La tumba de Santiago el Mayor

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Vista de la tumba de Santiago Zebedeo, apóstol. Catedral de Santiago de Compostela, España.

Vista de la tumba de Santiago Zebedeo, apóstol. Catedral de Santiago de Compostela, España.

Hoy celebramos la festividad de Santiago Zebedeo, patrono de España, sobre el que ya escribimos el día 25 de julio del año 2011. En aquella ocasión hablamos someramente de su tumba, principalmente en los comentarios que se hicieron al artículo, pero como creo que este tema es interesante, vuelvo a plantearlo más extensamente y luego, que cada uno saque sus propias conclusiones.

Dice la tradición que Santiago estuvo predicando el evangelio en la Hispania romana y que posteriormente volvió a Jerusalén. Allí fue degollado por Herodes Agripa en el año 44 (esto último es cierto), pero que, sigue diciendo la tradición, sus discípulos Teodoro y Atanasio recogieron el cuerpo del apóstol y lo trajeron a las costas galaicas, donde lo sepultaron en unos terrenos pertenecientes a la reina Lupa. Con posterioridad, fueron sepultados allí también esos dos discípulos, pero sin embargo la pista se perdió durante ocho siglos. A principios del siglo IX, un eremita llamado Pelayo vio unas luces que señalaban un lugar en el bosque; la noticia llegó a oídos del obispo Teodomiro de Iria Flavia, el cual se lo comunicó al rey de Asturias, levantándose en aquel lugar una iglesia en honor del apóstol, porque “el cielo dio señales” de que allí estaban las reliquias del apóstol y sus dos discípulos. Hasta aquí, grosso modo, es lo que dice la tradición.

Pero, ¿estuvo el apóstol en Hispania? Eso no se sabe, pero supongamos que sí. Recordemos lo que escribió San Jerónimo en un comentario que hizo al libro del profeta Isaías: “Los que bajaron al mar y lo navegaron cruzando su inmensidad, son aquellos apóstoles que estando remendando sus redes a la orilla del lago de Genesaret, fueron llamados por Jesús y enviados al mar inmenso, haciéndoles de pescadores de peces, pescadores de hombres; los que comenzando desde Jerusalén predicaron el Evangelio hasta el Ilírico e Hispania, aprisionando con su doctrina en breve tiempo a la misma Roma”. (Com. a lsaías 42,10)

Martirio de Santiago, óleo de Francisco de Zurbarán (1639). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Martirio de Santiago, óleo de Francisco de Zurbarán (1639). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Lo normal es que navegara en barco hasta las costas de Tarragona o las de Cartagena y que desde allí, llegando al río Ebro y subiendo por él, arribara a Zaragoza – donde se dice que se le apareció la Virgen – y subiendo hacia el norte y bordeando las costas del Cantábrico, finalmente llegaría a Galicia. Durante su camino, predicaría el Evangelio y después marcharía de nuevo a Judea, siempre acompañado de sus dos discípulos. Allí Herodes lo mata y los discípulos traen su cadáver a las tierras donde estuvo evangelizando. Todo esto es suposición, excepto lo del martirio. Pero es que además hay cosas muy raras en esta “historia”: ¡La barca era de piedra!¡Sólo tuvieron siete días de navegación! ¿Embalsamaron el cuerpo para que no se descompusiera? Por cierto, en el libro de los Hechos de los Apóstoles se habla de un tal Simón el curtidor que vivía en Joppe (la actual Jaffa) junto al mar Mediterráneo (Hechos 10, 6) y quién sabe si el tal Simón ayudó a deshidratar el cadáver, si el puerto de salida fue el de esa ciudad.

