María Santísima, Reina de todos los santos (IX)

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Tríptico gótico con la Adoración de los Magos (izqda.) la Presentación de Jesús en el Templo (central) y María con Cristo resucitado (dcha.) Anónimo alemán del siglo XV. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

El culto de María en Occidente en la Edad Media
En el artículo anterior, publicado del pasado día 24 de mayo, terminamos de hablar del culto a la Santísima Virgen en Occidente hasta el siglo IX y hoy queremos hacerlo a partir de la Edad Media, desde los siglos IX al XVI.
En este segundo período podemos decir que la Santísima Virgen está presente en todas las manifestaciones de culto, en el desarrollo de la liturgia, en las oraciones, en las representaciones sacras, en los homenajes de las Órdenes religiosas, en los santuarios y peregrinaciones, en la teología, en las predicaciones, en el culto de las reliquias, en la literatura y en el arte.

El desarrollo litúrgico
Está documentado que desde el siglo IX, se le empieza a dedicar a la Santísima Virgen un día a la semana, normalmente el sábado. El domingo estaba ya dedicado al culto divino.
En el año 1389, el Papa Urbano VI extendió a toda la Iglesia latina, la festividad de la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel, el día 2 de julio; esta festividad ya se celebraba en las Iglesias de Oriente y fue adoptada por los Carmelitas, los Mercedarios, los Servitas y otras Órdenes religiosas. Ese mismo siglo, en el 1373, comenzó a convertirse en universal la fiesta de la Presentación de María en el Templo (día 21 de noviembre), fiesta que también era celebrada en Oriente y que en Occidente comienza a aparecer por primera vez en el siglo XI.

En el siglo XV, el Papa Sixto IV, en el año 1476, aprobaba y concedía indulgencias a la Misa y Oficio de la Concepción de María, que también se celebraba en Oriente desde el siglo VII así como en algunos lugares occidentales desde finales del siglo XI. O sea, desde el punto de vista litúrgico, las fiestas de la Virgen toman cada vez más auge en Occidente y que conste que hemos querido poner solo algunos ejemplos.

La Anunciación. Mosaico de Pietro Cavallini (1291) en el ábside de la Basílica de Santa Maria in Trastevere, Roma (Italia).

La devoción a los “gozos” y a los “dolores” de María
Hacia mediados del siglo XI los “gozos” a Nuestra Señora comenzaron a convertirse en objeto de culto. Primero fueron cinco “gozos” y posteriormente, en el siglo XII, pasaron a siete. En algunas localidades, el número de ellos fue incluso mayor. Al unísono, al igual que apareció la devoción a los cinco “gozos” comenzó a hacerse referencia a los cinco “dolores” sufridos por la Virgen a la vista de las cinco llagas que mostraba Cristo en la cruz (manos, pies y costado). Y es a finales del siglo XV, en el 1490, cuando Juan de Coudenberg, en Flandes, creó la “Confraternidad de la Dolorosa” o de “Nuestra Señora de los Siete Dolores”.

Los “cinco gozos” son: la Encarnación del Hijo de Dios (Lucas, 1, 26-38); la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel (Lucas, 1, 39-56); el Nacimiento del Hijo de Dios (Lucas, 2, 1-14); la Purificación de Maria y Presentación del Niño en el Templo (Lucas, 2, 22-40) y el Niño hallado en el Templo (Lucas, 2, 41-51). Estos son actualmente los llamados misterios gozosos del Rosario.

En el siglo XV, aparece la “corona franciscana de los siete gozos”: Anunciación, Visita a Santa Isabel, Nacimiento del Salvador, Adoración de los Reyes Magos, Encuentro del Niño en el Templo, Resurrección de Cristo y Asunción y Coronación de la Virgen en los cielos. En Internet hay muchísima información sobre estas devociones marianas y yo no me voy a explayar más.

En cuanto a los llamados “Siete Dolores” de la Virgen, estos son: La Profecía de Simeón durante la Presentación en el Templo, la Huida a Egipto, la Pérdida de Jesús en el Templo, el Encuentro con Jesús camino del Calvario, la Crucifixión y Muerte de Cristo, la Lanzada y recogida de su Hijo al pie de la cruz y el Entierro de Cristo y Soledad de María. Tampoco me extiendo en ellos.

Políptico de los Siete Dolores, obra de Albrecht Dürer (ca.1500). Museo de Dresde, Alemania.

