Santa Margaret Clitherow, la Perla de York (II)

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Grabado de la Santa con su ejecución donde aparece, curiosamente, con su nombre de soltera (Margaret Middleton). Grabado de Jan Baptiste Barbé (c.1595-1690). British Museum of London, Reino Unido.

Juicio y condena
El 14 de marzo de 1586 Margaret fue llevada ante el jurado de York, en medio de gran expectación y agitación popular, pues era una mujer muy conocida en la ciudad. Allí, se la acusó formalmente de haber “albergado a jesuitas y seminaristas, traidores a Su Majestad la Reina y a sus leyes; y de haber oído misa”. Ante la pregunta de si se consideraba culpable de semejante acusación, ella replicó: “No veo ofensa alguna por la que deba considerarme culpable”. Se le recordó que los jesuitas y los sacerdotes eran enemigos de la Reina, y que ella los había alojado. Margaret insistió: “Nunca he tratado con traidores ni con enemigos de Su Majestad. Dios no lo permita”. Y cuando le preguntaron cómo le gustaría ser juzgada, ella sorprendió a todos diciendo: “No habiendo cometido ofensa alguna, no necesito ser juzgada”. Y viendo la expectación que causaban sus palabras, añadió: “Si creéis que he cometido alguna ofensa y que debo ser juzgada, sólo Dios me juzgará, y vuestras propias conciencias”.

El asunto era grave, pues se negaba a declarar y también a ser juzgada. Eso la abocaba a una muerte peor que los que aceptaban declarar y ser juzgados. Se le advirtió el peligro que corría. Trajeron ante ella los cálices, estolas y ornamentos litúrgicos y quisieron forzarla a que admitiese que los adoraba como a una divinidad, lo que no consiguieron de ella. Luego quisieron amedrentarla diciendo que estaba avergonzando a su marido, lo que tampoco lograron. Incluso llegaron a decirle que no era por la fe, sino por lujuria, que ella recibía a sacerdotes en casa. También fue en vano, pues todos sabían lo virtuosa que era. De nuevo le recordaron que se exponía a una terrible muerte si no declaraba. Ella sonrió y dijo: “Hágase la voluntad de Dios; creo que podré sufrir cualquier muerte por esta causa tan justa”.

En ese momento empezaron a pensar que estaba loca. Su actitud tranquila y serena resultaba incongruente, pues todos sabían lo que le esperaba si persistía en no declarar: peine forte et dure (castigo duro y severo), esto es, ser aplastada hasta la muerte [1]. No les cabía en la cabeza que alguien prefiriese morir así a ser ahorcado, por lo que algunos empezaron a difundir el rumor de que estaba poseía por un diablo sonriente, mientras que otros decían que estaba llena del Espíritu Santo.
En realidad, Margaret sabía que, hiciese lo que hiciese, iba a morir. Lo único que la salvaría era abjurar de su fe católica, lo que no pensaba hacer de ninguna manera. Si declaraba, sería ahorcada, una muerte rápida y limpia comparada con el aplastamiento. Pero declarar y ser juzgada supondría ver a sus hijos ser llevados ante el tribunal y obligados a declarar en contra de ella; y además, cargaría al jurado con la responsabilidad de su muerte. Tampoco estaba dispuesta a asumir esto. Y por tanto, puesto que iba a morir, prefería morir con la conciencia tranquila de no implicar a sus hijos y al jurado; aun cuando fuese una muerte horrible, lenta y dolorosa. Tomó esta terrible decisión con una calma y una alegría increíble y la mantuvo hasta el final.

Martirio de la Santa. Grabado de Richard Verstegan para el libro "Theatrum crudelitatum" (Escenario de crueldades). Pitts Theology Library, Emory University, Atlanta (EEUU).