Llegan a las costas gallegas de Hispania y entran en contacto con la legendaria reina Lupa, que ocupaba parte de las tierras de lo que hoy es la provincia de La Coruña; y que permitió enterrar al apóstol en un panteón de su propiedad. La figura de la reina Lupa tiene tintes de legendaria, pero es cierto que existe toda una genealogía que mantiene demostrar que descendía de Roma y que fue una persona real. Este panteón pagano era un edificio de dos plantas, que tenía su entrada por la planta superior; el cuerpo del apóstol sería enterrado en la cámara occidental del piso inferior del mencionado panteón. Junto a la tumba, los discípulos hicieron un altar, cristianizando así el edificio. Allí, posteriormente fueron sepultados sus discípulos como lo atestiguaría una piedra erosionada encontrada en el lugar, en la que en caracteres griegos y semíticos aparece el nombre de Atanasio. Hay que decir que esa piedra existe y que tiene la misma grafía que otra encontrada en el cementerio cristiano del Huerto de los Olivos, y que está datado en la segunda mitad del siglo I. Estos sepulcros serían remodelados y protegidos en el siglo II, elevando el suelo de la planta baja y poniendo sobre la tumba un gran mosaico con una flor de loto, flor que simboliza la resurrección. Todo fue cubierto con tierra, dejando que con el tiempo, al crecer la vegetación, la tumba quedara protegida, aunque la zona quedó habitada.

Pasaron los siglos y en el VIII, la zona estaba despoblada debido a la invasión musulmana y la vegetación había cubierto y ocultado la tumba del apóstol. Se había perdido la pista, o al menos eso parecía, aunque podría pensarse que el secreto se transmitiera de obispo a obispo, por temor a que los musulmanes profanasen los sepulcros de los tres santos; temor que en parte se cumplió con Almanzor cuando destruyó la basílica de Santiago, tan sólo respetando el sepulcro del apóstol. Si ésa fue la forma de mantener el secreto, no hay que temer que esta información se perdiera, ya que de todas las sedes episcopales cuyos territorios fueron ocupados por los musulmanes, la de Iria Flavia fue la única que no perdió en ningún momento la sucesión apostólica.

Diseño virtual de lo que pudo haber sido la cámara sepulcral de Santiago y sus dos discípulos en la primitiva iglesia.

Diseño virtual de lo que pudo haber sido la cámara sepulcral de Santiago y sus dos discípulos en la primitiva iglesia.

Pero dice la tradición, o leyenda, como se quiera, que una noche del año 813, el ermitaño Pelayo, de San Fiz de Solobio, vio una luz en el bosque y una estrella que indicaba un lugar concreto mientras se oían cánticos celestiales. Como dije más arriba, el ermitaño avisó al obispo Teodomiro, el cual encontró las tumbas y se lo comunicó al beato rey Alfonso II el Casto. Fue él quién ordenó construir la iglesia. La verdad es que este rey tenía problemas y aquello le vino muy bien para fortalecer la fe de los cristianos, reagruparlos bajo un solo estandarte y combatir a los musulmanes. ¿Podríamos pensar que entre el rey y el obispo urdieran un plan, se inventaron este hallazgo para conseguir ese objetivo? Pues es probable, porque cada vez son más los historiadores que afirman que quien está enterrado en Compostela es el obispo Prisciliano y algunos de sus discípulos. ¿Santiago o Prisciliano?

Pero todo esto es más complejo aún, porque el obispo Teodomiro, como otros obispos, tenía problemas con el de Toledo (que quería la primacía de la Iglesia en la península ibérica) y el rey necesitaba esa “mítica” figura que agrupara a todos en torno a ella. El obispo podría conocer el lugar de la tumba del apóstol y lo necesitaba para plantarle cara a Toledo, pero al mismo tiempo tenía miedo de que el rey quisiera llevarse las reliquias a Oviedo. Cada uno tenía sus miedos, pero se necesitaban mutuamente. Se ponen en contacto y se ayudan: el rey, a cambio de saber dónde estaban las reliquias, allí las dejaría, pero a cambio usaría la figura del apóstol como símbolo de la cristiandad hispana. El obispo Teodomiro quedaba reforzado ante el resto del episcopado hispano y lo mismo le ocurriría al rey Alfonso ante los demás reyes que en aquellos momentos estaban en la península. Pero también es probable que no se inventaran la tumba y que la dieran a conocer para conseguir sus propósitos y lo consiguieron, porque Compostela se convirtió en meta de peregrinación para toda la cristiandad y Santiago fue el emblema frente al Islam en España. Recordemos: “Santiago matamoros”.

Escultura del Santo a caballo como "Matamoros"; instrumento iconográfico del cristianismo frente al Islam en la Península Ibérica. Carrión de los Condes, Palencia (España).

Escultura del Santo a caballo como “Matamoros”; instrumento iconográfico del cristianismo frente al Islam en la Península Ibérica. Carrión de los Condes, Palencia (España).

