Santa Melania de Roma (la Joven)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Iluminación de la Santa en el Menologio de Basilio II. Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma (Italia).

Santa Melania de Roma, también conocida como Melania “la Joven” (o la “Menor”) es una de las primeras monjas santas y es conmemorada hoy, el último día del calendario. Ella se llama “de Roma” porque nació en Roma en el año 383, pero murió en Jerusalén en el 439. Su nombre como “la más joven” es para distinguirla de su abuela paterna, Melania la Mayor o la Anciana, que también fue monja y fundadora de un monasterio.

Melania la Anciana
Pero antes de hablar de Santa Melania la Joven, que hoy celebramos, permitidme con muy pocas palabras presentar a su abuela, una santa muy importante para toda la ascesis cristiana. Santa Melania la Anciana o la Grande (325-410) fue una Madre del Desierto que tuvo una gran influencia entre los monjes más famosos del siglo IV.

Había nacido en Hispania, en el seno de una familia rica y se casó a los catorce años con un hombre llamado Valerio Máximo Basilio, con quien vivía cerca de Roma. Poco tiempo después, al quedar viuda y perder también a dos de sus tres hijos cuando solo tenía veintidós años, Melania se marchó a Roma con el hijo que le quedaba, Valerio Publícola (el padre de la futura Melania la Joven). Allí vivió una vida piadosa en una casa organizada casi como un monasterio, pero pasado un tiempo, decidió irse a Alejandría, con el fin de complacer a los famosos ascetas del desierto. Probablemente conoció a algunos otros padres del desierto egipcio, pero es seguro que conoció a Abba Macario, a San Agustín y a San Paulino de Nola (su primo carnal o legal), que nos ofrece en una de sus cartas, una descripción de su visita a Nola.

Fresco ortodoxo de las Santas Melania la Joven (izqda.) Paula de Roma (centro) y Melania la Anciana (dcha.) Monasterio de San Antonio el Grande, Yaroslav, Rusia.

Después de la muerte del obispo Atanasio en el año 373, comenzó una persecución contra los monjes y muchos de ellos fueron exiliados a Palestina. Melania se marchó con ellos para ayudarlos, visitándolos de noche en la cárcel, disfrazada de esclava con una capucha. Después de la persecución, Melania fue a Jerusalén, donde fundó un monasterio en el Monte de los Olivos, junto con Tyrannius Rufino, viviendo allí una vida ascética muy dura. Entre otros, se encontró allí con San Jerónimo, pero también con Evagrio Póntico, un monje que se había marchado de Constantinopla después de tener una historia de amor prohibido, y que más tarde, ante la insistencia de Melania, fue a Egipto y vivió una vida ascética en el desierto de Kellia. Debido a su participación como pro-Origenista en la controversia sobre Orígenes en la década del 390, San Jerónimo escribió muy bruscamente sobre ella, burlándose de su nombre y la llamó “negra de nombre y de naturaleza negra”, ya que Melania significa “negro” en griego.

Posteriormente, Melania se marchó a Roma para ver a su hijo, que se había casado con Caeionia Albina y que tenía una hija, también llamada Melania (la Joven). Después de esto, la anciana monja volvió a Palestina en el año 404 y murió en el año 410 en Jerusalén, siendo considerada como una santa cuya conmemoración se celebra el 8 de junio.

Icono ortodoxo ruso de la Santa.

Melania la Joven
Valerio Publícola, hijo de Melania la Anciana, se quedó en Roma cuando marchó su madre al desierto, siendo cuidado por unos parientes ricos y casándose más tarde con Caeionia Albina, como hemos dicho antes. Juntos tuvieron una hija llamada Melania, por su abuela. Melania la Joven estuvo casada por la fuerza ante la insistencia de sus padres, pues era la única heredera de su fortuna. Su matrimonio fue un matrimonio formal y se efectuó con un primo paterno de diecisiete años, llamado Valerio Piniano, teniendo ella sólo trece años de edad. A pesar de su deseo de llevar una vida ascética, tuvieron dos hijos, varón y hembra, que murieron muy pronto. Su propia vida quedó en peligro después del segundo nacimiento y en este momento Melania y su esposo juraron vivir en adelante como hermanos.

Se marcharon de Roma, dieron sus riquezas a los pobres y vivían en un pueblo como ascetas. Entonces tenían veinticuatro y veinte años de edad respectivamente. Aun así, lo que todavía tenían, les fue arrebatado por la fuerza por parte de Severiano, hermano de Valerio Piniano, porque existía una ley que no les permitía gastar sus riquezas sin el consentimiento de los familiares mayores. La emperatriz Verena oyó hablar de esta injusticia y solicitó a Melania que se presentara ante ella en palacio. Aunque según la tradición, a ninguna mujer se le permitía entrar en el palacio de la emperatriz con la cabeza cubierta, Melania lo hizo, mostrando así su vida ascética. La emperatriz, admirada, dio la orden de dejar que ellos hicieran lo que quisieran con sus propiedades. Así que vendieron todo lo que les quedaba, lo dieron a los pobres no sólo en Roma, sino enviando parte a algunos países del este.

Melania y Piniano salieron de Roma en el año 408, viviendo una vida monástica cerca de Mesina (Sicilia) durante dos años. En el 410, viajaron a África, donde se hicieron amigos de San Agustín de Hipona y se dedicaron a llevar una vida de piedad y a hacer obras de caridad. Juntos fundaron un convento en el que Melania llegó a ser superiora encargándose Piniano de los monjes en el claustro.

Icono ortodoxo griego de la Santa.

En el año 417 Melania y su esposo viajaron a Palestina, donde visitaron, entre otros, el Santo Sepulcro de Jerusalén. Después, oyendo hablar acerca de la vida ascética de los Padres del desierto en Egipto, Melania se fue a Alejandría, con el fin de visitar a algunos de ellos y aprender más acerca de esa santa vida. Hay una historia en un famoso libro asceta que contiene los dichos de los Padres (Apophthegmata Patrum) en el que San Arsenio de Roma es presentado como que fue visitado por una rica mujer romana, que en mi opinión, no pudo ser nadie más que Melania. Arsenio se negó a aceptar la visita, pero ella insistió en solicitarla acudiendo a la autoridad del patriarca Teófilo. Finalmente: “Cuando ella había llegado a la celda del anciano, por una dispensa de Dios, este estaba fuera de ella. Al verlo, se echó a sus pies. Indignado, la levantó de nuevo y dijo, mirándola fijamente, “Si tienes que ver mi rostro, aquí está, mira”. Ella se cubrió de vergüenza y no le miró a la cara. Entonces el anciano le dijo: “¿No habéis oído hablar de mi estilo de vida? Tendría que ser respetado. ¿Cómo te atreves a hacer un viaje así? ¿No te das cuenta de que eres una mujer y no puedes ir a ninguna parte? ¿O es para que cuando regreses a Roma puedas decir a las otras mujeres: ¿He visto a Arsenio? Ella dijo: “Con la venia del Señor, no voy a dejar que nadie venga aquí, pero ora por mí y acuérdate de mí siempre”. Pero él le respondió: “Yo ruego a Dios que quite vuestro recuerdo de mi corazón.” Ella, al oír estas palabras, se retiró” (Arsenius 28).

Melania visitó también a algunos otros Padres, pero muchos de ellos se negaron a realizarle ofrendas. De todos modos ella regresó con un curioso regalo de Abba Macario el Grande. Después de esta historia, que es contada de forma independiente por tres autores diferentes (Paladio, Timoteo de Alejandría y la autora anónima de la Patrum Apophthegmata), Abba Macario fue visitado por una hiena quien trató de convencerlo de que fuera a su cueva. Macario fue allí, donde vio a los hijos ciegos del animal salvaje, a los que curó mediante la oración. Al segundo día, la hiena se le acercó con una piel de lana de un carnero u oveja. Esta piel fue utilizada por Melania, durante los fríos inviernos, hasta su muerte.

