Los escritos de San Jerónimo

El Santo en su estudio. Fresco de Domenico Ghirlandaio (1480). Iglesia de Ognissanti, Florencia (Italia).

Cuando el año pasado, tal día como hoy, escribimos sobre la vida de San Jerónimo, dijimos expresamente que muchas cosas se nos quedaban en el tintero porque si no, el artículo sería larguísimo. Uno de los temas sobre los que no profundizamos fueron sus escritos que le hicieron merecer la distinción de Doctor y Padre de la iglesia Occidental. Esto es lo que nos proponemos hacer hoy aun a sabiendas de que nos quedarán muchísimas lagunas.

La obra principal de San Jerónimo fue la revisión y traducción de la Biblia al latín, la llamada “Vulgata” denominación que se le ha dado a dicha traducción. Como ya indicábamos en el artículo del año pasado, la hizo por encargo del Papa San Dámaso I dos años antes de su muerte y aunque San Jerónimo dominaba el latín clásico, hizo la traducción en el latín vulgar con la intención de que fuera mejor comprendida por el pueblo llano. Con anterioridad la Biblia utilizada era la llamada “Vetus Latina”, que no fue una traducción hecha por una sola persona y que ni siquiera se editó de manera uniforme. La calidad y el estilo de la traducción variaba mucho de un libro a otro, proviniendo casi todas las traducciones del Antiguo Testamento de la llamada “Septuaginta Griega”.

En el año 391 inició la traducción del Antiguo Testamento, pero utilizando un texto hebreo, por lo que le hicieron numerosos reproches por no darle el suficiente valor a la “Septuaginta Griega” que había sido realizada utilizando un texto hebreo mucho más antiguo. Sus trabajos de traducción fueron desiguales, a veces, demasiado rápidos y otras, recopilando todas las interpretaciones que se habían hecho con anterioridad. Uno de sus mejores trabajos fue “Quaestiones hebraicae in Genesim”. Intentó evitar el excesivo uso de las alegorías, pero no lo consiguió y él mismo llegó a arrepentirse de algunas de sus explicaciones alegóricas; solo había que recurrir al significado alegórico cuando era imposible descubrir el sentido literal de un texto.
Sus mejores traducciones fueron las de los libros de Amós, Isaías y Jeremías y las más deficientes, las traducciones de los libros de Zacarías, Oseas y Joel. Sin embargo, su traducción del Nuevo Testamento no fue excesivamente afortunada, salvo el “Comentario a la Epístola de los Gálatas”.

De él hay que decir que escogió cuidadosamente sus fuentes de información, que conocía a la perfección las Sagradas Escrituras, las principales lenguas que se hablaban en su época y la geografía de Palestina: es uno de los exegetas bíblicos de más prestigio. No rechazó ni aceptó que los libros deutero-canónicos formaran parte de las Escrituras y de hecho, usó en algunas ocasiones algunos textos de ellos. Con respecto a si en la Biblia podían existir errores, se mantuvo en la doctrina tradicional, insistiendo más en lo que era responsabilidad del escritor del libro sagrado, a los cuales, en alguno de los casos, llegó incluso a criticar. Siempre mantuvo que el primer texto de cada libro bíblico, el original, era el único inspirado, por lo que había que tener sumo cuidado en que el copista no alterara el texto original.

El Santo en su estudio. Tabla de Antonello da Messina (1475). National Gallery de Londres, Reino Unido.

Admitió que al revisar la Biblia para traducirla había encontrado numerosos problemas cuando los escritores del Nuevo Testamento hacían referencias a textos del Antiguo Testamento, ya que las referencias a veces no eran literales sino acordes con el espíritu del texto; como he dicho, él mantenía que la inspiración divina estaba en el texto original y aunque sostenía que en la Biblia no existía error material debido a la ignorancia o el descuido del escritor sagrado, sin embargo la realidad era que este escritor se había adaptado a la opinión que era mayoritariamente aceptada por la gente de su tiempo.

Pero San Jerónimo realizó otros muchos trabajos de redacción y traducción de obras anteriores. Tradujo y amplió entre los años 325 al 378 el “Chronicon Eusebii Caesariensis”, que sirvió como modelo a cronistas posteriores de la Edad Media. La “Vita Malachi, monachi captivi” es una obra suya en la que hace un elogio de la castidad mediante la narración de una serie de hechos legendarios, de dudosa historicidad, la “Vita Sancti Hilarionis, a la que sin fundamento alguno se la ha tachado de plagio y posiblemente, también escribió la “Vita Sancti Pauli, eremitae”.

Una de sus principales obras literarias es “De viris illustribus”, escrita con la intención de demostrar que en el seno de la Iglesia habían existido grandes eruditos; es verdad que a veces se apropió de comentarios que no eran suyos, sino de Eusebio, comentarios que incluso llegó a distorsionar dada la rapidez con la cual escribía, pero sin embargo hay que decir que sus relaciones con exegetas y apologistas contemporáneos suyos fueron de verdadero interés. Esas son las que podríamos llamar sus principales obras históricas.

