La Transfiguración de Nuestro Señor (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Mosaico de la Transfiguración. Ábside de la basílica homónima en el monte Tabor, Israel.

Blancos como la luz
Lucas nos narra: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó, su vestido se volvió blanco y resplandeciente” (Lc 9, 29). ¿Su rostro se transformó?, ¿cómo? Mateo nos lo aclara diciendo que… brilló su rostro como el sol y sus vestidos como la luz (Mt 17, 2). Marcos, con una frase inolvidable nos completa este fenómeno diciendo que… “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como no los puede blanquear batanero (o lavandero) sobre la tierra” (Mc 9, 3). En definitiva expresan con imágenes el hecho de que Jesús cambió, su divinidad salió al descubierto. Hasta el momento su humanidad había sido lo que los discípulos habían visto de su Maestro.

Y lo curioso es que todos estos prodigios parecen ocurrir a consecuencia de la oración. Jesús se hace con el Padre todo uno, Luz de Luz. En toda la mística judeocristiana encontramos también “síntomas” extraordinarios que nos reflejan una intensa oración o unión con Dios: levitaciones, estigmas, dardos en el pecho, brillo, olor… A todos se nos vienen a la memoria santos en los cuales se produjeron estos prodigios [1]. No sé si soy muy atrevido con esto pero, ¿participarían de alguna manera estos santos de la Transfiguración de Cristo? ¿Dios les concedió la petición del salmo 27, 9: “no me ocultes tu rostro”? El genial fray Luis de Granada nos lo explica maravillosamente con el delicioso lenguaje de su época: “… para que por aquí entiendas cómo en el ejercicio de la oración suelen muchas veces transfigurarse espiritualmente las ánimas devotas, recibiendo allí nuevo espíritu, nueva luz, nuevo aliento y nueva pureza de vida, y finalmente un corazón tan esforzado y tan otro, que no parece que es el mismo que antes era, por haberlo de esta manera transfigurado el Señor” [2]. También san Pablo exhorta a los corintios con semejantes palabras que dan a entender que conoció el suceso de la Transfiguración: “Nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Cor 3, 18)

La Transfiguración, óleo del pintor danés Carl Heinrich Bloch.

Para no salirme de la Biblia, encontramos dos personajes que también fueron protagonistas de hechos similares, uno del Antiguo, otro del Nuevo Testamento: Moisés y Esteban. Moisés baja del monte Sinaí “sin saber que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor” (Ex 34, 29). Es una luz que llega desde fuera: es la Luz de Dios la que le ilumina, no desde dentro como la de Jesús, Luz de Luz [3], Luz en sí mismo. En Esteban podemos encontrar analogías con la Transfiguración de Jesús, pues se le cambia el rostro como en el de un ángel (Hch 6, 15). Jesús se transfigura antes del camino a Jerusalén, en un contexto de milagros realizados por Él (multiplicación de los panes, curaciones), antes de su Pasión y después del núcleo fundamental de su mensaje. A Esteban le sucede algo similar, pues acontece esta “transfiguración” tras hacer grandes prodigios (Hch 6, 8), previo a un largo mensaje con referencias constantes a Moisés (Hch 7, 2-53) y antes de su martirio (Hch 7, 57- 60). Las semejanzas son impresionantes: parece que estaba escrito que el primer mártir tuviera su “transfiguración” y sufriera también su “pasión” a imitación de Jesús.

¿Y las vestiduras blancas? ¿Qué pueden significar? Aparecen frecuentemente en la Biblia, como ocurre en Lc 23, 11, en el desprecio de Herodes (otra vez aquí el contraste gloria-pasión) y en el ángel de la mañana de Pascua (Mt 28, 3 y Mc 16, 5). En la literatura apocalíptica su presencia es constante, siendo expresión de los elegidos y de los ángeles (Ap 19, 14). Lo vemos también en Dn 7, 9 y en Ap 7, 9 (curiosa coincidencia en el número de estos versículos), donde luego, en Ap 7, 14 se nos dice que “lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero”, es decir, que la Pasión de Jesús nos devuelve la blancura que nuestro vestido había perdido con el pecado (Lc 15, 22). Aquí ya comprendemos la frase de Marcos sobre el batanero: nadie de la tierra, sólo alguien del Cielo, puede blanquear nuestros vestidos.

