Beato Pablo VI, papa (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Venerable pontífice, tomada en 1977.

Fotografía del Venerable pontífice, tomada en 1977.

En el artículo de ayer escribimos resumidamente la vida del Venerable Papa Pablo VI antes de ser elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. En el artículo de hoy nos proponemos dar algunas pinceladas, sólo algunas, sobre su importante pontificado y sobre su Causa de beatificación.

Como dijimos ayer, dada su cercanía a sus dos predecesores, su conocimiento de la Curia Vaticana y su actividad en el Concilio Vaticano II, el cardenal Montini era un probable sucesor de San Juan XXIII y así fue elegido en el cónclave de 1963, teniendo como primera misión el dar continuidad al Concilio. Él sabía lo que se le venía encima y no tuvo miedo al aceptar: “Esta responsabilidad es única y me traerá una gran soledad y, aunque yo era ya antes un solitario, ahora mi soledad llegará a ser completa e impresionante”.

A muchos les extrañó el nombre escogido: Pablo, pero enseguida se supo cual había sido el significado de esa elección cuando él eligió como fecha de su coronación, no la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo el día 29 de junio, sino el día siguiente, dedicado a la conmemoración en solitario del apóstol Pablo. Como San Pablo, él quería acercar a Cristo tanto a los que estaban cerca como a los que estaban lejos de Él y para realizar esta tarea, consideró que el diálogo era una herramienta primordial, como dejó bien claro en la encíclica “Ecclesiam suam” publicada el 6 de agosto de 1964. Fue el Papa del diálogo ecuménico en perfecta línea con las directrices emanadas del Concilio.

Para hacerse más cercano, acabó con parte del ceremonial tradicional y, aunque fue el último Papa coronado, donó su propia tiara a una basílica mariana estadounidense y con el motu proprio “Pontificalis Domus” suspendió casi todas las funciones ceremoniales en la corte papal, abolió la Guardia Palatina y la Guardia Noble, dejando como único cuerpo militar en el Vaticano a la Guardia Suiza. Asimismo, entre otras muchas innovaciones, reformó la Curia vaticana a fin de reducir la burocracia, estableció el Sínodo de los Obispos como institución permanente de la Iglesia, creó el Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso, cambió las normas del Cónclave haciendo que los cardenales mayores de ochenta años no fueran electores, reformó la liturgia dándole entrada a las lenguas vernáculas y muchas otras cosas igualmente importantes, que omito para hacer breve el artículo, a fin de adaptar la Iglesia a los tiempos.

Vista de la tiara papal del Venerable, regalo de la archidiócesis de Milán, que él donó a la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, Washington (EEUU).

Vista de la tiara papal del Venerable, regalo de la archidiócesis de Milán, que él donó a la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, Washington (EEUU).

Su primera preocupación fue la continuidad y conclusión del Concilio que había iniciado el Papa Juan – y que según el derecho canónico quedaba suspendido a la muerte del Papa -, dirigiendo sagaz y firmemente los trabajos conciliares hasta su conclusión el día 8 de diciembre de 1965. Bajo su pontificado se celebraron la Segunda Sesión (1963), la Tercera (1964) y la Cuarta (1965). Aconsejo consultar esta web. Con posterioridad se dedicaría a poner en práctica la renovación y modernización de la Iglesia según el espíritu del Concilio.

Aunque en estos dos primeros años de su pontificado realizó un trabajo agotador, los siguientes no estuvieron exentos de problemas al poner en práctica las reformas conciliares. Fue este el período más doloroso de su pontificado, pues tenía que probar continuamente su fidelidad a la tradición de la Iglesia, pero al mismo tiempo tenía que abrirla al mundo moderno. Esto le originó muchas críticas y quejas, provenientes tanto de la derecha como de la izquierda.

La derecha se alineó con la rebelión encabezada por el arzobispo tradicionalista Marcel Lefevre, mientras que desde la izquierda no le faltaron insinuaciones calumniosas y las interpretaciones tendenciosas de sus opciones pastorales, sobre todo con la publicación de la encíclica “Humanae vitae” sobre el control de la natalidad, que fue publicada el 26 de julio del 1968. También le ocasionó numerosos problemas la puesta en marcha de la reforma que adaptaba la liturgia a los tiempos actuales, continuando con la labor que había iniciado su antecesor Pío XII cuando el 29 de junio de 1943 promulgó la encíclica “Mystici Corporis Christi” y el 20 de noviembre de 1947, la “Mediator Dei”. Pero el Papa, para llevar adelante estas reformas, fue incansable en dialogar con todos, tanto dentro como fuera de la Iglesia, con los hermanos ortodoxos, con los no cristianos y con los ateos.

