Santo Jerarca Gelasio de Râmeţ (o Râmeţi)

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Icono ortodoxo rumano del Santo.

San Gelasio de Râmeţi vivió en el siglo XIV como un monje ermitaño en el valle del río Râmeţi, en las Montañas occidentales de Apuseni, en Transilvania, convirtiéndose más tarde en el abad del monasterio de Râmeţi, existente hasta hoy en día en el Distrito de Alba. Durante muchos siglos, la tradición local ha conservado lo que se sabe de su vida. Se sabe que él era el padre espiritual de los ermitaños que vivían en las montañas cercanas a Râmeţi, y que también lo era de los habitantes de la región. Tenía un don especial para exorcizar a los poseídos.

San Gelasio tuvo doce discípulos, que oraban junto a él, con él ayunaban y celebraban los Santos Sacramentos. Él no comía, a excepción de los sábados y los domingos; el resto de la semana se alimentaba únicamente con el consumo de la Sagrada Eucaristía. Eso puede significar que diariamente celebraban la Divina Liturgia, significando que, en aquel momento, existía una intensa vida espiritual en la región.
Existe una historia que sucedió en Fântâna Vlădichii (la fuente del obispo) cercana a la aldea Hopagi y que está situada a pocos kilómetros del actual monasterio: se sabe que un verano, cuando los monjes iban a cortar el heno, algunos de ellos comenzaron a murmurar porque no tenían agua. El abad Gelasio oró a Dios y haciendo con su bastón tres veces la señal de la cruz, golpeó en el suelo y el agua salió a la superficie. Este manantial de agua existe hasta el día de hoy y su nombre, indica que Gelasio no era un simple abad, sino un obispo.

Su muerte ocurrió de una manera especial. Yendo un día desde Hopagi hacia el monasterio, murió mientras cabalgaba sobre un asno, el cual lo llevó hasta casa. Actualmente, el museo del monasterio conserva una piedra en la que se dice que quedó impreso el casco del burro. Con anterioridad, esta piedra se encontraba enfrente de la antigua iglesia monacal. También dice la tradición que en el momento de su muerte, las campanas de las siete iglesias cercanas comenzaron a tocar repentinamente. Fue sepultado cerca de la pared de la iglesia, pero la localización exacta se olvidó hasta que fue encontrada en el siglo XX.

La veneración de San Gelasio
Durante varios siglos no se sabía nada sobre San Gelasio, excepto lo transmitido por la tradición entre los ascetas de la región. Casualmente, sus reliquias fueron descubiertas en el año 1925. Después de una fuerte tormenta, los monjes vieron un cráneo humano que rodó entorno a la antigua iglesia por tres veces y que se detuvo cerca del altar. Junto con él, aparecieron en superficie otros dos cráneos y los tres fueron cogidos por un sacerdote del monasterio y enterrados en el lado derecho de la antigua iglesia, sin saber de quienes eran. De acuerdo con los testimonios de algunos monjes, cada año, durante el invierno, la nieve se derretía sobre el lugar en el que los cráneos fueron enterrados.

Vista del complejo monástico de Râmeţ (Rumanía). En primer plano, antigua iglesia donde el cráneo del Santo fue sepultado a principios del s.XX.

En 1937 o 1938, después de realizar algunas investigaciones con el fin de restaurar la antigua iglesia del monasterio, las aguas de otra lluvia torrencial sacaron nuevamente el cráneo a la superficie pero seguía sin saberse de quién era. Pero entonces ocurrió algo milagroso: una mujer epiléptica llamada María, de Negreşti Oaş (a unos trescientos kilómetros al norte de Râmeţi), llegó en ese momento y le dijo a los monjes que había tenido un sueño y que una paloma la guió hasta el monasterio que, hasta ese momento era desconocido para ella, y le ordenó que tocase el cráneo encontrado, porque era el de San Gelasio y que al tocarlo, se curaría.

Después de celebrar el sacramento de la Santa Unción, ella tocó las reliquias de San Gelasio y quedó curada. Inmediatamente, los monjes recogieron el cráneo y lo pusieron en un altar de madera, manteniéndolo hasta hoy en la capilla del monasterio. En la segunda mitad del siglo XX también se han realizado otros milagros con las reliquias de San Gelasio.

Más tarde, en el año 1978, se descubrió una inscripción en la pared de la antigua iglesia, la cual separa una nave de la otra. Decía: “Esto lo he escrito yo mismo, Miguel, el más pecador servidor de Dios, pintor de Crişul Alb (el Criş blanco es un río situado al lado oeste del monasterio), en tiempos del arzobispo Gelasio, el día 2 de julio del año 6885 (1377), en los tiempos del rey Ludovico”. Ludovico el Grande, gobernó Hungría entre los años 1342 y 1382.

Detalle del icono y la urna con las reliquias del Santo. Iglesia del monasterio de Râmeţ, Rumanía.

Esta inscripción es la primera mención hecha a un obispo ortodoxo de Transilvania y completa la información sobre San Gelasio, que hasta ese momento se creía que había sido solo un monje, aunque se sugería que pudiera ser obispo el por nombre de la Fântâna Vlădichii, de la que hemos hablado antes. Esta situación no es inusual, ya que la organización religiosa de los ortodoxos rumanos en Transilvania no era muy clara hasta el siglo XV. En aquellos tiempos, los obispos y los respectivos metropolitas no tenían sede propia; vivían en uno u otro monasterio en Transilvania y se trasladaban de un lugar a otro cuando era necesario.

