La Transfiguración de Nuestro Señor (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle de la Transfiguración, última obra de Rafael (1520). Museos Vaticanos, Roma (Italia).

Introducción
La Fiesta de la Transfiguración que celebramos mañana, día 6 de agosto, también llamada del “Divino Salvador”, es una fiesta muy particular. Particular por la complejidad teológica con la que el misterio de la Transfiguración de Nuestro Señor ha tenido en la exégesis clásica (no digamos en la actual) y también por la variada y rica simbología con la que se presenta en los textos bíblicos. Protagonistas, lugar, tiempo, testigos, diálogos, acciones… todo tiene importancia y significado en este pasaje evangélico tan denso y controvertido por los estudiosos. Aunque hay muchas propuestas teológicas como digo, me limitaré en el presente artículo a sintetizar y mencionar las interpretaciones más destacadas e importantes en la rica tradición eclesial, acudiendo, por supuesto, a las fuentes evangélicas.

Este suceso, el de la Transfiguración ha sido objeto de la atención no sólo de Padres de la Iglesia [1] y exegetas modernos, sino también de los últimos Pontífices en sus escritos y homilías. Así San Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Maria [2], propone la Transfiguración del Señor como uno de los misterios de Luz. Y Benedicto XVI, explica maravillosamente el pasaje en un capítulo en su reciente libro Jesús de Nazaret. De él tomaremos algunas ideas. Curiosamente, el Beato Pablo VI murió el 6 de agosto de 1978.

Un suceso con mucha hondura bíblica
Los textos bíblicos que nos cuentan este pasaje son profundamente claros y unánimes: el suceso ocurrió y fue de tal grandiosidad que estremeció a los testigos. Así, encontramos la narración del hecho en Mt 17, 1-13; Mc 9, 2-13 y Lc 9, 28-36. A pesar de la semejanza entre los tres textos hay sutiles diferencias, omisiones, repeticiones o datos complementarios que pueden ayudarnos a enriquecer más el análisis del suceso, privilegiando, no faltaba más, lo fundamental del mismo.

Grabado de la Transfiguración de Gustave Doré para la Biblia.

Uno de los testigos, Pedro, también la refiere, de pasada, en una de sus cartas (2 Pe 1, 16-18). Sin embargo otro, Juan, ni lo menciona en su Evangelio. Tal vez, al conocer ya el evangelista lo narrado en los sinópticos, consideró innecesario consignarlo de nuevo.

Los textos evangélicos nos cuentan el suceso con grandes similitudes. Tomo del Catecismo de la Iglesia Católica el resumen del hecho porque seguro que yo no lo cuento mejor: “… sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le “hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: “Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle” (Lc 9, 35) [3].

El acontecimiento de la Transfiguración está escrito en los Evangelios con un estilo simple, con una naturalidad y sencillez que cualquier autor moderno no usaría, pero debió ser un hecho milagroso, espectacular, a la altura, si no más, de las grandes teofanías del Antiguo Testamento. En palabras de Benedicto XVI “la Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación” [4].

Encontramos también un hecho similar en dicho Antiguo Testamento. Se trata de la subida de Moisés al Sinaí con Aaron, Nadab y Abihú y los setenta ancianos (Ex 24). Moisés, presente, no lo olvidemos, en la Transfiguración, sube para recibir las palabras de Yahvé, sellar la Alianza y orar. Y se nos cuenta una cosa inquietante: vieron a Dios sobre baldosas resplandecientes (24, 10). Demasiadas coincidencias, ¿no?: un monte, oración, tres testigos, Moisés, presencia de Dios, la voz del Altísimo, brillo.

Un contexto que no hay que olvidar
El episodio de la Transfiguración tiene lugar en un contexto muy importante dentro del texto evangélico. Mateo y Marcos nos lo presentan tras la confesión de Pedro y el primer anuncio de la Pasión. Lucas, sitúa dicho primer anuncio justo después (Lc 9, 44 ss), pero, en definitiva, junto a estos dos acontecimientos, más aún, unido inseparablemente a ellos. Todos estos momentos, los tres, son transcendentales, de una gran intimidad de Jesús con sus discípulos. Si en el portal del ministerio público de Jesús encontramos el Bautismo, aquí, en el de su Pasión encontramos su gloriosa Transfiguración.

Transfiguración de Cristo, obra de Giovanni Bellini (ca.1480). Museo de Capodimonte, Nápoles (Italia).