Icono ortodoxo americano de la Santa. La cartela que lleva en la mano reza: “El alma es como una novia que se engalana con los ornamentos de las virtudes”.

Melania regresó a Palestina para vivir en la ermita de su abuela, Melania la Mayor, cerca del Monte de los Olivos. Allí recibió la visita de su ex marido y de su madre, pero sólo una vez a la semana, porque ella decidió vivir aislada. Después de un tiempo su madre, Albina, murió, y pronto también murió Piniano (año 420). Melania construyó entonces un claustro para los hombres y una iglesia, donde pasó el resto de su vida.

En el año 436 se fue a Constantinopla, después de recibir una carta de su tío Volusiano, que estaba enfermo y quería verla, y en ese viaje ella convenció a su tío para que se bautizara. Se reunió allí con la emperatriz Eudoxia, quien más tarde visitó Jerusalén en el año 437 y, aconsejada por Melania, hizo algunas donaciones importantes para las diferentes iglesias de Palestina. Sus últimos años estuvieron dedicados a la apostólica misión de consejera, aunque también a curar milagrosamente a diferentes tipos de enfermos.

Durante las fiestas de la Natividad, en el año 439, Melania supo que su muerte ocurriría pronto. Participó en la Santa Liturgia de la Navidad, se reunió con sus amigos más cercanos y les dio los últimos consejos, muriendo el 31 de diciembre de ese mismo año. Es en este día cuando se conmemora en las Iglesias de Oriente y Occidente. Su monasterio resistió hasta en año 614, cuando fue destruido por los persas.

La veneración de Santa Melania y sus reliquias
La vida de Santa Melania fue escrita en griego por un monje llamado Geroncio. Existen algunas otras, más cortas, en la “Historia Lausiaca” de Paladio y en la obras de Pedro el Ibero. La tumba de Santa Melania está situada en el monasterio de Megale Panagia en Jerusalén. Este lugar sagrado es especial por el hecho de que la puerta del monasterio es muy pequeña. Sus reliquias se encuentran en el lugar donde se supone que estaba su celda de piedra, de hecho, en una estrecha cueva. Junto a las reliquias se guardan allí sus cadenas, que llevaba debajo de sus vestidos.

Vista del sepulcro de la Santa en el monasterio Megale Panagia de Jerusalén (Israel). En la pared se observan las cadenas que llevaba bajo el vestido.

Troparion (himno) de Santa Melania de Roma
La imagen de Dios se ha conservado verdaderamente en ti, oh Madre, que tomaste la cruz y seguiste a Cristo. Al hacer esto, nos has enseñado a hacer caso omiso de la carne, ya que fallece, y a cuidar del alma, que es inmortal. Por lo tanto tu espíritu, oh santa Madre Melania, se regocija con los ángeles.

Mitrut Popoiu


Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum patrem,
omnis terra veneratur.

Tibi omnes angeli,
tibi caeli et universae potestates:
tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:

Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
majestatis gloriae tuae.

Te gloriosus Apostolorum chorus,
te prophetarum laudabilis numerus,
te martyrum candidatus laudat exercitus.

Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis;
venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.

Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.

Iudex crederis esse venturus.

Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.

Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.

Per singulos dies benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.

Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.

Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quemadmodum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú sentado a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día has de venir como juez.

Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

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San Juan XXIII, “el Papa bueno” (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El Santo fotografiado cuando todavía era cardenal Roncalli.

En octubre de aquel mismo año moría el Papa Pío XII y en un cónclave muy breve, el día 28 de octubre de 1958, el cardenal patriarca de Venecia, que ya tenía setenta y siete años fue elegido Papa asumiendo el nombre de Juan XXIII. En la elección fue determinante la posición de los cardenales franceses.

El día 4 de noviembre, festividad de San Carlos Borromeo, fue coronado solemnemente y el día 23 tomó posesión de la Basílica Lateranense. Todo el mundo pensó que, dada su edad, sería un Papa de transición, destinado a preparar un posterior pontificado a la altura del de Pío XII, pero el escenario cambió el mismo día de su coronación, cuando pronunció una homilía en la que decía que el Papa, además de ser un hombre de Estado, diplomático, científico y árbitro entre los conflictos, tenía que estar abierto al progreso de las ciencias y de la técnica, tenía que actualizar la Iglesia a los nuevos tiempos y diciendo que sólo la figura del Buen Pastor describiría cual iba a ser su misión papal. Todo su pontificado no fue más que el desarrollo de este principio.

Desde el primer momento comenzaron a vérsele pequeños detalles que calaron entre los fieles, que lo veían como un Papa sencillo, cariñoso, humano, cercano: sería llamado rápidamente “el Papa bueno”. Circulaba libremente por todos los departamentos vaticanos, no estaba recluido en sus aposentos papales, conversaba con cualquier persona con la que se encontrase, se acercaba a la cabecera de quienes estaban enfermos o moribundos como si fuera un simple sacerdote que va a visitar a un amigo, no leía al pie de la letra los discursos que le preparaban sino que, con la mayor naturalidad, sobre la marcha improvisaba contando vivencias personales, especialmente cuando se encontraba entre los jóvenes…

Pero además, empezó a cambiar determinadas normas vaticanas. Por ejemplo, desde los tiempos de Sixto V el número de cardenales estaba fijado en setenta, norma que se saltó en su primer consistorio del 15 de diciembre de ese mismo año de su elección. Entre ellos, nombró cardenal a quien sería su sucesor, el arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, futuro Beato Pablo VI. En las Navidades hizo dos visitas: al hospital del “Niño Jesús” y a los presos de la cárcel “Regina Coeli”, ganándose a la opinión pública mientras que al mismo tiempo, machaconamente, recordaba a los obispos y sacerdotes que el Primado estaba en la caridad y en la acción pastoral. Como he dicho antes, pronto se le llamó el “Papa bueno”, el “Papa de los humildes”, el “Papa de la gente pobre”. En sólo dos meses, consiguió que la prensa universal comenzara a interesarse cada vez más por las cuestiones de la Iglesia.

El todavía cardenal Roncalli fotografiado mientras entraba al Cónclave donde sería elegido Papa.

La culminación de todo esto fue cuando el 25 de enero del año siguiente, dos meses y medio más tarde de tomar posesión de la Cátedra de Pedro, se difundió por todo el mundo la noticia de que había manifestado a los cardenales reunidos con él en la abadía de San Paolo fuori le Mura, su intención de convocar un Concilio Ecuménico, de reunir un Sínodo para la diócesis de Roma y de revisar a fondo el Código de Derecho Canónico. Estos tres objetivos, sobre todo el primero de ellos, tenían como finalidad principal el facilitar el acercamiento entre todos los cristianos, dedicando a esta tarea todas sus energías, demostrando que se acababa la época en la que había dominado la doctrina emanada del Concilio de Trento.

Cuando inauguró el Concilio el 11 de octubre de 1962 afirmaba: “Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol. Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen. En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella. Así como Pedro un día, al pobre que le pedía limosna, dice ahora ella al género humano oprimido por tantas dificultades: “No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda”. La Iglesia, pues, no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, ni les promete una felicidad sólo terrenal; los hace participantes de la gracia divina que, elevando a los hombres a la dignidad de hijos de Dios, se convierte en poderosísima tutela y ayuda para una vida más humana; abre la fuente de su doctrina vivificadora que permite a los hombres, iluminados por la luz de Cristo, comprender bien lo que son realmente, su excelsa dignidad, su fin. Además de que ella, valiéndose de sus hijos, extiende por doquier la amplitud de la caridad cristiana, que más que ninguna otra cosa contribuye a arrancar los gérmenes de la discordia y, con mayor eficacia que otro medio alguno, fomenta la concordia, la justa paz y la unión fraternal de todos”.

