Nuestra Señora de Guadalupe: reina de México y emperatriz de América (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo/tela, Alegoría de la declaración pontifica del patronato Guadalupano sobre la Nueva España, anónimo novohispano, S. XVIII

2. La formación y expansión de su culto
Los Patronazgos guadalupanos.
A partir de la aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531 una gran cantidad de indígenas se convirtieron a la fe cristiana, movidos quizá por la leyenda de la aparición a uno de los suyos o por los simbolismos en la ropa de la Virgen o el color de tez de la imagen [1]; esta misma devoción también se expandió entre los criollos y españoles al grado que el jesuita Francisco de Florencia para el siglo XVIII habla de que no existía ningún templo o casa que no tuviera una imagen de la Guadalupana y que era más fácil nombrar los lugares que no la tenían que los que sí.

Esta devoción tan creciente también acarreó que a la Virgen se le nombrara patrona y abogada de diversas localidades y en diversas necesidades; de este modo para 1629 la Virgen de Guadalupe es invocada por la ciudad de México para ser librada de una terrible inundación. Según se cuenta, una india donada del convento de Jesús y María tuvo una visión en la que veía a la Virgen de Guadalupe deteniendo las paredes del convento para evitar que las aguas lo derrumbaran. Al preguntarle la mujer a la Virgen el por qué de tan terrible inundación que había exterminado a gran cantidad de habitantes, la Virgen le respondió que muchos eran los pecados de esta tierra pero que ella en su maternal afecto había logrado mediar ante su Hijo para que sólo enviara aguas torrenciales y no ríos de fuego y le dice que la tan terrible inundación terminaría en 1634.

Ante esta situación se decidió trasladar la imagen de su Santuario en canoa a la catedral en 1629 para suplicar su intercesión y tal como la india había visto en su visión cinco años después ceso la inundación, tal fue el agradecimiento al momento de partir de regreso de la imagen a su Santuario que se compuso una poseía en su honor:

Si vinisteis por el agua,
Ya, Virgen, vais por la tierra
Que, a pesar de mi pecado,
Dios por vos enjuga y seca.
Buen viaje, la mi Señora,
Idos muy en hora buena,
Alegrad los naturales
Que ha tanto tiempo os esperan…

Grabado metal/papel, Verdadero retrato de Nuestra Señora de Guadalupe, abogada de Temblores, anónimo novohispano, S. XVIII

En 1663 se solicitó por primera vez a la Curia Romana que declarase día festivo al 12 de diciembre, y hacia 1667 se obtuvo de S.S. Clemente IX la designación del 12 de diciembre como día de fiesta. Clemente X en 1675 concedió nueve indulgencias plenarias para los días de la festividad de la Virgen.

Hacia 1737 sucedió una terrible peste en la ciudad de México que cobró la vida de más de 40.000 personas. Esta peste no cesó hasta que la Virgen de Guadalupe fue jurada como patrona de la capital de la Nueva España y al punto comenzó una lluvia con la cual termino la peste, la imagen fue llevada en procesión por las calles de la ciudad y puesta en la catedral donde fue venerada por el cabildo de la ciudad. Se hizo una gran fiesta y se le concedió indulgencia a todos aquellos que colaboraran a la celebración instalando altares a la Virgen de Guadalupe. Tal fue el agradecimiento de la ciudad de México a la Virgen de Guadalupe que el historiador Francisco Xavier Clavijero S.J. narra que los joyeros cubrieron de plata maciza los balcones de su casa en agradecimiento a los favores de la Guadalupana.

La devoción a la Virgen llegó a tal grande que los sacerdotes del Santuario informaban que aun los indios más pobres siempre que iba a visitar a la imagen llevaban al menos una moneda o una vela para la Virgen; y los grandes caciques o indios acaudalados tenían en sus casas imágenes de la Virgen rodeadas con marcos dorados, con flores frescas que a diario cambiaban y con perfumes de copal o incienso, algo que ya anterior a la conquista era muy usual en los ritos y devociones de los indios a sus antiguos dioses, pues se creía que estos aromas comunicaban a la tierra con el cielo.

Hacia 1747 la Virgen de Guadalupe es jurada como patrona de toda la Nueva España en la catedral de la ciudad de México el 4 de diciembre. El 24 de abril de 1754, S.S. Benedicto XIV decretó la aprobación del oficio propio y misa, y la celebración del 12 de diciembre con rito doble de primera clase con octava. No fue hasta 1756 que el Papa la declaró oficialmente patrona de la Nueva España como ya se narró en el artículo anterior. La celebración por el patronato de la Virgen sobre Nueva España se llevó a cabo los días 9, 10 y 11 de noviembre con una solemne procesión y fuegos artificiales. En el mes de diciembre durante las festividades de la Virgen la celebración duró nueve días en el Santuario. Pero aun antes de la declaratoria oficial ya para 1743 la corona española había dado pie para la creación de la Real Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe de México, cuyo primer firmante fue Felipe V de España. Los miembros de dicha congregación se comprometían a promover las apariciones de la Guadalupana y aumentar su culto, así como a explicar las diferencias entre las dos Guadalupes: la mexicana y la extremeña.[2]

Óleo/tela, Imagen de jura de Nuestra Señora de Guadalupe como patrona de la ciudad de México, anónimo, siglo XVIII

En toda la Nueva España se construyeron templos dedicados a la Virgen de Guadalupe y varias poblaciones la tomaron por patrona, aun en lugares tan olvidados de la labor evangelizadora como la provincia de Tabasco, ya para el siglo XVIII, los habitantes de la Villa de San Fernando de Frontera, pedían que se les cambiara el nombre y el patronato por el de Villa de Nuestra Señora de Guadalupe, patronato el cual actualmente aun conservan.

