La Cuaresma, un tiempo de gracia

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Cristo en el desierto", óleo de Ivan Kramskoi (1872). Galería Tretyakov, Moscú (Rusia).

“Cristo en el desierto”, óleo de Ivan Kramskoi (1872). Galería Tretyakov, Moscú (Rusia).

Es bien conocido por todos que la Cuaresma es un tiempo litúrgico muy importante que nos sirve a los cristianos de preparación próxima para el Triduo Pascual. Se trata de cuarenta días, cinco semanas y pico, en el que tenemos la gran oportunidad de revisarnos, volver la cara a Dios y disponernos al nuevo renacer pascual de la gran Vigilia del Domingo de Resurrección.

Sobre la duración exacta del período cuaresmal a veces hay confusiones. Comienza exactamente el Miércoles de Ceniza, y termina el Jueves Santo por la mañana, momento en el que suele celebrarse habitualmente la llamada Misa Crismal (donde se bendicen los santos óleos). Si alguno cuenta los días verá que le salen cuarenta y cinco, y es que a éstos hay que descontarles los cinco domingos de cuaresma, que no son días penitenciales y están exentos del rigor cuaresmal. Los cristianos orientales consideran que tampoco el sábado es día penitencial, por lo que su cuaresma dura unas ocho semanas.

Sobre cuando comenzó a celebrarse la Cuaresma hay discusiones. Hay que considerar que en los primeros siglos del cristianismo, los catecúmenos que iban a bautizarse en la Noche Pascual, tenían unos días preparatorios con similares prácticas ascéticas a las que ahora entendemos por cuaresmales, pero como los ya bautizados no las seguían, sería osado decir que era propiamente una Cuaresma como la entendemos hoy. Lo que sí sabemos es que a principios del siglo IV era ya algo medianamente establecido, porque Eusebio de Cesárea la menciona de pasada, pero con un significado y unas características similares a nuestra práctica eclesial actual [1]. Hay que entender, que en estos siglos, como ocurre también con otros temas litúrgicos, la duración y ascesis variaba según las distintas iglesias particulares.

Se considera que más o menos sobre el siglo X, la Cuaresma estaba ya fijada más o menos tal y como la Iglesia la vive hoy día, aunque hay que anotar que se ha mitigado mucho en los últimos siglos la abstinencia de comer carne debido a sucesivos indultos de la Santa Sede.

Cristo y los apóstoles, de Francesco Grigiotti. Página del Misal de Cuaresma y Semana Santa del Papa Urbano VIII (1635). Biblioteca Nacional de España. Fuente: http://www.bne.es/

Cristo y los apóstoles, de Francesco Grigiotti. Página del Misal de Cuaresma y Semana Santa del Papa Urbano VIII (1635). Biblioteca Nacional de España. Fuente: http://www.bne.es/

El significado del número cuarenta
Hay números en la Biblia que se repiten numerosas veces. Destacan tres, siete, doce, setenta… Pero si uno es subrayado una y otra vez hasta la saciedad en infinidad de pasajes, ése es el número cuarenta. Ya sabemos que los números es la Biblia están cargados de un gran simbolismo, y el número cuarenta no podía ser diferente del resto. Expresa sobre todo un “período de cambio” en la vida del personaje protagonista o del grupo implicado, bien se exprese en años, bien en días. Si se trata de años, es el cambio de una generación a otra, si es días, la duración necesaria para pasar de una vida a otra, la duración de una profunda renovación. Así, si analizamos los pasajes bíblicos donde este número aparece, nos daremos cuenta que en todos ellos hay una ruptura de la vida anterior a otra nueva, distinta, generalmente más cerca del Señor, más en comunión con Él. Nos haría falta un libro para mencionar solamente las veces que aparece este número en la Sagrada Escritura. Apuntaremos aquí las más destacadas en la historia de la salvación:

