Heresiología (IV)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La visión de Constantino como aparece pintada por Rafael, 1524. Estancia de Rafael en el Palacio Apostólico del Vaticano, Roma (Italia).

La visión de Constantino como aparece pintada por Rafael, 1524. Estancia de Rafael en el Palacio Apostólico del Vaticano, Roma (Italia).

Prolegómenos
Estamos en el siglo IV de nuestra era. Ha acabado una de las más largas y sangrientas persecuciones que sufrió la Iglesia en su historia primitiva: la decretada del año 303 al 310 por Diocleciano bajo la instigación de Maximiano y Galerio, aunque éste último decretó en el 311 un Edicto de Tolerancia en la ciudad de Nicomedia, residencial imperial (actual Izmit, en Turquía), donde reconocía su existencia y permitía el culto siempre que los cristianos oraran por la prosperidad del Imperio y la salud de sus gobernantes. Galerio, cabe mencionar, enfermó de cáncer y esperaba con este acto congraciarse con el Dios cristiano, pero moriría a los cinco días de su emisión. Sin embargo, la paz a la iglesia y su reconocimiento formal y oficial no llegaría sino hasta dos años después, de la mano de uno de los emperadores más famosos y controvertidos de la historia: Constantino el Grande. Basta resumir que tras su victoria en la batalla del Puente Milvio, atribuida a una supuesta visión o sueño de la cruz o del monograma de Cristo, según dicen Eusebio de Cesarea y Lactancio, asumió que le debía su triunfo al Dios cristiano y por esta razón, además de la evidente, creciente y consolidada presencia de cristianos en todas las ciudades del imperio, decretó a favor de éstos en el año 313 de nuestra era, en la ciudad imperial de Milán, el Edicto que lleva su nombre y que sentó las bases para el ejercicio público y no punible del cristianismo para todos los ciudadanos, así como una tolerancia legal y sanción para quienes se atrevieran a hacer renegar a algún prosélito; devolviendo también propiedades a la iglesia que desde ese momento creció como nunca en toda su historia reciente y se preparaba para transformarse en la institución que hoy aún existe, pero todavía no en iglesia estatal.

La denominada Pax Constantiniana trajo al imperio nuevamente la unidad y seguridad del gobierno en manos de una sola persona –para lograrlo, Constantino se deshizo de Licinio, su colega oriental que, pese al edicto de Milán, persiguió a los cristianos (aunque por razones más políticas y en rivalidad con el creciente apoyo público a Constantino)- y tomó las riendas del poder en lo que hoy llamaríamos una monarquía absoluta. Cabe bien aclarar que, pese a atribuir su victoria al dios cristiano, Constantino siguió siendo Pontífice Máximo del clero romano pagano y militante del culto al Sol Invicto durante gran parte de su vida, bautizándose en su lecho de muerte; pero no adelantaré más acontecimientos. Vamos por partes.

Eusebio de Cesarea, según un grabado de André de Thevet (siglo XVI).

Eusebio de Cesarea, según un grabado de André de Thevet (siglo XVI).

Otra consecuencia de esta nueva situación para la iglesia, que ya estaba organizada en el sacerdocio piramidal descendente de obispos, presbíteros y diáconos (y diaconisas, pero en menor número), fue el hecho de llevar los debates doctrinales a la esfera pública. Conviene también aclarar, y lo hago sin afán de ofender a los defensores de la primacía romana sobre la iglesia desde sus orígenes, que los obispos de las diferentes regiones –no se les llamó diócesis antes de finales de los siglos IV y principios del V- eran independientes aunque reconocían y buscaban la comunión con sus pares de otras zonas del imperio e incluso fuera de él. Roma no fue el primer estado cristiano, sino Armenia bajo los esfuerzos de Gregorio el Iluminador, y posiblemente también Etiopía, reconociendo al obispo de Roma un primado de honor en el poder moral por ser la ciudad sede de Pedro y Pablo –también lo era Antioquía de Siria y no hubo disputas al respecto- y un poder mediador en caso de conflictos entre comunidades. Basta con esto. Más adelante se entenderá el por qué de esta observación.