En abril de 1787 se organiza un novenario para pedir la intercesión de la Virgen de Guadalupe para que cesen los múltiples temblores que se sintieron en la ciudad de México desde el 28 de marzo; terminó el novenario con una procesión con la imagen de la Virgen y de San José.

Una curiosidad sobre otro patronato de la Virgen de Guadalupe es que se dice que cuando en la ciudad de México pedían que lloviera recurrían al patrocinio de la Virgen de los Remedios y cuando querían que las lluvias pararan recurrían a la Virgen de Guadalupe.

Durante el siglo XIX, ya empezada la guerra por la independencia, son insurgentes como Ignacio López Rayón quien en sus Elementos Constitucionales declara a la Virgen de Guadalupe “Patrona de nuestra libertad” y del mismo modo lo haría José María Morelos y Pavón hacía 1814 en sus Sentimientos de la Nación, donde además de volver a nombrarla “Patrona de nuestra libertad” estipula que su fiesta se celebre anualmente y que mensualmente se celebre en todas las provincias.

Es ya entrado el siglo XX en 1910 que la Virgen de Guadalupe es declarada patrona de toda América. Así lo refiere Joaquín Arcoverde Cavalcanti Arzobispo de San Sebastián, Brasil en su petición:

Grabado metal/papel, La Virgen de Guadalupe intercede por la epidemia de Matlazahuatl de 1737, José de Ibarra y Baltazar Troncoso, siglo XVIII.

“Por tanto, como el culto a la Santísima Virgen de Guadalupe, no sólo florece en la República Mexicana, sino también se difunde ya por toda la América, todos los venerables prelados de la Nación Mexicana, conjuntamente con muchos de la América Latina, así como de los Estados Unidos y Canadá, postrados a los pies de Vuestra Santidad, suplicantes rogamos a Vuestra Beatitud que se digne declarar a la Santísima Virgen de Guadalupe, Patrona Celestial de toda la América”

Ante esta petición y después de haber recibido más de setenta cartas de Obispos de América pidiendo lo mismo, San Pío X la proclamó patrona de América el 24 de agosto de 1910.

André Efrén

BIBLIOGRAFÍA
– Álvarez del Real, María Eloísa, Santuarios de la Virgen María: apariciones y advocaciones, Panamá, primera edición, 1990.
– Camacho de la Torre, María Cristina, Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, México, CONACULTA, primera edición, 2001.
– Sánchez Lacy, Alberto Ruy, Visiones de Guadalupe, México, Artes de México, revista libro de publicación bimestral, Número 29.
– Zarebska, Carla, Guadalupe, México, Debolsillo, primera edición, 2005.
– Zerón-Medina, Fausto, Felicidad de México, México, Clío, primera edición, 1995.


[1] Esta misma masiva conversión de los indios a partir de la aparición de la imagen en 1531 ha hecho dudar sobre la veracidad de las apariciones; y comenzar a creer en que podría haber sido un método utilizado por los misioneros para lograr atraer a los naturales a la fe, haciendo uso de su ya anterior culto a Coatlicue o Tonantzin en el cerro del Tepeyac, diosa sobre la cual paradójicamente se creía había quedado embarazada de Huitzilopochtli al ser tocada por una pluma en el vientre.
[2] Por este punto en especial es que se hace dudoso creer que la Guadalupe mexicana sea una copia o una calca de la Guadalupe española, pues se entiende que ya en el siglo XVIII se tenía claro que ambas eran dos advocaciones diferentes aunque con el mismo nombre.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Pedro Donders, el ángel de Batavia

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa brasileña del Beato basada en el tapiz de su beatificación.

Nació en Tilburg, Holanda, el 27 de octubre de de 1809, de Arnoldo Donders y Petronila Van den Brekel. La familia era muy pobre y por esa razón trabajó desde muy chico, interrumpiendo sus estudios. Desde niño Pedro quiso ser sacerdote, finalmente con la ayuda del párroco de su iglesia, pudo empezar sus estudios en el Seminario Menor, a la edad de 22 años. Fue ordenado sacerdote el 5 de junio de 1841.

Mientras estudiaba Teología obtuvo el permiso de sus superiores del seminario para ir a la misión de Surinam, colonia de Holanda. Arribó en Paramaribo, el 16 de septiembre de 1842 y de inmediato se ocupó de los trabajos pastorales que ejercitaría hasta su muerte, siendo nombrado Misionero Apostólico.
Sus primeras labores consistieron en visitar regularmente las plantaciones a lo largo de los ríos de la colonia, predicando y administrando los sacramentos, principalmente a los esclavos. Sus cartas expresan su indignación por el trato cruel hacia los africanos forzados al trabajo de las plantaciones.

En 1856 fue enviado al leprosorio de Batavia; aquí desarrolló, con algunas interrupciones, todo su apostolado por el resto de su vida. En su caridad no solamente proveía los beneficios de la religión a los pacientes, sino que personalmente los aseaba y cuidaba, hasta que consiguió de las autoridades los servicios adecuados de algunas enfermeras.
En muchas ocasiones persuadió a las mismas autoridades, gracias a su vigorosa insistencia, una mejor forma de vida y condiciones de los leprosos.

