Santos Desiderio (Didier) de Vienne y de Langres

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Estatua de San Desiderio (Didier) de Vienne.

Estatua de San Desiderio (Didier) de Vienne.

San Didier o Desiderio
Varios son los santos que llevan el nombre latino “Desiderius”, que significa “deseoso”; en francés Didier o Dizier, que puede traducirse al castellano como Desiderio, Desiderato o Dauferio. En el santoral aparecen varios santos así llamados, entre ellos se encuentra el santo Abad benedictino Desiderio de Montecasino conocido mejor como papa Beato Víctor III. Nos ocuparemos solamente de dos, cuyas vidas a veces son confundidas, ambos son franceses y su culto perdura hasta nuestros días.

Debido a que los dos santos a tratar son de origen francés, se conserva el nombre Didier en vez de la traducción española. Ambos son obispos y a pesar de que son de tiempo y lugar diferente ocasionalmente son confundidos o sus historias tenidas como una misma.

San Didier de Vienne
El primero de estos santos, nació hacia el año 550 en Autun (Francia), fue discípulo de San Siagrio de Autun. Vienne, situada en Poitou-Charentes cuya capital es Poitiers, fue un centro importante de la cultura romana, pero en los tiempos de Didier se encontraba en plena decadencia. Ante esta situación el santo se dedicó a la formación espiritual e intelectual de las personas, especialmente los clérigos, a fin de mantener y preservar lo mejor de la cultura occidental.

Muy joven, hacia el año 590 fue nombrado obispo de Vienne; sus obligaciones pastorales no le impidieron seguir su tarea de reconstrucción cultural lo cual le trajo incomprensiones hasta del mismo papa San Gregorio el Grande que le amonestó porque en sus enseñanzas se mezclaban los mitos paganos de manera didáctica. No existía aún una completa comprensión del legado cultural del decadente imperio romano por parte de la naciente cristiandad medieval. Siglos más tarde Santo Tomás de Aquino tendría igualmente problemas por rehabilitar la filosofía de Aristóteles y compaginarla con el pensamiento cristiano.

Vitral moderno de San Didier de Vienne con atributos episcopales y martiriales, además se incluye en su iconografía un el palio primitivo.

Vitral moderno de San Didier de Vienne con atributos episcopales y martiriales, además se incluye en su iconografía un el palio primitivo.

El concilio de Chalon depuso a Didier de su obispado por haberse aliado contras las autoridades civiles tomando partido por el obispo Aridio de Lyon además de otras calumnias, de tipo teológico, en su contra. Una leyenda posterior menciona a una mujer llamada Justa que se presentó y culpó al obispo de haberla violado; la apoyaban falsos testigos que infamaban al santo. La sentencia estaba dictada y el obispo fue depuesto y exiliado. Tiempo después y en circunstancias misteriosas sus acusadores, incluyendo Justa, murieron trágicamente en castigo a sus calumnias.

El obispo una vez rehabilitado continuó su labor episcopal además de hacer públicas las denuncias contra la forma de vivir poco cristiana entre la nobleza; el santo obispo fue capturado por soldados y lapidado en la actual Saint-Didier-sur-Chalaronne; esto ocurrió al parecer el 23 de mayo del 603.

La tradición culpa de su martirio a la reina Brunegilda de Austrasia a la cual San Didier amonestaba por su vida licenciosa, cuestionando incluso la legitimidad de sus hijos. A pesar de que la reina no era una piadosa dama, debe reconocerse que la leyenda que la acusa de provocar el martirio del obispo es infundada, ya que la soberana buscaba el apoyo episcopal para mantener las tradiciones de los francos frente al dominio e imposición del imperio romano. No es de dudar que la causa principal del martirio haya sido la denuncia constante del obispo contra los escándalos y vicios cortesanos.

El 11 de febrero del 620 el obispo de Vienne hizo transportar el cuerpo a la iglesia de San Pedro en Vienne. Su fiesta que era celebrada el 23 de mayo, aniversario de su martirio cedió lugar a la conmemoración de la traslatio de las reliquias. La iconografía de San Didier de Vienne es variada pero coincide en representar al obispo en actitud orante siendo lapidado.

San Didier de Langres, cuando aún era labrador, absorto en oración frente a una visión mariana.

San Didier de Langres, cuando aún era labrador, absorto en oración frente a una visión mariana.

San Didier de Langres
San Didier de Langres es celebrado el 23 de mayo, muy probablemente por la confusión con San Didier de Vienne. Era un humilde y devoto labrador de Génova que, según una antigua tradición, fue elevado al episcopado de manera milagrosa ya que a la muerte del obispo San Justo, el presbiterio de Langres se reunió para la elección de un superior; después de haber pedido ayuda a San Mamés, Dios les hace saber por inspiración que el próximo obispo se llamaría Didier. La delegación diocesana se dirigió a Roma para consultar al Papa, cuando de camino se encontraron a un campesino llamado Didier. La comitiva consideró que este era el elegido para ser el obispo. Convencido el labrador, fue llevado a la ciudad y consagrado obispo de Langres.

El santo obispo gobernó la diócesis con celo y piedad, distinguiéndose por sus milagros y espiritualidad. La tradición le ha considerado mártir de su ciudad junto con otros religiosos y seglares. Torturado fue finalmente decapitado por orden del jefe de una horda de bárbaros, llamado Chrocus. Las actas del siglo VII sitúan su martirio en el 264, pero lo más probable es que muriera en el siglo IV o principios del V ya que hay pruebas de que los vándalos decapitaron a un obispo en Langres hacia el año 411 que bien puede tratarse de San Didier de Langres.

Su iconografía, especialmente medieval es variada y vasta en Francia, tanto en miniaturas como en esculturas. Se le representa como clérigo, ataviado con los atributos episcopales y sosteniendo su cabeza decapitada con mitra. Otras representaciones, principalmente pictóricas describen la escena de su martirio y la de sus compañeros así como las leyendas que en torno suyo surgieron como una visión de la Virgen cuando el aún era un labrador y en alusión a su milagrosa elección episcopal.

Poncho

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La Eucaristía (II)

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Evangeliario, cruz y tabernáculo sobre el altar (rito bizantino).

Evangeliario, cruz y tabernáculo sobre el altar (rito bizantino).

El pasado Jueves Santo comenzamos un artículo sobre la Eucaristía, concretamente sobre un par de aspectos que crea controversias en la praxis litúrgica: la comunión bajo las dos especies y la comunión en la boca o en la mano. Continuaremos hoy, día del Corpus Christi, con varios temas relacionados también con la celebración litúrgica, concretamente a algunas normas litúrgicas que a veces suelen obviarse, olvidarse o, lo que es peor, desobedecerse. No es la misa una celebración en la que el que la preside o el pueblo fiel puedan hacer lo que les venga en gana, sino que, al ser una celebración en la que toda la Iglesia está presente, han de guardarse con respeto las normas establecidas. Cada gesto tiene su importancia y cada acción su porqué. Atrás quedaron los tiempos en los que la misa era de una rigidez y encorsetamiento extremos. La reforma litúrgica del Vaticano II hizo posible que se pudiera dar más flexibilidad a determinados aspectos, pero eso no es óbice para dar rienda suelta a la creatividad litúrgica de nuestros pastores (argumentando muchas veces dar cercanía, simbolismo o qué sé yo). En muchos casos lo que demuestran es una falta de respeto tanto a las normas litúrgicas, en ocasiones arraigadas desde hace siglos, a la obediencia debida a los superiores, al Pueblo de Dios que celebra con ellos, que tienen todo el derecho a una liturgia correcta, y, lo que es peor, a la misma dignidad que merece la grandeza de la Eucaristía.

Aunque hay muchos aspectos que podemos abordar, he elegido los que a continuación se desarrollan porque, a mi parecer, son los que actualmente más problemas dan en nuestras celebraciones, aunque sé que dará al artículo un aire de censura. Sólo deseo mostrar lo que la Iglesia estima más adecuado y las razones litúrgicas que lo apoyan.

Celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa Engracia, en Zaragoza (España).

Celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa Engracia, en Zaragoza (España).

No en cualquier sitio
Para la celebración de la misa no vale cualquier sitio, sino que ha de hacerse en un lugar sagrado: iglesia, capilla, oratorio, ermita… Sólo en caso de necesidad puede celebrarse en otro sitio [1], siempre y cuando se guarden las debidas orientaciones eclesiales: permiso del obispo diocesano que juzgará el caso concreto [2], comunicación al párroco en cuyo territorio se va a celebrar, altar dedicado o bendecido o mesa apropiada (nunca donde habitualmente se coma) [3] y que se den las demás condiciones para desarrollar la celebración dignamente (vestiduras, vasos sagrados, libros litúrgicos y paños sagrados, etc). Por ello no podrá un presbítero celebrar misa allí donde le apetezca, donde se lo pidan (por ejemplo unos novios que quieren casarse en la playa), donde resulte bonito por el paisaje o en una sala de la parroquia porque hay pocos fieles.

Pueden encontrarse razones para determinadas ocasiones puntuales: misas castrenses en tiempo de guerra o en maniobras, peregrinaciones, fiestas patronales en las que no haya capilla o ermita, misas en el cementerio si éste no dispone de capilla propia, misas multitudinarias… Generalmente, sobre todo las arraigadas por tradición en una diócesis, suelen disponer del permiso episcopal correspondiente.

