Margaret Wilson y Margaret McLachlan, mártires presbiterianas escocesas

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"La Mártir de Solway", lienzo de sir John Everett Millais (1871) que representa a Margaret Wilson. Walker Gallery de Liverpool, Reino Unido.

“La Mártir de Solway”, lienzo de sir John Everett Millais (1871) que representa a Margaret Wilson. Walker Gallery de Liverpool, Reino Unido.

Hace ya un tiempo quien os escribe mostró la intención no sólo de honrar la memoria de las mártires cristianas antiguas, católicas y ortodoxas, sino también protestantes. Se dio inicio a esta serie con la célebre predicadora inglesa Anne Askew. Hoy hablaremos también de tres mujeres excelentes, pertenecientes a la rama protestante del presbiterianismo, que tiene sus raíces doctrinales en el calvinismo y que tuvo origen institucional en la Reforma protestante de Escocia, liderada por John Knox. Al igual que ocurrió con las demás ramas del protestantismo, sufrió persecuciones religiosas por parte de las autoridades anglicanas.

Entre todas las persecuciones de los presbiterianos, uno de los episodios más brutales y mejor documentados es el del 11 de mayo de 1685, cuando tuvo lugar la ejecución de dos mujeres cerca de Wigtown, en el suroeste de Escocia. Eran seguidoras de James Renwick, predicador presbiteriano, por lo que de acuerdo con las enseñanzas de su maestro se negaron a renunciar a su fe. El crimen por el cual merecieron la muerte fue negarse a jurar al rey inglés, Jacobo VII, como cabeza de la Iglesia -según la doctrina anglicana, aunque él, curiosamente, era católico romano- confesando únicamente a Cristo como tal, según la doctrina presbiteriana.

Dos jóvenes Covenanters
Una de ellas fue Margaret Wilson, de tan sólo dieciocho años de edad, había nacido la granja de Glenvernoch. Ella y su hermana Agnes, que aún no había cumplido los trece, eran hijas de Gilbert Wilson, arrendatario de Glenvernoch en la parroquia de Penninghame (Wigtownshire), que pertenecía a otra rama del protestantismo: era episcopalista. Sus hijas, empero, rehusaron el credo de sus padres junto con su hermano Tom, de dieciséis años. Los tres muchachos, por tanto, eran miembros del movimiento Covenanter (palabra que podría traducirse como “La Alianza” o “aquellos que siguen un pacto”), organización que buscaba salvaguardar la Reforma protestante de Escocia, promoviendo la organización eclesial presbiteriana en contra de la política episcopalista, que era controlada por obispos escoceses leales a la Corona inglesa. Este conflicto condujo al estallido de la Guerra de los Tres Reinos y al fin de la monarquía en Escocia, pero cuando ésta fue restaurada de nuevo en 1660, los Covenanters fueron declarados traidores y se restableció de nuevo la política episcopalista.

Monumento victoriano en memoria a Margaret y Agnes Wilson. Cementerio de Stirling Castle, Escocia.

Monumento victoriano en memoria a Margaret y Agnes Wilson. Cementerio de Stirling Castle, Escocia.

En medio de una búsqueda y captura de todos los leales al movimiento presbiteriano, las dos chicas cayeron en manos de los perseguidores y fueron encarceladas. A su liberación, abandonaron el distrito y erraron por Carrick, Galloway y Nithsdale con su hermano y otros miembros de los Convenanters. Perseguidos e ilegalizados como estaban, habitaron en salvajes montañas, ciénagas y cuevas, ya que no podían recibir ayuda de nadie. Sus padres hubieron de resignarse a no tenerlos en casa, a no alimentarles ni hablarles, y mucho menos verles, pues incluso los campesinos estaban obligados a perseguirlos, lo mismo que la soldadesca. Además, se vieron obligados a dar alojamiento a más de cien soldados, les impusieron fuertes multas y comisiones que implicaban viajes semanales a caballos de varias millas, que se mantuvieron durante tres años.