Panorámica del Concilio Vaticano II, en la nave central de la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Su compromiso con la paz se encontró de golpe con un hecho inesperado: la crisis de Cuba, que pudo ser la causa de un nuevo conflicto mundial que fue evitado gracias a su labor mediadora entre las dos superpotencias mundiales: la U.R.S.S. y Estados Unidos. En este empeño se involucró personalmente. Al tema de la paz y a la superación de los dos bloques militares que dividían a la humanidad desde hacía más de veinte años, le dedicó su encíclica “Pacem in terris” publicada el 11 de abril de 1963, que fue el primer documento pontificio dirigido a “todos los hombres de buena voluntad”. Entretanto fue galardonado con el premio internacional por la paz concedido por la Fundación Eugenio Balzan, que le fue solemnemente otorgado en el Palacio del Quirinal, por el presidente de la República Italiana Antonio Segni, el 10 de mayo de ese mismo año.

Pero sólo siete días después celebraría su última misa, sucumbiendo ante un mal incurable que soportaba desde hacia meses: un cáncer de estómago. Murió la tarde del día 3 de junio, lunes de Pentecostés, después de manifestar por última vez la voluntad de Cristo: “Que todos sean uno”. Sus últimos pensamientos fueron para la unidad de la Iglesia. En aquellos momentos, la plaza de San Pedro estaba llena por una inmensa multitud de personas de todos los credos y razas rogando por la salud del “párroco del mundo” durante una misa que era celebrada por el cardenal pro-vicario de Roma, Luigi Traglia, el cual en su homilía resumió maravillosamente las palabras del evangelio: “Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan” (Juan, 1, 6). Su muerte fue definida como una muerte ecuménica porque todo el mundo tenía el sentimiento de haberse quedado huérfano; era la primera vez que la muerte de un Papa había suscitado una condolencia universal. Muchas naciones, que pocos años antes se mostraban hostiles con la Santa Sede, participaron activamente en el luto oficial de la Iglesia.

El Santo, fotografiado atendiendo a un franciscano durante una de sus audiencias.

Durante su breve pontificado (28 de octubre de 1958 – 3 de junio de 1963), publicó las siguientes encíclicas: “Ad Petri Cathedram” (29 de junio de 1959), “Sacerdotii Nostri Primordia” (1 de agosto de 1959), “Grata Recordatio” (26 de septiembre de 1959), “Princeps Pastorum” (28 de noviembre de 1959), “Mater et Magistra” (15 de mayo de 1961), “Aeterna Dei Sapientia” (11 de noviembre de 1961), “Paenitentiam Agere” (1 de julio de 1962) y “Pacem in Terris” (11 de abril de 1963).

Desde el primer momento el pueblo lo proclamó santo y su tumba en las Grutas Vaticanas, así como su casa natal, se convirtieron en meta de peregrinación de millones de personas venidas de los cinco continentes. En la apertura de la II Sesión del Concilio Vaticano II, su sucesor el Beato Papa Pablo VI se dirigió a los padres conciliares en unos términos moralmente equivalentes a una canonización: “¡Oh, querido y venerado Papa Juan, gracias y alabanzas sean dadas a ti que, por inspiración divina, como así creemos, quisiste y convocaste este Concilio a fin de abrir a la Iglesia nuevos derroteros y hacer brotar sobre la tierra nuevas venas de aguas escondidas y fresquísimas de la doctrina y de la gracia del Señor Jesús!”. Al finalizar el Concilio se corrió la voz de que la asamblea de padres conciliares habían pedido por aclamación a Pablo VI la canonización de su predecesor, pero que el Papa, previendo esta iniciativa, había anunciado en el curso de la octava sesión pública del Concilio, que había dispuesto abrir oficialmente el proceso de canonización de sus dos predecesores: Pío XII y Juan XXIII, cosa que se hizo en 1965 en la diócesis de Bergamo, después de clausurado el Concilio.

Traslado de los restos del Beato a la urna actual. Ceremonia oficiada por el Beato Juan Pablo II, plaza de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Los dos milagros atribuidos a Juan XXIII se analizaron en dos procesos llevados a cabo por las diócesis de Ragusa y Nápoles, mientras que el proceso ordinario sobre las virtudes y fama de santidad fue oficialmente abierto en Roma el 21 de diciembre de 1974. Fue beatificado por el Papa San Juan Pablo II el día 3 de septiembre del año 2000. En el mismo año su cuerpo fue exhumado y se corrió la voz de que estaba incorrupto, cosa incierta porque había sido embalsamado ante de su sepultura. Actualmente está sepultado en la Basílica Vaticana y su festividad se celebra el 11 de octubre.

En la homilía de la Misa de su beatificación, el Papa Juan Pablo II, dijo: “Contemplamos hoy en la gloria del Señor, al Papa que conmovió al mundo por la afabilidad de su trato que reflejaba la singular bondad de su corazón. En el recuerdo de todos ha quedado la imagen del rostro sonriente del Papa Juan y de sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero. ¡Cuántas personas han sido conquistadas por la sencillez de su corazón unida a una amplia experiencia de hombres y cosas! Ciertamente, la ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y actuar y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra. Con ese espíritu, convocó el Concilio Vaticano II, con el que inició una nueva página en la historia de la Iglesia: los cristianos se sintieron llamados a anunciar el Evangelio con renovada valentía y con mayor atención a los “signos de los tiempos”. Realmente, el Concilio fue una intuición profética de este anciano pontífice, que inauguró, entre muchas dificultades, un tiempo de esperanza para los cristianos y para la humanidad. En los últimos momentos de su existencia terrena, confió a la Iglesia su testamento: “Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad”. También nosotros queremos recoger hoy este testamento, a la vez que damos gracias a Dios por habérnoslo dado como Pastor”.

El día 27 de abril de 2014 ha sido canonizado por el Papa Francisco.

Vista de la figura de cera que contiene el cuerpo embalsamado del Santo. Grutas Vaticanas, San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Para realizar estos dos artículos me he basado en los trabajos del padre benedictino Giovanni Spinelli, secretario general del Centro Histórico Benedictino Italiano, en Pontida (Bergamo), Italia.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Juan XXIII, “el Papa bueno” (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Santo en su atuendo de Pontífice.

Angelo Giuseppe Roncalli nació en Sotto in Monte (Bergamo), el día 25 de noviembre de 1881 en el seno de una modesta y tradicional familia que aunque allí habitaba desde hacía algunos siglos, procedía de Valle Imagna, situada en la misma provincia. Era el hijo mayor de un matrimonio formado por Gianbattista Roncalli y Mariana Mazzola. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por parte del párroco Francesco Rebuzzini, siendo su padrino un pariente que después sería quien lo educó.

En la casa donde nació vivían también otros miembros de la gran familia Roncalli por lo que la “casa de los Roncalli” era una de las más numerosas de la localidad, pues había que alimentar y sostener diariamente a más de treinta personas. Podían vivir así porque tenían algunas tierras donde cultivaban frutales, cereales y viñedos, así como animales que les proporcionaban leche, lana y carne. El ambiente era acogedor, la vida familiar era muy sencilla y tranquila y jamás hubo ningún tipo de discordia a nivel familia.

Todas las tardes cantaban el rosario en familia, dirigido por quien había sido su padrino y al que todos contestaban cantando, cosa que el mismo Angelo Giuseppe recordaría años más tarde en “Il giornale dell’anima”. Hay que referirse inevitablemente a este ambiente familiar para comprender su simpatía y las sencillas, simples y auténticas virtudes que siempre le rodearon, incluso cuando llegó a ser Papa.
Recibió el sacramento de la Confirmación de manos de Monseñor Gaetano Camillo Guindan, obispo de Bérgamo, el día 13 de febrero de 1889 y unas semanas más tarde recibió la primera Comunión.

Frecuentó la escuela local, aprendiendo al mismo tiempo la lengua latina, que le enseñaba el párroco de Carvico (Bergamo). En noviembre del año 1891 prosiguió sus estudios en el colegio episcopal de Celana, que había sido fundado por San Carlos Borromeo. Cuando vio por primera vez la imagen de San Carlos impresa en la puerta del colegio quedó tan impresionado, que siempre quiso imitarle.
Entró en el seminario menor de la diócesis en el otoño del año 1892, pasando al año siguiente al seminario mayor y vistiendo la sotana el 24 de junio de 1895, con sólo catorce años de edad.