En los demás casos no está permitido, sobre todo si se dispone de un lugar sagrado cerca. Así, se ha puesto de moda que muchos pequeños grupos parroquiales o comunidades de algún movimiento celebren la eucaristía en salas de catequesis. Se argumenta diciendo que son pocos, que hacen una liturgia a su estilo, que así es más recogido y cercano… No deberían tolerarse teniendo en cuenta que a escasos metros hay un altar bendecido y un lugar sagrado preparado para ello. Siempre será más digna una eucaristía en el templo o capilla parroquial que en una sala de catequesis.

Misa al aire libre celebrada en Taranto, Italia.

Misa al aire libre celebrada en Taranto, Italia.

Las vestiduras sagradas
Es un tema que, inexplicablemente, suele dar problemas, a pesar de que las normas están muy claras. La vestidura expresa el ministerio desempeñado y contribuyen al decoro y dignidad de la celebración. Todos los ministros ordenados o instituidos, así como los laicos que de forma extraordinaria ayudan al altar (como por ejemplo el clásico monaguillo), deben llevar vestiduras dignas para ello. En todos estos casos el alba y el cíngulo es vestidura común, a los que se añade la estola y la casulla para el presbítero, y la estola y la dalmática en el caso del diácono. Si se trata de un obispo se le añaden a las vestiduras presbiterales la mitra y el báculo, más el palio si se trata de arzobispo. Éstas, ni más ni menos, son las vestiduras que los ministros deben llevar en la celebración eucarística.

A veces, en algunas parroquias, suele verse a acólitos, monaguillos y demás sirvientes del altar que ayudan en la celebración sin la vestidura correspondiente. Cualquiera que desempeña el servicio al altar debe ir revestido con la ropa litúrgica prescrita: alba y cíngulo. La ropa de calle nunca puede suplir a la litúrgica.

También se suele ver en ocasiones a algunos presbíteros que, incluso presidiendo la celebración, no se ponen la casulla, pero sólo está permitido en concelebraciones multitudinarias en que no se disponga de casullas suficientes para todos (por ejemplo una misa crismal, pontificia…), y nunca para el caso del que preside, que debe llevar siempre la casulla [4]. Lo mismo para los diáconos, que no deben dejar la dalmática colgada en la percha de la sacristía [5].

Lectura del evangelio según el rito bizantino.

Lectura del evangelio según el rito bizantino.

Los ritos iniciales
Los ritos iniciales son parte de la celebración eucarística, nos introducen en ella y han de hacerse con la dignidad requerida [6]. Hay veces que en vez de empezar con la señal de la cruz y con el habitual “el Señor esté con vosotros”, se comienza con un “buenos días”. Es difícil de entender que el saludo secular pueda sustituir al religioso en este contexto. No es propio de la celebración que está comenzando ni pastoral ni teológicamente, pues no es específica para convocar a una comunidad cristiana ni nos introduce en el misterio que se va a hacer presente. Cada aspecto de nuestra vida tiene su lenguaje y el litúrgico también tiene el suyo.

Algunos parecen olvidar que el rito penitencial consta de dos partes diferenciadas: el “yo confieso”, en el que se pide perdón e intercesión por el perdón de los pecados cometidos, y el “Señor, ten piedad”, en el que se implora la misericordia divina. Sólo en algunas celebraciones especiales puede modificarse o anularse la primera parte, como por ejemplo en matrimonios o cuando se asperja con agua. Es más habitual cada día ver inexplicables supresiones de la primera parte y alteraciones de la segunda. En esta última parte no debe hacerse hincapié en las faltas humanas, sino que debe alabarse la bondad misericordiosa de Dios. Se suelen usar expresiones del tipo: “porque somos pecadores que no tenemos presente al prójimo, Señor, ten piedad”. Lo correcto sería decir algo como: “Tú, que nos acoges como un padre amoroso, Señor, ten piedad”.

Tampoco el Gloria debe olvidarse o modificarse en aquellas misas donde está prescrito su recitación. Y en el caso de ser cantado hay que ceñirse a la letra habitual [7].

Lectura del evangelio según el rito romano.

Lectura del evangelio según el rito romano.

La Liturgia de la Palabra
La dignidad de la Palabra de Dios exige que nunca se proclame desde folletos u hojas sueltas, sino que debe usarse para el caso el Leccionario, que es el formato adecuado y decoroso [8]. Nunca hay que olvidar que en la Palabra está también Cristo y debemos usar libros que físicamente expresen tal convicción.

La importancia de la Palabra de Dios reclama que sea proclamada con solemnidad y claridad, de modo que el pueblo fiel se alimente de ella con provecho. Elegir lectores que desempeñen mal su ministerio es mutilar una parte fundamental de la celebración. Por ello, leer las lecturas no debe ser algo rutinario, algo que puede hacer cualquiera, sino que requiere formación, vivencia de dicha Palabra, e incluso entrenamiento técnico. A veces lecturas con una fuerza y riqueza maravillosas se ven mermadas por una mala proclamación. Por eso, en celebraciones especiales con niños o jóvenes como primeras comuniones o confirmaciones, se hace imperativo que los que lean lo hagan bien, y no porque “han de hacer algo en la celebración”. Es preferible un catequista que proclame bien, a un niño nervioso que se entrecorte, aunque en ese día sea el “protagonista”. En todo caso, si está presente un ministro laico instituido lector o acólito, debe ser éste el que proclame las lecturas, pero nunca el Evangelio, que es exclusivo del diácono o del presbítero en ausencia de éste. Nunca un laico puede proclamar el Evangelio [9].

Con respecto a las lecturas a proclamar, no deben cambiarse a capricho ni sustituirlas por otro texto. Nunca una poesía, por muy maravillosa que sea, puede sustituir a la Palabra de Dios. Tampoco un canto puede suplir al salmo responsorial mandado [10], incluso si éste no se canta.

Primera misa en Chile. Obra de Pedro León Maximiano Maria Subercaseaux (1904).

Primera misa en Chile. Obra de Pedro León Maximiano Maria Subercaseaux (1904).

Por el ministerio de enseñar que confiere el orden sagrado y el cuidado del magisterio eclesial, la homilía siempre debe ser realizada por un obispo, sacerdote o diácono, pero nunca por un laico [11]. Por ello tampoco podrán generalizarse las llamadas “homilías comentadas”, en las que los fieles comparten sus opiniones y sentires sobre la Palabra de Dios. Tampoco los testimonios vivenciales personales (muy habitual en el Día del seminario, de Manos Unidas, etc.) pueden sustituir a la homilía, y deberían dejarse para después de la misa [12]. También hay que tener presente que es preferible decir la homilía desde la sede, lugar magisterial y presidencial, que desde el ambón, que debiera ser el lugar de proclamación de las lecturas y sólo eso. Pero el ambón siempre será mejor opción que el pasillo del templo a la hora de hacer una reflexión viva sobre la Escritura.

Con respecto a la Oración de los fieles, nunca debe suprimirse aunque sea en una misa “de diario”, guardando por tanto sus partes y estructura. Sirve lo mismo aquí que para la proclamación de las lecturas: guardando las secciones propias del que preside, deben ser bien leídas por los ministros adecuados (diácono, lector instituido o laico preparado, en este orden).

Misa de San Juan de Mata. Obra de Juan Carrero de Miranda (1666).

Misa de San Juan de Mata. Obra de Juan Carrero de Miranda (1666).

La Liturgia Eucarística
Un tema muy controvertido, en esta parte de la misa, es la desmesurada inspiración que muchos tienen para crear nuevos prefacios, plegarias eucarísticas u oraciones y aplicarlos en la celebración. Aunque los textos pueden ser muy variados en algunas secciones, en otras hay que ceñirse al texto propio del día. En cualquier caso siempre deben extraerse de misales aprobados por la autoridad competente. El documento “Redemptionis Sacramentum”, que en algunos de sus artículos da sólo recomendaciones, es, en este punto concreto, bastante tajante: “Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas, ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas” [13]. La dureza de la advertencia es debido a la importancia que el texto tiene en esta parte de la celebración: unas palabras inadecuadas, por ejemplo en la consagración, pueden hacer inválido el sacramento.

El dar la paz debe ser un gesto sobrio que se realice a los más cercanos. Los ministros del altar deben dársela entre ellos, y no bajar nunca del presbiterio [14]. A veces se ven sacerdotes que recorren toda la nave de la iglesia dando la paz a todos. Si por alguna razón quiere dar la paz a alguien en concreto de entre los fieles (aniversario, ordenación, institución ministerial…) deben ser los fieles los que suban al presbiterio y no al revés. Sólo podrían admitirse unas excepciones obvias: en los funerales, a los familiares más cercanos del difunto, y en el caso de personas con movilidad reducida (Día del enfermo, residencias…).

Otra práctica litúrgica que debe evitarse es la costumbre de partir la Hostia previamente a la consagración. Aunque las palabras de la consagración digan “tomó el pan, lo partió y se lo dio…”, lo correcto es hacer la fracción del pan en su lugar asignado: antes del “Cordero de Dios”. La Eucaristía no es un cuadro artístico teatral que pone en escena un hecho histórico [15].

Para finalizar me referiré a los avisos que suelen darse al final de las celebraciones. Deben evitarse, pero si su importancia hace que sea necesario darlos, que sean muy breves. A veces se dedica más tiempo a los avisos sobre próximas actividades, charlas, catequesis, conciertos o asuntos parroquiales que al momento culminante de la consagración. Mejor es fomentar otras formas de comunicación en la parroquia (carteles, hoja parroquial) que interrumpir el desarrollo de la celebración.

