La Eucaristía (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Presentación de las especies eucarísticas según el rito bizantino.

Presentación de las especies eucarísticas según el rito bizantino.

Pregunta: Soy de Ecuador residiendo en Panamá. A diferencia de EEUU, en nuestros países se nos priva de la Divina Sangre de Cristo en la Eucaristía. He preguntado a muchos sacerdotes sin recibir una respuesta que satisfaga mi inquietud.

Respuesta: Aprovechando esta pregunta, vamos hoy, Jueves Santo, a dedicar un artículo a profundizar en algunas cuestiones de la Eucaristía. Esto tendrá su continuación el día de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Abordaremos en las presentes líneas la cuestión que se nos plantea sobre la comunión bajo las dos especies eucarísticas, y la controvertida cuestión de la recepción de la comunión en la boca o en la mano.

¿Comunión bajo las dos especies?
Como se deja vislumbrar en la pregunta del principio, es un tema que causa cierta perplejidad en algunos cristianos, pero que suele partir de un desconocimiento de la doctrina eucarística. Para responder esta cuestión hay que explicar algunas cosas:

1. Cuando se recibe la Hostia consagrada se está recibiendo a Cristo entero: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. No sólo se recibe el Cuerpo, sino también su Sangre, aunque haya dos especies eucarísticas: pan y vino. También ocurre lo mismo si sólo se recibe el vino: también se recibe con la Sangre, el Cuerpo de Cristo, todo su ser. A esta doctrina se le llama doctrina de la concomitancia (que significa conexión inseparable). Esta doctrina afirma que Cristo está presente entero en cada especie tras la consagración, pues Él es indivisible: Jesús está entera y verdaderamente en cualquiera de las dos especies consagradas. Esta doctrina es firme desde el Concilio de Trento [1].

Vista de la Sagrada Forma, como se ofrece según el rito católico romano.

Vista de la Sagrada Forma, como se ofrece según el rito católico romano.

2. Por la doctrina anteriormente expuesta, cuando ocurre la consagración en la misa, cada especie se transforma en Cristo entero: el pan se transforma en Cristo entero, el vino se transforma en Cristo entero. Cierto es que el efecto específico de la consagración del pan es que se hace presente el Cuerpo de Cristo, pero por concomitancia todo su ser está ahí: Sangre, Alma y Divinidad. En la consagración segunda, la del vino, ocurre lo mismo: cierto es que el efecto específico es hacer presente en este caso a la Sangre de Cristo, pero ésta es inseparable de su Cuerpo, Alma y Divinidad.

3. Por tanto, dicho lo cual, es erróneo creer que cuando se comulga la Hostia se comulga sólo el cuerpo de Cristo, pues se comulga Él entero. Y así con el vino: no se bebe su Sangre, sino que se toma todo su ser. Una manera muy sencilla de ir formando a los fieles y evitar esta equivocación sería la de cambiar la fórmula de la comunión, “el cuerpo de Cristo”, por la de “éste es Cristo”, que estaría más en consonancia con la realidad sacramental concomitante.

4. Conociendo lo anterior, ya se puede decir que si se comulga sólo con la Hostia no se recibe «un poco de Cristo», algo incompleto, sino que se recibe, ya lo hemos dicho, a Cristo entero. Si se bebe del cáliz, igual, se recibe a Cristo entero. Son por tanto dos formas o expresiones de recibir lo mismo: a Cristo entero. De esto se deduce fácilmente que no es necesario recibir las dos especies para comulgar bien, aunque se permita en algunos casos como veremos. Recibiendo una, vale, perfecto, se ha recibido a Cristo entero. Es la llamada communio sub una specie y es un sacramento ya válido.

5. Hay algún caso, como el de los celíacos, que no pueden comulgar con la Hostia; entonces pueden hacerlo con el cáliz. En este caso, es prudente que el celíaco avise antes de la misa para que el ministro que preside no consuma todo el cáliz antes de dar la comunión a los fieles o se le prepare otro. No puede negarse esta forma de comunión si es necesaria por enfermedad u otra causa justificada.

6. El dar la comunión bajo las dos especies es un tema que ha traído y trae cola en los foros de debate teológico. Es el Ordinario del lugar (el obispo generalmente) el que puede dar permiso para administrar así la comunión, pero lo normal es que se reserve para casos excepcionales: profesiones religiosas, celebración del matrimonio, misas conventuales, ejercicios espirituales, celebraciones especiales en pequeños grupos (Pascua, Navidad,…). El que el Ordinario dé permiso no significa que se dé porque sí. El presbítero o diácono puede considerar que por razones prácticas, higiénicas, por falta de formación de los fieles u otras dificultades, puede no ser apropiado dar la comunión bajo las dos especies [2]. Precisamente por la adquisición de una forma más plena, por la brillantez del banquete eucarístico y por la expresión más clara que con la comunión bajo las dos especies se tiene, hay que cuidar que esto se realice con la mayor dignidad y respeto.

Presentación de la Eucaristía bajo las dos especies: pan y vino.

Presentación de la Eucaristía bajo las dos especies: pan y vino.