San Jerónimo también escribió unas cien homilías, generalmente dirigidas a sus monjes y en ellas no solo les demuestra sus conocimientos bíblicos y les da consejos moralizantes, sino que al mismo tiempo hace referencias a los sucesos que ocurrían en su época, simpatizando siempre con los más pobres y llegando incluso a mostrarse hostil con los ricos. Asimismo, escribió más de cien cartas dirigidas a amigos y a personas con las que mantenía discrepancias, cartas de gran estilo literario, escritas con sumo cuidado y en las que él mismo se corrige cuando considera que lo escrito no era lo más adecuado. Estas cartas fueron muy valoradas durante el Renacimiento, no solo por su valor literario sino también por su valor histórico, ya que narra sucesos acaecidos durante algo más de cincuenta años. En estas cartas, San Jerónimo nos muestra a las claras cómo era su carácter: extremista, a veces voluble, sensible, unas veces refinado y otras, satírico, aunque siempre sincero.

El Santo en su estudio. Tabla de Filippino Lippi (1493). Museo de Arte de El Paso, Texas (EEUU).

Como teólogo no llegó a la altura de San Agustín pues digamos que no tenía criterios propios sino que simplemente interpretaba la doctrina oficial de la Iglesia. Escribió contra los luciferianos, que se consideraba una secta cismática fundada por San Lucifer, obispo de Cerdeña. Este obispo defendía que se fuera clemente con los obispos que aunque se habían adherido a las tesis de Arrio, profesaban el Credo del concilio de Nicea; tuvieron adeptos incluso en Roma y contra ellos escribió su célebre “Diálogo” con mucho sarcasmo y no muy acertado por su parte en lo referente a la doctrina del sacramento de la Confirmación.

Contra Elvidio, que como dijimos en el anterior artículo era colaborador del Papa San Dámaso, pero que estaba en contra del monacato manifestando que el matrimonio no era inferior al celibato desde el punto de vista religioso y que, demás, mantenía que la Virgen Maria había tenido otros hijos con San José, escribió su obra “Adversus Helvidium”. Este segundo tema lo trató también unos diez años más tarde en su obra “Adversus Iovinianum”. San Jerónimo, aunque reconocía la legitimidad del matrimonio, llegó a utilizar algunas expresiones despectivas contra el mismo, considerándolo inferior al celibato.

Sabemos que hoy en día, determinadas Iglesias de Occidente afirman que solo la fe nos salva, por lo que es inútil el realizar buenas obras. San Jerónimo no llegó a tanto pero puso tan fácil el camino de la salvación mediante la fe que incluso llegó a despreciar la vida que llevaban los ascetas.

En el artículo del año pasado hablamos también de sus relaciones con el monje asceta Rufino el cual tenía sus diferencias con San Agustín sobre la doctrina de la gracia; en su obra “Apologetici adversus Rufinum” trata sobre las controversias con Orígenes, a quién llegó a acusar de hereje, viéndose envuelto en uno de los episodios más violentos de esa lucha que duró hasta el Concilio Segundo de Constantinopla convocado en el año 553 y en el cual se condenaron los errores de Orígenes. Principalmente se discutía si ciertas teorías defendidas por Orígenes y sus seguidores podían ser aceptadas y aquí se topó con que en algunos problemas doctrinales chocaba con lo defendido por San Agustín y su antiguo amigo Rufino, lo cual para él fue realmente doloroso.

Icono ortodoxo inglés del Santo. Parroquia de Oystermoth, Swansea (Reino Unido).

Como las obras de Orígenes eran la colección exegética más completa y la más accesible a los estudiosos, San Jerónimo las usó al igual que hicieron otros muchos autores de la época, pero una cosa era lo escrito por Orígenes y otra era lo defendido por algunos de sus seguidores. San Jerónimo tenía la costumbre de copiar las interpretaciones de exegetas anteriores sin hacer previamente un examen crítico sobre las mismas y eso le llevó a transcribir textos erróneos aunque bien es verdad que nunca aceptó en su totalidad ni el pensamiento ni la metodología seguida por los seguidores de Orígenes. Pero su amigo Rufino si que era un seguidor nato de Orígenes y de ahí surgieron los problemas con él. Dado el temperamento de San Jerónimo – del que hablamos extensamente el año pasado – y creyendo que siempre estaba en posesión de la verdad, lo llevó a chocar frontalmente contra su antiguo amigo al que siempre había tratado de manera muy dulce.

También escribió contra las tesis de Joviniano y de Vigilancio y contra los seguidores del pelagianismo. Elvidio, Joviniano y Vigilancio se habían erigidos en portavoces de quienes rechazaban algunas costumbres eclesiásticas, como la veneración a los santos y sus reliquias, aunque no tenían diferencias doctrinales contra la ortodoxia eclesial y ahí se encontraron con la actitud frontal de San Jerónimo.
Contra la doctrina sobre la gracia defendida por el monje Pelagio, escribió sus “Diálogos contra los pelagianos”. Otros escritos suyos son “De situ et nominibus locorum hebraicorum”, que es una traducción del libro “Onomasticon” de Eusebio.

