La Adoración Eucarística a través de la Historia

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Salvador Eucarístico, óleo de Juan de Juanes (1545-1550). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

El concilio Vaticano II, de feliz memoria, ha dicho con acertada precisión que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. De hecho, en toda la historia de la Iglesia, uno de los elementos que nunca se ha puesto en discusión y siempre ha estado presente en todas partes es la Celebración Eucarística. En los primeros siglos de la Iglesia dicha celebración se hacía incluso entre ambientes heréticos; es más, las disputas dogmáticas de dichas épocas se refirieron a toda una variedad de temas, pero no se tocó la Eucaristía.

La Celebración Eucarística, dada su centralidad en el espectro del camino cristiano, implica diversos aspectos y dimensiones que deben ser tenidos en cuenta a la hora de hacer una exposición histórica y doctrinal. En este artículo, de modo brevísimo, contemplaremos el recorrido histórico de la adoración del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo que son ofrecidos en la Eucaristía.

Es preciso decir que tal culto y adoración a las especies eucarísticas no existían en la época apostólica y patrística. En cambio, jamás se cuestionó la presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino que se ofrecían en la Santa Oblación. A propósito de esto, los testimonios más antiguos nos vienen de los escritos de San Justino y de las cartas de San Ignacio de Antioquía. Ambos Padres son suficientemente claros acerca de la singular naturaleza que adquieren las ofrendas después de la acción de gracias recitada por el obispo en la celebración comunitaria. Sin embargo, no existe vestigio de algún culto existente específicamente a las especies; dicha devoción estaba dirigida, más bien, a la propia Eucaristía. Recordemos, por ejemplo, las actas de aquellos mártires africanos que fueron ajusticiados por las autoridades romanas por haber sido hallados celebrando la Eucaristía en una casa: una de las mártires responde al juez que “sin la Eucaristía no pueden vivir”, mientras que otra afirma que “porque soy cristiana, voy a la Eucaristía”; casi que una nota distintiva del cristiano es participar en este Santo Memorial del Misterio de Cristo.

Un testimonio de particular importancia para lo que nos compete proviene de la Traditio apostolica atribuida al presbítero romano y antipapa Hipólito. En ella se ofrece la posibilidad a los cristianos que toman parte en los Santos Misterios de llevar a sus casas y conservar un poco del pan eucarístico, con tal que no sea usado a la manera del pan común ni se deje a merced de los ratones, sino que se reserve en un lugar digno de la casa. Aunque aún no se nos dice nada de un culto particular al pan consagrado, la posibilidad de llevarlo a casa sí que debió propiciar alguna primitiva forma de devoción particular, aunque la misma Traditio advierte que esta posibilidad de llevar el Cuerpo de Cristo a las casas tenía la finalidad de poder consumir un poco de él cada vez que el cristiano sintiera necesidad.

Virgen Eucarística, óleo de Jean-Auguste Dominique Ingres. Museo de Orsay, París (Francia).

Ya en la edad de oro de la patrística, es decir, entre finales del siglo III e inicios del V, las definiciones sobre la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas son aún más claras. Sobre el culto público a éstas, aún sigue siendo incipiente. Al parecer, la posibilidad de llevarlas a casa ya no existía, dado que las Constituciones Apostólicas, que datan de estas épocas, nos hablan que lo que no se consumió de las mismas en la Eucaristía era llevado a un sitio aparte del aula de oración del templo, adonde los laicos no tenían acceso. Algunos estudiosos piensan que podía tratarse de alguna capilla diferenciada, al estilo de nuestras actuales “capillas del sagrario”, que vemos en catedrales y en algunas iglesias parroquiales de vieja o reciente construcción; otros, en cambio, sostienen que, simplemente, se trataba de algún sitio equivalente a nuestra “sacristía”, en donde se preparaban los ministros del altar y adonde no se admitían a los laicos. El hecho de ser reservado en un sitio diferenciado del templo es ya un signo de la reverencia tributada a las especies, pero el hecho de que no pudiesen acceder los laicos a la reserva nos indica que aún no existía un culto público devocional dirigido al Cuerpo y la Sangre de Cristo.