En 1866 llegaron los Redentoristas al Surinam, para hacerse cargo de la Misión y Donders pidió ser admitido en la Congregación. Hizo su noviciado bajo el Vicario Apostólico, Obispo Juan Bautista Swinkels, y profesó el 24 de junio de 1867; a continuación regresó a Batavia.
Mientras se encontraba en Batavia, se dio tiempo para realizar un sueño que tenía desde hacia mucho tiempo atrás: evangelizar a los indígenas de Surinam, sin duda ahora más animado y contagiado por el amor a salvar almas que consumía a san Alfonso María de Liguori. Empezó por aprender las lenguas nativas y a instruir a los indígenas en la fe Cristiana y si eso no fuera poco, también aprendió a tocar algunos instrumentos musicales para recreo de los mismos naturales, pero no tuvo éxito en esta empresa.

Icono moderno del Beato imitando el estilo ortodoxo.

La fuerza que recibía este hombre se debe a su gran imitación a Cristo, modelo de los misioneros, pero sobre todo su gran unión sacerdotal a través del Misterio Eucarístico. Su amor filial a la Madre de Jesús, que lo distinguió en toda su vida, se palpó en el leprosorio de Batavia al llamarla con el título de Salus Infirmorum; Pedro Donders fue uno de los primeros redentoristas que entronizaron el venerable icono de la Virgen del Perpetuo Socorro, en una misión. (La imagen había sido entregada a la Congregación del Santísimo Redentor en 1865, en la persona del Superior General el P. Nicolás Mauron por parte del Papa Pío IX pidiendo: “Denla a conocer por todo el mundo”.)

Pedro Donders murió el 14 de enero de 1887. La fama de su santidad se extendió por Surinam y su nativa Holanda. Fue beatificado por el papa San Juan Pablo II el 23 de Mayo de 1982.

Tacho de Santa María

Bibliografía:
– Taller de Profundización: Espiritualidad Misionera Redentorista. Cap. 19 Julio de 2000. San Luis Potosí, S.L.P. México.
La vida espiritual del Beato Pedro Donders. Espiritualidad Redentorista, Vol. 9. Jean Marie Sègalen. Roma, Italia 1994.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Una leyenda extraña: San Guniforte, el perro santo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Ilustración del "Santo" por el artista Kent Roberts, año 2005.

Pregunta: ¿Es verdad que en la iglesia católica se ha venerado a un perro como si fuera un santo: San Guniforte?

Respuesta: El perro es uno de los animales más fieles al hombre y desde mi punto de vista merece todo nuestro cariño, pero de ahí a considerar santo a un perro y darle culto, va un largo trecho. Esta es una de las muchas leyendas de la Edad Media y a este perro se le llegó a dar culto porque recibió un injusto castigo por parte de su amo, cuando precisamente el animal le había salvado la vida a su hijo. Se dice que San Guineforte era un perro que vivió en el siglo XIII y que era un perro guardián de un castillo donde habitaba un noble con su hijo; concretamente en Chatillon-sur-Chalaronne, cercano a Lyon.

Un día el señor del castillo salió de cacería y cuando volvió no encontraba a su hijo y vió que el perro tenía la boca llena de sangre. Llamó numerosas veces al niño pero como este no aparecía se creyó que el perro lo había matado y él, ni corto ni perezoso, con su espada mató al perro. Pero poco después de matar al perro escuchó llorar al niño y junto al niño había una serpiente muerta, que había sido matada por el perro, y por eso este tenía la boca llena de sangre.

Enseguida comprendió que era el perro el que había salvado al niño pero que, sin embargo, él había matado al perro. Arrepentido por lo que había hecho, enterró honrosamente al perro y la noticia se corrió por toda la comarca, convirtiéndose la tumba del perro en meta de peregrinaciones. Se llegó a decir que el perro hacía milagros y la gente del pueblo lo consideró como un perro santo protector de los niños.

La vida de este “santo animal” fue redactada por Bernard Cornwell en su libro “Arqueros del Rey”, aunque en este relato se dice que de quién había salvado el perro al niño era de un lobo y no de una serpiente. La Inquisición consideró que este culto era herético y por eso, exhumó el cadáver del perro y lo quemó, aunque esto no impidió que a este animal, sin el consentimiento de las autoridades eclesiásticas locales, se le siguiera dando culto hasta bien entrado el siglo XX, en que fue oficialmente prohibido por Roma. Era invocado por el pueblo para que protegiera a las casas y a los niños.

Historia del perro "santo". Grabado del siglo XV.

Comprendo que este ha sido un artículo un “tanto anormal”, pero cómo se nos había hecho la pregunta y esta es curiosa, hemos querido publicar en el blog la respuesta que le dimos al preguntante.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Francisco Javier Seelos, misionero redentorista

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo realizado a partir de la fotografía del Beato. Parroquia de Füssen, Alemania.

La historia del misionero Francisco Javier Seelos, que murió de fiebre amarilla en Nueva Orleans, Estados Unidos, a los 48 años de edad, comienza en un pequeño y pintoresco pueblo de los Alpes alemanes: Füssen. Hasta comienzos del siglo XX era un lugar importante porque allí pasaba una de las vías de comunicación entre el norte de Europa e Italia.

