Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La Santa en oración. Tabla gótica de Giovanni di Matteo (siglo XV).

La Santa en oración. Tabla gótica de Giovanni di Matteo (siglo XV).

Para mí, hablar de Santa Catalina de Siena es hablar de una Santa de la cual tenemos mucha necesidad actualmente; vivimos en un mundo en el cual existen conflictos, incertidumbre, en el que no podemos conocer el futuro que se nos aproxima, no sabemos si esperar glorias, amenazas o simplemente promesas que no se cumplen; y en estas circunstancias resulta, pues, reconfortante oír la voz de esta mujer, una voz de temple, de valor: la fe de Catalina.

Santa Catalina puede iluminar con claridad admirable nuestra marcha audaz y esperanzada hacia un futuro mejor. Si bien el hombre se ha enfrentado a diversos y diferentes conflictos a lo largo de su propia historia, éste nunca ha estado solo, porque Dios omnipotente siempre ha enviado a su Iglesia grandes hombres y mujeres, quienes han dado una gran luz no sólo a la propia Iglesia sino a la humanidad misma.

Santa Catalina nació en Siena -junto con su hermana melliza Juana, que moriría a corta edad-, el 25 de marzo de 1347, que era Domingo de Ramos y coincidía además con la fiesta de la Anunciación. Sus padres eran Jacobo Benincasa y Lapa Picacenti; el oficio del padre era el de tintóreo de pieles y la familia era numerosa, ya que Catalina sería la penúltima de veinticinco hijos de este matrimonio.

De su niñez y vida la conocemos por los mismos frailes dominicos, sobre todo por el Beato fray Raimundo de Capua, que escribió la biografía de la Santa, y para ello iría a ver a la señora Lapa, mujer de ochenta años de edad tras la muerte de la Santa, para conocer su infancia y niñez y contamos además datos de quienes tuvo por confesores y directores espirituales. Fue una niña trabajadora, piadosa y de oración. Se sabe que a los doce años la querían dar por matrimonio, mas sin embargo hasta el cabello se cortó como señal de que “cortaba con el mundo”. Buscó algo más que el hecho de que se le asignare un “¡Buen marido!” porque la mujer en su tiempo solo aspiraba a que se le impusiera un hombre por marido. Tuvo un especial afecto y devoción a la Santísima Virgen María y a Santo Domingo.

Su primer confidente sería su primo Fr. Tomás de la Fuente; este fraile vivió con Catalina en su casa antes de ser fraile dominico, pero ya con la idea de entrar a la Orden de los Predicadores, y se cree que de ahí le viene la idea a Catalina de ingresar en dicha orden. Posteriormente, en sus misiones de paz y reconciliación, sería Fr. Bartolomé Dominici y finalmente, desde 1374 hasta su muerte, sería su director espiritual y confesor el Beato Raimundo de Capua, según la propia Santa lo escribe: “lo tuve como padre amadísimo de mi alma” y le fue “dado por la dulce Madre María”. Tuvo una formación dominica desde muy niña, ya que frecuentaba un convento dominico. Amaba tanto el hábito de la Orden que pensó en disfrazarse de hombre para ingresar, cosa que contó tiempo después a su confesor, porque deseaba trabajar por la “conversión del prójimo”.

La Santa se corta el cabello como símbolo de su renuncia al mundo. Detalle de la pintura de Alessandro Fraschi (1893-96), Casa-Santuario de la Santa en Siena, Italia.

La Santa se corta el cabello como símbolo de su renuncia al mundo. Detalle de la pintura de Alessandro Fraschi (1893-96), Casa-Santuario de la Santa en Siena, Italia.

Una vez vio en sueños a todos los santos fundadores, invitándola a entrar en sus órdenes, pero ella identificó a Santo Domingo, que le mostraba el hábito de las Hermanas de Penitencia diciéndole: “Hija queridísima ten ánimo y no temas ningún obstáculo. Ten seguro que un día vestirás este hábito que tanto deseas”. La emoción y la alegría la despertaron.