Toda esta información, junto con otros muchos milagros que ocurrieron en el monasterio de Râmeţi, hizo que el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa de Rumania, decidiera el 20 de junio del año 1992, canonizar oficialmente a San Gelasio. La solemne canonización tuvo lugar en Râmeţi el día 29 de junio de 1992, recordándose su festividad anualmente el día 30 de junio, o sea, hoy.

Himno (Troparion) de San Gelasio:
“Oh portador de Dios, Padre nuestro Gelasio, consejero de monjes, de sacerdotes y de fieles, gloria de los ascetas y alabanza de los obispos; sacaste fuerzas de las dificultades mostrando tu santidad a través de tus luchas, alegrándose ahora los ángeles en el cielo. Junto con ellos, reza a Dios misericordioso para que nos conceda la paz y sus gracias. Amén”

Mitrut Popoiu

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San Pedro y la Cárcel Mamertina

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Vista de la fachada y entrada al Tullianum o Cárcel Mamertina, Roma (Italia).

El Tullianum (o Cárcel Mamertina), se encuentra en el Clivio Argentario por debajo de la Iglesia de San Giuseppe dei Falegnami y puede considerarse como la más antigua y durante un largo período de tiempo, la única casa de detención en Roma. De acuerdo con Livio, fue hecha construir por el rey Anco Marcio.

La parte frontal, que aun hoy es posible observar, dataría de la Edad Imperial como se puede confirmar por la inscripión que lleva los nombres de los cónsules M. Cocceyo Nerva y C. Vibio Rufino: no se conoce con exactitud su fecha de construcción, pero puede fijarse entre los años 39 y 42 de nuestra Era.

Esta muralla o pared rodea una fachada más antigua, construida con ladrillos de la llamada Gruta Oscura. Se puede acceder al interior atravesando una entrada, recientemente inaugurada, que permite avanzar hasta una habitación de forma trapezoidal, también construida con ladrillos de toba, que provienen de Monteverde y del Aniene y que data aproximadamente de la segunda mitad del siglo II.

Originariamente, la entrada se caracterizaba por una pequeña puerta, que ahora ha sido sustituida por un muro o pared, puesta a un nivel superior con respecto al pavimento actual que surgía de la pared de la derecha. Más allá de esta pequeña puerta se podía acceder a otras habitaciones de la prisión, conocidas con el nombre de Lautumiae ya que se obtuvieron mediante la excavación de pozos antiguos de barro.

Prisión de los Santos Pedro y Pablo. Cárcel Mamertina, Roma (Italia).

Sobre la superficie del pavimento se puede observar una apertura circular que originariamente representaba la única vía de acceso a la zona de abajo, a la que ahora se accede por una escalera moderna. Este área era llamada Tullianum y esta era la parte más oculta de la prisión y la más temida por los presos: de hecho, en su interior eran arrojados los prisioneros de Estado que con posterioridad eran asesinados por estrangulamiento.

Entre los prisioneros que fueron destinados a esta triste suerte, podemos recordar a: Sejano y sus hijos en el año 31 después de Cristo; el cabecilla de los Galos, Vercingetórix, durante el año 49; los Catilinarios en el año 60; el soberano de Numidia, Yugurta, en el año 104; los partisanos de Cayo Graco, en el curso del año 123 y otros.

Según se nos narra en una antigua tradición, aqui estuvieron como prisioneros también los Santos Apóstoles Pedro y Pablo: en particular, parece que San Pedro, durante su estancia en el Tullianum junto a San Pablo, cayó golpeándose la cabeza con una pared, dejando allí su marca o impronta.

Una vez encerrados en la oscuridad de esta estancia, los apóstoles fueron capaces de realizar un milagro haciendo brotar un manantial de agua (el agua del manantial deriva del término latino tullus del que deriva el nombre Tullianum). Asimismo, los apóstoles consiguieron convertir al cristianismo a Proceso y Martiniano, ambos carceleros, los cuales entonces abandonaron la cárcel, siendo posteriormente también martirizados.

Vista de la escalera que permite descender al Tullianum. Cárcel Mamertina, Roma (Italia).

La Cárcel Mamertina se convirtió en lugar de culto en el año 314, cuando el Papa San Silvestre la dedicó a S. Pietro in Carcere.

En una restauración reciente, han emergido en parte unos frescos en los que se puede releer lo que ya se conoce por tradición, reforzando la coherencia del culto a San Pedro debido a una iconografía que lo representa como Vicario de Cristo, pues detrás de él se representa a Jesús, que pone sus manos sobre la espalda de Pedro, a quién mira fijamente y le sonríe.

Ella misma, es una experiencia increíble para fortalecer la fe y de reconocimiento de la continuidad fundamental de aquel lugar, de la tradición y del tránsito entre la experiencia civil romana y la religión cristiana y no solo eso.
Después de la Basílica de San Pedro, el corazón del culto petrino se encuentra en esta Cárcel, siendo esta, un importante lugar de culto y veneración de la Roma cristiana y apostólica.