Se reunió con todos los sacerdotes de su nueva diócesis: Roma; y les dijo que lo mismo que en Milán había comenzado un diálogo con el mundo moderno, como obispo de Roma, quería que todos sus sacerdotes buscaran el contacto con todas las personas de todas las clases sociales, independientemente de su manera de pensar en cuestiones de fe. Para intensificar este diálogo, fue el primer Papa en la historia moderna de la Iglesia que realizó una serie de grandes viajes misioneros que lo llevaron a todas las partes del mundo. El más memorable, realizado a principios de enero de 1964, fue a Tierra Santa, donde se encontró con el Patriarca Ecuménico Atenágoras I, tomando ambos el inicio de unas nuevas relaciones entre las dos Iglesias, entre Roma y Constantinopla, relaciones que continúan vivas y vigentes aun hoy en día.

Fotografía del encuentro entre el Venerable y el Patriarca Ecuménico Atenágoras I.

Fotografía del encuentro entre el Venerable y el Patriarca Ecuménico Atenágoras I.

Ya, durante las intervenciones de los padres conciliares, gracias a las indicaciones de Juan XXIII y posteriormente de Pablo VI, se evitaron hacer declaraciones que hiriesen a nuestros hermanos ortodoxos. Pablo VI, a través del cardenal presidente de la Secretaría para la unidad de los cristianos, garantizó que los documentos conciliares fueran abiertos a las sensibilidades del resto de las Iglesias cristianas, representantes de las cuales habían participado como invitados en el propio Concilio. El punto culminante de esta nueva relación entre las Iglesias Católica y Ortodoxa fue cuando el día 7 de diciembre del año 1965, se revocaron las excomuniones del año 1054 que mutuamente se habían lanzado entre sí, Roma y Constantinopla.

No menos importantes fueron las acciones políticas llevadas a cabo para renovar los tratados con los países del bloque comunista a fin de conseguir que la Iglesia, que estaba perseguida, consiguiera un mínimo espacio de libertad. Para conseguir lo que fue llamada la “ostpolitki”, tuvo de remover de sus sedes a dos ilustres prelados campeones de la lucha anticomunista: el cardenal de Esztergom József Mindszenty y el arzobispo de Praga Josef Beran; esto le ocasionó críticas muy duras por parte del ala más ultratradicionalista de la Iglesia, que vio en estas medidas una abdicación de la intransigencia doctrinal de su predecesor Pío XII y una ofensa a muchos católicos que habían sido víctimas de los regímenes marxistas. Pero como el Papa tenía muy claro que la ley suprema que debía imperar en la política de la Iglesia, era la salvación de las almas, para conseguir este objetivo, no tuvo miedo en alcanzar ciertos compromisos de carácter puramente político.

Vista del Venerable en el trono pontificio, fotografiado durante el Concilio Vaticano II.

Vista del Venerable en el trono pontificio, fotografiado durante el Concilio Vaticano II.

En el corazón de Pablo VI lo prioritario era la fe y para difundirla a toda costa, soportó heroicamente todas las adversidades, sin perder jamás ni la esperanza ni el amor. Esto fue visto al día siguiente del asesinato del primer ministro italiano Aldo Moro, amigo suyo de juventud, a manos de las Brigadas Rojas, que lo tuvieron secuestrado durante cincuenta y cinco días, durante los cuales el Papa hizo un llamamiento para que tuvieran un gesto de auténtica humanidad y lo liberaran. El Papa, ya enfermo, el 13 de mayo de 1978, presidió los funerales en la Basílica Lateranense, pronunciando delante de todo el mundo, unas palabras de esperanza y de perdón. Algo parecido ocurrió cuando se produjeron los últimos fusilamientos por parte del dictador Franco, intercediendo Pablo VI en solicitud de clemencia para los condenados.

Pocas semanas después, la tarde del domingo 6 de agosto de 1978, moría silenciosamente y de manera imprevista – infarto de miocardio – en la residencia de Castelgandolfo. Entonces fue cuando muchos de los que lo habían despreciado y vilipendiado, se dieron cuenta de que había muerto un verdadero padre, cosa que fue reconocida por la misma prensa internacional. Y lo demostraron los solemnes funerales en los que hubo una inmensa participación de autoridades y de gente anónima, aun siendo uno de los días más calurosos del romano mes de agosto. Un larguísimo, apasionante y espontáneo aplauso acompañó al simple ataúd de madera en el que había sido puesto en el mismísimo suelo cuando fue transportado a su sepultura dentro de la basílica vaticana. En su testamento dejó dicho que no se le erigiese ningún mausoleo y que fuese sepultado en la misma tierra; gesto de humildad, parecido a cuando abandonó la tiara y la silla gestatoria. Para él, el obispo de Roma tenía que dar siempre muestras de pobreza y de humildad.

