Santa Margaret Clitherow, la Perla de York (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Grabado de la Santa. La cita latina corresponde el Oficio Menor de la Beata Virgen María.

En 1586, en tiempos de la reina Elizabeth I (1558-1603) una mujer inglesa llamada Margaret Clitherow, esposa de un carnicero de York, fue ejecutada de un modo cruel e inhumano a causa de su fe. La razón principal: había alojado sacerdotes católicos en su hogar, donde se celebraba con frecuencia la Santa Misa, en una época en que esto iba contra la ley. En resumen, una mártir católica en un reino protestante.

Contexto histórico y fuentes
La fuente por las que conocemos la vida de esta mártir se remiten prácticamente a su confesor y director espiritual, el padre John Mush, quien nos dejó el relato escrito de su vida y martirio. Sin embargo, cabe considerar que en el momento del arresto, juicio y ejecución de Margaret él no estuvo presente, pues tuvo que huir y esconderse para salvar la vida. Aún así, los detalles que conciernen a estos momentos cruciales los obtuvo preguntando a testigos visuales de los hechos, y tuvo la sensatez de reproducirlos sin adornarlos ni modificarlos. Por tanto, este texto, titulado en inglés original A True Report of the Life and Martyrdom of Mrs. Margaret Clitherow (“Informe verídico de la vida y martirio de la señora Margaret Clitherow”) tiene gran validez y autenticidad para conocer con detalle los pormenores de la vida y martirio de la Santa. Hay una copia, la más difundida, que se extrajo del original, escrito tan sólo unos tres meses después del martirio. Otra copia se haya actualmente depositada en el Bar Convent de York, y es en la que nos basaremos, aunque no difieren sustancialmente una de otra.

Hay datos de la vida de Margaret que no están claros. Lo que sí se sabe con certeza es que contrajo matrimonio el 1 de julio de 1571 y murió el 25 de marzo de 1586, fiesta de la Anunciación según el Old Style y Viernes Santo según el New Style [1]. Para el padre Mush fue más que significativo que el martirio de la Santa coincidiese con la conmemoración de la Encarnación y la Pasión de Cristo, y así lo hace notar en sus escritos. Sin embargo, no es del todo exacto cuando dice que Margaret tenía “unos 30 años de edad”, pues no hubiese sido usual que contrajese matrimonio con sólo 15 años. Parece más sensato establecer que tendría unos 18, por lo que habría nacido en torno a 1553 (ca.) durante el reinado de María Tudor, tendría unos 5 años cuando la reina Elizabeth ascendió al trono; y por tanto, unos treinta y tres años de edad en el momento del martirio.

Para entender el contexto histórico en el que esta mujer entregó su vida por su fe; cabe decir que en el momento en que Elizabeth es coronada, Inglaterra aún era católica y muchos querían serlo todavía, pero no estaban muy dispuestos a sacrificarse tanto por la fe. Así, la Reforma avanzó de la mano de lord William Cecil, primer ministro de la reina; y aunque ésta fue lenta, también fue segura, de modo que pronto muchos se dieron cuenta de que si querían conservarse católicos, deberían luchar y sufrir por ello. Es así como aparece el fenómeno de los recusants, es decir, los católicos ingleses que se negaban a asistir al servicio litúrgico protestante. Penas muy severas fueron impuestas contra ellos, incluyendo la prisión y la muerte. Margaret fue una de ellos.

Vidriera de la Santa en una iglesia de Ely (Gran Bretaña) donde aparece representada con sus tres hijos.

Ama de casa, esposa y madre
Pero hablemos ya de ella. Se cree que nació, como decía, en 1533, y fue hija de Thomas y Jane Middleton, ciudadanos de York, y hermana de Thomas, Robert y Alice. Fue criada y educada en la fe protestante; y si bien no tuvo ocasión de aprender a leer ni escribir, fue ampliamente formada en las labores del hogar, ámbito entonces mucho más valorado que ahora, pues incluía una docena de tareas: horneamiento de pan, elaboración de cerveza, supervisión de tejedores, sastres y todo el que acudiera a trabajar a su casa, dirección del negocio de su marido en su ausencia… en todo esto, ella destacó. Trabajaba duro y exigía lo mismo a quienes la rodeaban.
En 1564 su padre fue nombrado sheriff -gobernador civil- de York y alcanzó una gran posición, pero en 1567 falleció, cuando Margaret tenía catorce años. Entonces, a los cuatro meses, Jane Middleton volvió a casarse con un hombre llamado Henry Maye, quien con el respaldo de una esposa tan influyente, llegó a alcalde de la ciudad. Intuimos que, contrariamente a lo que pudiese pensarse, Margaret sintió gran afecto por su padastro, pues a uno de sus hijos le puso su nombre: Henry.