Damiano Grenci

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María Santísima, Reina de todos los santos (IX)

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Tríptico gótico con la Adoración de los Magos (izqda.) la Presentación de Jesús en el Templo (central) y María con Cristo resucitado (dcha.) Anónimo alemán del siglo XV. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

El culto de María en Occidente en la Edad Media
En el artículo anterior, publicado del pasado día 24 de mayo, terminamos de hablar del culto a la Santísima Virgen en Occidente hasta el siglo IX y hoy queremos hacerlo a partir de la Edad Media, desde los siglos IX al XVI.
En este segundo período podemos decir que la Santísima Virgen está presente en todas las manifestaciones de culto, en el desarrollo de la liturgia, en las oraciones, en las representaciones sacras, en los homenajes de las Órdenes religiosas, en los santuarios y peregrinaciones, en la teología, en las predicaciones, en el culto de las reliquias, en la literatura y en el arte.

El desarrollo litúrgico
Está documentado que desde el siglo IX, se le empieza a dedicar a la Santísima Virgen un día a la semana, normalmente el sábado. El domingo estaba ya dedicado al culto divino.
En el año 1389, el Papa Urbano VI extendió a toda la Iglesia latina, la festividad de la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel, el día 2 de julio; esta festividad ya se celebraba en las Iglesias de Oriente y fue adoptada por los Carmelitas, los Mercedarios, los Servitas y otras Órdenes religiosas. Ese mismo siglo, en el 1373, comenzó a convertirse en universal la fiesta de la Presentación de María en el Templo (día 21 de noviembre), fiesta que también era celebrada en Oriente y que en Occidente comienza a aparecer por primera vez en el siglo XI.

En el siglo XV, el Papa Sixto IV, en el año 1476, aprobaba y concedía indulgencias a la Misa y Oficio de la Concepción de María, que también se celebraba en Oriente desde el siglo VII así como en algunos lugares occidentales desde finales del siglo XI. O sea, desde el punto de vista litúrgico, las fiestas de la Virgen toman cada vez más auge en Occidente y que conste que hemos querido poner solo algunos ejemplos.

La Anunciación. Mosaico de Pietro Cavallini (1291) en el ábside de la Basílica de Santa Maria in Trastevere, Roma (Italia).

La devoción a los “gozos” y a los “dolores” de María
Hacia mediados del siglo XI los “gozos” a Nuestra Señora comenzaron a convertirse en objeto de culto. Primero fueron cinco “gozos” y posteriormente, en el siglo XII, pasaron a siete. En algunas localidades, el número de ellos fue incluso mayor. Al unísono, al igual que apareció la devoción a los cinco “gozos” comenzó a hacerse referencia a los cinco “dolores” sufridos por la Virgen a la vista de las cinco llagas que mostraba Cristo en la cruz (manos, pies y costado). Y es a finales del siglo XV, en el 1490, cuando Juan de Coudenberg, en Flandes, creó la “Confraternidad de la Dolorosa” o de “Nuestra Señora de los Siete Dolores”.

Los “cinco gozos” son: la Encarnación del Hijo de Dios (Lucas, 1, 26-38); la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel (Lucas, 1, 39-56); el Nacimiento del Hijo de Dios (Lucas, 2, 1-14); la Purificación de Maria y Presentación del Niño en el Templo (Lucas, 2, 22-40) y el Niño hallado en el Templo (Lucas, 2, 41-51). Estos son actualmente los llamados misterios gozosos del Rosario.

En el siglo XV, aparece la “corona franciscana de los siete gozos”: Anunciación, Visita a Santa Isabel, Nacimiento del Salvador, Adoración de los Reyes Magos, Encuentro del Niño en el Templo, Resurrección de Cristo y Asunción y Coronación de la Virgen en los cielos. En Internet hay muchísima información sobre estas devociones marianas y yo no me voy a explayar más.

En cuanto a los llamados “Siete Dolores” de la Virgen, estos son: La Profecía de Simeón durante la Presentación en el Templo, la Huida a Egipto, la Pérdida de Jesús en el Templo, el Encuentro con Jesús camino del Calvario, la Crucifixión y Muerte de Cristo, la Lanzada y recogida de su Hijo al pie de la cruz y el Entierro de Cristo y Soledad de María. Tampoco me extiendo en ellos.

Políptico de los Siete Dolores, obra de Albrecht Dürer (ca.1500). Museo de Dresde, Alemania.

Las oraciones a la Santísima Virgen
Desde finales del siglo IX, a nivel privado, empieza a utilizarse el llamado “Oficio parvo de Nuestra Señora”, devoción cuyo origen se remonta a los rezos de un monje de Lorena llamado Bernerio. Es un oficio pequeño comparado con el Oficio Divino que se recita o canta diariamente en todos los monasterios y conventos. Este “oficio parvo”, que como he dicho comenzó a rezarse en privado, pronto se institucionalizó como público el día del sábado, que era el día dedicado a la Virgen.
En el siglo XI, San Pedro Damián promovió entre los monjes el rezo de este oficio pequeño consiguiendo que hacia mediados del mencionado siglo, en casi todos los monasterios italianos, además del Oficio Divino, se rezase también el oficio de la Virgen. También en varias diócesis y provincias eclesiásticas se impuso esta costumbre entre los sacerdotes diocesanos, algo que después trascendió a muchos fieles laicos.