Podríamos extendernos mucho más, pero el artículo se haría pesado. Escribió numerosas cartas, comentarios a la Biblia que son tenidos como fuente de conocimiento tanto histórico como arqueológico, sobre el “Cantar de los cantares”, tradujo los escritos de San Pacomio, tradujo el importante tratado “De Spiritu Sancto” de Dídimo el Ciego, etc. Aquí lo dejo.

Antonio Barrero

15 pensamientos en “Los escritos de San Jerónimo

    • De todos modos, Lucho, la cosa debió ser muchísimo más compleja de como lo contamos aquí. Ten en cuenta que en cuatro párrafos estamos hablando del trabajo de muchos años.

  1. Sin duda la aportación de este Padre de la Iglesia es fundamental para las fuentes y la documentación de la primitiva Iglesia, pues se podría decir que es el filtro a partir del cual los textos primitivos, escritos en griego y arameo, pasan a la lengua común latina, la más generalizada. Dicho así grosso modo.

    Me acuerdo una vez más de mi profesor de Paleografía en la universidad, que insistía en que debíamos comprarnos una Vulgata para acceder a una versión más purista de la Biblia. Con todo respeto a su eficiencia, creo que prefiero los textos traducidos directamente del griego. Tengo un Nuevo Testamento de este tipo y me siento más cercana con él a las palabras originales de Jesús, aunque bien es sabido que Él hablaba en su lengua materna, el arameo.

    • Biblias tengo unas cuantas; ¿es que las colecciono? Pues no.
      La más usada es la Biblia de Jerusalén y la menos una que tengo en siríaco (que no entiendo) y que me envió un amigo ortodoxo de rito sirio hace ya muchos años. Como es natural también tengo la “Vulgata”, una ortodoxa en griego y un Nuevo Testamento de bolsillo, que tiene muchos años y es el más usado.

      Por cierto, yo creo que nuestros hermanos ortodoxos están con San Jerónimo….. así, así. Me gustaría que me lo explicaran.

      • De así, así, nada. Recordaros que el actual Metropolita de Atenas se llama Jerónimo, por ejemploy se le reconoce como el más grande de los padres de Occidente. Con respecto a la exégesis bíblica, por ejemplo, sus textos son los que más uso junto a los de san Juan Crisóstomo, así mismo sus textos bíblicos aunque en la Iglesia Ortodoxa sólo se usa la traducción de los Setenta para el Antiguo Testamento y, claro, los originales griegos para el Nuevo.

        Su Epistolario es uno de los textos patristicos que más leo y nunca terminaré de sacar todas las grandes enseñanzas de este Santo Padre.

        Otra cosa es la cuestión de Agustín de Hipona. Esta incluido en algunos Sinaxarios pero… Las cuestiones de la Gracia y del pecado original y otras muchas más lo separan de la Ortodoxia aunque se le llame Bienaventurado.

  2. Muchas gracias Antonio. Has comentado que San Jerónimo anduvo de algún modo por esa senda de considerar que lo importante es la fe y no los actos piadosos que se realicen en nombre de esa fe y que esto es seguido por algunas iglesias occidentales. Pues bien, no puedo estar más en desacuerdo con esta interpretación, esto convierte a la fe en una mera formulación teórica. Lo que no se aplica en la práctica con aquellos que sufren para mí es papel mojado. Adjunto los gozos a San Jerónimo patrón de Benferri http://gogistesvalencians.blogspot.com.es/2011/11/gozos-san-jeronimo-al-que-se-venera-en.html

    • Vamos a ver: aunque él hizo mucho hincapie en la importancia de la fe no llegó a afirmar ni defender nunca que solo con la fe era suficiente para alcanzar la salvación.

      El tradujo también la Epistola de Santiago y si lees 2, 14- 26, verás que queda clarísimo que solo la fe no salva: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma…..” Leela entera.

  3. Gracias Antonio por hablarnos de los escritos de nuestro “polemico” San Jeronimo,ya que el año pasado y como tu dices no se pudo hablar sobre ello por no querer hacer tan extenso el articulo.
    De los luciferianos no sabia nada,pero haber un obispo santo llamado Lucifer,cuesta creer que le pusieran ese nombre.
    ¿Por curiosidad existen otros santos o beatos con este nombre?

    • Abel, el nombre de Lucifer no es negativo, proviene del latín “lux-lucis” (luz) y “fero” (traer, llevar), por lo que significa “aquel que trae la luz”. Como ves es un nombre bellísimo y, según la tradición, el nombre del ángel caído, antes de su rebelión, era éste. Es después de su rebelión y caída cuando cambia a nombres que sí tienen resonancias negativas: Satanás (“enemigo”), Belcebú (“señor de las moscas”), etc…

  4. Antonio grACIAS por el articulo tan interesante sobr las obrad de San Jeronimo me agrado había muchas que nunca había escuchado, definitivamente el legado de San Jeronimo es muy extenso e importante aun después de tantos siglos su obras siguen vigentes y siendo leidas y estudiadas. Y pues a mi también me sorprendio lo del obispo Lucifer jajaja vaya que nombres jajaja pero por aho eh estado que también hay un San Platano o algo asi jejeje

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