San Cirilo Bertrán y compañeros mártires de Turón (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vista del tapiz de la canonización de los mártires.

En la década de los años treinta del siglo XX, en Europa se originaron grandes convulsiones políticas y por razones en las que no entraremos por cuestión de espacio, aunque si destacaremos el hartazgo del pueblo al verse explotado, en Asturias (España) se desarrolló un período revolucionario en el 1934, especialmente en el valle minero de Turón. En la tarde del 5 de octubre, los sublevados, se habían apoderado de los cuarteles de la Guardia Civil y se luchaba con furia en Gijón y otros lugares de la región.

Aunque las intenciones de los revolucionarios eran conseguir mejores condiciones de trabajo y de vida para el pueblo, inevitablemente se mezclaron también cuestiones de venganza y de rencor y así, especialmente los mineros, se lanzaron pelear por sus derechos aunque sus dirigentes habían dado consignas de evitar muertes y destrozos en el patrimonio. Por desgracia, algunos no respetaron estas consignas y se hicieron algunas confiscaciones de bienes. Algunos exaltados consideraron a los religiosos y sacerdotes como si fueran enemigos del pueblo y dieron órdenes de detenerlos, aunque por suerte, muchos pudieron esconderse. Quienes no lo consiguieron o no lo intentaron siquiera, fueron encarcelados.

Aun en contra de las consignas dadas por los dirigentes de la revolución asturiana, los exaltados asesinaron a treinta y tres religiosos y sacerdotes sin ni siquiera someterlos a un juicio en el que pudieran demostrar su inocencia y el no haber estado metidos en cuestiones políticas y entre estos están incluidos ocho hermanos de la Salle que eran profesores de la escuela de Turón y el sacerdote pasionista Inocencio de la Inmaculada, que era el confesor del colegio. Ese mismo día 5, el primero en caer asesinado fue un estudiante pasionista que huía asustado del convento y que fue fusilado a quemarropa.

Los Hermanos de las Escuelas Cristianas tenían un colegio en Turón y se dedicaban simplemente a la enseñanza de los niños. La mañana de aquel día 5 de octubre, el Padre Inocencio celebraba misa en el colegio, pero cuando estaba en el momento del ofertorio se escucharon gritos fuera y empezaron a golpear la puerta. Intuyendo el peligro, entre los hermanos y el padre consumieron todas las formas consagradas que estaban en el sagrario y el hermano Marciano bajó a abrir la puerta. Se encontró con un numeroso grupo de personas que lo amenazaban con fusiles. Irrumpieron en el colegio con el argumento de que iban a confiscar las armas que allí se guardaban; lo registraron todo pero, lógicamente, no encontraron nada.

Colegio de los Lasalianos en Turón, Asturias (España).

Los hermanos, que en un principio se habían refugiado en las habitaciones de la planta superior, fueron desalojando sus habitaciones, saliendo al encuentro de los asaltantes. Lo arrasaron todo y detuvieron a los hermanos y al padre Inocencio a los que se llevaron a una casa que utilizaron como prisión y que estaba como a un kilómetro del colegio. Eran las siete de la mañana y ya los hermanos y el padre estaban detenidos.

Como el padre Inocencio llevaba puesta la sotana le ordenaron que se la quitara. El hermano Cirilo solicitó que les trajeran alguna ropa del colegio, pero por contestación recibió la orden de no comunicarse entre ellos ni con el resto de las personas que allí estaban detenidas. Ese fue el peor día para los hermanos y el padre porque no salían de su asombro y desconcierto ya que ellos solo se habían dedicado a la enseñanza.

Los familiares del resto de prisioneros les acercaron comida y ropa, pero de los hermanos nadie se acordó y pasaron todo el día sin comer, aunque a partir del día siguiente, la madre de un niño del colegio, se encargó de llevarles algo para comer.

El día 6, el médico de Turón tuvo que inyectar un calmante al hermano Marciano, que tenía problemas en la columna vertebral y sufría de terribles dolores debido a las circunstancias en las que se encontraban en la prisión y aunque solicitaron que le trajesen un colchón del colegio, se lo negaron. Como ese día comieron y estuvieron algo más relajados, por la noche pudieron dormir a ratos. Ellos seguían sin comprender como siendo simples educadores, estaban encarcelados y corrían el riesgo de ser fusilados, pero se reconfortaban mutuamente ya que estaban convencidos que de ocurrir, sería verdaderamente un martirio.

Lienzo contemporáneo de los mártires de Turón, Asturias (España).

El día siguiente, domingo día 7, no tuvieron la posibilidad de asistir a misa y por la mañana se sorprendieron al escuchar el ruido que hacían los motores de algunos aviones que sobrevolaban la zona, pero se tranquilizaban al escucharles a algunos de los carceleros que la revolución había triunfado y que llegaría la calma. Pero por la tarde, se presentaron algunos miembros del comité revolucionario y pareció que se interesaban por ellos, pues uno de sus miembros se identificó como antiguo alumno del colegio, hablando bien de los profesores que entonces le habían educado. Se interesó especialmente por saber qué era el hermano Marciano, si religioso o simple empleado y como éste era sordo y no se enteraba, el hermano Cirilo fue quién respondió. Desde entonces, por el tono de voz que empezaron a utilizar y porque les requisaron todos los objetos que llevaban, los hermanos comprendieron que el peligro de muerte era cierto y que tenían que prepararse.