En el siglo X, San Odón, que fue el segundo abad de Cluny, comenzó a invocar a la Santísima Virgen con el título de “Madre de la Misericordia”, título que se extendió entre muchos escritores medievales como nos lo cuenta G. Roschini en su obra: “La maternidad espiritual de María según los escritores latinos de los siglos VIII al XIII”, publicada en el año 1961.
En el siglo XI fueron compuestas muchas y fervorosas plegarias a María; por poner algunos ejemplos mencionaremos la “Singularis meriti” de San Odilón, “Solem iustitiae” y “Felix namque es”, de San Fulberto de Chartres, otras de San Anselmo de Canterbury, de Eadmero y otros.

Es también en el siglo XI cuando aparece la famosa antífona “Salve Regina”, que se atribuye a más de un autor y que ha llegado a ser de uso común tanto en los monasterios como a nivel del pueblo llano. Del mismo tiempo son la “Regina coeli” y la “Alma Redemptoris Mater”, antífonas también incluidas en el rezo del Oficio divino.

Icono en plata de María, Madre de la Misericordia venerado en Ostra Brama, Lituania.

A partir del siglo XII y con el fin de imitar a los clérigos que cantaban semanalmente todos los salmos, los seglares comenzaron a recitar el llamado “Ave María”, o salterio mariano. Fue de esta manera como comenzó el rezo del rosario, el cual, solo bajo el pontificado de Benedicto XIII en el siglo XVIII comenzó a cargarse de indulgencias y a rezarse de la forma en que lo hacemos ahora. El rezo del rosario se ha convertido en la plegaria mariana más popular en Occidente, costumbre que ha sido especialmente propagada, difundida por la Orden de Predicadores (Dominicos).

En el siglo XIII se inició la práctica de rezo del “Angelus” al atardecer, costumbre que posteriormente cambió a hacerse por la mañana y que desde mediados del siglo XV se ha acomodado al mediodía.
Las “Letanías” aparecieron en Maguncia (Mainz) en el siglo XII; entonces se las llamó “Letanías de Nuestra Señora” y se propagaron y aumentaron de tal manera que el Papa Clemente VIII, en el año 1601, se vio obligado a prohibir la composición de nuevos añadidos, volviéndose a la redacción primitiva a excepción de aquellas que sólo acostumbraban a cantarse en el Santuario de Loreto y que a partir de entonces, comenzaron a llamarse “Letanías lauretanas”.

A finales del siglo XII empezó a utilizarse como oración la primera parte del actual “Avemaría” (hasta “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”). A partir del siglo XIII, algunas Órdenes religiosas como los Premonstratenses, Dominicos, etc. la incluyeron dentro de sus propios rituales y es a partir del siglo XIV cuando aparece la segunda parte de esta popular oración (“Santa María, Madre de Dios…”). Esa fórmula completa está hoy en uso en la toda la Iglesia occidental y podríamos decir que es la oración mariana más extendida en Occidente.

“Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui Iesus.
Sancta Maria mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae.
Amen.

Χαίρε, Μαρία, κεχαριτωμένη ο Κύριος μετά σοῦ, ευλογημένη σὺ εν γυναιξί, και ευλογημένος ο καρπός της κοιλίας σοῦ, ο Ιησούς.
Αγία Μαρία, Θεοτόκε (μητερ Θεου), πρέσβευε υπέρ ημών των αμαρτωλών, νυν και εν τη ώρα του θανάτου ημών. Αμήν.”

Presentación de la Virgen niña en el Templo. Fresco de Giotto di Bondone (1305-1306). Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia).

Por último, mencionemos las “Oraciones a la Virgen” de Marcial d’Alverne, aparecidas en Francia en el siglo XV, las oraciones húngaras durante la etapa de ocupación por parte de los turcos y que son también del siglo XV y la famosa oración “Memorare”, que es atribuida erróneamente a San Bernardo y que apareció por vez primera en el “Anthidotarius animae” del cisterciense Nicolás Saliceto en el año 1489.

Oración “Memorare”:
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado por Vos.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. ¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

En el siguiente artículo seguiremos relatando el culto a María durante la Edad Media y al igual que en los artículos anteriores, nos hemos basado en los trabajos del profesor Roschini.

Antonio Barrero

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Venerable Galileo Nicolini

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Ilustración contemporánea del Venerable, en su hábito de pasionista.

El Martirologio Romano contiene muchos santos y beatos que han dado gloria al Santo Nombre de Jesús, testimonios de su amor entre los hombres. Entre ellos, ninguno se llama Galileo, pero la Iglesia espera que un hijo suyo, nacido en Capranica (Viterbo) en el año 1882, pueda pronto subir al honor de los altares.

El nombre Galileo deriva del hebreo: Galil y significa “alrededor, de la región”. Este nombre nos trae a la mente al gran padre de la ciencia moderna Galileo Galilei, nacido en Pisa el día 15 de febrero del año 1564 y muerto en Arcetri (Firenze), el día 8 de enero de 1642: físico, filósofo, astrónomo, matemático, un genio de la ciencia.

