San Basilio de Poiana Mărului

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Icono ortodoxo rumano del Santo.

El santo hieromonje Basilio fue el padre espiritual de San Paisio, el staret de Neamt y uno de los más famosos maestros y seguidores de la oración de Jesús en el siglo XVIII. Se le conoce también por el hecho de que él era uno de los que revivieron en su tiempo la vida monástica ortodoxa.

La vida del santo
Basilio había nacido cerca de Poltava (Ucrania) en el año 1692 y es un representante de la emigración monástica ruso-ucraniana ocurrida en los siglos XVIII y XIX como consecuencia de las reformas de Pedro el Grande en Rusia y la persecución de los creyentes ortodoxos en la Ucrania que estaba bajo el dominio de los polacos. El vivió, como otros jóvenes, en diferentes ermitas de Rusia, en las montañas Moshenski, cerca de Kiev. Había venido de Valaquia en el año 1706, junto con su discípulo, el monje Miguel y otros monjes, durante el reinado de San Constantino Brâncoveanu (…), en un período de florecimiento religioso y cultural.
Se instaló en el eremitorio de Dălhăuţi, cerca de Focsani, donde vivió como eremita unos veinte años. Allí profundizó en los estudios de los textos bíblicos y en los escritos de los Santos Padres. A través de la oración y del conocimiento teológico se convirtió en poco tiempo en un buen consejero espiritual de los ermitaños que vivían junto a él. Basilio fue ordenado sacerdote en el año 1715 y fue nombrado abad del monasterio de Dălhăuţi, haciéndose rápidamente famoso en toda Valaquia, hasta que llegó el nuevo gobernante Constantino Mavrocordat.

San Basilio fue durante veinte años el abad de Dălhăuţi, donde se reunieron alrededor de él una comunidad de unos cuarenta monjes ermitaños. Durante este tiempo se cree que conoció la tradición hesicasta iniciada por San Pacomio el obispo de los rumanos, fallecido en el año 1726 en la Sketa Pocrov y Basilio la puso en práctica entre sus discípulos. El hesicastismo es un movimiento espiritual en Oriente.

Hesychia (ησυχίας) es una palabra griega que significa “paz” o “silencio” y se refiere a una tradicional forma de orar del ermitaño, cuya práctica se llama Hesychazo, o sea, “mantener el silencio”. Este movimiento es conocido también como “Palamismo” y se desarrolló en el Monte Athos cuando San Gregorio Palamas era arzobispo de Tesalónica (1347-1359). De acuerdo con esta doctrina, el laico cristiano o el monje debe vivir en paz y en silencio, conciliando su cuerpo con su alma, permaneciendo en un estado de contemplación. La práctica central es la llamada oración permanente del corazón y la mente (“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador”), una fórmula diseñada para mantener despierta la conciencia de la bondad de Dios y de la condición pecaminosa del hombre. Hay quienes afirman que esta oración tradicional fue realizada por primera vez por San Gregorio Palamas, pero no existen evidencias claras pues se cree que los orígenes de la práctica de esta oración es muy anterior: del tiempo de los primitivos ermitaños en Egipto en los primeros siglos del cristianismo.

Vista del monasterio de Poiana Marului (Rumanía) desde el río.

La comunidad dirigida por Basilio valoraba las virtudes de la obediencia, la humildad, el silencio y, especialmente, la práctica de la oración de Jesús. Bajo las órdenes del abad vivían en perfecta armonía, con la lectura diaria de las Escrituras y de los textos de los Santos Padres, la práctica de la oración de Jesús, el mantenimiento de una mente pura, una sola comida al día y la comunión semanal.
El monasterio de Dălhăuţi se convirtió en una escuela de experiencia espiritual hesicasta, famosa en todos los principados rumanos. Vinieron discípulos de Valaquia, Moldavia, Transilvania y Rusia, viviendo todos en un perfecto amor y buen orden. Desde Dălhăuţi, la comunidad creó ermitas por Trestieni, Ciolanu, Carnu, Ratesti, Rogoz, Bonţăşti, y en Valle Negro.

Entre 1730-1733, San Basilio, junto con doce discípulos, se trasladaron a la ermita de Poiana Mărului (Glade de Apple) y desde allí dirigió espiritualmente todas las ermitas de las montañas de Buzău, las cuales visitaba con regularidad. Uno de sus discípulos fue San Paisio de Neamt, que se quedó en la ermita de Trestieni durante varios años y que posteriormente se marchó al Monte Athos en el año 1750; después de su regreso, fundó la comunidad de Neamt, que se convirtió en el foco de las comunidades hesicastas orientales del siglo XVIII.

Siendo ya anciano, San Basilio entregó su alma al Señor el día 25 de abril del año 1767 dejando a muchos discípulos. Fue sepultado en el patio del Eremitorio de Poiana Marului, probablemente en algún lugar cercano a la iglesia dedicada al “Domingo de Todos los Santos”, que fue fundada por él mismo en el año 1730. Hasta el día de hoy, sus sagradas reliquias no han sido encontradas.

Su Obra
Elder Basilio (el Viejo Basilio) escribió algunos textos sobre la oración y el crecimiento espiritual; son breves introducciones a algunos escritos ascéticos de los famosos Nilo Sorsky, Philotheos Kokkinos (1300 – 1379), de Hesiquio (siglo VII) y de Gregorio el Sinaita.

Vista general del iconostasio de la iglesia del monasterio Poiana Marului, Rumanía.