En muchas ocasiones trató de ingresar con las Hermanas de Penitencia de la Orden Tercera de Santo Domingo, que tuvieron su origen en una cofradía de seglares que el Santo había fundado, dándole el nombre de Milicia de Jesucristo; pero no la aceptaron por ser demasiado joven y además sólo aceptaban mujeres viudas de cierta edad. Su madre fue y suplicó en varias ocasiones, hasta que analizaron su vocación y fue aceptada a la edad de diecinueve años.

En este tiempo había herejes en el sur de Francia y el norte de Italia, muchos bienes eclesiásticos habían pasado a manos de seglares, que los administraban y disponían de ellos como si los hubiesen heredado legítimamente de sus padres. Para su Primera Orden de Monjas Contemplativas y la Segunda Orden de Hermanos Predicadores había elegido Santo Domingo una vida de extrema pobreza. Pero la pobreza de las catedrales, iglesias parroquiales, abadías y conventos constituían, después del pillaje, un obstáculo para la labor de los obispos y de los sacerdotes, así como para la labor caritativa y actividad misionera de los antiguos conventos. Una de las tareas de la Milicia era tratar de recuperar para la Iglesia lo que legalmente le pertenecía. Si bien como he mencionado la Milicia la conformaba viudas de avanzada edad, también había hombres y mujeres casados que vivían de una forma semi-conventual. Tanto hombres como mujeres se comprometían a no interferir jamás en aquello en que se habían comprometido; pues recordemos la legislación de la Iglesia sobre el matrimonio, que no se podía hacer votos sin consentimiento de su pareja.

A partir de entonces su vida fue más recogida y su oración más asidua. Se propuso guardar el más riguroso silencio, y no hablar sino para confesar sus pecados. Continuamente estaba en su cuarto y sólo salía de él para ir a la Iglesia. Velaba mientras dormían los dominicos, sus hermanos; y cuando oía el segundo toque de maitines de madrugada, no antes, decía a su celestial Esposo: “Hasta ahora, Señor, mis hermanos han descansado y yo he velado por ellos cantando tus alabanzas, para que los libres del mal. Ahora se levantan ellos para alabarte: ampáralos y déjame a mí descansar un poco”.

La Santa, recibiendo la comunión de manos de Cristo. Tabla gótica de Giovanni di Paolo di Grazia.

La Santa, recibiendo la comunión de manos de Cristo. Tabla gótica de Giovanni di Paolo di Grazia.

Catalina tenía el anhelo de salvar al prójimo, así que dedicarse sólo a la contemplación y penitencia le seguían dejando esa inquietud, hasta que un día oyó en una visión: “Ahora, esposa mía, trabaja con valor; ejecuta sin miedo los trabajos que mi providencia te confiará”. Así su contemplación pasaba a ser también una acción apostólica. Con sus propias palabras Catalina dirá: “Las flores para Dios, los frutos para el prójimo”. Porque “sólo de las flores no se vive, sino de los frutos”. “A Dios, pues, la alabanza y el honor; la fatiga al prójimo”.

Cuando comenzó a salir, lo hizo hacia todos los caminos: llegó a palacios, calabozos, hospitales y a todos auxiliaba, se ocupaba del bien de la persona misma, de su cuerpo y de su alma. Intrépida y humilde montaba en su borriquillo, porque era de “complexión débil y además extenuada por las penitencias”. Educada por los mismos dominicos y llevando por doquier su vocación, definió al dominico, como escribiría más tarde al Beato Raimundo de Capua, como que ha de ser “hijo verdadero y pregonero de la palabra encarnada, no tanto con la voz sino con la propia vida, aprendiendo siempre del Maestro de la verdad. De este modo dará fruto y será conducto por el que Dios hará llegar la gracia al corazón de los oyentes. Nunca podremos alcanzar y comprender la vida santa, la sed del hombre de Dios y de la salvación de las almas, si no nos aplicamos a la escuela del Verbo”. Escribió a sus confesores en varias ocasiones, donde les comunicaba cómo deseaba verlos en su vocación, como le llega a escribir a Fr. Bartolomé: “Deseo ver en ti la fuerza y abundancia y plenitud del Espíritu Santo, como los Apóstoles en Pentecostés, a fin de que puedas crecer y fructificar, en ti y en el prójimo la palabra dulce de Dios…”