Francisco Javier nació el 11 de enero de 1819, era el sexto hijo de una pareja simpática y muy religiosa formada por Mang Seelos y Frances Schwarzenbach. En 1811, con apenas un mes y medio de noviazgo, Mang y Frances se habían comprometido en la iglesia parroquial a amarse de por vida y educar cristianamente a los hijos que Dios les diera. Dios les regaló una docena, 8 mujeres y 4 varones; 3 murieron pronto, tres se casaron, tres permanecieron solteros y tres se hicieron religiosos.

En casa heredó y cultivó Francisco Javier las cualidades y virtudes que siempre lo caracterizaron: actitud positiva ante la vida, paciencia en las adversidades, desprendimiento de las cosas, facilidad para reír, y gusto en tratar con la gente y con Dios. El día concluía siempre con la oración y la lectura espiritual en familia. Durante su infancia, un día en que la madre terminó de leer en voz alta algunos pasajes de la vida de San Francisco Javier, gran misionero del Oriente, el niño Javier exclamó: “Yo quiero ser un Francisco Javier”.

En Füssen había solamente los 6 años de la escuela primera. Parecía imposible pensar en estudios superiores, porque la familia Seelos poseía escasos recursos económicos. El padre era comerciante de ropa, pero las ventas eran cada vez mas reducidas; la situación mejoró un poco cuando asumió el puesto de sacristán. De todos modos no podía financiar los 8 años de la escuela secundaria de sus hijos, pues había que hacerlos en otro lugar.
Ausburgo era la ciudad imperial y tierra de banqueros. Allí residían los Welser, que ayudaron en la expedición de Cristóbal Colón y los Fugger, que financiaron las guerras de Carlos V. Fue allí donde el párroco le buscó al niño Francisco Javier algunos bienhechores que le ayudaran a pagar los estudios secundarios en el Liceo San Esteban.

Fotografía del Beato en sus tiempos de misionero.

Sin ser nunca el primero de la clase, Francisco Javier se preocupaba por el estudio y obtenía buenas notas. En lo que si sobresalía era en deseos de servir y compartir cuanto tenía. Si veía a alguien más necesitado que él, no dudaba en darle las pocas monedas que le quedaban. Entre 1832 y 1839, Francisco Javier tuvo tiempo para estudiar alemán, historia, geografía, matemáticas, religión, latín, griego, hebreo, francés, italiano… y para leer clásicos latinos y griegos. Se encariñó especialmente con un libro: la versión francesa de Don Quijote de la Mancha.

A los 22 años terminó el Liceo. Gracias a sus buenas notas y a la recomendación del consejo Municipal de su pueblo obtuvo una beca en la Real Universidad de Ludwig de Múnich, donde se inscribió en la facultad de Filosofía. Los ratos libres los empleaba en las academias de baile y de esgrima, como era común en los universitarios de la época. Y durante las vacaciones enseñaba a sus hermanas los bailes de la ciudad.

Luego de Filosofía, Francisco Javier pasó a la facultad de Teología. Quería ser sacerdote, pero aun no había decidido donde. En su casa soñaban con verlo en alguna parroquia cercana; solo su padre estaba al corriente de la secreta pasión de Francisco Javier por las misiones en tierras lejanas, pasión alimentada por los relatos misioneros, en especial de los Redentoristas recién llegados a Norteamérica, que solicitaban clérigos deseosos de ir a trabajar entre los emigrantes de lengua alemana.

A comienzos de 1842 escribió al Superior de la Misión Redentorista en América pidiendo su admisión. Pero la carta no tuvo respuesta inmediata. Por ese tiempo la salud de Francisco Javier se resintió y tuvo que pasar tres semanas en el hospital con fiebre alta y delirios. En noviembre del mismo año le llegó la respuesta positiva desde América.

El 17 de marzo de 1843 partía del puerto francés de Le Havre en el barco San Nicolás, junto con 156 pasajeros. También viajaban allí tres veteranos Redentoristas, enviados desde Europa a apoyar el grupo de misioneros que desde 1832 trabajaban en Norteamérica. Del barco San Nicolás se pasó directamente a la casa San Nicolás, que era la residencia de los Redentoristas en Nueva York. Luego Seelos fue enviado a Baltimore, a la comunidad de formación. Allí recibió el hábito Redentorista y empezó su noviciado el 16 de mayo de 1843. Un año mas tarde hacia la profesión religiosa, tercero en América luego de San Juan Nepomuceno Neumann y José Mueller. Estudió por su cuenta seis meses más de Teología y recibió la Ordenación Presbiteral el 22 de diciembre de 1844. Empezaba la misión en una tierra nueva. Aunque las cartas a su familia describen con optimismo estas primeras experiencias apostólicas, se sabe por otras fuentes que fue un aprendizaje duro y difícil. Su inglés dejaba mucho que desear y su teología no había podido ser completa.

Pertenencias del Beato expuestas en una vitrina. Destaca el cilicio, instrumento de penitencia.

En 1845 el Provincial de Bélgica, P. Federico Von Held, hizo una visita a las fundaciones americanas. Una de sus decisiones, además de prohibir los viajes y nuevas deudas, fue el traslado del Padre Seelos a la parroquia de Santa Filomena en Pittsburg, Pennsylvania. Ahí conoció a San Juan Nepomuceno Neumann y pronto se hicieron amigos. En Seelos es evidente el influjo de Neumann. Juntos trabajaron en los ministerios de la parroquia y en las misiones de los caseríos cercanos. Era la época de la construcción del templo y no faltaban las dificultades con grupos fanáticos anticatólicos y las estrecheces económicas.