A partir de finales del siglo V, empieza observarse un desplazamiento de la reserva eucarística desde aquella “capilla diferenciada” al presbiterio mismo. Algunas de las basílicas romanas de la época que aún se nos conserva presentan una pequeña puertecita en uno de los costados del arco de triunfo que separa el presbiterio del cuerpo del templo: he ahí el inicio de los sagrarios. En otros lugares, en cambio, se empieza a colgar sobre el altar, ya desde el techo del templo, ya desde el ciborio que en algunas ocasiones lo cubría, una paloma de oro o plata en cuyo pecho se guardaban las especies eucarísticas. Este desplazamiento puede deberse a un aumento en la toma de conciencia de la debida reverencia al Cuerpo de Cristo tras el Sacrificio Eucarístico, o también a una cuestión más práctica de facilitar a los ministros sagrados el tomar el pan eucarístico para usar, si fuera necesario, en la celebración misma o salir de allí a llevar la comunión a los enfermos.

Adoración del Corpus Christi. Óleo de Jerónimo Jacinto Espinosa, Museo del Patriarca, Valencia (España).

Ya bien entrada la Edad Media, y sobre todo durante el “renacimiento carolingio”, la reflexión teológica, que en aquellas épocas estaba orientada por las grandes abadías que vivían según la regla de San Benito, se dirigió de lleno a dilucidar el problema de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Aunque en la edad de los Padres de la Iglesia no existía ninguna duda al respecto, es preciso comprender que las herejías cristológicas que motivaron las grandes definiciones dogmáticas de los siglos IV y V perduraron mucho más en el ambiente de Occidente que de Oriente, debido sobre todo a las invasiones bárbaras que erosionaron el Imperio romano de Occidente. En la Edad Media aún existían no solo grupos de base sino teólogos que sostenían tales posturas, por lo que, inevitablemente, se puso en cuestión este dato que hasta entonces había sido recibido tranquilamente de los Padres.

Sobre el desarrollo de las controversias eucarísticas existe bastante documentación. Bástenos aquí subrayar algunas de las consecuencias en la piedad popular. Lo primero que diremos es que los cristianos ya no comulgaban: la época propició un “santo terror” a recibir el sacramento indignamente, por lo que se conformaban con mirarlo de lejos. La actual exclamación que decimos antes de la comunión en el rito romano: Señor, yo no soy digno… viene de estas épocas en las que la gente realmente se sentía indigna de recibir la comunión. La gente, que ya bien lejos estaba de la liturgia debido a la barrera del idioma, ahora entraba a los templos con el solo fin de “mirar el cuerpo” y así, se estaba de templo de templo a veces, buscando tan solo mirar al Santísimo; es esta la razón del levantamiento del Cuerpo de Cristo después de las palabras de la consagración, que buscaba, precisamente, satisfacer la devoción de las masas. Poco a poco, también los presbíteros empezaron a alzar el cáliz, para lo cual inicialmente había que pagar un estipendio, razón por la cual dicha elevación solo era vista en las capillas de los castillos feudales; pasando el tiempo, la elevación del cáliz se hizo costumbre general, sin que se pagara nada. También de estas épocas datan los más relevantes “milagros eucarísticos”, que fueron usados como argumento por los teólogos que defendían la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Las primeras procesiones con el copón, y también la primera fiesta local de “Corpus Christi” son de este período.

Milagro eucarístico de Lanciano, Italia.

Todo esto sería recibido, asumido y aumentado por la edad moderna. El movimiento espiritual conocido como devotio moderna favoreció bastante la oración personal ante el Santísimo. Sumemos a esto que la Reforma protestante negaba la presencia de Cristo en el pan una vez acabada la Eucaristía, lo que motivó las definiciones dogmáticas del concilio de Trento respecto a la transubstanciación y a la permanencia de la presencia de Cristo en las ofrendas eucarísticas. Esto exacerbó el culto público al Santísimo: majestuosos expositorios se construyeron, hermosísimas custodias se moldearon, las procesiones se hicieron más frecuentes y concurridas cada vez, lo mismo que más elaboradas. También se hace popular la “exposición del Santísimo Sacramento” y muchas oraciones y novenas en su honor se componen. También surge la costumbre de celebrar la Misa solemne ante el Santísimo expuesto, sobre todo con ocasión de las “cuarenta horas” en las que se exponía en ocasiones especiales. También ocurre un nuevo traslado de la reserva eucarística, esta vez sobre el altar mismo, ocupando el centro de orientación del templo y desplazando al altar de esta función.