Los nombres de estos escritos son:
– Cuestiones sobre las respuestas recogidas de las Sagradas Escrituras para huir de los alimentos prohibidos por los votos monásticos (impreso en el monasterio de Neamt en el año 1816).
– Prólogo y epílogo al libro del Bienaventurado Nilo Sorsky (1433–1508).
– Prólogo o preludio del Libro del Bienaventurado Filoteos del Sinaí.
– Prólogo y epílogo del Libro de San Gregorio el Sinaíta (1260s –1346).
– Modelo de cómo nosotros, los apasionados y los preceptores debemos arrepentirnos y aprender a trabajar mentalmente a través de la vivencia de la obediencia.

Las citas puestas a continuación reflejan las enseñanzas del santo:
– Acerca de la lectura de las Escrituras: “Tened cuidado en la lectura de las Escrituras porque si no sois humanos, harán de ti un ser humano, ya que la lectura de las Escrituras es la curación y la salud del alma. Sin embargo, es muy importante no interpretar mal las Escrituras porque la incomprensión de las Escrituras es como un profundo abismo. Por lo tanto es necesario conocer los escritos de los Santos Padres y de otros ascetas porque nos ayudarán en el camino de la salvación”.

Otra vista de la iglesia del monasterio de Poiana Marului, Rumanía.

– En la oración interior y exterior: “Muchos, al leer el libro de San Gregorio del Sinaí (1255-1346), si no están preparados mentalmente, pueden malinterpretarlo creyendo que este trabajo es solo para los hombres santos no sometidos a las pasiones. Por lo tanto, se acostumbran solo a la lectura y al canto de los salmos, himnos y cánones, trabajando así solamente la oración exterior. Ellos no entienden que este tipo de oración cantada nos fue dada por los Padres solo por un cierto tiempo, debido a la debilidad de nuestras mentes infantiles. Cuando se está familiarizado con la lectura y el canto hay que subir un peldaño más en los trabajos de nuestra mente y no pasar hasta el final de esta (fase inferior). Porque leer y rezar externamente solo con los labios, nos hace mantenernos contentos con nosotros mismos, pensando que hacemos una gran cosa […]. No es posible que el que lucha de esta manera, solo con la oración exterior, obtenga la paz espiritual y gane la corona de la victoria. Esto es como la lucha contra uno mismo durante la noche, que escucha las voces de los enemigos y hasta recibe sus heridas, pero no puede ver con claridad quienes son, de donde vienen y cómo y por qué te golpean, ya que la mente está en la oscuridad. El que lucha así, solo con la oración exterior, no puede escaparse de ser aplastado por los extraños. Se lleva el trabajo duro pero no obtiene su recompensa”.

– Acerca de la vida monástica: San Basilio de Poiana Mărului dijo a sus discípulos que la vida monástica tiene tres formas: la vida comunitaria, la vida en pequeños grupos de dos o tres, llamados “la mitad” o “real” y el tercero, la vida en el desierto, que es la más alta, la superior, vivida únicamente por los santos después de haber pasado por las dos primeras formas de vida. “Sin embargo, algunos otros monjes eligen otra forma de vida, ajena a cualquier obediencia y bendición. Ellos montan su celda donde quieren vivir solos, cuidando más de su cuerpo”.
– Sobre el más alto ascetismo, dijo que: “un ascetismo demasiado rápido es motivo de orgullo y de amor propio, mientras que vivir con los demás y descubrir sus debilidades, te protege de la tentación. Te puedes purificar diariamente por la gracia de Cristo y trabajas por amor al Señor”.

Veneración de San Basilio de Poiana Mărului
La santa vida de San Basilio fue muy conocida en su tiempo y también lo es hoy. Por eso, el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rumana, en su reunión de los días 4 y 5 de marzo del año 2003, decidió que el abad de Poiana Marului fuera venerado junto con los venerables Padres, acordando celebrar su fiesta el día 25 de abril, día de su partida hacia el Señor.

Mujer rezando ante un sepulcro en el jardín del monasterio. Poiana Marului, Rumanía.

Troparion
“Maestro honroso, asesor de los monjes, predicador de la gracia, profesor de la oración de vigilia, Basilio, piadoso padre, ora por siempre ante Cristo nuestro Dios, para que salve a nuestras almas”.

Mitrut Popoiu

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San Alejo Goloseyevsky, monje ortodoxo ucraniano

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Fotografía del Santo revestido de su atuendo monacal.

Se llamaba Vladimir Ivanovich Sepelev y nació en el seno de una noble familia. Su padre se llamaba Ivan Ivanovich y era capitán en el Arsenal de Kiev y su madre, Maria Kuzminichna Shepeleva, que era una mujer muy piadosa, la cual, asistiendo en el año 1832 al reconocimiento de las reliquias de San Mitrófanes de Voronezh durante ese acto alguien le dijo que tendría un hijo lisiado, pero que se convertiría en un gran siervo de Dios y esta premonición se cumplió porque Vladimir nació el primer día de la Semana Santa del año 1840, el 14 de abril y fue mudo de nacimiento. Esto fue un trauma para la familia agravado por el hecho de que el padre murió cuando el niño sólo tenía tres años de edad.

