Santos Justino Orona y Atilano Cruz, presbíteros mártires

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de San Justino Orona en su hábito de sacerdote.

Fotografía de San Justino Orona en su hábito de sacerdote.

Se lee en el Evangelio que Cristo mandó a sus discípulos de dos en dos para anunciar la Buena Nueva. A la tarea individual le dio un enfoque comunitario, porque un trabajo personal tiene mayor utilidad si se aplica socialmente. Así, en la Historia de la Iglesia y en las páginas de los santorales, encontramos parejas de santos mártires que dieron testimonio de la verdad del Evangelio y que trascendieron juntos esta vida terrena para alcanzar la eterna bienaventuranza. A los nombres de Pedro y Pablo, Simón y Judas Tadeo, Crispín y Crispiniano, Cosme y Damián, Gervasio y Protasio, Perpetua y Felicidad, Emeterio y Celedonio, el martirologio mexicano une en este día los nombres de Justino y Atilano.

Ambos sacerdotes, de la Arquidiócesis de Guadalajara en México, son la amalgama de la experiencia y la novedad, del ministerio avanzado y del ansia sacerdotal juvenil. Uno con veinticuatro años de servicio, el otro, con poco menos de un año. Los dos como víctimas de Cristo Rey, a cuya Sangre derramada en la Cruz unieron la suya, para dar alivio a una humanidad siempre y a veces, muy necesitada de Dios.

San Justino Orona Madrigal
Nació en Atoyac, Jalisco, el 14 de abril de 1877, hijo de José María Orona y María Inés Madrigal, quienes formaron una familia con fuertes principios cristianos y que padeció como las familias de otros santos mexicanos con origen campesino, una extrema pobreza. Hizo los primeros estudios es Zapotlán el Grande, donde germinó en su alma la vocación sacerdotal y a la que se opuso su familia, pues lo necesitaban para que trabajara y ayudara con su ingreso económico para remediar los gastos de la casa.

Sin embargo, su empeño y su decisión le hacían decir: “Quiero ser sacerdote”, cometido que finalmente logró, pues ingresó al Seminario de Guadalajara en octubre de 1894. Por su pobreza extrema no pudo tener libros de texto y el aprovechamiento lo logró gracias a una buena atención a las clases impartidas. En esta época se le recuerda por sus modales correctos y su conducta siempre digna. Era un seminarista piadoso y devoto con dotes para el canto, por lo que se integró al coro del Seminario. Fue ordenado de sacerdote por el Arzobispo de Guadalajara, Don José de Jesús Ortiz, el 7 de agosto de 1904.

Estampa de San Justino Orona, inspirado en la fotografía original suya.

Estampa de San Justino Orona, inspirado en la fotografía original suya.

Su primer destino fue como Vicario de la Parroquia de la Asunción en Lagos de Moreno. En 1906 fue nombrado Vicario fijo de San Pedro Analco, en Nayarit. En 1909 fue nombrado oficial segundo de la Curia Arzobispal de Guadalajara y Capellán del Templo de Santa María de Gracia en la capital tapatía. En 1912 fue nombrado párroco de Poncitlán, Jalisco. Luego, párroco de Encarnación de Díaz en el mismo estado. Desde octubre de 1916 hasta su muerte, fue el pastor de Cuquío, también en Jalisco. En esta parroquia sería fundador de una congragación religiosa femenina llamada “Clarisas del Sagrado Corazón de Jesús”.

Su ministerio sacerdotal se fue fortaleciendo al enfrentar situaciones que humanamente hubieran desalentado, pero con verdadera intención y fuerte abnegación, trató de ganar almas para Cristo. Fue un notable predicador sagrado y tuvo muy buen acierto para la cura de almas en el confesionario. Siempre amable, atendía a todos los que lo buscaban. Nunca se mostró enojado, pero corregía con firmeza las cosas que lo requerían. Cuando se enfrentaba a lugares hostiles y llenos de indiferencia religiosa que mostraban su odio al sacerdocio y a la religión que representaba, más eran su paciencia, su generosidad y su dedicación. En estos casos hacía un apostolado especial, tratando de acercar a los varones al sacramento de la confesión. Su celo apostólico brilló con los niños, con quienes se esforzó por educar cristianamente y de esta manera hacer frente a la enseñanza laica, que los enemigos de la Iglesia tenían como táctica de descristianización.