El juicio duró varios días. Se intentó una y otra vez que aceptase ser juzgada, pero ella siguió encomendándose a Dios y a sus conciencias. Incluso un pastor puritano, el reverendo Wiggington, la visitaba en la cárcel para hablar con ella y hasta salió en su defensa más de una vez en el tribunal. Finalmente, molestos por su terquedad, le recitaron la terrible sentencia: puesto que se negaba a declarar y a ser juzgada por el jurado, moriría aplastada. Se le describió cómo iba a ser ejecutada -entraremos en detalles más adelante- y, viendo el horror de la sentencia, ella dijo: “Si este juicio es según vuestras conciencias, ruego a Dios que sea más compasivo cuando comparezca ante Él. Doy gracias a Dios de todo corazón”. Con eso les reprendía su crueldad. Le pidieron, una vez más, que tuviese compasión de su esposo y de sus hijos, y que no perdiera la vida tan estúpidamente. Ella alzó los ojos y exclamó sin dejar de sonreír: “Gracias sean dadas a Dios, sea bienvenido todo lo que Él me envía; en verdad no merezco una muerte tan buena como ésta: merezco morir por todas las ofensas hechas a Dios, mas no por ninguna de vuestras acusaciones”. De inmediato le ataron las manos como si fuese una malhechora y la llevaron de vuelta a prisión. Ella iba regocijándose al ver que era tratada así, y se rumoreaba que estaba loca o poseída, pues entregaba su vida fácilmente y no mostraba el menor pesar por ello. Sin embargo, como ya decía, no fueron pocos los que también pensaban que el Espíritu Santo estaba con ella.

Esperando la muerte
Lo único que disgustó a Margaret de la sentencia que le fue leída, fue que iba a ser ejecutada desnuda en público. Molesta y avergonzada, empezó a tejer ella misma una camisa de lino con la intención de llevarla en su ejecución, de modo que nadie la viese desnuda. Incluso añadió unas cuerdas sueltas a las mangas para que las usasen para atarla. Mientras ella se dedicaba a este quehacer en su celda con toda tranquilidad, una gran actividad se desencadenó a su alrededor, tanto por parte de sus amigos como de sus enemigos.

Martirio de la Santa. Ilustración contemporánea.

Sus amigos se lanzaron con desespero a salvarla. Por ello, pensaron en dos estrategias. La primera fue apelar directamente a la reina [2]. Por desgracia, Londres quedaba muy lejos y el Consejo aceleró la ejecución de Margaret. La otra estrategia fue interponer el presunto embarazo de Margaret ante el Consejo. Al parecer, hacía un tiempo ella les había comentado que creía que estaba de nuevo embarazada. Si esto se confirmaba, en modo alguno podían ejecutarla hasta que hubiese dado a luz, pues la nueva vida era inocente. Eso les hubiese dado tiempo a apelar a la reina. Por desgracia, esto tampoco funcionó: Margaret se negó a afirmar o desmentir su embarazo, y aunque las cuatro comadronas enviadas a examinarla confirmaron que, efectivamente, parecía estar encinta, uno de los jueces, Rhodes, presionó tanto para que esto no se tuviese en cuenta que al final, el recurso fue desestimado. En resumen: muy probablemente Margaret estaba embarazada cuando la ejecutaron.

Sus enemigos tampoco la dejaban tranquila. A todas horas era visitada por pastores y ministros protestantes para que desistiese de su empeño. Le decían que no era una mártir, sino una suicida, y que su muerte era estúpida y sin sentido. No pudieron con ella, ni siquiera cuando pretendían conmoverla hablándole de su marido y sus hijos. Ella estaba luchando por ellos, de modo que esos argumentos no podían hacerle mella. Tan sólo el reverendo Wiggington mostró respeto y afecto por ella en sus conversaciones en prisión, y aunque al final tuvo que retirarse, rendido, se llevó consigo un elogio de la mártir, que insinuó que quizá ambos no estuviesen tan lejos el uno del otro en cuanto a materia de fe [3]. Muchas otras cosas se le dijeron para que se viniese abajo, algunas muy crueles: que era una madre desnaturalizada, sin amor por sus hijos; que era una mala esposa y deshonraba a su marido; que había pecado con los sacerdotes que alojaba, una y otra vez… todo fue inútil. Margaret no cedió.

Finalmente, sus amigos perdieron la esperanza de salvarla cuando John Clitherow fue súbitamente liberado y enviado fuera de la ciudad. Era obvio que lo hacían para que no estuviese presente cuando ejecutaran a su mujer. Al conocer la sentencia, él había sido presa de la desesperación. Arrancándose los cabellos, llorando y gritando, sangrando incluso por la nariz, decía: “¡Ay de mí! ¿Van a matar a mi mujer? ¡Que se lleven todo lo que es mío, si quieren, pero que se salve, porque es la mejor esposa de toda Inglaterra, y la mejor de todas las católicas!” Este elogio dice mucho de él, a pesar de que se le haya juzgado con dureza por su naturaleza de acomodaticio, y por haber permanecido protestante toda la vida, pese al ejemplo de fortaleza católica del resto de su familia.