A la muerte del rey Carlos hubo un apaciguamiento de la persecución, y las dos pudieron volver a Wigtown, aunque su hermano Tom permaneció en las colinas con el resto de los Covenanters. En febrero del año 1685 dejaron las nieves de las montañas y acudieron a visitar secretamente a sus amigos. Así cayeron en manos del traidor que las entregó a las autoridades; precisamente un conocido, Patrick Stuart. Ocurrió durante un encuentro casual en el que Stuart les propuso beber a la salud del rey, y ellas se negaron modestamente a ello. De inmediato, sospechando de ellas, acudió a denunciarlas y trajo consigo una partida de soldados que las capturaron. Fueron arrojadas al “agujero de los ladrones” (thieves hole) una especie de pozo y, habiendo pasado allí un tiempo, fueron trasladadas a la prisión, donde coincidieron, al domingo siguiente, con la viuda Margaret McLachlan [1].

Una anciana venerable
Era ésta una mujer de sabiduría extraordinaria, discreción y prudencia, y que llevaba a sus espaldas años de singular piedad y devoción: nunca pronunció juramento ni blasfemia alguna, ni dejó de atender a lo que ella consideraba sus deberes (asistir a los oficios de los ministros presbiterianos, unirse en oración con amigos y conocidos, y atender a éstos en sus necesidades), incluso estando perseguida. Se la acusaba sin embargo de soliviantar a las personas y provocar su rebelión.

Estuvo muy presionada por los perseguidores hasta que un día, mientras ella y su familia estaban puestos de rodillas en oración, llegó una partida de soldados al hogar, la arrestaron y la encarcelaron. Difícilmente se le concedían visitas en la cárcel, y no se le permitía ni tan sólo encender un fuego ni tener una cama decente, pese a que era ya una anciana de sesenta y tres años de edad. Tampoco disponía de luz que le permitiera leer. Conservamos un testimonio de Patrick Walker, vendedor ambulante, que dijo de ella: “Sus íntimos me dijeron que era una cristiana de profunda devoción mantenida a lo largo de toda su vida, con grandes logros y experiencias en esta devoción”. Todo el historial de esta mujer podría resumirse en una única frase: “Llena de fe hasta la muerte”.

"Mártir cristiana", lienzo de Evelyn De Morgan (1888) que representa a Margaret Wilson. De Morgan Centre, Londres, Reino Unido.

“Mártir cristiana”, lienzo de Evelyn De Morgan (1888) que representa a Margaret Wilson. De Morgan Centre, Londres, Reino Unido.

Juicio y sentencia
En el tribunal de Wigtown celebrado el 13 de abril de 1685, las tres prisioneras – Margaret y Agnes Wilson, y Margaret McLachlan- fueron acusadas de “instigar a la rebelión en Bothwellbridge y Ayr’s Mors, y acudir a veinte asambleas campestres”, es decir, hacer participado en los levantamientos campesinos en contra de la Corona, y además en un tiempo en que las asambleas estaban prohibidas. Sin embargo, la acusación era falsa, ya que realmente ninguna de ellas había estado jamás a menos de varias millas de los citados lugares. Además, en el momento en que se dieron dichos levantamientos de campesinos, Agnes Wilson tenía ocho años y Margaret doce o trece, por lo que era imposible que hubieran podido participar en ellos.

Junto a ellas había una cuarta prisionera, una criada de 20 años de edad llamada Margaret Maxwell, acusada también de deslealtad a la Corona debido a su fe presbiteriana, quien fue sentenciada a ser azotada públicamente por las calles de la ciudad durante tres días sucesivos, de los cuales, una hora la pasaría amarrada al cepo. El mismo Patrick Walker dijo que, cuando ésta llegó a la vejez y tuvo ocasión de hablar con ella acerca de esos días, le contó su experiencia: “Yo estaba entonces prisionera con ellas y creía en lo mismo que ellas, pero ordenaron que me flagelaran por toda la ciudad a manos del verdugo local durante tres días, y luego, a permanecer una hora en el cepo. Fue tanta la crueldad con que esto se hizo, que todo aquel que no mostraba cualquier signo de humanidad hacia mí no podía permanecer pasivo, sino mostrar su rechazo a tal barbarie. Los tres días que fui atormentada y expuesta, nadie se atrevió a abrir puertas y ventanas en la ciudad, y no vi a ningún niño mirando. Los oficiales y el verdugo se preguntaron si no deberían acaso acortarme la hora en el cepo. ¡No!, les dije, ¡dejad que el reloj marche! No estaba cansada ni arrepentida. El verdugo fue muy tierno conmigo.”