Cuando Neumann fue trasladado a Baltimore y, luego nombrado Superior de todos los Redentoristas en Estados Unidos, la mutua estima no disminuyó. Un signo fue la decisión de escoger a Seelos como maestro de novicios en septiembre de 1847. En 1859 se creaba la Provincia Americana de los Misioneros Redentoristas, y pocos meses después, a comienzos de 1851, Seelos era nombrado Rector de la Comunidad de Pittsburg.

Seelos comenzó con entusiasmo su servicio como párroco y superior de la comunidad, dando también plena confianza a sus hermanos, en especial al P. Lorenzo Holzer, a quien le confió la dirección de algunas de las obras parroquiales. Sin descuidar la comunidad ni dejar de participar en algunas de las misiones de otras parroquias, se dedicó sobre todo a la animación litúrgica, la predicación, las confesiones, la dirección espiritual y la coordinación de la catequesis. Fue ahí donde sobresalió su espíritu de buen pastor, lleno de energía y prudencia al mismo tiempo. Durante su ministerio como párroco, se multiplicaron los servicios parroquiales y los feligreses: bautismos, comuniones, matrimonio, visitas a enfermos. Todos reconocían su carisma personal, en especial su amabilidad con todos, la razón principal del resurgir de la fe entre los católicos de Pittsburg.

Primer ataúd en que fue enterrado el Beato.

Conviene recordar que en este tiempo de intensa actividad parroquial comenzó con la peor de las noticias: su hermana menor se accidentó y murió; este accidente traumatizo a toda la familia, el papá sufrió un derrame cerebral, y una de sus hermanas casadas comenzó a perder el movimiento y quedó inválida por el resto de su vida. Solo la profunda fe de toda la familia ayudó a salir adelante en tan difícil prueba.

Su intenso y exclusivo amor a Dios no hizo del P. Seelos una persona triste o aislada. Sobresalía precisamente por la capacidad de acogida y comprensión. Muchas personas declararon más tarde que habían encontrado en él un sacerdote celoso, atento, preocupado por los enfermos, de palabra clara y convincente, hombre de oración, feliz en su vocación religiosa, sacerdotal y misionera.

En marzo de 1854 paso Seelos de la parroquia de Pittsburg a la de Baltimore. Se distinguió, una vez mas por su capacidad de acoger personas, de manera especial en el Sacramento de Reconciliación. El Hermano portero sabía que, en la hora de la noche, el párroco era el primero en llegar a la puerta apenas sonaba la campanilla de los enfermos. Se justificaba diciendo que tenía un sueño liviano, pero en realidad pasaba largas horas rezando ante el Santísimo. Una noche fue llevado para atender a una mujer gravemente enferma y al subir por la escalera se percató que estaba en una casa de prostitución. Le explicaron que si era verdad lo de la mujer enferma y siguió adelante. Al día siguiente un panfleto divulgaba la noticia de que un importante sacerdote había sido visto entrando en una casa de dudosa reputación. Cuando alguien le mostró el recorte del periódico, Seelos se rió y dijo: “Déjenlos que chismorreen; yo por mi parte, he salvado un alma”.

Escultura del Beato -pensada para sentarse a su lado- realizada con ocasión del undécimo aniversario de su beatificación.

La animación de la comunidad y las actividades parroquiales ocupaban totalmente su agenda. Seelos cayó enfermo el 7 de marzo de 1857, era un sábado por la noche y estaba confesando, cuando empezó a sentir frio; poco después tuvo el primer vomito de sangre: Pasaron los días sin gran mejoría. Mientras tanto el Padre Poirier, que estaba gravemente enfermo, ofreció la vida para que el párroco se aliviara, y así sucedió. Poirier murió el 18 y al día siguiente Seelos se sintió mejor y cesaron los vómitos de sangre. El medico obligó a Seelos a quedarse en cama todavía por algunas semanas y él lo acepto con la mejor filosofía: “Estoy en el cielo; dichosa enfermedad que me ha permitido recuperar el vigor espiritual y el fervor”. El 28 de marzo, para evitar una caída, el superior Provincial trajo al maestro de novicios, como superior y párroco en Baltimore y trasladó a Seelos al noviciado en Annapolis, a Maryland.

La nueva comunidad estaba compuesta por 4 padres, 8 hermanos coadjutores, y 42 estudiantes. En pocos meses el número de estudiantes llegó a 60, lo que complicó las condiciones de alojamiento y multiplicó el trabajo de Seelos, que se desempeñaba como párroco, Superior de la Comunidad, Profesor de Teología, Dogmática y Exégesis, y Prefecto de estudiantes. No se sabe como encontraba tiempo para todo. Lo cierto es que fue muy apreciado como profesor; estuvo siempre disponible para atender a los estudiantes; nunca perdió la paciencia, mantuvo la serenidad en los tiempos de crisis, predicaba con entusiasmo; convencía con sus conferencias espirituales.

En 1859 y 1852 fue nombrado nuevamente Superior y Prefecto del Seminario Mayor. Y por las crónicas sabemos que también encontraba tiempo para participar en misiones parroquiales.
Desde septiembre de 1863 hasta mediados de 1865, Seelos ejerció el cargo de Superior de Misiones, es decir, responsable de la organización de las misiones itinerantes en diversas parroquias. Regresaba así a su ocupación preferida: la predicación misionera. Aunque hubiera deseado verse libre de la dirección del equipo misionero, pues se sentía más a gusto obedeciendo que mandando.