Comunión dada en una iglesia de Irlanda.

Comunión dada en una iglesia de Irlanda.

Conclusión
Ya sé que me dejo temas importantes: cantos, ofertorio, actitudes y posturas, pero el espacio permitido a este artículo no da para más. Sólo decir que la observancia debida en la liturgia no es “cosa de curas”. Todos los fieles están obligados a guardar las normas litúrgicas y tienen el derecho y deber de poner en conocimiento de la autoridad los excesos que puedan cometerse [16]. No somos meros espectadores que tragan lo que se les eche. Todos tenemos el derecho que las celebraciones a las que acudamos se hagan dentro de lo establecido. Pidamos y exijamos a nuestros pastores respeto, veneración y servicio fiel al Pueblo de Dios y a la Eucaristía.

David Jiménez


[1] Código de Derecho Canónico, 932
[2] Redemptionis Sacramentum, 108
[3] Liturgicae instaurationes, n. 9
[4] Redemptionis Sacramentum, 123-124
[5] Redemptionis Sacramentum, 125
[6] Introducción General al Misal Romano, 46
[7] Introducción General del Misal Romano, 53
[8] Introducción al Leccionario, 37
[9] Redemptionis Sacramentum, 63
[10] Redemptionis Sacramentum, 61-62
[11] Introducción General al Misal Romano, 66
[12] Ecclesiae de misterio, art. 3
[13] Redemptionis Sacramentum, 51
[14] Introducción General al Misal Romano, 82
[15] Smolarski, Dennis. Cómo no decir la misa, pág.58
[16] Redemptionis Sacramentum, 84

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Santa Juana de Arco, Doncella de Orléans

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Iluminación de la Santa (1450-1500). Centre Historique d'Archives Nationales, París (Francia).

Iluminación de la Santa (1450-1500). Centre Historique d’Archives Nationales, París (Francia).

Es difícil condensar en un solo artículo la reseña de una figura como Juana de Arco (Jehanne d’Arc), Doncella de Orleans, heroína de la Guerra de los Cien Años, virgen y mártir. La mayoría de los manuales generales de Historia Medieval apenas le dedican unas breves líneas o incluso ninguna, porque la mayoría de los medievalistas coinciden en afirmar que su papel no fue tan trascendental a nivel del conflicto histórico. Sin embargo, por sí misma resultó ser una persona extraordinaria, aunque quizá no en el sentido en que muchos la interpretan. Habiendo sido en extremo idealizada por la historiografía nacionalista del siglo XIX, impregnada de un denso chauvinismo, es difícil vislumbrar a la mujer detrás de la heroína, pero vamos a intentar hacerlo para “aterrizar” un poco desde las nubes en que muchos siguen viendo a esta joven sorprendente.

Una campesina de Lorena
Juana nació en Domrémy [1], villa de Lorena (Meuse), hoy en día francesa pero en aquellos tiempos independiente, el día 6 de enero de 1412, siendo una de los cinco hijos de unos simples campesinos, llamados Jacques Tarc (apellido que se transformaría en D’Arc, con el tiempo) e Ysabeau Romée. Creció como una muchacha campesina más, ayudando a la economía familiar tejiendo y sacando a pastar el rebaño de sus padres, como cualquier otra joven de campo. Era, como es propio de la clase campesina, analfabeta, nunca supo leer ni escribir; pero era hábil con las tareas domésticas y propias de mujer y además, se sentía orgullosa de ello: “Yo no sé ni A ni B, pero en lo que toca a las labores de aguja, no creo que haya mujer en Rouen que me pueda enseñar algo”, declararía después.

Tota vita prodigium visa est, “toda su vida parecía una maravilla”, dice el texto de la Bula de beatificación. Pero, en mi humilde opinión, nada parecía augurar su posterior grandeza, ya que en su infancia no se distinguió de las otras niñas de su edad y condición; salvo por una gran piedad, un verdadero amor a los pobres y una alegre voluntariedad. Como se verá después en sus manifestaciones y declaraciones, estaba muy influida por la espiritualidad franciscana, pues a la zona acudían muchos frailes y predicadores mendicantes con los que solía confesarse, asimismo, manifestaba una gran devoción al Nombre de Jesús, cuyo nombre gritó mientras moría. Sin embargo, su formación catequística era limitada: todo lo que sabía era el Pater Noster, el Ave Maria y el Credo, todo aprendido de su madre, y nada más. Era asidua a la comunión, el ayuno y la confesión especialmente, tan a menudo como podía. Esto le fue más que suficiente, como veremos.

Aparición de San Miguel Arcángel y las Santas Catalina de Alejandría y Margarita de Antioquía a Juana de Arco. Conjunto escultórico conmemorativo en Domrémy-la-Pucelle (Francia).

Aparición de San Miguel Arcángel y las Santas Catalina de Alejandría y Margarita de Antioquía a Juana de Arco. Conjunto escultórico conmemorativo en Domrémy-la-Pucelle (Francia).

La Guerra de los Cien Años
En aquella época, Francia atravesaba un largo conflicto bélico que ha pasado a los manuales de Historia como la Guerra de los Cien Años. Después de los éxitos militares de los ingleses, la alianza entre el rey Enrique V de Lancaster y el duque de Borgoña y el estado de decadencia en el que se encontraba la corte francesa – el rey Carlos VI estaba loco y la reina Isabel de Baviera llevaba una conducta pésima y sólo se preocupaba de asegurar la fortuna personal de su familia, lo cual era público y notorio-, con el Tratado de Troyes, firmado el 20 de mayo de 1420, se dispuso poner a disposición del rey de Inglaterra la corona del rey de Francia, mediante el matrimonio con Catalina de Francia, hija de Carlos VI, en detrimento del Delfín, legítimo heredero, futuro Carlos VII. Éste se había refugiado al sur del Loira, por lo que se burlaban de él llamándolo el “rey de Bourges”. Todas las regiones al norte de este río estaban realmente en manos de los anglo-borgoñones, a excepción de cuatro plazas fuertes: Mont-Saint-Michel, Tournai, Vaucouleurs y Orléans.El asedio de Orleáns se cerraría el 12 de octubre del 1428 por parte de los ingleses: todo el territorio abandonado durante quince años a las expoliaciones de la soldadesca, había llegado al colmo de la miseria, de los desórdenes y de la confusión: “era un barco sin timonel”, como fue descrito por un poeta de la época. Enrique V y posteriormente, Carlos VI murieron uno tras otro en el año 1422. Juan, duque de Bedford, hermano del rey de Inglaterra se había instalado en París y ejercía como regente en nombre de su sobrino, el pequeño Enrique VI. Contaba con el apoyo del duque de Borgoña, Felipe el Bueno, así como con el de la gran burguesía y el del ambiente universitario parisino, lo que contribuyó a justificar las pretensiones inglesas con la teoría de la “doble monarquía”: Francia e Inglaterra bajo la guía de la corona inglesa.

“Va, fille de Dieu, va!”
Es entonces cuando Juana de Arco entra en la historia. En las primeras semanas del año 1429, movida por una resolución interior y una fe admirable en sí misma, ella fue capaz de convencer al capitán de Vaucouleurs, Roberto de Baudricourt, para que le pusiera una escolta para presentarse ante el Delfín, que estaba en Chinon. Lo hizo valiéndose de argumentos convincentes de índole espiritual -ella tenía un mensaje divino que entregar al Delfín-, de lo contrario, hubiese sido muy difícil que un capitán militar prestase oídos a una joven campesina. Llegó a esta ciudad después de cabalgar durante once días, probablemente el 23 de febrero, aunque algunos hablan del 6 de marzo. La tarde del día 25 de febrero fue recibida por el Delfín, al cual le relató que, con sólo trece años de edad, oyó las “voces” de San Miguel, Santa Catalina de Alejandría y Santa Margarita de Antioquía [2], quienes le revelaron “de parte del Rey del Cielo” que ella tendría la misión de liberar el reino de Francia, que estaba bajo el poder de Inglaterra; y de hacer que su rey fuera consagrado como tal, interpelándola de esta manera: “Va, fille de Dieu, je te sera aide, va!” (“Ve, hija de Dios, yo te ayudaré, ve”).

Juana de Arco reconoce al Delfín, quien se había camuflado entre los cortesanos para probar que era enviada de Dios. Pintura historicista del siglo XIX.

Juana de Arco reconoce al Delfín, quien se había camuflado entre los cortesanos para probar que era enviada de Dios. Pintura historicista del siglo XIX.

Naturalmente, el Delfín no podía aceptar sin más aquella versión, por lo que, posteriormente, la hizo “examinar” en Poitiers por unos prelados y doctores que habían permanecido fieles a su causa. Este examen duró tres semanas y, desgraciadamente, desconocemos el texto de su dictamen, excepto que las conclusiones eran favorables a Juana, tal y como se transcribieron posteriormente en el proceso de rehabilitación. Una parte de dicho examen, sin embargo, consistió en comprobar la virginidad de Juana, de la cual ella siempre se sintió muy orgullosa. Era propio de la idiosincrasia del momento el creer que, si ella había mentido al declararse virgen, o si no lo era sin más, seguramente sería una impostora, blasfema y rea de muerte. Pero no sólo se comprobó que su virginidad estaba intacta, sino que además respondió correcta y hábilmente a todas las cuestiones que se le plantearon, dando primera muestra de su gran inteligencia y talento para la lid dialéctica, algo del todo extraordinario en una campesina. Este proceso, la lid dialéctica y un segundo examen de su virginidad, se daría posteriormente en su juicio y condena.