En 1571, el mismo año en que Roma excomulgaba oficialmente a la reina Elizabeth, Margaret contrajo matrimonio. Tenía aproximadamente 18 años de edad, como ya hemos dicho. De su aspecto físico, sólo sabemos que era bonita, con una espesa melena de color castaño y la piel clara. Sabemos más de su personalidad: su vivacidad y gracejo, que ella usaba para ocultar las profundidades de su personalidad. Su rica dote y sus vastas habilidades como ama de casa la hacían un partido muy atractivo, y así, Jane Maye casó a su hija con John Clitherow, un rico carnicero viudo de York.
Es importante que hablemos un poco del esposo para comprender a la esposa. Él era protestante, de hecho, el único de sus tres hermanos que lo era. Pero como protestante, era bastante acomodaticio: asistía con regularidad al oficio protestante y así se mostraba de puertas para afuera, mientras que en su interior, seguía sintiendo simpatía por la fe católica. Esto es, para los católicos era un “cismático”, para los protestantes, un “papista”. No acababa de estar ni con unos ni con otros, aunque siempre se declaró protestante y murió como tal. Su esposa, sin embargo, se convirtió al catolicismo y defendió esta conversión hasta la muerte. No se sabe muy bien cómo se originó esta conversión; quizá fue influencia de sus cuñados, que sí eran católicos; quizá, el pertenecer a una generación que no recordaba una Inglaterra católica; quizá, en fin, el consuelo y esplendor que proporcionaba el culto católico. Lo importante es que para ella esa conversión lo fue todo y antepuso a ella todo: su marido, sus hijos, su propia vida.

Tuvo tres hijos: Henry, que tenía catorce años en el momento del martirio de su madre; Anne, que tenía doce, y William, que tenía nueve o diez. Probablemente estaba embarazada del cuarto hijo cuando la ejecutaron, pero eso lo trataremos más adelante. Los educó muy estrictamente en el sacrificio personal, pero con gran afecto, lo que se deduce por la gran fortaleza y ánimo que estos niños demostrarían tras la muerte de su madre: ninguno de ellos logró ser convertido a la fe protestante pese a las presiones y maltratos que les inflingieron. Los dos varones llegaron a sacerdotes y Anne profesó como religiosa. Eso dice todo de la influencia de la mártir sobre sus hijos. “Todas sus acciones, nos cuenta John Mush, las templaba con su tranquilidad interior, y con una alegría discreta y honesta, y conteniendo su leve sonrisa: de lengua ágil, pero de palabras modestas, corteses y lentas; rápida en el despacho de sus asuntos pero complaciente cuando se trataba de servir a Dios, procurando esto para los demás… así pues, en todas sus acciones ella servía a Dios con alegría y contento, sin preocuparse ni agobiarse”. Recordemos que Mush era su confesor y por tanto, la conocía personalmente.

Pintura contemporánea de la Santa. Iglesia de los Mártires Ingleses en York, Gran Bretaña.

En lo que se refiere a las tareas del hogar, también era muy estricta, especialmente con los sirvientes, pero ella daba ejemplo trabajando tan duro como ellos y por tanto, se encontraba en posición de exigirles lo mismo. En una ocasión, Mush la reprendió por ser tan severa con los criados que desatendían sus tareas, pues temía que, si los tenía descontentos, la delataran como católica a las autoridades. A esto Margaret replicó: “Dios no permita que, a causa de mi libertad cristiana de servirle, desatienda yo mis deberes para con mis criados, o deje de corregirles como merecen. Dios disponga todo como le plazca: yo no seré culpada por sus faltas, ni temeré peligro alguno por esta buena causa”. Esta frase, aparte de su valentía, nos demuestra otro rasgo muy característico de su personalidad: su terror de permitir o fomentar el pecado en los demás.

Personalidad y espiritualidad
Aunque algo estricta y quizá, imprudente en algunos aspectos -no ocultaba a sus hijos la presencia de sacerdotes y ornamentos litúrgicos, así como la celebración de la Misa, en su casa-; tenía la mente clara, el corazón cálido y una fuerte voluntad. Su escuela de santidad fue la prisión, donde estuvo muchas veces a causa de su constante negativa a asistir al oficio protestante. Era una época de celdas sucias, malolientes, infestadas de parásitos; donde se sufría hacinamiento y hambre, y por si fuera poco, cada prisionero debía pagar su manutención, pues el que no lo hacía moría de inanición. En este tipo de ambiente Margaret estuvo prisionera no pocas veces, una de ellas embarazada, pero para ella estas estancias eran una prueba de perfeccionamiento. En prisión ella aprendió a leer en inglés y el Oficio de Nuestra Señora en latín, pues tenía la secreta esperanza de, cuando sus hijos ya fuesen mayores y su esposo ya no la necesitara, poder entrar en un convento.

En casa, su vida personal no era menos estricta. Se las arreglaba para que sus constantes tareas domésticas no interfirieran en su vida espiritual. Le gustaba empezar el día oyendo misa. Si esto no era posible porque su casa estaba vigilada [2] y, en consecuencia, el sacerdote no podía acudir, se levantaba temprano para permanecer una o dos horas en oración. Al haber aprendido a leer en prisión, tenía consigo una copia en inglés del Nuevo Testamento -conseguido por contrabando desde Reims (Francia)- así como la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis.
Observaba estrictamente todos los ayunos prescritos por la Iglesia, tenía una rigurosa obediencia con su director espiritual, y los viernes se disciplinaba. Para ella, el sufrimiento por Cristo era un privilegio, de ahí que tomara sus estancias en prisión como un regalo divino, así como consideraría posteriormente su juicio y su terrible martirio.