Casa de los Roncalli, donde se crió el Santo.

A partir de unos ejercicios espirituales que realizó en el año 1896 comenzó a escribir un diario en el que detallaba sus propósitos, y sus reflexiones espirituales, diario que finalmente se convirtió en un verdadero texto del que hemos hablado antes, “Il giornale dell’anima”, que incluso siguió escribiendo hasta el día de su muerte. A pesar de su ingenuidad y de una cierta inclinación hacia el misticismo, este diario es el testimonio de un excepcional esfuerzo de auto-conocimiento a la luz del Espíritu Santo, confrontando siempre su actividad diaria con el evangelio y los Santos Padres, por lo que de hecho, San Juan XXIII se ha convertido en uno de los grandes escritores espirituales del siglo XX.

En el otoño del año 1900, con ocasión de la celebración del Año Santo, peregrinó a Roma y en enero del año siguiente fue de nuevo a la Ciudad Eterna como alumno del Seminario Romano, disfrutando por primera vez de una beca de estudio, facilitada por una fundación fundada en el siglo XVII y que consiguió por sus propios méritos. Pero en noviembre de ese mismo año tuvo que interrumpir sus estudios teológicos por culpa del servicio militar, que prestó en el batallón de infantería número 73, cerca de la estación Humberto I de Bérgamo: “Fueron doce meses de los que conservo un grato recuerdo como experiencia de una férrea disciplina, tomando conciencia de que era hijo de Italia y por las maneras tan prácticas de verme atraído hacia el bien y a sentir y vivir como hombre y como cristiano”. Se licenció como sargento y el día 10 de diciembre de 1902 retomaba sus estudios teológicos en el Seminario Romano, bajo la firme pero suave guía espiritual del padre redentorista Francesco Pitocchi, del que siempre conservó un gratísimo recuerdo: “En la sencilla celda del padre Francisco se respiraba el espíritu de San Alfonso Maria de Liguori, como si fuera un perfume embriagador. Desde los primeros años de nuestra formación eclesiástica, nos era muy familiar su vida y sus obras. ¡Qué gran santo es San Alfonso, que debe ser objeto de estudio y de veneración por parte de todo el clero italiano!”.

Grupo escultórico dedicado al Santo frente a su casa natal, donde aparece visitando a los lugareños.

En abril del año 1903 fue ordenado de subdiácono en la Basílica Lateranense por parte de Cardenal Vicario de Roma, Pietro Respighi, quién el 18 de diciembre, en el mismo lugar, le confirió el diaconado. Se doctoró en Sagrada Teología el día 13 de julio de 1904, estando como profesor en el tribunal que lo examinó, el profesor Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, a quien él mismo sucedería en la Cátedra de Pedro.

Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1904 en la iglesia romana de Santa Maria in Monte Santo, celebrando su primera misa al día siguiente sobre la tumba de San Pedro en las Grutas Vaticanas y siendo recibido en audiencia especial ese mismo día por el Papa San Pío X, a cuya canonización asistió cincuenta años más tarde como sucesor suyo en la sede patriarcal de Venecia.

El 15 de agosto, festividad de la Asunción de Nuestra Señora, cantó su primera misa en la parroquia de su pueblo, pero ese mismo otoño volvió a Roma a fin de seguir estudiando. Ya siendo Papa, en una de sus primeras encíclicas – Sacerdotii nostri primordia – escribirá: “Las primicias de Nuestro sacerdocio abundantemente acompañadas de purísimas alegrías, van para siempre unidas, en Nuestra memoria, a la profunda emoción que experimentamos el día 8 de enero de 1905, en la Basílica Vaticana, con motivo de la gloriosa beatificación de aquel humilde sacerdote de Francia que se llamó Juan María Bautista Vianney. Elevados Nos también pocos meses antes al sacerdocio, fuimos cautivados por la admirable figura sacerdotal que nuestro predecesor San Pío X, el antiguo párroco de Salzano, se consideraba tan feliz en proponer como modelo a todos los pastores de almas. Pasados ya tantos años, no podemos menos de revivir este recuerdo sin agradecer una vez más a Nuestro Divino Redentor, como una insigne gracia, el impulso espiritual así impreso, ya desde su comienzo, a Nuestra vida sacerdotal”.

El Santo -señalado con flecha roja- fotografiado cuando era secretario de Monseñor Tedeschi, obispo de Bérgamo.

Aquel mismo día de la beatificación de Juan María Bautista Vianney, se enteró del nombramiento como obispo de Bérgamo, de Monseñor Giacomo Radini Tedeschi, que era un hombre intransigente con quien ya se había encontrado anteriormente. Después de asistir a la ceremonia de su consagración en la Capilla Sextina, fue nombrado secretario particular del nuevo obispo de Bérgamo, por lo que tuvo que abandonar Roma para volver a su diócesis, donde durante diez años participaría en toda la actividad pastoral del obispo, yendo con él a los numerosos viajes que realizó por el extranjero.

Estando de secretario con Monseñor Radini Tedeschi, contactó con el Beato cardenal Andrea Carlo Ferrari, arzobispo de Milán y con el futuro Papa Pío XI, que entonces era el Prefecto de la Biblioteca Ambrosiana, atrayendo poderosamente su atención el imponente trabajo gráfico allí existente relativo a la visita apostólica que en el año 1575 había realizado San Carlos Borromeo a su diócesis de Bergamo. A la publicación de todo este material gráfico dedicaría los pocos momentos libres que le quedaban y que terminaría con la publicación de cinco volúmenes que aparecieron entre 1936 y 1958.

En noviembre de 1911 se inscribió como miembro externo de la Congregación Diocesana de los Sacerdotes del Sagrado Corazón, que había sido fundada dos años antes y en el verano de 1912 se dedicó a la redacción de una carta pastoral colectiva de todo el episcopado de Lombardía, que llevaría por título “El XVI centenario del Edicto de Milán y la libertad religiosa en las escuelas”, la cual disgustó al obispo de Cremona, Monseñor Geremia Bonomelli porque según él, esa carta pastoral no ayudaba a la conciliación entre la Iglesia Católica y el Estado Italiano.

Vista de una escultura moderna dedicada al Santo frente a una iglesia de Estambul (Turquía), donde trabajó un tiempo como delegado apostólico.

En agosto de 1914 murieron los obispos Bonomelli de Cremona y Radini Tedeschi de Bergamo; y el Papa San Pío X. Como Angelo Giuseppe Roncalli era sospechoso de ser demasiado moderno y fue apartado por el nuevo obispo, se dedicó a estudiar Historia, dedicándose de manera especial a escribir una biografía de Monseñor Tedeschi, que terminaría en el segundo aniversario de su muerte, el 22 de agosto de 1916. Entretanto estalló la Primera Guerra Mundial y el sargento Roncalli tuvo que volver al ejército, prestando servicio como capellán militar en los hospitales de Bérgamo, compaginándolo al mismo tiempo con la asistencia religiosa a los militares. Cuando terminó la Guerra abrió una casa para estudiantes en Bérgamo y el obispo le confió la dirección espiritual de los seminaristas de la diócesis. Pero eso duró sólo un año porque el Papa Benedicto XV lo nombró presidente nacional de la “Obra Pontificia de la Propagación de la Fe”.

Con esta nueva responsabilidad tuvo que viajar por toda Italia dando conferencias misionales e impulsando las actividades que el nuevo Papa Pío XI había confiado a dicha obra pontificia. De manera imprevista, el 3 de marzo de 1925 fue nombrado arzobispo titular de Areópolis con el encargo de visitador apostólico en Bulgaria, recibiendo la consagración episcopal el día 19 de marzo en la iglesia romana de San Carlos al Corso, por parte del cardenal Giovanni Tacci, que era el secretario de la Congregación para las Iglesias Orientales, bajo cuya jurisdicción estaban los pocos católicos existentes en Bulgaria.
En Sofía, el arzobispo Roncalli permaneció casi diez años estando en continuo contacto con el mundo ortodoxo y con las comunidades católicas balcánicas y eslavas, las cuales abrieron en su corazón los primeros horizontes de su inmensa actividad ecuménica.