La Iglesia comprendió desde el comienzo esta riqueza simbólica y, desde sus orígenes, los vestidos de los que reciben el bautismo, como elegidos a insertarse en Cristo y destinados a ser glorificados (Rom 8, 17), son blancos. Asimismo, la vestimenta común de toda la liturgia eclesial es blanca, el alba, pues sólo con pureza (interior sobre todo, pero también exterior) se puede dar culto a Dios.

La Transfiguración, obra de Lorenzo Lotto (1510-1512). Pinacoteca Comunal de Recanati, Italia. Fuente: www.allday.ru

Moisés y Elías
Aparecen Moisés y Elías junto a Jesús. Nada menos que el salvador del pueblo judío y el gran profeta, símbolos encarnados de la Ley y los Profetas. Parece un encuentro de la luz: Jesús se transfigura y resplandece, Elías fue conducido al Cielo por un carro de fuego (2 Re 2, 11) y a Moisés le brilló la cara en el Sinaí, como ya hemos comentado.

La presencia de Moisés y Elías, aquí hechos presente, es una catequesis similar a la que luego, camino de Emaús, dará a otros dos discípulos. “La Ley y los Profetas hablan con Jesús (aquí en la Transfiguración) y hablan de Jesús” (en todo el Antiguo testamento y camino de Emaús) [4].

¿Y de qué hablaron? Sólo Lucas nos comenta brevemente la conversación: “… le hablaban de su partida (muerte) que había de cumplirse en Jerusalén” (Lc 9, 31). La “partida” de este mundo en Moisés y Elías es totalmente distinta a la de Jesús, sin sufrimiento: Moisés, en el Nebo, en paz, querido por los suyos (Dt 34, 5) y Elías es arrebatado al cielo. ¡Qué muerte tan distinta la de Jesús! Le espera en Jerusalén ser preso, azotado, escarnecido, escupido, coronado de espinas y crucificado. Y todo, para la redención del género humano.

“¡Qué bien se está aquí!”
Ya hemos comentado algo sobre la aparentemente ingenua petición de Pedro sobre edificar tres tiendas. Pero, ¿qué significa la expresión “qué bien se está aquí”? También parece un comentario ridículo, impropio de la situación teofánica. Da la impresión que Pedro quiere quedarse en el monte siempre acampado, contemplando esa maravilla, junto a Jesús, Moisés y Elías. ¿Qué mejor compañía? Quiere disfrutar de la gloria de su Maestro, no bajar nunca de allí. En la perspectiva no muy lejana se vislumbra Jerusalén, ¿para qué ir allí? ¿Para sufrir y morir? Nada de eso: quedémonos aquí, en la gloria, junto a estos santos varones. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí! [5].

Pedro no había comprendido que era necesario que Jesús padeciese y muriese (Lc 24, 26). Sólo lo entendería tras la Resurrección y la venida del Espíritu Santo. Entonces sí, entonces un pobre e inculto pescador de Galilea sería capaz de anunciar estos misterios al pueblo (Hch 2, 14 ss) y, sin acobardarse como ahora, a todo un todopoderoso sanedrín (Hch 4, 8 ss)

La Transfiguración, óleo de Tiziano Vecellio. Iglesia del Salvador de Venecia, Italia.

