Santos Engracia y compañeros, mártires en Zaragoza

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo decimonónico de la Santa con el suplicio del arrastre al fondo. Basílica de la Santa en Zaragoza, España.

Hoy, día 16 de abril, celebramos la festividad de una mártir ciertamente conocida en ámbito ibérico, aunque sin repercusión fuera del mismo y de culto restringido incluso dentro de España. Es la más conocida de las Santas de este nombre -Engracia, del latín in gratia, «que está en estado de gracia», «llena de gracia»- que podrían reducirse prácticamente a tres y una de ellas sea probablemente un desdoblamiento de la primera. En cualquier caso, hoy hablaremos de la mártir zaragozana y de sus compañeros.

La fuente primigenia que nos habla de estos mártires, de la cual beben todos los textos posteriores, es el himno IV del poema Peristephanon de Aurelio Prudencio, poeta hispano que exalta el heroísmo de éstos y detalla los horribles sufrimientos experimentados por Engracia. Prudencio no menciona la fecha del martirio, pero se da por sentado que ocurrió en tiempos de Diocleciano. La passio de los mártires, escrita entre finales del siglo VI y principios del VII -por lo tanto, más de un siglo posterior a la muerte del poeta- está atribuida a San Braulio, obispo de Zaragoza; y destaca de nuevo la presencia de Publio Daciano, ese personaje estereotipado presente en todas las passios de la liturgia mozárabe (San Vicente, Santa Eulalia, Santa Leocadia) y algunas otras como la de San Jorge o Santa Fe. Como he apuntado otras veces, no se ha podido demostrar la existencia histórica de dicho personaje.

Pero pasemos a hablar de la passio. Según ésta, Engracia era una joven nacida en la ciudad lusitana de Brácara -actual Braga, Portugal- e hija de un noble cristiano. Llegando a la edad núbil, se concertó su matrimonio con un hombre de Narbona, y partió en dirección a esta ciudad gala acompañada de su śequito de diecisiete esclavos, su tío Luperco y su nodriza, a fin de contraer matrimonio a su llegada. Los esclavos han sido llamados Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturio, Casiano, Fausto y Jenaro, y estos cuatro últimos tenían por sobrenombre Saturnino.

Estampa popular española con los mártires zaragozanos: masacre de las Santas Masas (superior), Santa Engracia ante Daciano (izqda.) y San Lamberto en oración (dcha.)

En su viaje, este vistoso séquito se detuvo a descansar en la ciudad hispana de Caesaragusta -actual Zaragoza- donde tuvo lugar su martirio. En ese momento la gobernaba el tal Daciano; quien se había cubierto de gloria realizando una auténtica barbaridad: prometió a la comunidad cristiana zaragozana respetar sus vidas si abandonaban la ciudad todos aquellos que se negaran a sacrificar a los dioses. Y en el momento en que estos cristianos, familias enteras, cruzaban los muros de la urbe, Daciano les arrojó encima a todos sus hombres y los hizo pasar a cuchillo, sin diferenciar entre hombre, mujer, anciano o niño. Todos fueron asesinados y sus cuerpos quedaron allí a la intemperie, como aviso al resto de la comunidad cristiana. Son los llamados Innumerables Mártires de Zaragoza o las Santas Masas.

Estando allí, llegó a oídos de Engracia esta masacre y quedó tan indignada que, ni corta ni perezosa, solicitó inmediata audiencia con el gobernador, quien aceptó verla viendo que era una cristiana noble. Ella se presentó ante su tribunal acompañada de su séquito y, haciendo gala de una ágil oratoria y un genio encendido, recriminó duramente al magistrado su actitud para con los cristianos. Daciano, intentando hacer oídos sordos a las duras palabras de la joven, la halagó con promesas y lisonjas si aceptaba sacrificar a los dioses; pero Engracia le replicó todavía con mayor dureza, tildándolo de «demonio» y augurándole todas las penas del infierno por sus malas acciones. Aquello acabó con la paciencia del gobernador, que la mandó entregar a los verdugos.