Cuando se instó a Margaret McLachlan, Margaret y Agnes Wilson a jurar su lealtad al rey, reconociéndolo como cabeza de la Iglesia, lo rechazaron; por lo que los jurados las hallaron culpables y la sentencia, enunciada por el oficial local Grierson de Lag, fue que “aquel mismo día 11, las tres debían ser atadas a estacas fijadas en la orilla de las aguas de Blednech, cerca de Wigtown, donde el mar fluye con gran marea, para ser ahogadas. Se les dijo que debían escuchar la sentencia de rodillas, y como ellas se negaron a arrodillarse, las arrodillaron brutalmente, por la fuerza. La sentencia tenía su origen unas semanas antes del encarcelamiento. El Privy Council había reglamentado que, mientras un hombre no renegara de la Declaración de James Renwick, debía ser colgado, y una mujer que “hubiera sido activa en dichos cursos de un modo significativo” debía morir ahogada en un lago, alcantarilla o mar. Todo ello, simplemente por ser seguidoras de un predicador presbiteriano que no reconocía al rey inglés como cabeza de la Iglesia, sino a Cristo.

Grabado de la ejecución por ahogamiento de las protestantes Margaret McLahan y Margaret Wilson.

Grabado de la ejecución por ahogamiento de las protestantes Margaret McLahan y Margaret Wilson.

Gilbert Wilson, cuando supo que sus dos hijas habían sido condenadas a muerte, se puso en acción para tratar de salvarlas. Consiguió pagar por su hija menor, Agnes; con una fianza de cien libras escocesas, por lo que la niña fue puesta en libertad. Sin embargo, el dinero ya no le alcanzaba para redimir a su hija mayor, por lo que cabalgó hasta Edimburgo para tratar de salvar a Margaret; pero, para cuando volvió, ya era demasiado tarde. El padre moriría en la más absoluta pobreza y su viuda fue mantenida por sus amigos. Cuando Tom, el hermano mayor, regresó del servicio militar en las tropas de William de Orange, no había ya hogar al que regresar.

Martirio
Las dos Margaret, joven y anciana, fueron sacadas de Wigtown con gran acompañamiento de gran multitud de espectadores. El alcalde Windram mandó que fueran escoltadas con algunos soldados. La estaca de la anciana estaba situada en una zona más adelantada que la de la joven, de modo que McLachlan fue ejecutada primero, para aterrorizar a Wilson y lograr que accediera a abjurar y aceptar las condiciones que le requerían. Sin embargo, la joven se aferró a sus principios con inamovible firmeza.

No se conserva ninguna palabra de McLachlan, quien estaba ya enferma del corazón y desencantada con la crueldad y locura de aquel proceso, por lo que se retrotrajo a sí misma y calló, no respondiendo a acusaciones, insultos e imprecaciones, mientras era atada a la estaca en la bahía de Wigtown. Tampoco dijo nada cuando la marea empezó a cubrir su cuerpo. “¡No hace falta que esa maldita puta vieja hable!”, gritó el populacho brutalmente, molesto ante su silencio, “¡Que se vaya al infierno!”

"Martyrs of Wigtown", ilustración del artista  contemporáneo Sav Scatola. Fuente: http://savscatola.blogspot.com.es/

“Martyrs of Wigtown”, ilustración del artista contemporáneo Sav Scatola. Fuente: http://savscatola.blogspot.com.es/

Sin embargo, sí que conservamos las palabras de la joven Margaret Wilson, estremecedoras e inolvidables. Cuando el agua ya cubría por completo a la anciana Margaret McLachlan, alguien preguntó a la joven, no sin cierta crueldad: “¿Qué piensas de ella ahora que la ves ahí?” Margaret Wilson respondió con voz clara y alta: “¿Que qué pienso? No veo a otro sino al propio Cristo, personificado en ella, luchando ahí. ¿Piensas que somos víctimas? No, es Cristo quien está con nosotras, y él no envía represalias a los condenados por su causa”.