“Éste es mi Hijo Amado”
Como hemos contado antes, encontramos muchas semejanzas entre el episodio del Bautismo y la Transfiguración. Curiosamente, en ambos momentos, Bautismo y Transfiguración, encontramos la voz atronadora del Padre: “¡Éste es mi Hijo amado, escuchadle!” (Mt 3, 17 y Mc 9, 7 y par). San Jerónimo comentaba este pasaje con gran fervor poniendo palabras en boca del Padre dirigiéndose a los discípulos: “Éste es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Éstos son mis siervos; áquel, mi Hijo. Éste es mi Hijo: de mi misma naturaleza, de mi misma sustancia, que en Mí permanece y es todo lo que Yo soy. También aquellos otros me son ciertamente amados, pero Éste es mi amadísimo. Por eso, escuchadlo. Él es el Señor, estos otros, los consiervos. Moisés y Elías hablan de Cristo. Son consiervos vuestros. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: prestad oídos sólo al Hijo de Dios”.[6]

Por tanto, este momento tiene especial significado, pues Jesús es presentado a los discípulos como verdadero Salvador, como “Divino” Salvador, con la misma naturaleza que el Padre. “Ese Jesús que había sido presentado a los pobres pastores, a los magos, a todo el pueblo en el río Jordán, ahora es presentado por el Padre a los discípulos predilectos para que en el momento del dolor en el huerto de los Olivos y de la muerte en cruz, sea reconocido como el Divino Salvador, el Hijo enviado por el Padre” [7]. Sí, es reconocido anteriormente por Pedro, el primero entre los discípulos, pero quizás no bastaba con ello. El Padre quería asegurarse con una prueba prodigiosa que nunca olvidarían los privilegiados testigos, como el mismo Pedro diría años después: “Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo mientras estábamos con él en el monte santo” (2 Pe 1, 18).

Y todo ello cubierto por una nube, símbolo de la presencia de Dios. Aparece también en otros pasajes bíblicos como en el desierto, guiando a los israelitas (Ex 13, 21; Num 14, 14 y Ez 10, 3-4), como plenitud de Dios en la Tienda de la reunión y el Templo de Salomón (Ex 40, 34 y 1 Re 8, 10), pero también como lugar donde se oculta el Altísimo (Job 22, 14).

Icono ortodoxo de la Transfiguración, obra de Teófanes el Griego (s.XIV). Galería Tretyakov de Moscú, Rusia.

Llama la atención Ex 40, 34 por su relación con este pasaje de la Transfiguración. Encontramos en los dos la nube y la tienda, Moisés y Dios. No se puede obviar la semejanza: si en el Éxodo Dios se instala en la Tienda, aquí Dios-Palabra “acampa (o habita, según traducciones) entre nosotros” (Jn 1, 14).

Evidentemente todo esto no estaba siendo entendido del todo por los discípulos, que mucho tenían con mantener el tipo y no echar a correr ladera abajo. Como si la voz de Dios y la nube fuesen una traca final de fuegos artificiales cuenta Mateo “que cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor” (Mt 17, 6). Luego al levantar el rostro todo vuelve a la normalidad: ya no hay luz, ni voz, ni Moisés, ni Elías, ni nube, ni nada. Sólo el Jesús que conocen y aman, el de cada día, el Maestro, que los anima y conforta, como siempre.

Ahora el grupo baja la ladera hacia donde están los otros discípulos. Están mudos. El pedacito de gloria acabó y ahora queda la cruz. Desciende Pedro sin comprender del todo qué ha pasado. San Agustín con bellas palabras nos dice: “Desciende [Pedro] para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; La Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?” [8].

Pero, ¿realmente ocurrió?
Todo esto que venimos contando, ¿ocurrió o es una escena simbólica? ¿Fue real como nos cuentan los evangelistas o fue inventada para mayor gloria de Dios? Aquí, como uno puede imaginarse, hay toda clase de opiniones. Los más racionalistas, evidentemente, niegan toda realidad a este pasaje; los más tradicionales, afirman la historicidad absoluta con fidelidad en todos los detalles. En medio hay todo un compedio de teorías que no dejan a uno indiferente.