Las oraciones a la Santísima Virgen
Desde finales del siglo IX, a nivel privado, empieza a utilizarse el llamado “Oficio parvo de Nuestra Señora”, devoción cuyo origen se remonta a los rezos de un monje de Lorena llamado Bernerio. Es un oficio pequeño comparado con el Oficio Divino que se recita o canta diariamente en todos los monasterios y conventos. Este “oficio parvo”, que como he dicho comenzó a rezarse en privado, pronto se institucionalizó como público el día del sábado, que era el día dedicado a la Virgen.
En el siglo XI, San Pedro Damián promovió entre los monjes el rezo de este oficio pequeño consiguiendo que hacia mediados del mencionado siglo, en casi todos los monasterios italianos, además del Oficio Divino, se rezase también el oficio de la Virgen. También en varias diócesis y provincias eclesiásticas se impuso esta costumbre entre los sacerdotes diocesanos, algo que después trascendió a muchos fieles laicos.

En el siglo X, San Odón, que fue el segundo abad de Cluny, comenzó a invocar a la Santísima Virgen con el título de “Madre de la Misericordia”, título que se extendió entre muchos escritores medievales como nos lo cuenta G. Roschini en su obra: “La maternidad espiritual de María según los escritores latinos de los siglos VIII al XIII”, publicada en el año 1961.
En el siglo XI fueron compuestas muchas y fervorosas plegarias a María; por poner algunos ejemplos mencionaremos la “Singularis meriti” de San Odilón, “Solem iustitiae” y “Felix namque es”, de San Fulberto de Chartres, otras de San Anselmo de Canterbury, de Eadmero y otros.

Es también en el siglo XI cuando aparece la famosa antífona “Salve Regina”, que se atribuye a más de un autor y que ha llegado a ser de uso común tanto en los monasterios como a nivel del pueblo llano. Del mismo tiempo son la “Regina coeli” y la “Alma Redemptoris Mater”, antífonas también incluidas en el rezo del Oficio divino.

Icono en plata de María, Madre de la Misericordia venerado en Ostra Brama, Lituania.

A partir del siglo XII y con el fin de imitar a los clérigos que cantaban semanalmente todos los salmos, los seglares comenzaron a recitar el llamado “Ave María”, o salterio mariano. Fue de esta manera como comenzó el rezo del rosario, el cual, solo bajo el pontificado de Benedicto XIII en el siglo XVIII comenzó a cargarse de indulgencias y a rezarse de la forma en que lo hacemos ahora. El rezo del rosario se ha convertido en la plegaria mariana más popular en Occidente, costumbre que ha sido especialmente propagada, difundida por la Orden de Predicadores (Dominicos).

En el siglo XIII se inició la práctica de rezo del “Angelus” al atardecer, costumbre que posteriormente cambió a hacerse por la mañana y que desde mediados del siglo XV se ha acomodado al mediodía.
Las “Letanías” aparecieron en Maguncia (Mainz) en el siglo XII; entonces se las llamó “Letanías de Nuestra Señora” y se propagaron y aumentaron de tal manera que el Papa Clemente VIII, en el año 1601, se vio obligado a prohibir la composición de nuevos añadidos, volviéndose a la redacción primitiva a excepción de aquellas que sólo acostumbraban a cantarse en el Santuario de Loreto y que a partir de entonces, comenzaron a llamarse “Letanías lauretanas”.

A finales del siglo XII empezó a utilizarse como oración la primera parte del actual “Avemaría” (hasta “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”). A partir del siglo XIII, algunas Órdenes religiosas como los Premonstratenses, Dominicos, etc. la incluyeron dentro de sus propios rituales y es a partir del siglo XIV cuando aparece la segunda parte de esta popular oración (“Santa María, Madre de Dios…”). Esa fórmula completa está hoy en uso en la toda la Iglesia occidental y podríamos decir que es la oración mariana más extendida en Occidente.

«Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui Iesus.
Sancta Maria mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae.
Amen.

Χαίρε, Μαρία, κεχαριτωμένη ο Κύριος μετά σοῦ, ευλογημένη σὺ εν γυναιξί, και ευλογημένος ο καρπός της κοιλίας σοῦ, ο Ιησούς.
Αγία Μαρία, Θεοτόκε (μητερ Θεου), πρέσβευε υπέρ ημών των αμαρτωλών, νυν και εν τη ώρα του θανάτου ημών. Αμήν.»

Presentación de la Virgen niña en el Templo. Fresco de Giotto di Bondone (1305-1306). Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia).

Por último, mencionemos las “Oraciones a la Virgen” de Marcial d’Alverne, aparecidas en Francia en el siglo XV, las oraciones húngaras durante la etapa de ocupación por parte de los turcos y que son también del siglo XV y la famosa oración “Memorare”, que es atribuida erróneamente a San Bernardo y que apareció por vez primera en el “Anthidotarius animae” del cisterciense Nicolás Saliceto en el año 1489.

Oración “Memorare”:
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado por Vos.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. ¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

En el siguiente artículo seguiremos relatando el culto a María durante la Edad Media y al igual que en los artículos anteriores, nos hemos basado en los trabajos del profesor Roschini.

Antonio Barrero

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