Ahondar en las razones teológicas por las que se ha llegado a esta doctrina de la concomitancia y su repercusión en la comunión bajo una especie sería largo, y aún más si contamos la evolución litúrgica a lo largo de los siglos. Baste decir que se fundamenta en la conexión inseparable de la carne y sangre de Cristo en la última cena con la de la cruz. No hay que olvidar este carácter sacrificial de la eucaristía y el memorial que de este momento de salvación se realiza en ella.

Históricamente podemos decir que hasta el siglo XII-XIII se mantuvo esta comunión bajo las dos especies en el rito latino (no así en las iglesias católicas de rito oriental, en donde se mantiene hasta hoy). Dados los problemas que se presentaban en la administración con el cáliz, se buscaron otras formas de beber de éste: con una cañita (calamus), con una cucharilla, o mojando la hostia en el cáliz (intinción), aunque estos sistemas causan a su vez otros problemas. Estas dificultades de administración, peligro en el derramamiento, las epidemias de esos siglos, la afluencia de numerosos fieles, la falta de higiene y otras causas, hicieron que la comunión bajo las dos especies, sin legislación eclesiástica alguna al respecto, cayera en desuso. La doctrina clásica de la concomitancia hacía posible la praxis de la comunión bajo una especie, y de hecho ya se venía haciendo en algunos casos en los que se veía oportuno: comunión de enfermos, ermitaños, niños, presos…

Por tanto, la práctica se hizo norma, aunque en siglos posteriores hubo defensores de la comunión bajo las dos especies que acusaron a la Iglesia de “robar el cáliz a los fieles” (Jacobo de Mies, Lutero). Hay que decir en defensa de la Iglesia que nunca dogmatizó el hecho de suprimir la comunión bajo el cáliz, sino que su ámbito fue siempre litúrgico. Hubo intentos de restauración en los años de la Reforma protestante y hasta se aprobó la doble comunión en determinadas regiones, pero precisamente el que los protestantes tomaran la comunión bajo las dos especies como su signo distintivo, hizo que Roma, para evitar confusiones y dada la poca formación doctrinal de los fieles, retirara el cáliz de la comunión ordinaria.

Institución de la Eucaristía. Ilustración contemporánea.

Institución de la Eucaristía. Ilustración contemporánea.

No fue hasta el Concilio Vaticano II [3], cuando la cuestión fue de nuevo abordada. Dio la posibilidad a la Santa Sede de determinar los casos en que podía permitirse la comunión bajo las dos especies, aunque no admitió la concesión general. La cuestión hoy está claramente reflejada en la Instrucción General del Misal Romano y abre la puerta a algunos casos (y sólo a esos). Hay veces en que se abusa, sobre todo en determinados grupos y movimientos que parecen no entender que la comunión es válida y fructífera bajo una especie o que creen que la celebración eucarística está mutilada si no todos comulgan bajo las dos especies. Desde luego la responsabilidad última de incumplir las normas litúrgicas establecidas está en el ministro que preside la celebración.

¿Se generalizará en el futuro? Ya veremos, aunque tampoco, a pesar de la brillantez de la comunión bajo las dos especies, hay que dar más importancia a la cuestión, pues por la doctrina de la concomitancia, ya expuesta, no es necesaria.

¿Comunión en la boca o en la mano?
Es un tema litúrgico-sacramental apasionante que a veces provoca más de un desencuentro subido de tono. Intentando no entrar en opiniones personales, me limitaré a contar brevemente los orígenes de ambas praxis y cómo está recogida la cuestión en los documentos eclesiales actuales.

Precisamente por ser un tema controvertido, aquí cada cual arrima el ascua a su sardina y toma de aquí o allí los textos patrísticos que le vienen bien para defender su tesis. Los defensores de la comunión en la mano acuden directamente al Evangelio, a los textos de la institución de la Eucaristía, al conocido “Tomad y comed…”. Sus detractores argumentan que en estos pasajes no aparecen en ningún momento las manos de los apóstoles, pero, aunque así fuera, los apóstoles ya allí habían recibido el orden sacerdotal y podían tomar el Cuerpo de Cristo con las manos. En cuanto a la patrística, más de lo mismo: podemos encontrar citas de uno u otro signo, pero es suficiente con un par de ellas. Así, San Cirilo expone: “Cuando te acerques (a recibir el Cuerpo del Señor), no lo hagas con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente (cavidad), recoge el cuerpo del Señor y di “Amén” [4]. La autoría de este texto tan claro, esgrimido por los defensores de la comunión en la mano, es cuestionada hoy día por muchos estudiosos del tema, aunque aquí no es momento de hablar de ello. Del papa San León Magno (440-461) encontramos otro texto en el cual afirma que se recibe en la boca lo que se cree por la fe… [5] lo cual denota que en esos siglos la comunión con la boca estaba extendida también.

El cardenal Joseph Ratzinger -futuro papa Benedicto XVI- da la comunión en la boca al papa San Juan Pablo II.

El cardenal Joseph Ratzinger -futuro papa Benedicto XVI- da la comunión en la boca al papa San Juan Pablo II.