Dios le regaló delicadísimas gracias místicas con mucha frecuencia. Muchas veces el Señor vino a visitarla a su celda y la instruía interiormente. Aprendió milagrosamente a leer. El Señor le enseñó a diferenciar las verdaderas apariciones de las falsas. A veces caminaba Jesús a su lado cuando rezaba el breviario, otras experimentaba que Jesús la abrazaba y estrechaba junto a su corazón, otras el Señor le daba a beber de su costado… Todas las mañanas salía de su celda y caminaba la distancia que la separaba de San Domenico para ir a Misa con sus hermanas Mantellatas. Con su piedad y recogimiento resultaba casi indiscreta. Al comulgar, estallaba en sollozos. El padre Tommasso le había prohibido estas lágrimas en la iglesia, pero Catalina se había acusado humildemente de no poderlas contener. Muchas veces entraba en éxtasis al recibir la Hostia. Un día de carnaval, Catalina no dejaba de implorar: “Concédeme Señor la plenitud de la fe”. Su oración fue escuchada y el Señor se apareció diciéndole “He resuelto desposarme contigo en la fe y celebrar solemnemente nuestras bodas”. Y mientras el Señor pronunciaba estas palabras, he aquí que aparecen la Virgen, San Juan Evangelista, San Pablo y el profeta David; y María coloca la mano de Catalina en la de su hijo. Jesús sacó entonces un anillo de oro que colocó en el dedo de su esposa: “Yo tu Creador y tu Salvador -dijo- me desposo contigo y te doy mi fe, que no vacilará jamás…” En adelante Catalina llevó siempre su anillo nupcial y sólo era visible para ella. Su vida solitaria se prolongó hasta los diecinueve años. El Señor la invita a salir de su celda y compartir la vida con su familia.

Desposorios místicos de la Santa. Tabla gótica de Giovanni di Paolo di Grazia (siglo XV).

Desposorios místicos de la Santa. Tabla gótica de Giovanni di Paolo di Grazia (siglo XV).

Europa en el siglo XIV era una Europa de fe, era toda una Cristiandad, un ideal en común, pecaba la sociedad, pero tenía en su mente la conciencia del pecado. El orden religioso y político estaban íntimamente unidos. Con la Bula “Unam Sanctam” los pontífices anteriores a Bonifacio VIII hablaban de dos órdenes: “El espiritual y el temporal”, el primero en manos del papa; el temporal, en manos de los reyes, pero los reyes no pueden servirse de ella más que en atención a la Iglesia, según la voluntad del Papa.

Felipe IV el Hermoso hizo prisionero al papa Bonifacio VIII y es cuando se debilita y quebranta el Papado. Su sucesor, Clemente V, de origen francés y presionado por el rey de Francia abandona Roma y se instala en Avignon, exilio que durará más de sesenta años (1309-1376). Santa Catalina no fue la primera voz que pedía el retorno del Papa a Roma; pero no le hacen caso, ya que la mayoría de los cardenales eran franceses y por tanto los siguientes pontífices también lo serían.

Esta crisis del pontificado repercutió en toda la cristiandad y la disciplina del clero se relajó. El lujo y los placeres mundanos invadieron al clero y pocos obispos residían en sus diócesis. La corte del papa era lujosa, refinada, repleta de cardenales aseglarados, de jurisconsultos y de letrados que administran la Iglesia con eficacia, pero que no daban ejemplo de piedad y de vida cristiana. El poeta Petrarca denunció con fuertes palabras esa Corte diciendo: “Infierno de los vivos, letrina de los vicios, la más hedionda de las ciudades”. Santa Brígida de Suecia, desde Roma, clamó contra “ese lupanar en que se ha convertido la Iglesia”, pero nadie le hacía caso. Comenzó una lucha de reinos contra reinos, señoríos contra señoríos, crisis económica, pestes… Los turcos pusieron un pie en Europa y el inglés Wiclef predicó en Inglaterra una doctrina herética. A esto le tocó vivir y enfrentar a Santa Catalina.