– La duración del Diluvio es de cuarenta días y cuarenta noches. Noé, tras cesar la lluvia, tarda cuarenta días en ver tierra seca (Gen. 7, 4ss). La purificación del Diluvio recrea una Nueva Creación, un nuevo comienzo.
– Cuarenta días tardó el cuerpo de Jacob en ser embalsamado (Gen. 50, 3).
– El Pueblo de Israel vagó por el desierto cuarenta años (aparece varias veces en Éxodo y Números, por ejemplo Ex. 16, 35).
Moisés estuvo en el monte Sinaí cuarenta días con sus noches (Ex. 24, 18).
– Los espías enviados por Moisés recorren la tierra prometida en cuarenta días (Num. 13, 25).
– El tiempo que juzgaron Débora y Gedeón fue de cuarenta años (Jue. 5, 31 y 8, 28).
– Antes de Sansón, los israelitas estuvieron sometidos a los filisteos durante cuarenta años (Jue. 13, 1).
– Durante cuarenta días Goliat desafió a los israelitas hasta su muerte a manos de David (1 Sam. 17, 16).
– David, Salomón y Joás reinaron cuarenta años (2 Sam. 5, 4; 1 Re. 11, 42 y 2 Re. 12, 2).
– Elías camina cuarenta días con sus noches hasta el Horeb (1 Re. 19, 8).
– Durante cuarenta días los ninivitas hicieron penitencia y Dios les perdonó (Jon. 3, 4).
– Jesús estuvo en el desierto, antes de su vida pública, durante cuarenta días (Mc. 1, 13).
– El período entre la Resurrección de Jesús y su Ascensión fue de cuarenta días (Hch. 1, 3).

En otros pasajes más aparece este número tan especial, pero sobran estos anteriores para ir entendiendo su significado. Como vemos, la Iglesia no en vano eligió este número para el camino penitencial de preparación para la Pascua. Estamos llamados a recorrer estos días a imitación del Pueblo de Israel, de Elías y de Jesús. Un período de desierto que nos alcanzará, si nos dejamos penetrar por su sentir teológico, la Tierra prometida, el Horeb, la Pascua.

Misal con la misa para el primer domingo de Cuaresma (1635). Biblioteca Capitular de Toledo, España. Fuente: http://www.bne.es/

Misal con la misa para el primer domingo de Cuaresma (1635). Biblioteca Capitular de Toledo, España. Fuente: http://www.bne.es/

Ayuno, oración, limosna
Tres son las prácticas cuaresmales que nos propone la Iglesia a fin de ir caminando con provecho en este tiempo. Se trata del ayuno, la oración y la limosna. No las saca la Iglesia de la manga, sino que están fundadas en las mismas palabras de Mt. 6, 1-6. 16-18. En este pasaje, Jesús enseña a sus discípulos cómo han de realizar estas prácticas a fin de alcanzar la verdadera recompensa de Dios y no la de los hombres.

El ayuno y la abstinencia. El ayuno consiste en limitarse a tomar una comida fuerte al día, y la abstinencia es no comer carne. El derecho canónico [2] obliga al ayuno a partir de los 18 hasta los 59 años y la abstinencia es no comer carne y obliga a los mayores de catorce años. El día de ayuno y abstinencia en este tiempo litúrgico es el Miércoles de Ceniza y de abstinencia, los viernes de Cuaresma (¡ojo!, aunque el Viernes Santo es también día de ayuno y abstinencia no pertenece a la Cuaresma). Su sentido es ascético y penitencial, a imitación del ayuno de Jesús en el desierto, de Elías, de los ninivitas, de los israelitas en el Sinaí. Pero no tiene sentido, por ejemplo, ser fidelísimo en la abstinencia de carne pero, en sustitución, comer otros productos de excesivo precio. Las Conferencias Episcopales pueden, si lo consideran oportuno, sustituir la carne por otro alimento. Hoy en día parece que esta práctica penitencial está en desuso en algunos lugares, pero no hay que olvidar que es el cuarto mandamiento de la Iglesia [3]. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará”. (Mt 6,16)

La oración. Nuestro camino cuaresmal debe estar transido de un profundo acercamiento a Dios en la oración. En este coloquio íntimo con Dios debe abrirse paso la conversión, el regreso a la casa del Padre, el firme propósito de cambiar de vida y poner sólo a Él en el centro de nuestra vida. Esta oración debe ser sincera, sin hipocresía y amorosa. “Cuando oréis, no hagáis como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.(Mt 6, 5-6)

La limosna. No tiene sentido estas prácticas si no hay un reflejo de nuestra conversión en el prójimo que nos acompaña. La limosna no sólo consiste en dar dinero al que lo necesita, sino en dar de nosotros, pues nuestros bienes son confiados por Dios, pero no son de nuestra absoluta propiedad. El necesitado y el pobre son miembros de la comunidad exactamente igual que el rico, y tienen los mismos derechos que cualquier otra persona. (…) Pero en último término esta solicitud por el indigente no debe provenir tan sólo de una compasión humana y de la responsabilidad social, sino que debe estar dirigida a Dios. Porque él es el Padre de todos los hombres [4].