La madre visitó el monasterio Kitaevo donde vivía el loco por Cristo San Teófilo de Kiev y le solicitó su bendición para su hijo. San Teófilo le dijo a su madre que su hijo sería monje e incluso tuvo varios contactos con el muchacho. Mientras tanto, Vladimir tenía que ir a la escuela del departamento militar. Cuando el niño tenía doce años, su madre recibió un documento que le indicaba que su hijo tenía que ir a San Petersburgo e incluso le enviaron el dinero para el viaje, pero la madre no sabía qué hacer y recurrió al metropolita de Kiev para recibir consejo y comunicarle que su hijo no podía hacer dicho viaje porque era mudo. Se envió la comunicación a San Petersburgo y allí quedaron satisfechos con las explicaciones de la madre.

La madre no dejaba de darle vueltas a la cabeza, pensando en lo predicho por San Teófilo el loco de Kiev, en el sentido de cómo su hijo iba a ser monje y sacerdote si no tenía el habla y por lo tanto, difícilmente podría administrar los sacramentos. Como las relaciones de la madre con el metropolita San Filareto de Kiev eran buenas y constantes, este la calmaba diciéndole que el Señor era misericordioso y todopoderoso y que ayudaría a su hijo y así, el metropolita dijo a Maria que llevara al niño a su presencia durante la Semana Santa del año 1853. Al terminar los oficios de la vigilia de la Resurrección, el metropolita dio a besar la cruz al pequeño Vladimir, que tenía doce años de edad y gritando tres veces ¡Cristo ha Resucitado!, se escuchó que el niño respondió: ¡En verdad, ha resucitado! El niño había sido curado milagrosamente por el metropolita San Filareto, recuperando el habla.

Desde muy niño, Vladimir habia recibido una educación muy religiosa, pues su madre quiso que fuera muy generoso con los pobres y con los enfermos llegando incluso a acompañarlo visitando las prisiones para favorecer con limosnas a los prisioneros. Al ver que su hijo estaba curado, su madre quiso darle una instrucción superior, por lo que el 2 de julio del mismo año 1853, por consejo del propio San Filareto, lo envió a la Laura de las Grutas de Kiev y allí vivió bajo la guía y protección del santo metropolita.

Otra fotografía del Santo.

Frecuentó la Academia Teológica de Kiev y su Universidad y en ellas se familiarizó con la literatura rusa, estudió latín e Historia de la Iglesia, adquirió conocimientos de medicina y se especializó en el estudio de las Sagradas Escrituras y en la literatura patrística. En su educación y en la formación de su personalidad, jugó también un papel importante San Partenios de Kiev.
En el año 1857, antes de morir el obispo Filareto, Vladimir fue oficialmente aceptado como postulante en la Laura de las Grutas, vistiendo el hábito de novicio con solo diecisiete años de edad. Se distinguía por su obediencia, por el cuidado que ponía en la ejecución de cuantas tareas se le encomendaban, por su piedad durante los servicios religiosos y por sus continuas lecturas espirituales.

Estando de novicio se presentó un día en el monasterio Laura Shepelev, perteneciente a una familia terrateniente intentando por todos los medios seducirlo para que abandonase el noviciado y se casara con ella y aunque lo presionaron para que lo hiciera, él se negó a abandonar las Lavras, donde siguió como novicio hasta el año 1872 que es cuando alcanzó el grado de monje. Antes de realizar los votos fue a Voronezh para rendir culto a las reliquias del obispo San Mitrófanes, allí donde a su madre se le había anunciado su nacimiento.

El archimandrita Barlaam, que era el superior de las Lavras de las Grutas de San Antonio, conocedor del cariño que Vladimir sentía por el obispo Filareto quiso que al profesar los votos el día 13 de abril del año 1872 (Jueves Santo) tomase el nombre del metropolita, pero una voz interior le propuso que eligiese el nombre de Alejo. Después de realizar los votos, el día 12 de septiembre de ese mismo año fue destinado al monasterio de San Nicolás, donde en la festividad de San Mitrófanes, fue ordenado de diácono. Para él, San Mitrófanes era como su ángel de la guardia: junto a sus reliquias se había anunciado su nacimiento, en la iglesia de San Mitrófanes había recuperado el habla y en su festividad recibía la ordenación diaconal. Allí, en el monasterio de San Nicolás estuvo hasta el 23 de diciembre de 1874 ejerciendo como sacristán del monasterio.

El 6 de diciembre del año 1875 fue ordenado de sacerdote. En las Lavras de las Grutas, ya como sacerdote, él se sentía plenamente feliz pues estaba rodeado de una pléyade de santos monjes cuyas tumbas estaban en las grutas del monasterio. Allí, en las grutas y junto a los ataúdes con las reliquias de los santos él sentía un especial consuelo espiritual y la oración fluía libremente de su corazón; se olvidaba del mundo y descansaba junto a los cuerpos incorruptos de los santos allí sepultados a quienes quería imitar. Acompañaba a los peregrinos en sus visitas a las grutas distinguiéndose por su amabilidad y prudencia. Como el metropolita Platón era consciente de esto, siempre lo requería para que acompañara a los invitados de honor que visitaban las grutas.

Icono ortodoxo ucraniano del Santo.

