Venerable Concepción Cabrera de Armida (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Venerable Conchita en su juventud.

Fotografía de la Venerable Conchita en su juventud.

Escribir este artículo fue interesante, a la vez que rico y un poco complicado para un servidor, pues fue muy difícil resumir una vida tan intensa y rica con temor de omitir datos importantes y por tratarse de una mística con una espiritualidad un tanto controvertida para muchos. El caso de nuestra biografiada de hoy es excepcional pues, aunque por privilegio papal murió como consagrada, en realidad fue una mujer seglar mexicana, casada, madre de una familia numerosa y que en este estado de vida, fue favorecida por Dios con gracias sobrenaturales excelsas, por lo cual se quiere poner su ejemplo a todos los cristianos como modelo de vida. Sirva pues este párrafo de introducción a la reseña de su vida, obra y legado.

Infancia y primeras experiencias
Su nombre completo era María Concepción Antonia Cabrera Arias y nació en Jesús María, al norte de San Luis Potosí (México) el 8 de diciembre de 1862, hija natural de Octaviano Cabrera y Clara Arias, siendo la séptima de nueve hermanos.

Su familia era acomodada (pues vivían en una hacienda) a la vez que piadosa, no en vano su tío materno, Luis Gonzaga Arias, fue canónigo de la Catedral de San Luis Potosí. Desde muy pequeña fue de condición enfermiza, a los cinco meses de nacida ya había tenido nada menos que siete nodrizas y ella misma escribía que sus penas siempre eran “de recámara”, pues si no caía enferma ella, era alguien de su familia. Al mismo tiempo que la enfermedad, experimentó gracias sobrenaturales desde niña; ella misma menciona que llegó a ver al Niño Jesús que jugaba con ella en su habitación o bien veía al demonio en forma de un viejo horripilante o bien de un animal desconocido y aterrador. Según los postuladores de su Causa, estas visiones se debían más que nada al espíritu mortificado de Conchita, como era llamada por su familia, pues desde muy pequeña amó las penitencias (algunas de ellas ingenuas como pincharse los dedos con alfileres “por recordar la Pasión) y por ser un alma contemplativa muy dada a la oración. Por ello le fue concedido hacer su primera comunión a una edad temprana para aquella época (a los 10 años), el 8 de diciembre de 1872.

Su adolescencia, la primera gran prueba y su vocación matrimonial
Conchita se convirtió a los 13 años en una señorita precoz y según la costumbre de la época asistía a bailes de familias pudientes de San Luis. Combinaba su tiempo entre la hacienda y temporadas en San Luis. Conchita no era, a pesar de su posición económica, una mujer instruida (estudió hasta el equivalente de tercer año de primaria), y además tenía carácter fuerte y era muy cariñosa; además de la virtud de dominar tanto los trabajos del deporte nacional de la charrería (era reconocida como una excelente amazona) y de las labores domésticas, pues por orden de su madre ayudaba a la servidumbre en el día y en la noche asistía a las reuniones sociales.

Reliquia “ex indumentis” de la Venerable, junto a otra fotografía de su juventud,

Reliquia “ex indumentis” de la Venerable, junto a otra fotografía de su juventud,

Sin embargo le repugnaban los bailes por su pomposidad, pero asistía por órdenes de la familia. Por su natural belleza tenía numerosos pretendientes, algunos de ellos muy mayores, como el entonces gobernador del estado, que la rebasaba por más de 20 años; sin embargo, ingenuamente, sabía decirles no. Es en esos bailes, el 12 de diciembre de 1875, donde conoció al que sería su esposo, Francisco Armida García. Por su ingenuidad y candidez, fue encantadora la forma en que se conocieron, teniendo Conchita apenas 13 años y Francisco casi 18. Conchita cuenta: “Me lo presentaron en un baile. Él se acercó a bailar conmigo y yo no podía decir palabra alguna. Entonces me dijo muy quedamente que me quería. Nunca me había imaginado capaz de inspirar cariño, así que callé. Entonces vi cómo de sus ojos rodaban lágrimas. ¿Por qué llora usted?, le dije; Por que sufro mucho, me respondió. Me dijo que sufría por que yo no le quería, entonces me enternecí y respondí, ¿Por eso nada más? Pues le querré, ¡no sufra por tan poca cosa!”. Y entonces inició un noviazgo que duraría nueve años.