Cuando le tocó el turno y fue atada a la estaca, entonó el Salmo 23 desde el séptimo versículo [2], y leyó el octavo capítulo de la epístola de San Pablo a los Romanos [3] con gran alegría. Luego permaneció rezando en voz alta mientras el agua la cubría. No dejaron, sin embargo, que se ahogara por completo, sino que la sacaron un momento, la reanimaron y, cuando pudo hablar, por orden del alcalde Windram se le preguntó si rezaría por el rey, “pues él está por encima de todas las personas y causas, tanto eclesiásticas como civiles”. Pero Margaret, como miembro Covenanter que era, no podía jurar al rey, quien negaba a Cristo como cabeza de la Iglesia y eso, según sus preceptos, era blasfemia. Respondió pues: “Deseo la salvación de todos los hombres, y que ninguno sea condenado”.

La hundieron bajo el agua durante un instante, hasta casi ahogarla; y luego la volvieron a sacar. El espectáculo era tan horrendo y el sufrimiento de la joven tan acusado que un espectador, profundamente conmovido, suplicó sollozante: “Querida Margaret, di “Dios salve al Rey”, ¡di “Dios salve al Rey!” Ella, empero, respondió con la mayor firmeza y compostura de que fue capaz: “Que Dios lo salve, si así lo quiere, pues es su salvación lo que yo deseo”. Sus allegados, deseando salvarla, llamaron al alcalde Windram y le dijeron: “Señor, ella lo ha dicho, ¡lo ha dicho!”. El alcalde se acercó a ella y le ofreció de nuevo el juramento, dándole la elección de cumplirlo, o de ser de nuevo sumergida en el mar. Ella repitió de nuevo, refiriéndose al rey: “Señor, dale arrepentimiento, perdón y salvación si es Tu santo deseo”.

En este punto perdió la paciencia el oficial Grierson de Lag, quien, en un arranque de ira, gritó: “¡Condenada zorra! No queremos tus oraciones. ¡Acepta el juramento!” Margaret lo rechazó deliberadamente, diciendo: “¡No, no, nada de juramentos blasfemos para mí! No lo haré, soy una de las hijas de Cristo, ¡dejadme marchar!”. Fueron sus últimas palabras, porque entonces De Lag, sin más, pisó la cabeza de Margaret con su bota, hundiéndola bajo la espuma del mar, mientras decía sarcásticamente: “¡Pues entonces bebe un poco más, puta!”. Y así la mantuvo hasta ahogarla, por ser miembro de la Iglesia Libre -como ellos llamaban a su movimiento- y por rehusar reconocer la establecida Iglesia de Escocia. Los testigos describieron cómo su cabellera pelirroja flotaba alrededor de su cabeza como una aureola en el agua clara.

Escultura de Margaret Wilson, obra de Charles Bell Birch (1898). Knox College, Universidad de Toronto (Canadá).

Escultura de Margaret Wilson, obra de Charles Bell Birch (1898). Knox College, Universidad de Toronto (Canadá).

Mártires de Wigtown
Desde el mismo instante de su horrenda ejecución, Margaret McLachlan y Margaret Wilson fueron consideradas mártires por sus correligionarios. Los cuerpos ahogados de ambas, sacados del mar donde habían perecido, fueron enterrados en el cementerio viejo de Wigtown, donde permanecen hasta hoy en día, a tan sólo unas yardas del lugar de su ejecución.

Patrick Stuart, el delator por cuya intervención habían sido arrestadas las dos hermanas Wilson, pasó a ser tenido por infame y de execrable memoria. Uno de sus descendientes, a raíz de un altercado relacionado con ello, afirmó: “No me gusta haber tenido por antepasado a quien traicionó a las mártires, hubiera querido ser como los demás”.