Pero el nombre Galileo nos recuerda también la región en la que vivió Jesucristo: Galilea. Con el sobrenombre de “el Galileo”, es llamado Jesús en el famoso díalogo entre el apóstol San Pedro y sus acusadores, según nos narra el Evangelio de San Mateo: “Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo. Pero él lo negó delante de todos diciendo: No sé lo que dices. Saliendo él a la puerta, le vio otra y dijo a los que estaban allí: También este estaba con Jesús el nazareno. Pero él juró otra vez negándolo: No conozco a ese hombre. Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también eres tu de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre. Entonces él comenzó a maldecir y a jurar: No conozco a ese hombre. Y enseguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Mateo, 26, 69-75).

El nombre Galileo quiere llamarnos a la devoción al Santo Nombre de Jesús, que en la tradición cristiana no está muy difundido, excepto con las palabras de: Jesús, Salvador o solo Galileo. Ya sabemos que el día de la onomástica de todos los que llevan ese nombre es el 3 de enero: El Santo Nombre de Jesús, aunque su memoria es opcional en el rito romano. Esto es lo que dice ese día el Martirologio Romano: ”Santo Nombre de Jesús, el único ante el cual, en el cielo, en la tierra y bajo la tierra, toda rodilla se dobla para gloria de la Divina Majestad”.
Pero retornemos al único testimonio de santidad que ha llevado este nombre: Galileo Nicolini.

Estampa devocional del Venerable.

Vida del Venerable Galileo Nicolini
El Venerable Galileo Nicolini, novicio pasionista muerto en olor de santidad en el noviciado del Monte Argentario (Grosseto), el día 13 de mayo del año 1897, sintió la llamada a la vida pasionista desde el momento en el que hizo su Primera Comunión.
Era un joven valiente, ingenioso, mandón, de fuerte carácter pero muy razonable y alegre. A los ocho años de edad reprochó a un invitado que estaba almorzando en su casa y que hablaba mal de la Iglesia: se subió sobre una silla y muy seguro, le dijo: “Usted es un maleducado, porque hace este comentario en nuestra casa conociendo cual es nuestra fe”.

Había nacido el 17 de junio del 1882 en Capranica (Viterbo). A los cuatro años entró en la escuela y con solo cinco años hacía de secretario de su padre, escribiendo al dictado sus cartas de negocio. En dos años, superó cuatro cursos. Para los exámenes de tercero fue enviado a la Real Escuela de Viterbo: admiración y estupor sintieron los profesores a la vista de su excelente preparación.
Y descubre que “Jesús escondido” en el Tabernáculo se entretiene con él en largos coloquios.

Con seis años de edad, comienza a confesarse, teniendo como director espiritual al docto franciscano Padre Ahern. Lee libros de intensa vida espiritual y plantea preguntas sorprendentes y profundas. En febrero de 1894, los padres pasionistas fueron a predicar una misión a la parroquia de Capranica. Galileo se entusiasma: aquellos misioneros vestidos de negro, con el Corazón de Jesús y el signo de su Pasión sobre el pecho, lo fascinan. El 26 de agosto de aquel año recibe su Primera Comunión en la iglesia de los Pasionistas en Vetralla y para prepararse, estuvo diez días de retiro con los religiosos, participando con ellos en sus oraciones y en su vida de comunidad. Cuando vuelve a Capranica ha comprendido que su verdadera familia será la de los Pasionistas.

Todos los días medita sobre la Pasión de Jesús; se acerca a menudo a la confesión y a la comunión y los frutos son evidentes incluso en su apariencia exterior. Ser religioso y sacerdote pasionista se convierte en su único deseo. Su confesor lo invita a hacer una novena al Espíritu Santo a fin de eliminar cualquier duda; el niño, aunque está seguro de la llamada de Dios, lo obedece.
Cuando se lo dice a sus padres, la madre queda sorprendida y perpleja, pero el padre se opone. Y los pasionistas aun no lo aceptan porque solo es un niño y no aceptan a estudiantes menores de catorce años de edad. Los padres tenían destinado hacer de él un ingeniero, un futuro dirigente de su empresa. Pero Galileo, sufre y ruega, decidido a seguir su camino. A causa del dolor, pierde el apetito y se desmorona a la vista de todos, pero se encomienda a la Madre de Dios. Por fin, un día le dice su padre: “Si para esto has sido llamado, yo mismo me encargaré de arreglarlo todo”.

Lienzo contemporáneo del Venerable.

El día 5 de marzo de 1895 entra en el Seminario de Rocca di Papa (Roma) donde otros muchachos como él, se preparan para la vida religiosa. A él le parece que está tocando el cielo con los dedos. Se siente ya en el cielo y le escribe una carta a su familia: “No dejo de darle gracias a Dios, que se ha dignado dirigir su mirada sobre mi con suma amabilidad. Estamos aqui en un pequeño paraiso en la tierra”. Está en buen estado de salud y tranquiliza a los suyos: “Estoy más alto y he puesto diez kilos”.
En el seminario está el joven de siempre y toma como modelo a San Gabriel de la Dolorosa (1838-1862), afirmando: “Quiero hacerme santo como él”.

Transcurridos trece meses en Rocca di Papa, pudo entrar en el noviciado de Lucca, desde donde escribe a sus padres: “Desde hace tiempo deseaba ser enviado al noviciado. Por fin estoy satisfecho y siento un grandísimo placer”. El 9 de julio de 1896 viste el hábito pasionista y aunque cambió su nombre, todos continuaron llamándolo Galileo, porque era el más pequeño de la Congregación y aquel nombre tan raro les hacía pensar en Jesús.