La Pucelle
Juana era libre de actuar y, con su sola presencia, hizo factible las relaciones entre el rey y la corte, que hasta el momento prácticamente habían sido inexistentes. Se organizó un ejército con el que Juana, el día 29 de abril, penetró en Orleáns y después de dos batallas victoriosas, levantó el asedio el 8 de mayo. Esto le mereció el título de Pucelle d’Orléans (la Doncella de Orléans), mote honorífico a su gran victoria. Desde allí, avanzó directamente hasta Reims, en pleno centro anglo-borgoñón, consiguiendo Juana una victoria espléndida en Patay el 18 de junio. El Delfín fue consagrado rey el 17 de julio, en la catedral de Reims, al igual que lo habían sido todos sus predecesores, siendo ungido con el óleo santo de San Remigio, quien desde los tiempos de Clodoveo había servido para ungir a todos los reyes francos. Esta consagración, objetivo de Juana, lo hizo aparecer ante todos como el legítimo rey, por lo que logró unir en torno a él aun a los más reticentes.

Coronación del rey Carlos VII en Reims. Óleo historicista de Jules Eugène Lenepveu (1889). Panteón de París, Francia.

Coronación del rey Carlos VII en Reims. Óleo historicista de Jules Eugène Lenepveu (1889). Panteón de París, Francia.

Desafortunadamente, Carlos VII, mal aconsejado, intentó seguir su propia política y obstaculizó la acción de Juana, quien, después de un revés sufrido en París, donde fue herida por un flechazo en el hombro; y también después de algunas acciones militares insignificantes, se vio obligada a claudicar, no reemprendiendo la lucha salvo por propia iniciativa, como cuando en la primavera del 1430 fue a socorrer a Compiègne, que estaba asediada por los borgoñones. Y es allí, durante una salida, cuando fue hecha prisionera la tarde del 23 de mayo, por parte de un borgoñón del séquito de Juan de Luxemburgo. Éste la tuvo prisionera en las fortalezas de Beaulieu-les-Fontaines, posteriormente en Beaurevoir, decidiendo venderla a los ingleses en Arrás, por la cantidad de diez mil escudos, en el mes de diciembre del año 1430. Carlos VII no hizo mención de interesarse por su rescate: a todas luces, y conseguida ya la coronación y algunas victorias, la presencia de la Doncella empezaba a resultarle incómoda y, de repente, la idea de deberle su corona a una campesina vestida con armadura ya no resultaba tan tolerable.

Juana ya había intentado escapar de su anterior prisión, saltando por la ventana, pero lo único que consiguió fue romperse una pierna y ser reprendida por sus voces -en concreto por la de Santa Catalina-, que le vaticinaron su martirio. Enferma y convaleciente, fue encerrada en el castillo de Rouen, donde quedó a merced de sus enemigos, quienes no sólo pretendían acabar con una rival a la que se la temía “más que a un ejército”, sino, fundamentalmente, desacreditar al rey que le debía a ella su corona. Para ello, los ingleses, secundados activamente por los universitarios de París, decidieron someterla a un proceso por herejía, proceso que sería dirigido por Pierre Cauchon, ex rector de la Universidad, que había sido nombrado obispo de Beauvais, después de firmarse el Tratado de Troyes, en el cual éste había intervenido a favor de los ingleses.

El proceso de Juana de Arco
A Juana de Arco se la conoce mucho mejor leyendo su proceso que atendiendo a sus victorias militares. Fue un proceso político camuflado como proceso eclesiástico, complejísimo, lleno de irregularidades y de injusticias, que se desarrolló en tres fases: proceso de instrucción del 9 de enero al 26 de marzo de 1431, en el que los interrogatorios comenzaron el 21 de febrero; proceso ordinario que terminó con una sesión pública en el cementerio de Saint-Ouen, en el curso de la cual, Juana fue obligada a un simulacro de abjuración el 24 de mayo y, finalmente, el proceso como recaída “relapsa” realizado el día 28 de mayo, con el argumento de que Juana había llevado puesta ropa de hombre. El obispo Cauchon, no habiendo podido probar la acusación de herejía durante los más estrictos interrogatorios a los que Juana fue sometida, llegó a acusarla de que llevando Juana esa vestimenta, se había hecho insumisa a la Iglesia, ya que utilizaba esa vestimenta como símbolo claro y patente de insumisión (para la idiosincrasia de la época era inconcebible que una mujer llevase ropas de hombre, cosa que en realidad ella hacía para llevar su misión más cómodamente y resguardar su virginidad, no provocando deseo). Esta tercera parte del proceso terminó el miércoles 30 de mayo con el suplicio al que fue sometida Juana: fue quemada viva en la plaza del Mercado Viejo, ante una gran multitud, como ejemplo y escarmiento ante los demás.

Juana de Arco, enferma, es interrogada en su celda por el cardenal de Winchester. Óleo de Paul Delaroche (1824), Museo de Bellas Artes de Rouen, Francia.

Juana de Arco, enferma, es interrogada en su celda por el cardenal de Winchester. Óleo de Paul Delaroche (1824), Museo de Bellas Artes de Rouen, Francia.

Un componente de vejación fue añadido a esta ya de por sí terrible muerte: se esperó a que sus ropas se quemaran para apagar las llamas y mostrar a la multitud su cuerpo desnudo, de modo que no quedara duda, para nadie, de que se trataba de una mujer que había osado vestirse de hombre. Luego fue quemada hasta las cenizas, que fueron arrojadas al Sena y se perdieron. Ya hemos hablado en otros artículos sobre la patente falsedad de algunas pretendidas reliquias de esta Santa. No se conserva más que su temblorosa firma, ejecutada en su proceso de abjuración, siendo conducida su mano por un escribano ya que, recordemos, ella no sabía escribir.

Es una lástima que, debido a las restricciones de espacio en este artículo, yo no pueda entrar en los pormenores de los interrogatorios, para lo cual recomiendo la bibliografía citada al pie del artículo. Sólo remarcar que Juana, como antes ante la corte del Delfín, dejó estupefactos a los jueces por su gran memoria y capacidad de respuesta y argumentación, algo impensable en una campesina analfabeta. Le repetían constantemente las mismas preguntas y la enredaban con argumentaciones complejas con la intención de cansarla, confundirla y hacer que se contradijese, pero ella tenía una gran habilidad para tomar nota mental de lo que ya le había sido preguntado y no consentía este juego, por lo que apenas percibía que querían enredarla, enseguida respondía: “Passez outre (pasad a otra cuestión)”, “Pero si ya he respondido a eso antes… leed lo ya escrito…” “Ya os respondí ayer. Me estáis presionando demasiado”.

Su templanza y fortaleza ante el angustioso proceso inquisitorial dejaba perplejos a sus jueces. Incluso mostró un inmenso valor cuando, ante su resistencia a revelar ciertos detalles de sus voces y visiones que ella consideraba exclusivamente destinadas al rey y a nadie más, se la amenazó con la tortura y se le enseñaron los instrumentos a los que podían someterla; a la vista de la rueda de cuchillas, ella exclamó: “No diré nada que no deba decir, ni aunque me arranquéis todos los miembros del cuerpo; y aun cuando lo hiciese, diría después que fue la tortura quien habló, no yo”. Debido a las discrepancias entre los jueces acerca de si sería apropiado torturarla, se sometió el asunto a votación y finalmente prevaleció la opinión que se oponía a la tortura, por lo que Juana no llegó a sufrir más tormento que el de la muerte en la hoguera.

Juana de Arco, condenada a muerte y transportada en carro a su pira en Rouen.

Juana de Arco, condenada a muerte y transportada en carro a su pira en Rouen.

Pero aún más, las palabras de Juana que nos son reveladas en los dos procesos, atestiguan su profunda sencillez y humildad, así como destacan su espiritualidad abandonada enteramente a la acción de Dios: “Si no fuera por la gracia de Dios, yo no sabría nada” “Yo no he hecho nada que no me haya sido ordenado por Dios o por sus ángeles” “Place a Dios realizar estas cosas a través de una simple niña”. Éstas son algunas de sus palabras y en esta acción divina ella pone una fe inquebrantable, siendo su lema favorito: “No tendré dudas”. Y con muy pocas palabras, deja en claro la división entre la acción divina y la acción temporal, respondiendo que si Dios había querido librar al pueblo de Francia, no necesitaba de gente armada: “En el nombre de Dios las armas combaten, pero sólo Dios dará la victoria”. Este tipo de argumentos ella también los esgrimía contra las acusaciones de adorar o haber hecho adorar objetos inanimados como su espada o su estandarte, que en más de una ocasión ella habría besado o dado a besar a algunos de sus seguidores. Esta acción, que se pretendió malinterpretar para acusarla de idolatría, la desmintió asegurando que la veneración no era dada a los objetos, sino a Dios. Con todo, afirmó respecto a su estandarte, una bandera con los nombres JESUS-MARIE bordados en ella: “Él cargó el peso, él llevó el honor”, para no vanagloriarse personalmente de sus triunfos, sino depositarlos en Jesús y en María. Preguntada de nuevo sobre el tema: “¿Vuestra esperanza de victoria está fundamentada sobre vuestro estandarte y sobre vuestra espada?”, ella respondió tajantemente: “Está fundada en Nuestro Señor y en nadie más”.