Se prodigaba en el servicio a los enfermos, a quienes no dudaba en atender aunque la noche estuviera avanzada y tuviera que ir a los ranchos alejados. Entre sus virtudes estaba la obediencia a los superiores. Siempre se sujetó a sus indicaciones y nunca dejó de dar informes sobre su actuación y del ambiente en que trabajaba. Su ministerio tuvo por eje la humildad. Se cuenta que cuando llegó a Cuquío, fue recibido con frialdad y desprecio por sus fieles, que así querían demostrar su cariño al anterior señor cura. Al subir al púlpito les dijo que no podría de ninguna manera llenar el vacío en los corazones que había dejado el otro sacerdote y que se sentía incapaz de hacerlo. Luego con sus actos demostró como se habría de ganar sus corazones.

Hacia 1926 las leyes del Estado Mexicano mantenían un estado de cruel persecución contra la Iglesia Católica. San Justino bien sabía la situación por la que se pasaba y decidió alejarse prudentemente de la cabecera de su parroquia y ejercer el ministerio a escondidas. Como el Buen Pastor, no abandonó el rebaño. A un sacerdote amigo que lo invitaba a huir para que no lo detuvieran y lo mataran, le contestó: “Yo entre los míos, vivo o muerto”.

Fotografía de San Atilano Cruz.

Fotografía de San Atilano Cruz.

San Atilano Cruz Alvarado
Nació el 5 de octubre de 1901, en el poblado de Ahuetita de Abajo, en Teocaltiche, Jalisco. Sus padres fueron José Isabel Cruz y Maximina Alvarado. Recibió el sacramento del Bautismo el 7 de octubre siguiente. En 1902 recibió la Confirmación de manos del Arzobispo de Guadalajara, Don José de Jesús Ortiz. Su familia era de ascendencia indígena y muy pobre, pero no por ello dejó de tener una formación cristiana sólida. De pequeño fue cuidador de ganado y las primeras letras las aprendió en el Colegio de los Dolores.

En 1918 ingresó al Seminario Auxiliar de su población natal, donde destacó por su dedicación al estudio. El 15 de noviembre de 1920 fue recibido en el Seminario Mayor en Guadalajara donde pudo estudiar filosofía y teología, obteniendo en toda su carrera eclesiástica magníficas calificaciones y premios. Sus compañeros del estudios lo recuerdan juguetón, bromista y cantador a la hora del recreo. Sabía repartir el tiempo en sus actividades. Lo apodaban “hermanófilo”, porque a todos los llamaba hermanos.

Antes de la persecución religiosa pudo recibir las órdenes menores en la Catedral Tapatía en mayo de 1924. En diciembre de ese mismo año, por órdenes del Gobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno Hernández, el edificio del Seminario fue confiscado y los seminaristas tuvieron que recibir las clases en templos y en casas particulares y hasta en el campo despoblado. Con fortaleza y mansedumbre se enfrentó el Minorista Atilano Cruz a la terrible persecución contra la Iglesia y los clérigos. En una carta que escribió a su hermana María Longinos, el 19 de noviembre de 1925, le dijo: “Cuando alguno padece algo, debe gozar pensando que Dios quiere que nosotros padezcamos y porque nuestro Señor Jesucristo nos invita a que lo acompañemos en la Pasión… purifica tu conciencia y verás cómo los dolores se cambian en gozo”.