El maestro de novicios, el Siervo de Dios Padre Nazareno Santolini, dice maravillado: “Apenas lo conocí, vi en él a una perla preciosa que me había sido confiada por Dios y yo me sentía afortunado por tenerlo entre mis alumnos”. Admira en él su gran madurez de comprensión y su espíritu fuerte y feliz: de niño tiene solo la ingenuidad y la simplicidad. En el noviciado escribe un día: “Para tener la paz del corazón y gustar del Paraiso en la tierra, deseo vivir en continua obediencia, renunciando a mi propia voluntad para conformarme a la voluntad de Dios”.

Pero el señor tenía otros designios para el joven Galileo. En la mañana del 27 de febrero de 1897 (hoy festividad de San Gabriel de la Dolorosa), Galileo al levantarse sintió que la sangre se le venía a la boca. Estaba afectado de tuberculosis. El General de los Pasionistas, el beato Bernardo Silvestrelli, que tenía grandes proyectos para Galileo, informado de su enfermedad, deseó enviarlo a casa por un corto espacio de tiempo esperando el milagro de que se curase con “el aire de su pueblo”, pero Galileo se niega porque quiere morir con sus hermanos. Sin embargo, si acepta marchar al Monte Argentario, que era la primera casa abierta por el fundador de los Pasionistas, San Pablo de la Cruz.

Todos rezaban por su curación y a instancia de los superiores, comenzaron una novena a Nuestra Señora. Galileo, por su parte, rogaba de esta manera: “Madre mía, yo estoy muy enfermo y nadie puede curarme sino Tú. Cúrame si es para la mayor gloria de Dios y para el bien de mi alma”.
Los hermanos se alternaban junto a su lecho, que se había convertido en un altar, para ayudarlo. El hijo más joven de la Congregación se estaba muriendo como mueren los santos, ofreciendo a todos un ejemplo de resignación y de perfecta alegría.

Ilustración actual al estilo "manga" del Venerable.

Un día susurra: “El sufrimiento por amor no es doloroso / que si al padecer se siente / amable lo hace el puro amor”. Padecer por amor es su secreto, es el secreto de los santos. Ve a su madre y con un permiso especial del superior general emite su profesión religiosa “in articulo mortis” ofreciendo a Dios los tres votos de castidad, pobreza y obediencia. Ya es religioso Pasionista.
Galileo recibió el Santo Viático y a continuación extendió los brazos hacia arriba, sosteniendo en su mano derecha un medallón de la Virgen y sonriendo. Son las tres del día 13 de mayo de 1897. Ha vivido solo catorce años, diez meses y veintiseis días.

El 27 de noviembre del año 1981, el papa San Juan Pablo II reconoció la heroicidad de sus virtudes cristianas y lo declaró Venerable. Ahora la Iglesia espera un milagro para poderlo beatificar. El Siervo de Dios Luis Olivares, obispo de Nepi y Sutri, que era la diócesis de Galileo, lo define así: “Es otro Domingo Savio, ambos son niños santos”.

Damiano Grenci

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Nuestra Señora de Guadalupe: reina de México y emperatriz de América (III)

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"La aparición de la Virgen de Guadalupe al tío Juan Bernardino", Miguel Cabrera, siglo XVIII. Cortesía de Tacho Juárez. En este óleo se aprecia el momento en que la Virgen se aparece parar curar al tio de Juan Diego, a quien también le revela el controvertido nombre por el cual quería ser invocada, según el Nican Mopohua.

3. Expansión y formación del culto Guadalupano: los milagros de la Virgen
El que es considerado primer milagro de la Virgen de Guadalupe aparte de la milagrosa estampación de su imagen en el ayate de Juan Diego según nos narra el Nican Mopohua, se trata de la curación del tío de San Juan Diego, el indio llamado Juan Bernardino, a quien Juan Diego estimaba mucho y quería como a un padre. Tal parece que le agarraron unas fuertes fiebres conocidas por los naturales como “cocolixtli” y se puso tan grave que le pidió a Juan Diego que fuera a Tlatelolco por un sacerdote para que le diera la extremaunción. Debido a esto, como narra el Nican Mopohua, Juan Diego rodeó el cerro para no encontrarse con la Virgen, pero a pesar de ello, la Virgen le salió al encuentro al indio y le calmó con sus palabras prometiéndole que su tío no moriría y según se cuenta, su tío recibió la visita de la Virgen y fue curado por ella. Y es a Juan Bernardino a quien le revela el nombre por el cual quería ser conocida, pero tal parece que el traductor del Obispo entendió que el nombre era “Guadalupe” como la Virgen extremeña. Otra versión de este milagro es recogida por Francis Johnston, que nos dice que lo que en verdad sucedió con Juan Bernardino es que fue herido con una flecha en el pecho por otros indios que estaban molestos con él por haberse convertido al cristianismo.

Otro de los milagros que se cuenta sobre la Virgen de Guadalupe es el famoso “milagro del pocito”. Según se narra, el día 13 de diciembre de 1531 el obispo fray Juan de Zumárraga acompañado de varios seguidores le pidió a San Juan Diego dijera el lugar donde la “Señora del cielo” quería que se erigiera un templo, y se dice que no estando del todo seguro San Juan Diego, un prodigio mostró el lugar exacto al brotar una fuente de agua de entre las rocas, tomándose como una señal de que en ese sitio debería ser construido el templo. El caso de este manantial de agua es algo que como bien sabemos se repite en muchos Santuarios, no sólo en México sino alrededor del mundo.