Hallamos al comienzo del relato una discordancia temporal, ¿o no? Mateo y Marcos cuentan que esto sucedió seis días después de la confesión de Pedro. Lucas, sin embargo, nos dice que ocho. San Jerónimo ya se fijó en este hecho y afirma, con algo de simplicidad quizás, que la distancia es ficticia, porque simplemente Mateo y Marcos no contaron el primer día, el de la confesión, y el último, el de la Transfiguración [5]. La exégesis moderna, con J.M. van Cangh y Alphonse Toumpsin [6] a la cabeza, han analizado también esta discordancia relacionándola con el calendario judío y sus fiestas. Por el análisis del texto concluyen que la confesión de Pedro ocurrió en el Yom Hakkippurim, la gran fiesta de la expiación, y la Transfiguración en la famosa fiesta Sukkot o de las Tiendas (o Tabernáculos), seis días después. En esta última, de una semana de duración, se dan gracias por los frutos cosechados y es costumbre la plantación de tiendas al raso en recuerdo de la peregrinación por el desierto del Éxodo (Ex 23, 14-17). Al durar varios días esta fiesta no tendría importancia alguna esta discordancia, sino que lo que hay que valorar es que ocurriera en el trasfondo de ésta, única en el año en la que el sumo sacerdote podía pronunciar el nombre de Yahvé. También todo ello explicaría las palabras de Pedro: “… hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés, otra para Elías, sin saber lo que decía” (Lc 9, 33). Pues a lo mejor sí que lo sabía… ¿qué sentido tendría hacer tiendas, salvo que fuera la fiesta de los Tabernáculos? [7]

Benedicto XVI apoya esta teoría, aunque también recoge en su libro Jesús de Nazaret [8] la teoría de Hartmut Gese, el cual no cree fundada esta relación entre la Fiesta de los Tabernáculos y la Transfiguración, y la relaciona más bien con la subida de Moisés al monte Sinaí (Ex 24) por la semejanza entre la presencia de Dios en la nube (Ex 24, 16 y Lc 9, 34). Luego hablaremos más de ello.

Vista del monte Tabor, lugar de la Transfiguración, en Israel.

Otra vez en un monte
El texto bíblico nos dice que el hecho ocurrió en un monte alto y apartado (Mc 9, 2). La tradición ha querido ver este monte como el Tabor (palabra hebrea que significa “el abrazo de Dios”). Así lo afirman Orígenes, san Jerónimo y san Cirilo de Jerusalén. En los siglos posteriores numerosos peregrinos visitarán el lugar afianzando dicha tradición, y orarán en él recordando el prodigio.

Este monte se encuentra a mitad camino entre Nazaret y el lago Tiberíades. Se yergue solitario en la llanura de Esdrelón (valle de Jezrel), aunque en realidad no es muy alto, pues apenas supera los 575 metros sobre el mar Mediterráneo y 780 sobre el nivel del lago Tiberiades. Este hecho de estar solo puede causar la sensación de tener más altitud de la que realmente tiene.

A pesar de no ser un gran monte, su personalidad es indiscutible en la tradición bíblica y en la historia de Tierra Santa. La tradición nos cuenta que fue el lugar de encuentro entre Abraham y Melquisedec, pero ni la Sagrada Escritura ni otro documento lo atestigua, aunque hay una gruta en el monte donde se recuerda (o mejor dicho se coloca) este hecho. Es citado por primera vez en la Biblia como hito divisorio en la repartición de Canaán entre las 12 tribus (Jos 19). En sus faldas se libra la batalla de los ejércitos de Débora y Barac contra los del rey cananeo Jasor (Jue 4, 12). En el mismo libro de Jueces también aparece en la segunda campaña de Gedeón (8, 18). Más tarde, pero ya de manera secundaria, casi de pasada, en 1 Cr 6, 62. Los profetas lo citan como monte importante en sus escritos (Jer 46, 18; Os 5, 1), y en el salmo 89, en la misma línea profética, anuncia que “el Hermón y el Tabor aclaman tu Nombre” (Sal 89, 13). ¿Parece predecir que algo importante ocurriría allí?

Vista de la fachada de la Basílica de la Transfiguración, en el monte Tabor (Israel).

Si grandes batallas allí se libraron, su significado militar continuó en los siglos posteriores, pues también fue ocupado por tropas sirias bajo Antíoco III, fue baluarte de los judíos durante la primera rebelión judía del año 66 [9], fortaleza militar romana en el s. I., y otra árabe en el inicio del siglo XIII.

