La Eucaristía (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Evangeliario, cruz y tabernáculo sobre el altar (rito bizantino).

Evangeliario, cruz y tabernáculo sobre el altar (rito bizantino).

El pasado Jueves Santo comenzamos un artículo sobre la Eucaristía, concretamente sobre un par de aspectos que crea controversias en la praxis litúrgica: la comunión bajo las dos especies y la comunión en la boca o en la mano. Continuaremos hoy, día del Corpus Christi, con varios temas relacionados también con la celebración litúrgica, concretamente a algunas normas litúrgicas que a veces suelen obviarse, olvidarse o, lo que es peor, desobedecerse. No es la misa una celebración en la que el que la preside o el pueblo fiel puedan hacer lo que les venga en gana, sino que, al ser una celebración en la que toda la Iglesia está presente, han de guardarse con respeto las normas establecidas. Cada gesto tiene su importancia y cada acción su porqué. Atrás quedaron los tiempos en los que la misa era de una rigidez y encorsetamiento extremos. La reforma litúrgica del Vaticano II hizo posible que se pudiera dar más flexibilidad a determinados aspectos, pero eso no es óbice para dar rienda suelta a la creatividad litúrgica de nuestros pastores (argumentando muchas veces dar cercanía, simbolismo o qué sé yo). En muchos casos lo que demuestran es una falta de respeto tanto a las normas litúrgicas, en ocasiones arraigadas desde hace siglos, a la obediencia debida a los superiores, al Pueblo de Dios que celebra con ellos, que tienen todo el derecho a una liturgia correcta, y, lo que es peor, a la misma dignidad que merece la grandeza de la Eucaristía.

Aunque hay muchos aspectos que podemos abordar, he elegido los que a continuación se desarrollan porque, a mi parecer, son los que actualmente más problemas dan en nuestras celebraciones, aunque sé que dará al artículo un aire de censura. Sólo deseo mostrar lo que la Iglesia estima más adecuado y las razones litúrgicas que lo apoyan.

Celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa Engracia, en Zaragoza (España).

Celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa Engracia, en Zaragoza (España).

No en cualquier sitio
Para la celebración de la misa no vale cualquier sitio, sino que ha de hacerse en un lugar sagrado: iglesia, capilla, oratorio, ermita… Sólo en caso de necesidad puede celebrarse en otro sitio [1], siempre y cuando se guarden las debidas orientaciones eclesiales: permiso del obispo diocesano que juzgará el caso concreto [2], comunicación al párroco en cuyo territorio se va a celebrar, altar dedicado o bendecido o mesa apropiada (nunca donde habitualmente se coma) [3] y que se den las demás condiciones para desarrollar la celebración dignamente (vestiduras, vasos sagrados, libros litúrgicos y paños sagrados, etc). Por ello no podrá un presbítero celebrar misa allí donde le apetezca, donde se lo pidan (por ejemplo unos novios que quieren casarse en la playa), donde resulte bonito por el paisaje o en una sala de la parroquia porque hay pocos fieles.

Pueden encontrarse razones para determinadas ocasiones puntuales: misas castrenses en tiempo de guerra o en maniobras, peregrinaciones, fiestas patronales en las que no haya capilla o ermita, misas en el cementerio si éste no dispone de capilla propia, misas multitudinarias… Generalmente, sobre todo las arraigadas por tradición en una diócesis, suelen disponer del permiso episcopal correspondiente.

En los demás casos no está permitido, sobre todo si se dispone de un lugar sagrado cerca. Así, se ha puesto de moda que muchos pequeños grupos parroquiales o comunidades de algún movimiento celebren la eucaristía en salas de catequesis. Se argumenta diciendo que son pocos, que hacen una liturgia a su estilo, que así es más recogido y cercano… No deberían tolerarse teniendo en cuenta que a escasos metros hay un altar bendecido y un lugar sagrado preparado para ello. Siempre será más digna una eucaristía en el templo o capilla parroquial que en una sala de catequesis.

Misa al aire libre celebrada en Taranto, Italia.

Misa al aire libre celebrada en Taranto, Italia.