Vista del cuerpo del Venerable durante su funeral en el Vaticano (1978). Fotografía: David Lees. Fuente: Corbis Images.

Vista del cuerpo del Venerable durante su funeral en el Vaticano (1978). Fotografía: David Lees. Fuente: Corbis Images.

De esta humildad dio una prueba suprema cuando públicamente pidió perdón a la Iglesia Bizantina por todo el daño que le había hecho la Iglesia Católica a lo largo de los siglos, postrándose inesperadamente para besarle los pies al metropolita ortodoxo Melitón, representante del Patriarca Ecuménico Atenágoras I. El mismísimo Patriarca escribiría posteriormente al secretario del Papa: “Usted tiene la dicha de estar cercano a la persona más grande no sólo de toda la Iglesia Universal, sino de todo el mundo. Esa personalidad del Papa constituye un gran tesoro para toda la Iglesia, un nuevo profeta que esperábamos y que nos predice como será el futuro”. Con estas palabras, el santo Patriarca Atenágoras expresaba lo que sentía por el Papa Montini: profeta de la civilización del amor, quien aun en medio de críticas e incomprensiones, no se cansó de exhortar, no sólo a la Iglesia sino a todo el mundo, convencido como estaba de que el verdadero humanismo no podía entrar en conflicto con un auténtico cristianismo, así como que no podían ser contradictorios el progreso científico y la fe cristiana. Dio testimonio de esta manera de pensar en su “Credo del popolo di Dio” proclamado en la conclusión del Año de la Fe de 1968, que conmemoraba el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

Exactamente, diez años más tarde, en la misma solemnidad del 29 de junio, mientras se celebraba el decimoquinto aniversario de su coronación y teniendo el presentimiento de que su muerte estaba ya cercana, con humildad pero con firmeza hizo como propio el testamento de San Pablo cuando afirmaba: “He terminado la carrera, pero he conservado la fe” (Segunda Epístola a Timoteo, 4, 7). El propio Papa, dos años antes de ser elevado a la cátedra de Pedro había dado testimonio de esta espiritualidad y forma de entender la Iglesia cuando escribió de su puño y letra “Pensiero della morte”, documento que fue publicado después de su fallecimiento. Es indiscutible la coherencia de su pensamiento con su estilo pastoral y con su propia vida: una total dedicación al servicio de la Iglesia, primero como fiel servidor de los Papas Pío XI y Pío XII y posteriormente, siendo Papa él mismo, con su entrega total al pueblo de Dios, haciendo verdadera la frase de San Gregorio Magno de que el Papa es el “siervo de los siervos de Dios”. Su visión de la Iglesia fue posteriormente expresada de forma magnífica por el célebre filósofo francés Jean Guitton en sus “Colloqui con Paolo VI”.

Sus encíclicas fueron:
“Mense Maio” publicada el abril del año 1965 sobre la Virgen María.
“Ecclesiam Suam” (6 de agosto de 1964) sobre la identificación de la Iglesia con el Cuerpo de Cristo.
“Misterium fidei” (3 de septiembre de 1965) en la que se opuso a quienes daban a la Eucaristía sólo un carácter simbólico.
“Sacerdotales caelibatus” (24 de junio de 1967), sobre el celibato sacerdotal.
“Populorum progressio” (26 de marzo de 1967), en la que defendía que la economía tenía que estar al servicio de toda la humanidad y no sólo al servicio de unos pocos. En esta encíclica afirmaba que la paz del mundo estaba condicionada a la justicia.
“Humanae vitae” (25 de julio de 1968), en la que trataba sobre el matrimonio y el control de la natalidad.

Vista de la austera tumba del Beato en las Grutas Vaticanas. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Vista de la austera tumba del Beato en las Grutas Vaticanas. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

La Causa de beatificación del Papa Montini fue propuesta por algunas conferencias episcopales de América Latina y de Europa, así como por la diócesis de Brescia y la archidiócesis de Milán. El “Nihil obstat” fue concedido por la Santa Sede el día 18 de marzo de 1993, por lo que recibió el título de Siervo de Dios. Como dije al principio del artículo de ayer, fue declarado Venerable mediante decreto de Benedicto XVI, de fecha 20 de diciembre de 2012. Finalmente, el 19 de octubre de 2014 fue beatificado en Roma por el papa Francisco.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es