La repugnante crueldad y el ensañamiento con que fue torturada Engracia sólo podría explicarse por su osadía e insolencia al tratar con quien era la máxima autoridad de la ciudad y representante del emperador. En primer lugar, Engracia fue desnudada, atada a una columna y azotada. Hicieron lo mismo con todos sus acompañantes, pero ellos, entre golpe y golpe, empezaron a cantar con voz fuerte para infundirse ánimos. Pensando que si se cebaba con Engracia, los otros se acobardarían, Daciano mandó entonces atar a la joven a las colas de dos caballos y arrastrarla por todas las calles de la ciudad. Su cuerpo, magullado por los azotes, se desgarraba con la fricción contra el pavimento, pero ella, en medio de tales dolores, todavía cantaba con voz más fuerte, para hacerse oír por encima de los cascos de los caballos y los gritos de la gente que había acudido a ver su tormento.

Inserción del clavo en la frente de la Santa. Grabado del martirio para un calendario de Santos español.

Inserción del clavo en la frente de la Santa. Grabado del martirio para un calendario de Santos español.

Acabado este suplicio, se la trajeron de nuevo y daba horror y lástima ver su cuerpo destrozado. Viéndola muy debilitada, Daciano aprovechó para reanudar su ataque y le habló con voz dulce y suave, prometiéndole un marido digno de su nobleza y calidad, si accedía a cumplir el edicto. Pero Engracia le retó de nuevo, desafiante, llamándolo «pobre sacrílego» y diciéndole que ya sólo esperaba tener por esposo a Jesucristo. Entonces, el gobernador mandó de nuevo atarla a una columna y que la torturaran con garfios de hierro, que se enganchaban en las ya destrozadas carnes de la joven. La desgarraron hasta dejar sus entrañas a la vista y le amputaron un pecho, con tanta saña que, a través de la herida abierta, se veía latir el corazón. Incapaz de soportarlo más, Engracia se desmayó.

Este espectáculo horrorizó a sus compañeros, que estaban siendo obligados a presenciarlo, y adelantándose Luperco retó al gobernador a probar sus suplicios con ellos, si se atrevía, ya que tan valiente había sido en torturar a una muchacha. Pero Daciano no se dignó a responder, y dio orden de sacarlos a las afueras de la ciudad y decapitarlos allí, sin más. Engracia recuperó el conocimiento cuando los hacían salir y los despidió con gritos de ánimo y fortaleza. Los esclavos, Luperco y la nodriza fueron decapitados a las orillas del río Ebro, y sus cuerpos quemados allí; aunque sus cenizas serían posteriormente rescatadas por los supervivientes de la diezmada comunidad cristiana de la ciudad.

Pero Daciano no había terminado con Engracia. Todavía estaba atada a la columna y desangrándose cuando le trajeron la noticia de la muerte de sus compañeros, aprovechando el gobernador para burlarse de nuevo de ella y darle una última oportunidad. Pero ella la desechó, diciendo que era inútil que intentase convencerla. El sañudo magistrado alargó hasta lo impensable la atroz agonía de la joven. Con un cuchillo la abrieron y le arrancaron el hígado con tenazas. Luego, el mismo gobernador tomó un clavo largo y un martillo y se lo hundió en la frente. A pesar de tantas afrentas, la pobre muchacha no acababa de morirse, por lo que Daciano dio orden de arrojar su cuerpo a una mazmorra para que allí, fuera pasto de las ratas. Y así murió Engracia. Su cadáver destrozado y podrido fue arrojado a las calles para que gentes y bestias siguieran profanándolo, pero fue rescatado también y enterrado junto a las cenizas de sus compañeros.

Detalle del martirio de la Santa. basílica de Santa Engracia de Zaragoza, España. Fuente: www.basilicasantaengracia.es

Detalle del martirio de la Santa. basílica de Santa Engracia de Zaragoza, España. Fuente: www.basilicasantaengracia.es

Hasta aquí el truculento relato de la passio, que pone los pelos de punta por las atrocidades que con todo detalle están inspiradas en el himno de Prudencio. Este poeta dice haber visitado la celda donde la mártir agonizó lentamente hasta morir, y conmovido, recrea cada tormento haciendo hincapié en que murió sufriendo extremo dolor y se le privó de una muerte digna y rápida:

“A ninguno de los mártires aconteció
que habitara en nuestras tierras quedando aún en vida;
tú eres la única que permaneces en el mundo,
sobreviviendo a tu propia muerte.
Hemos visto parte de tu hígado arrancado
y apresado aún a los lejos en las tenazas comprimidas,
ya tiene la muerte pálida algo de tu cuerpo,
aun cuando estás viva”.