A pesar de tantas gracias recibidas en su infancia, de su inclinación natural a la oración, Conchita nunca pensó en hacerse religiosa. Ella misma cuenta en su Diario que se pensaba indigna y que, a pesar de que su tío el canónigo la empujaba hacia algún convento, mejor deseaba casarse y darle a Dios muchos hijos, de los cuales alguno por lo menos le sirviera, cosa que en efecto se cumplió.

Por esa época de su adolescencia ocurrieron dos sucesos que la marcarían para siempre. Por su atractivo natural y su fino talle (siempre fue delgada) fue muy dada a los adornos, maquillajes y vestidos y como gozaba de talentos naturales para la música y la escritura, fue muy vanidosa en los primeros años de noviazgo, además de ser extremadamente sensible, modosa y cariñosa. Un día de esos años, su hermano Manuel, a quien ella amaba mucho, murió por accidente al disparársele una pistola que le mostraban, al caer el arma al suelo. Fue tal el impacto de esa muerte que la orilló a una vida de mayor sencillez y a prepararse a ofrecerse a sí misma y a los suyos como víctimas a Dios. “El corazón ha sido mi verdugo por querendona aunque por fuera parezca fría e indiferente. Yo he amado mucho, he sido muy sensible. ¡Pobre Jesús, cuántos estorbos para su amor encontró en mi pobre alma!”.

La Venerable, fotografiada el día de su boda con su matrido, Francisco Armida.

La Venerable, fotografiada el día de su boda con su marido, Francisco Armida.

Matrimonio, espiritualidad y sacrificio
A los 21 años fue pedida formalmente en matrimonio el cual se efectuó en el Templo del Carmen de San Luis, el 8 de noviembre de 1884. Como anécdota, durante la fiesta, en el brindis y las felicitaciones, Conchita le pidió a su esposo que no fuera celoso y la dejara ir a comulgar a diario, cosa que él aceptó e incluso alentó durante toda su vida. Su matrimonio fue un matrimonio común en muchos aspectos pero lleno de amor.

Francisco trabajaba en una fábrica y ella se dedicaba al hogar. La familia de Francisco no era lo que se puede llamar muy religiosa, Conchita incluso se vio criticada por su suegra, a quien logró acercar a la fe, y por una tía soltera de Francisco, altanera y adinerada, quien la humillaba por su sencillez en el vestido y que – ironías del destino – terminó en la miseria y atendida por Conchita con mucha caridad y amor. Francisco, a pesar de ser un buen esposo, era de carácter muy fuerte, casi “peleonero”, pero se controlaba mucho. Fue tal el cambio que Conchita logró en él, que moriría santamente y admirado por su propia familia. En cuanto a la vida espiritual de su esposa, fue siempre discreto y alentaba discretamente el quehacer de Conchita.

El 28 de diciembre de 1885 nació su primer hijo, a quien bautizaron como el padre. Al nacer lo ofreció a Dios, cosa que haría con todos sus hijos y nietos. El segundo hijo fue Carlos, que moriría a los 6 años. Era el primer hijo que se le moría y ella, con gran dolor, guardó alguno de sus vestiditos, mas un día del novenario sintió que debía desprenderse de ellos. Pasando un niño pobre fuera de su casa lo llamó, lo aseó y ella misma lo vistió con la ropa de Carlitos. Pocos días después, le pareció que Jesús le decía “¿A quien quisieras ver, a Carlitos o a mí?”. Venciendo su dolor de madre respondió “A ti Señor, aunque a mi niño no lo vea hasta la eternidad”, y entonces se iniciaron una serie de gracias místicas que durarían toda su vida y que ella sólo comunicaría a sus confesores y, en un determinado momento, a una comisión de cardenales y al mismísimo Papa San Pío X.