En 1926, como medida ante las leyes antirreligiosas del Presidente de México, Plutarco Elías Calles, los Obispos de México decidieron suspender el culto público, la persecución se tornó más violenta y el ataque contra los sacerdotes se recrudeció. En este tiempo de sumo peligro, Atilano solicitó el subdiaconado, que recibió el 18 de septiembre de 1926. Por ministerio del arzobispo de Guadalajara, Don Francisco Orozco y Jiménez, recibió el diaconado el 17 de julio de 1927 y el 24 del mismo mes, en algún lugar del arzobispado, en una barranca y bajo la bóveda del cielo, el mismo pastor lo consagró sacerdote para siempre. Pudo cantar su primera misa entre sus familiares en Teocaltiche, Jalisco, el 6 de agosto siguiente. Así realizó el ideal de su vida, ser sacerdote en los momentos en que ser ministro de Cristo era un crimen que se castigaba con la muerte. Su primer y único destino fue la parroquia de San Felipe Apóstol, en Cuquío, a donde fue enviado para sustituir a Santo Toribio Romo, que había sido enviado a la parroquia de Tequila, donde también moriría martirizado.

Fotografía de San Atilano Cruz, de seminarista.

Fotografía de San Atilano Cruz, de seminarista.

Su ministerio se realizó entre peligros constantes y actuando como un fugitivo. Su párroco, San Justino Orona, le señaló el Rancho de Agua Blanca como su lugar de residencia. A pesar de su juventud y su poca experiencia, se metió de lleno en su ministerio: predicación, catequesis, administración de los sacramentos. Se ganó a pulso la estima de sus fieles, que notaron el afán que lo animaba, su entusiasmo juvenil y su decidido valor. Celebraba la misa con mucho fervor y era un gran devoto de la Santísima Virgen María. Tuvo mucho celo por las almas y cumplía sus deberes sacerdotales con mucha prudencia por los tiempos en que se vivía. Cuando le avisaron que era inminente la llegada de soldados federales, contestó: “Yo tengo más bien miedo a la justicia de Dios que a los federales”. San Atilano era muy obediente con su párroco, al grado de que por una llamada de éste, tuvo que enfrentar la muerte.

Entonces, el municipio de Cuquío se encontraba bajo el mando civil de José Ayala, personaje de poca solvencia moral, quien atribuyéndose facultades amplísimas que desbordaban su autoridad, puso precio a la vida de los sacerdotes que atendían Cuquío, y supo de su paradero gracias a la denuncia de un espía.

Martirio
El 29 de junio de 1928, San Justino Orona llamó con urgencia a San Atilano Cruz para que se reuniera con él; éste se disfrazó de campesino y luego se dirigió al rancho de Las Cruces, cercano a Cuquío. Llegó por la tarde y se reunió con su superior. Al día siguiente, sábado 30, se ocultaron en la casa de Ponciano Jiménez, donde estuvieron con sus guías: Toribio Ávila y Marcelino Gallardo. Un hermano de San Justino los acompañaba: Don José María Orona. Todos estuvieron platicando hasta altas hora de la noche, luego los guías se despidieron y los que quedaron rezaron el Rosario y después se acostaron en la misma recámara. En esos momentos ignoraban que ya habían sido delatados y que los soldados estaban sobre ellos.

Como a las dos de la madrugada llegó un pelotón de cuarenta militares al mando del Capitán Vega y de José Ayala, el Presidente Municipal. Rodearon la casa con facilidad pues ésta no tenía bardas a su alrededor. Comenzaron a golpear las paredes de la pieza donde dormían los sacerdotes. San Justino Orona se levantó y abrió la puerta mientras exclamaba: “¡Viva Cristo Rey!”, al momento fue acribillado por las balas de los verdugos y su cuerpo cayó muerto en el umbral de la puerta. Al despertarse por el escándalo, San Atilano, se levantó de la cama y se arrodilló, entraron entonces José Ayala, el Capitán Vega y Gregorio González Gallo, quienes dispararon sobre él, dejándolo agonizante. También mataron a Don José Orona. Luego arrojaron el cuerpo del párroco sacrificado al patio y sobre él arrojaron a San Atilano, que estaba agónico, la boca de éste estaba destrozada por las balas. Allí murió.

Sepulcro de los Santos. Parroquia de San Felipe apóstol en Cuquío, México.

Sepulcro de los Santos. Parroquia de San Felipe apóstol en Cuquío, México.

