San Juan Nepomuceno Neumann (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Ilustración del Santo con su atuendo episcopal, realizado para el primer libro de su vida.

Parte II. La aventura misionera
Mientras estudia en Praga un misionero americano, el padre Federico Rese, más tarde obispo de Detroit, establece en Viena una organización misionera con el nombre de la Asociación Leopoldina. En realidad era la rama alemana de la Santa Infancia para la Propagación de la Fe. Propuesta primero por el obispo de Dubor de Nueva Orleans, y fundada después por Paulina Jaricot en Francia. Las noticias y relatos de Misioneros publicados en alemán por dicha Sociedad impresionaron al joven Neumann. Aquellos relatos entresacados de cartas de los Misioneros Redentoristas entregados al cuidado de los inmigrantes de habla alemana lo enardecían. Entonces se decide a aprender el inglés que necesitaría para vivir en los Estados Unidos de América.

A los veinticuatro años ha terminado los estudios en la Universidad de Praga, y en julio de 1835 vuelve a su propia diócesis de Budweis donde rinde el examen canónico con todo éxito. Hay en aquella diócesis demasiados sacerdotes, lo que facilita su sueño de partir para América. Desea ardientemente ser ordenado sacerdote antes de partir para allá pero el Señor tiene otras miras más penosas para él. Los sacerdotes de la diócesis lo animan en sus proyectos y hasta hacen una colecta para pagarle el viaje a Filadelfia donde el obispo Mons. Kenrick será quien lo ordene y promueva al sacerdocio.

Dejó Prachatitz casi sin que los suyos lo advirtieran mandándoles una carta de despedida. Quiere llevar las Letras Dimisionales, pero no se las dan… Monseñor Siegler le da una carta de recomendación y lo anima. Recibe la bendición de su obispo, y con 40 dólares en el bolsillo parte de su diócesis…

Antes de poder tomar el barco se encuentra con el padre Juan Henni, misionero americano, que le cuenta que la diócesis de Filadelfia no necesita más sacerdotes, pero que estos son necesarios en el Oeste Americano. Le da esperanzas de ser admitido en la diócesis de Nueva York o en la de Vicennes cuyo obispo, Mons. Bruté, en ese momento en Roma iría a Paris. Juan lo quiere ver para hablar con él y va a su encuentro, pero el obispo no llega nunca. Neumann marcha entonces a Estrasburgo para hablar en el Seminario Mayor con su Rector Mons. Rass. Pero éste le comunica que ya se le han adelantado varios jóvenes a quienes se han dado para viajar a América todo el dinero disponible. Entonces fiándose de la palabra de un amigo del Obispo de Nueva York que le prometió que lo ordenaría sacerdote sí iba allá, se embarcó de inmediato con unos pocos dólares que recibió de una colecta hecha para tal fin. Era el 20 de abril de 1836, subió al barco que tras 40 días de travesía lo dejaría en playas americanas. No molestaron tanto a Juan las borrascas que sacudieron el barco, como las burlas y mofas de toda índole que hacían a costa de su Fe unos doscientos protestantes del Cantón de Berna que viajaban con el mismo destino que él. Pero todo le sirve a Juan para ejercitar su mansedumbre, y el resto del pasaje se admira y pondera su serenidad y su conducta sensata ante tales desmanes y falta de respeto. A raíz de este episodio notemos que las relaciones interconfesionales no habían evolucionado como en nuestros tiempos de ecumenismo, diálogo y mutua comprensión otros hermanos que creen en Cristo.

Detalle de la cruz pectoral del Santo.

Llegados a puerto los pasajeros son obligados a permanecer otros cuarenta días recluidos en la Isla, situación obligada para evitar una posible enfermedad contagiosa traída por las embarcaciones. Juan había desembarcado con un traje ya desaliñado y medio desecho con sus zapatos rotos por efecto de tanto viaje por Europa. En su bolsillo solo le queda un dólar. Así lo encontramos el 28 de mayo de 1836, pero su espíritu se alegra cuando es recibido cordialmente por el Sr. Obispo, Mons. Dubois, que le declara lo necesario que le es un sacerdote de habla alemana.