La Santa con sus zapatos, que envió a su hija antes de morir. Ilustración contemporánea.

En los últimos días de su vida, Margaret sintió la debilidad del cuerpo. Todo en ella la impelía a seguir viviendo: era joven, hermosa, sana y estaba llena de vida y de alegría. Pero había tomado su decisión y sabía que debía morir. Por ello, combatió sus deseos naturales con el ayuno: su comida en prisión consistía en unas lentejas, pan de centeno y un poco de cerveza, que sólo tomaba una vez al día y en muy poca cantidad. Y cuando acudieron a decirle que en dos días iba a morir, ya no tomó absolutamente nada. Se preparó para la muerte.
Queriendo conocer todos los detalles de la ejecución, pidió que le dejaran ver el sitio donde iba a morir, pero no se lo concedieron. Entonces le entró una angustia tan grande que dijo a su compañera de celda, la señora Yoward [4] -fiel protestante que había sido seleccionada para convencerla de su “estupidez” y con la que que, sin embargo, acabó trabando amistad- que el cuerpo le temblaba con sólo pensar en morir, aunque su espíritu se alegraba. Y tras hincarse de rodillas y rezar fervientemente, la paz volvió a ella y quedó serena.
Pidió que la dejaran ver a su familia para despedirse, pero no se le concedió. Sólo le permitieron enviarles algo a modo de despedida: así que envió su tocado -especie de sombrerito con el que las mujeres casadas inglesas se recogían el pelo, y que aparece en casi todas sus representaciones- a su marido, en señal de amor y fidelidad; sus zapatos y medias a su hija Anne, para animarla a seguir sus pasos [5]; y se quedó únicamente con la camisa de lino preparada por ella, habiéndose desprendido de todo lo demás.

La noche del jueves 24 de marzo, día anterior a su muerte, Margaret sintió angustia de nuevo. Echaba de menos a su familia, incluso a sus sirvientes. Le hubiese gustado tener a alguien conocido con ella, como le dijo a la señora Yoward, “no por miedo a la muerte, que es mi consuelo, sino porque la carne es débil”. Su compañera de celda le hizo compañía un rato pero acabó durmiéndose y Margaret sufrió un auténtico Gethsemaní. Se quitó sus ropas y, vistiendo la camisa de su ejecución, se arrodilló descalza en el frío suelo y permaneció durante horas así, rezando. Luego se tumbó sobre las piedras de la chimenea de la celda, seguramente, para ir acostumbrando a su cuerpo al dolor. No llegó a dormir mucho y a las seis de la mañana estaba ya lista y vestida, esperando a sus ejecutores. Le dijo a su compañera que estaba ya tranquila, que no tenía miedo, pero le hubiese gustado tener a algún amigo rezando por ella mientras moría. Entonces la señora Yoward tuvo la idea de sobornar a los ejecutores para que le diesen muerte rápido, con tal de acortar su sufrimiento. Pero Margaret no quiso ni oír hablar de ello.

Otro grabado del martirio de la Santa. Fuente: Bettman/CORBIS.

Peine forte et dure
A las ocho vinieron a buscarla y ella les siguió, tranquila. Tan sólo llevaba un camisón, que mostraba las piernas desnudas, y se había atado la cabellera castaña con las cuerdas que ella misma había fabricado. Mucha gente se abarrotó para verla pasar, y los sheriffs, de pronto considerados con ella, la dejaron dar limosna a la gente para que rezaran por su alma, como era costumbre.
Así fue desde la prisión de Ousebridge hasta el Toll Booth, donde iba a ser ejecutada. Los cuatro verdugos que se hubieran encargado de hacerlo sentían tanto asco por aquella forma de ejecución, que habían contratado a cuatro mendigos para que lo hiciesen por ellos (!!).