Quizá el más famoso de estos es el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en Francia, pero en México se cuentan con famosos sitios con esta característica como San Juan de los Lagos, Chalma o San Miguel del Milagro. En el caso guadalupano en particular, este milagro del manantial se nota que es un añadido posterior debido a que no es mencionado en el Nican Mopohua y hay evidencia arqueológica de la existencia del mismo aun antes de la aparición del culto a Guadalupe en el cerro, puesto que en este lugar se adoraba antiguamente a una deidad femenina del agua Chalchiutlicue “la de la falda de jade”, esposa de Tlalóc, dios de la lluvia. Pero a partir de las apariciones Guadalupanas, en el cerro la gente comenzó a considerar “milagrosas” las aguas de este manantial, por lo que los enfermos comenzaron a bañarse en estas aguas lo que provocó una terrible epidemia, por lo que las autoridades prohibieron que los peregrinos se metieran en ellas. Por lo que podemos ver no resultaron tan milagrosas estas aguas, pero a pesar de esto se le encargó hacia 1790 al arquitecto Francisco Guerrero y Torres la construcción de una capilla para cubrir el manantial a forma de pozo, por lo que la capilla es conocida hasta la actualidad como “la capilla del pocito”. He de mencionar además que actualmente este pozo-manantial está seco, aunque esto no ha evitado que siga llegando gente a sacar lo poco de agua que queda en él, pues aun muchos le atribuyen las propiedades milagrosas. Tal parece que quien agrego esta leyenda del pocito a la historia Guadalupana es el jesuita Francisco de Florencia en su Zodiaco Mariano, quizás tratando de dar una explicación “milagrosa y sobrenatural” a la afluencia de peregrinos a sumergirse en ese manantial.

"El Milagro del Pocito", Rafael Ximeno y Planes, 1809. Mural que se conserva en el Palacio de Mineria de la Ciudad de México. Narra este legendario acontecimiento del manantial del Tepeyac. Este mural es considerado obra cumbre del neoclásico mexicano.

El 26 de diciembre de 1531 al ser terminada la primitiva ermita dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, la imagen fue trasladada en medio de una gran procesión y fiesta hacia su nueva morada. Los naturales celebraban este acontecimiento mezclados entre los frailes y la sociedad novohispana; se cuenta que un grupo de indios en forma de celebración lanzaron varias flechas al aire y una de estas hirió gravemente a uno de los asistentes matándolo al instante. El cadáver fue llevado ante la presencia del ayate de San Juan Diego y entre las oraciones y súplicas de todo el pueblo, el hombre volvió a la vida y abrió los ojos.

Es curioso pero este milagro se parece mucho a la otra versión que se cuenta acerca de la curación del tío Juan Bernardino; podría tratarse acaso de que al momento en el que se comenzó a difundir que Juan Bernardino estuvo enfermo de fiebres, la historia de que fue atacado por una flecha pasara a convertirse en ¿un milagro aparte? O al contrario que este otro milagro fuera confundido con la historia original y algunos pensaran que el indio herido por una flecha y curado fuera Juan Bernardino. En el caso de Juan Bernardino se dice que existió una cruz de piedra que marcaba el sitio donde Juan Diego lo encontró pero de esto actualmente no queda rastro, ni representaciones y al contrario, del milagro que sucedió en el momento de ser trasladada la imagen existen varios cuadros coloniales que lo representan.

Hacia 1571 en la Batalla de Lepanto el capitán Juan Andrea Doria llevaba un estandarte de la imagen de la Virgen de Guadalupe el cual le había sido obsequiado por el rey Felipe II. Los devotos de la Virgen Guadalupana han querido ver en el triunfo de la famosa batalla un milagro más de esta advocación que acompañaba a las huestes cristianas. Esta imagen se resguarda actualmente en el templo de la Virgen de Guadalupe en Santo Stefano d’Aveto, Italia.

El primer milagro de la Virgen de Guadalupe, Gonzalo Carrasco S.J., 1895. En esta pintura se aprecia el traslado de la imagen de la Virgen a su primera ermita en el Tepeyac y el milagro que hizo a un indio muerto por una flecha durante la procesión.

En el mismo año en que se realiza la batalla de Lepanto se cuenta que el navío llamado “El Gavilán” a cargo de don Juan Ruíz de Peralta naufragó por una terrible tormenta y prometieron a la Virgen de Guadalupe que si salían al salvo le llevarían a su Santuario el mástil de la embarcación. Milagrosamente la nave pudo llegar al puerto de Veracruz y los marineros agradecidos llevaron la vela del barco al Santuario de la Virgen y lo pusieron en una construcción de piedra para protegerla. Aun actualmente, esta enorme vela de piedra se ostenta en el cerro del Tepeyac, y es conocida como “la vela del marino”.