Constantino era un hombre de leyes, de dar órdenes y ser obedecido, y también tenía talento para escoger a sus colaboradores en la corte. Su inclinación –sentimental y curiosa durante gran parte de su vida- por el cristianismo le motivó a llamar a un hombre virtuoso y no exento de polémica y marcado con un deshonroso e injusto libelo: Osio, obispo de Córdoba (España), confesor de la fe en dos ocasiones y autor intelectual del Edicto de Milán. Lo volveremos a ver más adelante.

En aquel momento histórico existían dos escuelas cristianas de gran fama que sobrevivieron a las persecuciones y fueron rivales en el pleno teológico: la Escuela de Antioquía en Siria y la Escuela de Alejandría de Egipto, esta última quizás más destacada por algunos de sus más ilustres maestros: Orígenes y Clemente de Alejandría, pero la primera no se quedaba atrás en ilustres educadores, aunque éstos pasaron a la historia como herejes: Pablo de Samosata y Luciano de Antioquía, que también tendrían influencia en la herejía de la que hoy les hablaré y que puso en serio peligro a la cristiandad y que, todavía hoy en día, tiene influencia en ciertas iglesias: el arrianismo.

Orígenes, grabado de André de Thvet (siglo XVI).

Orígenes, grabado de André de Thvet (siglo XVI).

Introducción
“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. El Verbo estaba ante Dios en el principio. Por Él se hizo todo y nada llegó a ser sin Él… Y el Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único, en él era todo don amoroso y verdad… Nadie ha visto a Dios jamás, pero Dios-Hijo único nos lo dio a conocer; él está en el seno del Padre y nos lo dio a conocer”. Palabra del Señor. Evangelio de Juan, capítulo 1, versículos del 1 al 4, 14 y 18.

Ya el propio apóstol Juan o quien escribió esta introducción en el cuarto evangelio sabía por revelación y fe que Dios Hijo es Dios desde siempre. El propio Jesús, a lo largo de los evangelios, dice claramente que es Hijo de Dios, y el motivo de su condena es proclamarse ante un atónito y escandalizado Sanedrín, Hijo de Dios con el emblemático “Yo soy” (siglas en hebreo de Iahvé) y también a los largo de los evangelios, los hechos de los Apóstoles y las cartas paulinas, queda claro también su origen humano, “¿No es este el hijo del carpintero (José)? ¿No se llama su madre María y sus hermanos… no están todas sus hermanas con nosotros?” (Mateo 13, versículos 55 y 56), que nació “de una mujer, bajo la ley, para liberarnos de la ley” como bien dice Pablo en su carta a los Gálatas en el capítulo 4 versículo 4. Fue bautizado por Juan el Precursor y una voz “de lo alto” se escuchó llamándolo Mi Hijo amado; crucificado por orden de Poncio Pilatos, muerto y sepultado. Resucitó a los tres días como declaran todas las escrituras y subió al cielo… Con todas estas evidencias bíblicas, hubo quienes se resistieron a creer que Dios pudo encarnarse y volverse humano, materia, y mucho más, creer que el ser era con Dios incluso antes de la creación y fuera igual a Dios.

Bien mencioné un artículo antes que el docetismo predicaba la mera apariencia del cuerpo del Señor en vida debido a que un ser superior no podía contaminarse con la materia, creada por un dios inferior (identificado con Iahvé según Marción, o el Demiurgo platónico según algunos gnósticos), por lo tanto su nacimiento, pasión y muerte fueron mera apariencia, debido a que el Cristo divino que poseyó a Jesús el día de su bautismo era eterno y no podía sufrir. Los ebionitas creyeron en su nacimiento humano y lo consideraban Mesías (humano y político), más no Dios ni salvador universal. Y desde la introducción de la filosofía pagana en el cristianismo que ayudó en más de una ocasión al desarrollo de la Apologética y la Teología con personajes como Justino, Tertuliano de Cartago y Clemente Alejandrino, surgió la necesidad de explicar con términos lógicos y racionales principios espirituales e históricos. Recordemos que el Imperio Romano estuvo culturado por Grecia, y era de conocimiento común que varios héroes o semidioses míticos fueron divinizados tras su muerte –generalmente de forma violenta- y ascendidos al Olimpo con Zeus, hechos hijos adoptivos suyos mediante la apoteosis (véase el caso de Heracles).