Esta claridad de ideas de que ella hacía gala y que enmudecían a quienes la conocían, marcó una impronta propia a todas sus respuestas, así como a su propia personalidad, que brillaba en unos tiempos marcados por una confusión total. Ella, serena y tranquila, frustró todas las insidias que le tendieron: “¿Dios odia a los ingleses?” A lo que ella respondió: “Del odio o del amor que Dios tiene a los ingleses, yo no sé nada; lo que yo sé es que serán expulsados de Francia”. Preguntada acerca de si las mártires Catalina y Margarita odiaban a los ingleses, su respuesta fue: “Ellas aman lo que Nuestro Señor ama, y odian lo que Dios odia”. Preguntada acerca de si marchó a Francia para combatir en busca de gloria y honor personal, su respuesta también fue tajante: “Preferiría haber sido torturada antes que dirigirme a Francia sin el permiso de Dios”.

Juana de Arco, quemada en la hoguera. Detalle de una vidriera del siglo XIX en la iglesia de Nôtre Dame des Vertus, Aubervilliers (Francia).

Juana de Arco, quemada en la hoguera. Detalle de una vidriera del siglo XIX en la iglesia de Nôtre Dame des Vertus, Aubervilliers (Francia).

Y sobre todo la sublime respuesta a la pregunta: “¿Os sentís en estado de gracia?” Pregunta peligrosa, porque de afirmarse en estado de gracia de forma rotunda, podía ser acusada de blasfema. Pero nuevamente ella responde con gran habilidad y simultánea sinceridad: “Si no estuviera en ella, ruego a Dios que me ponga en ella y en ella me conserve, porque yo sería la mujer más dolorida del mundo, si supiese que no estoy en la gracia de Dios”.

Virgen y mártir
Un aspecto muy particular a comentar es la visión, generalmente producida por las concepciones belicistas medievales, pero también por la historiografía nacionalista del siglo XIX, es ver a Juana de Arco como una especie de virgen guerrera, como una mujer-caballero hábil en el manejo de la espada, en la dirección de un ejército y en el combate a caballo. Nada más lejos de la realidad: Juana fue, como mucho, una humilde campesina a la que se le puso una armadura, ella fue la mente, no la mano. No sabía ni de estrategias de combate ni de manejo de armas, cosa que dejó a sus asesores y acompañantes. Su vida transcurrió en continua oración: aun en el momento del combate, ella portaba el estandarte en sus manos “para evitar que alguien muriese al llevarlo; además, yo no he matado nunca a nadie”. Su espada jamás se tiñó de sangre, y ya hemos visto que negaba un odio personal, o divino, hacia los ingleses. Sus motivaciones nada tenían que ver con el belicismo o el deseo de gloria personal. Todo lo hizo siguiendo los dictámenes de sus voces, de las que siempre se negó a hablar y apenas describió, contradiciéndose en ocasiones ya que, realmente, no quería hablar de ello por temor a cometer perjurio.

Muchas veces la vieron apartarse a un lugar solitario para sumirse en oración. Durante su juicio, ella declara, hablando de esa voz sobrenatural a la que llama “para que me asesore. No hay día alguno en el que no me asesore”. Estas confidencias nos hacen pensar que siempre tenía un coloquio familiar con alguien muy cercano, al que tenía siempre presente y por eso declara a uno de los que la estaban interrogando: “Yo no siento miedo de estar equivocada, sino de decir cosas que desagraden a mis voces, y sé siempre lo que debo responder”. Su último deseo fue recibir el Cuerpo de Cristo, que se le negó constantemente hasta caer en amenazas los sacerdotes que se compadecían de ella y le traían la Comunión, ser oída en confesión; y tener durante su suplicio una cruz delante de sus ojos. Sus últimas palabras fueron un grito hacia su único amor: “¡Jesús, Jesús, Jesús!”, repitiendo este nombre más de seis veces y gritándolo con todas sus fuerzas.

"Firma" de la Santa en su proceso de abjuración, en su versión original: JEHANNE (Juana).

“Firma” de la Santa en su proceso de abjuración, en su versión original: JEHANNE (Juana).

El sello definitivo de esta vida consagrada en medio del mundo fue el voto de virginidad que ella realizó cuando tuvo sus primeras revelaciones. Ella se hacía llamar Jehanne la Pucelle “Juana, la Doncella” (doncella no sólo en cuanto a virgen, sino también en cuanto a mujer joven) y con este nombre la llamaban quienes la conocían. Fue una virginidad heroicamente conservada en medio de los ejércitos de la época -era admirada y deseada por algunos de sus oficiales, que sin embargo jamás la tocaron-, en continuos desórdenes e incluso en la prisión, donde estuvo expuesta a los ultrajes por parte de los carceleros ingleses. Durante su proceso, ella quiso ser custodiada por mujeres en la prisión del arzobispado, en vez de serlo por hombres, en la prisión del castillo; pero esto no le fue concedido más que cuando aceptó despojarse temporalmente de sus ropas masculinas, que volvió a adoptar en cuanto sintió que estaba traicionando a sus voces. Hay una contradicción en este aspecto; puesto que, aunque generalmente se asume que Juana murió virgen, sufrió intentos de violación en la cárcel y llegó a quejarse amargamente de que un milord inglés la había forzado. En cambio, cuando supo que iba a ser quemada viva, sí se vino abajo por vez primera y rompió a llorar, lamentándose de que “mi cuerpo limpio y entero, que jamás fue corrompido, sea hoy consumido y convertido en cenizas. Prefiero ser decapitada siete veces antes que ser quemada”. En cualquier caso, este tema de la virginidad es, a mi entender, secundario, comparado con el sacrificio de su vida en defensa de sus ideas y su espiritualidad; pero no cabe que para ella era algo crucial, de primer orden.[4]

De hereje relapsa a heroína y Santa
Por más que algunos historiadores la vean como una “niña” cuya participación en el conflicto fue irrelevante, lo cierto es que el impulso que ella había dado a la reconquista del reino fue irreversible y, en vano, los ingleses intentaron recuperar su prestigio, haciendo consagrar como rey de Francia, en la catedral de Notre Dame de París, al pequeño rey Enrique VI, el día 16 de diciembre de 1431. Cuando después del Tratado de Arrás, que ponía fin a la alianza anglo-borgoñona (1435) y la liberación de París (1436), Carlos VII hizo su entrada en la reconquistada ciudad de Rouen (1449), una de sus primeras preocupaciones fue ordenar una investigación para aclarar las circunstancias exactas del proceso y de la muerte de Juana (¡a la que él, sin embargo, no había tratado de rescatar!). Este hecho fue el preludio de una investigación eclesiástica, que iba a ser llevada a cabo por el gran inquisidor francés Juan Bréhal y por el legado pontificio Guillermo de Estouteville, entre el 2 y el 8 de mayo del año 1452 y que tendría que realizarse sobre la base de los documentos y demás disposiciones encontradas, que fueron asimismo sometidas a consulta a los teólogos y a los canonistas.

Francia está poblada, tanto en sus plazas como en sus templos, de imágenes de Juana de Arco, todas reproduciendo el arquetipo de heroína de guerra y salvadora de Francia.

Francia está poblada, tanto en sus plazas como en sus templos, de imágenes de Juana de Arco, todas reproduciendo el arquetipo de heroína de guerra y salvadora de Francia. Ésta, en concreto, se encuentra en Jargeau.

Con un rescripto fechado el 11 de junio del 1455, el Papa Calixto III, ordenó la apertura del proceso de rehabilitación, que comenzó el 7 de noviembre del mismo año y que fue presidido por los obispos Juan Juvenal de Ursins de Reims, Guillermo Chartier de París y Ricardo de Longueil de Coutances. Después de la comparecencia e interrogatorio de ciento quince testigos de Domremy, Rouen, París y Orleáns, decidieron el 7 de julio de 1456, en la gran sala del arzobispado de Rouen, la solemne rehabilitación de Juana. Su madre, Ysabeau Romée, moriría dos años más tarde, el 28 de noviembre del 1458, viendo rehabilitada a su hija.

Los dos procesos, de los cuales tenemos de cada uno de ellos, tres manuscritos autentificados por notarios (que se encuentran en la Biblioteca de la Asamblea Nacional de París), a causa de su status legal, son muy diversos en cuanto a documentos de orden hagiográfico en general y representan una fuente de primer orden para el estudio, no sólo de los sucesos, sino incluso de la propia personalidad de Juana y del carácter de su espiritualidad. No debería sorprendernos que, aunque no fueran publicados ni traducidos hasta finales del siglo XIX, Juana haya participado en mayor o menos medida en el desprecio hacia su tiempo (“tiempos góticos”, tiempos de barbarie), desprecio característico del período clásico renacentista hacia el medievo. Pero sin embargo, pese al espontáneo fervor popular que ella suscitaba, especialmente en Orleáns, donde desde el año 1429 hasta el día de hoy, es conmemorada el día 8 de mayo, junto con la festividad de la liberación de la ciudad, Juana no fue elevada a los altares hasta el siglo XX. Fue declarada venerable en el 1904, beatificada el 18 de abril de 1909 y finalmente canonizada el 9 de mayo del año 1920. Su fiesta se celebra mañana, 30 de mayo.