La Venerable, fotografiada con siete de sus hijos.

La Venerable, fotografiada con siete de sus hijos.

El tercero de sus hijos fue Manuel, en 1889. A la hora que él nació, moría un sacerdote y tan pronto lo supo Conchita, ofreció a ese niño en sustitución del sacerdote difunto; 17 años después, Manuel entraría en la Compañía de Jesús. Conchita, después de tres varones, dio a luz a una niña en 1890 y le puso su mismo nombre. La niña fue enfermiza desde bebé y sería, sin embargo, religiosa de la Congregación fundada por su madre y moriría en brazos de ella. Después vendrían otros hijos: Ignacio, Pablo, Salvador, María Guadalupe y Pedro.

Durante esta época Conchita asistía a ejercicios espirituales y formó parte de la Tercera Orden de San Francisco, (actualmente Orden Franciscana Seglar) y era una mujer normal que, sin embargo tenía una vida interior poco común que llegaría a su culmen tras nuevos y enormes sacrificios.

Vida de esposa y de mística
En 1893 había conocido a un sacerdote, el P. Mir, quien sería su primer director espiritual. Él la orientaría sobre su espíritu de sacrificio y le daría un consejo que sería eje rector de su espiritualidad: “Creo que Ud. debe resolverse siempre a hacer lo más perfecto con humildad profunda, confianza suma y amor inmenso”. En este consejo se basa su itinerario espiritual, que combinaría con la atención de las tareas del hogar y que la llevaría a hacer incluso un horario casi monástico: Conchita se levantaba de madrugada a orar en las “rosas” (una corona de espinas que se ponía para orar y que así llamaba para disimular la penitencia), iba a misa al alba, regresando a casa daba de desayunar, hacía tareas del hogar, bordado para los pobres y costura para la familia y amigos, lectura espiritual, visita al Santísimo, Rosario con los criados, examen diario de conciencia y además visitas a enfermos y huérfanos, ¡y todo esto a la vez que educaba a sus hijos y atendía a su marido!

No es de extrañar que con una espiritualidad y caridad tan grandes, Dios la escogiera para ser portadora de un gran mensaje y fundadora de una obra única. Y todo empezó años antes, en vida de su esposo, con un símbolo externo y que llevaría grabado para siempre en su carne. El 14 de enero de 1894, por inspiración divina, se gravó en el pecho, a la altura del corazón con un cuchillo y con un hierro candente el monograma IHS. Su confesor se opuso en un principio, pero finalmente accedió. Al grabar el monograma, Conchita, impulsada por una fuerza misteriosa, exclamó esta jaculatoria “Jesús Salvador de los hombres, ¡sálvanos, sálvalos!”. Sin darse cuenta en ese día empezaron las obras de la Cruz.

Visión de la Venerable que representa la Cruz de su Apostolado.

Visión de la Venerable que representa la Cruz de su Apostolado.

Aparición de la Cruz, nacen las Obras de la Cruz
Después de este hecho del monograma, inició Concha un camino de muchísima penitencia que incluso llegó a extremos, como permitir que una pordiosera le escupiera en la cara, explicándole Conchita que era para cumplir una promesa y expiación de sus pecados (!!!). La noche del Jueves al Sábado Santo de 1894 experimentó lo que podría ser una estigmatización interna, dolores en manos, pies y costado, intensísimos al punto de verse en la necesidad de guardar cama durante esos días.

Todavía el Jueves Santo en la mañana, llamó a una viejecita de la calle, la sentó al comedor y después de alimentarla y darle comida para que se llevara a su casa, le lavó y besó los pies por imitar a Cristo. En esos días escribió algunos pensamientos, entre los cuales destaca el de “escoger siempre el padecer”, que haría característica de su vida hasta el final.

