Los Santos que navegaron sobre su manto (III)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Retrato post-mortem del Venerable que reproduce fidedignamente su rostro.

Retrato post-mortem del Venerable que reproduce fidedignamente su rostro.

Venerable padre Gesualdo Melacrinò de Reggio Calabria (1725 – 1803)
Gesualdo nació en Reggio Calabria, el 18 de octubre de 1725, hijo de Francisco Melacrino y Saveria Melissari, de estatus social discreto. Fue bautizado dos días más tarde con el nombre de José. A los 15 años, después de una infancia singularmente serena y educado en la inocencia y la piedad en su hogar, Jose entró en el noviciado de los capuchinos de Fiumara di Muro, vistiendo el hábito y tomando el nuevo nombre de Gesualdo de Reggio, el día 5 de noviembre de 1740 y profesando sus votos el día 5 de noviembre de 1741.

Realizó entonces los estudios humanísticos y filosóficos, entre otras cosas, mediante la adquisición de un dominio de las lenguas clásicas y modernas, como el latín y el griego, hebreo y arameo, francés y español. Durante once años enseñó al clero de su provincia, escribiendo él mismo, junto con muchas otras, obras apologéticas y doctrinales, nuevos manuales de texto que se ocupaban de los peligrosos movimientos teológicos y filosóficos de la época: la Ilustración, el racionalismo y el febronianismo, a la cabeza de las cuales estaban las insidias y la virulencia de los masones.

Por la defensa de la verdad y de la Iglesia llevó más de 50 años de lucha vigorosa y franca, pero sin embargo, en la medida de lo posible, siempre fue respetuoso con las personas, con el fin de conquistar más con el amor apostólico que con otros razonamientos. Al mismo tiempo, respondía a las continuas solicitudes de los obispos que lo llamaban para la predicación y para las misiones en sus diócesis.

Nombrado, por la confianza de sus hermanos, a las responsabilidades de guardián, visitador, definidor y maestro provincial, dio lo mejor de su espíritu seráfico, pero también de su actividad epistolar y doctrinal, para la renovación de su familia religiosa, y durante dos décadas, atendió la formación de “conventos de retiro”, que diseñó y apoyó, donde los frailes que querían, podían vivir en todo su rigor de capuchinos, la tradición franciscana.

Vista de algunas pertenencias del Venerable.

Vista de algunas pertenencias del Venerable.

Debido a los acontecimientos políticos que sacudieron la región de Calabria a finales del siglo XVIII, los religiosos fueron suprimidos en el 1784 y expulsados. El padre Gesualdo, que quería retirarse a la provincia de Messina, fue retenido por el Arzobispo de Reggio porque lo consideraba necesario para su diócesis a causa de los desastres de los terribles terremotos de 1783-1784.

Permaneció entonces en la ciudad, pero teniendo como alojamiento una cabaña de madera, propiedad del canónigo Don Candiloro; allí vivió durante más de 10 años en la pobreza más absoluta, el verdadero espíritu del franciscano capuchino, fiel a sus costumbres religiosas y haciendo un gran bien espiritual y material, especialmente a los pobres y a los enfermos, en sus casas o en los hospitales y en las cárceles. Además, todas las noches hasta bien tarde, lo hacía en su propia cabaña. Mientras tanto enseñaba a los clérigos del seminario archidiocesano.

Mientras tanto, en el 1792, el padre Gesualdo fue preconizado como obispo de Martirano, por Pío VI y el rey Fernando IV, pero él renunció con tenaz humildad. La restauración de la Provincia Capuchina de Reggio en el año 1800 permitió el regreso del Siervo de Dios a la comunidad del convento del Santuario de Nuestra Señora de la Consolación. En 1801 se plegó ante la obediencia para aceptar el cargo de Ministro Provincial, para el que fue nombrado por unanimidad por sus hermanos. El padre Gesualdo no descuidó este ministerio sagrado, utilizó su ciencia para que fuese más rentable, siendo siempre y en todas las ocasiones, un excepcional hombre de Dios y de la Iglesia, piadoso, humilde religioso intacto y puro, franciscano auténtico en todas partes y con todos y en todas las ocasiones.