Está inscrita en el Martirologio Romano en este día, 30 de mayo y el 13 de mayo de 1944, el Papa Pío XII la proclamó patrona secundaria de Francia, donde el día de su fiesta es fiesta nacional. El conjunto de todos estos textos e incluso la Misa compuesta en su honor, están influenciados por el prestigio de sus proezas guerreras; en ella se ha visto a la Santa de la Patria. La Bula de beatificación, promulgada en los tiempos en los que el anticlericalismo reinaba en Francia, dice que en el momento en el que “se invoca a la patria para atacar a la religión, el ejemplo de Juana puede dar a su país la fortaleza de la fe”. Está fuera de toda duda que la actividad de Santa Juana de Arco ha tenido un significado histórico que ha superado incluso la restitución del reino a su legítimo rey, que era en realidad el fin inmediato de su misión. Pero desde mi visión personal, esto tiene mucho que ver con la deformación nacionalista a la que se ha sometido a la Santa, que recordemos, no era francesa, sino lorenesa, y que además no consideraba a Francia su patria, sino un país extranjero al que fue enviada por una misión. Así lo manifestó al Delfín en Chinon: “Por amor de Dios yo he dejado mi patria y he venido a este país de Francia […]”. La instrumentalización a que ha sido sometida Juana, una campesina profundamente espiritual convertida en una especie de guerrera nacionalista, ha empañado la figura de una joven tan piadosa como fascinante. En palabras del prestigioso medievalista Georges Duby, “raros fueron los que pensaron en Francia que Juana era una bruja – lo que no era de ninguna de las maneras […] numerosas declaraciones aportaban lo necesario para convertirla en una beata – lo que tampoco era. Pero finalmente así ocurrió gracias a las manifestaciones fervorosas, a los recuerdos abiertos o camuflados y a la iconografía malsana”. En cualquier caso una figura extraordinaria, que superó las barreras que su época imponía a su sexo, a su condición y a su espiritualidad.

Hasta día de hoy, Juana de Arco sigue siendo una figura referente con un simbolismo heroico muy particular. Cartel americano de la II Guerra Mundial.

Hasta día de hoy, Juana de Arco sigue siendo una figura referente con un simbolismo heroico muy particular. Cartel americano de la II Guerra Mundial.

La Universidad de París, que se arrogaba un verdadero derecho de control sobre los asuntos pontificios y cuyos miembros, en el concilio de Basilea, fueron los más activos en el apoyo al último antipapa de la historia, Félix V, se vio desacreditada por su participación en el proceso contra Juana. Asimismo, la separación de los dos reinos de Francia e Inglaterra, preservó a Francia del cisma provocado por Enrique VIII en el siglo siguiente y que fue el origen de la Iglesia Anglicana.

La espiritualidad de Santa Juana se revela también admirablemente adaptada a nuestros tiempos, cuando sobre todo, después del siglo XVI, se vio nítidamente separada la vida profana de la vida mística. Ella encarnó la vida contemplativa en medio del mundo y aun en medio de las ocupaciones más profanas. Es, como dijo J. Daniélou, “la santa del tiempo, aquella que ha tenido vocación a la santidad en medio de un tumulto humano”.

Por desgracia no puedo extenderme más, ya que el artículo está resultando ya demasiado largo. Muchas cosas se pueden comentar todavía sobre esta Santa, que pueden llevar a un interesante debate ya que yo, irremediablemente, me quedo corta. Pero ante todo, destacar unas ideas fundamentales: en primer lugar, que no fue la princesa guerrera ni la heroína nacionalista que muchos han pretendido crear a lo largo de los siglos XIX-XX, ni un marimacho interesado en dar espadazos; sino una humilde campesina que, guiada por su luz interior, vistió una armadura y elevó un estandarte para tratar de cumplir una misión a la que se creía destinada. Una muchacha de apenas 18 años que, no sabiendo leer ni escribir, replicaba y debatía con sus jueces como un docto filósofo. Una cristiana de profunda fe y espiritualidad que guardó su virginidad con celo y afrontó la muerte más espantosa en defensa de sus ideas, y que, si bien quizá ella sola no llegó a cambiar el curso de la Historia, constituye una de las más sorprendentes y fascinantes mujeres de la Edad Media.

Meldelen

Bibliografía:
– DUBY, Georges y Andrée, “Los procesos de Juana de Arco”, Universidad de Granada, Divulgativa Collectanea Limitanea, Granada 2005.
– VVVAA, Bibliotheca Sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Ed. Città Nuova, Roma.

Otros recursos recomendados:
Filmografía:
“La Passion de Jeanne d’Arc” (1928). Dirigida por Carl Theodor Dreyer.
“The Messenger: The Story of Joan of Arc” (1999). Dirigida por Luc Besson.

Música:
– Richard Einhorn, “Voices of Light” (1994). Vocales: Anonymous 4. Instrumental: Netherlands Radio Philarmonic Orchestra.


[1] Hoy en día llamada Domrémy-la-Pucelle, precisamente, en honor de la Santa.
[2] Esta fecha no es completamente segura, de hecho, Juana afirmó tener 19 años ante el tribunal, aunque es probable que no tuviese ni los 18. De todos modos, dicha fecha es la más aceptada.
[3] De la identidad de estos tres Santos, a los que Juana afirmó ver y oír, no cabe la menor duda. Interpelada por el tribunal sobre si veía al ángel mencionado, ella respondió: “Lo vi con mis propios ojos tan claramente como os veo ahora”, y respecto a las Santas: “Ya os he dicho muchas veces que son las Santas Catalina y Margarita, creedme si así lo deseáis […]”
[4] La conservación de la virginidad y el estar en gracia de Dios eran para ella tan cruciales, que, por citar un ejemplo, cuando el maestro Jean d’Estivet, uno de sus jueces, se prodigaba en insultarla, llamándola “puta”, “desvergonzada” y “excomulgada”, su malestar era tal que le subía la fiebre y caía enferma.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Alejandro de Svir, egumeno ortodoxo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Icono ortodoxo ruso del Santo, en su atuendo de egumeno.

Icono ortodoxo ruso del Santo, en su atuendo de egumeno.

La biografía de San Alejandro Svirskij fue redactada por un discípulo suyo, llamado Erodión, que lo hizo sólo doce años después de su muerte, o sea, en el año 1545; y que llegó a sucederle en la dirección del monasterio. Esta obra es de un gran valor, ya que quien la escribió conoció personalmente a San Alejandro. El inspirador de esta biografía fue el metropolita Macario, que ya entonces preparaba la canonización del Santo, prácticamente recién muerto. Esta Vita se inspira en las biografías de los santos Sergio de Radonezh, Cirilo Beloozerskij y Barlaám Chutinskij y a ella se le aportaron algunas notas adicionales cuando en el año 1641 fueron encontradas sus reliquias.

Alejandro nació el día 15 de junio del año 1448 en un pueblecito de la región de Novgorod, que está situado en la confluencia de los ríos Svir’ y Ojat’, frente al monasterio Ostrovskij, dedicado a la Presentación de la Santísima Virgen en el Templo. Sus padres se llamaban Esteban y Vassa y eran unos agricultores muy modestos y devotos, los cuales se aseguraron de que sus hijos recibieran una educación cristiana. Cuando él nació, el resto de sus hermanos ya estaban casados, luego fue un niño pequeño rodeado de hermanos adultos, al que impusieron el nombre de Amós en el acto de su bautismo.

Aunque por naturaleza no se sentía atraído por los estudios, como desde niño sintió un gran amor hacia la Virgen, por ella, se dejó instruir interesándose especialmente en las Sagradas Escrituras, para lo cual, tuvo que aprender a leer y a escribir. Un día, cerca de su casa, se encontró son unos monjes del monasterio Valaam y entre ellos estaba un famoso starec, al que Amós le reveló su deseo de consagrarse completamente a Dios. Sin embargo, sus padres tenían otros planes y querían que su hijo contrajese matrimonio al igual que sus hermanos. Amós, con muchísima astucia consiguió la bendición de sus padres para que pudiera seguir a los monjes hasta el monasterio de Valaam, pero no para que se hiciera monje.

Visión de la Santísima Trinidad. Icono ortodoxo venerado en Misnk (Bielorrusia).

Visión de la Santísima Trinidad. Icono ortodoxo venerado en Misnk (Bielorrusia).

Atravesando el río Svir’, en la orilla del lago Ropscinskij, sintió interiormente una voz misteriosa que le comunicaba que en aquel mismo lugar fundaría algún día un monasterio. Él siguió a los monjes y con veintiséis años de edad pronunció sus votos monásticos tomando el nombre de Alejandro y con gran empeño, el joven monje se dedicó a practicar la virtud de la obediencia, de la humildad y del trabajo manual. Después de tres años de vida religiosa oculta, los habitantes de la región se dieron cuenta de la presencia de Alejandro en el monasterio e informaron a sus padres acerca del lugar donde se encontraba su hijo y cómo había realizado la profesión religiosa. El padre entró en cólera y se fue al monasterio con el propósito de llevarse a su rebelde hijo a casa. Para evitar encontrarse con su padre, Alejandro decidió no abandonar en ningún momento su celda y sólo por obediencia al egumeno del monasterio consintió encontrarse con su padre.