Dado que en ese entonces la mayoría de los Redentoristas provenían de diversas regiones de Europa y de diferentes tradiciones misioneras, uno de los esfuerzos realizados durante este periodos fue el de llegar a una cierta unanimidad en el método y los contenidos de la predicación misionera en los Estados Unidos. El P. Seelos, con mucha cordialidad y claridad, se preocupó especialmente por moderar los tonos altisonantes y los gestos bruscos de algunos misioneros, que asustaban y apartaban a la gente en lugar de atraerla.

Relicario expuesto con un hueso del Beato.

Las crónicas de las misiones lo presentan predicando en diversos lugares de la franja oriental de Estados Unidos: Missouri, Illinois, Ohio, Pennsylvania, New Jersey, New York y Rhode Island. Se trata de misiones en grandes ciudades y también en pequeñas poblaciones; para comunidades católicas numerosas o para pequeños grupos desorientados; en zonas económicamente florecientes y aéreas prematuramente pobre en aquel entonces. En algunas partes la gente concurría a la misión desde 30 o 40 kilómetros de distancia y no pocas veces hubo que alargar los días de predicación y de las confesiones para responder a las exigencias de la gente. Los frutos fueron siempre mayores a las expectativas.

A comienzos de 1865, durante las misiones se puso delicado de salud y se temió que le repitiera el vómito de sangre. Por eso, en agosto de ese año lo trasladaron a la Parroquia Redentorista de Detroit; pero solo llegó allí a finales de año a causa de sus muchos compromisos previos.

El 26 de septiembre de 1866 entraba Seelos en Nueva Orleans. Había vivido con intensidad sus 48 años, siempre en tensión hacia el Dios del cielo, y ya presentía la muerte. Seelos que venía precedido por una amplia fama de santidad, llegaba como refuerzo especial, ya que podía expresarse en tres lenguas que se usaban en la pastoral: inglés, francés y alemán. En septiembre 1867 se declaró otra epidemia de fiebre amarilla en la ciudad, que mataba diariamente entre 50 y 60 personas. El trabajo de los misioneros se concentró en las visitas a los enfermos y en el consuelo a los sobrevivientes. El día 17, al volver a casa para el mediodía, Seelos sintió que las fuerzas le faltaban.

Aún así, fue a atender a un enfermo y, al volver, a las 3 de la tarde, ya no pudo más y tuvo que ir a la cama. No volverá a levantarse. Su salud que a ratos parecía mejorar, estaba empeorando. Mientras tanto, la casa se volvió un hospital, porque otros tres miembros de la comunidad cayeron gravemente enfermos. Será un duro golpe y un gran ejemplo para los Redentoristas, cuando reciban la noticia del fallecimiento de éstos tres y de Seelos en la misma semana, todos victimas del servicio a los moribundos.

El día 4, en las horas de la tarde, el Rector convocó al resto de la comunidad para rezar en la habitación del Padre Seelos, pues se veía que llegaba el último momento. Se entonaron las oraciones de recomendación del alma, mientras se rociaba agua bendita en la habitación y se acercaba a los labios del moribundo un Santo Cristo o una estampa de la Virgen para que los besara… Al preguntársele si quería que cantara algo, asintió con la cabeza y se entonaron dos de sus melodías favoritas. Entonces su rostro se iluminó y entregó el espíritu al Padre Dios. Eran las 5:45 de la tarde del día 4 de octubre de 1867.

Urna actual donde reposan los restos del Beato.

Los años transcurridos desde la muerte de Francisco Javier Seelos no han cancelado su recuerdo; más bien han servido para darnos la distancia necesaria y poder mirar el cuadro completo de su vida como fidelidad a Cristo en la total dedicación a la obra misionera de la Iglesia. Seelos nos invita a anunciar con él un futuro mejor, un nuevo mundo “sin tristeza ni llanto”

Tacho de Santa María

Bibliografía:
Taller de Profundización: Espiritualidad Misionera Redentorista. Cap. 21
Julio de 2000. San Luís Potosí, S.L.P. México
Cheerful ascetic: The life of Francis Xavier Seelos, C. Ss. R., Michael J. Curley.
New Orleans, 1969.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santos Engracia y compañeros, mártires en Zaragoza

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo decimonónico de la Santa con el suplicio del arrastre al fondo. Basílica de la Santa en Zaragoza, España.

Hoy, día 16 de abril, celebramos la festividad de una mártir ciertamente conocida en ámbito ibérico, aunque sin repercusión fuera del mismo y de culto restringido incluso dentro de España. Es la más conocida de las Santas de este nombre -Engracia, del latín in gratia, «que está en estado de gracia», «llena de gracia»- que podrían reducirse prácticamente a tres y una de ellas sea probablemente un desdoblamiento de la primera. En cualquier caso, hoy hablaremos de la mártir zaragozana y de sus compañeros.

La fuente primigenia que nos habla de estos mártires, de la cual beben todos los textos posteriores, es el himno IV del poema Peristephanon de Aurelio Prudencio, poeta hispano que exalta el heroísmo de éstos y detalla los horribles sufrimientos experimentados por Engracia. Prudencio no menciona la fecha del martirio, pero se da por sentado que ocurrió en tiempos de Diocleciano. La passio de los mártires, escrita entre finales del siglo VI y principios del VII -por lo tanto, más de un siglo posterior a la muerte del poeta- está atribuida a San Braulio, obispo de Zaragoza; y destaca de nuevo la presencia de Publio Daciano, ese personaje estereotipado presente en todas las passios de la liturgia mozárabe (San Vicente, Santa Eulalia, Santa Leocadia) y algunas otras como la de San Jorge o Santa Fe. Como he apuntado otras veces, no se ha podido demostrar la existencia histórica de dicho personaje.