Diecisiete días después de su llegada es ordenado subdiácono en la catedral. El 24 de junio es promovido al diaconado y al día siguiente es ordenado sacerdote por el mismo Sr. Obispo en la catedral de San Patricio. El templo se llena de alemanes y de niños de catecismo a quienes ya había comenzado a catequizar Juan desde su llegada. Mons. Dubois destina de inmediato al neo sacerdote a trabajar con el Padre Pax al norte del Estado de Nueva York. En el viaje se entretiene unos días en Rochester con una colonia de alemanes. Allí se encuentra con el padre Redentorista José Prost y en ese encuentro prende en su corazón la chispa de su vocación Redentorista. Con todo, el mismo padre Prost le aconseja que vaya a acompañar al P. Pax que vive solo y enfermo. El nuevo padrecito empieza a desplegar su celo atendiendo a los alemanes de la zona y visitando los puestos misionales del campo. Mientras el P. Pax permanece en la sede, él recorre la región de Williamsville; pasa después a North Bush y se encarga de un territorio de más de nueve mil kilómetros cuadrados en la zona de los Grandes Bosques. Es admirable su habilidad para enseñar el catecismo. Levanta pequeñas escuelitas y promueve a los laicos para prestar ayuda material, cultural y espiritual en esta labor.

En septiembre de 1839 llega su hermano Wenceslao que se pone a sus órdenes. El P. Juan bautiza, asiste a matrimonios, atiende enfermos, en seguida construye capillas y escuelas. Es un verdadero pionero de Dios en aquellos parajes que el hombre va conquistando poco a poco. La vida social se organiza de modo distinto a la de Europa y esto crea problemas de orden económico, psicológico y jurídico. Iglesias, escuelas, hospitales y asilos se construyen solo por iniciativa privada. Los grupos humanos se dividen por razas, lenguas y religión y entre ellos hay el infaltable grupo de especuladores. Ayudan con sus aportes pecuniarios a levantar escuelas e iglesias que una vez terminadas se toman como propias, haciendo la vida imposible a obispos, párrocos y comunidades religiosas. Se da en América el famoso Patronato Europeo, que poco a poco, el P. Neumann así como obispos y sacerdotes combaten, unas veces con suavidad y otras con energía hasta conseguir que la Iglesia sea la verdadera administradora de tales parroquias, colegios y capillas.

Monumento al Santo en la catedral de San Pedro y San Pablo de Filadelfia, EEUU.

Desde el año de 1836 hasta 1840 lleva a cabo la construcción de la iglesia de Williamsville y funda escuelas en las que en más de una oportunidad él mismo hace de maestro por la escasez de personal laico para la docencia. En Williamsville es molestado por los protestantes a los que responde con dulzura y caridad. Sus recorridos son a caballo, a pie y pocas veces en diligencia. Buena parte de la noche la dedica a estudiar y a rezar, dándose a veces el caso de sorprenderle en esto el amanecer. Tal vida no puede prolongarse mucho. Vive cansado siempre, y a veces, le atormentan los escrúpulos y las torturas internas. Por eso, apenas puede hacerlo, se marcha a Rochester para pasar unos días con el Redentorista P. Prost. Y entonces se aviva en él la idea que tuvo ya en el seminario de Budweis, de vivir en Comunidad y en comunidad vive durante tres meses reparando su salud corporal.

Los padres que lo rodean son alemanes; admiran su espíritu misionero y su tenacidad en la lucha. Aprenden a valorar su organización tan novedosa y los frutos de sus trabajos apostólicos. El padre Prost que es su confidente le dice cuan peligrosa es la soledad y esa convivencia con los Padres Redentoristas le convence de que esa es su vocación. Restablecido enteramente de su enfermedad, manifiesta al P. Prosa su firme voluntad de ingresar en la Congregación Redentorista y la aceptación es inmediata. El padre Prost escribe al Obispo. Mons. Hughes, de Nueva York, pidiéndole que permita al padre Neumann ingresar de religioso en “nuestra Congregación”. En un principio el prelado se opone, aduciendo que perdería para sí un sacerdote tan valioso y entregado, pero cede y el 18 de octubre de ese año 1840, deja la Misión de Búfalo y llega a Pittsburg.

Todos los elegidos, afirma San Pablo, han de parecerse a Cristo y si Cristo abrazó la Cruz, ellos han de saber también abrazarla. Neumann, llamado a un alto grado de santidad encuentra su vida sembrada de cruces; y una de las más pesadas le viene de parte de quienes él debe evangelizar. La mayor parte de esos evangelizados comprende los sacrificios de este celoso corazón sacerdotal que lo ha dejado todo para llegar al fin del mundo a buscar almas que salvar. Pero hay también muchos que le pagan con insolencias y malicias. Este santo responde con bondad y dulzura.

Retrato contemporáneo del Santo.

