San Nicolás de Tolentino, fraile agustino

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Pintura del Santo obra de Pietro di Cristoforo Vanucci "Il Perugino". Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma (Italia).

Le llamamos Nicolás de Tolentino porque en aquella localidad italiana pasó la mayor parte de su vida, pero nació en Castel Sant’Angelo (hoy Sant’Angelo in Pontano), en la región de Las Marcas, en el año 1245. Sus padres fueron Compañón de los Guarutti y Amata de los Guidiani, un matrimonio pobre y piadoso que no tenía descendencia y que se había encomendado a San Nicolás de Bari a fin de tenerla. Por eso a su hijo le pusieron el nombre de Nicolás. Su infancia fue ejemplar, pasaba muchas horas en oración y cuando se encontraba a un pobre, se lo llevaba a casa con la intención de atenderle con lo poco que en ella había, actos que ya de mayor, siendo fraile agustino, fueron su forma cotidiana de actuación.

Con once años de edad entró como oblato en el convento de los frailes agustinos de su ciudad natal. Aunque se ha escrito que fue canónigo de la iglesia del Salvador, realmente no fue canónigo regular de la Orden Agustina porque el ingreso de Nicolás en la Orden fue en el año 1256, que fue el año de la unión de varias congregaciones y comunidades que profesaban la regla agustiniana, aunque bien es verdad que en su ciudad existía una comunidad de Canónigos Regulares de San Agustín.

En el año 1260 fue novicio en Sanginesio y realizó la profesión religiosa cuando cumplió los dieciocho años, completando sus estudios de gramática, lógica y teología en Tolentino y en Cingoli. San Bienvenido, obispo de Osimo, lo ordenó de sacerdote en el convento de Cingoli, en el año 1269 y desde ese año hasta el 1275, por motivos apostólicos, anduvo de una comunidad a otra. Pasó por Macerata, Piaggiolino di Fano, Montegiorgio, Corridonia, Sant’Elpidio, Recanati, Treia, Valmanente di Pesaro y Fermo. Predicaba por las calles, administraba los sacramentos en los hospitales y en las prisiones, pasaba largas horas en el confesionario, daba el catecismo a los niños, o sea, no paraba en su actividad apostólica aunque de todo esto, daremos más detalles.

Ese año de 1275, debido a su delicada salud pues padecía de fuertes dolores de estómago, no pudo soportar tanta dedicación a la predicación y tanto viaje y definitivamente se estableció en el convento de Tolentino, donde solo tuvo la responsabilidad de maestro de novicios. Conforme avanzaba en edad, su enfermedad iba a peor y solo por obediencia tomaba alimentos aunque en pequeñas porciones. Una noche se le apareció la Virgen y le dijo que pidiera un poco de pan, lo mojara en agua y se lo comiera. El lo hizo e inmediatamente se sintió bastante recuperado y como gesto de gratitud hacia Nuestra Señora, comenzó a bendecir pequeños trozos de pan y a distribuirlos entre los enfermos, muchos de los cuales, curaban. De ahí viene la costumbre de la distribución de los “panes de San Nicolás”, que anualmente se celebra en su santuario. En Tolentino murió el 10 de septiembre de 1305.

Cristo recoge en brazos el alma del Santo. Fresco gótico sienés.

El cuerpo del santo fue puesto en un arca de madera. Cuarenta años después de su muerte, los brazos fueron separados del cuerpo que estaba incorrupto y, según la tradición, al separarle los brazos, fluyó abundante sangre que fue recogida en unos paños guardados como reliquias en una urna de plata en la misma basílica donde se encuentra el cuerpo en la ciudad de Tolentino. El cuerpo fue enterrado bajo el arca y con el tiempo se olvidó su ubicación. Los brazos fueron puestos dentro del arca antigua, permaneciendo en ella hasta finales del siglo XVII, que se pusieron en un arca de plata. Desde entonces se han autentificado once efusiones de sangre salida de los brazos, siendo la más célebre la ocurrida en el año 1699, en el que el flujo de sangre duró desde el día 29 de mayo al día 1 de septiembre. Existen numerosos documentos tanto en el monasterio como en el obispado, que atestiguan este raro prodigio. En el año 1926 se descubrieron los huesos del santo, que ya no estaba incorrupto y se pusieron en una urna dentro de una figura de cera; los brazos, que si están incorruptos se encuentran en la misma urna. Actualmente se venera en su Basílica de Tolentino. Aunque no se sabe con exactitud quién le amputó los brazos, la leyenda dice que fue un monje alemán llamado Teodoro que pretendió llevárselos a su país como reliquias.

Quienes se encargaron de recoger los datos sobre su vida y milagros para iniciar el proceso de canonización, pudieron constatar de que en numerosos lugares de Italia, el culto al santo se extendió inmediatamente después de su muerte. De todos sitios llegaban peregrinos a Tolentino para venerar el sepulcro del santo. El Papa Juan XXII quiso pero no pudo canonizarlo y esa tardanza estuvo estrechamente relacionada con el pequeño cisma de Occidente (Avignon). Inocencio VI con la bula “Quae ad divini nominis” del 13 de abril de 1357 y Bonifacio IX, con la bula “Splendor paternae gloriae” del 1 de enero de 1390 concedieron indulgencias a la basílica del santo en Tolentino, nominando a Nicolás como santo antes de ser oficialmente canonizado. La bula de canonización (“Licet militans”) fue decretada por el Papa Eugenio IV, el 1 de febrero de 1446, una vez finalizado el Cisma de Avignon y la canonización oficial fue el 5 de junio del mismo año.