Los miembros del Consejo y algunos ministros protestantes que estaban allí quisieron que rezara con ellos, a lo que ella se negó con firmeza. Luego la instaron a rezar por la reina, pero ella empezó rezando por la Iglesia Católica, por el Papa y por todos los reyes y príncipes católicos. La interrumpieron diciéndole que no pusiese a la reina con semejante compañía, pero ella siguió diciendo: “… y especialmente por Elizabeth, reina de Inglaterra, para que Dios la convierta a la fe católica, de modo que después de esta vida mortal obtenga la felicidad del cielo. Pues deseo tanto bien a su alma como a la mía propia”. Entonces quisieron que admitiera en público que moría por traidora. Fue la única vez que se permitió alzar la voz, pues protestó: “¡No, no, no! ¡Muero por mi Señor Jesucristo!”.
Entonces le mandaron que se desnudara. Ella cayó de rodillas y suplicó que le permitieran ser ejecutada vestida, pero no se lo concedieron. Se tuvo que conformar con ser desnudada por unas mujeres mientras los hombres se daban la vuelta. Ni siquiera le permitieron vestir la camisa que había preparado. Se tuvo que tumbar desnuda en el suelo y se colocó encima dicha camisa, a modo de cobertor. Le taparon la cara con un pañuelo y le pusieron bajo la espalda una piedra dura y afilada, del tamaño del puño de un hombre. Luego, le colocaron una enorme puerta encima, tapándola por completo. Tenía las manos unidas en oración, pero le obligaron a sacarlas y ataron sus manos y pies a cuatro estacas, estirándola e inmovilizándola en forma de cruz.

Otro detalle del martirio de la Santa en una vidriera de la iglesia del Sagrado Corazón de Middlesbrough, Reino Unido.

Ni siquiera entonces la dejaron tranquila. Quisieron de nuevo que pidiese perdón a la reina y que rezase por ella. Margaret se negó: no había hecho nada para ofender a la reina y ya había rezado. Entonces, los cuatro mendigos empezaron a amontonar pesos encima de la puerta que la cubría, unos 700 u 800 kilos de peso. Ella, al sentir que la aplastaban, gritó: “¡Jesús, Jesús, ten misericordia de mí!” Luego ya no la oyeron más, aparte del espantoso crujido de los pesos, que hundieron la caja torácica, partiendo las costillas; en fin, que la trituraron viva. Tardó quince minutos en morir.
Todos permanecieron a su alrededor en silencio, observando el charco de sangre que se extendía bajo el cuerpo aplastado de Margaret. La dejaron allí desde las nueve de la mañana, momento de la ejecución, hasta las tres del mediodía. Era el 25 de marzo de 1586 y tenía 33 años de edad.

Corona de martirio
El cuerpo de la mártir fue enterrado de noche, en un muladar inmundo, esperando que nadie lo recuperase. Pero a las seis semanas, un grupo de católicos lo localizó. Era ya mayo y aprovecharon una noche tormentosa para desenterrarla sin peligro. Para su sorpresa, hallaron el cuerpo de Margaret totalmente incorrupto, aunque horriblemente destrozado por el aplastamiento. Entonces, uno de ellos se ofreció a llevarlo, y tras seis días en que el cuerpo siguió fresco y flexible, lo enterró dignamente en un lugar secreto, desconocido hasta hoy.
Sin embargo, con los traslados una mano se desprendió y fue separada del cuerpo. Esta mano es todavía conservada hoy en el Bar Convent de York, donde se aprecia su incorrupción. La gestualidad de los dedos de Margaret, contraídos y crispados, nos da fe del terrible dolor y angustia que debió sentir al morir.

Margaret Clitherow, llamada “la Perla de York”, fue canonizada por el papa Beato Pablo VI en 1970, formando parte del grupo de los 40 Mártires de Inglaterra y Gales, que son, como ella, católicos martirizados por causa de la Reforma protestante. Actualmente, estos mártires son conmemorados el 25 de octubre, pero antes de que se trasladase su conmemoración conjunta este día, a la entonces Beata Margaret Clitherow se la celebraba el 26 de marzo.

Detalle de la mano incorrupta de la Santa que se venera en el Bar Convent de York, Reino Unido.

“Me acusáis falsamente… ni muero en vano ni me procuro yo misma la muerte de buen grado, pues no soy culpable de los crímenes de los que me acusáis, y aun condenada a muerte, no puedo sino alegrarme, porque mi lucha es la causa de Dios… en cuanto a mi marido, sabed que le he amado en este mundo después de Dios, y que he cuidado de mis hijos como una madre debe hacer: creo haber cumplido mi deber de educarlos en el temor de Dios, de modo que ahora quedo liberada de ellos. Y por ello, antes prefiero tomar lo que Dios me envíe que renunciar a una pizca de mi fe. La muerte es terrible, y la carne es débil, pero espero, con la ayuda de Dios, derramar mi sangre por esta fe con tanta buena disposición como puse mis pechos en las bocas de mis hijos, así como tampoco deseo que se aplace más mi muerte… doy testimonio de que muero por la fe católica, la misma en la que fui bautizada”.

