificio Instituto Oriental:

      SPIDLIK, Tomás. “El monacato en el oriente cristiano”. Editorial Monte Carmelo. Burgos, 2004.

      Ambos textos, sobre todo el primero, ofrecen un gran repertorio bibliográfico a donde se pueden remitir y buscar. Valga aclarar que son pocos los textos en castellano relativos al tema.

  2. Estimado Dairon , desgraciadamente el ejemplo de cenobios que abandonaron su idea inicial de pobreza y fueron llenándose de ingentes bienes materiales como el que pones llega a ser un mal ejemplo por desgracia bien conocido en muchos lugares y Europa es un buen ejemplo. Es por eso que la voz de los anacoretas criticando este relajamiento de las costumbres me parece ejemplar como la voz de la conciencia del Pepito Grillo que clama en el desierto y, en este caso, nunca más apropiadamente…

    • Pues bien, Salvador, ese ha sido, es, y será, el dolor de cabeza de la vida religiosa en general: cómo, al pasar el tiempo, se van alejando de los ideales primigenios para luego dar paso a dispensas y comodidades. Y claro que fue muy apropiado el llamado de los anacoretas, aunque no olvidemos que ellos también tenían otras intenciones (no les gustaba nadita la idea de obedecer a una regla común). De todos modos, así como se relajan las costumbres, así tampoco han faltado ni faltarán mujeres y hombres decididos a regresar a los orígenes y que denuncien el estado actual de las cosas

  3. Dairon gracias por esta segunda parte sobre el monacato sirio primitivo.
    De verdad que tenemos suerte de contar con colaboradores como tu.
    Yo me quedo asombrado cuando veo las edificaciones en las que aprovechan el terreno natural abrupto,es increible(ver imagen primera del articulo)

    • Creeme que yo también me asombro de ello. Y es que la orografía del lugar no da pa’ hacer más, la verdad. Pero también tenían otro par de intenciones: por un lado, garantizar una verdadera separación del mundo, y por otro, protegerse de los vándalos que nunca han faltado en estas soledades

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