El Padre Inocencio se confesó con el párroco, que también estaba preso, y posteriormente, entre ambos confesaron a todos los hermanos y a algunos otros prisioneros. Entretanto, los miembros del comité revolucionario de Turón discutían sobre la conveniencia o no de fusilar a los religiosos a fin de que sirviera de escarmiento y aunque la deliberación fue larga e incluso violenta porque algunos miembros se oponían, finalmente se impuso el criterio de los más vengativos y menos inteligentes, encabezado por un tal Silverio Castañón. Decidieron fusilarlos al día siguiente por la mañana, pero como en Oviedo había muerto un militante de Turón y tuvieron que sepultarlo aquel día, la presencia de sus familiares impidió que prepararan la fosa donde serían enterrados los hermanos por lo que decidieron fusilarlos por la noche.

Ese día, los médicos de Turón y numerosas madres de los alumnos del colegio, conocedoras de la decisión del comité, intentaron hacerles entrar en razón y consiguieron que muchos revolucionarios locales se negaran a ejecutarlos, pero el tal Castañón, reclutó a personal de Mieres y de Santillano y formó un piquete de fusilamiento y así, de noche como he indicado antes, excavaron una zanja en el cementerio y pasada la media noche se dio la orden de ejecutarlos.

Panteón donde estuvieron los mártires antes de su beatificación. Monasterio de Bujedo, Burgos (España).

Silverio Castañón le preguntó a los hermanos: “¿Saben ustedes adonde van?” Y el hermano Augusto Andrés le respondió: “Adonde ustedes quieran; ya nada nos importa porque estamos preparados para todo”. “Pues ustedes van a morir” recibieron por réplica. Llevaron a los hermanos y al padre Inocencio al cementerio sin que ninguno de ellos opusiera resistencia alguna. El mismo Castañón diría más tarde: “Los hermanos y el padre oyeron tranquilamente su sentencia. Fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio sin pronunciar ninguna queja y yo, que soy un hombre duro, me emocioné por su actitud. Sabiendo donde iban, fueron como ovejas al matadero”. Abierta la puerta del cementerio, el enterrador se quedó fuera y los hermanos y el padre fueron obligados a entrar; lo hicieron rezando y consolándose unos a otros y viendo desde allí el colegio iluminado donde habían estado educando a tantos niños del lugar.

Les ordenaron pararse al pie de la zanja excavada y allí mismo, a quemarropa, fueron fusilados. Castañón les dio el tiro de gracia y al hermano Cirilo, aun vivo, lo remataron con una maza. Los asesinos salieron por la puerta trasera del cementerio a fin de que el enterrador, que se había quedado en la puerta, no los reconociera y así evitarse posibles denuncias por tan bárbaro acto criminal. Fueron criminales y además, fueron cobardes.
Era la madrugada del 8 al 9 de octubre de 1934. Aquella revolución asturiana del año 1934 sólo duraría tres semanas.

Los cuerpos de los hermanos mártires de Turón fueron exhumados y llevados al cementerio de Bujedo (Burgos) el día 26 de febrero de 1935. El del Padre Inocencio quedó en el cementerio y se perdió durante los bombardeos de 1936. El 9 de octubre de 1944, en la diócesis de Oviedo se inició la Causa de beatificación cuyos trámites concluyeron a nivel diocesano el 22 de junio de 1945; la documentación fue enviada a Roma. El decreto por el que se reconocía el martirio fue firmado en el año 1988 y la beatificación se realizó en Roma el 29 de abril del año 1990. Junto a ellos, fue también beatificado el hermano Jaime Hilario, lasaliano martirizado en Tarragona y cuya Causa se había unido a la de estos mártires de Turón.

Tumba actual, bajo el altar mayor, de los mártires de Turón. Monasterio de Bujedo, Burgos (España).

El mismo día de la beatificación, en la ciudad nicaragüense de León, la joven de veintidós años de edad Rafaela Bravo Jirón, afectada de un cáncer de útero, quedó instantáneamente curada. Previamente, ella y su esposo habían realizado dos novenas a los nuevos beatos solicitándoles la curación. Los médicos atestiguaron la curación milagrosa de quién estaba a punto de morir y esta se tramitó a Roma. Aceptado el milagro, los beatos mártires de Turón y el hermano Jaime Hilario, fueron canonizados por el papa San Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1999. Su festividad la celebramos hoy, día 9 de octubre.

Como comentamos en nuestro artículo del pasado 8 de enero, estos santos mártires y San Pedro Poveda, son los únicos mártires de los años treinta del siglo pasado en España que ya están canonizados.
En el artículo de mañana, daremos algunas referencias biográficas de cada uno de ellos.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es