Las vestiduras sagradas
Es un tema que, inexplicablemente, suele dar problemas, a pesar de que las normas están muy claras. La vestidura expresa el ministerio desempeñado y contribuyen al decoro y dignidad de la celebración. Todos los ministros ordenados o instituidos, así como los laicos que de forma extraordinaria ayudan al altar (como por ejemplo el clásico monaguillo), deben llevar vestiduras dignas para ello. En todos estos casos el alba y el cíngulo es vestidura común, a los que se añade la estola y la casulla para el presbítero, y la estola y la dalmática en el caso del diácono. Si se trata de un obispo se le añaden a las vestiduras presbiterales la mitra y el báculo, más el palio si se trata de arzobispo. Éstas, ni más ni menos, son las vestiduras que los ministros deben llevar en la celebración eucarística.

A veces, en algunas parroquias, suele verse a acólitos, monaguillos y demás sirvientes del altar que ayudan en la celebración sin la vestidura correspondiente. Cualquiera que desempeña el servicio al altar debe ir revestido con la ropa litúrgica prescrita: alba y cíngulo. La ropa de calle nunca puede suplir a la litúrgica.

También se suele ver en ocasiones a algunos presbíteros que, incluso presidiendo la celebración, no se ponen la casulla, pero sólo está permitido en concelebraciones multitudinarias en que no se disponga de casullas suficientes para todos (por ejemplo una misa crismal, pontificia…), y nunca para el caso del que preside, que debe llevar siempre la casulla [4]. Lo mismo para los diáconos, que no deben dejar la dalmática colgada en la percha de la sacristía [5].

Lectura del evangelio según el rito bizantino.

Lectura del evangelio según el rito bizantino.

Los ritos iniciales
Los ritos iniciales son parte de la celebración eucarística, nos introducen en ella y han de hacerse con la dignidad requerida [6]. Hay veces que en vez de empezar con la señal de la cruz y con el habitual “el Señor esté con vosotros”, se comienza con un “buenos días”. Es difícil de entender que el saludo secular pueda sustituir al religioso en este contexto. No es propio de la celebración que está comenzando ni pastoral ni teológicamente, pues no es específica para convocar a una comunidad cristiana ni nos introduce en el misterio que se va a hacer presente. Cada aspecto de nuestra vida tiene su lenguaje y el litúrgico también tiene el suyo.

Algunos parecen olvidar que el rito penitencial consta de dos partes diferenciadas: el “yo confieso”, en el que se pide perdón e intercesión por el perdón de los pecados cometidos, y el “Señor, ten piedad”, en el que se implora la misericordia divina. Sólo en algunas celebraciones especiales puede modificarse o anularse la primera parte, como por ejemplo en matrimonios o cuando se asperja con agua. Es más habitual cada día ver inexplicables supresiones de la primera parte y alteraciones de la segunda. En esta última parte no debe hacerse hincapié en las faltas humanas, sino que debe alabarse la bondad misericordiosa de Dios. Se suelen usar expresiones del tipo: “porque somos pecadores que no tenemos presente al prójimo, Señor, ten piedad”. Lo correcto sería decir algo como: “Tú, que nos acoges como un padre amoroso, Señor, ten piedad”.

Tampoco el Gloria debe olvidarse o modificarse en aquellas misas donde está prescrito su recitación. Y en el caso de ser cantado hay que ceñirse a la letra habitual [7].

Lectura del evangelio según el rito romano.

Lectura del evangelio según el rito romano.

La Liturgia de la Palabra
La dignidad de la Palabra de Dios exige que nunca se proclame desde folletos u hojas sueltas, sino que debe usarse para el caso el Leccionario, que es el formato adecuado y decoroso [8]. Nunca hay que olvidar que en la Palabra está también Cristo y debemos usar libros que físicamente expresen tal convicción.