Entre los primeros, los racionalistas y modernistas, que dicen que todo es un mito o una catequesis que expresa la divinidad de Jesús, se sitúan A. Loisy y Lloyd Geering [9]. Incluso insisten que este pasaje es un episodio temprano de la resurrección confundido con Marcos (y luego por Mateo y Lucas, copiándole), y que realmente su ubicación sería en Mt 28, 16. Pero inmediatamente surge la pregunta: entonces ¿por qué Moisés y Elías conversan con Jesús sobre la muerte que ha de padecer éste? ¿Y por qué pide Jesús silencio a sus discípulos hasta su resurrección? Si ya se hubiera producido ésta no tendría sentido el secreto. Algo no cuadra. No parece que sea esto lo que dice el texto.

Vista del mosaico de la Transfiguración en el ábside de la iglesia. Monasterio de Santa Catalina del Sinaí, Egipto.

Los autores más tradicionales emplean, como argumentos de verosimilitud del suceso, los siguientes criterios: a) el texto está escrito con una simplicidad que no es nada semejante a los escritos míticos; b) no se ocultan los “fallos” que rebajan el prodigio, como las palabras de Pedro y el terror o el cansancio de los discípulos; c) si se quiere dar lustre al suceso se habrían puesto palabras más nobles y clarividentes en boca de Pedro.

Otra cuestión es si ocurrió dentro o fuera, es decir, en el mundo interior de los discípulos, a modo de visión, o en el mundo real. R. Guardini [10] afirma que fue una visión, aunque esto no significa que fuera subjetiva, sino que fue una realidad que supera la nuestra. Así la luz y la nube, no es la luz y la nube que conocemos, sino algo más: realidades transcendentes y fuera de nuestro alcance. Es una posición intermedia y que defiende también Martín Descalzo afirmando que no fue un sueño, sino una profunda realidad percibida por los apóstoles en el mundo interior de sus almas [11].

No es una fiesta litúrgica más
Esta fiesta parece ser que surgió en las iglesias orientales, más concretamente en la bizantina, sobre el s. V., llamándose al principio “fiesta de la Dedicación de las basílicas del Tabor” (ya comentamos que sobre este siglo había edificadas tres basílicas sobre este monte), aunque hay fuentes que dicen que sustituyó una fiesta pagana dedicada a Afrodita [12]. Se cree que tiene relación con la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre), pues se celebra cuarenta días antes que dicha fiesta.

En la iglesia latina no es celebrada hasta el s. X, aunque según la región el día de su celebración variaba. Sería el Papa Calixto III el que extendería la fiesta a la Iglesia Universal, en acción de gracias por la victoria sobre los turcos en Belgrado, el 6 de agosto de 1456 (en este día 6 de agosto se celebraba ya de forma no oficial en muchos países de Oriente y Occidente).

Imagen de Cristo Redentor o Cristo de Corcovado en Río de Janeiro (Brasil), obra de Paul Landowski (1931).

Iconografía
No voy a extenderme más, pero no quería acabar sin citar al menos algunas obras iconográficas sobre el tema.
La temática clásica es la que nos presentan los evangelios: Jesús de blanco resplandeciente con Moisés y Elías, debajo los discípulos. Completan la escena la nube y el monte.
Las primeras representaciones son murales, del s. VI, como las que recubren la bóveda de las basílicas de Parenzo, san Apolinar en Rávena, y del monasterio de santa Catalina del Sinaí. Sus representaciones más conocidas, sin embargo, comienzan en la época medieval. E. Male ve en esos siglos una exaltación al ayuno y la penitencia, porque los personajes principales (Moisés, Elías y Jesús), padecieron estos rigores ascéticos [13].
De los siglos posteriores destacan las obras de esta temática de Giovanni Bellini (1480), de Rafael de 1518-1520, de la Pinacoteca veneciana, y de Tiziano, en la iglesia de san Salvador (1559).
Ya más modernamente se representa a Jesús solo o acompañado, pero en relación con este pasaje. Son las llamadas representaciones del “Divino Salvador”, como la famosísima de Río de Janeiro, la escultura de Jesús más alta del mundo.