Con el tiempo, aquella pequeña iglesia construida por Teodomiro y Alfonso II pasó a ser una grandiosa catedral. El mismo obispo quiso ser enterrado allí y de hecho, su tumba se encuentra en la catedral compostelana. A finales del siglo IX, Alfonso III ordenó construir una nueva iglesia que fue consagrada por el obispo Sisenando en el año 899. Pero poco duraría, porque un siglo más tarde, Almanzor la destruyó, aunque como he dicho antes, respetando la tumba del apóstol. San Pedro de Mezonzo la mandó reconstruir y es en el año 1075, cuando el obispo Diego de Peláez empezó la construcción de la catedral románica, que recibió nuevo impulso en tiempos del obispo Diego Gelmírez, quien toca personalmente la tumba del apóstol en el año 1106, derribando la parte superior y encajando el antiguo altar en uno mayor cubriéndolo todo con un baldaquino de piedra. El acceso a la tumba quedó obstruido, pero se construyó una “confesión” para que los fieles pudieran acercarse a orar. Es entonces cuando empiezan las peregrinaciones a Compostela, convirtiéndose la ciudad en el tercer centro de peregrinación cristiana, después de Jerusalén y de Roma.

La catedral se ha reformado y ampliado más veces a lo largo de la historia, pero en el año 1589 ocurrió un suceso que influyó notablemente en la consideración posterior de las reliquias. Los anglicanos ingleses se enfrentaron militarmente a los católicos españoles en las costas gallegas y ante el temor de que atacaran Compostela y destruyeran las reliquias, se escondieron en secreto los restos de Santiago y sus dos discípulos. Cuando a finales del siglo XVII remodelaron la capilla mayor rebajándose la altura del presbiterio, descubrieron que los sepulcros estaban vacíos, pero el secreto se mantuvo diciéndose una verdad a medias: el sepulcro estaba debajo del altar.

A mediados del siglo XIX, el cardenal Miguel Payá Rico decidió revitalizar el Camino de Santiago y aplicar la arqueología para descubrir la verdad que había en torno al sepulcro. De esto se encargaron los canónigos Labín Cabello y López Ferreiro. La tradición decía que el sepulcro estaba debajo del altar mayor y allí buscaron. Después de muchos trabajos infructuosos, llegaron al sepulcro y lo encontraron vacío. La decepción cundió no sólo en el ánimo del prelado, sino en el de todos, pues se venía abajo todo aquello en lo que hasta entonces se había creído: la catedral compostelana albergada el sepulcro del apóstol. Todo había sido un fraude mantenido a lo largo de los siglos. Pasados los primeros momentos de desánimo, centraron la atención en la “confesión” que el obispo Gelmírez había instalado detrás del altar mayor para que los peregrinos pudieran rezar allí; y en ese sitio excavaron, encontrándose restos humanos. ¿Serían las reliquias del “hijo del trueno” y de sus discípulos?

Detalle del altar mayor de la catedral de Santiago de Compostela (España). En el centro, busto del Apóstol objeto del tradicional "abrazo".

Detalle del altar mayor de la catedral de Santiago de Compostela (España). En el centro, busto del Apóstol objeto del tradicional “abrazo”.

Los huesos estaban mezclados y deteriorados, por lo que fueron entregados a tres catedráticos de la Universidad de Compostela para que los analizasen. Éstos (los doctores Antonio Casares, Francisco Freire Barreiro y Timoteo Sánchez Freire), estudiaron los restos y dieron su dictamen: había huesos de tres individuos. De uno, había ochenta y un huesos, del segundo, ochenta y cinco y del tercero, noventa. “Primer grupo, caracterizado por fragmentos de huesos bien desarrollados, color claro de avellana, bastante pesados y frágiles, y borrada casi completamente la parte interna de las suturas de la bóveda craneana, y en muchos puntos la externa. Segundo grupo, formado de fragmentos correspondientes a huesos de regular desarrollo, color de argamasa con manchas verdosas muy pesadas y frágiles que las anteriores, y osificadas las suturas craneales en muchos puntos de la parte interna y en algunos de la externa. Y tercer grupo, constituido por fragmentos de huesos de escaso tamaño, color oscuro de avellana, y ligeros y muy frágiles, y completamente osificadas las suturas de la parte interna del cráneo, y adelgazados los huesos de que éste se compone”.