En el año 1931 pasó de ser visitador apostólico a primer delegado apostólico en Bulgaria, lo que significó una recompensa por los grandes frutos que había conseguido gracias tanto a su actividad pastoral como a su actividad diplomática, siendo transferido a la delegación apostólica de Estambul en el mes de noviembre de 1934. Esta delegación apostólica abarcaba tanto los territorios de Turquía como los de Grecia y anexo a ella estaba la responsabilidad pastoral de administrador apostólico del Vicariato de Estambul de los Latinos, que estaba formada por una pequeña comunidad de católicos europeos de rito latino inmersos en un mundo islámico y ortodoxo.

Su vocación ecuménica la manifestaba siempre que podía y lo hacía con gestos muy significativos como por ejemplo la eliminación del “Filioque”, que estaba escrito con letras grandes en la entrada de la delegación apostólica y que era causa de una de las grandes polémicas existentes entre las comunidades católicas y ortodoxas. Asimismo, introdujo la utilización del turco en algunas celebraciones litúrgicas y la catequesis dominical de tipo parroquial en la catedral latina de Estambul. Visitó numerosos monasterios ortodoxos en Grecia y en la Anatolia turca, peregrinando también a algunos lugares famosos de los primeros siglos del cristianismo, como Esmirna, Éfeso, Patras, Nicea, Corinto, etc., entrevistándose con importantes jerarcas ortodoxos, abriendo así las puertas a nuevos contactos fraternos entre Oriente y Occidente. Este sería posteriormente uno de los principales objetivos de su pontificado.

Fotografía de los padres del Santo poco antes de su fallecimiento, que aconteció mientras él estaba de delegado apostólico.

Mientras estaba en Estambul murió su padre (en 1936), el Papa Pío XI y su madre (en 1939) y poco tiempo después se declaraba la Segunda Guerra Mundial. En el verano de 1941 visitó Grecia – que estaba ocupada por las tropas italianas – y se encontró con el arzobispo ortodoxo de Atenas, Damaskinos. El día anterior a la Navidad de 1944 tuvo que abandonar definitivamente Estambul porque de manera imprevista, el Papa Pío XII lo nombró nuncio apostólico en Francia, llegando a París el 30 de diciembre, presentando sus credenciales ante el general De Gaulle y consiguiendo así el derecho al título de decano del cuerpo diplomático.
La situación religiosa en Francia, que estaba inmersa en plena guerra, era muy compleja, presentaba numerosos y delicados problemas que él siempre solucionaba con las dotes que tenía de simpatía, diplomacia y humanidad. Obtuvo del gobierno francés que solo se redujesen a tres, los treinta obispos que fueron obligados a dimitir como consecuencia de su colaboración con el gobierno filonazi del general Pétain.

En septiembre del año 1945 visitó a los prisioneros alemanes en el campo de confinamiento de Chartres. Estos prisioneros, muchos de los cuales lo eran sólo por el hecho de ser alemanes, eran asistidos por el generoso y heroico capellán Franz Stock, con el cual cooperó en la organización de cursos de teología a impartir entre los seminaristas alemanes que allí estaban encerrados.

Esta experiencia francesa fue determinante para su definitiva formación pastoral. Después el impacto con el mundo oriental – ortodoxo y musulmán – de su trabajo intenso en Estambul, salvando de una muerte segura a miles de judíos, a los que facilitaba partidas de bautismo que les servían de pasaportes para no ser deportados a campos de concentración nazis, ahora se encontraba que una nación profundamente cristiana estaba marcada por las terribles heridas morales y materiales de una guerra que, además, llevaba abocada a la sociedad a una segura secularización.

El Santo, como cardenal Roncalli, junto al papa Pío XII.

Los obispos más previsores, empezando por el cardenal Emmanuel Célestin Suhard, arzobispo de París, ya se referían a Francia llamándola “tierra de misión” y comenzaron a surgir experiencias pastorales nuevas como las de los sacerdotes obreros, el replanteamiento de los teólogos de retornar a las fuentes bíblicas y patrísticas y la experiencia del jesuita Teilhard de Chardin que buscaba nuevas vías mediante los estudios paleontológicos para reconciliar la ciencia y la fe. Todo esto era visto como sospechoso por Roma y el propio nuncio, que casi nunca era consultado ni por unos ni por otros, no siempre sabía cómo resolver las dificultades planteadas por ambas partes. Esta experiencia fue providencial para el cardenal Roncalli y lo preparó para llevar a cabo la mayor obra de su pontificado: el Concilio Vaticano II.

A finales del año 1952 se supo que el Papa Pío XII tenía previsto incluirlo en la lista de los cardenales de próxima creación, destinándolo a la sede patriarcal de Venecia que estaba vacante por la muerte del cardenal patriarca Carlo Agostini. El consistorio se celebró el día 12 de enero de 1953 y Roncalli fue creado cardenal con el título de Santa Prisca. Tomo posesión del patriarcado de Venecia el domingo 15 de marzo conquistándose inmediatamente la simpatía de todos los venecianos. Como el mismo escribe: “Es interesante que la Providencia me recondujera a mi verdadera vocación sacerdotal, encontrándome yo ahora en pleno ministerio pastoral. Es verdad que yo siempre pensé que para un eclesiástico, la diplomacia – por llamarla así – tiene que estar impregnada de un espíritu pastoral y que para nada cuenta el hacer el ridículo si la misión a desarrollar es santa”.

Durante su estancia en Venecia es destacable el trato distendido que tuvo con el partido socialista en el año 1957, que era preludio de lo que posteriormente sería un nuevo clima en el trato entre católicos y marxistas. En el plano estrictamente religioso vale la pena destacar su intervención en el Congreso eucarístico nacional de Turín en 1953, en el de Lecce tres años más tarde, la celebración del V Centenario de la muerte de San Lorenzo Giustiniani, el XXXI sínodo diocesano del año 1957 y la misión pontificia a Lourdes en el 1958 donde fue en representación del Papa Pío XII con ocasión de la celebración del I Centenario de la aparición de la Virgen a Santa Bernardita Soubirous, inaugurando la impresionante basílica subterránea dedicada a San Pío X.

Antonio Barrero

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La autenticidad de las reliquias de Santa Brígida y Santa Juana de Arco

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Detalle del rostro de Santa Brígida en una tabla gótica del siglo XV. Iglesia de Salem, Södermanland (Suecia).

Santa Brígida de Suecia
Según publicó Science Daily, el 17 de febrero del año 2010, el cráneo de Santa Brígida de Suecia que se conserva en la Abadía de Vadstena (Suecia), probablemente no es auténtico. Science Daily es una web que publica artículos científicos de actualidad, seleccionados a partir de los comunicados presentados por las universidades y otras instituciones de investigación. Un nuevo estudio realizado en la Universidad de Uppsala revela que los dos cráneos, que se creen de Santa Brígida y de su hija, Santa Catalina de Suecia, no pertenecen a dos personas que estén relacionadas por vía materna. Por otra parte, la datación realizada muestra que los cráneos no pertenecen al período en el que estas dos santas vivieron.

La parroquia de Vadstena asignó al grupo de investigación de la profesora Marie Allen del Departamento de Genética y Patología de la Universidad de Uppsala, la tarea de examinar el ADN de los dos cráneos, con el fin de confirmar el parentesco y la autenticidad. Para analizar los cráneos se utilizó un método sensible basado en el análisis del ADN mitocondrial de herencia materna. Este método hace que sea posible examinar cantidades muy pequeñas de ADN, y es a menudo un análisis exitoso de cualquier material aunque esté envejecido y degradado.

Aunque aun no hemos escrito sobre ella, cosa que haremos pronto, todos sabemos que Santa Brígida de Suecia vivió entre 1303 y 1373 y fue canonizada en el año 1391. En el año 1999, el beato Papa Juan Pablo II, la declaró como uno de los santos patronos de Europa.

