Santa Rosalía, virgen patrona de Palermo

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Óleo barroco de la Santa, obra de Anton Van Dyck. Galleria Palazzo Abatellis, Palermo (Italia).

Óleo barroco de la Santa, obra de Anton Van Dyck. Galleria Palazzo Abatellis, Palermo (Italia).

Antes del 1624, año en el que se cree fue encontrado el cuerpo de Santa Rosalía en una gruta del monte Pellegrino, de esta Santa se tenían muy pocas noticias y era conocida solamente –según atestigua Octavio Gaietani (1620)- por tradiciones antiguas. Él se lamentaba diciendo: “Nullum de ea monumentum a maioribus nostris conscriptum nos comperisse, cum omnem operam ac studium hanc in rem collocaverimus” («Nada sobre ella nos dejaron escrito nuestros antepasados…). O sea, las tradiciones recogidas por Octavio Gaietani se reducían simplemente a decir que Rosalía había nacido en el seno de una familia noble de Palermo, que vivió a mediados del siglo XII (1130-1156), que había estado en la corte de la reina Margarita (mujer del rey Guillermo) y que, habiendo recibido el monte Pellegrino, allí se retiró muy joven para hacer vida penitente en una cueva, donde fue sepultada después de muerta.

Como se ve, esto es muy poca cosa; aunque, sin embargo, el culto a la Santa era mucho más antiguo, no sólo en Palermo sino en toda Sicilia, pues existe constancia del mismo desde el siglo XIII. El bolandista Juan Stilting, recogiendo aquellas noticias del siglo XIII, las da por ciertas y seguras. De hecho, de acuerdo con esta revisión de los datos, además de la capilla dedicada a la Santa en la misma cueva en la que había muerto, a ella se le habían dedicado otras en Palermo, Recalmuto, Bivona, Troina, Ragusa, Scicli e incluso fuera de Sicilia, como por ejemplo en la provincia de Potenza, en la región de Basilicata. Su fiesta era celebrada el 4 de septiembre, no sólo en Palermo, sino también en las otras ciudades.

Sin embargo, a principios del siglo XVII, cuando presuntamente se descubrió su cuerpo, el culto en Palermo estaba en decadencia, como lo prueba el hecho de que en una procesión penitencial organizada por el obispo para conjurarse contra la peste, en ese mismo año del descubrimiento, la Santa no era invocada ni siquiera en las letanías de los Santos, aunque a ella se le ha endosado el supuesto milagro de la desaparición de la epidemia. Pero ese año hubo un gran avance, porque el presunto descubrimiento del cuerpo de la Santa señaló el inicio de una maravillosa y extendida devoción por toda Italia que, aún en el día de hoy, es muy floreciente en muchísimos lugares del mundo. Pero hay que decir, en honor a la verdad, que las circunstancias que rodearon el descubrimiento del cuerpo han suscitado graves dudas acerca de la autenticidad del cuerpo encontrado, tal y como se desprende del relato de los mismos protagonistas y de posteriores interpretaciones de importantes científicos.

Imagen reclinada de la Santa venerada en su Santuario de la gruta del monte Pellegrino, Palermo (Italia).

Imagen reclinada de la Santa venerada en su Santuario de la gruta del monte Pellegrino, Palermo (Italia).

Parece ser que, a finales del siglo XVI, se difundió la idea de que el cuerpo de Santa Rosalía debería estar dentro de la cueva del monte Pellegrino, porque en el 1585 se habían realizado algunas tentativas para encontrarlo, pero no se obtuvo ningún éxito. Se dice que en el mes de octubre del 1623, la Santa se le apareció a una señora que estaba enferma y, después de haberla curado, le ordenó ir en peregrinación a la pequeña iglesia que estaba en el monte. La mujer se descuidó y no hizo esa peregrinación hasta finales de mayo del 1624. Cuando acompañada por algunas otras mujeres, llegó finalmente a la cueva, se le apareció de nuevo la Santa y le indicó el lugar exacto donde estaba su cuerpo. La búsqueda duró hasta el 15 de julio, que es la fecha en la cual se encontró. No estaba sepultada como normalmente se entierra un cuerpo en la tierra, sino a unos quince metros de profundidad, en una especie de hueco vacío bajo una lápida sepulcral, rodeada de tierra y fósiles, no existiendo ninguna indicación que dijera quién era la persona allí sepultada.