Consumada la hazaña, los asesinos patearon el cuerpo de San Justino y se burlaban de él. También hicieron lo mismo con los otros dos cuerpos y les endilgaron toda suerte de expresiones vulgares y soeces. Inmediatamente después saquearon completamente la casa y obligaron a los vecinos que les dieran tres burros para cargar sus cadáveres. Estas personas lloraban asustadas, y estaban desconsoladas al ver ese tristísimo espectáculo.

El burro que cargaba a San Justino era bajo y esto hizo que sus pies y sus manos se fueran arrastrando por el camino. Aquellas manos que sólo se dedicaron a bendecir llegaron destrozadas a Cuquío, dejando por el camino una nueva bendición con su sangre derramada. También el cuerpo de San Atilano fue vejado, su cráneo estaba deshecho por las balas expansivas, estaba desangrado y casi sin ropa, pero llevaba su crucifijo, su rosario y los cilicios bien unidos a su cuerpo. Al entrar a la población, los habitantes lloraban aterrados al ver, desconcertados e impotentes, el cadáver de su bien amado párroco. Los soldados se burlaron y les dijeron: “Traigan las tortillas paras que traguen carne de puerco”. Luego arrojaron los tres cuerpos en la plaza principal. Entonces, unos valientes feligreses pudieron acercarse a sus sacerdotes y comenzaron a cortar trozos de su ropa empapada en su sangre y mechones de su cabello para conservarlos como reliquias. Allí estuvieron como unas cinco horas, luego los vistieron decentemente y los colocaron en sus féretros. Después, y contrariando la prohibición del Alcalde, se inició el sepelio en medio de oraciones y aclamaciones a Cristo Rey y Santa María de Guadalupe. Finalmente se les dio sepultura en el cementerio municipal. A quienes tuvieron el valor de darles cristiana sepultura con el deber del gratitud y caridad, se les encarceló. Pocas horas antes también fue ahorcado en el camino al pueblo Toribio Ayala, por el delito de proteger a su párroco.

Pocos meses después de su muerte, se cuenta que el arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, al encontrar una foto del padre Atilano en su escritorio, al verla, no pudo contener el llanto y exclamó: “¡Me mataron un ángel!”. Los restos de estos dos santos se veneran como preciosas reliquias en la parroquia de San Felipe Apóstol de Cuquío, allí reciben la veneración de los fieles, que se encomiendan a su intercesión y que honran su memoria.

Monumento dedicado a los Santos en la plaza de Cuquío, México. Fotografía: Benjamín Arredondo.

Monumento dedicado a los Santos en la plaza de Cuquío, México. Fotografía: Benjamín Arredondo.

El papa San Juan Pablo II los beatificó el 22 de noviembre de 1992 y también los canonizó el 21 de mayo del 2000, con el grupo de mártires que encabeza San Cristóbal Magallanes Jara. El mismo Pontífice señaló su inclusión en el calendario universal, fijando su celebración litúrgica como memoria opcional en el aniversario de su canonización.

Humberto

Bibliografía:
“Viva Cristo Rey”. Conferencia del Episcopado Mexicano. (Editado por ella misma) 31 de julio de 1991.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

12 pensamientos en “Santos Justino Orona y Atilano Cruz, presbíteros mártires

  1. Gracias, Humberto, por este artículo. Sobre la comparación que haces al inicio del artículo entre estos dos sacerdotes y las parejas de mártires de la Antigüedad, decir que al menos en el caso de las Santas Perpetua y Felicidad no acaba de ser apropiada, porque ellas no son una pareja de mártires per se ni fueron martirizadas las únicas, sino que forman parte de un grupo más amplio en el que el resto son varones: Saturo, Secúndulo, Revocato y Saturnino. Por tanto, serían seis mártires en total, no sólo dos. Claro que como son las dos únicas mujeres del grupo y Perpetua es la mártir más importante, tendemos a pensar sólo en ellas dos, pero en realidad es un grupo de mártires, no una pareja de mártires. En los demás casos, la comparación sí parece ser más acertada, y en cualquier caso, es una introducción muy bella. Enhorabuena.