Según la tradición, los cráneos de Santa Brígida y de su hija Santa Catalina (1331-1381) se han conservado en la Abadía de Vadstena, situadoa en el centro de Suecia. Santa Brígida fue famosa por sus revelaciones, profecías y peregrinaciones. Después de su muerte, sus restos fueron trasladados desde Roma a Vadstena, donde fueron colocados en una urna en el año 1381. A través de los años, pequeñas trozos de las reliquias fueron donados a diversas iglesias, monasterios, reyes y papas. Actualmente, el santuario de Vadstena contiene dos calaveras, así como veintitrés huesos. Entre ellos, un fémur que se atribuye a Santa Brígida. Un tercer cráneo que fue robado de Vadsrena en 1645, se encuentra ahora en una abadía en Holanda.

Vista de los presuntos cráneos de las Santas conservados en Vadstena, Suecia.

Un estudio antropológico y arqueológico de la década de 1950 llegó a la conclusión de que los dos cráneos que permanecen en Vadstena probablemente son de dos mujeres, de edades comprendidas entre 60-70 años y entre 50-55 años, respectivamente. Esto se corresponde bien con la teoría de que los cráneos podrían ser de Santa Brígida y de su hija.

Los científicos de Uppsala analizaron pequeñas piezas de los cráneos y concluyeron, mediante la realización de un análisis de ADN nuclear, que los dos cráneos son de sexo femenino. Por otra parte, una relación maternal puede excluirse mediante análisis de ADN mitocondrial. Hubo indicios de una diferencia en la preservación del ADN, lo que podría ser debido a la diferencia de edad entre los cráneos. El laboratorio del profesor Göran Possnert de la Universidad de Uppsala realizó pruebas adicionales, con la tecnología más avanzada de datación por radiocarbono (C-14). Los resultados también confirmaron los datos obtenidos por la realización del análisis de ADN nuclear.

Vista de la urna con las presuntas reliquias de las Santas. Abadía de Vadstena, Suecia.

Uno de los dos cráneos no puede atribuirse a Santa Brígida o a Santa Catalina, ya que pertenecen a un período de tiempo que va desde el 1470 al 1670. El otro está datado en una franja temporal del 1215 al 1270, por lo que si Santa Brígida vivió en el siglo XIV, tampoco puede ser suyo. Si la dieta de la santa hubiera sido exclusivamente de peces, estos podrían cambiar los resultados de la datación, pero según el profesor Göran Possnert, esto es muy poco probable, ya que lo lógico es que la dieta de la santa fuera variada.

Según las conclusiones de la profesora Marie Allen, los resultados de ambos métodos analíticos se apoyan mutuamente. Los análisis de ADN demuestran se hay que excluir la relación entre madre e hija y la datación por el método del radiocarbono da una diferencia de por lo menos doscientos años entre los dos cráneos. En consecuencia, como poco, hay que poner en entredicho la autenticidad de la reliquia.

Imagen de la Santa venerada en la catedral de Reims, Francia.

Santa Juana de Arco
Los análisis realizados a las denominadas “reliquias de Santa Juana de Arco”, fueron supervisadas por el arzobispo de Tours, quién determinó que no se tratan de restos carbonizados de una persona. Al contrario, estos restos óseos pertenecen a un hueso de un gato momificado y a una costilla humana, datadas entre los siglos VI y III antes de Cristo. Estas presuntas reliquias han tenido engañados durante decenios a numerosos fieles, pues al parecer huesos quemados, fueron atribuidos a Santa Juana de Arco (1412-1431), quién como se sabe murió quemada en la hoguera al ser declarada culpable de herejía.

Este amplio estudio fue realizado por un equipo pluridisciplinar compuesto por algunos médicos forenses, patólogos, genetistas, bioquímicos, un radiólogo, un zoólogo y un arqueólogo, cuyo resultado fue publicado por la revista Forensic Science Internacional y aceptado por la Iglesia. El frasco que contenía los huesos apareció por primera vez en el año 1867 en una farmacia y en su etiqueta se leía: “Estos son los restos encontrados bajo la pira de Juana de Arco, Doncella de Orleáns”.

En los análisis realizados a los restos del mencionado frasco se han utilizado diferentes técnicas, incluyéndose los análisis de ADN, microscopía, analítica química y datación por radiocarbono. Fue el equipo de investigación dirigido por el profesor Philippe Charlier, científico forense del Hospital Raymond Poincaré en Garches (Francia), quién determinó que el frasco contenía una costilla humana de aproximadamente cuatro pulgadas de largo cubierta de una capa de color negro. También se identificó parte de un fémur de un gato cubierto por el mismo revestimiento, tres fragmentos de carbón y un trozo textil de color parduzco, de la misma longitud que la costilla.

El profesor Charlier manifestó que algunos historiadores especularon entonces que un gato, tal vez simbolizando al demonio, fue arrojado a la pira funeraria de Juana de Arco, pero esto no pudo sostenerse porque mediante la datación del radiocarbono se pudo comprobar que estos restos son varios siglos anteriores a la muerte de la santa heroína francesa. El fragmento textil fue probablemente parte de la envoltura de la momia del gato, ya que la composición química de los recubrimientos fue comparable con la de los productos utilizados en el embalsamamiento por los antiguos egipcios. Este recubrimiento oscuro contenía una mezcla de betún, resinas de madera, yeso y otros productos químicos. Probablemente la resina fuera de pino, usada por los egipcios para embalsamar, porque también había trazas de polen de pino.

Vista de las ampollas que contenían las presuntas reliquias de las Santa (huesos y cenizas), que han resultado corresponder a la momia egipcia de un gato.

Los investigadores creen que los restos fueron almacenados por primera vez como una verdadera momia, pues en las farmacias medievales se usaban parte de estas como remedios medicinales; por ejemplo, una “compresa” para detener una hemorragia nasal, se hacía con restos de una momia y un jugo de hierbas medicinales.

Habría que preguntarse por qué existiría un cierto interés en fabricar una falsificación de restos de Santa Juana de Arco en pleno siglo XIX. Posiblemente este interés estuvo en algún político o facción política que para sus intereses quiso aprovecharse del legado de la santa. ¿O pudo tratarse de una broma por parte de algún estudiante de medicina o de farmacia? Fuera cual fuere la intención de quién lo hizo, la arqueóloga Anastasia Tsaliki, de la Universidad de Durham calificó a estos estudios como “un proyecto fascinante” porque permitía demostrar cómo la paleopatología se podía utilizar para dar información precisa sobre lo que se tiene como historia. Este frasco con los “presuntos” restos de Santa Juana de Arco, se conserva actualmente en el Museo de Arte e Historia en Chinón (Francia).

He querido en este pequeño artículo tratar sobre estos dos temas para demostrar que si se quiere, cuando hay dudas sobre la autenticidad de los restos de un santo, existen métodos científicos modernos como para determinarlo. Solo es necesario que la jerarquía eclesiástica correspondiente, así lo desee.

Antonio Barrero

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La teología de San Juan Evangelista

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Icono ortodoxo ruso del Santo, obra de Simon Ushakov (1673).

A fin de ser capaz de escribir un artículo sobre la teología de Juan el Evangelista, debería haber leído al menos una pequeña parte de la inmensa literatura teológica escrita acerca de este hombre maravilloso, tradicionalmente conocido como el discípulo amado, el teólogo del amor o más popularmente, San Juan el Teólogo. Antes de seguir, debo confesar que no he leído mucho acerca de este santo apóstol, salvo el Cuarto Evangelio, las tres Epístolas y el Apocalipsis así como algunas introducciones a los libros bíblicos, algunos comentarios generales al Nuevo Testamento, algunos artículos enciclopédicos y otros cuantos artículos sobre el tema. Debo añadir también que he leído la vida de San Juan Evangelista, tal y como aparece en las colecciones de las vidas de los santos según la tradición ortodoxa. Todo esto significa que este artículo no puede pretender ser más que un simple ensayo.