La importancia de la Palabra de Dios reclama que sea proclamada con solemnidad y claridad, de modo que el pueblo fiel se alimente de ella con provecho. Elegir lectores que desempeñen mal su ministerio es mutilar una parte fundamental de la celebración. Por ello, leer las lecturas no debe ser algo rutinario, algo que puede hacer cualquiera, sino que requiere formación, vivencia de dicha Palabra, e incluso entrenamiento técnico. A veces lecturas con una fuerza y riqueza maravillosas se ven mermadas por una mala proclamación. Por eso, en celebraciones especiales con niños o jóvenes como primeras comuniones o confirmaciones, se hace imperativo que los que lean lo hagan bien, y no porque “han de hacer algo en la celebración”. Es preferible un catequista que proclame bien, a un niño nervioso que se entrecorte, aunque en ese día sea el “protagonista”. En todo caso, si está presente un ministro laico instituido lector o acólito, debe ser éste el que proclame las lecturas, pero nunca el Evangelio, que es exclusivo del diácono o del presbítero en ausencia de éste. Nunca un laico puede proclamar el Evangelio [9].

Con respecto a las lecturas a proclamar, no deben cambiarse a capricho ni sustituirlas por otro texto. Nunca una poesía, por muy maravillosa que sea, puede sustituir a la Palabra de Dios. Tampoco un canto puede suplir al salmo responsorial mandado [10], incluso si éste no se canta.

Primera misa en Chile. Obra de Pedro León Maximiano Maria Subercaseaux (1904).

Primera misa en Chile. Obra de Pedro León Maximiano Maria Subercaseaux (1904).

Por el ministerio de enseñar que confiere el orden sagrado y el cuidado del magisterio eclesial, la homilía siempre debe ser realizada por un obispo, sacerdote o diácono, pero nunca por un laico [11]. Por ello tampoco podrán generalizarse las llamadas “homilías comentadas”, en las que los fieles comparten sus opiniones y sentires sobre la Palabra de Dios. Tampoco los testimonios vivenciales personales (muy habitual en el Día del seminario, de Manos Unidas, etc.) pueden sustituir a la homilía, y deberían dejarse para después de la misa [12]. También hay que tener presente que es preferible decir la homilía desde la sede, lugar magisterial y presidencial, que desde el ambón, que debiera ser el lugar de proclamación de las lecturas y sólo eso. Pero el ambón siempre será mejor opción que el pasillo del templo a la hora de hacer una reflexión viva sobre la Escritura.

Con respecto a la Oración de los fieles, nunca debe suprimirse aunque sea en una misa “de diario”, guardando por tanto sus partes y estructura. Sirve lo mismo aquí que para la proclamación de las lecturas: guardando las secciones propias del que preside, deben ser bien leídas por los ministros adecuados (diácono, lector instituido o laico preparado, en este orden).

Misa de San Juan de Mata. Obra de Juan Carrero de Miranda (1666).

Misa de San Juan de Mata. Obra de Juan Carrero de Miranda (1666).

La Liturgia Eucarística
Un tema muy controvertido, en esta parte de la misa, es la desmesurada inspiración que muchos tienen para crear nuevos prefacios, plegarias eucarísticas u oraciones y aplicarlos en la celebración. Aunque los textos pueden ser muy variados en algunas secciones, en otras hay que ceñirse al texto propio del día. En cualquier caso siempre deben extraerse de misales aprobados por la autoridad competente. El documento “Redemptionis Sacramentum”, que en algunos de sus artículos da sólo recomendaciones, es, en este punto concreto, bastante tajante: “Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas, ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas” [13]. La dureza de la advertencia es debido a la importancia que el texto tiene en esta parte de la celebración: unas palabras inadecuadas, por ejemplo en la consagración, pueden hacer inválido el sacramento.

El dar la paz debe ser un gesto sobrio que se realice a los más cercanos. Los ministros del altar deben dársela entre ellos, y no bajar nunca del presbiterio [14]. A veces se ven sacerdotes que recorren toda la nave de la iglesia dando la paz a todos. Si por alguna razón quiere dar la paz a alguien en concreto de entre los fieles (aniversario, ordenación, institución ministerial…) deben ser los fieles los que suban al presbiterio y no al revés. Sólo podrían admitirse unas excepciones obvias: en los funerales, a los familiares más cercanos del difunto, y en el caso de personas con movilidad reducida (Día del enfermo, residencias…).