  2. Muchas gracias, Humberto, por este artículo sobre los santos mártires Justino Orona y Atilano Cruz.
    Sin entrar a valorar la santidad personal de cada uno de ellos, lo que si me gustaría es haber experimentado la sensación de seguridad en la fe que el sacerdote mayor le daría al sacerdote joven. San Atilano tuvo que verse paternalmente arropado por San Justino, porque estoy convencido de que entre ellos, además de la relación sacerdotal, tuvo que haber una relación de padre e hijo.

    • Toño:

      Nada tienes que agradecerme, es un honor para mí presentar a los ojos del mundo la vida y martirio de estos santos, mexicanos como yo. Fíjate que hace un par de años falleció un sacerdote que se llamaba Antonio Gutiérrez, oriundo de Cuquío. Ya murió casi centenario y él platicaba en sus homilías que conoció a esos santos de niño, así como a Santo Toribio Romo. A mi me da gusto conocer gente que conoció a algunos de nuestros santos. Como a estos mártires de Cuquío.
      Ciertamente debió haber lazos afectivos entre San Justino y San Atilano, pues la calidad humana del párroco salta a la vista. En los momentos difíciles de la persecución y habiendo sido ordenado en medio de ese tiempo, San Atilano debió sacar fuerzas del ejemplo y testimonio de su párroco para ser fiel a su vocación y perseverante en su ministerio.

      Saludos.

  3. Ana María:

    La gesta de los mártires es una poesía, dolorosa y mortal, si la vez con ojos materiales; pero a los ojos de Dios la muerte de sus siervos es preciosa y como tal podemos verla también. Los relatos hagiográficos deben de ser atractivos en su lectura, además de comprensibles y sobre todo, capaces de dejar la inquietud de imitar en lo posible, sus testimonios Tal vez en su tiempo, los ribetes dorados de los relatos extraordinarios lograban atraer la atención. Ahora, los hagiógrafos deben de presentar dentro de lo trágico de la vida de los mártires, lo atractivo de sus vidas y su entorno, sus valores, sus pasiones y su entrega. Sin ser hagiógrafo, he dado introducción a estas biografías con un enlace que comparo con un eslabón, el cual se va uniendo en el tiempo y la distancia hasta llegar al Mártir por excelencia, Jesucristo nuestro Señor, y cuya concatenación habrá de llegar hasta que se complete el número de ellos, como refiere del Libro del Apocalipsis. Me halaga en verdad que te haya gustado esta introducción, es la primera vez que alguien me da un piropo tan fino sobre lo que escribo.
    Por otro lado, estoy consciente del señalamiento que me haces, más tuve que sujetarme a un criterio oficial. Conozco bien el número y nombre de los mártires de Cartago, pero tanto el Calendario Oficial de la Iglesia Católica como el Canon Romano y los populares Calendarios y algunas letanías de los santos, invocan a Santa Perpetua y Santa Felicidad como una bina, dejando en la penumbra a sus compañeros. Sirva este momento para expresar mi deseos de que por lo menos en las celebraciones litúrgicas se recordaran como Santas Perpetua, Felicidad y compañeros. Total, si los mártires de China, Corea y Vietnam pudieron siendo más de cien, no veo la razón para no hacer justicia a este grupo más de mil años después.
    Saludos.

  4. Tacho, ta agradezco que hayas tenido la gentileza de leer este artículo. Me da gusto que tu hayas visitado el sepulcro de estos mártires. A pesar de estar muy cerca de Guadalajara, no he podido trasladarme para visitarlo yo también. Saludos.

  5. Humberto, me gustó mucho que escribieras de estos mártires de la persecución, Jalisco es tierra de santos. Me llama la atención lo que comentan los compañeros sobre este caracter paternal de san Justino sobre el Padre Atilano y de el su pureza y obediencia desde seminarista, en verdad necesitamos sacerdotes que sean verdaderos Padres con su pueblo y con los futuros sacerdotes y seminaristas que sean obedientes y santos por que ¡con eso de que en los seminarios se pierden vocaciones por anti testimonios de los formadores, seminaristas y párrocos! San Justino Orona ¡Ruega por los párrocos! y San Atilano Cruz ¡Ruega por los seminaristas y sus formadores!