Vista de los dos bastones empleados en vida por el Venerable.

Vista de los dos bastones empleados en vida por el Venerable.

Su gran fe fue reconocida por el visible fervor de sus largas meditaciones y oraciones, la celebración de la Santa Misa, en su predicación, en su incansable defensa de la ortodoxia de la fe. A todo ello se añadió un amor ardiente al Señor, su abandono total a la voluntad de Dios, el exacto cumplimiento de todas sus obligaciones, la dedicación absoluta al ministerio de la predicación y la confesión para llevar almas al amor de Dios, las ásperas penitencias en reparación por las ofensas cometidas contra el Señor; todo esto demostraba que Dios estaba en la sima de todos sus pensamientos. De ahí, su amor heroico al prójimo; él era un verdadero siervo de todos a todas horas y en todas sus necesidades.

Predicaba asiduamente, oía confesiones hasta altas horas de la noche, visitaba a los enfermos en sus hogares y en el hospital, y a los presos. Todo lo que recibía lo daba a los pobres, para quienes siempre llevaba una mochila en la espalda recogiendo limosnas de casa en casa. Dió grandes pruebas de fortaleza en su ministerio, no sólo soportando penalidades y privaciones de todo tipo, sino también enfrentándose a la hostilidad y a las amenazas de los masones, que estaban entonces en Calabria y en otras partes no haciendo nada para disimular su anticlericalismo. Tenía una templanza extraordinaria, comía poco y sólo una vez al día, dormía en el suelo, y se azotaba hasta sangrar. La observancia de los votos, sobre todo los de la altísima pobreza, fue su modelo sublime, más con muchísimo celo con sus hermanos.

Fue un apóstol infatigable en Calabria y en la vecina Sicilia. Fue un taumaturgo: atravesó secos ríos, con su manto y con su compañero, por dos veces atravesó el estrecho de Mesina, curó numerosos enfermos tanto en vida como después de su muerte.

Con respecto al cruce del Estrecho, se cuenta: teniendo que predicar la Cuaresma en Messina, se fue junto con Fray Mansuato a una playa cercana a Catona, para embarcarse. Pero el mar estaba muy bravo y los barqueros no estaban dispuestos a llevarlos a bordo para acompañarlos hasta el otro lado. Entonces, como no tenía sentido enojarse, le dijo a Fray Mansueto: “Agárrate a mi túnica”, y levantándolo ligeramente por la parte anterior, comenzó a cruzar el mar, que a su paso se volvía tranquilo como el aceite, mientras que alrededor, las olas seguían persiguiendo a unos y a otros, mostrando su brutal y espumosa fuerza.

Así es como nos cuenta este emocionante evento el canónigo de Santa María de la Católica de Reggio Calabria, Don Consulado Laganà: “Hace unos años un paisano nuestro llamado José Lipari que aunque viejo, todavía está vivo, me dijo que fue su padre Fabrizio quién le había contado que un día, estando el siervo de Dios con todo afán para ir a Messina a predicar la palabra divina, no pudiendo entrar en el barco, porque ante el viento tormentoso ningún marinero tuvo el coraje de echarse al mar, él desplegó su manto sobre las aguas y dijo a Fray Mansueto (su acostumbrado compañero), que le siguiera y ambos se echaron al mar y, en poco tiempo, llegaron a la orilla opuesta. Eso fue algo maravilloso para los habitantes de Messina, porque no veían ningún barco del que hubieran desembarcados; incluso los religiosos de aquel convento, que no los conocían, al verlos llegar se sorprendieron, ya que estando el mar tan tormentoso, no sabían cómo habían podido llegar hasta allí”. (Summarium 128-129).

El Venerable cruza el estrecho de Mesina sobre su manto.

El Venerable cruza el estrecho de Mesina sobre su manto.

El padre Gesualdo, lleno de méritos, golpeado por una grave enfermedad, murió santamente el día 28 de enero del año 1803, con 78 años de edad y 63 de vida religiosa. Su Causa de canonización fue abierta en el año 1855 y el 2 de abril del 1982, el padre Gesualdo fue declarado Venerable.