La Santa junto al Beato John Henry Newmann. Vidriera en la iglesia "recusant" de Harvingotn Hall, Reino Unido.

Además, era una gran peregrina. La Reforma había cerrado y desmantelado los tradicionales santuarios de Inglaterra, pero sin saberlo, el Gobierno estaba propiciando que empezaran a ser venerados los lugares de ejecución de los mártires. A las afueras de York estaban las horcas de Knavesmire, donde los cadáveres de los recusants ajusticiados colgaban de la soga durante días. Para Margaret, aquel lugar era tierra sagrada, por lo que ella acudía, acompañada de algunos amigos, por la noche y descalza, a rezar junto al patíbulo. Y se quedaba tan absorta en oración contemplando aquel lugar de muerte que tenía que ser apartada a rastras cuando empezaba a clarear el día y había peligro de ser descubiertos.

Pero su pasión definitiva era la Santa Misa. Como hemos dicho, albergaba a sacerdotes en su casa y tenía una cámara destinada a la celebración de la Eucaristía, donde también se guardaban los ornamentos litúrgicos necesarios. “Su mayor deseo, nos dice Mush, era poder arrodillarse donde siempre pudiese contemplar el Santísimo Sacramento, y a menudo escogía para ella el lugar junto a la puerta, detrás de todo, en el asiento más incómodo y apartado”. Le gustaba comulgar dos veces por semana, lo que era mucho para la época, y al hacerlo lloraba tiernamente; y tras ello permanecía media hora absorta, tras lo cual, el resto del día lo pasaba alegre y serena.

Era muy querida por sus vecinos, tanto, que hasta los que eran protestantes no querían denunciarla pese a que sabían lo que hacía. Pero también había quien la criticaba y ella, curiosamente, prefería la compañía de éstos antes que de los que siempre hablaban maravillas de ella.
Su marido le tenía mucho cariño y ella a él, tanto, que para ella siempre fue muy doloroso afrontar su único fracaso en la vida: fue totalmente incapaz de convertirlo a la fe católica. John Clitherow era buena persona y un buen esposo también; no hacía como otros maridos protestantes, que racaneaban el dinero que daban a sus esposas católicas, e incluso las denunciaban ante las autoridades. Tenía respeto por ella y aunque la sabía católica, parece que no sabía, o no quería saber, lo que ocurría bajo su techo. Sin embargo, una vez que estaba con unos amigos protestantes se le ocurrió hacer una insinuación obscena sobre mujeres católicas que escondían a curas en su casa; y Margaret, creyendo que se refería a ella, rompió a llorar desconsoladamente. Y es que no faltaban rumores desagradables sobre lo que hacía aquella mujer joven y hermosa con los sacerdotes que refugiaba en su hogar. Su marido, sin embargo, se arrepintió enseguida y quiso consolarla diciendo que nunca se le habría ocurrido referirse a ella; y sus vecinos y amigos protestantes, que la sabían virtuosa y casta, le aseguraron lo mismo. Pero ella siguió llorando durante mucho tiempo, pues lo que lloraba era su único desconsuelo: el tener que afrontar la cruda realidad de que, pese a su esforzado ejemplo, era incapaz de convertir a su marido; y de que, pese al testimonio brillante de tantos mártires ingleses, Inglaterra era y sería protestante por siempre.

La Santa con sus hijos Henry y Anne en el cuarto donde se celebraba la misa. Detalle de una vidriera en la iglesia de Haxby, York (Gran Bretaña).

Arresto
En aquel tiempo, el Consejo del Norte vigilaba estrechamente a Margaret. Era éste un cuerpo especial destinado a hacer cumplir la política real en el norte del país. Por lo tanto, llegada la Reforma, sería la mano ejecutora destinada a hacer cumplir la ley o castigar su no observancia con total ausencia de misericordia o escrúpulos. Tenían espíritu de perseguidores: su presidente, el conde de Huntingdon, era uno de los hombres más odiados del norte; así como otros miembros que Mush recuerda: Meares, Cheek, y sobretodo, Hurleston.
Éste último tenía especial interés en Margaret. Él la llamaba “la única mujer de las regiones del norte”, refiriéndose que no sólo era la principal resistente a la ley de la Reforma, sino que además su ejemplo animaba a otras mujeres a desobedecer también. Durante años la estuvo vigilando, atento a cualquier evidencia de su traición, pero Margaret fue tan hábil manejando sus asuntos que lo único que pudieron probar contra ella fue su persistente negativa de asistir a la iglesia protestante, por lo que la multaban y encarcelaban continuamente, para luego soltarla. Es decir, que de antemano el Consejo ya tenía decidido que esta mujer debía morir: sólo esperaban el momento oportuno, hallar la prueba que la inculpase definitivamente.