  6. Daniel:

    Te agradezco que hayas tenido el tiempo de leer este artículo. Y si bien dices que Jalisco es tierra de santos, déjame compartirte mi opinión de que eso nos llena de mayor responsabilidad. Es motivo de júbilo, pero también de compromiso.

    Esta pareja de santos es muy interesante, por sus edades, por los contrastes de su experiencia, por su valor. Qué seguridad tenia en su vocación San Atilano y cómo era su celo que no temió ser ordenado sacerdote aunque eso lo pusiera en la mira de los perseguidores.

    Finalmente te digo que hay que orar incesantemente a Dios para que nos conceda santos y dignos sacerdotes. Que suscite vocaciones, que santifique a los que ya lo son, que ilumine a los que los forman. (Supongo que conocerás la letanía por los sacerdotes). Alguna vez leía algo con una idea como esta: Si el sacerdote es santo, el pueblo será fervoroso, si el sacerdote es fervoroso, el pueblo será tibio, si el sacerdote es tibio, el pueblo será pecador, si el sacerdote es pecador, ¿qué va a pasar con el pueblo?

    Muchas gracias y saludos.

  7. Mucias gracias don Humberto, pues vaya que Cuquío es tierra de santos, mire que tener 3 parrocos en los altares, lo único es que veo el sepulcro de los Santos aunque lleno de ex votos algo descuidado, siempre conocer la vida de los santos mexicanos es importante puesto que son un ejemplo aunque moderno muy moralizador, una duda ¿las personas que murieron juto a los santos y el que fallecio por defenderlos, no tienen causa?

    • André, tres párrocos no, pero si un párroco y dos vicarios. Y bueno, Cuquío tiene esta honra, pero es una gran responsabilidad. En este municipio hay un seminario auxiliar, quiera Dios y por intercesión de estos santos haya muchas vocaciones al servicio del altar.
      Igual que tu opino sobre el cuidado de sus sepulcros. De repente se antoja que sea más libre de adornos y exvotos, sin embargo alguien reflexionaba también sobre que esto es signo del amor de pueblo y que su cariño sigue vivo por ellos Algo contrastante, ¿verdad?
      Los fieles que murieron con estos mártires no tienen iniciada su causa. En la diócesis de San Juan de los Lagos se han hecho investigaciones sobre laicos que murieron en situaciones similares, mas no se como cómo este avanzado el proceso, se antoja quie se unan estos testigos si se llega a formalizar la causa.
      Gracias por leer el artículo y saludos.

  8. Hola, que buen reportaje, me alegra ver que se incluye la foto del monumento a los martires. Dejenme comentarles que tuve la oportunidad en el año 2000 de estar de coadjutor en el seminario auxiliar de Cuquio y durante un año pude valorar la fe del pueblo por sus santos martires. Que entusiasmados por esas historias y por esa fe, pude coordinar y promover junto con el padre Rafael Ramirez Lamas, la construccion de dicho monumento. Su construccion fue polemica, pues aun viven varios de los descendientes del munícipe que los mató, pero tambien habia muchos mas que fueron bautizados por los santos sacerdotes que colaboraron para que se realizará. Me da gusto que el monumento sirve de referencia para la fe de los martires. Viva Cristo Rey y sus santos martires de Cuquio

    • Padre, recién acabo de leer su comentario. Muchas gracias por haberlo hecho. Es un honor para mi que un sacerdote de mi Diócesis lea este artículo. Y muy buen punto su aportación sobre la construcción del monumento a nuestros santos. La polémica que se suscitó no es rara. Como usted debe haberse dado cuenta, en este blog mis compañeros de España han relatado la vidas de mártires de la Guerra Civil. Ellos refieren como familias se confrontaron y hoy ha descendientes de las víctimas y de los victimarios.
      Saludos.

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