Conclusión
Jesús, después de la multiplicación de los panes y de los peces, “hizo que sus discípulos subieran a una barca y lo precedieran al otro lado hasta que se hubiese dispersado aquella multitud. Despidió a las gentes y subió al monte a orar en solitario. Cuando llegó la noche, aun estaba allí solo. Mientras tanto, el barco estaba ya a muchas millas de tierra, golpeado por las olas ya que el viento soplaba en contra. Al llegar la noche, Jesús fue hacia ellos caminando sobre el mar. Al verlo caminar sobre el mar, los discípulos se asustaron y dijeron: “¡Es un fantasma”! y gritaron de miedo. Pero en seguida, Jesús les habló diciendo: “Tranquilos, soy yo, no tengais miedo”. Pedro le respondió: “Señor, si eres tu hazme llegar a ti sobre las aguas” y él le dijo: “¡Ven!”. Pedro, bajó de la barca y comenzó a caminar sobre las aguas hacia donde estaba Jesús, pero viendo que el viento soplaba fuertemente, tuvo miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Señor, sálvame!”. Enseguida, Jesús lo cogió por la mano y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”. Apenas subieron a la barca, el viento cesó. Los que estaban sobre la barca se postraron delante de él diciendo: “¡Verdaderamente, tu eres el Hijo de Dios!”

El mar, en la simbología bíblica, es el mundo en todos sus aspectos: así, el Santo es el hombre de Dios, que ahora está con el alma totalmente dedicada sólo a la alegría de Cristo, “vuela” sobre el mismo mundo, sin sufrir daños. El Santo camina sobre el mar, aun para su propia gloria, pero el milagro sucede como cumplimiento de la voluntad de Dios o para apoyar la obra de evangelización y de caridad. Por lo tanto, el manto no sólo manifiesta la defensa ante la lluvia, la tormenta del viaje natural, sino que se convierte en una señal de nuestra propia santificación: una vida que pasa “sobre” el mundo y que manifiesta el poder de Dios en el camino emprendido: “la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad”(LG 40)

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II apendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Cantù Ignazio – Guida pei monti della Brianza e per le terre circonvicine (1837)
* Grenci Damiano Marco – Archivo iconográfico y hagiográfico privado: 1977 – 2013
* Grenci Damiano Marco – Quaderno 138, I Santi di Canzo – Ed. D. M. G., 2012
* Malvicini Fulvio A. in www.templarisanbernardo.org
* Pettinei Guido, I Santi canonizzati del giorno, vol. 1, ed. Segno, Udine, 1991
* “Santi, santità e santini di Calabria”, Cosenza, Progetto 2000, 2011
* sito web eremosantalberto.it
* sito web madonnadellaconsolazione.com
* sito web treccani.it
* sito web web.tiscali.it/gesualdodareggiocal/
* Tam Giovanni – Santi e Beati in Valtellina. Biografías populares. Memorias históricas. Tradiciones – Scuola Tip. Casa Divina Provvidenza, Como 1923
* Tradigo Alfredo – Iconos y santos de Oriente – Electa 2004

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

3 pensamientos en “Los Santos que navegaron sobre su manto (III)

  1. Creo que han sido tres artículos muy interesantes e ilustrativos. De algunas de estas historias, no tenía conocimiento y te agradezco, Damiano, que nos las hayas dado a conocer.
    Ese es un tema distinto a si algunos de estos hechos están más o menos influenciados por leyendas y tradiciones o son totalmente reales. Gracias, Damiano por este trabajo de recopilación.

  2. Yo he echado en falta alguna mención a Santas mujeres a las que se puede aplicar este curioso topos hagiográfico. Como decía en el primer artículo, Santa María Toribia (de la Cabeza) y Santa Trofimena de Minori son ejemplos de Santas de las que la tradición dice que navegaron sobre sus ropas: la primera, sobre su mantilla cruzando el arroyo, la otra, sobre su manto cruzando un río. Por si alguna vez consideras añadirlas a este elenco, Damiano.

    • Acabo de descubrir que también Santa Mustiola, virgen mártir de Chiusi, navegó sobre su propio manto sobre las aguas del lago de Chiusi para huir de los soldados que la perseguían, según la leyenda. Otra más, pues, que cabe añadir, y ya van tres.

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