María Santísima, Reina de todos los santos (VII)

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Detalle de la Virgen con el Niño, fresco paleocristiano en la cripta Velatio Virginis, catacumbas de Priscila, Roma (Italia).

Culto a María en Occidente
En el artículo anterior escribíamos sobre el culto que recibe la Santísima Virgen María en Oriente por parte de cada una de las Iglesias Orientales, católicas y ortodoxas. En este, lo haremos sobre el culto tributado a la Madre de Dios en Occidente, culto que siempre ha estado asociado a su Hijo y a su obra salvadora. El misterio de la salvación siempre ha estado asociado al misterio mariano.

El culto a María antes del Concilio de Efeso (siglos I al IV)
Antes del Concilio de Éfeso, el mayor centro de culto tanto a Cristo como a María estaba sin duda alguna asociado a la Iglesia de Roma, iglesia fundada por los santos apóstoles Pedro y Pablo. Son numerosas las imágenes de María que aparecen pintadas en las paredes de las catacumbas romanas, pinturas que están datadas desde el siglo I al siglo III. En estas imágenes, por ejemplo en las que aparecen en las catacumbas de Priscila y que son del siglo II, se pueden observar las primeras trazas de un culto tributado a la Madre de Dios. Esto lo estudia concienzudamente G. Ferretto en su obra: “Trazas del culto a Nuestra Señora en algunos frescos de las catacumbas”, publicado en el año 1948. En estos frescos, la imagen de María no aparece como una figura ornamental sino que aparece como una figura con el Niño en brazos, separada de toda composición junto a otras figuras, lo que sin dudas significa que era objeto de veneración para aquellos primitivos cristianos.

Y en estas pinturas no se muestra a María solo como objeto de veneración, sino también como modelo a imitar, como puede deducirse de la “velatio virginis” que aparece en las mismas catacumbas de Priscila y que pertenecen a la segunda mitad del siglo III. En dicho fresco está un obispo asistido de un diácono, situado de frente a una joven y con el brazo extendido, le señala a esta con el dedo, una imagen de María indicándole cual es el modelo al que debe imitar. Con esto, ya a finales del siglo III, se muestra el ideal de la vida ascética, poniendo como prototipo de la misma a la Santísima Virgen.

Fresco paleocristiano de la Virgen con el Niño y un obispo que señala hacia Ella. Catacumbas de Priscila, Roma, siglo III.

En los subterráneos de la Basílica Vaticana también aparecen muestras del culto que los primeros cristianos de Roma tributaban a María; allí se han descubierto recientemente algunos grafitis realizados entre los años 290 al 315, en los que se hacen mención de Cristo, de María y del apóstol Pedro. En una de estas inscripciones aparece el nombre completo de María entre las siglas de Cristo y Pedro y los tres nombres se fusionan bajo una misma señal de victoria superpuesta a ellos: Νίκα, que significa, “vence”.

Ciertamente, se puede afirmar que el hecho de unir gráficamente estos tres nombres, significa que los tres recibían culto. M. Guarducci en su obra: “María en los epígrafes paleocristianos de Roma”, publicada en el año 1963 dice que ya desde principios del siglo IV, María era venerada en Roma junto con Cristo y con San Pedro y que ésta era una devoción popular en la que sin duda alguna queda reflejado el sentir de la primitiva Iglesia.

Pero hay más, pues en algunos vidrios dorados del siglo IV encontrados en las catacumbas romanas, aparece María en medio de los apóstoles Pedro y Pablo, que como todos sabemos son considerados como los fundadores de la iglesia de Roma. También en un panel de la puerta de la iglesia romana de Santa Sabina y que está fechado en el siglo V, está representada María circundada de los dos mismos apóstoles.

Quizás, el testimonio más elocuente del culto mariano es la oración “Sub tuum praesidium”, de la que ya hemos escrito en alguna ocasión anterior, oración que está dirigida a la Santísima Virgen y que por primera vez aparece escrita en un papiro copto del siglo III. Esta oración sigue rezándose tanto en Occidente como en Oriente:

Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix.
Nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus,
sed a periculis cunctis libera nos semper,
Virgo gloriosa et benedicta.

Ὑπὸ τὴν σὴν εὐσπλαγχνίαν, καταφεύγομεν, Θεοτόκε.
Τὰς ἡμῶν ἱκεσίας, μὴ παρίδῃς ἐν περιστάσει,
ἀλλ᾽ ἐκ κινδύνων λύτρωσαι ἡμᾶς,
μόνη Ἁγνή, μόνη εὐλογημένη.

Bajo tu protección buscamos refugio, ¡oh Santa Madre de Dios!,
No rechaces nuestras oraciones en nuestras necesidades,
Sino que líbranos siempre de todos los peligros,
Oh Virgen gloriosa y bendita.