Otra práctica litúrgica que debe evitarse es la costumbre de partir la Hostia previamente a la consagración. Aunque las palabras de la consagración digan “tomó el pan, lo partió y se lo dio…”, lo correcto es hacer la fracción del pan en su lugar asignado: antes del “Cordero de Dios”. La Eucaristía no es un cuadro artístico teatral que pone en escena un hecho histórico [15].

Para finalizar me referiré a los avisos que suelen darse al final de las celebraciones. Deben evitarse, pero si su importancia hace que sea necesario darlos, que sean muy breves. A veces se dedica más tiempo a los avisos sobre próximas actividades, charlas, catequesis, conciertos o asuntos parroquiales que al momento culminante de la consagración. Mejor es fomentar otras formas de comunicación en la parroquia (carteles, hoja parroquial) que interrumpir el desarrollo de la celebración.

Comunión dada en una iglesia de Irlanda.

Comunión dada en una iglesia de Irlanda.

Conclusión
Ya sé que me dejo temas importantes: cantos, ofertorio, actitudes y posturas, pero el espacio permitido a este artículo no da para más. Sólo decir que la observancia debida en la liturgia no es “cosa de curas”. Todos los fieles están obligados a guardar las normas litúrgicas y tienen el derecho y deber de poner en conocimiento de la autoridad los excesos que puedan cometerse [16]. No somos meros espectadores que tragan lo que se les eche. Todos tenemos el derecho que las celebraciones a las que acudamos se hagan dentro de lo establecido. Pidamos y exijamos a nuestros pastores respeto, veneración y servicio fiel al Pueblo de Dios y a la Eucaristía.

David Jiménez


[1] Código de Derecho Canónico, 932
[2] Redemptionis Sacramentum, 108
[3] Liturgicae instaurationes, n. 9
[4] Redemptionis Sacramentum, 123-124
[5] Redemptionis Sacramentum, 125
[6] Introducción General al Misal Romano, 46
[7] Introducción General del Misal Romano, 53
[8] Introducción al Leccionario, 37
[9] Redemptionis Sacramentum, 63
[10] Redemptionis Sacramentum, 61-62
[11] Introducción General al Misal Romano, 66
[12] Ecclesiae de misterio, art. 3
[13] Redemptionis Sacramentum, 51
[14] Introducción General al Misal Romano, 82
[15] Smolarski, Dennis. Cómo no decir la misa, pág.58
[16] Redemptionis Sacramentum, 84

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

6 pensamientos en “La Eucaristía (II)

  1. Leí el artículo pero creo que se refiere exclusivamente al Novus Ordo Missae 1969 de Anibal Bugnini. Salvo una mínima referencia a la liturgia Tradicional a la cual se le menciono con desprecio (´atras quedaron las…`). Tengo años de asistir regularmente a la Misa Tradicional y a los venerables ritos orientales los cuales estan representados en las fotografías y obras de arte del articulo, pero tanto en la realidad como en la teoría, la teología eucaristica del Novus Ordo frente a las tradiciones liturgicas antiguas, sean latinas u orientales, son diferentes. Basta ver el lenguaje utilizado para comprobar la dimensión de tales teologías.
    Mientras que en una misa se habla de presidente de la asamblea en otra se habla de sacrificador, mientras en una se habla de mesa del verbo, en la otra se habal de altar de inmolación. Quieranlo o no, lo digo como liturgista, hay dos ritos con nos dos visiones sobre los misterios.

    • En ningún momento he pretendido faltar al respeto del Vetus Ordo, pero la reforma litúrgica era necesaria. Y fue bien acogida entonces por la inmensa mayoría del pueblo cristiano la propuesta del Concilio de reformarla. Recuerdo que cualquier Concilio ecuménico, con el aval del Sumo Pontífice, es doctrina infalible.