Meldelen

Bibliografía:

– MONRO, Margaret T; St. Margaret Clitherow (c.1553.1586), the Pearl of York. Wife, mother, martyr for the Catholic Faith under Queen Elizabeth I, Ed. Tan Books and Publishers Inc, Illinois, 2003.


[1] Esta forma de ejecución era específica para aquellos que se negaban a declarar y ser juzgados. En principio era un método de tormento, el prisionero podía estar varios días sufriendo aplastamiento mientras era alimentado con pan rancio y agua pútrida. En cierto momento, dejó de ser una forma de tortura para convertirse en pena capital.
[2] Aun cuando Elizabeth I fuese protestante, no era descabellado recurrir a ella. Ejecutar mujeres era algo todavía extremadamente impopular. Tenían la esperanza de mover el corazón de la reina a compasión; y en efecto, aunque no llegaron a tiempo para Margaret Clitherow, los años venideros demostrarían que la monarca inglesa perdonó la vida a varias mujeres católicas acusadas, conmutando las penas de muerte por prisión.
[3] Se comprenderá que este elogio, venido de una católica hacia un protestante en tiempos de la Reforma, es totalmente insólito. Si además tenemos en cuenta que dicha católica es una mártir de la fe, el elogio se vuelve todavía más extraordinario.
[4] El testimonio de la señora Yoward, su compañera de celda en los últimos días, fue inestimable para completar el vacío que consecuentemente deja el padre Mush en su relato, pues estaba ausente cuando todo esto ocurrió.
[5] Verdaderamente, Anne Clitherow fue una digna hija de su madre. No sólo se resistió a todas las presiones y maltratos a que la sometieron para que abjurase de la fe católica, sino que sufrió con fortaleza la prisión y el abandono siendo todavía niña, hasta que pudo escapar a los Países Bajos, donde profesó como religiosa.

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15 pensamientos en “Santa Margaret Clitherow, la Perla de York (II)

  1. Sin duda alguna se puede decir que en Santa Margaret Clitherow se cumplen todas las condiciones que especifica el capítulo 31 del Libro de los Proverbios cuando define a la mujer fuerte y virtuosa; y aun así, el texto bíblico se le queda corto.
    Ella, en el momento en el que le tocó vivir, antepuso su fe y su compromiso por encima de cualquier otra cosa, incluso por encima de su propia familia, a la que tanto quería y a la que estaba totalmente entregada.

    Tuvo que tener agallas para rechazar defenderse en un juicio contra ella, aun a sabiendas de cual sería el suplicio al que sería sometida por rechazar tal defensa, cosa que hizo únicamente para evitar que sus hijos, a quienes amaba con locura, tuvieran que testificar en el juicio. Por amor a sus hijos, se expuso al suplicio del aplastamiento cuando sabía que existían otras formas de morir menos cruentas. Todo esto, que has expuesto de manera detalladísima, me hace reafirmar que Santa Margaret era por supuesto una mujer de fe, pero sobre todo era una mujer valiente, una mujer fuerte, una mujer desde los pies a la cabeza.

    Sabemos a qué tormentos fueron sometidas muchas mártires de la antigüedad y sabemos que con esas realidades están mezcladas algunas consideraciones que nos hacen creer que esos suplicios pudieron ser en parte dulcificados por intervención divina.
    En este caso, muchísimo más reciente y explicado de la forma en que lo has hecho, podemos comprobar el horror de la tortura e incluso el sentimiento de cierta piedad por parte de sus verdugos y el pleno conocimiento que ella tenía acerca de lo que le esperaba, conocimiento que incluso le hizo pasar el miedo que pueda sentir toda persona que sabe que va a morir aunque lo haga “a gusto” porque es por una causa superior.

    Pero por encima de todo esto, además de su amor a Cristo, estuvo el amor maternal hacia sus hijos pequeños, pues quiso ser tratada así, de esa manera tan cruel a fin de evitar a sus niños testificar en un juicio. Amor extremo de madre, mujer santa, mujer recia y tierna al mismo tiempo, mujer de una fortaleza extraordinaria.
    Yo, que conocía la vida y muerte de nuestra santa, he quedado sobrecogido al leer el relato del martirio en tu maravilloso artículo y solo me quedan dos cosas por decir: gracias por tu trabajo y que Santa Margaret Clitherow ruegue por todos nosotros.