Pero pasemos a hablar de la passio. Según ésta, Engracia era una joven nacida en la ciudad lusitana de Brácara -actual Braga, Portugal- e hija de un noble cristiano. Llegando a la edad núbil, se concertó su matrimonio con un hombre de Narbona, y partió en dirección a esta ciudad gala acompañada de su śequito de diecisiete esclavos, su tío Luperco y su nodriza, a fin de contraer matrimonio a su llegada. Los esclavos han sido llamados Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturio, Casiano, Fausto y Jenaro, y estos cuatro últimos tenían por sobrenombre Saturnino.

Estampa popular española con los mártires zaragozanos: masacre de las Santas Masas (superior), Santa Engracia ante Daciano (izqda.) y San Lamberto en oración (dcha.)

En su viaje, este vistoso séquito se detuvo a descansar en la ciudad hispana de Caesaragusta -actual Zaragoza- donde tuvo lugar su martirio. En ese momento la gobernaba el tal Daciano; quien se había cubierto de gloria realizando una auténtica barbaridad: prometió a la comunidad cristiana zaragozana respetar sus vidas si abandonaban la ciudad todos aquellos que se negaran a sacrificar a los dioses. Y en el momento en que estos cristianos, familias enteras, cruzaban los muros de la urbe, Daciano les arrojó encima a todos sus hombres y los hizo pasar a cuchillo, sin diferenciar entre hombre, mujer, anciano o niño. Todos fueron asesinados y sus cuerpos quedaron allí a la intemperie, como aviso al resto de la comunidad cristiana. Son los llamados Innumerables Mártires de Zaragoza o las Santas Masas.

Estando allí, llegó a oídos de Engracia esta masacre y quedó tan indignada que, ni corta ni perezosa, solicitó inmediata audiencia con el gobernador, quien aceptó verla viendo que era una cristiana noble. Ella se presentó ante su tribunal acompañada de su séquito y, haciendo gala de una ágil oratoria y un genio encendido, recriminó duramente al magistrado su actitud para con los cristianos. Daciano, intentando hacer oídos sordos a las duras palabras de la joven, la halagó con promesas y lisonjas si aceptaba sacrificar a los dioses; pero Engracia le replicó todavía con mayor dureza, tildándolo de «demonio» y augurándole todas las penas del infierno por sus malas acciones. Aquello acabó con la paciencia del gobernador, que la mandó entregar a los verdugos.

La repugnante crueldad y el ensañamiento con que fue torturada Engracia sólo podría explicarse por su osadía e insolencia al tratar con quien era la máxima autoridad de la ciudad y representante del emperador. En primer lugar, Engracia fue desnudada, atada a una columna y azotada. Hicieron lo mismo con todos sus acompañantes, pero ellos, entre golpe y golpe, empezaron a cantar con voz fuerte para infundirse ánimos. Pensando que si se cebaba con Engracia, los otros se acobardarían, Daciano mandó entonces atar a la joven a las colas de dos caballos y arrastrarla por todas las calles de la ciudad. Su cuerpo, magullado por los azotes, se desgarraba con la fricción contra el pavimento, pero ella, en medio de tales dolores, todavía cantaba con voz más fuerte, para hacerse oír por encima de los cascos de los caballos y los gritos de la gente que había acudido a ver su tormento.

Inserción del clavo en la frente de la Santa. Grabado del martirio para un calendario de Santos español.

Inserción del clavo en la frente de la Santa. Grabado del martirio para un calendario de Santos español.

Acabado este suplicio, se la trajeron de nuevo y daba horror y lástima ver su cuerpo destrozado. Viéndola muy debilitada, Daciano aprovechó para reanudar su ataque y le habló con voz dulce y suave, prometiéndole un marido digno de su nobleza y calidad, si accedía a cumplir el edicto. Pero Engracia le retó de nuevo, desafiante, llamándolo «pobre sacrílego» y diciéndole que ya sólo esperaba tener por esposo a Jesucristo. Entonces, el gobernador mandó de nuevo atarla a una columna y que la torturaran con garfios de hierro, que se enganchaban en las ya destrozadas carnes de la joven. La desgarraron hasta dejar sus entrañas a la vista y le amputaron un pecho, con tanta saña que, a través de la herida abierta, se veía latir el corazón. Incapaz de soportarlo más, Engracia se desmayó.

Este espectáculo horrorizó a sus compañeros, que estaban siendo obligados a presenciarlo, y adelantándose Luperco retó al gobernador a probar sus suplicios con ellos, si se atrevía, ya que tan valiente había sido en torturar a una muchacha. Pero Daciano no se dignó a responder, y dio orden de sacarlos a las afueras de la ciudad y decapitarlos allí, sin más. Engracia recuperó el conocimiento cuando los hacían salir y los despidió con gritos de ánimo y fortaleza. Los esclavos, Luperco y la nodriza fueron decapitados a las orillas del río Ebro, y sus cuerpos quemados allí; aunque sus cenizas serían posteriormente rescatadas por los supervivientes de la diezmada comunidad cristiana de la ciudad.