      Bueno, con respecto a los términos, la teología, con el tiempo, va fijándose en aspectos teológicos por tiempo olvidados, descubre otros y matiza aspectos clásicos que antes se vivían distinto. El Magisterio actual, el que surge del Vaticano II habla de “presidente” porque descubrió que, aunque él presbítero tiene el ministerio ordenado, toda la asamblea, todo el Pueblo de Dios, participa, por el bautismo, en el sacerdocio común. Esto no minusvalora el sacerdocio ministerial, que sigue siendo el único que puede consagrar, administrar los sacramentos, etc… sino que da al bautismo de todo cristiano su sentido pleno. Por eso en la misa el presbítero dice: “Orad hermanos por este sacrificio mío y vuestro….” Porque realmente es todo el Pueblo el que ofrece el sacrificio, por eso se insiste en que haya pueblo laico en cada misa. El Vetus Ordo es un rito usado durante siglos por la Iglesia, pero esta necesita de nuevos lenguajes cultuales, nuevo acercamiento al hombre de Dios mediante algo que entienda y viva mejor. Es celebrar el mismo sacramento, los mismos misterios, pero de manera distinta. Lo cual no quita que la liturgia actual tenga sus normas que hay que respetar. Por ser nueva forma cultual la liturgia post Vaticano II no es menos seria, ni la antigua custodia y expresa mejor el culto cristiano.
      Ya se nota que eres gran amante del Vetus Ordo, y eso está bien. Pero celebrar la fe en el mundo de hoy es zambullirse de lleno en todo lo que éste quiso enseñar.

  2. De los muchos temas que has mencionado, sólo acierto a comentar el hecho de comunicar los avisos o programas parroquiales al final de la misa, justo antes de la bendición y la despedida. En mi parroquia y en todas las que he asistido a misa en mi tierra y en España, se hace así, es decir, comunicar los avisos antes de la despedida. Según dices esto es incorrecto y no lo dudo, lo que pasa es que es perfectamente comprensible y justificable el por qué se hace: porque si no, dicha la bendición, la feligresía huye en desbandada y ya no se queda a escuchar ni los avisos ni el programa. Tampoco sirve ponerlo en los paneles -aunque se pone, y también existe la hoja parroquial- porque hay quien no se acerca a leer ni por saber morir. Y no son pocos, son la mayoría.

    La vida parroquial es dinámica y cambiante, las personas son impredecibles y en cada lugar se dan unas circunstancias. Por eso, el sacerdote hace lo que puede con su feligresía, y a veces lo que uno puede no es lo que uno debe, pero así son las cosas. No veo tan grave, pues, el asunto de dar los avisos antes de la bendición, o de darlos en sí.

  3. Muchas gracias, David, por esta segunda parte de los artículos sobre la Eucaristía.
    Siendo para mí este sacramento, el centro de nuestro culto a Dios y el centro de nuestra santificación personal y estando de acuerdo en que las cosas santas deben tratarse santamente, sin embargo creo que las normas disciplinarias en cuanto a la liturgia, deben ser algo más flexibles de cara a hacer llegar este misterio a los fieles.
    Cierto es que cada comunidad no puede hacer lo que quiera, pero si aquello que de manera digna haga acercarse a los fieles al banquete eucarístico.

    Dejando claro que yo soy por naturaleza un gran amante de la liturgia, de la actual y de la antigua (que creo debe conservarse en algunos monasterios), tengo sin embargo que decir que para mi es esencial acercar la Eucaristía a los fieles y pongo un ejemplo muy personal: en el año 1968, mi hermano menor falleció en accidente de trabajo estando dos días en coma en el hospital. Yo sentía la necesidad de que se celebrara la liturgia en su presencia y provechando que de noche las monjas no estaban dando demasiada lata (estamos hablando de los años sesenta), un sacerdote amigo y yo, con un trozo de pan y un vaso de vino, celebramos la Eucaristía en su cama, recordando aquella frase de los evangelios: “Y he aquí que le traen un paralítico, echado sobre una camilla. Y, al ver la fe de ellos dijo Jesús al paralítico: Confía, hijo, tus pecados están perdonados” (Mateo, 9, 2). Por mi fe y la de aquel sacerdote que puso el Cuerpo y la Sangre de Cristo sobre el cuerpo de mi hermano, mi hermano quedaría salvado. Fue una necesidad de aquel momento, fue una Eucaristía válida y profundamente sentida y vivida, aunque para algunos fuera extralimitarse.

  4. Buenos Días..
    Una consulta…
    Una fiesta Patronal Mariana, puede suplantar a la celebración de una Solemnidad?

    gracias!!
    Bendiciones!!!

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