Otra prueba más de la invocación a María es un epígrafe romano del siglo V encontrado en África, con el texto: “Sancta María, adiuba nos” («Ayúdanos, Santa María»). En las catacumbas de la vía Nomentana existe una invocación fechada a principios del siglo IV, dedicada a la Virgen que aparece con el Niño puesto delante de ella y en actitud de oración con dos monogramas constantinianos escritos a sus dos lados: Es la Virgen que le está solicitando a su Hijo, la paz para todos aquellos que están sepultados en el mencionado cementerio. Podríamos decir que es la primera imagen en la que aparece nuestra Señora como medianera de toda gracia y estamos hablando de principios del siglo IV.

También en el siglo IV, San Ambrosio de Milán (339-397) expone dos aspectos fundamentales del culto mariano: a María hay que venerarla y hay que imitarla. En su obra “Exhortatio virginitatis” dice: “¿Quién no dará honor a la Madre de todas las vírgenes? ¿Quién no venerará a quien concentra en sí todo el pudor?”. Pero este Doctor de la Iglesia nos dice también que a María hay que imitarla: “La vida de María fue tal que Ella sola es norma de vida para todos nosotros. Ella es la regla de nuestras vidas”. Podríamos decir que San Ambrosio de Milán, Doctor de la Iglesia Universal, es uno de los más antiguos promotores del culto mariano.

Fresco paleocristiano de la Virgen con el Niño, catacumbas de la via Nomentana.

El culto a María desde el Concilio de Éfeso hasta el siglo IX
El Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431 define solemnemente el dogma de la Maternidad Divina de María (ver el artículo María Santísima, Reina de todos los santos (V), publicado el pasado 12 de septiembre) y con esto, le da un nuevo impulso al desarrollo del culto mariano tanto en Oriente como en Occidente. Desde ese momento son numerosas las iglesias que se erigen en su honor y son muchas las imágenes que de ella se hacen así como los himnos que a ella se le dedican.

En Occidente, desde el punto de vista litúrgico, ya aparece en el siglo VI su nombre en el Canon de la Misa. Recordemos la oración denominada “Communicantes”: “Communicantes et memoriam venerantes in primis gloriosae semper Virginis Mariae Genitricis Dei et Domini nostri Iesu Christi…”. Y ya también en este mismo siglo aparecen festividades marianas propias en Hispania, las Galias, Roma y otras muchas regiones y países occidentales.
En Roma, en este mismo siglo, la “feria cuarta” (el miércoles) de todo el tiempo del Adviento estaba dedicada a ella e incluso el día 1 de enero, dentro de la Octava de la Natividad, se hacía una conmemoración especial mariana en la iglesia del Panteón.

San Gregorio de Tours, que vivió en ese mismo siglo, nos dice que en las Galias, “a mediados del mes décimo”, había una fiesta especial mariana y como en aquella época el año empezaba en el mes de marzo, se deduce que el mes “décimo” era el mes de enero y el día en concreto era el día 18. Efectivamente, en los textos litúrgicos de Rito Galicano aparece una fiesta mariana en dicha fecha, fiesta que no está relacionada con ninguna advocación especial, fiesta sobre la que existe una homilía de San Cesáreo, obispo de Arlés, que murió en el año 543.

La Anunciación. Mosaico paleocristiano del siglo V. Basílica de Santa María la Mayor, Roma (Italia).

En la Hispania visigoda también existía una fiesta mariana a mediados del mes de diciembre, durante el tiempo de Adviento. De esta festividad del 18 de diciembre hemos tratado en algunos de nuestros artículos anteriores. Fue el X Concilio de Toledo, celebrado en el año 646 en tiempos de San Ildefonso, quién fijó dicha festividad obligatoria en todo el Rito Hispano-mozárabe y como estaba fijada ocho días antes de la Navidad, se llamó la fiesta de la “Expectación del Parto”.
A mediados del siglo VII aparecen también las cuatro grandes fiestas marianas: Purificación, Anunciación, Asunción (Dormición) y Natividad, fiestas que ya eran celebradas en Oriente y que se introdujeron en el Rito Romano gracias a unos monjes orientales que emigraron a Roma a principios del mencionado siglo.

El “Liber Pontificalis” hace referencia a un mandato del Papa San Sergio I (687-701), mediante el cual solemnizaba estas cuatro fiestas ordenando se realizara una procesión desde la iglesia romana de San Adrián a la de Santa María la Mayor. Estas cuatro fiestas se difundieron por todo Occidente.

Durante este período (siglo V al siglo IX), se le dedicaron a nuestra Señora numerosísimas iglesias en Occidente, son asimismo multitud las representaciones iconográficas de María Santísima, los cantos litúrgicos compuestos en su honor, las manifestaciones devocionales, tanto populares como personales y las homilías escritas sobre ella, pero para no hacer demasiado extenso este artículo, estos tres temas los dejaremos para la siguiente ocasión.
Seguimos utilizando como bibliografía, los trabajos del doctor don Gabriel M. Roschini, profesor de Mariología en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

Antonio Barrero

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