Pero Daciano no había terminado con Engracia. Todavía estaba atada a la columna y desangrándose cuando le trajeron la noticia de la muerte de sus compañeros, aprovechando el gobernador para burlarse de nuevo de ella y darle una última oportunidad. Pero ella la desechó, diciendo que era inútil que intentase convencerla. El sañudo magistrado alargó hasta lo impensable la atroz agonía de la joven. Con un cuchillo la abrieron y le arrancaron el hígado con tenazas. Luego, el mismo gobernador tomó un clavo largo y un martillo y se lo hundió en la frente. A pesar de tantas afrentas, la pobre muchacha no acababa de morirse, por lo que Daciano dio orden de arrojar su cuerpo a una mazmorra para que allí, fuera pasto de las ratas. Y así murió Engracia. Su cadáver destrozado y podrido fue arrojado a las calles para que gentes y bestias siguieran profanándolo, pero fue rescatado también y enterrado junto a las cenizas de sus compañeros.

Detalle del martirio de la Santa. basílica de Santa Engracia de Zaragoza, España. Fuente: www.basilicasantaengracia.es

Detalle del martirio de la Santa. basílica de Santa Engracia de Zaragoza, España. Fuente: www.basilicasantaengracia.es

Hasta aquí el truculento relato de la passio, que pone los pelos de punta por las atrocidades que con todo detalle están inspiradas en el himno de Prudencio. Este poeta dice haber visitado la celda donde la mártir agonizó lentamente hasta morir, y conmovido, recrea cada tormento haciendo hincapié en que murió sufriendo extremo dolor y se le privó de una muerte digna y rápida:

“A ninguno de los mártires aconteció
que habitara en nuestras tierras quedando aún en vida;
tú eres la única que permaneces en el mundo,
sobreviviendo a tu propia muerte.
Hemos visto parte de tu hígado arrancado
y apresado aún a los lejos en las tenazas comprimidas,
ya tiene la muerte pálida algo de tu cuerpo,
aun cuando estás viva”.

Actualmente los estudiosos ya no aceptan que la mártir fuese lusitana. Tiene más lógica que fuera hispana e incluso zaragozana de nacimiento; pues Prudencio únicamente ha reseñado a los mártires hispanos, y no parece que Engracia tuviese que ser la excepción.

En tiempos de Prudencio existía ya una iglesia erigida en su honor que, por estar durante algún tiempo en poder de los arrianos, fue “reconsagrada” en el año 592. Fue entonces cuando se redactaron la passio y la “Misa de Santa Engracia” de la Liturgia Mozárabe. En aquella época su festividad ya se celebraba, como hoy, el día 16 de abril. Algunos manuscritos y el Martirologio Romano hacen memoria de ella el día 3 de noviembre, que es muy probablemente el día de la “reconsagración” de la iglesia que hemos mencionado.

Reliquias veneradas en la Cripta de la Basílica de Santa Engracia en Zaragoza (España). Cráneo de la Santa, cráneo de San Luperco, clavo, y cenizas de los compañeros.

En el año 1389, con ocasión de la reconstrucción de la iglesia de las Santas Masas, se encontraron las reliquias. Juan II, rey de Aragón y de Navarra, al haber sido curado de una enfermedad gracias a la intercesión de la Santa, le erigió la actual iglesia, cuya fachada fue construida entre los años 1512-1519 por los arquitectos Morlanes (padre e hijo).

Las reliquias de la Santa y de sus compañeros se veneran actualmente en la cripta de esta iglesia. El cuerpo está en un sarcófago (junto con San Luperco) y el cráneo está en un relicario que fue regalado por el antipapa Benedicto XIII en el año 1405. Se conservan también algunos instrumentos del martirio, como el clavo que le atravesó el cráneo. Aparte se conservan los restos de los Innumerables o Santas Masas, que apenas son una masa compacta e informe de huesos, sangre y cenizas.

La Santa suele ser inconfundible en iconografía por tener el clavo hundido en la frente. Sólo dos mártires varones –San Bernardo de Alzira y San Severo de Barcelona- comparten este atributo. Por lo demás, suele aparecer como una virgen mártir (corona y palma); aunque en Zaragoza es habitual representarla recostada en la columna de su flagelación y portando los otros instrumentos de martirio (flagelo, garfios, rastrillos, clavo y martillo).

Es la co-patrona de Zaragoza, aunque su culto está muy eclipsado por el culto mariano a la Virgen del Pilar y fuera de esta ciudad, está prácticamente reducido a algunos pueblos aragoneses y vascos, además de en Lisboa, Portugal; de donde aún se sigue creyendo que era oriunda. Por lo general, el culto no sobrepasa el ámbito ibérico, como decía al principio del artículo, salvo algún caso aislado en Francia y en América, adonde lógicamente llegó por difusión de los conquistadores españoles y portugueses. Tiene parroquias intituladas en Monterrey y San Pedro Garza García (México), que yo sepa hasta la fecha. La intitulación de San Pedro es curiosa porque hubo reticencias en aceptar a esta mártir por patrona, ya que era «muy poco conocida»; pero al fin fue aceptada porque se pensó que «podría ser un ejemplo para los cristianos de hoy».

Cripta de la Basílica de Santa Engracia, Zaragoza (España). Bajo el altar, sepulcros de la Santa y San Luperco.

En resumen: mártir hispana, real, histórica; cuya existencia y detalles básicos de su cruel martirio están atestiguados por Prudencio desde época muy temprana, pero cada vez de menor presencia y repercusión por la localización aislada de sus lugares de culto. Aunque en el pasado el nombre de Engracia era bastante frecuente entre las mujeres españolas, actualmente está en desuso por considerarse anticuado.

Meldelen

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es