Durante la charla entre padre e hijo, éste no sólo se encargó de tranquilizar a su padre, sino que lo convenció para que tanto él como su madre abandonaran el mundo y abrazaran la vida monástica. Los padres siguieron la invitación de su hijo, y así, el padre entró en el monasterio Ostrovskij – el que estaba frente a su pueblo natal – tomando el nombre de Sergio y su madre se hizo religiosa en un monasterio femenino cercano, asumiendo el nombre de Bárbara.

Alejandro se sintió mucho más aliviado y feliz y se dedicó a llevar una intensa vida ascética, suscitando la admiración de todos los monjes de Valaam, que, ya de por sí, eran bastante exigentes. Pero deseando vivir en completa soledad, se retiró a una isla desabitada dentro del lago, que inmediatamente fue conocida como la isla santa. En ella permaneció durante trece años viviendo completamente solo. Aún hoy en día, en esa isla, se conservan los rastros de su vida austera: un habitáculo construido en el interior de una gruta pequeñísima y muy húmeda, situada en una grieta de una roca en la ladera de una montaña muy empinada, a la que es completamente imposible acceder, salvo escalando por la roca y en la que solo cabe una persona. También se conserva una tumba que él había excavado con la intención de ser algún día sepultado en ella. Durante su estancia solitaria, tuvo una visión en la cual vio que muchos ascetas se reunían en torno a él y que él mismo se había convertido en su guía espiritual.

Vista del cuerpo incorrupto del Santo tal cual se venera en el monasterio Svirskij.

Vista del cuerpo incorrupto del Santo tal cual se venera en el monasterio Svirskij.

Un día, se acercó a la isla un cazador que perseguía a un ciervo: era el boyardo Andrés Zavalisim, que se entretuvo con el monje solitario hablando sobre temas de espiritualidad y que decidió quedarse con él en la isla. Andrés era muy conocido y cuando sus vecinos y amigos se enteraron de su decisión y de que su ejemplo había sido seguido también por su hermano Juan, empezaron a acudir a la isla numerosos aspirantes que querían seguir su ejemplo llevando una vida monástica, lo que hizo que Alejandro se planteara construir un monasterio. Preparó algunas celdas y una pequeña iglesia de madera que dedicó a la Santísima Trinidad, pero necesitaban tener consigo a un sacerdote y a alguien que estuviese preparado para ser el egumeno de aquel nuevo monasterio. Por eso, San Serapión, arzobispo de Novgorod, ordenó de sacerdote a Alejandro, designándolo al mismo tiempo como egumeno del monasterio que se estaba construyendo.

Alejandro, como superior, daba ejemplo de una gran laboriosidad y de una perfecta observancia de la vida monástica: se dedicaba a buscar el agua y a recoger la leña para cocinar, hacía el trabajo de panadero, sembraba el trigo y lo segaba y muchos otros trabajos manuales, sin abandonar nunca ni sus tareas religiosas ni el socorrer a todos los necesitados que acudían solicitando ayuda. Pero como el número de monjes crecía sin cesar, fue necesario construir nuevas celdas, un refectorio, un molino, un cementerio y una iglesia de piedra que fue dedicada a la Protección de la Madre de Dios.

Alejandro llevaba siempre puesto un hábito muy pesado y hecho de parches de tela, dedicaba casi toda la noche a la oración y al trabajo, llegando incluso a realizar de noche los trabajos se siega del trigo y del centeno. A semejanza de San Teodosio de la Laura de las Grutas de Kiev, exigía a sus monjes una observancia escrupulosa de la vida monástica. Por las noches, pasaba junto a las celdas de los monjes y si sentía que algunos de ellos charlaban entre sí, a la mañana siguiente, los llamaba para exigirles responsabilidad e incluso imponerles severas penitencias.

Detalle de la mano incorrupta del Santo.

Detalle de la mano incorrupta del Santo.

Viendo cercano el fin de sus días, eligió a cuatro hieromonjes, uno de los cuales, según dictara el designio divino, habría de sucederle en la dirección del monasterio. En su testamento, se dirigía al metropolita Macario, rogándole protegiera a sus monjes y al que fuera posteriormente su sucesor. Hasta los últimos días de su vida, muchos devotos recurrieron a él para solicitarle consejos y recibir su bendición. Murió el día 30 de agosto del año 1533, con ochenta y cinco años de edad y pronunciando la invocación: “Recibe, Señor, mi espíritu”.

Trece años después de su muerte, fue inscrito en el catálogo de los santos y en el 1641, al ser exhumado, se encontró su cuerpo completamente fresco e incorrupto, como puede apreciarse en algunas de las fotos que ilustran este artículo. Hasta finales de los años veinte del siglo pasado, sus reliquias se custodiaban en una urna de plata en la catedral de la Transfiguración del monasterio Svirskij, pero la urna fue requisada por los bolcheviques, que sin embargo, respetaron su cuerpo. Hoy se encuentra dentro de una urna de madera. Su memoria litúrgica se celebra el 30 de agosto.

La importancia espiritual de San Alejandro de Svir es comparable a la de San Sergio de Radonezh, pues fue el maestro de una multitud de santos y de ascetas de las regiones nórdicas de Rusia, entre los cuales podemos reseñar a San Adrián Ondrusovskij, Santos Nicéforo y Genadio Vazeozerskie, San Alejandro Kutskij, San Jonás Jazezervskij, San Atanasio Sjandemskij y muchos otros.

Detalle de los pies incorruptos del Santo.

Detalle de los pies incorruptos del Santo.

Su iconografía sigue los cánones de la representación de los santos monjes ortodoxos. La visión mística que tuvo de la Santísima Trinidad aparece en algunos de sus iconos, inclinándose ante tres ángeles, apareciendo en el fondo su celda de madera o un bosque.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Felipe Neri, Apóstol de Roma (II)

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Boceto del Santo celebrando Misa. Obra de Paolo de Mattheis (s. XVII).

Boceto del Santo celebrando Misa. Obra de Paolo de Mattheis (s. XVII).

Siempre estaba en plena disponibilidad para cuantos lo buscaran, en cualquier tiempo y momento: «Siempre estaba del mismo modo, tenía el mismo rostro, sin inmutarse jamás». Y esto, notaba el padre Manni, era signo del gran espíritu y de la gran disposición de ánimo. Vivía una pobreza ejemplar, comía poco -era casi vegetariano, verduras y huevo comía con un poco de vino rebajado con agua-, su espíritu de pobreza lo llevó a “vivir de las limosnas”, era amante de la pobreza y con ésta buscará formar el espíritu de los hijos, como de una virtud básica para el hombre de Dios. Se sabe, por ejemplo, que tras la muerte de su padre, lo poco que heredó, Felipe renunciaría a esos bienes en un acto notarial el 8 de marzo de 1560. Tras una enfermedad en 1562 y una posterior recaída, redactaría su primer testamento en 1562 nombrando de heredero a su discípulo más amado del Oratorio, Constanzo Tassone.

En 1564 fundarían un oratorio en la nación florentina, tierra en la que nunca trabajaría Felipe y en la que pronto sería aceptada y crecería numerosamente el Oratorio. San Carlos Borromeo, en cambio, pedía un oratorio en Milán en 1567; pero a Roma le parecía “un terreno estéril” en el que tenía que trabajar más Felipe, por lo cual el cardenal Borrromeo tuvo que esperar. Recordando el severo pontificado de San Pío V, el propio Felipe y los oratorianos, así como el dominico Paulino Bernardino y el franciscano Jerónimo Finucci, tomaron la defensa de los pobres gitanos recluidos en las galeras, pero sin perjudicarse.

La actividad parroquial, ¿podía convenientemente ejercerse junto a la del Oratorio? Deberán acontecer hechos fastidiosos, de tal manera que Felipe no tardó en darse a la búsqueda de un nuevo ambiente, para poder desarrollar libremente su actividad. La justa aspiración fue bien comprendida por el Papa, que le concedió (por su elección o por deseo de los miembros, se sabe poco) la iglesia parroquial de Santa María in Vallicella, dedicada a la Natividad de María. A la «súplica» del Padre Felipe, le siguió la bula de Gregorio XIII, “Copiosus in misericordia” del 15 de julio de 1575, con la cual venía concedido al «querido hijo Felipe Neri, sacerdote florentino y prepósito de algunos sacerdotes y clérigos», cuanto se había pedido. Es decir: tener a su disposición aquella iglesia parroquial para ejercer, además de los necesarios ministerios parroquiales, «diversas obras de piedad», esto es, la tradicional actividad del Oratorio. Todo esto, en plena libertad, sin tener que someterse a institución alguna, como a San Jerónimo o a San Juan de los Florentinos. Además, la bula erigía canónicamente «una Congregación de sacerdotes y clérigos seculares para lo que se llama Oratorio». (Pbro. Antonio Cistellini, San Felipe Neri: Breve historia de una gran vida)

Vista de una reliquia ex-ossibus del Santo, concedida al autor del artículo por el Superior General de la Congregación.

Vista de una reliquia ex-ossibus del Santo, concedida al autor del artículo por el Superior General de la Congregación.

La institución “Oratorio” surgió como una convivencia comunitaria; Felipe negará haber querido fundar el instituto, aunque el título de fundador de la Congregación le será atribuido en vida. De cualquier modo, por la bula “Copiosus”, aquel solitario y modesto grupo presbiteral, dependiente del Padre, se erigió canónicamente en Congregación. Declararán expresamente en las Constituciones, aprobadas por Paulo V en 1612, que tal convivencia presbiterial (más tarde se agregarán hermanos legos), «instituida por divina inspiración, por el Santo Padre Felipe», estuviese cimentada por el sólo vínculo de la caridad, fuera de todo vínculo por voto, juramento o promesa y así debiese perseverar siempre en la Iglesia Santa «de vestiduras variadas» (Sal. 44,’0).