Y ésta llegó cuando Margaret cometió la imprudencia de enviar a su hijo mayor, Henry, a estudiar al extranjero. Esto era ilegal, arriesgado y ella lo sabía, pero no quería para nada que su hijo se educase con protestantes, de buen grado se arriesgó a ponerlo en manos católicas. Cuando el Consejo reclamó la presencia de su esposo para justificar este acto, ella supo que aquello era el principio del fin.
Mientras su marido comparecía ante el Consejo, los sheriffs de York acudieron a registrar la casa. Margaret aún se las ingenió para hacer salir rápidamente al sacerdote y al tutor católico que hospedaba en su hogar antes de que llegara la policía; de modo que se encontraron tan sólo a un puñado de niños, sirvientes y ella misma. Pero no contaba con que uno de los niños, que era nuevo, fuera amenazado y presionado hasta que, asustado, cedió y delató a Margaret. Él mismo enseñó a la policía dónde se escondían los ornamentos litúrgicos, los panes eucarísticos y dónde se celebraba misa. Ahí estaba la prueba que tanto había ansiado encontrar el Concilio.
De inmediato se procedió a su arresto y el de los sirvientes, que fueron encarcelados por separado. Anne y William fueron entregados a familias protestantes: Margaret jamás volvería a ver a sus hijos.

A pesar de todo, cuando compareció ante el Consejo, dejó a todo el mundo atónito, pues se presentó sonriente, alegre y encantadora. Esto molestó a los miembros del mismo, que tras retenerla hasta las siete, la envió a prisión. Más tarde, su marido fue enviado también, pero no les permitieron reunirse. Tras dos días de confinamiento, llegó a su celda una amiga suya, la católica Anne Tesh, acusada de oír misa en casa de Margaret. Encontró a ésta tan alegre como siempre, y pese a las incomodidades de la celda, estaban tan contentas que al rato Margaret decía, riendo: “Hermana, estamos tan bien aquí las dos juntas que temo, a menos que nos separen, perder el mérito de nuestro encarcelamiento”. Poco después se le permitió tener una breve conversación con su marido, supervisada por el carcelero, y después de esto ya nunca volvieron a verse.

Estatua de bronce de la Santa. Santuario de Bar Convent en York, Gran Bretaña.

El Consejo, entretanto, preparaba su perdición. Buscando mayores testimonios que los del chico extranjero, dio inicio a una auténtica guerra de nervios, buscando rumores acerca de la culpabilidad de Margaret. Así, difundieron que ella había sido arrestada por alojar sacerdotes en su hogar, uno de los cuales estaba prisionero desde antes que ella fuese arrestada (!!) y el otro, el padre Mush, estaba desaparecido. Cuando estos rumores llegaron a Margaret y además se le dijo que ello se penaba con la horca, ella rió y dijo: “¡Ojalá tuviese algo mejor con qué recompensar tan buenas noticias! Toma, coge este higo, ya que no tengo nada mejor que daros”. Contrariamente a lo que esperaban, ella no se acobardó, sino que se llenó de alegría ante la perspectiva de sufrir el martirio. Por eso, poco antes de ser llevada a los tribunales, viendo que mucha gente la estaba observando a través de los barrotes de la celda, comentó a su compañera Anne: “Antes de irme, creo que haré felices a mis hermanos y hermanas del otro lado” y girándose hacia ellos, imitó la figura de la horca con sus dedos y se rió.
Todo esto apunta que ella estaba convencida de que iba a ser ahorcada, y se veía ya mártir en su venerado patíbulo de Knavesmire. Sin embargo, le esperaba una muerte mucho peor que ésta, y ella misma se la propició. Pues cuando fue llevada a los tribunales, hizo algo totalmente inesperado, que desconcertó al Consejo y causó escándalo en toda York: se negó a declarar.

Mañana seguiremos hablando de esta impresionante mujer, de su juicio, condena y martirio.

Meldelen


[1] En 1582 el papa Gregorio XIII reformó el calendario, pero dado que Inglaterra era protestante, no asumió dicha reforma hasta 1754, por lo que los historiadores ingleses se ven obligados a datar este período con los dos métodos diferentes de computación, que ellos llaman Old y New Style.
[2] En tiempos de Elizabeth I, se desarrolló una potente red de espionaje que fomentó la delación y denuncias de los recusants.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

19 pensamientos en “Santa Margaret Clitherow, la Perla de York (I)

  1. El artículo está muy bien, gracias. Sólo un matiz minúsculo: cuidado, los cristianos ingleses no son protestantes, sino anglicanos, cuyo cisma con Roma se produjo por el asunto espinoso de la anulación del matrimonio con Catalina de Aragón. Incluso Enrique VIII perseguía a los reformadores luteranos.

    Tengo una amiga inglesa anglicana que siempre me corrige sobre el asunto, pues reconozco que también yo a veces metía en el mismo saco a luteranos, calvinistas y anglicanos. Como estos cismas se produjeron en el siglo XVI, es fácil unificarlos a todos como lo mismo, cuando sus historias, teologías y orígenes son dispares. Bien es cierto que están todos en la misma corriente reformista y muchos anglicanos se sienten hermanados de alguna manera con esta reforma lutero-calvinista, aunque su teología es radicalmente distinta.