Ya entrado el siglo XX el 14 de noviembre de 1921 en lo que serían ya las proximidades a la Guerra Cristera, un funcionario de nombre Juan M. Esponda, de la Secretaría particular de la presidencia de la República del General Álvaro Obregón, disfrazado de obrero pelirrojo y con un overol azul, después de concluir la misa como a las diez y media de la mañana se acercó al altar mayor donde se encontraba la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y depositó al pie de la imagen una ofrenda floral de gran tamaño que llevaba escondida un cartucho de dinamita de los que se usaban en los trabajos de minería. Poco tiempo después se produjo un terrible estallido, que rompió los cristales de casas y negocios próximos al Santuario, y la plancha de mármol del altar se agrietó, pero milagrosamente, a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe no le sucedió absolutamente nada. Ni siquiera el cristal que la protegía fue dañado. Por otro lado, el Crucifijo de bronce que se encontraba delante de la imagen, se dobló y esto fue tomado como un portento y la gente ha dicho que “el Hijo amoroso protegió la imagen de su madre”. Este crucifijo aun actualmente es conservado y venerado en la Basílica de Guadalupe y es conocido como “El Señor del Atentado”.

El responsable de este atentado dinamitero jamás fue detenido ni enjuiciado pero nunca quedó duda que este terrible episodio fue por órdenes del presidente Obregón. El 18 de noviembre de ese año se organizó una multitudinaria manifestación en el centro de la ciudad de México que desfiló frente a Palacio Nacional y en la catedral de cantó un Te Deum en agradecimiento por la milagrosa preservación de la imagen de la Virgen.

En los años noventa del siglo XX comenzó un curioso caso de “milagrosas apariciones” de la Virgen de Guadalupe pues se empezaron a reportar diversas “apariciones” en objetos. La primera y más famosa fue la llamada “Virgen del metro”, una imagen de la Virgen de Guadalupe que “apareció” en las piedras del piso de la estación del metro Hidalgo, en la ciudad de México. Posterior a esta se comenzaron a reportar apariciones en objetos tan ridículos como una tortilla, un hot cake o un jabón, sin faltar las ya tradicionales en los árboles, ventanas y paredes, provocando en especial por la difusión que los medios le dieron, una clase de fanatismo idolátrico a estos objetos y haciendo pensar que “el fin del mundo estaba cerca en el año 2000”.

El Señor del Atentado, imagen venerada en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en la ciudad de México, que después del atentado dinamitero quedó doblado, según los devotos, como símbolo de que protegió la imagen de su madre.

También se volvieron famosos los casos de Vírgenes de Guadalupe que derramaban lágrimas; lo más seguro es que todos estos casos no fueran más que producto de la imaginación colectiva del pueblo o fanatismo religioso de muchos o quizá un resurgimiento de aquella pasión barroca por las imágenes, que veía imágenes aparecidas en todas partes. Fuera como fuera, la Iglesia prefirió no manifestarse oficialmente acerca de estas apariciones, muchas de las cuales aun actualmente siguen siendo veneradas en casas particulares o colonias que atraen a un número de fieles curiosos, que dejan limosnas a los dueños de dichas imágenes que aunque ahora menos famosas y creíbles que antes, no por eso dejan de ser también un negocio para muchos de los que las poseen.

Uno de los milagros más recientes ocurridos en 2007 se cuenta que después de realizarse una misa en la Basílica de Guadalupe por las almas de todos los niños no nacidos a causa del aborto, una luz resplandeciente iluminó el vientre de la imagen Guadalupana y dejó ver el feto de Cristo gestándose dentro de María. Este milagro, aunque no fue tan difundido, si fue muy conocido y utilizado por la Iglesia para combatir el debate que se estaba presentando en esos años en la ciudad de México acerca de la legalización del aborto. A ciencia cierta no puedo corroborar que tan veraz haya sido este milagro del feto en el vientre de María, pero a pesar de ello me parece una bonita y “milagrosa” curiosidad. Hay que decir que existen varias fotografías del momento en que apareció el feto que fueron tomadas por asistentes a la misa y algunas se pueden encontrar en internet.

"La Virgen del metro", imagen aparecida en las piedras del piso de la estación del metro Hidalgo, en la ciudad de México y que es venerada por muchos devotos por su gran parecido a la imagen del Tepeyac.

Después de todos estos milagros que he narrado, a mi personal manera de ver las cosas opino como lo hizo el liberal mexicano Ignacio Manuel Altamirano en el siglo XIX: el verdadero milagro de la Virgen de Guadalupe es la unión que ha creado en el pueblo mexicano en torno a su imagen.

André Efrén

BIBLIOGRAFÍA
– Argueta, Jermán, et. a., Crónicas y Leyendas: Sucesos y Leyendas de la Villa de Guadalupe, México, Progreso, revista de publicación mensual, tomo XVIII, noviembre de 2008.
– Camacho de la Torre, María Cristina, Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, México, CONACULTA, primera edición, 2001.
– Iglesias y Cabrera, Sonia, Las fiestas tradicionales de México, México, Selector, primera edición, 2009.
– Johnston, Francis, El Milagro de Guadalupe, México, Verdad y Vida, s/E, s/a.
– Nebel, Richard, Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe, México, Fondo de Cultura Económica, tercera reimpresión, 2005.
– Zarebska, Carla, Guadalupe, México, Debolsillo, primera edición, 2005.

CONSULTADO EN LÍNEA
www.encuentra.com/apariciones_marianas/grandes_milagros_de_la_virgen_de_guadalupe_10670/
www.luxdomini.com/_gpe/contenido1/guadalupe_lepanto.htm

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