Prácticamente este panorama perduró hasta el siglo XX. Este siglo ve surgir los “congresos eucarísticos” que promueven el mejor conocimiento y adoración de Cristo presente en el pan consagrado. Pero el movimiento litúrgico, también desarrollándose en este tiempo, considera que dicha “devoción” bien podría situarse mejor y mejorarse. Aunque tenía un desarrollo ritual bastante definido, la exposición del Santísimo aún no figuraba en el Ritual romano, es decir, aún no era objeto de discernimiento y de regulación unificada (existían diversas instrucciones y respuestas dispersas de la Sagrado Congregación de Ritos); además, la “Misa ante el Santísimo” se consideraba un abuso que atentaba contra la real naturaleza de la Eucaristía: es un sacrificio ofrecido al Padre, y no al Hijo (quien es la ofrenda misma), como se da a entender al celebrar la Misa delante del ostensorio.

Con la llegada de la reforma litúrgica de 1969, empiezan a tener eco los reclamos del movimiento litúrgico. Se prohíbe la “Misa ante el Santísimo”, y se publica el Ritual para el culto eucarístico extra missan que regula lo relacionado con las exposiciones y procesiones con el Santísimo y los congresos eucarísticos. También se promueve el traslado de la reserva a “capillas del Santísimo”, distintas del aula de la iglesia y del presbiterio, en donde los fieles puedan tributar su devoción al Amor de los amores.

Misa de Bolsena. Fresco de Raffaello Sanzio, estancias de Heliodoro, Museos Vaticanos, Roma (Italia).

Hoy, Jueves Santo en la cena del Señor, en casi toda la Iglesia de rito romano se realiza una reserva solemne del pan consagrado para la comunión del Viernes Santo. Es una ocasión muy oportuna para adorar la presencia del Señor en las especies eucarísticas, además de examinar que tan de calidad es la propia participación en el acto de culto más grande que tenemos, que es la Eucaristía.

Dairon

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

9 pensamientos en “La Adoración Eucarística a través de la Historia

  1. Gracias, Dairon, por este artículo sobre el desarrollo del culto eucarístico a lo largo de la historia de la Iglesia.
    Hoy, Jueves Santo, día en el que conmemoramos la institución de este Santísimo Sacramento, lo más valioso que existe en este mundo, quiero hacer mi pequeña contribución en el blog poniendo el canto del “Adoro te devote”, canto de adoración a la Eucaristía. A ella si que le tributamos culto de adoración porque es el mismísimo Dios entre nosotros.
    http://www.youtube.com/watch?v=OPhv9PcBidU

  2. Gracias Dairon. LA figura central del Santísimo Sacrameno, del Corpus Christi, tiene en Valencia una antiquísima procesión en la que destacan las llamadas “rocas” . Estos son unos monumentales y triunfales carros que son arrastrados por caballerías y portan grupos escultóricos que representan escenas bíblicas o santos. Estos realizan el recorrido que después hará la propia procesión del Corpus. Adjunto el gozo correspondiente de Figueroles http://gogistesvalencians.blogspot.com.es/2011/04/gozos-al-santisimo-sacramento_28.html
    y el del Convento del Corpus Christi http://gogistesvalencians.blogspot.com.es/2011/04/gozos-al-santisimo-sacramento.html

  3. Darion, interesante artículo. Que pena que existió un tiempo en el que perduró mucho el miedo a recibir el Cuerpo de Cristo y solo los Cristianos nos complacía el hecho de verlo. Y creo que sigue existiendo esa falta de recibir frecuentemente la comunión; y no creo que sea por los motivos de miedo, temor, ser indigno de recibirlo. Nos hace falta fe; al menos eso creo.

    Y que raro; jamás escuché hablar de “las Misas ante el Santísimo” me pregunto como eran. No se si alguno de los lectores conozca una Orden (creo que así está definida) a pesar de que tiene escasos 200 años las Adoratices Perpetuas del Santísimo Sacramento de hábito blanco y escapulario rojo fundadas por la Beata María Magdalena de la Encarnación. Esta “Orden” es la primera en consagrar un carisma a la Adoración expuesta día y noche del Santísimo. Al menos en México tienen como 70 Monasterios a pesar de haber sido fundadas en Italia.