“Por tanto, cuando vayas a dar una limosna, no mandes tocar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para recibir el aplauso de los hombres; os lo aseguro: ya están pagados. Cuando vayas a dar una limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te dará la recompensa. (Mt 6, 2-4)

Sentido de la Cuaresma
La Cuaresma bebe del desierto bíblico como lugar teológico. Si Moisés, Elías y Jesús han vivido su desierto, también ahora la Iglesia tiene que pasar por él para cambiar. La oración, el ayuno y la limosna serán sus prácticas de conversión. A veces, algún acontecimiento de la vida, algún momento de dolor y desierto, a priori, difíciles de digerir, son leídos en el lenguaje escrito de Dios, el cual interviene en nuestra vida para nuestra purificación.

La nueva Israel, la Iglesia, nosotros, nos preparamos para la Pascua, nos revestimos, nos engalanamos, arreglamos nuestra casa, templo del Espíritu Santo, para el Señor. Si lo fundamental en la vida cristiana es el seguimiento de Jesucristo, la Cuaresma es el momento de revisar especialmente dicho seguimiento. Y nadie puede decir que su relación con el Redentor no necesita cambio, pues la vida cristiana, por nuestra perenne tendencia al pecado, es conversión continua a Aquel que nos ama. Todos necesitamos oír esta llamada a su amor, porque todos somos seducidos en mayor o menor medida por el pecado, y porque de manera sutil vamos siendo derrotados por la desidia y las seducciones del Mal.

Y en este camino somos tentados como Cristo en el desierto. Tal vez, a mitad de la Cuaresma, o antes, sintamos que no tenemos fuerzas para la conversión. Tal vez, nuestro particular Goliat, como en la lectura antes comentada (1 Sam 17, 16), se presente cuarenta veces ante nosotros desafiándonos, acobardándonos. Pero la fuerza de Dios, la gracia de aquel que nos da fuerzas, puede hacer que nos convirtamos en un nuevo rey David que derrote al otrora invencible gigante. Dios nos colmará entonces de riquezas (1 Sam. 17, 25) y reinaremos con Él como hombres nuevos pascuales.

David Jiménez


[1] Eusebio de Cesarea. Historia Ecclesiastica V, 24
[2] Código de Derecho Canónico, 1249-1253
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 2043
[4] Trilling, W. El Evangelio de San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje

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6 pensamientos en “La Cuaresma, un tiempo de gracia

  1. Excelente artículo que nos explica el significado de la cuaresma. Me pareció muy ilustrativa la lista de pasajes de la biblia donde el número 40 es importante, ya que solamente conocía algunos.

  2. Muchas gracias, David, por este artículo sobre la Cuaresma y su significado.
    Siempre se ha dicho y tu lo recalcas, que este tiempo lo es de oración, de ayuno y de limosna y yo solamente estoy de acuerdo en parte. Quizás en otros tiempos debería haber sido así sobre todo para las clases más pudientes, pero ahora, me parece que no.
    Es tiempo de oración y en eso estoy completamente de acuerdo, pero que lo sea de ayuno y limosna, ya no lo estoy tanto. En estos tiempos, donde tantas familias pasan literalmente hambre, están todos sus miembros en el paro, son desahuciados de sus casas, despedidos de sus trabajos y mil tropelías más, es tiempo de solidaridad y de compromiso con ellos, de entrega en sus luchas, de compartir lo que tengamos con quienes más lo necesitan. Eso suple con gran diferencia el sentido del ayuno y de la simple limosna. Es lo que pienso.