    • Suscribo lo que dices, punto por punto. Se me pusieron los pelos de punta la primera vez que leí la historia de esta mujer admirable y siguen así cada vez que la releo. Me parece una barbaridad lo que hicieron con ella; y además, no contentos con aplastarla como a una cucaracha (¡¡y embarazada!!) todavía le repetían una y otra vez que era una mala esposa y una mala madre. Sobretodo una mala madre. Sin comentarios.

      No he querido explayarme en hablar sobre los hijos, pero también fueron muy crueles con ellos, sobre todo con la niña, Anne. Cuando ya habían matado a su madre, le dijeron que todavía podía salvarla si acudía a los oficios anglicanos (!!!!!!). La niña lo creyó y se obligó a asistir… imagínate su reacción cuando supo que su madre ya estaba muerta antes de que fuese. ¿Quién le hace eso a un niño? Me ahorro el apelativo.

    • Como decía, considero que la bibliografía católica ha tratado con excesiva dureza al marido. Sólo porque fuera anglicano y quisiera mantenerse como tal. Y es que somos dados a juzgar alegremente. Se nos olvida que era muy buena persona, que quería mucho a su mujer y que la respetó y trató de hacer “la vista gorda” en lo posible para dejarla tranquila con su fe y sus prácticas. Tampoco le impidió que educara católicamente a sus hijos ni obligó a los niños a otra cosa. Y eso, teniendo en cuenta que los matrimonios de la época se concertaban y no se hacían por amor, es mucho.

  2. He quedado impresionado por las palabras de Margaret Clitherow que aparecen al final del artículo. Son toda una oda a la fe y al compromiso con su verdad. Los grabados que muestran su martirio representan una forma de morir cruel y desconocida para mi. Supongo que el motivo final de la muerte sería el de la asfixia pues el peso iría oprimiendo las vias respiratorias e impediría la circulación del aire. En suma, una gran mujer que merece este artículo.

    • No, Salvador, esta forma de ejecución no produce la muerte por asfixia, sino por aplastamiento puro y duro. Como decía, lo mismo que cuando se aplasta a una cucaracha de un pisotón. Es realmente horrible hacerle eso a un ser vivo, no digamos ya a un ser humano y que encima, es una mujer embarazada. Sin comentarios.

  3. Sinceramente Ana me ah dejado impresionado la vida y martirio de esta mujer que es diginisima de ser llamada Santa y tan grande como cualquier martir de la antiguedad como Ines, Lucia o Catalina, nos deja una enseñanza enorme no sólo a las mujeres sino a todos los creyentes penso en todos sus projimos hasta en el ultimo momento, preferir morir de una forma tan atroz a tener que implicar en el jucio a sus hijos y que el jurado cargara con su muerte, es algo admirable, una duda… ¿la señora Yoward, que se sabe más de ella? del mismo modo me impresiono la actitu del pastor protestante, muchas gracias por danrios a conocer la vida y martirio de esta gran santa.

    • Gracias, André, veo que has captado a la perfección la vida de esta gran mujer y comparto punto por punto todo lo que dices de ella. Me alegro de que esta Santa te haya impactado tanto como a mí.

      Sobre la señora Yoward no tengo mayor información, pero sabemos que fue ella la que le relató al padre Mush las vivencias de Margaret en prisión y las últimas horas de su vida. Estaba en prisión pagando por una deuda de dinero que tenía, y como era una fervorosa protestante la pusieron con Margaret para que la convenciese, pero como ves, no sólo no lo hizo sino que acabaron siendo amigas.

      El reverendo Wiggington, por su parte, fue enviado a tratar de convencerla de que declarase y de paso mantenía con ella disputas dialécticas del tipo “católico vs. protestante”; y a diferencia de otros pastores que la visitaron no fue violento ni despreciativo con ella, sino que estaba admirado de cómo se expresaba; por eso la defendió más de una vez cuando veía lo cruel e injusto que era el Consejo con ella. No pudo convencerla para que se salvase y por eso se retiró muy triste.

  4. Impresionante el testimonio de esta mujer, verdaderamente impactante, y de la forma del martirio, ni hablar……
    Yo crei que Inglaterra era uno de los paises europeos con menos Santos ( por el protestantismo y anglicanismo, tan difuminados en el pais), pero me doy cuenta de que no es asi, En Inglaterra tambien brillan muchas luces de Martires y Doctores.
    Hermoso el Articulo Ana Maria, Muchas Gracias.

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