En la Pascua de ese año, tuvo una visión, probablemente en la iglesia de la Compañía en San Luis, donde vio una Cruz refulgente de luz, en el centro de la cual se encontraba el Corazón de Jesús traspasado por una lanza y el Espíritu Santo descendiendo sobre ella. Era el nacimiento de la obra y de la Cruz del Apostolado. Sería muy largo escribir la rica significación teológica de esta Cruz, pero en resumen, Jesús mismo le explicó que “La Cruz es la salvación de la humanidad; sobre ella está mi corazón traspasado y sobre ella y por ella el Espíritu inflama los corazones. Sólo por mi amor y por el dolor (sacrificios) los hombres alcanzarán la salvación”. Hay que destacar que su esposo nunca interfirió con su espiritualidad, al contrario, se mortificaba de preguntarle, pues siempre que la veía escribir, o cuando ella le pedía permiso para viajar a México con sus directores espirituales él le preguntaba “Concha, ¿qué escribes? Es de cosas espirituales ¿verdad? Bueno, yo no entiendo esas cosas, sigue”. Y la acompañaba a tomar el tren.

Comunicó esta visión a su director espiritual y él, después de consultarlo con otros sacerdote no se opuso a su propagación y pidió al obispo de Chilpancingo-Chilapa, amigo suyo, aprobar la fundación de una cofradía dedicada a extender esa devoción nueva y de provecho para la Iglesia. Conchita mandó pintar un óleo según las descripciones de su visión y el 3 de mayo de 1894, fiesta en México de la Santa Cruz, se erigió la primera Cruz del Apostolado en la hacienda de Jesús María, actualmente Santuario de la Cruz. Luego serían erigidas muchas cruces más, una incluso en la cima del cerro del Tepeyac, el lugar más sagrado de México. En 1895 el Apostolado de la Cruz, del cual Conchita redactó su ideario y estatutos, fue aprobado por el entonces obispo de Chilpancingo–Chilapa, Ramón Ibarra y González, posteriormente arzobispo de Puebla y gran benefactor de la Obra. Finalmente en 1898, Mons. Ibarra, que iba de peregrinación a Roma, logró que la Sede Apostólica diera la aprobación pontificia al Apostolado de la Cruz y su erección en Archicofradía.

Fachada de la hacienda de Jesús María, donde vivió la Venerable. Actualmente Santuario de la Cruz.

Fachada de la hacienda de Jesús María, donde vivió la Venerable. Actualmente Santuario de la Cruz.

La muerte de su esposo y su entrega total
En el año de 1901, el 12 de septiembre, Conchita sintió una pena y angustia muy grande, como si algo grave fuera a ocurrir. Su esposo Francisco enfermó repentinamente el día 11. Postrada en el suelo sobre sus “rosas”, se ofreció a Dios para cumplir su voluntad. Al día siguiente el médico diagnosticó a Francisco un tifus avanzado y mortal.

El día 15, al pie del lecho de su esposo, le pareció que Jesús le decía: “O él o yo, escoge”. Por su natural amor a su esposo decía: “Los dos, Señor” y sufría una lucha interior terrible, pues veía a sus hijos pequeños y sin padre. Finalmente, tras derramar muchas lágrimas, contestó: “¡Tú, Señor, a Ti te prefiere mi alma! ¡Lo que Tú quieras, sólo ten misericordia!”. Sintió, según sus propias palabras, que un cuchillo la traspasaba, pero a la ve le daba nuevas fuerzas y tranquilidad en la pena. Procuró a su esposo los auxilios espirituales, rezaba en el lecho junto con Manuel, que era el mayor, y finalmente, reconciliado con Dios, Francisco murió el 17 de septiembre a los 43 años. Conchita tenía 39 años. Días después sintió en su alma que Dios había liberado a su esposo del Purgatorio y que tenía preparados otros designios para ella.

Todavía tendría que pasar Conchita por numerosas pruebas para ver aprobada la obra y aún debería de fundar, también por inspiración divina, la rama contemplativa, la masculina y misionera de las Obras de la Cruz, donde el P. Félix Rougier sería un instrumento decisivo, pero por no alargar demasiado este apartado (que ya de por sí es muy largo) lo trataremos mañana.