Su historia como lugar de santidad ha sido algo confusa. Parece ser que comenzó siendo lugar de culto por los cananeos (aún se conservan restos en la actual cripta de la basílica). Más tarde, en la era cristiana, como monte en donde la tradición colocó la Transfiguración, fue lugar de retiro de eremitas, edificándose además varios monasterios cristianos y tres iglesias (a imitación de las tres tiendas), todo ello antes de la llegada del Islam en el s.VII. No parece que hubo mucha represión religiosa islámica en este lugar en aquellos siglos, pues hay ruinas de una iglesia de estilo benedictino de alrededor del siglo IX. Eso sí, con las cruzadas el lugar es arrasado por las tropas musulmanas construyéndose, como ya se ha dicho, una fortificación árabe. Hasta el siglo XVIII los franciscanos no pudieron adquirir la propiedad al emir Fak ed Din y restituir el culto como es debido. La actual Basílica es de 1924, obra del arquitecto Barluzzi, la cual contiene vestigios de algunas de las antiguas construcciones que hemos ido relatando.

Otros autores afirman que no fue en el Tabor donde ocurrió la Transfiguración situándola en el Hermón, un monte más bello y alto, más cercano además de Cesarea de Filipo, que es donde se encontraban Jesús y los discípulos en la confesión de Pedro, seis días antes (Mc 8, 27). Además, el Tabor se encuentra a más de 70 km de dicha ciudad de Galilea y la presencia de una fortaleza romana en esos años no hace del lugar un entorno muy “propicio” para cualquier teofanía. Son argumentos que parecen no muy sólidos para derrocar una tradición tan antigua, primero porque 70 km en seis días no es un trayecto excesivo para Jesús y sus discípulos, andarines consumados, como vemos en numerosos pasajes evangélicos. La fortaleza romana, al parecer no era ocupada más que en momentos de gran agitación.

El monte ha sido bíblicamente un lugar de encuentro con Dios. En un monte, el Ararat, se asentó el arca de Noé tras el diluvio (Gen 8, 4). El monte Moria fue el lugar donde Dios puso a prueba a Abraham con el sacrificio de Isaac (Gen 22, 2) [10] y el lugar elegido para la edificación del Templo (2 Cro 3, 1). También destaca el Horeb, donde tuvo Moisés la visión de la zarza ardiente (Ex 3, 1), el pueblo judío fue perdonado de su infidelidad (Ex 33, 6) y Elías fue testigo de la teofanía de la “brisa de Yahvé” (1 Re 19, 8). Otro monte, el Carmelo, era lugar de oración del mismo profeta (1Re 18, 42) y es muy mencionado por los profetas (Is 35, 2; Am 9, 3; Jr 50, 19 y otros). Fueron el Horeb, ya mencionado, el Sinaí (Ex 19, 3, Ex 24 y Ex 34), la montaña predilecta de Dios, el Farán (Dt 33, 2) y el Nebo (Dt 34, 1), desde donde Moisés vio por única vez la tierra de Canaán antes de morir, los montes más destacados del peregrinaje del pueblo judío por el desierto. También los lugares elevados serán claves en la vida de Jesús: lugares de tentación, como el monte de la tercera tentación (Mt 4, 8); lugares de predicación, como la montaña de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1); lugares de sufrimiento, como el monte de los Olivos (Lc 22, 39) y el Gólgota (Jn 19, 17); y lugares de gloria, como el lugar donde se reencuentra con sus discípulos tras la resurrección (Mt 28, 16) o el Olivete, en Betania, donde ascendió a los cielos (Hch 1, 12). También los lugares elevados tienen un gran simbolismo en los textos escatológicos (Ap 14, 1 y 21, 10).

Vista del interior de la Basílica de la Transfiguración, en el monte Tabor (Israel).

En definitiva, lugares donde Dios interviene, se manifiesta, comunica o elige para la gran historia de amistad entre Él y el hombre. Son hitos no sólo geográficos, sino también signos llenos de riqueza teológica, capítulos de esta historia de salvación en la que aún estamos inmersos. No es casual, por tanto, que Jesús eligiera un monte para transfigurarse y dar a sus discípulos una chispa de gloria antes de la pasión.

Los tres testigos
Llegados al monte se hace acompañar hasta la cumbre para orar por sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. ¿Por qué dejó a los demás discípulos en las laderas? ¿Por qué no mostrar su gloria a todos? Quizás nos lo explique la petición final de Jesús de que guardaran secreto de lo sucedido hasta después de su resurrección (Mt 17, 9). Si un secreto como este es difícil de guardar por tres, pues imaginemos por doce. Bastaría que estos tres dieran testimonio a los demás cuando llegara el momento. Lo cierto es que no se ve ningún vestigio en los Evangelios de que el secreto fuera revelado.