Actualmente los estudiosos ya no aceptan que la mártir fuese lusitana. Tiene más lógica que fuera hispana e incluso zaragozana de nacimiento; pues Prudencio únicamente ha reseñado a los mártires hispanos, y no parece que Engracia tuviese que ser la excepción.

En tiempos de Prudencio existía ya una iglesia erigida en su honor que, por estar durante algún tiempo en poder de los arrianos, fue “reconsagrada” en el año 592. Fue entonces cuando se redactaron la passio y la “Misa de Santa Engracia” de la Liturgia Mozárabe. En aquella época su festividad ya se celebraba, como hoy, el día 16 de abril. Algunos manuscritos y el Martirologio Romano hacen memoria de ella el día 3 de noviembre, que es muy probablemente el día de la “reconsagración” de la iglesia que hemos mencionado.

Reliquias veneradas en la Cripta de la Basílica de Santa Engracia en Zaragoza (España). Cráneo de la Santa, cráneo de San Luperco, clavo, y cenizas de los compañeros.

En el año 1389, con ocasión de la reconstrucción de la iglesia de las Santas Masas, se encontraron las reliquias. Juan II, rey de Aragón y de Navarra, al haber sido curado de una enfermedad gracias a la intercesión de la Santa, le erigió la actual iglesia, cuya fachada fue construida entre los años 1512-1519 por los arquitectos Morlanes (padre e hijo).

Las reliquias de la Santa y de sus compañeros se veneran actualmente en la cripta de esta iglesia. El cuerpo está en un sarcófago (junto con San Luperco) y el cráneo está en un relicario que fue regalado por el antipapa Benedicto XIII en el año 1405. Se conservan también algunos instrumentos del martirio, como el clavo que le atravesó el cráneo. Aparte se conservan los restos de los Innumerables o Santas Masas, que apenas son una masa compacta e informe de huesos, sangre y cenizas.

La Santa suele ser inconfundible en iconografía por tener el clavo hundido en la frente. Sólo dos mártires varones –San Bernardo de Alzira y San Severo de Barcelona- comparten este atributo. Por lo demás, suele aparecer como una virgen mártir (corona y palma); aunque en Zaragoza es habitual representarla recostada en la columna de su flagelación y portando los otros instrumentos de martirio (flagelo, garfios, rastrillos, clavo y martillo).

Es la co-patrona de Zaragoza, aunque su culto está muy eclipsado por el culto mariano a la Virgen del Pilar y fuera de esta ciudad, está prácticamente reducido a algunos pueblos aragoneses y vascos, además de en Lisboa, Portugal; de donde aún se sigue creyendo que era oriunda. Por lo general, el culto no sobrepasa el ámbito ibérico, como decía al principio del artículo, salvo algún caso aislado en Francia y en América, adonde lógicamente llegó por difusión de los conquistadores españoles y portugueses. Tiene parroquias intituladas en Monterrey y San Pedro Garza García (México), que yo sepa hasta la fecha. La intitulación de San Pedro es curiosa porque hubo reticencias en aceptar a esta mártir por patrona, ya que era «muy poco conocida»; pero al fin fue aceptada porque se pensó que «podría ser un ejemplo para los cristianos de hoy».

Cripta de la Basílica de Santa Engracia, Zaragoza (España). Bajo el altar, sepulcros de la Santa y San Luperco.

En resumen: mártir hispana, real, histórica; cuya existencia y detalles básicos de su cruel martirio están atestiguados por Prudencio desde época muy temprana, pero cada vez de menor presencia y repercusión por la localización aislada de sus lugares de culto. Aunque en el pasado el nombre de Engracia era bastante frecuente entre las mujeres españolas, actualmente está en desuso por considerarse anticuado.

Meldelen

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es