Sepulcro del Santo en su basílica de Tolentino, Italia.

De los datos extraídos del proceso de canonización se deduce que era un asceta, que todo lo aceptó por obediencia sin discusión alguna, que incluso obedecía a quienes eran más jóvenes que él. Jamás miró fijamente a una mujer, nunca quiso verles la cara a quienes acudían a su confesionario, cuando estaba predicando en público siempre tenía cubierta la cabeza y los ojos mirando al suelo de manera que nadie pudo verle el color de sus ojos. Era tanto su sentido de la pobreza que tenía únicamente un hábito que zurcía y remendaba una y otra vez y que dormía sobre una tabla recubierta con paja. Los viernes se flagelaba con un extraño instrumento de disciplina que él mismo se había fabricado. Nunca comió carne ni huevos ni productos lácteos; solo verduras y legumbres sin condimento alguno. Ayunaba a pan y agua los lunes, miércoles, viernes y sábado y todos los días de Cuaresma excepto los domingos y aunque sus dolores de estómago eran terribles, los frailes nunca escucharon una queja suya.

Salvo el tiempo que dedicaba al apostolado (especialmente el confesionario) y a las tres o cuatro horas de sueño, las demás horas del día las pasaba en oración, en el canto de los salmos, en la celebración diaria de la Misa y en muchas otras prácticas piadosas, como por ejemplo, el rezo del oficio de difuntos. Evitó todo tipo de excentricidades tanto cuando estaba en oración como cuando se mortificaba; sin embargo, no pudo evitar ser sorprendido cuando a veces se ponía de rodillas encima de una bolsa llena de garbanzos o cuando apoyaba sus brazos desnudos sobre una piedra durante sus largas horas de oración nocturna. Era un hombre muy austero pero cuando trataba con los demás siempre mostraba una exquisita delicadeza y cortesía, ya fuera con los frailes, con los amigos o con quienes iban a confesarse, pero de manera muy especial, con los pobres y los enfermos. Todos estos datos que estoy aportando, como he dicho antes, son recogidos expresamente en los documentos del proceso de canonización.

Ya he escrito sobre otros santos modernos que estuvieron dedicados plenamente al apostolado de la confesión, como San Leopoldo de Castelnuovo o San Alejo de Goloseevo; en su época, San Nicolás de Tolentino lo estuvo igualmente: pasaba largas horas escuchando confesiones; durante la Cuaresma, estaba en el confesionario desde por la mañana hasta la hora de Vísperas sin levantarse ni para ir a comer. Siempre tuvo una humana y cristiana compasión con las miserias humanas sobre todo con aquellas personas que se ocultaban por vergüenza. Fue muy sensible a los problemas sociales, recordándoles a los ricos la función social de las riquezas y exhortándoles a socorrer a quienes lo necesitaban. Admiraba profundamente a los pobres que compartían con otros las escasas pertenencias que tenían y con los ricos solo quería tener los precisos contactos que le imponía la cortesía. Con permiso del prior del convento socorría diariamente a más de un centenar de personas.

El Santo intercediendo por las almas del Purgatorio. Lienzo de Cristoforo Roncalli "Il Pomarancio". Iglesia de San Agustín de Pesaro, Italia.

Según consta en el mismo proceso, estuvo dotado de diversos carismas y realizó numerosos milagros. Tuvo diversas visiones de las almas del Purgatorio cuando estaba en Valmanente di Pesaro, oía armonías celestiales en los últimos años de su vida, devolvió momentáneamente la vida a uno que había muerto en pecado a fin de que se reconciliara con Dios y no se condenara eternamente, la curación milagrosa mediante el pan mojado en agua del que ya he escrito antes. En el proceso se confirmaron más de trescientos milagros, realizados tanto en vida como después de muerto. Cada uno de ellos fue confirmado bajo juramento por diversos testigos. Se mencionan algunas resurrecciones, tres de las cuales ocurrieron en unas circunstancias impresionantes: la resurrección de Felipa de Fermo, niña de doce años ocurrida en el año 1306 delante de cuatro sacerdotes, la resurrección de Jacopuzzo Fatteboni, ocurrida en Belforte sul Chianti el 24 de abril de 1320 atestiguada por cuatro personas y la resurrección de Venturino di Gigliolo testificada por seis personas entre ellas el obispo de Macerata.

Como dije en su día, San Nicolás de Tolentino fue uno de los tres santos, junto con San Juan Bautista y San Agustín, que consiguieron que Santa Rita entrara en el convento de Cascia. La festividad de San Nicolás se celebra hoy, día 10 de septiembre.

Antonio Barrero

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