En cuanto a Grierson De Lag, quien había insultado y atormentado a Wilson en su ejecución, fue visto años después, ya anciano, vagando por las calles de Wigtown y afligido con gran pena, mientras llevaba en manos un jarro de agua. Los lugareños estaban convencidos de que había perdido el juicio, y de que estaba recibiendo el castigo divino por haber ahogado a la joven Margaret. Ambas, las dos Margarets, pasaron a ser recordadas como “las mártires de Wigtown”. Es importante hacer notar, sin embargo, que hubo otros mártires, varones, que están enterrados junto a ellas, pero que de acuerdo a la ley murieron ahorcados, no ahogados.

Desde muy pronto se compusieron himnos, poemas y obras literarias y artísticas para conmemorar el sacrificio de estas dos mujeres por sus ideas religiosas. Pero incluso esta memoria no estuvo exenta de polémica. En 1992, se retiró del colegio presbiteriano de Canadá una estatua de Margaret Wilson (imagen que hemos visto más arriba) que había estado allí desde 1938. La mártir aparecía atada a la estaca y desnuda de cintura para arriba, lo que ocasionó protestas porque, según se decía, incitaba a la violencia contra las mujeres. Sin embargo, después de cuatro años de disputas, la estatua fue devuelta a su lugar y se colocó a sus pies una placa que explicaba quién había sido ella, para que no hubiese lugar a confusión.

En el año 2000 se examinó por rayos X el célebre cuadro de Sir John Everet Millais que representa a Margaret Wilson, titulado “La Mártir de Solway” (imagen que encabeza este artículo). El estudio revela que en origen la joven fue pintada semidesnuda, al igual que la escultura de Canadá, como parece que fue ejecutada. Pero quien encargó el cuadro, George Holt, magnate de los navíos de Liverpool, era un ferviente puritano y protestó contra aquello, obligando al pintor a añadirle la blusa rosa. Dicho cuadro permanece actualmente en la Walker Art Gallery de Liverpool. Por lo visto, aunque parece que al menos Wilson fue desnudada de cintura para arriba en su ejecución para añadir el componente de humillación al sufrimiento de su muerte, no han faltado reproches y reparos de tipo puritano en este aspecto, por lo que la mayoría de obras, si no por fidelidad histórica, al menos por respeto, representan a las dos mártires vestidas.

Vista de la tumba de los Mártires de Wigtown, Escocia. La lápida grande rectangular corresponde a Margaret Wilson, y la blanca pequeña a la derecha, a Margaret McLachlan.

Vista de la tumba de los Mártires de Wigtown, Escocia. La lápida grande rectangular corresponde a Margaret Wilson, y la blanca pequeña a la derecha, a Margaret McLachlan.

Como decía, en memoria de las mártires McLachlan y Wilson se han realizado muchas obras literarias y artísticas. No me resisto a poner este bello himno de Harriet Stuart Menteath, titulado “Las Mártires de Wigtown”, del cual he realizado una traducción aproximada del inglés:

“Mucho habían amado, como los cristianos aman,
Aquellas dos cercanas a morir,
Y cada una saludaba a la otra
Con lágrimas silenciosas.

La matrona lloraba la joven vida
Que debía cesar en tan poco tiempo;
La doncella, que esa honorable cabeza
No iba a poder marchar en paz.

Pero pronto, oh, pronto, habrá terminado
El cobarde pensó y negocia
Cada una, humilde, agradecida,
Se mira en el rostro de la otra:

– Madre, Él rige el mar proceloso
Con todas sus salvajes aguas.
– Todas las aguas son Su Voz
De amor hacia ti, mi niña.”

Meldelen


[1] En realidad, su auténtico apellido era Lauchlinson, McLachlan es simplemente la versión en inglés del mismo.
[2] “El Señor es mi pastor, nada me falta”.
[3] “Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús”.