Entonces, ¿con qué nos quedamos de esos siglos? ¿Se comulgaba con la boca o con la mano? Pues todo parece indicar que ambas praxis convivían en esos primeros siglos. Decir que no se comulgaba con la mano sería erróneo pues, al menos, excepciones siempre ha habido (tiempos de persecución, ermitaños…). Así, San Basilio afirma: No hace falta demostrar que no constituye una falta grave para una persona comulgar con su propia mano en épocas de persecución cuando no hay sacerdote o diácono [6], lo cual parece indicar que la excepción era comulgar con la mano. Hay que tener presente que la uniformidad en la liturgia es algo que tenemos desde la Edad Media en adelante, por lo que no sería raro entonces una práctica en una comunidad eclesial local y otra en la de la región vecina.

Lo que sí está claro es que en los primeros siglos medievales la comunión en la boca se impone con rotundidad y la escolástica teorizó sobre el tema. El propio Sto. Tomás de Aquino defiende que sólo el ministro toque la Sagrada Hostia: porque por respeto a este sacramento ninguna cosa lo toca que no sea consagrada, por lo tanto los corporales como el cáliz se consagran, lo mismo que las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. Por eso, a nadie le está permitido tocarle, fuera de un caso de necesidad [7]. Precisamente, esta idea de que sólo las manos consagradas del ministro (recordemos el ritual de ordenación) deben ser las únicas que pudieran tocar la Hostia es el argumento principal hasta hoy de los defensores de la comunión en la mano.

El Concilio de Trento aborda la cuestión directamente y defiende la tradición de la comunión en la boca. Ahora bien, en la recepción sacramental fue siempre costumbre en la Iglesia de Dios, que los laicos tomen la comunión de manos de los sacerdotes y que los sacerdotes celebrantes se comulguen a sí mismos; costumbre, que, por venir de la tradición apostólica, con todo derecho y razón debe ser mantenida [8]. La norma, como vemos, queda clara y la comunión en la mano de los fieles es rechazada de pleno.

Su Santidad Benedicto XVI da la comunión en la mano a doña Sofía de Grecia, reina de España. Fuente: informativos.net.

Su Santidad Benedicto XVI da la comunión en la mano a doña Sofía de Grecia, reina de España. Fuente: informativos.net.

¿Cómo está la cuestión actualmente? Pues la norma general sigue siendo la comunión en la boca, aunque a partir de 1969, por la Instrucción Memoriale Domini se permite en la mano si lo solicita la Conferencia Episcopal correspondiente y se da el beneplácito de la Santa Sede. En la Instrucción General del Misal Romano podemos encontrar esta posibilidad: Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo. Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente [9].

La Congregación para el Culto Divino determinó en 1985, en una notificación acerca de la comunión en la mano, las condiciones para esta práctica, entre las cuales incluía la manera de colocar las manos, izquierda sobre derecha formando un trono (y sólo así), y la prohibición expresa de obligar a los fieles a la comunión en la mano, pues como ya hemos dicho, la norma general es recibirla en la boca.

También podemos encontrar otros documentos eclesiales que nos hablan sobre el particular, pero baste con uno reciente, la Instrucción Redemptionis sacramentum, de 2004, que nos indica: Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano [10].

Queda claro por tanto que la comunión en la mano es una excepción que se concede y no en todos los lugares está permitido. En Roma, por ejemplo, no está autorizada esta concesión, pues los sucesivos pontífices han estimado siempre la comunión en la boca. También hay diócesis en las que se concedió el permiso y luego, el obispo correspondiente derogó dicho permiso por los problemas que se planteaban.

El papa Francisco consagrando el pan durante la Eucaristía.

El papa Francisco consagrando el pan durante la Eucaristía.

Otra praxis paralela, y que está totalmente prohibida, es la acción litúrgica errónea de colocar la patena en el altar (y a veces también el cáliz) de la cual los laicos van comulgando por sí mismos. Se suele dar sobre todo en pequeñas comunidades, movimientos o grupos. Esta práctica es una deformación del sacramento, el cual debe ser recibido del presbítero, diácono u otro ministro autorizado de velar por su distribución. La Eucaristía, como cualquier sacramento, es don que se da y no derecho que uno toma. Varios documentos han amonestado sobre esta práctica irregular. Bastará con la ya mencionada Instrucción General del Misal Romano: Después el sacerdote toma la patena o el copón y se acerca a quienes van a comulgar, los cuales de ordinario, se acercan procesionalmente. No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas [11].

David Jiménez


[1] Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre la Eucaristía, 16-18.
[2] Introducción General al Misal Romano, 281ss.
[3] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 55.
[4] S. Cirilo de Jerusalén, Catequesis Mystagogicas, 21ss.
[5] S. León Magno, Comentario al Evangelio de San Juan. Sermón 91, 3.
[6] S. Basilio, Carta 93.
[7] Sto. Tomás de Aquino. Summa Theologica, IIIa, questio 82
[8] Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre la Eucaristía.
[9] Introducción General al Misal Romano, 161.
[10] Instrucción Redemptionis sacramentum, 92.
[11] Introducción General al Misal Romano, 161.

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