Si bien Catalina dejó en parte las prisiones, hospitales y demás obras hacia los necesitados, comenzó en ella el Señor una gran labor de enfrentarse a los problemas y “poderosos de su tiempo”. Santa Catalina jugó un papel importante en la pacificación de ciudades y con el papado. A un gobernante florentino le dijo: “Yo estoy aquí para hacer la Voluntad de Dios, no para mezclarme de vuestras disputas políticas”. Vemos su destacada participación política, pero nunca obró en defensa de unos determinados intereses políticos, sino a favor de los supremos intereses de la Iglesia de Cristo, es decir, de su misión salvadora estrictamente sobrenatural. Negoció la paz entre Florencia y el Papa buscando conseguir la paz y no los intereses del Papa ni de los florentinos. Catalina llegó a reprender a sus conciudadanos diciendo: “Qué vergüenza para nosotros conciudadanos, exclamar, creer o imaginar que nos ocupamos de política”, añadiendo: “Que nadie tenga la facultad de pretender imponer reglas al Espíritu Santo y a sus servidores”.

La Santa ante el Papa en Aviñón. Tabla gótica de Giovanni di Paolo (ca.1460-63). Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid (España).

La Santa ante el Papa en Aviñón. Tabla gótica de Giovanni di Paolo (ca.1460-63). Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid (España).

Gregorio XI había hecho un voto secreto de regresar a Roma, pero no se decidía al notar la resistencia de su corte. Aprovechando la presencia de Catalina en Avignon, le consultó el caso. “Cumpla lo que le ha prometido a Dios”, fue la respuesta de Catalina. La Santa recibió del Señor la certeza de que el papa debía regresar a Roma y aquél fue el momento en que se lo pudo comunicar. El papa, sorprendido de que supiese por revelación lo que él no había confiado a nadie, decidió cumplir con su traslado a Roma. Catalina le escribió en varias ocasiones animándole a apresurar su retorno a Roma. El Papa salió de Avignon el 14 de septiembre de 1376.

Escribía al Papa Gregorio XI: “No más guerras, padre mío, no más guerras”. Porque en la guerra, “como pensáis que tenéis necesidad de los príncipes y de los grandes, os creéis obligados a darles pastores según sus ideas”. “No me parece en absoluto -añade- que Dios quiera que nos apeguemos al poder temporal de manera que ocasionemos al pérdida de las almas… el tesoro de la Iglesia es la Sangre de Cristo vertida por el rescate de los hombres, no por los asuntos temporales…”

Catalina se enfrentó desde el ámbito familiar, eclesial, intereses políticos, nobleza… incomprensión por parte de la misma Orden a la cual pertenecía, lo que hace suponer que no era muchas veces recibida, digamos “en alfombra roja”, pero aun así permaneció fiel a la Iglesia, unida a ella reflejando la imagen de Cristo, anunciando su salvación. Aunque los historiadores no tienen con precisión el dato de que haya sido llamada por un capítulo de la misma orden, se cree que si llegó a ser convocada para que explicara su forma de predicar, sus palabras y su comportamiento.

En 1378 ocurrió el gran Cisma de Occidente en la Iglesia. Al morir Gregorio XI, fue elegido el papa Urbano VI. Más tarde muchos cardenales declararon la elección nula y eligieron un nuevo papa, Clemente VII. Con él, se fueron a Avignon.

Muerte de la Santa. Tabla de Girolamo di Benvenuto (siglo XVI).

