Las reliquias de la Pasión de Cristo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La Crucifixión, óleo del pintor danés Carl Heinrich Bloch (s.XIX).

Desde los primeros siglos del cristianismo, el culto a las reliquias ha estado siempre muy extendido tanto en Oriente como en Occidente. Primero se veneraron las reliquias de los mártires sobre las cuales se celebraba la Eucaristía, pero desde que Santa Elena, en el año 320, descubrió la supuesta cruz en la que fue clavado nuestro Salvador, la veneración a las reliquias de la Pasión de Cristo fue tomando cada vez mayor auge en toda la cristiandad. Sin embargo preguntémonos si Santa Elena sabía “donde debería excavar para encontrar las reliquias que buscaba”.

En el año 132 se prohibió a los judíos la entrada en Jerusalén, la cual había sido destruida en el año 70 y reconstruida posteriormente. Sobre la explanada del Antiguo Templo se había levantado una estatua de Adriano y sobre el Calvario y el Santo Sepulcro, un templo a Afrodita. Si Adriano construyó allí un templo a Afrodita fue porque quiso extirpar el primitivo culto cristiano rendido en aquel lugar. Los cristianos, a través de la sucesión apostólica de Santiago que fue el primer obispo de Jerusalén tuvieron conocimiento de forma ininterrumpida del lugar exacto donde estaba ubicado el Calvario y el Santo Sepulcro y esto nos queda confirmado por los escritos de San Jerónimo, San Eusebio, Sozomeno, Melitón de Sardes, Alejandro de Capadocia, Orígenes y otros muchos autores cristianos de los primeros siglos. Por eso, cuando los mensajeros de Santa Elena llegaron a Jerusalén, sabían exactamente dónde tenían que buscar y lo hicieron.

San Eusebio de Cesarea, que fue testigo ocular, dice: “Cuando estrato tras estrato, apareció el nivel más bajo del terreno, se nos ofreció a la vista el santísimo santuario de la resurrección del Señor y la caverna, que es el lugar más sagrado que exista en el mundo, recobró el mismo aspecto que tenía cuando resucitó el Señor”. Identificaron el sepulcro vacío a treinta y ocho metros de distancia del Calvario y comprobaron que coincidía con las descripciones que a ellos se les había transmitido de manera oral.
Diversas excavaciones arqueológicas realizadas a finales del siglo XIX y en los años setenta del siglo XX han confirmado la topografía original del Calvario así cómo las sucesivas construcciones realizadas sobre él. Hasta aquí, todo parece histórico y exacto: el Santo Sepulcro está sobre la tumba de Cristo y Santa Elena ordenó excavar en el lugar correcto.

Detalle del lignum crucis venerado en el monasterio de Santo Toribio de Liébana, España.

Apenas transcurridos veinte años de lo realizado por Santa Elena y viviendo aun muchos de los testigos oculares, aparecen los primeros escritos relatando esta historia del descubrimiento del Sepulcro y de la Santa Cruz y es a finales del siglo V, cuando Sozomeno, por primera vez, rechaza las “exageraciones” que sobre este tema escribieron algunos autores, lo que supone que desde un principio esta cuestión se vio abocada a sufrir añadidos devocionales, poco históricos.
San Ambrosio, arzobispo de Milán que vivió en el siglo IV, en su obra “De obitu Theodosii” dice textualmente: “Llegó Elena y comenzó a visitar los lugares santos. Entonces el Espíritu de Dios le sugirió buscar el leño de la cruz. Fue al Gólgota e hizo excavar y aparecieron tres instrumentos de martirio que yacían desordenados, sepultados bajo los escombros, escondidos del enemigo, pero el triunfo de Cristo no podía permanecer sepultado en las tinieblas”.

Nadie pone en duda la autenticidad y veracidad de los escritos de San Ambrosio, pero es verdad que ya aquí empieza la primera discrepancia en cuanto a lo sucedido, porque mientras Teodoreto de Ciro y Rufino de Aquileia cuentan el hecho milagroso de poner a un enfermo sobre las tres cruces hasta que en una sanó, San Ambrosio dice que “la cruz de Cristo fue reconocida porque tenía unido a ella el “titulus crucis” (lo que llamamos el INRI) mientras que las otras dos no tenían inscripciones”.