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11 pensamientos en “Margaret Wilson y Margaret McLachlan, mártires presbiterianas escocesas

  1. Leí dos veces y quizás más las que me detuve, para comprender el contenido del artículo. ¿Quién dijo que mártir es sinónimo de católico u ortodoxo? Para quienes puedan pensar que los cristianos protestantes no son cristianos plenos sólo por no estar en “comunión” con el Papa o el monarca en turno, la comunión es con Cristo, y aquí le doy la razón a las mártires Margareth. Es un asunto bastante complejo aunque parezca simple: reconocer al rey como cabeza de la iglesia era también reconocer su dominio en el aspecto espiritual y por lo tanto, si el Evangelio iba contra la ordenanza real-legal, ya sabemos el resultado de esto: “herejía”.

    Busqué y descubrí que su ejecución fue posterior a la decapitación de Carlos II, del propio Cromwell y en el tiempo previo a la Revolución gloriosa, donde la “amenaza” católica de sentar a un monarca católico en el trono quedó desterrada para siempre, y no es un suceso aislado. Escocia estaba en un segundo plano respecto a Inglaterra -siendo esta potencia económica y política mundial- y aún no se podía hablar de una Gran Bretaña. No fue el caso de las dos mujeres, pero la rebelión religiosa también tuvo tintes políticos: Escocia como reino -ya sabes, con María Estuardo- favoreció el presbiterianismo sobre toda forma eclesial episcopal como es en Inglaterra, Gales e Irlanda, dos iglesias nacionales enfrentadas, la primera forzada a integrar costumbres ajenas de la segunda, y los monarcas, en su orgullo, católicos y protestantes, gustaban dirigir los destinos de las iglesias, con la aprobación de la jerarquía espiritual para uniformar criterios y mantener a raya los movimientos separatistas, pero no lo lograron, bien conocemos a los puritanos.

    El cuadro actual me impresiona, casi me aterroriza, y más el cormorán negro sobre un cuadro de tonos negros es todavía más siniestro si cabe, con los rostros desencajados de miedo de las mártires, que debieron sentirse así o peor. Y siento que hay algo de toque “romántico” -es un decir- en la muerte de la chica: pelirroja, con el pelo suelto azotado por el viento y el agua, semidesnuda y atada a la estaca, y al mismo tiempo aterrador. Es una ejecución. De hecho cuando vi los desnudos pensé precisamente en los puritanos, pero a los verdugos humillar a sus víctimas les causaba placer, y las valía un carajo la religión o la debilidad del prójimo, lo importante era hacer el juramento político, que bíblicamente sería ir contra el mandato de Cristo de no juren de ningún modo… digan sí cuando es sí y no cuando es no. Y aún sin razones bíblicas, no tendríamos que jurar, ya no estamos en épocas antiguas.

    ¡Excelente artículo, Ana María!

    Una duda, ¿es capítulo octavo o carta octava de Pablo a los Romanos?

      • Mmmm. Gracias por tu intervención, querido Alejandro, pero estoy pensando que por tu necesidad de leer dos veces lo escrito y el buscar más información, así como el comentario de Jhonatan, me hace pensar que me expresé bastante mal y que no puse la información pertinente, o al menos, que estuviese más clara, sobre el contexto histórico en que fueron ejecutadas estas mártires. Y es que el artículo procede de unas notas que tomé hace muchos años -antes de ir a la universidad incluso- y elegí centrarme más en la vivencia de las mártires que en la historia de fondo en sí, algo que quizá no estuvo muy acertado por mi parte. Es una historia difícil y extraña para nosotros, pero que puede equipararse con las persecuciones en Inglaterra e incluso las romanas de la Antigüedad.

        Elegí la pintura de Sav Scatola porque es de los pocos artistas que se han acordado también de inmortalizar a la anciana McLachlan, la mayoría se limitan a pintar a la joven Wilson únicamente, quizá porque la agraciada figura de la pelirroja de 18 años era más grata al pincel y despertaba mayor compasión. Y es que los humanos somos así: lloramos más la vida joven que se ve truncada, que la anciana, cuando ambas vidas son igualmente valiosas. Quizá por esta deformación, los artistas se empeñaron en pintar joven a la anciana Santa Apolonia.