Y continuaron diciendo: “1º. Los huesos reconocidos pertenecen a tres esqueletos incompletos de otros tantos individuos, de desarrollo y edad diferentes: de los cuales los de los primeros grupos cruzaban el tránsito del segundo al último tercio de duración media y fisiológica de la vida, mientras que el tercero parece que estaba en ése.
2º. No es posible fijar con exactitud la antigüedad de los restos reconocidos; pero teniendo en cuenta su estado de integridad y composición, tan parecida a la de los del esqueleto céltico citado, puede asegurarse que cuenta siglos de existencia.
3º. En cuanto a la antigüedad se refiere, no parece temeraria la creencia de que dichos huesos hayan pertenecido a los cuerpos del santo apóstol y de sus dos discípulos”
.

Parecía que el hallazgo encajaba con la tradición, pues Santiago era adulto cuando fue martirizado, Atanasio debía tener su misma edad y Teodoro murió de viejo. Como dieron por seguros los hallazgos, enviaron toda la información a Roma y, aunque al principio Roma mostró algunas reticencias, envió a Compostela a un monseñor que al pasar por Pistoia (Italia) – donde se veneraba una pequeña reliquia del cráneo del apóstol que el obispo Otón había solicitado al obispo Gelmírez – se la llevó a Compostela para compararla con los restos allí encontrados. Agustín Caprara, que así se llamaba el monseñor enviado por Roma, examinó los restos y comprobó que en uno de los esqueletos faltaba ese hueso y que el hueso que él traía de Pistoia encajaba perfectamente. Esto demostraba que el hueso que se conservaba en Italia procedía de Compostela, por lo que podía deducirse que eran los del apóstol y sus dos discípulos.

Ante esto, el Papa León XIII promulgó la Constitución Apostólica “Deus Omnipotens” el día 1 de noviembre del 1884, aprobando y reconociendo la autenticidad de las reliquias. Se reconstruyó la cripta aprovechando los cimientos y lo que quedaba de la cámara sepulcral, se levantó un altar y en él, el 27 de junio de 1886 se puso la actual urna de plata dentro de la cual, en arcas más pequeñas de madera, están las reliquias de los tres santos.

Vista de la urna de plata que contiene, según la tradición, el cuerpo del Apóstol y sus dos discípulos. Catedral de Santiago de Compostela (España).

Vista de la urna de plata que contiene, según la tradición, el cuerpo del Apóstol y sus dos discípulos. Catedral de Santiago de Compostela (España).

Hasta aquí, muy resumidamente, lo que se sabe por la tradición y por la historia. Pero, ¿ésas reliquias son del apóstol o son del obispo gnóstico Prisciliano de Ávila, que fue decapitado en el año 435 junto con seis discípulos por instigación de Evodio, prefecto del emperador en Tréveris? A principios del siglo XX se estableció esta hipótesis, que fue ganando adeptos, en detrimento de quienes defendían que las reliquias eran del apóstol. Parece que la balanza se inclina a que los restos son de Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro, porque los restos encontrados pertenecían a tres varones, mientras que Prisciliano fue sepultado con sus seis discípulos, uno de los cuales era mujer. Si se encontraron los restos de tres, no pueden ser los restos de siete.

Y hay algo más: en un lugar llamado “Os Martores”, corrupción de “Os Mártires”, a treinta kilómetros al sur de Compostela, en el municipio de Valgas (Pontevedra), hay una ermita dedicada a San Mamedes y en ella se han encontrado unos sepulcros antropomórficos del siglo IV. ¿Pudieran estar enterrados allí Prisciliano y sus discípulos? Los discípulos de Prisciliano los llamaban así y la realidad es que ese topónimo no se repite en toda Galicia. La polémica no terminará nunca y no sólo sobre el sepulcro y reliquias, sino sobre todo, si el apóstol estuvo predicando el Evangelio en la Hispania romana.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– GARCÍA COSTOYA, C., “El misterio del apóstol Santiago”. Santa Perpètua de Mogada, Barcelona, Plaza y Janés, 2004.
– TORROBA, F. y DE QUIROS, B., “El Camino de Santiago: Retablo Estelar del Apóstol”. Oviedo, Grupo Editorial Asturiano, 1993.

Enlace consultado (14/05/2013):
– Arzobispado de Compostela.

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