Cada oratorio está vinculado con el oratorio de Roma de manera amorosa, las casas no eran dependientes o prolifera de la de Roma. Cuando nacen otras casas a imitación de la romana, aunque estén autorizadas a denominarse «Oratorio», cada una permanece independiente y autónoma. En el seno de la Congregación, siempre constituida por un número limitado de hombres (según Newman no debe superar la docena), todos los miembros son «iguales».

Entretanto, la Congregación asumía sus normas particulares y desarrollando nuevas obras y funciones. La redacción de ellas la hacen los padres Talpa y Bordini, quienes entre 1582 y 1583, mostraron el primer texto en el cual intentaban codificar las normas comunitarias, practicadas en el curso de los últimos diez años. El Padre las revisó e hizo algunas anotaciones marginales, lo cual pudo significar una tácita aprobación, pero no parece que tuviesen un consenso unánime de la comunidad. Talpa hizo un nuevo texto más resumido, la Summa, que no tuvo buena suerte. Se vivía, como se manifestara años después: “pofus moribus quam legibus adscriti”, más conforme a las costumbres prevalecientes que a las reglas escritas.

Los dos pontífices con quienes tuvo mejor relación fueron: Gregorio XIII, quien apreció mucho a Felipe y con él, están los documentos de la erección de la congregación, la concesión de la Vallicella y las copiosas erogaciones de sumas para la nueva iglesia. Sixto V (1585-1590), quien encomendó a Felipe la Abadía de San Juan en Venere y fue agradecido con Baronio por la dedicatoria del primer tomo de los “Annales”. También Gregorio XIV (Sfrondati), quien durante su breve pontificado (1590-1591) mostrará al Padre gran devoción, intentando muchas veces imponerle el birrete cardenalicio.

Capilla-sepulcro del Santo en la Chiesa Nuova, Roma (Italia).

Capilla-sepulcro del Santo en la Chiesa Nuova, Roma (Italia).

Es con Clemente VIII con quien tiene una más íntima cercanía, ya que dicho pontífice había vivido de joven en Vallicella. Con la elección del papa Clemente, según los historiadores, pareció directamente que el mismo Felipe hubiese salido al solio pontificio. La confianza que le concedía a Felipe era debido a una cierta afinidad de temperamento sereno y alegre. Su alegre familiaridad consentía al humilde sacerdote acercarse al Papa, también en la recámara, donde yacía sufriendo de gota. Se acostaba riendo pues al sólo tocarlo le hacía desaparecer los dolores.

En 1593, con setenta años, renunció Felipe al cargo de Prepósito General y en las elecciones fue elegido el padre César Baronio como nuevo Prepósito. Ya sin el cargo, Felipe se ocuparía en la oración y atendiendo a los penitentes. Roma ya era otra diferente a cómo la vio cuando de joven llegó de Florencia a la Ciudad Eterna. Felipe y los oratorianos le devolvieron un rostro cristiano a Roma.

“La devoción es conveniente para toda clase de vocaciones y profesiones”, «La santidad, decía Felipe tocándose la frente, está en tres dedos», esto es, en mortificar la «razón» (el amor propio, el propio sentir). La práctica fundamental de la humildad está expresada en el movimiento programado de diversas atribuciones: «No despreciar a nadie, despreciar al mundo; despreciarse a sí mismo; no despreciar el ser despreciado». Consecuencia: un gran espíritu de obediencia («enamórense de la obediencia santa y que ésta vaya delante de toda otra cosa») y de olvido de sí. «Denme diez personas verdaderamente despegadas y con éstas me animo a convertir el mundo», decía. “Con la renuncia y la abnegación se acrecienta el amor y el servicio a Dios”. (Pbro. Antonio Cistellini, San Felipe Neri: Breve historia de una gran vida).

Tomando el punto De laude 45, de Jacopone da Todi, Felipe indica cinco grados para servir a Dios: el primero es el «estado temeroso»; el segundo es de «menesteroso», enfermo; el tercero es «amoroso», de amigo; el cuarto es «paternal», de hijo; el quinto es «esponsal», nupcial. La espiritualidad filipense, esencialmente, es cristocéntrica: «Quien quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que quiere; quien pide otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que pide; quien no obra por Cristo, no sabe lo que hace». Cristo está en el vértice de todo: «no anteponer nada al amor de Cristo» según la máxima benedictina; “concentrémonos tanto en su amor divino, insistía Felipe, y entremos tanto dentro de la llaga del costado, en la fuente viva de la sabiduría del Dios humanado, que nos neguemos a nosotros mismos y no encontrar mas el camino para salir».

Capilla-sepulcro del Santo en la Chiesa Nuova, Roma (Italia). El óleo que preside el altar es obra de Guido Reni.

Capilla-sepulcro del Santo en la Chiesa Nuova, Roma (Italia).

Ya anciano, en una carta del 7 de abril de 1595 a Florentino Vittorio, se encomendaba a sus plegarias «de lo que tengo tanta mayor necesidad en cuanto que, acercándome a la muerte, no conozco haber hecho algún bien». Tras sentir su muerte, destruye sus cartas y escritos, según los propios oratorianos; los escritos no han de haber sido muchos, pero quizá sí tenía una gran correspondencia. El 22 de mayo de 1595 sufría una hemorragia y el Cardenal Borromeo le administró el Viático. Se recuperaba brevemente y volvía a decaer. El jueves 25 de mayo, fiesta del Corpus Christi, recibió a penitentes y a los cardenales Cusani y Borromeo. Celebraría al medio día su última Misa y por la tarde escuchó confesiones. Por la noche hizo que le leyeran la vida de San Bernardino de Siena. Se fue a descansar y envuelto en hemorragias y sentado en su cama lo encontraría en la noche el padre Gallonio. Llamaron al médico y fueron los padres del oratorio, todo era inútil. El padre Baronio, prepósito, recitó la recomendación del alma y pidió al Padre la última bendición. Felipe, siempre sentado en la cama, sonriendo a los suyos, abrió los ojos, los tuvo fijos hacia lo alto, los puso sobre cada uno y los cerró para siempre. Eran cerca de las tres de la mañana del nuevo día, 26 de mayo.

El Papa y los miembros del Colegio cardenalicio, innumerables eclesiásticos y religiosos (los novicios de la Minerva acudieron juntos, «de dos en dos, llorando todos»), junto con un gentío del pueblo, de todas las clases; fue un obsequio unánime, hacia aquel que quedará para siempre con el título de «Apóstol de Roma». El bendito cuerpo fue primero colocado en la sepultura común de los padres, pero al día siguiente, tras la insistencia de los cardenales de’Medici y Borromeo, se coloca provisionalmente en un lugar separado en vista de la veneración de tanto hombre, por parte de la Iglesia. Reabierto el féretro, el cardenal de’Medici puso en el dedo de los restos su anillo episcopal, adornado con un precioso zafiro. Tres meses después de su muerte fue abierta su Causa de Canonización y el Padre Antonio Gallonio compuso la biografía del padre Felipe. El 11 de abril de 1615, se concedió celebrar el oficio y la Misa en honor del Padre, lo cual equivalía a la beatificación (no en uso todavía). Varias causas hicieron retardar la canonización, que llega por fin a cumplirse con Gregorio XV, el 12 de marzo de 1622, junto con la de los Santos Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús e Isidro Labrador.

San Felipe Neri nos muestra la importancia de la “alegría” de ser cristianos. El cristiano por naturaleza es alegre, es servicial y atento a los signos y necesidades de cada tiempo. Fue un hombre que no pensó en ser sacerdote y que, siendo sacerdote, aconsejó a muchos y guió a muchos en dirección espiritual. No fue ajeno a errores, recodemos que tuvo conflictos con San Camilo de Lelis, a quien dejó de hablar por no obedecerle y que finalmente se reconciliaron cuando el Papa aprobó la Orden fundada por San Camilo, viendo San Felipe en él la obra de Dios. O cuando uno de sus miembros, Camilo Severino, fue encarcelado por herejía y saliendo de prisión, Felipe no quiso recibirlo de nuevo en el Oratorio. El cristiano se cae y se levanta cuantas veces sea necesario, es mejor equivocarse que nunca actuar. Como laico fue inalcanzable y como sacerdote lo fue de igual manera, siempre pensando en los demás.

Vista del cuerpo incorrupto del Santo, recubierto con máscara de plata, en su sepulcro de la Chiesa Nuova, Roma (Italia).

Vista del cuerpo incorrupto del Santo, recubierto con máscara de plata, en su sepulcro de la Chiesa Nuova, Roma (Italia).

Próximamente la Congregación del Oratorio celebrará un centenario más del nacimiento de San Felipe Neri; y no dudamos de un gran jubileo para la Congregación del Oratorio, a quienes les recuerdo en este artículo la vida y obra de quien no quería llamarse fundador de un instituto llamado Oratorio, pero que fue ejemplo digno a seguir por muchos. Dejó su huella en Roma, de ahí que será llamado “el Apóstol de Roma”; y dejó su huella en la Iglesia misma que en su tiempo daba mucho de qué hablar.

Emmanuel

Enlace consultado (04/04/13):
http://www.oratorio.org.mx/spanish/biblioteca/documentos/Cistellini

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