    Ellos se definen como católicos, no romanos y no protestantes, algo así como católicos reformados. De hecho su teología es muy próxima a la católica romana: siete sacramentos, culto a la Virgen, aceptación del credo de Nicea como resumen de su fe, liturgia,…. Las diferencias se centran sobre todo en la sucesión apostólica, el primado papal, las ordenaciones de mujeres y otros de índole moral como la unión entre homosexuales.

    Resumiendo, que si uno no está al loro, en Londres puede asistir a una misa anglicana, comulgar y quedarse tan pancho creyendo que está en una católica.

    • Lo que has dicho es todo cierto y además estaba al corriente, puesto que he estudiado la Reforma durante la carrera y también preparando mis Oposiciones. Ni se me ocurriría meter a anglicanos, luteranos, calvinistas, anabaptistas y demás en el mismo saco… pero debes saber que a todos, en Historia, y SOLO para entendernos mejor, los llamamos protestantes.

      Por supuesto que los anglicanos no se definirán como simples protestantes y desde luego, Henry VIII no se definía como tal -ahí tienes la crueldad con que mandó torturar y quemar viva a la predicadora Anne Askew, porque negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía-; pero los anglicanos generalmente se consideran una parte del protestantismo si entendemos como tal las nuevas corrientes de confesión cristiana surgidas tras la Reforma de Lutero. Es un término que en el artículo he usado con valor historiográfico, no propiamente religioso.

      Además verás que en la segunda parte de mi artículo de hoy, que se publicará mañana, distingo entre los protestantes que condenan y procesan a la Santa y el pastor puritano que la visita en la cárcel. Pues hay anglicanos, puritanos, luteranos, calvinistas, anabaptistas, evangélicos… en fin.

      Pero a todos ellos los llamamos protestantes, simplemente porque nacen tras la Reforma de Lutero, aunque no emanen directamente de ella. Puede que sea un término generalista que obvie las particularidades de cada confesión, pero los historiadores lo manejamos así. Seguramente por eso no he especificado que eran anglicanos.

      Aún hoy en día, en el panorama estadounidense, simplemente hablamos de “católicos” y “protestantes” cuando sabemos que entre éstos últimos, hay de todo: metodistas, presbiterianos, evangélicos, luteranos… etc, etc, etc.

      Comprenderás que yo no podía entrar en estos detalles porque el artículo es ya demasiado largo, bastante he hecho con partirlo en dos. Así que gracias por estas aclaraciones que sin duda van a venir muy bien a los lectores. Está claro que una cosa son los anglicanos y luego, el resto de cada confesión protestante, cada una con sus particularidades; pero los historiadores lo trabajamos así. No entiendas que los metemos a todos en el mismo saco; sería un error grave por nuestra parte: simplemente los llamamos protestantes como término historiográfico, debido a su cronología: post-Lutero.

      Por cierto, saluda a tu amiga anglicana de mi parte. Me hubiese encantado tener algún colaborador protestante en el blog para conocer mejor este complejo mundo del protestantismo, pero veo que voy a tener que esperar.

  2. Muchas gracias Ana Maria por esta primera parte de un artículo aun mayor sobre Santa Margaret Clitherow, artículo que se ve muy trabajado.
    Sobre ella ¿qué decir? Que es el prototipo de mujer fuerte, cristiana convencida, que antepone su fe sobre todo. Prefiero valorarla mejor cuando lea mañana la segunda parte, aunque algunas cosas ya he leido sobre ella.

    Interesantes las aclaraciones mutuas que entre David y tu habeis hecho sobre el tema del “protestantismo”. Para meter un poquitín de “discordia”, solo decir que el tema “moral” del que habla David, es como poco, discutible. Difícil es conciliar la “inmoralidad” de la unión homosexual con la “moralidad” de dar la comunión a un criminal confeso como Pinochet. ¡Cuantas dobles varas de medir tenemos en la Iglesia!

    • Pues Antonio, eso se arregla siendo un “librepensador”. Como soy un rebelde no acepto los tragalás de la iglesia sobre asuntos que insultan mi inteligencia respecto a la negación del matrimonio homosexual o la ordenación sacerdotal femenina. De esa parte de la iglesia sexista y excluyente yo no soy parte.

    • Gracias, Antonio. Por desgracia el artículo se ha quedado muy simplista en ese término porque, o hablaba de la Santa, o hablaba del protestantismo; y como había que hablar de la primera ante todo, pero no olvidar al segundo; irremediablemente me he quedado corta.

      Pero bueno, creo que he dejado claro que no confundo las ramas protestantes entre sí y que por tanto, los anglicanos son un poco “especiales”, ni protestantes plenamente dichos, ni católicos plenamiente dichos. Creo que eso define bien la naturaleza del marido de la Santa.