    • Después de una desaparición por obligaciones regreso. Los antecedentes que el artículo marca sobre cuaresma como “cuarentena” y su simbolismo en la escritura son excelentes. Sobre el comentario de Antonio, que apoyo de acuerdo a la realidad actual, añadiría que la cuestión del ayuno, la abstinencia, la mortificación y la penitencia nace del corazón. Si se sufre por las circunstancias de la vida y esto encaja con las prácticas cuaresmales, pues no se necesita más. La Iglesia es sabia, si el pobre nunca come carne y cuando puede es cuaresma… pues adelante!, no hay escándalo ya que su vida es la de una constante cuaresma.
      Quien tenga un poco mas de conciencia y según sus medios debe hacer lo posible de ejercer la caridad, no en el sentido limosna, sino en el pleno significado en donde entra también las obras de misericordia. Simplemente un artículo que condensa las bases bíblicas del tiempo, un teólogo bloggero!
      Aprovecho para decir, ya que asisto al vetus ordo, que los paramentos morados comenzaron a usarse en el tiempo de Septuagesima, o antecuaresma.

      • De acuerdo con todo eso, muy bien Poncho. Con Antonio disiento en parte. Obviamente las prácticas cuaresmales son medios para vivir con provecho la Cuaresma, y cada uno, en conciencia, debe discernir si puede cumplirlo o no según sus circunstancias personales.

        Es precisamente ahora, con la crisis, cuando hay que dejarse de materialismos y dar a los demás lo que tengamos aunque no sea dinero: tiempo, esfuerzo, compañía, ayuda, … El sentido de la limosna es dar de nosotros mismos. Limitarse a dar dinero es, irónicamente, ser poco generoso. En esa clave de lectura, limosna puede dar cualquiera, por muy pobre que sea, por muy poco que dé. Y si se es tan pobre que no se puede dar ni un céntimo, pues seguro que se puede dar algo de sí, aunque sea una sonrisa y un pequeño favor.

        La lectura del pasaje de la limosna de la viuda en el Templo es muy esclarecedor (Lc 21, 1-3)

        Lo mismo con el ayuno y la abstinencia. No tiene el menor sentido cuaresmal quien es estricto con lo de comer carne y luego se da un homenaje con una mariscada de alto precio. Sí, el tipo cumple la letra de la Ley, pero no el sentido de ésta. Jesús ya tuvo que bregar con esto, ¿verdad?. Y tampoco vamos a ser tan legalistas que si alguien necesitado, un viernes, sólo tiene de comer un filete, se le impida hacerlo, ¿no?

        Sí, en el vetus ordo se usa el morado desde el Domingo de la Septuagésima.

  3. David

    Buen artículo. Nunca contaba los días de la cuaresma, sabía que iniciaba con el miércoles de ceniza, pero no el día en que terminaba.

    Los temas del ayuno, de la limosna, de la penitencia siento que cada quien quiere darle su punto, su ideología, su parecer. Creo que en alguna parte de la Sagrada Escritura dice “No quiero sacrificios…” como que el Señor ya estaba harto de sacrificios sin sentido, sin que implicara la conversión de la persona en si. El Señor quiere un corazón arrepentido, que cambiemos. Estas dos posturas siempre las he escuchado en lo corto de mi vida.

    O hago penitencia y ayuno (cosa que no tiene sentido para muchos) porque los Sacrificios no son del agrado del Señor (esté es el argumento de muchos). Pero sí un corazón arrepentido, eso si le agrada al Señor.

    En lo personal (meteré de mi ideología) ambas son necesarias y están íntimamente unidas, a mi ayunar me es difícil pues soy muy tragón, como demasiado y respecto a cambiar, ser mejor y más grato a Dios pues (Eso solo el lo sabe).

    • Y yo también soy tragón, jejeje. Razón de más para contenerse un poco y ganar en la virtud de la templanza, ¿no? Ése es el sentido de la Cuaresma y la ascesis (no lo llamaría estrictamente “sacrificio”): la de ir creciendo y perfeccionándose como cristiano, convertirse a Jesucristo para ser “hombres nuevos en la Pascua”. ¿Ayunar por ayunar y pasar hambre por nada? No tiene razón de ser si no se trasciende de lo meramente material a lo espiritual.
      Como somos seres corpóreos, lo que hacemos con el cuerpo repercute en el alma y viceversa. Un dominio de nuestra glotonería, un unirse a Cristo en el desierto, nos hacer ser más “cristos”, más en camino hacia Él, nuestro Salvador.

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