Sin embargo su actividad y su persona se vieron manchadas porque dos mujeres que le pidieron dinero, al no poder atenderlas pues no disponía de él, lo calumniaron acusándole de robar e incluso persiguiéndole e injuriándole mientras celebraba la Divina Liturgia. Aunque el archimandrita del monasterio, todos los monjes e incluso el metropolita sabían que era totalmente inocente, ellas no cesaban de perseguirle y humillarle por lo que para que cesaran estas acusaciones contra él, el 30 de abril de 1891 fue enviado al eremitorio de la Transfiguración del Salvador en la misma Lavra y cuatro años más tarde, al eremitorio de Goloeevo. Los primeros años los pasó con absoluta normalidad, pero gracias a sus predicaciones y a sus sabios consejos empezó a atraer la atención de todos los fieles y consiguió tanta fama de santidad que acudían a él para recibir consejo y confesarse, fieles de toda Ucrania, de los Urales, del Cáucaso, de Moscú, de San Petersburgo e incluso de la mismísima Siberia. A él acudían tanto los ricos y nobles como los pobres y los mendigos, los hombres de letras y los ignorantes, así como numerosos obispos e incluso dos metropolitas de Kiev de los cuales Alejo fue su confesor. Siempre había gente esperándole a las puertas del eremitorio y ni el frío ni el calor, ni la lluvia ni la nieve le impedían atenderlos siempre, marchando todos felices y con lágrimas en los ojos después de contarle sus penas y verse consolados con sus consejos y oraciones.

Este servicio de guía espiritual siempre llevaba la impronta de su grandísimo amor por los penitentes, siendo consciente de la gran responsabilidad que se le había encomendado al nombrarlo penitenciario. Le sucedió algo parecido a lo ocurrido a San Leopoldo de Castelnuovo, del que escribimos el pasado día 10 de noviembre del año pasado. Toda esta actividad era acompañada con una intensa vida de oración, siempre se sentía en la presencia del Espíritu Santo y transmitía a cuantos acudían a él esta misma sensación. Se cuenta innumerables casos en los que sus visitantes lo vieron como en éxtasis. En su celda del eremitorio vivía muy modestamente: solo existía una pequeña mesa y un colchón para dormir, una palangana de cobre para asearse, una rústica estantería con libros y numerosos iconos en las paredes.

En el año 1896 participó en el reconocimiento canónico de las reliquias de de San Teodosio de Cernigov, el cual se le había aparecido en sueños.
Como ya era mayor, empezaron a fallarle las fuerzas y como seguía con su actividad y comía poquísimo (solo pan y té caliente), le pusieron un monje para que lo asistiera. Enfermó, pero seguía recibiendo a las numerosas personas que acudían a él. Decía: “Yo podría alejarme del ajetreo y del bullicio de esta casa para estar más tranquilo, pero no puedo ya que tengo que detener el sufrimiento de estas personas que vienen a mi en busca de ayuda”. Tenía una manera muy dulce de recibir a la gente, a las que al llegar les decía: “Ven, tesoro mío”. Se acercaba a ellos, les preguntaba por su vida, hacía suyas las desgracias de los demás y les infundía una profunda tranquilidad. A todos invitaba a tomar té al mismo tiempo que los escuchaba y consolaba.

Primera tumba del Santo en el cementario de la iglesia de la Madre de Dios, Lauras de las Grutas de Kiev (Ucrania).

Poseía el don de la clarividencia y son muchos los casos que se cuentan; yo, por acortar, solo me voy a referir a tres casos: Un día fue a visitarlo una mujer de Charkov con su hijo que estaba en el cuarto grado de la escuela secundaria. Después de conversar largamente con la madre, él se dirigió al hijo por su nombre sin que nadie le hubiera indicado cómo se llamaba el muchacho y le aseguró que si seguía con los estudios, tendría un gran porvenir; exactamente le predijo su futuro. La madre, agradecida sacó diez rublos y se los dio, pero él entró en su celda y cogió otros cinco rublos y le dijo a la mujer: “No te enfades conmigo, pero toma estos quince rublos que son los que necesitas para pagar tu alojamiento, ya que vienes de Charkov y no vives en Kiev”.

Otro caso: Una mujer de una población lejana, en agradecimiento por varios favores recibidos le envió por correos trescientos rublos. Un vecino que trabajaba en correos la recriminó diciéndole que por qué le enviaba trescientos rublos a los monjes de Kiev si estos vivían estupendamente sin carecer de nada. Al poco tiempo, la mujer recibió devueltos los trescientos rublos con unas letras de San Alejo en las que le decía que los monjes vivían muy bien y ese dinero le era más necesario a ella.

Un último ejemplo: En el año 1907 se acercó hasta su celda una religiosa con la intención de pedirle consejo. Él, al verla le dijo: “Egumena Eulalia, venga”. La monja quedó sorprendida porque él no tenía por qué saber su nombre y porque además era una simple monja. Estuvieron hablando y él le relató toda su vida quedando la monja perpleja; cuando terminó de hablarle la monja reconoció que él había descubierto todo lo que ella quería contarle, pero le dijo que se había equivocado porque ella no era una egumena. El le respondió: “Ahora sé que no lo eres, pero lo serás en 1914”. Y así ocurrió porque en 1914 fue elegida superiora del monasterio.

San Alejo predecía el futuro, entraba en las mentes de quienes lo visitaban y veía su estado de ánimo, se mostraba siempre comprensivo con ellos, les advertía de los peligros y los animaba. En varias ocasiones predijo la revolución bolchevique, guerra que asolaría Rusia y todos los países limítrofes. Asimismo, compuso una serie de instrucciones tanto para los monjes como para los laicos.

Fotografía de una mujer rezando ante el primer sepulcro del Santo. Iglesia de la Madre de Dios en las Lauras de las Grutas, Kiev (Ucrania).