Santa Elena se marchó de Jerusalén en el año 325 y dispuso que las reliquias encontradas se distribuyesen entre Jerusalén, Constantinopla y Roma y todo esto queda atestiguado por San Cirilo de Jerusalén, San Juan Crisóstomo y San Gregorio de Niza (siglo IV) y San Paulino de Nola a principios del siglo V. Asimismo, ordenó construir la llamada “Basílica del martyrium” en aquel lugar y no por el hecho de descubrirse allí el Sepulcro, sino por haberse descubierto allí la Cruz y una prueba de ello es que la consagración de la Basílica no se hace en el día de Pascua sino en el mes de septiembre.

Pero los restos de la presunta Cruz de Cristo sufrieron diversas vicisitudes a lo largo de la Edad Media, tanto en Jerusalén (que fue desvastada por los persas en el siglo VII), como en Constantinopla (donde los cruzados la destruyeron y saquearon en los siglos XII y XIII) y en Roma (saqueada por los godos), luego los diversos y numerosos trozos que hasta nosotros han llegado ¿pertenecen a la Cruz encontrada por Santa Elena aunque diéramos esta por auténtica?

Mesa de la Última Cena venerada en la Basílica de San Juan de Letrán, Roma (Italia).

Sobre la autenticidad de estas supuestas reliquias se ha escrito en demasía, sobre todo recientemente, cuando se han puesto en entredicho muchas afirmaciones rotundas de autenticidad, que sin más ni más se daban por ciertas por aquello de “según la tradición…”.
Aunque absolutamente todas las presuntas reliquias de la Pasión se han puesto en cuestión, sobre todo se han gastado toneladas de papel y múltiples esfuerzos en defender o atacar especialmente la autenticidad de las reliquias de la Santa Cruz y de la Sábana Santa que envolvió el cadáver de Cristo cuando fue sepultado la tarde del Viernes Santo. De este último tema publicaremos mañana un artículo.

Yo, que soy escéptico por naturaleza, voy a reservarme mi opinión personal y me voy a limitar a enumerar a algunas de las que se dicen existir y que cada cual, según su criterio, crea lo que estime más conveniente. Este no es un tema de fe sino que es solo un tema de tradición. A un objeto se le puede venerar por lo que representa independientemente de su autenticidad o no autenticidad. Diré, a modo de ejemplo, que la Santa Cruz es un signo de salvación y merece ser siempre venerada independientemente de que tenga una forma u otra o esté hecha de uno u otro material e independientemente de que sea una simple cruz procesional o que se diga de ella que porta un “Lignum crucis”.
Como he dicho, en este artículo vamos a hacer mención de algunas de estas reliquias, de las más notables de entre ellas.

Vista del Lignum Crucis que se venera en el monasterio Vatopedi del Monte Athos (Grecia).

La Santa Cruz
“Y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio”. (Juan, 19, 18)

En el artículo que publicamos el pasado día 14 de septiembre sobre la Invención de la Santa Cruz, y también en este ya hemos explicado cómo fue descubierta por Santa Elena, madre del emperador Constantino y cómo desde entonces es venerada en toda la cristiandad. Asimismo, en la Semana Santa del año pasado publicamos tres artículos de nuestra compañera Ana María referentes de la Crucifixión (Lunes, Martes y Miércoles Santo). Sería interesante releerlos.

A los trozos de ese Sagrado Madero se les conocen con el nombre de “Lignum crucis” y hay miles repartidos por los cinco continentes. Existen muchos detractores que niegan la autenticidad de esta reliquia basándose en tres hechos: en todo el misterio y leyenda que han encubierto no solo a su descubrimiento sino al destino final de los tres grandes trozos que quedaron en las tres ciudades santas, en el hecho de que existen tantas reliquias que si se juntasen todas se podrían construir varias cruces completas y en el hecho de que el Vaticano, cuando raramente concede alguna, lo hace sin la correspondiente “auténtica”.