Debo decir algo especial al mencionar su nombre: en la Iglesia Oriental no hay tantos santos que lleven el título de “el Teólogo”. De hecho, sólo hay tres ejemplos: este Juan, tradicionalmente el autor de los libros bíblicos citados, San Gregorio Nacianceno (329-390), arzobispo emérito de Constantinopla durante el segundo Concilio Ecuménico (381) y autor de la conocida obra “Cinco discursos teológicos” contra los arrianos y San Simeón “El Nuevo Teólogo” (949-1022), un monje del famoso monasterio Stoudion en Constantinopla. Hay que señalar que el primero, San Juan apóstol, fue inicialmente nominado como “Nuevo Teólogo” sólo en son de burla por su estilo de escritura y por su misticismo, cosas que no estaban muy bien vistas en su época.

Es común en estos tres teólogos de la Iglesia, su conexión especial con la Persona y la actividad de Nuestro Señor Jesucristo. San Juan escribió excepcionalmente acerca del Dios del amor, que se ha encarnado y vino al mundo con el fin de salvar a sus queridos seres humanos de la muerte y de la corrupción. Gregorio llegó a Constantinopla como el obispo más simbólico de la comunidad de Nicea, que convocaba a todos a una sola reunión como grupo en la capilla de la Anástasis, incluidos todos los demás cristianos de la ciudad (arrianos) que negaban a Jesucristo como Dios, Consustancial con el Padre. Dice la tradición que Gregorio habló de Jesucristo de tal manera, que al final de su apostolado (¡que duró alrededor de unos tres años!), no permaneció en la comunidad de Constantinopla ni un solo arriano, ya que aceptaron la verdad de la fe ortodoxa, que prevaleció después del Segundo Concilio Ecuménico. San Simeón escribió algunos tratados sobre la luz divina y, en contra de la tendencia racionalista de su época, promovió un Jesús de los corazones, en vez de hablar de manera filosófica acerca de la “Divina Palabra de la Vida”.

Juan reclinando su cabeza en el pecho de Jesús. Icono ortodoxo griego.

Pero sigamos centrados en Juan, “uno de los discípulos, al cual Jesús amaba” (Juan 13,23). Hoy en día también hay muchas dudas sobre el hecho de que este discípulo sea la misma persona a quién se pueda atribuir la autoría del Evangelio que tradicionalmente ha llevado su nombre. Es un hecho real el que los manuscritos griegos originales atestiguan el evangelio como “según Juan”, pero no dicen nada acerca de su cualidad (discípulo, apóstol, presbítero, etc. Esto ha hecho que algunos exégetas modernos duden de que este sea el apóstol Juan, hijo de Zebedeo. El número de los argumentos de esta duda crece cada año, pero no tengo la intención de hacer que este sea el tema de mi trabajo, pues sobre esto ya se publicó un artículo en este mismo blog el día 10 de junio de este mismo año.

Las dudas son aún mayores en lo que se refiere a las Epístolas, pero su paternidad sobre el Apocalipsis está casi generalmente negada en las Iglesias occidentales, sobre todo en los círculos escolásticos. En esta situación, es difícil quedarse con algo del único discípulo que asistió a la crucifixión de su Maestro (Juan 19,26: él es una vez más nominado como “el discípulo a quien amaba”) y probablemente el único que asistió a su entierro. También uno de los primeros que, junto con Pedro, vieron la tumba vacía (Juan 20, 2: aquí él es “el otro discípulo, a quien Jesús amaba”, Juan 20,8). Pero yo no comparto esta opinión, debido a algunas razones que pueden parecer subjetivas.

El Evangelio
El autor del Cuarto Evangelio, escribió un prólogo muy conocido, que comienza con las palabras: “En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas fueron hechas por él y sin él nada fue hecho”, un paralelo increíble con el libro del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra…”(Génesis 1,1). Hecha la materia, el autor del Evangelio vuelve a reescribir el Génesis o, mejor dicho, completa el texto en la forma en la que los rabinos judíos solían escribir los comentarios conocidos como Midrashim y Targumim. El Cuarto Evangelio tiene la intención de decir, desde el principio, que Jesucristo no sólo es el Mesías esperado, sino la Palabra de Dios, Consustancial con Dios y a-temporal, a-espacial como Su Padre, el Todopoderoso. La Palabra de Dios es Aquel en quien estaba la “vida”, y esta vida es “la luz de los hombres” (1, 4), que “brilla en las tinieblas”, imposible de ser ahogada en la oscuridad (1,5) y que “es la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo”(1,9).

Vista del papiro Bodmer 66 (ca. 200 d.C) hallado en Egipto, escrito en griego, contiene el Evangelio de San Juan. Museo Cologny de Ginebra, Suiza.

Esta compleja descripción del Logos Divino, más allá de todo lo creado, pero no extraño a ellos, nos revela a un profundo teólogo que conocía a fondo lo que significaba para él y para toda la humanidad el conocimiento de Dios, el conocimiento más allá de la razón. Me pregunto quién podría entender perfectamente la profundidad de Dios -que él mismo se revela al mundo como una luz en el interior de cada ser humano- si no es “el discípulo a quien Jesús amaba”, con quien Jesús podría haber compartido una enseñanza tan misteriosa de un Dios loco que decidió morir por los seres humanos.

Aunque probablemente, al menos al principio, no eran tantos, el autor del Evangelio es uno de los que le recibieron, como la Palabra divina “que a todos los que la recibieron les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino nacidos de Dios”(Juan 1,12-13).

Para el “hipotético Juan Evangelista” -que podría haber sido al menos el autor de este tratado teológico fantástico, que es también conocido como “el Prólogo de Juan”-, a los que creen en la misión de la Palabra divina, que “fue hecha carne y habitó entre nosotros […] lleno de gracia y de verdad”(Juan 1,14), ¿Dios puede habitar en medio de sus criaturas, si no es por amor? Estos creyentes locos en el Dios crucificado no nacieron como algo natural, sino como seres sobrenaturales, destinados a convertirse en hijos de Dios.

El Dios de Juan el Evangelista, que ofrece su carne para ser comida y su sangre para ser bebida, de hecho debía estar loco, porque le dice a un auditorio conservador que “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”(Juan 6,53), y lo hace, hablando del futuro Sacramento de la Sagrada Eucaristía, una posibilidad milagrosa de compartir, tanto entonces como ahora, la divinidad de una manera tan profunda.

Jesús resucita a la hija de Jairo. Juan, que aparece como un joven imberbe en el marco de la puerta, fue de los pocos testigos del milagro. Lienzo de Vasiliy Polenov (1871).

El Dios de Juan el Evangelista llora cuando sus seres queridos se están muriendo, incluso aun conociendo el hecho de que la resurrección vendrá pronto. Él sabe lo que significa oír hablar de un amigo (Lázaro) que murió (Juan, 11, 35: “Y Jesús lloró”), imagen que es maravillosamente completada con la actitud de Jesús ante la muerte de un hijo (Lucas 7,11-17) o una hija (Mateo 9, 18-26; Marcos y Lucas 5, 21-43 y 8, 40-56).

El Jesús de Juan el evangelista es el que acepta – por amor – el profundo arrepentimiento de la mujer pecadora que ungió los pies del Maestro (Juan 12,3), sin siquiera saber (ella) que ella estaba profetizando la muerte súbita del Divino Logos.

Juan menciona, no sólo una sino muchas veces, que Jesús es la encarnación del Amor divino. Después de la Resurrección, Jesús pregunta tres veces a su discípulo Pedro si lo ama, y Pedro le responde positivamente. Después de haber sido instado a seguir a su maestro, Pedro “girando alrededor, ve al discípulo a quien amaba Jesús, el que también se apoyó en su pecho en la cena…” y le preguntó si a él le pasaría lo que a éste y Jesús le dio una respuesta clara: “Si quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Sígueme.” (Juan 21, 20-22). Al final, el autor del Evangelio se revela de forma muy misteriosa como el discípulo: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.” (Juan, 21,24).