        Aunque no sé si la apariencia de las mártires sería tan terrorífica de ver como describe el pintor: el relato que describo nos ha llegado a través de testigos visuales y ellos dijeron que MacLachlan quedó en completo silencio hasta su muerte y Wilson cantó y rezó en voz alta, con el semblante alegre, sólo interrumpiéndose para rebatir a sus enemigos y para luchar contra sus ofertas hasta el final. Quizá suene muy piadoso y propagandístico y esté convenientemente modificado; ya que la actitud de terror en el trance de la muerte es más humano y natural; pero aún así, prefiero quedarme con la versión de los testigos, por más que hayan querido dulcificarla.

        Por lo demás, pedirte perdón por el fallo de traducción -que hoy día no habría cometido ya, reflejo de la antigüedad que tienen ya esas notas-: efectivamente, es el octavo capítulo de la carta de San Pablo a los Romanos, no la octava carta, ya que a los Romanos sólo hay una.

        • No tienes que disculparte, fallos cometemos todos. Ya se me hacía muy raro oír de una octava carta. Y de hecho también cometí un error en mi comentario, no fue Carlos II, sino Carlos I el decapitado a instancias de Cromwell, así también mil disculpas.

          No estamos habituados a reconocer a los mártires del “bando enemigo” y se debe precisamente a que no forman parte del club social que se intitula iglesia, la que se cree poseedora única de la verdad. Seguramente Jesús y más de un cristiano sensato ha de sentirse avergonzado.

          • Bueno, para mí los protestantes no son ni serán nunca “el bando enemigo”. Yo no veo ni quiero enemigos por ninguna parte. Son mis hermanos en Cristo lo mismo que los ortodoxos. Por eso seguiré hablando de más como ellas.

  2. Muchas gracias Ana María. Con una de las varias cosas que me quedo de tu artículo es el de la verguenza que sufrieron los descendientes de Patrick Stuart cuando concieron y eran señalados por las delaciones de su antecesor. Ejemplos como este tenemos también en nuestro ámbito por fechorías realizadas por ancestros que se perpetuan en la memoria de las familias y siguen señalando a sus descendientes.

    • Pues yo creo que a cada cual le basta con lo suyo. Los pecados de los padres no deberían perpetuarse en los hijos. Hay que conocer el pasado para construir un presente más justo, y no para restregarle a nadie por la cara las acciones de sus antepasados.

  3. Impresionantes mujeres, fortaleza y fe.

    Que crueldad por parte de un tirano el reanimar en mas de una ocasión a esta pobre mujer. Mi duda ha sido siempre una respecto a este tipo de sucesos ¿Estos tiranos tenía una especie de devoción rara o fanática por la religión? ¿o era tambien una especie de querer tener un buen puesto por estar siempre a favor del rey?

    Yo de nacionalista no tengo nada gracias a Dios y devoción por quienes nos gobiernan y representan tampoco porque si llegamos a saber con la tiranía que gobiernan, ¿qué será de aquellas cosas que se murmuran o de plano ignoramos?????!!!!!

    Impresionantes mujeres

    Gracias Ana María

    • Me alegro de que te haya gustado el artículo. Estrictamente, quienes condenaron y ejecutaron a estas mártires creían estar cumpliendo la ley, pero lo hicieron basándose en falsos cargos y además en el ahogamiento de Wilson hubo crueldad y ensañamiento innecesarios. Y todo eso teniendo en cuenta que atentar contra la libertad religiosa hoy es reprobable, pero en aquel entonces no. Ya era bastante horrible lo que hicieron, y dentro de eso, se excedieron claramente.

  4. Hermana, me gustan mucho estos artículos, nos obligan a reflexionar sobre la universalidad de la defensa de la fe y que todos desde sus propias perspectivas han padecido de igual manera, no solamente los cristianos.

    • Bueno, los protestantes presbiterianos también son cristianos, de ahí que haya querido hablar de estas dos – tres, en realidad, si consideramos el suplicio de Margaret Maxwell – como ejemplo, y de que tenga la intención de seguir hablando de muchas otras mártires de otras ramas del protestantismo.

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