    Antonio que me puedes decir de “Vale mas una hora de adoración al Santísimo que ningún otro trabajo pastora” mas o menos así era la expresión y creo que era de JPII. O desmiénteme.

  4. Emmanuel,
    Sin olvidarme de las palabras del Maestro: “María ha escogido la mejor parte que no le será quitada”. (Lc. 10, 42) y creyendo que la vida contemplativa y la oración son fundamentales en la Iglesia, es cierto que una hora de adoración ante el Santísimo vale más que una hora marcando un rollo al personal, que es lo que muchas veces se hace cuando se dice “que se está evangelizando”.

    Ahora, si por evangelización entendemos ayudar a los pobres, consolar a quién lo necesita, entregarse a los demás y cosas por el estilo: llevar de verdad a la práctica el Mandamiento del Amor, estoy convencido que a Jesús le agrada más esto segundo que lo primero. Porque también son palabras suyas: “Cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo, 25, 40)

    • Antonio tienes mucha razón. No crees que deberíamos de tener algo así como la espiritualidad de Martha y de María; es decir trabajar con mucho afán y ser contemplativas también a la vez?

  5. Vaya que bueno leer nuevamente un articulo de Dairon ya se extrañaban sus interesantes aportaciones al blog, me ha agradado sobre todo porque hay mjchos datos que no conocia sobre todo de cuand empieza la adoración al Santísimo , ysobre todo el saber que las palabras de “señor yo no soy digno” venga de esa epoca en que se creia que eramos indignos de recibirlos, muy interesante aportación.

  6. Nuevamente me deleitas, querido Dairon, con tu excelente dominio sobre los temas rituales y litúrgicos de la cristiandad. Enhorabuena 🙂

    No sé si era Gertrudis la Magna quien decía que recibir a Cristo indignamente era como recibir a un invitado con la casa hecha un desastre. Pero, ¿quién sería digno de Él, por más confesiones y penitencias hechas?, decía otra Santa o Santo del cual no recuerdo el nombre. Quizá por eso el terror a recibirlo sea un poco exagerado.

    Por lo demás, decir que me ha llamado la atención lo de las Misas ante sagrario, en teoría, ¿esta famosa imagen donde aparece el sacerdote como ofreciendo la Hostia a Jesús sería doctrinalmente incorrecta? http://t2.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSmfqozyzdmphtsqS7N_QsMNT4LxG-Biy64OSFDoZtn3nWQHonVShcItrJJnA Porque según has especificado, el Hijo es la ofrenda, no el recibidor de la ofrenda. Da que pensar.

    • Querida Ana ¡muchas gracias!
      Como has recordado, he mencionado lo del asunto de quién es ofrenda y a quién se dirige en el Sacrificio Eucarístico: este es un asunto teológico que hoy día está aceptado de forma tradicional, con suficiente fundamentación bíblica y patrística. Y respecto a la imagen que nos traes, todo depende de la interpretación, lo que a continuación explicaré.
      En el rito romano, en la Plegaria eucarística (la parte principal de la Misa) se dan dos elevaciones: una, después de recitar las palabras de la institución de la Eucaristía (de la que hablé en el artículo) que no tiene otra función más que mostrar las especies para la adoración (y digo aquí con el respeto de todos: rito incorrecto e inapropiado para la naturaleza de la Eucaristía; se supone que para eso son las exposiciones con el Santísimo). La segunda elevación, que en realidad es la más importante y primitivamente era la única (aún lo es en varias liturgias orientales) es aquella en la que se “ofrece al Padre” las especies eucarísticas, que en el rito romano se realiza al final de la Plegaria, en la doxología conclusiva: Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén. Esta elevación sería uno de los gestos que más daría apoyo al carácter sacrificial de la Eucaristía. Ahora se plantea esta cuestión: ¿cuál es la elevación que la imagen nos ilustra? Pues la primera elevación, es decir, la de la exhibición de la Hostia, y esto se deduce pues para la segunda elevación (insisto, la más importante) se elevan siempre las dos especies eucarísticas al tiempo, y esto tanto en la llamada “forma extraordinaria” como en el rito ordinario actual. Lo que la imagen pretendería mostrar sería simplemente la identificación de la Hostia que se muestra al pueblo con el Cuerpo crucificado de Cristo, según una tradicional interpretación escolástica, tratando de dar algún tipo de catequesis sobre el Santo Sacrificio.

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