  3. Felicito tanto a David como a Ana por la clarificadora explicación sobre el contenido del credo anglicano y su diferencia con otros credos cristianos. Para mí también el mundo anglicano es un gran desconocido a pesar de las múltiples similitudes que existen con el catolicismo. Lo que nunca he llegado a comprender es el hecho de que se haya perpetuado en el tiempo que el monarca británico sea el jefe del anglicanismo y no se haya separado la iglesia y el estado en ese aspecto, máxime cuando sabemos que la ruptura se produjo por la negativa a autorizar al rey Enrique VII para que contrajera nuevo matrimonio. Es decir, que una “pataleta” ha perpetuado a la monarqía británica como máxima cabeza espiritual de los anglicanos.

    • Como historiadora, he de decirte, Salvador, que ese asunto es más complejo de lo que parece. Nos hemos acostumbrado a verlo como una pataleta del rey que quería deshacerse de una esposa y casarse con otra. En realidad, dejarlo así sería muy simplista. Estamos en la Edad Moderna, época en la que la monarquía se sirve de todos los mecanismos a su alcance para incrementar su poder.

      El rey no tiene hijos varones con Catalina de Aragón y está desesperado por tenerlos, y ya sabes la mentalidad de la época: la culpa, de la mujer. La echas y a por otra. El papado, entonces, le deniega el permiso; y no lo hace porque es muy santo sino por intereses políticos y alianzas. El rey se enfada -he de decir que Enrique VIII, en ese sentido, era un “pájaro” de cuidado- y hace lo que sabemos que hace.

      Pero en realidad no hace nada que no hagan los demás monarcas de Europa: reafirmar su poder -dar el puñetazo en la mesa, que decimos vulgarmente- y reafirmarlo frente a la Iglesia. Es la eterna lucha entre poder temporal y poder celestial; la Iglesia, en la práctica quiere ostentar los dos; la monarquía, los prefiere separados. En realidad, es lo mismo que ocurre cuando los príncipes alemanes apoyan a Lutero: estaban hartos de la injerencia de Roma en los asuntos políticos de los Estados europeos. Ellos apoyaron a Lutero, Enrique VIII se desmarcó por su cuenta.

      Y no te creas que las naciones católicas que permanecieron fieles a Roma no tuvieron sus roces también. Pero entre acuerdos y alianzas fueron llevando el tema.

      No sé si te lo he aclarado o te he aburrido o te he liado de mala manera, amigo. En resumen: el divorcio, para Enrique VIII, fue sólo una excusa. Lo que había detrás del divorcio es lo que cuenta: el reforzamiento del poder monárquico frente al eclesial. Para él, y para nosotros, nada más que pura política: siguió considerándose católico toda su vida.

      • Queda perfectamente aclarado y es muy interesante tu explicación. No obstante la lucha de poderes terrenales y celestiales la decisión rupturista me pareció muy radical. Quiero más poder y no me autorizas nuevo matrimonio, pues “creo una nueva iglesia y se acabó”. En pleno S.XX y XXI hubiese sido difícil imaginar al sucesor de la Reina Isabel de Inglaterra dando lecciones morales como jefe de la iglesia anglicana cuando había sido pillado in fraganti en conversaciones un poco incómodas. Por ello creo que me resultaría difícil tener como pastor a alguien que es fruto de una monarquía hereditaria y no, con todas las salvedades que queramos ponerle, a alguien elegido en un cónclave.

        • Estamos de acuerdo en una cosa: el principio liberal de la separación de Iglesia y Estado es lo más deseable para garantizar las libertades democrácticas y los derechos humanos. Eso, está más claro que el agua y lo comparto contigo; a pesar de que haya rancio que, con la excusa de la declaración del liberalismo como herejía condenable (o eso he oído!!!!) pretenga negar este principio tan básico de la democracia.
          La Iglesia, por un lado; el Estado, por otro. En armonía, convivencia, tolerancia, respeto, pero SEPARADOS.

  4. Pués otra “puyita”. ¿Por qué han perdido los anglicanos la sucesión apostólica? ¿Porque no reconocen la primacia del Papado?
    Por eso no se pierde la sucesión apostólica. Esta se pierde cuando un obispo es consagrado por otro “obispo” que no lo es tal y cuando se dió la escisión anglicana, muchos obispos legítimos se separaron de Roma, pero siguieron siendo obispos y transmitían la sucesión apostólica cuando imponían las manos consagrando a obispos nuevos. Y si eso no es así, ¿por qué cuando un pastor anglicano se convierte al catolicismo puede seguir ejerciendo el sacerdocio sin ser ordenado de nuevo?