Muerte de la Santa. Tabla de Girolamo di Benvenuto (siglo XVI).

Santa Catalina sufrió muchísimo por Jesús y su Iglesia. Escribió a los cardenales y príncipes de varios países, implorándoles que reconocieran al papa Urbano y así acabar con el cisma. También escribió al mismo papa Urbano, exhortándole a dominar su difícil temperamento, que había sido en parte causa de la división. El papa la escuchó y le pidió ir a Roma para ayudarle a persuadir a los cismáticos. Pero de camino a Roma un ataque de apoplejía la dejó semiparalítica y después de ocho días de sufrimientos, murió en Roma hacia el mediodía, en su casita romana de la vía del Papa (hoy de Santa Clara), el 29 de abril del año 1380. Tenía treinta y tres años de edad.

Sus últimas palabras fueron “Tú me llamas, Señor, vengo a ti no por mis méritos sino por tu misericordia… Sangre, sangre, sangre…”. Sangre es un vocablo que refiere el P. García Villoslada que salpica de rojo todas las páginas de los escritos de la Santa; para saludar, para despedirse, para expresar las ideas más hondas de la vida espiritual y mística, ella se vale continuamente de la voz sangre; sangre que en su pluma significa amor de Cristo, caridad, perdón, dulzura infinita, luz divina, vestido nupcial, los sacramentos, el mismo Cristo; y en aquella época, en que tanto disputaban los teólogos sobre la sangre de Cristo y los fieles se enfervorizaban con la devota invocación ¡Sangre de Cristo, embriágame!, y los artistas pintaban al Redentor con las llagas abiertas y goteantes; y el cuerpo místico sangraba por tantas heridas espirituales y materiales, la palabra sangre, tan repetida por Catalina, se convierte en el mejor símbolo de aquel siglo verdaderamente atormentado y sangriento.

El pueblo romano acudió al templo de Santa Maria sopra Minerva; el pueblo quería alguna reliquia de aquella que consideraba santa. Fue venerado su cuerpo desde el día de su muerte. Fue sepultada en el cementerio de la Minerva y en 1383, su discípulo Fr. Raimundo de Capua hizo depositar sus restos en un sepulcro marmóreo dentro de la Iglesia. En 1430 San Antonino, que era el Prior de la Minerva, para honrarla especialmente la depositó en la capilla del Rosario y finalmente en 1855, el Beato Papa Pio IX hizo trasladar el sarcófago al altar mayor donde hoy se venera.

Vista de diversos relicarios de la Santa conservados en Siena, Italia.

Vista de diversos relicarios de la Santa conservados en Siena, Italia.

Pío II la declaró santa en 1461 en la solemnidad de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Inicialmente su fiesta se le conmemoraba el mismo día de su muerte, el 29 de abril. En 1628 Urbano VIII la movió al día siguiente, para no superponer la fiesta con la de San Pedro de Verona, hasta que en 1969 volvió a su fecha primitiva. En 1939, el venerable Papa Pío XII la declaró patrona principal de Italia, junto a San Francisco de Asís. En 1970 el Beato Pablo VI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia, siendo la segunda mujer en obtener tal distinción (después de Santa Teresa de Jesús y antes de Santa Teresita del Niño Jesús). En 1999, bajo el pontificado del papa San Juan Pablo II, se convirtió en una de las Santas Patronas de Europa.

Emmanuel

Bibliografía
– Louis de Wohl, “Al Asalto del Cielo: Historia de Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia”, 8va Edición, Colección Arcaduz, España.
– Fr Ángel Melcón o.p. “Santa Catalina de Siena: Agonía y Esperanza”. Cuadernos dominicos. Ensayos 7, México 1983
– H. Aschehoug, “Santa Catalina de Siena”, Editorial Encuentro, Madrid, 2009
Santa Catalina de Siena, Virgen, Doctora de la Iglesia, Co patrona de Europa (1347-1380) En este enlace.
Dominicas de Santa Catalina de Siena, Autor: Domicatalinas

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es