Icono ortodoxo griego de San Clemente de Alejandría.

Icono ortodoxo griego de San Clemente de Alejandría.

Los extremos gnósticos y adopcionistas (así fueron llamados los postulados y quienes decían que Jesús fue tomado por Dios (como lo fueron los profetas del Antiguo Testamento) y hecho Hijo suyo, fueron pronto rechazados por la iglesia ortodoxa original; sin embargo, existían posturas y opiniones diversas para todos los oyentes. Gracias a Tertuliano de Cartago tenemos el antecedente de las dos naturalezas en una única persona: la Divina y la Humana, que también hemos oído como sustancia u oficio/propiedad que da el carácter o estatus al individuo, y la persona es quien tiene tal propiedad u oficio. Recordemos que Tertuliano era ciudadano romano y abogado, por lo tanto, empleó terminología legal para hacer su teología, y sus términos fueron empleados o la iglesia naciente se alineó con estos al ser bíblicamente análogos.

El adopcionismo que predicaba Pablo de Samosata, obispo de Antioquía y ministro de la reina Zenobia de Palmira, hombre más mundano que espiritual y, sin embargo, una de las figuras más prominentes de la escuela teológica rival de la de Alejandría, buscaba salvaguardar la integridad de la humanidad de Cristo que la escuela teológica de Alejandría disminuía al ensalzar demasiado su divinidad, ¿cómo? Distinguiéndola y aislándola en dos naturalezas, hasta aquí punto de vista ortodoxo, pero en acciones y por momentos, diferentes, punto disidente; es el punto de partida, junto con el subordinacionismo [1], que entiende al Logos como una clase o tipo de divinidad sometida al Padre (una interpretación literal de las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan según cuenta el capítulo 14 versículo 28 “… el Padre es mayor que yo» (Juan 14:28), la famosa sentencia “pero de aquél día y hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni aún el Hijo, sólo el Padre” como aparece en Marcos 13 versículo 32 y Mateo 24 versículo 36; y la doctrina paulina contenida en la primera carta a los corintios en el capítulo 15 versículos 24 al 28), los prolegómenos del arrianismo que cimbró todo el siglo IV de nuestra era de formas muy virulentas, como mencioné renglones arriba al llevarse a cabo los debates eclesiásticos a una esfera pública y, por lo tanto, al interés del Estado.

En la siguiente entrega hablaré de Arrio, su doctrina, el desarrollo y el concilio de Nicea.

Alejandro

Bibliografía
– L. GONZÁLEZ, J., “Diccionario manual teológico”. Adopcionismo, página 10. Subordinacionismo, página 271, Edición 2010. Editorial Clie. Barcelona, España.
– Biblia Latinoamericana.

Enlaces consultados:
http://www.laguia2000.com/edad-antigua/roma/edicto-de-milan
http://mercaba.org/Herejia/subordinacionismo.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Constantino_I_(emperador)


[1] Sin embargo, en los primeros siglos, el subordinacionismo tuvo un tinte ortodoxo al reconocerse que Cristo, en su humanidad, es inferior y está sometido a Dios Padre como todos los seres humanos, y en su divinidad al haber sido engendrado por el Padre. Así profesaron autores reconocidos por las iglesias como Justino mártir, Tertuliano de Cartago, Ireneo de Lyon y Eusebio de Cesarea.

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