El 4 de noviembre del año 1915 murió el metropolita Flavio de Kiev, del cual San Alejo era su confesor. Dos días antes de morir, el metropolita fue a visitar al santo y éste se lo anunció diciéndole al mismo tiempo: “Pero este adiós, no será un adiós muy largo porque en menos de dos años nos veremos de nuevo”. Y en efecto, después del fallecimiento del metropolita, San Alejo recayó, su corazón empezó a fallarle, se le hincharon los pies y difícilmente podía mantenerse erguido. Sus superiores lo liberaron de todos sus servicios, le trajeron unas botas grandes calientes, una silla más cómoda, fue visitado por los médicos pero poco a poco, estos empezaron a perder las esperanzas confiando solamente en la ayuda divina. Aun así, siguió con sus puertas abiertas a todos cuantos a él acudían. En el verano de 1916 tuvo una ligera mejoría, pero poco después, recayó.

El 4 de marzo de 1917 se confesó por última vez con el hieromonje Ireneo del monasterio Kitaevo y cuando se quitó las ropas para que se la lavaran dijo a los monjes que esa sería la última vez que lavaran sus ropas. El sábado 11 de marzo de 1917, sábado de la cuarta semana de Cuaresma, estando todo el recinto de las Lavras cubierto con un grueso manto de nieve, por la mañana quiso salir de la celda para celebrar la Divina Liturgia, pero sin embargo, cuando entró en la iglesia, se le doblaron las piernas y tuvo que sentarse en un banquillo. Los monjes lo llevaron a su celda pero él se resistía porque decía que necesitaba tocar el altar. A las nueve menos cuarto de la noche de ese 11 de marzo de 1917, moría dulcemente en su celda. Su rostro no tenía la expresión de la muerte; parecía pacíficamente dormido.

Sepulcro actual del Santo en el interior de la nueva iglesia de Goloseevo, Kiev (Ucrania).

La primera oración funeraria se realizó en su celda y a la mañana siguiente fue trasladado a la iglesia. Los funerales se realizaron dos días más tarde estando la iglesia repleta de fieles, personas de todas las clases sociales, el clero y los monjes de las Lavras de las Grutas y de los distintos monasterios de Kiev. Se excavó una tumba en la parte oriental de la nueva iglesia de la Madre de Dios y allí fue sepultado, dentro del complejo de las Lavras de las Grutas de Kiev. Inmediatamente después de su muerte se desarrolló una veneración especial por parte del pueblo fiel, veneración que fue “in crescendo” a lo largo de todo el siglo pasado, siendo su tumba meta de peregrinaciones aun en los años más duros de la represión bolchevique.

En el año 1993, El Santo Sínodo de la Iglesia Ucraniana del Patriarcado de Moscú, lo canonizó estableciendo su culto en toda Ucrania. Sus restos fueron exhumados y puestos en un lugar de honor dentro de la nueva iglesia de Goloseevo.

Antonio Barrero

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Santa Faustina de Olot

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Vieja fotografía de la antigua imagen que guardaba los restos de la Santa, antes de su destrucción en 1936.

No siempre es fácil reseñar los mártires de las catacumbas que han sido venerados en España, dado que según zonas -y especialmente en Valencia y en Cataluña- fueron sistemáticamente profanados y quemados, como reliquias que eran, durante la Guerra Civil (1936-1939). La pérdida irrecuperable de este patrimonio histórico-religioso hace que sea particularmente difícil rastrear las pistas de estas reliquias desaparecidas. Afortunadamente, y gracias a la colaboración e interés de algunas personas, esto ha sido posible en el caso de una mártir de las catacumbas, de nombre Faustina, que se veneraba en la ciudad catalana de Olot (España), pero cuyos restos ya no existen.

Es poca la información que tenemos sobre esta mártir. Los restos, pertenecientes a una muchacha de unos 17 años de edad, fueron extraídos de las catacumbas romanas de Ciríaca por iniciativa del papa Pío VI; y llevados a España en 1798 por el padre Javier Julià, antepasado de los De Solà-Morales -vecinos de Olot, Girona- para evitar su profanación por el saqueo de Roma a manos de las tropas napoleónicas. Los huesos de la mártir fueron colocados en el interior de la típica figura de cera -erróneamente identificada como “momia” en las fuentes consultadas- y venerados en la capilla de la Casa Solà-Morales, en Olot, junto al cráneo de un tal San Julián.
La imagen yacente de la mártir, vestida con sedas y cabello natural, mostraba sin embargo las manos esqueléticas a través de unos guantes de malla. Junto a ella, el vas sanguinis que probaba su martirio por la fe cristiana. Así fue ininterrumpidamente venerada en esta capilla doméstica -salvo una procesión de los vecinos frente a la urna, para venerar las reliquias, que se hacía en su honor el día 11, no se dice de qué mes, cuando se celebraba su fiesta-, hasta la noche del 24 de diciembre de 1936, momento en que fue profanada y destruida.

Capilla de la Casa Solà-Morales, donde se veneraban las reliquias de la Santa. Olot, Girona (España).

Los milicianos irrumpieron en el oratorio -la casa rica era un objetivo interesante para el saqueo- y se llevaron la urna de la Santa entre risas, dejándola de momento en el zaguán de la casa. Posteriormente la trasladaron a los bajos de la casa nº 55 del Paseo Blay, antigua residencia del obispo de Sogorb, Dr. Miguel Serra Sucarrats, que había sido asesinado en Vall d’Uxó, Valencia. Esta casa la había incautado el Comité y allí expusieron la urna de la Santa, preparándola para su profanación. Se distribuyeron entre los vecinos unas cuartillas, firmadas por M. Sánchez, a la cabeza del Comité, invitándolos a presenciar “la farsa de Santa Faustina”.
Parece ser que ya habían hurgado en la imagen y habían descubierto que no era más que una figura y que dentro sólo estaba el esqueleto ensamblado con alambres y relleno de algodón. Quizá ellos también habían creído, erróneamente, que se trataba de un cuerpo incorrupto, y por ello querían exhibir la imagen como ejemplo de engaño de la Iglesia acerca de los primitivos mártires (!!).