David


[1] Podemos citar a sta. Teresa de Jesús, san Martín de Porres, san José de Cupertino, san Francisco de Asís, Padre Pío
[2] Fray Luis de Granada. Vita Christi. Ed. Miñón, pág. 329
[3] CIC, nº 242
[4] Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Pág. 362.
[5] S. Anastasio Sinaíta. Sermón de la Transfiguración.
[6] San Jerónimo. Tratado sobre el Evangelio de san Marcos, n º 352 y 353
[7] Homilía de Monseñor Morán Aquino, en la Fiesta de la Transfiguración del 2006.
[8] San Agustín. Sermón 78, 6
[9] Lloyg Geering. The Fourth R, Volumen 11,5
[10] R. Guardini. El Señor.
[11] J.L. Martín Descalzo. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, vol I, pág. 445
[12] F. Holweck. Catholic Encyclopedia (1912)
[13] J. Carmona Muela. Iconografía cristiana, pág. 172.

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7 pensamientos en “La Transfiguración de Nuestro Señor (II)

  1. Definitivamente: dos buenísimos artículos por los cuales te doy las gracias.
    Yo creo que la Transfiguración tuvo que ser un hecho real y no solo imaginario o sentido intimamente por los tres discípulos más cercanos al Maestro.
    Si la Resurrección (que es para mi la máxima demostración de la Teofanía, pues Uno se resucita a Sí mismo), fue un hecho real y visible para muchos, ¿por qué no hubo de serlo la Transfiguración, que entre otras cosas pretendía preparar a los discípulos para lo que estaba por venir?

  2. Definitivamente un excelente y muy bien fundamentado artículo. Hay que añadir que muchas iglesias que tienen por titular algún misterio o advocación del Salvador en este día celebran la fiesta litúrgica.

  3. A imagem do Cristo Redentor não é diretamente ligado ao mistério da Transfiguração ( a não ser pelo fato de se referir ao protagonista do evento). É uma imagem do Sagrado Coração (se puderem observar os detalhes poderão ver o coração). O termo redentor se refere a várias coisas, ao idealizador um Padre Lazarista. No local se cogitou erguer uma estatua a Princesa Isabel, chamada a Redentora, por ter assinado a lei que aboliu a escravidão no BRASIL. Em resposta ao fato a Princesa teria dito: Ergam a JESUS CRISTO que é o verdadeiro Redentor de todo Homem. Se imaginou construir um Crucifixo, mas tendo conservado o Titulo, se fez a de CRISTO com seu coração e braços abertos.

  4. Bueno, no voy a discutir con uno de allí sobre su Cristo. Sería absurdo. Pero reconóceme que lo ponéis difícil para imaginarse que es una imagen del Sagrado Corazón. A raíz de tu comentario me he zambullido en internet buscando datos y lo que encuentro lo relaciona más con su nombre: Cristo redentor, que con el Sagrado Corazón como dices. Ni páginas de tema sacro, ni su artículo de la wiki (tampoco ahí hay que fiarse), ni páginas turísticas de allí mencionan esa vinculación, y tampoco en páginas como esta, que también lo nombran hablando de esta fiesta. Así que hay discusión, pero es bueno que pongas luz.

    Aunque puedo entender de dónde le viene el nombre por lo de la esclavitud, ¿por qué llamarlo así si no es un Divino redentor? Es como llamar a un crucificado con el nombre de Ecce Homo. Tampoco la iconografía está clara, pues el corazón se ve con microscopio, ni la imagen, con esa postura, no señala su corazón, como suele ser habitual en la iconografía corazonista (aunque reconozco que esto no es determinante). Tampoco el color blanco “transfigurado” ayuda en su interpretación.

    Si es así como dices, pues estaré equivocado. Gracias.

    Una página sobre los cristos más altos del mundo. Los brasileños tenéis varios impresionantes: http://www.taringa.net/posts/arte/13846348/Estatuas-de-Cristo-por-el-mundo.html
    Hay discusiones a ver cuál es la más alta.

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