En una ocasión le dicen: “Nosotros pagamos Monseñor –así lo llamaban al sacerdote- y usted esta obligado, por tanto, a hacer lo que nosotros queramos”. Antes esta disposición de espíritu el padre Neumann se mantiene, en calma y no contesta nada y tal actitud no agrado a aquellos administradores laicos –en realidad intrusos- que habían preferido que el padre se hubiera querellado, y se decían unos a otros: “esa imperturbable grandeza de animo nos hiere mas y nos rebaja…”

En casi todas la parroquias suele haber individuos que aprovechando la confianza que les dispensa el párroco piensan hacerse mas simpáticos con él recogiendo todos los chismorreos que recorren la parroquia, y cuando no los hay los inventan. En el país es muy frecuente la calumnia pero el proceder del padre Neumann ante estas lenguas que destilaban veneno, era sacar su rosario a su vista y añadir inmediatamente: “Recitemos el Rosario y después continuaremos la conversación”. Y ahí mismo se ponía de rodillas y lo dirigía en voz alta.

En una oportunidad rogaba desde el púlpito al público tener presente que siempre estaba dispuesto a hacer y recibir visitas siempre que fueran necesarias y les rogaba que suprimieran las que fueran de pura cortesía por que robaban el tiempo tan necesario al sacerdote tan reclamado por sus deberes de estado.

Para salvaguardar la libertad del ministerio sacerdotal y su necesaria neutralidad en medio de su grey, y aún poniendo en peligro una de sus módicas entradas, avisa a la feligresía que quienes deseen ayudarlo con alimentos o pecuniariamente los depositen en la parte exterior de la casa parroquial sin necesidad de presentarse personalmente, añadiendo que no necesita saber quién ha hecho el bien pues a todos agradece y encomienda a Dios diariamente. Tanta dignidad y desinterés provocó habladurías entre la gente que no comprendía su noble proceder.

Visitando la población de Williamsville paga su alojamiento en casa de un burgués de la villa. Un rival de éste se come de envidia y resuelve vengarse del Misionero manchando su reputación. Había en la casa donde se hospedó una sirvienta joven, y ésta fue la disculpa para la calumnia; primero echa a correr el infundio en voz baja y no tarda en llegar la calumnia a oídos de todos y hasta la población de Búffalo. Esto desorienta a los hombres más prudentes de la población que reunidos en senado resuelven que deberán irse de la parroquia la sirvienta o el Misionero. Esta resolución se le comunica al padre Neumann. Cuando el se presenta a la reunión, pide que le enteren del problema que se agita, y se lo explican; el rompe a reír con una sonrisa tan franca e inocente que el calumniador queda confundido ante todos que le muestran su desprecio por su mal proceder. Y entonces es el mismo Neumann quien lo disculpa y hace lo posible por salvar su honor. Más tarde siendo obispo no pasa jamás por Williamsville sin interesarse por él y su familia.

Lienzo contemporáneo del Santo.

Un día se le presenta un parroquiano ofreciéndole una custodia para la iglesia del distrito a condición de que el templo sea dedicado a su santo patrono. El Padre le hace saber que ya esta dedicada con consentimiento y unanimidad de la mayoría de los feligreses. Entonces este impertinente pide que su custodia sea usada en la Festividad del Corpus. “Acepto,– dice el P. Neumann- pero con la condición de que sea donada generosamente a la Iglesia”. El otro no consintió, y cada uno se quedo con su parecer. Pasando más tarde, el sacerdote frente a su casa le arrojó barro y les echó a sus perros. El padre Neumann se “venga” de él manifestándole un aprecio especial, y una vez hecho obispo siempre que pasa por allá pregunta por él y por su familia, expresando que son muy buenos amigos suyos… (Continuará)

Tacho de Sta. María

Bibliografía:
– Taller de Profundización: Espiritualidad Misionera Redentorista, Cap. 20, Julio de 2000. San Luis Potosí, S.L.P. México
San Juan Neumann, Ricardo Baztán, Artigraf. Buenos Aires, 1977.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

4 pensamientos en “San Juan Nepomuceno Neumann (II)

  1. Yo diría más bien lo contrario, no “directo” sino hábil en sortear los ataques y con mucha mano izquierda para evitar enfrentamientos y choques frontales. ¿Que vienen a importunarle? Saca el rosario y promete continuar luego con el asunto. ¿Que se meten con él? Él responde interesándose por la persona que le agrede y haciéndole objeto de sus atenciones. ¿Que le tiran barro y le sueltan los perros? Él se convierte en asiduo visitante de quien le ha hecho eso. ¿Que le dicen que tuvo relaciones con una criada joven? Él se ríe a carcajadas de eso y punto.
    Desde luego, yo en particular tengo que aprender mucho de este hombre. Realmente su actitud para gestionar los conflictos humanos es más que admirable.

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