El caso es que la mayoría de los vecinos no acudió a presenciar cómo profanaban y destrozaban la imagen, y las reliquias en su interior. No he podido saber con detalle qué hicieron, pero parece que se dedicaron a pisotearla, arrastrarla, romperla y profanarla de otras maneras. Al fin, hicieron una hoguera en medio de la calle -a la altura del nº57- y tiraron allí dentro lo que quedaba de imagen y reliquias. Uno de los milicianos, apodado l’Escabellat, pinchó la imagen con una horca y se dedicó a levantarla y dejarla caer sobre la hoguera, revolviéndola sobre las brasas y asegurándose de que se quemara íntegramente, mientras era jaleado y aplaudido por sus compañeros. En fin, un espectáculo considerablemente lamentable.

Por tanto, nada quedó de los restos de la mártir Santa Faustina; así como sí que pudieron recuperarse algunos huesecillos del cráneo de San Julián que actualmente se veneran en una urna en la misma capilla donde siempre se habían venerado, siendo copatrón de dicha casa, en cuya familia había habido miembros de la Orden jesuita.
Actualmente, la urna de la Santa se ha preservado, no siendo víctima de la quema y destrucción. En lugar de la desaparecida figura de cera que contenía las reliquias, actualmente se encuentra dentro de la misma una figura yacente de bronce, de factura contemporánea, obra póstuma del escultor Josep Clarà. Tal es la impronta que ha dejado Santa Faustina en esta casa, cuyo culto doméstico, pese a la destrucción de sus reliquias, no ha desaparecido en absoluto.

Vista de la urna actual con la imagen esculpìda por Josep Clarà, en sustitución a la desaparecida imagen de cera. Casa Solà-Morales, Olot (España).

El lamentable episodio de la quema de los restos de esta mártir de las catacumbas nos sirve como ejemplo para explicar la total desaparición de la mayoría de los cuerpos santos que en su día se extrajeron de las catacumbas de Roma y fueron enviados a España para su veneración. Como decía al principio del artículo, dicha destrucción se cebó especialmente en las zonas de Cataluña, Aragón y Valencia, donde prácticamente no nos queda ningún caso. Por suerte, no se han perdido todos, quedando algunos en el resto de España -en este blog ya hemos hablado de Santa Minia en Brión, Santa Plácida en Rubianes, Santa Faustina de Pasaia; entre otros-. Otra pérdida irreparable del patrimonio cultural artístico-religioso español debido a la barbarie bélica de los años 30.

Quiero expresar mi más profundo agradecimiento al señor Joaquin De Solá-Morales, dueño de la casa Solá-Morales, por su amabilidad en facilitar las fotografías y los datos; a Llorenç Panella i Soler; por trasladarse en persona y recabar dicha información a nosotros; y a Antonio Barrero, por servirme de contacto con él. También a la web Wiener Aktionsgruppe por el relato –si bien novelesco y claramente interesado- de la quema de los restos de la Santa.

Y por último, a Santa Faustina, mártir desconocida de las catacumbas romanas, para que ruegue por esta humanidad ingrata que tiende a la destrucción de lo mejor que tiene: su cultura y legado.

Meldelen

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Santas de nombre Calixta

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Fotografía antigua de la urna de Santa Calixta, virgen mártir de las catacumbas venerada en Susa, Turín (Italia).

Apuntes sobre el nombre de Calixta y sobre las santas que llevan este nombre.
El nombre Calixta deriva del nombre griego Kallistos, en femenino Kalliste o Kallisto, que traducido al latín queda en Callistus, Calliste y Callista. Su significado es el mismo del de la palabra giega de la cual deriva: “bellísimo o bellísima”.

Santa Calixta, de la cual existe una reliquia ex ossibus que está presente en el gran altar relicario de la iglesia de San Francisco en Castel Bolognese, colección de reliquias que fue realizada por el Padre Juan Damasceno Bragaldi en el siglo XVIII.

Santa Calixta mártir romana, santas reliquias que proceden de las catacumbas de Roma y que se guardan dentro de una devota figura de cera, cerca de la ciudad de Susa (TO).

Santa Calixta mártir en Cesarea de Capadocia, hermana de Santa Crista, convertidas por la mártir Santa Dorotea y quemadas vivas.

Santa Calixta mártir de Nicea, mártir con su madre santa Teódota y con sus hermanos Evodio y Hermógenes. El culto a esta mártir lleva tiene en sí un problema y es que no se sabe a ciencia cierta si se trata de Calixto o Calixta. Algunos manuscritos, unas veces lo llaman Calixto y otras Calixta, por lo que permanece indeciso si realmente era un hombre o una mujer, aunque según el manuscrito griego Contagaris del monasterio de San Felipe de Fragalà, citado por los Bolandistas, parece deducirse con absoluta certeza que debió ser una mujer.

Icono ortodoxio griego con la Sinaxis de Nuestro Señor Jesucristo y los Santos Simeón el Estilita, Calixta, Evancia y Melecio el Joven.