Sin entrar en la historia de cada uno de ellos digamos que los trozos más insignes se veneran actualmente en la Basílica de San Pedro del Vaticano, en la Basílica Santa Croce in Gerusalemme (Roma, Italia), en el monasterio de Santo Toribio de Liébana (Cantabria, España), en la catedral de Anagni (Italia), en la Colegiata Mayor de Caspe (Zaragoza, España), en el monasterio Vatopedi del Monte Athos (Grecia) y en otros muchos lugares tanto de Oriente como de Occidente. La reliquia existente en el Santo Sepulcro de Jerusalén se perdió en el año 1187 cuando Saladino derrotó a los cruzados.

En este día de Viernes Santo, con “Lignum crucis” o sin él, la Santa Cruz tiene que ser para nosotros todo un símbolo de esperanza en Aquel que quedó colgado en ella. Eso, la Iglesia lo quiere demostrar incluso con la adoración que en el día de hoy se le tributa a este signo de salvación que nos identifica a los cristianos ante todos los hombres. En honor de la Santa Cruz, quiero poner en este lugar un vídeo del hermoso himno “Crux fidelis” cantado en gregoriano.


Columna de la Flagelación venerada en la iglesia de Santa Práxedes de Roma, Italia.

La columna de la flagelación y los azotes
“Pilatos entonces tomó a Jesús y mandó azotarle” (Juan, 19, 1)

Los evangelistas relatan que Jesús fue azotado antes de ser entregado para que lo crucificasen pero no consta en los evangelios que fuera amarrado a ninguna columna. Si lo azotaron a la manera en la que lo hacían los romanos, lo más probable es que fuera atado a una columna o poste, pero eso no lo podemos afirmar a ciencia cierta; eso solo lo sabemos por la tradición.
Aunque parte de esta columna de la flagelación se dice que está en la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, especialmente es venerada como tal la que se encuentra en la iglesia romana de Santa Práxedes. La Basílica de San Marcos de Venecia (Italia) y el monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid, España) presumen de poseer pequeñas porciones de esta columna.

En esta web podemos seguir el relato que sobre este suplicio infringido a Cristo escribió la Beata Ana Catalina Emmerich, según dice le fue revelado; (ver artículo del 19 de junio pasado). En la catedral de Anagni (Italia) y en la iglesia romana de Santa Maria in vía Lata afirman poseer los látigos utilizados en esta flagelación.

Relicario de la Corona de Espinas de San Luis IX, rey. Sainte Chapelle de París, Francia.

La corona de espinas
“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas…” (Mateo, 27, 29)

Según los datos aportados por la Sábana Santa venerada en Turín, la corona de espinas debió tener la forma de un casco en la que metieron la cabeza del Salvador, clavándose las espinas por todo el contorno de la frente, cabeza y nuca. Es célebre el relicario de la corona de espinas que se venera en París y que fue ordenado realizar en el año 1248 por parte de San Luís IX, rey de Francia. Este relicario se venera en la llamada Capilla Santa de París y conserva la corona, aunque sin las espinas; pero relicarios con espinas de esa corona existen por toda la cristiandad, especialmente en Roma (Basílica de San Pedro del Vaticano, Basílica de San Juan de Letrán, iglesias de Santa Práxedes, de San Marcos y otras). Los relicarios más famosos venerados en España se encuentran en el monasterio de Montserrat (Cataluña) y en el monasterio de El Escorial (Madrid).

“Título de la Cruz” o INRI
“Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos” (Juan, 19, 19)

Estamos hablando de una reliquia que tiene una gran importancia jurídica pues es la sentencia de muerte de Cristo escrita por orden del gobernador Poncio Pilato.
Desde el siglo IV existen documentos que mencionan a esta reliquia, a la cual se le han hecho el análisis del Carbono 14 y de paleoescritura con el fin de datarla. Se trata de un trozo de madera de nogal de 687 gramos de peso fechada en el siglo I de nuestra era. Tiene señales de descomposición en los bordes al haber estado sumergida en agua durante unos trescientos años, teniendo una parte recortada por lo que es muy difícil leer la inscripción hebrea. En el centro de la tabla existen restos de tintas gris blancuzca y negra sobre algunas de las letras y la escritura está en hebreo, latín y griego.

Titulus (INRI) de la Cruz. Basílica della Santa Croce in Gerusalemme, Roma (Italia).