¿Y por qué a estos tres testigos? ¿Por qué no Mateo, Tadeo, Bartolomé, Felipe u otro? ¿Qué tienen de especial estos tres?
Quizás las sensibilidades de los otros discípulos respecto al mesianismo de Jesús eran distintas de la de estos tres, quizás, ante el prodigio, quería evitar ser considerado y enaltecido como un rey terreno, un mesías guerrero, un hechicero.

“Dicen que Pedro representa a los constantes en la fe, Santiago a los firmes en la esperanza, Juan a los encendidos en el amor. Pedro, el Vicario de Jesucristo; Juan el discípulo virgen; Santiago, el primer apóstol mártir” [11]. Es curioso que los tres evangelistas que nos narran el hecho coloquen el pasaje de la Transfiguración justo después de las condiciones para seguir a Jesús (Mt 16, 24-28 y par). ¿Podría insinuar con esto que sólo los discípulos más fieles al Maestro pueden ver su gloria? ¿Encarnarían Pedro, Santiago y Juan el modelo de discípulo de Jesús? No hay duda de que fueron elegidos y destinados a ser testigos de hechos maravillosos porque “yo os digo de que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron” (Lc 10, 24)

Vista de la entrada a la Basílica de la Transfiguración, en el monte Tabor (Israel).

Tal vez sea así o no lo anterior, pero lo cierto que ellos serán también notarios de la agonía del monte de los Olivos (Mt 26, 37). En ambos lugares aparecen cargados de sueño, lastrados de su debilidad humana (Lc 9, 32 y Mt 26, 40). Pero Jesús también es humano. Si aquí en el Tabor destella la divinidad gloriosa de Jesús, en el monte de los Olivos se aprecia la gran humanidad sufriente de Jesús. Divino y humano, Gloria y Pasión, Luz y Oscuridad, Tabor y Getsemaní: dos caras de una misma moneda, dos horas extremas en su vida, dos realidades aparentemente tan dispares que nos cuentan lo que es el Hijo de Dios. Conviene que sean los mismos los que den testimonio ante el mundo de lo que Jesús es.

David


[1] San León Magno, Sermón 51
[2] J. Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae nº 21, 16-10-2002
[3] CIC, nº 554
[4] Benedicto XVI. Palabras del Angelus de 6-8-2006
[5] San Jerónimo. In Matth. 17, 1
[6] Jean-Marie Van Cangh y Alphonse Toumpsin, El Evangelio de Marc. Un original hébreu?
[7] Francisco Fontana, Revista Buena Nueva, nº 20
[8] Benedicto XVI. Jesús de Nazaret, pág. 359
[9] S. Kochav. Israel. Ed. Folio, pág. 218
[10] Algunas traducciones de los textos bíblicos hablan de la tierra de Moria, no del monte Moria.
[11] J. J. Martínez. El Drama de Jesús. Ediciones Mensajero, pág. 196

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7 pensamientos en “La Transfiguración de Nuestro Señor (I)

  1. David,
    Estoy deseando leer mañana la segunda parte de este maravilloso artículo-relato sobre la Transfiguración de Nuestro Señor. Te agradezco la minuciosidad con la que nos lo cuentas y la abundante reseña bíblica a la que nos remites.

    Esta demostración de Teofanía, en la que se nos manifiesta Jesús Hombre como verdadero Dios, es una clara demostración de la unión hipostática entre el “Logos” y el Jesús hombre, hijo de Maria. Aunque la máxima demostración de la divinidad de Nuestro Señor está en su Resurrección por su propio poder, por si mismo, esta demostración de la que nos hablas hoy, es una muestra más que nos sirve para afianzar nuestra fe incondicional en Él.

    Y me encanta, como resumes al final del artículo esta demostración de la unión hipostática. Dices textualmente: “Si aquí en el Tabor destella la divinidad gloriosa de Jesús, en el monte de los Olivos se aprecia la gran humanidad sufriente de Jesús. Divino y humano, Gloria y Pasión, Luz y Oscuridad, Tabor y Getsemaní: dos caras de una misma moneda, dos horas extremas en su vida, dos realidades aparentemente tan dispares que nos cuentan lo que es el Hijo de Dios”.

    ¡Maravilloso artículo! Muchísimas gracias, David.

  2. Muy interesante el articulo David.
    Segun he leido en varios libros Jesucristo no se manifesto durante la Transfiguracion en todo su esplendor, pues no era cosa para ojos humanos,como si solo les hubiera mostrado una infima parte de esa “luz”.

  3. Coincido en que es un artículo delicioso y muy informativo, lo agradezco muchísimo. Aunque conocía las obras de arte referentes a la Transfiguración, no así las fotografías del monte Tabor y la basílica sita en el mismo, cuya belleza me ha dejado sin aliento. ¡Ojalá que un día vea yo Tierra Santa!

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