Hay dos santas llamadas Calixta que aparecen en Wikipedia, pero que sin embargo no aparecen en la Bibliotheca sanctorum ni en otros textos hagiográficos y son:
Santa Calixta mártir de Siracusa conmemorada el día 25 de abril.
Santa Calixta mártir africana conmemorada el día 19 de enero.

Por último y a través de una imagen consultada, hay otra Santa Calixta mártir, asociada a Evancia, que sería una mártir de las Iglesias Orientales, que no se refleja en la Bibliotheca sanctorum ni en los dos volúmenes anexos sobre los santos de las diversas Iglesias y Patriarcados Orientales de la Bibliotheca sanctorum orientalium.

Damiano Grenci

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San Conrado Birndorfer de Parzham, fraile capuchino

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Detalle de un óleo popular del Santo.

Es el segundo santo alemán canonizado después de la escisión luterana. El primero lo fue otro fraile capuchino, San Fidel de Sigmaringa, protomártir de Propaganda Fide.
San Conrado nació el día 22 de diciembre del año 1818 en la pequeña aldea de Parzham (Alemania), en el seno de una familia numerosa, propietaria de la factoría de Venushof, en el valle del Rott. Sus padres se llamaban Bartolomé Birndorfer y Gertrudis Niedermaier y eran los típicos campesinos alemanes, rudos, trabajadores y muy piadosos.

Ellos tenían una costumbre muy curiosa: cuando les nacía un hijo no permitían que fuera besado hasta que no hubiera recibido el sacramento del bautismo, pero él, a quien pusieron el nombre de Juan, fue bautizado el mismo día de su nacimiento, por lo cual, ese mismo día sus ocho hermanos y sus padres si pudieron besarlo “porque había un nuevo ángel en la casa”. Diariamente rezaban el rosario y el ángelus y de ahí le vino a nuestro santo su gran amor a la Madre de Dios. Uno de los sirvientes de la casa de sus padres nos cuenta que leyendo un día la vida de un santo, Juan dijo muy seriamente: “Yo seré así como él”. Su casa era un hogar de paz y de tranquilidad.

Como con solo seis años de edad se conocía perfectamente el catecismo, el párroco de la localidad se interesó especialmente por él procurando que el mismo ambiente que vivía en su casa, fuera el que encontrara en la parroquia, en el colegio y entre sus compañeros. Pronto comenzó a disfrutar de los animales y de la naturaleza que le rodeaba y como conocía la vida de San Francisco de Asís, pronto empezó a ver en todo la mano creadora de Dios.

Con solo dieciséis años de edad murieron su padre y su madre, quedando él solo con sus nueve hermanos, pero aun así, la paz que se vivía en su casa jamás se alteró ejerciendo él en la práctica como si fuera el cabeza de familia y eso sin ser el hermano mayor; todos sus hermanos lo obedecían y respetaban hasta el punto de que un vecino llegó a afirmar que “los hermanos Birndorfer, aunque son ricos, son muy piadosos, no son ambiciosos, reciben asiduamente los sacramentos y en su casa, todos, incluso los criados, se comportan como si fueran una sola persona con un solo corazón”.

Conjunto escultórico del Santo, iglesia de los capuchinos de Kempten, Alemania.

Aunque dedicaba el día al trabajo y al cuidado de la casa, siempre encontraba tiempo para la oración y cuando el día se presentaba muy ajetreado, lo hacia por la noche. Un día, su hermana Teresa descubrió que había estado toda la noche rezando porque la cama estaba muy bien hecha. Al preguntarle que por qué no se había acostado, él le contestó diciéndole que si ella creía que él no sabía hacer bien la cama, pero desde entonces, siempre procuró deshacerla un poco para que nadie en su casa sospechara que aquella noche la había pasado orando.
Visitaba con frecuencia el santuario de Altötting, situado en la Baja Baviera y fue allí donde empezó a conocer aun mejor la vida de San Francisco y el espíritu franciscano por lo que decidió pertenecer a la Tercera Orden Franciscana.

Con el trato asiduo que empezó a tener con los frailes del convento-santuario y sintiendo que la propia Virgen se lo insinuaba, fue creciendo en él la idea de hacerse capuchino, por lo que repartió entre los pobres la parte de su herencia y comunicó a sus hermanos que había decidido entrar en el convento; esa decisión fue acogida con gran alegría por parte de sus hermanos y sobrinos. El ya había decidido con el padre superior en qué día habría de ingresar en la Orden y así, con algo más de treinta de edad, tomó el hábito en el convento de Laufen el día 17 de septiembre del año 1851, día en el que la Orden festejaba la estigmatización de San Francisco, cambiando su nombre de Juan por el de Conrado.

Durante el noviciado fue sometido a duras pruebas de trabajo, de obediencia y hasta humillaciones, llegándosele incluso a negar la Comunión. Todo esto lo hacía el maestro de novicios con el fin de probar la vocación de Conrado y cuando un día, perplejo, le preguntó que por qué lo hacía todo con tanta exquisitez y humildad, él le contestó que aquello no era tan duro y que “no esperaba recibir las caricias que recibe un niño”. En el noviciado decidió llevar un pequeño cuaderno donde anotaba todas sus experiencias y emociones, siendo una de sus anotaciones: “Siempre tendré la costumbre de estar en la presencia de Dios; seré riguroso con el silencio y para poder dialogar mejor con Dios, corregiré mis muchos defectos”. Realizó la profesión religiosa el día 4 de octubre del año 1852, festividad de San Francisco de Asís y fue destinado como portero del convento de Santa Ana de Altötting. Durante toda su vida en el convento, cuarenta y tres años, jamás abandonó este destino, dando ejemplo de caridad, de humildad franciscana, de un tacto exquisito y de paciencia infinita tanto a los frailes como a los miles de peregrinos que acudían al santuario.