Sozomeno, cuando escribe sobre su descubrimiento en el siglo V dice textualmente: “Fueron encontradas tres cruces y otro pedazo de madera sobre el cual, en color blanco resaltaba escrito en caracteres hebreos, griegos y latinos: Jesús de Nazareth, rey de los judíos”.
Santa Elena, cuando descubrió este “titulus crucis”, dejó parte en Jerusalén (actualmente perdido) y parte se llevó a Roma conservándose en la Basílica romana de Santa Croce in Gerusalemme. Durante varios siglos (desde el V – para preservarla durante la invasión del rey godo Alarico – hasta el día 1 de febrero de 1492) esta reliquia estuvo escondida dentro de una caja de plomo oculta por un azulejo en el techo de la capilla de Santa Elena en la mencionada basílica romana.

Santo "Chiodo" (Clavo de la Crucifixión) venerado en el Duomo de Milán, Italia.

Los clavos de la crucifixión
“Era la hora tercera cuando le crucificaron” (Marcos, 15, 25)

Tradicionalmente creemos que Cristo fue sujeto a la cruz por tres clavos, pero hay quienes con fundamento mantienen que los clavos fueron cuatro. En la ya mencionada Basílica de Santa Croce in Gerusalemme se conserva uno de ellos, otro (llamado “Santo Chiodo”) se conserva en la catedral de Milán y en el Palacio Real de Madrid se afirma tener un tercero. Asimismo, en la catedral de Monza, en Italia, existe la llamada “corona de hierro de Lombardía”, que se dice fue realizada fundiendo uno de los clavos de la crucifixión.
Hay algunos otros en otras localidades lo que viene en abundar en las dudas sobre su autenticidad aunque existen autores que afirman que eso es debido a que los dos palos de la cruz (el stipite y el patibulum), estaban clavados entre sí.

La lanza de Longino
“Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua”. (Juan, 19, 34).

Según la tradición, la lanza de Longino sin su punta se conserva y venera en la Basílica de San Pedro del Vaticano, mientras que la punta está en la Santa Capilla de París. Los armenios, por su parte, afirman tenerla en la Santa Sede de Etchmiadzin (Armenia).

Lanza de Longino, llevada por San Judas Tadeo a Echmiadzin, Armenia.

El Jueves Santo del año pasado publicamos un interesante artículo sobre el Santo Cáliz de la Cena, venerado en la catedral de Valencia (España) y mañana publicaremos otro artículo sobre la Sábana Santa, que se conserva y venera en la catedral de Turín (Italia), pero podríamos seguir hablando de otras presuntas reliquias de la Pasión, lo que haría demasiado extenso el artículo; solo mencionaré que en la Basílica Lateranense se dice conservar la parte superior de la “mesa de la Cena” e incluso “la toalla del lavatorio de los pies” y “el manto de púrpura o clámide” que le pusieron cuando fue coronado de espinas y que otros lugares de la cristiandad manifiestan tener las cuerdas con las que fue atado en Getsemaní, el “velo de la Verónica”, la “esponja” con la que le dieron a beber hiel y vinagre, el “sudario” de la mortaja, “la túnica sin costura” que llevaba y que le arrancaron antes de crucificarle, etc.

En cuanto a los lugares en concreto donde sucedieron los hechos, está identificado el lugar del “Cenáculo”, el “Huerto de Getsemaní”, el “Pretorio de Pilatos”, la “Vía Dolorosa”, el “Calvario”, la “Piedra de la Unción” y el “Santo Sepulcro”, todos, por supuesto, en Jerusalén.

Capilla de la Prisión de Cristo, Jerusalén (Israel).

Termino el artículo diciendo que, para muchos, la autenticidad de estas reliquias es más que discutible, mientras que para otros, son objetos sagrados que sirvieron de tormento a nuestro Redentor y que estuvieron en contacto con su Cuerpo y con su Sangre.
Ese Cuerpo y esa Sangre sí que tenemos la certeza de poseerlos en la Sagrada Eucaristía bajo las apariencias de pan y vino y esa seguridad nos la dan sus palabras: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo, 28, 20).

Antonio Barrero

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