Sin embargo, el cardenal Doria, que era el arzobispo de Palermo, ordenó que le llevaran los huesos encontrados y constituyó una comisión de peritos para estudiar este tema, al mismo tiempo que un grupo de médicos analizaba los huesos. Los primeros resultados fueron negativos, ya que los peritos no tenían suficientes elementos probatorios; y los médicos no reconocían que los huesos perteneciesen a un esqueleto humano. Después de realizados otros exámenes, una nueva comisión mixta de teólogos y médicos dictaminó el 11 de febrero de 1625 que los huesos eran, en efecto, las reliquias de Santa Rosalía, siendo “convalidado” este dictamen por la misma Santa, que presuntamente se apareció a uno de sus devotos. Al no tener ya ninguna duda, el cardenal Doria ordenó que las reliquias fueran trasladadas solemnemente de la catedral.

Detalle de la Santa grabando en la pared de la gruta su inscripción identificatoria. Lienzo de Pietro Novelli "Il Monrealese".

Detalle de la Santa grabando en la pared de la gruta su inscripción identificatoria. Lienzo de Pietro Novelli «Il Monrealese».

Cuarenta días después de haberse descubierto los huesos, el 15 de agosto de 1624, dos albañiles de Palermo que estaban trabajando en el convento dominicano de San Esteban, encontraron en una gruta en las cercanías de Quisquina -localidad de la provincia siciliana de Agrigento-, a la cual jamás se había tenido acceso, un inscripción latina, un tanto incorrecta y completamente desconocida, que se cree había sido escrita por la mismísima Rosalía cuando habitaba en aquella gruta, en la que decía: “Ego Rosalia Sinibaldi quisquine et Rosarum Domini filia amore Domini mei Iesu Christi ini hoc antro habitari decrevi” («Yo, Rosalía, hija de Sinibaldo, señor de Quisquina y de Rosa, por amor a mi Señor Jesucristo, decidí asentarme en esta cueva»). O sea, se llamaba Rosalía Sinibaldi, era descendiente de la familia del emperador Carlomagno, y parece que siendo joven se había marchado de casa y se escondió en una cueva cerca de Bivona y, más tarde, en otra del monte Pellegrino, cerca de Palermo, donde murió y fue sepultada.

Hay quienes afirman que, antes de retirarse a la cueva para vivir en soledad, pertenecía a una comunidad religiosa y, en este sentido, hay que decir que los Basilianos la tienen en su Martirologio como miembro de su Orden (la Orden Basiliana es una orden oriental de rito melquita, que sigue la regla de San Basilio Magno y que estuvo muy extendida por el sur de Italia y por la isla de Sicilia). De hecho, muchas veces es representada con el hábito basiliano y con una cruz griega en su mano. Se le considera protectora contra las enfermedades infecciosas, pues según la tradición liberó a Palermo de la peste.

La noticia del descubrimiento de las reliquias de la Santa y de los milagros que se realizaban gracias a su intercesión fue comunicada al Papa Urbano VIII, que en el año 1630 ordenó que el nombre de Rosalía se inscribiese en el Martirologio Romano el día 15 de julio, fecha del descubrimiento de las reliquias, y el día 4 de septiembre, día tradicional de su fiesta a nivel de toda la Iglesia. En el año 1666, Alejandro VII concedía la celebración de un Oficio propio para toda la isla de Sicilia e Inocencio XII, en el año 1693, hacía lo propio para España.

A mediados del siglo XIX, un famoso geólogo y paleontólogo británico llamado William Buckland (1784-1856), visitando las reliquias de Santa Rosalía, identificó los restos como pertenecientes a una cabra. Recordemos que en el primer examen forense encargado por el cardenal Doria, los médicos no reconocían que los huesos pertenecieran a un cuerpo humano; ante esta afirmación, las autoridades religiosas de Palermo, en vez de analizar de nuevo los huesos, se dedicaron a desprestigiar a este importante científico con la excusa de que no era católico, sino protestante. De todos modos, no quedando totalmente convencidos y teniendo dudas, guardaron los restos en una urna que jamás se ha abierto.

Vista de la artística urna que guarda las presuntas reliquias de la Santa.

Vista de la artística urna que guarda las presuntas reliquias de la Santa.

Para colmo, en el año 1983, la revista científica “Science” publicó un artículo titulado “Rosalia was a goat” (Rosalía era una cabra), dando por buenas las afirmaciones de William Buckland. Como comprenderán quienes lean este artículo, yo simplemente me limito a exponer estos hechos. La cuestión tiene fácil solución y está en manos del arzobispado de Palermo: abrir la urna y permitir que un grupo de científicos analicen actualmente dichos restos. Si se confirman que son humanos, mejor, pero si no lo son, eso sólo pone en duda la autenticidad de las reliquias, pero no la existencia de la Santa.

Antonio

Bibliografía:
– LEWIN, R., “Saint Rosalia was a goat”, Science, 12-agosto-1983
– STILTING, G., “Acta SS. Septembris II” pp. 278-414, Venecia, 1756.
– VV.AA., Bibliotheca sanctorum, vol. XI, Città N. Editrice, Roma, 1990

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