El actor búlgaro Christo Jivkov y la actriz rumana Maia Morgenstern interpretan los papeles de Juan y María en la película “La Pasión” (2004) de Mel Gibson.

Las Epístolas
Las tres epístolas de Juan están escritas en la misma forma que el Evangelio y con el mismo tema, es decir, presentar a Jesucristo como Dios y el Amor encarnado en el mundo, el que permanece entre nosotros, si respetamos el mandamiento de amarnos los unos a los otros. El prólogo de la primera epístola nos asombra por su similitud con la del Evangelio: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos, de la Palabra de vida, porque la vida fue manifestada, y la hemos visto…”(1 Juan 1,1-2). La misma oposición entre la luz y la oscuridad como en el Evangelio se presenta aquí aún más fuerte: “Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna” y “si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado “(versículos 5 y 7). La importancia de la comunión eucarística aparece aquí como en el Evangelio.

Una vez más, el Evangelio muestra que el mundo no le conoció (Juan 1,10) y la misma idea se sigue en la Primera Epístola (1 Juan 3,1). Hay algunas otras ideas similares, como lo opuesto a Dios, como los hijos del diablo y los seguidores del anticristo (Evangelio 8, 37-45: Primera Epístola 2, 16-18; Segunda Epístola 1,7, Tercera Epístola 1, 11), la importancia del amor entre los hermanos (Evangelio y Primera Epístola 3,14), después, el mandamiento del amor (Evangelio 13, 34-35 y 15, 12-13; Primera Epístola 3, 16,23; Segunda Epístola 1,6); el deseo de permanecer en el Señor, como el único camino en el que el Señor permanece en nosotros (Evangelio 15,4; Primera Epístola 3,24). Conocemos a Dios como Amor y Luz, que murió por nosotros y que permanece en nosotros (Evangelio 15,7; Primera Epístola 4,10) y Juan nos dice que nadie ha visto a Dios (Evangelio 1, 18; Primera Epístola 4,12). Resumiendo: mensajes muy parecidos.

El Santo desterrado en la isla de Patmos, recibiendo la revelación del Apocalipsis mientras su ayudante Procopio lo redacta. Icono bizantino, museo de Novgorod (Rusia).

El Apocalipsis
En lo que se refiere al Apocalipsis, el fin del libro es claramente diferente al del Evangelio y las Epístolas. La diferencia de estilo, de ideas e incluso de léxicos es bastante normal. Un libro profético utilizaría imágenes y situaciones de una manera bastante nueva, así que si tratamos de hacer un paralelismo con el Evangelio, entonces veremos más diferencias que similitudes. Una de las importantes “señales” de que el Juan del Apocalipsis puede ser otro Juan, es el hecho de que él no se llama a sí mismo como “apóstol”, “discípulo” o “evangelista”, sino “Yo, Juan, vuestro hermano, y compañero en la tribulación….” (Ap. 1, 9). En contraste con esto, me gustaría dar fe del – ideacional, que no léxico – paralelismo entre el prólogo de la Primera Epístola, antes citada, y el del Apocalipsis: “… [Juan], quien confesó la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto“(Ap. 1, 2). El Hijo del Hombre, la alusión al libro profético de Daniel, está siempre rodeado de una luz, casi imperceptible tanto en el Apocalipsis (1, 14 y 16), como en el Evangelio, y más aún, en la Primera Epístola. Todo el libro del Apocalipsis se presenta como una batalla entre los seres (no tantos) que confiesan al Señor y luchan a su lado contra las fuerzas del mal, el anticristo, la bestia/dragón y el mismo diablo, cosa que también es muy familiar en el Evangelio, pero especialmente en las Epístolas.

Un moderno especialista alemán, en sus notas de Estudios del Nuevo Testamento en el “Einleitung in das Neue Testament” (5 ª ed., Vandehoek, Göttingen, 2005, 617 pp), dice que el autor del Apocalipsis tiene dos fuentes principales, a saber: los libros del Antiguo Testamento (especialmente los Profetas y los Salmos) y la liturgia, ya que este Juan hace muchas alusiones a domingos, altar, los rituales, la Eucaristía, textos compuestos en los himnos antifónicos, doxologías, trisagios “Axios”-aclamaciones y oraciones de agradecimiento. Pero aún más importante que las fuentes utilizadas por el autor, es el hecho de que todo trata acerca del Reino de Dios que está a punto de llegar, un concepto que también está presente en el Evangelio de Juan: dos veces en relación con la misión de Juan el Bautista (3, 3; 3,5) y una vez en relación a la Pasión de Jesús (18,36).

“La apertura del quinto sello” (1608-1614), lienzo de Domenikos Theotokopoulos “El Greco”. Metropolitan Museum of Art, Nueva York (EEUU).

La imagen tantas veces invocada del Cordero en el Apocalipsis está presente en la confesión del mismísimo Bautista acerca de Jesús (1,36), con la mención especial de que el Evangelio utiliza para este cuadro la palabra “amnos”, sinónimo de “arneion”, tal como aparece en el Apocalipsis y que se utiliza también como un signo de la paternidad diferente de las dos obras. De todos modos el Cordero, como algo que se ofrece por el bien del mundo, es una imagen común del Evangelio y del libro profético. La idea del amor fraternal, omnipresente en el Evangelio y en las Epístolas, marca un paralelismo con la idea de la comunión fraterna en la Iglesia, en el Apocalipsis (2, 20; 7, 3; 19, 2.5; 22, 3).

Una cosa más que me gustaría tener en cuenta sobre el Apocalipsis: Si el Evangelio está destinado a marcar un paralelismo con el Génesis, el Apocalipsis termina de la misma manera, la presentación de la Nueva Jerusalén como el nuevo paraíso del Señor, de la que no pueden faltar los elementos especiales: el río maravilloso (Ap. 22, 1. cf Gn. 2,10), los árboles (entre ellos, el Árbol de la Vida, Ap. 21,23 y 22,2, cf Gn. 2,9), las piedras preciosas (Ap. 21,13.19. – 21 cf. Gn. 2,11), los hombres como reyes (Ap. 21, 24 cf. Gn. 2,8.19), la presencia de Dios (Ap. 21,24, cf. Gn. 3,8), los querubines (Ap. 21, 12 cf. Gn. 3,.24), la paz y la inocencia (Ap. 21,1-6, cf. Gn. 2, 13), etc.

Teología del Amor divino
Las ideas teológicas del libro del Apocalipsis necesitarían otro artículo. Yo diría, como dicen los comentaristas occidentales modernos, que hay tantas diferencias entre este libro y el Evangelio, como similitudes. Depende de qué posición tomaría cualquiera de nosotros. Yo prefiero la posición tradicional, según la cual, los dos libros son de Juan. Me gustaría ver positivamente las diferencias entre ellos, que son gratuitas y causadas por una intención suya diferente y por el tipo de comunicación. Sin pretender decir que estoy en lo cierto, yo diría que lo mejor que estos libros hacen es dar una imagen original de Juan el Apóstol, un hombre muy interesado en lo que significa el amor divino, ¿cómo podemos nosotros, los mortales, acceder al amor divino y a la luz que, normalmente, se encuentra más allá de nuestro poder de conocimiento? Un apóstol interesado en cómo el mundo fue creado y cómo iba a terminar, que tenía una imagen redonda del Cosmos siendo restaurado al final en una forma aún más gloriosa de como lo fue creado en el principio. Un apóstol interesado sobre cómo fue posible que el Verbo divino se hizo hombre, sufrió y murió por nosotros, pero que también resucitó y reina en su reino, esperando a que lo siguiéramos.

El apóstol ha observado este modo de espera como activo: Dios comparte con nosotros a sí mismo, en su propia carne y sangre, a fin de que para nosotros sea accesible la fuente del agua viva. El mismo Dios nos ama y espera de nosotros el mismo amor, que no sólo debe dirigirse a él, sino a todos los seres vivientes. Por eso, este hombre no puede ser otro que el apóstol del amor: Juan, el hijo del Trueno.

Mitrut Popoiu

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