  5. Antonio, ya veo que te gustan los dilemas, como a mí. Lo que propones es muy, pero que muy interesante. Gracias.

    Desde 1896, con León XIII, no se admiten las ordenaciones anglicanas, y por tanto la sucesión apostólica está rota, como dices. Pero no es cierto que puedan ejercer de pastores así como así. Incluso los fieles laicos han de cumplir unos requisitos.
    Las últimas conversiones del anglicanismo a la fe católica promovieron el documento “Anglicanorum coetibus”. Lo interesante de éste, y es lo que planteas, es que se crea un Ordinariato, se respeta la liturgia anglicana tras aprobación romana y se sigue sin admitir las ordenaciones anglicanas, o sea, que los que ejercieron de diácono, presbítero y obispo en el anglicanismo pueden ser admitidos como “candidatos” a órdenes, aún los casados (como ocurre en las iglesias católicas orientales y con el diaconado permanente en el rito latino). Por tanto han de ser ordenados de nuevo como puede leerse en el documento. Los seminaristas nuevos para presbíteros se sujetan a la ley del celibato, salvo dispensa. La confusión viene por las noticias erróneas que salieron en la prensa (hay periodistas con mala baba o muy desinformados).

    Se puede encontrar este documento por internet y es muy interesante leer las notas finales.

  6. David,
    Por tus palabras deduzco que hasta el pontificado de León XIII la Iglesia Católica admitía la sucesión apostólica en la Iglesia Anglicana y que a partir de entonces, no. O sea, que hay sucesión apostólica o no la hay según lo decida un Papa. Estarás de acuerdo conmigo en que eso, desde el punto de vista teológico es más que discutible y que además, no es dogma de fe.

    Yo se que en el pontificado actual se ha promulgado la Constitución Apostólica de la que haces mención y que fija las normas a seguir con quienes se conviertan del anglicanismo al catolicismo, pero estarás de acuerdo conmigo en que una Constitución Apostólica es una normativa no es un dogma. Es una normativa para estar en plena comunión con la Iglesia Católica.

    Cuando un obispo válidamente ordenado consagra a otro obispo, aunque sea de manera ilícita, sabes de sobras que la nueva ordenación es completamente válida, luego si la sucesión apostólica se transmite por la imposición de las manos de un obispo a otro, de perderse, nada de nada, por muchas Constituciones vaticanas que puedan existir.

    El tema está en que algunos dicen amén siempre a lo que dice Roma y otros unas veces decimos amén y otras veces no lo decimos porque la historia nos ha demostrado que Roma ha metido la pata multitud de veces a lo largo de los veinte siglos de cristianismo.

    Y te digo más, para mi, que soy católico, la Iglesia Católica no tiene la exclusividad de la verdad y ya está “pasado de moda” aquello de que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación por mucho que recientemente aun lo haya dicho el Vaticano.
    Un cordial saludo.

  7. Bueno, hay que acudir a las razones que da el documento Apostolicae Curae, de 1896. Éste se originó por la petición de un grupo de fieles y clérigos anglicanos que querían pasarse a la fe católica. Antes sólo había casos particulares que se resolvieron por decretos particulares (1704, Clemente XI).
    Pues bien, León XIII quería examinar si esas ordenaciones eran válidas o no, para no caer en el grave error de ordenar dos veces a un mismo clérigo. Los estudios fueron exhaustivos según se cuenta y las conclusiones determinaron que eran válidas las ordenaciones previas a la entrada en vigor del llamado ritual eduardino (Eduardo VI). Las posteriores no, por un defecto de forma e intención del Ritual. En cuanto las ordenaciones episcopales, como grado superior del Orden se seguía la misma norma, pero éstas además eran ilícitas por no ser autorizadas por Roma (por el Cisma, claro). Por tanto eran ilícitas (no autorizadas) por la falta del permiso romano, e inválidas (nulas) por errores en el Ritual. Por tanto, a partir de entonces la sucesión apostólica está en entredicho.

    Sobre el tema de las ordenaciones ilícitas e inválidas, condiciones y jurismos varios, puede aclarar los núms. 1004 al 1054 del Código de Derecho Canónico. Vale la pena leerlo y está en internet.

    Antonio, por supuestísimo que puedes creer o no lo que Roma diga, aunque la comunión con la Silla de Pedro es muy importante. Pienso que los estudiosos a los cuales el Vaticano encomienda estudiar un tema sensible lo hacen lo mejor que pueden y saben, con honradez y ganas de hacerlo muy bien. Ellos saben las consecuencias graves que un estudio erróneo puede acarrear sobre fieles y clero. También los Papas al aprobar y firmar sus conclusiones tienen una gravísima responsabilidad, y seguro que sólo desean lo mejor para todo el Pueblo de Dios. En este caso hay que andar con pies de plomo, pues aunque nos caigan bien los anglicanos y deseemos la unidad con ellos, el sacramento del Orden es una cosa muy seria y no puede ser moneda de cambio: “yo me uno a ti si tú aceptas mi ordenación en la Abadía de Westmister”. Eso no es nada serio, acordarás conmigo.

    Aunque yo sea un poco apologista y guerrero reconozco los buenos argumentos que dais. Es de las pocas web en donde se puede debatir con fuentes. Gracias. Me estoy haciendo un fan empedernido de ella. Saludos.

    • David,
      Ante todo darte las gracias por este debate y por las palabras de elogio que dedicas el blog al final de tu comentario. Quisiera pedirte que siguieras participando porque es palpable que tus comentarios son esclarecedores.