Estampa popular del Santo junto a la Virgen de Altötting.

De él se cuentan muchas anécdotas como por ejemplo: que muy cerca del convento vivía una mujer que estaba loca y que todos los días durante más de veinte años, iba a la puerta del convento para insultarle. Él siempre le abrió la puerta, siempre la recibió con una sonrisa y siempre tuvo con ella algún acto de caridad, bien dándole una limosna o una caricia o una frase cariñosa. Era el portero perfecto.
En otra ocasión se presentó un mendigo que le pidió de comer; él fue a la cocina y le trajo lo mejor que encontró. El mendigo lo probó y tiró el plato al suelo diciendo que aquello era una porquería y que el fraile se lo comiera. Él, sin inmutarse, volvió a la cocina y le preparó algo aun más sabroso. El mendigo, avergonzado, le pidió perdón de rodillas.

Junto a la puerta del convento existía una pequeña celda o cuartucho debajo de una escalera a la que los frailes llamaban “la celda de San Alejo” (recordar el artículo de nuestro amigo Mitrut publicado el pasado 17 de marzo) y en ella encontró San Conrado el cielo, ya que este cuartucho tenía una pequeña ventana que daba a la iglesia y desde la cual se veía el altar mayor. Así se encontraba él permanentemente delante del sagrario. Le permitieron vivir en ella y allí, a oscuras y sin comodidad alguna él se encontraba como he dicho: en el mismísimo cielo. Desde allí escuchaba la campana de la puerta e inmediatamente atendía a quién estaba llamando. Como San Alejo, encontró el cielo debajo de una escalera.

Llevaba un horario espartano, pues se levantaba de madrugada y después de estar varias horas en oración, preparaba la iglesia y la sacristía, asistía a la primera misa y aunque por aquel entonces la comunión diaria no era cosa habitual, consiguió que el padre guardián del convento se la concediera.
Como ya desde niño su madre le inculcó el amor a la Virgen, él, en aquel convento-santuario, se consideraba como el “portero de María” y aprovechaba cualquier ocasión para propagar el culto y el amor a la Madre de Dios, a la que diariamente seguía rezándole el rosario, el ángelus, el “oficio parvo de María” y la “corona de la Inmaculada”. Todo el mundo decía: “El portero de los capuchinos de Altötting está enamorado de su celestial Señora”.

Su vida era también una vida de continua inmolación. Sentía una especial devoción a Jesús Crucificado y mirando la cruz que siempre llevaba consigo decía: “La cruz es mi único libro porque me enseña cómo debo ser en todo momento”.

Única foto existente del Santo, tomada en su lecho de muerte.

Estaba dotado de los dones de profecía y clarividencia. Se cuenta que un hombre, llorando, fue a confesarse al santuario diciendo que era el mayor pecador del mundo. Al preguntarle el confesor qué era lo que le pasaba, contestó: “Le he pedido una limosna a Fray Conrado y me ha mirado tan dulce e insistentemente, que solo su mirada ha sido para mi un reproche que me ha conmovido. Quiero cambiar de vida para que Fray Conrado me mire de otra manera”.

Otro ejemplo: A una muchacha que se presentó en el convento vestida indecentemente, le dijo: “Hermana, vístase de otra forma porque esa forma de vestir no es propia de una futura monja”. Y efectivamente: años más tarde, esa mujer se hizo religiosa.
Y un tercer ejemplo: Un día y en presencia de todos los frailes, el padre provincial alabó el humilde pero ejemplar trabajo del Santo y éste, avergonzado, le dijo: “¡Qué ocurrencia tienen los santos!”. En efecto, Fray Victricio de Eggenfelden, que era ese padre provincial, está en proceso de beatificación. Su causa de beatificación fue introducida con decreto del Papa Pío XII el día 23 de diciembre del año 1952.

Cuando tenía setenta y seis años de edad, aunque su candor era el de un joven, físicamente era ya un hombre anciano y enfermo. Las piernas le fallaban y aunque se apoyaba en un bastón, siempre estaba atendiendo la portería hasta que un día le dijo al padre guardián que ya no podía más. Estuvo tres días en agonía y en ese estado, uno de esos días llamaron a la puerta del convento y cómo nadie atendía la llamada, él se levantó de la cama y alumbrándose con una vela, cogió su bastón y casi arrastrándose fue a abrir la puerta. Un fraile joven que lo vio, le obligó a meterse nuevamente en la cama.

Sepulcro del Santo en el Santuario de Altötting, Alemania.

Murió el día 21 de abril del año 1894 mientras la campana de la torre del santuario tocaba al rezo del Ángelus. Inmediatamente empezaron a producirse numerosos milagros gracias a su intercesión.
El Papa Pío XI lo declaró beato el día 15 de junio del año 1930 y con una rapidez insólita en lo que es un proceso de canonización, fue declarado santo el día 20 de mayo del año 1934. Su fiesta litúrgica es el día 21 de abril.
Está sepultado en el santuario de Altötting y el dedo anular de la mano izquierda, el que utilizaba para sujetar el rosario, se mantiene incorrupto.

Antonio Barrero

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