      Y entrando en este tema, es obvio que lo conoces mejor que yo o porque lo has estudiado a fondo o porque de algo te servirá esa amiga anglicana que dices tener. Está claro que si en el ritual de la consagración de un obispo hay un defecto de forma, por ejemplo que no se utilicen las palabras sacramentales de consagración o que no existiese la imposición de las manos, consecuentemente no habría sacramento y en este sacramento en concreto, si no lo hay, se pierde la sucesión apostólica porque la ordenación, además de ilícita, sería inválida.
      Si estudiando concienzudamente ese ritual eduardino del que hablas, eso se dio, la sucesión apostólica se perdió, pero no se perdió por no reconocer el Papado, sino porque no hubo continuidad sacramental. En eso, estamos de acuerdo.

      • Sí, eso es, genial, el tema está en que el sacramento fue nulo, y así sucesivamente.

        Gracias, son muy interesantes estos debates, Antonio. Además las formas que guardáis son muy respetuosas y amables, lo cual se agradece, ya que internet es muy dado a decir burradas, ofender, y que los debates no sean constructivos. Y uno ni tiene tiempo ni ganas de entrar en eso.

        Es muy bueno ayudarse unos a otros a buscar matices, esclarecer ideas, compartir conocimientos y buscar argumentos para dialogar. Creo que debatiendo es como mejor aprende uno, porque para estar a la altura hay que currárselo, buscar fuentes, recordar los estudios teológicos e históricos, echar mano de amigos y preguntarles. Reconóceme que parte de los amplios conocimientos que se ve que tienes son por contestar diligentemente a los que te preguntamos y planteamos dudas y retos. Y a su vez vamos intercambiando todo eso mutuamente. ¡Es todo una gozada! Todo puro don de Dios.

        • Se te ha olvidado una cosa muy importante, mi querido amigo, al hablar de mis conocimientos y es ¡QUE YA SOY VIEJO!, ja, ja.
          Tengo sesenta y nueve años y desde hace más de cuarenta, estos estudios han sido mi hobby pues mi profesión iba por otro lado: geólogo.
          La historia de la Iglesia, la teología, la hagiografía y sobre todo, el estudio del culto de las reliquias, se han llevado muchas horas de mi tiempo en estos cuarenta años. He tenido, gracias a Dios, la oportunidad de compartir experiencias con muchas personas y entre mis amigos personales tengo a más de un obispo, abad, sacerdote, monje o seglar, tanto católicos como ortodoxos y de todos he aprendido y a todos también he querido ayudar. Todo este bagaje se traduce en disponer de una buenísima documentación bibliográfica y en una colección de fotos de los sepulcros, urnas, relicarios insignes, etc. de más de catorce mil santos y beatos, tanto católicos como ortodoxos.
          Siempre me tendrás a tu disposición, al igual que lo estoy con el resto de amigos, colaboradores, visitantes, etc. Súmate a este grupo porque aunque a veces discrepemos, siempre lo haremos cordial y fraternalmente ya que nuestro objetivo final es el mismo. Me entiendes de sobras.

  8. Pues me ah parecido sumamente interesante tu articulo Ana sobre todo porque son pocos los santos mártires ingleses de la época en que incio el anglicanismo que son celebres, como bien sabemos los má conocidos son Santo Tomás Moro y San Juan Fisher, eh de decir que me agrada saber de estos casos porque en más de una ocasión me ah tocado ver documentales pseudo-históricos de la iglesia protestante donde ponen a la iglesia católica como un mounstruo que asesinaba a todo aquel que no creyera en lo mismo que ellos (aunque en algunas ocasiones si se llegaba a parecer muchoa e sto la posicion de la iglesia) y al anglicanismo como la unica verdadera y que era perseguida y asesinada.

    • Como bien sabrás, André, en Historia no hay “buenos y malos”, ni “blanco y negro”. El devenir de la humanidad es un matiz de grises y de ricas personalidades que evolucionan o se degradan. En ese sentido, el decir “esto es bueno, esto es malo”; “este tiene razón, este no la tiene” es algo ridículo y acientífico, y una chiquillada en la que, como historiadora, no pienso entrar.

      Tan crueles fueron los protestantes que asesinaron católicos como los católicos que asesinaron protestantes. Tan salvajes son unos como otros los que se dediquen a mentir y a manipular la Historia en su favor. Y ya que citas tú el caso de los protestantes, te digo que he conocido yo cada católico que es para tirarse las manos a la cabeza…

      Como dijo el que es Sabio entre los Sabios: quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

  9. Muy enriquecedor el debate, aclaraciones e información citadas. Muy profundo y respetuoso además. CONSULTO: La TAC (Comunión Anglicana Tadicional) que casi ingresa integralmente a los Ordinariatos.. (luego se frustró, al menos como cuerpo entero) ante las dudas de no tener sucesión apostólica envió a sus Obispos a ser “re-ordenados” (bajo la misma fórmula que se usa para los bautismos dudosos) en la Iglesia Nacional Polaca y los Veterocatolicos en Holanda. Mi pregunta es si estos 2 grupos si tienen sucesión apostólica o no.

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