Daniel

Bibliografía:
– PHILIPON, Marie-Michel. Concepción Cabrera de Armida: Diario Espiritual de una madre de Familia. Ed. Ciudad Nueva, México, 2000.
– TREVIÑO, José Guadalupe M.Sp.S., Concepción Cabrera de Armida, Editorial La Cruz, México, 1981.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

5 pensamientos en “Venerable Concepción Cabrera de Armida (I)

  1. Cuando vi sobre quién nos hablarías el día de hoy, de inmediato me acordé de Felix de Jesús Rougier, a quien está asociado por vida y obra.

    Dios está entre los pucheros, dijo Santa Teresa de Jesús. Conchita Cabrera de Armida se consagró en su vida cotidiana de ama de casa hacendosa y madre de familia, con su vocación espiritual en la escritura y entrega a los demás. Yo sé que apenas es la primera parte de su vida y aún quedan cosas por contar. Ella fue la típica mujer de finales de siglo XIX y principios del XX en un México que se consolidaba en sus instituciones políticas después de años de cruenta guerra civil y una invasión extranjera que separó la jurisdicción entre el Estado y la Iglesia y abrió a México a la modernidad. Quizás no tan típica, después de todo la charrería era deporte de hombres. Tal vez no haya concluido la instrucción primaria, pero poseyó una inteligencia clara y pensamiento coherente. De haber vivido en nuestro siglo o más avanzado el siglo XX, habría sido más instruida. Eso sí, de aquella época su ejemplo de amor a su familia es para todos nosotros, para todas las épocas salvando las trabas de la misma.

    Lo que me choca son sus actos penitenciales que no apruebo, aunque entiendo que eran de la época, me alegra que sean recuerdos del pasado. No apruebo la idea de provocarse dolor ni buscar las humillaciones para expiar pecados o “consolar” a Jesús en su Pasión -él no quedó traumatizado ni resentido con sus verdugos-. Habrá dolor, incomprensiones y humillaciones cuando vamos contra el “mundo” tratando de cumplir el Evangelio, que ni qué; pero no debemos provocarlas con afán de ganar méritos. Ese paradigma del dolor por el dolor no es de Dios. El cuerpo es sagrado y sin salud no hay ningún chance de hacer el bien. No hablo de hedonismo materialista, sino de auténtico amor de Dios por nosotros y hacia nosotros con nosotros mismos.

    • Tratemos de entender en vez de juzgar Ella ante todo es de Dios y se marco como ganado según su ambiente e inspiración divina. También Abraham iva a sacrificar a su hijo.

  2. Esta mujer es una conocida mía, pues he difundido muchas estampas y novenas dedicadas a ella con esto del coleccionismo de estampas. Me parece en todo una mujer admirable, pero al igual que Alejandro, encuentro desagradables e innecesarios ciertos actos de penitencia -como el marcarse el pecho a cuchillo y hierro al rojo vivo- o creer que Dios le daba a escoger entre Él y su marido moribundo. Dios nos da a los seres queridos que alegran nuestra vida, Él nos los da, Él nos los quita, pero darnos a escoger entre ellos dos me parece inconcebible en el Dios Amor, que nunca nos sometería a un sufrimiento incoherente, puesto que Él nos los dio y no es incompatible amarlo a Él y a nuestros seres queridos: amándolos a ellos le amamos a Él, que nos los dio. En fin, en eso me parece que la Venerable no estuvo acertada, así como en ciertas penitencias, en todo lo demás, pues admirable persona que fue. Gracias por dárnosla a conocer, Daniel.

    • Pidamos al Espíritu Santo nos ilumine para entender su relación divina-humana con Conchita. Nuestra condición no puede abarcar lo divino

  3. Gracias Danie, por esta primera parte de la vida y obra de la Vble. Concepción Cabreara. Precisamente yo también la conocí por las estampas que recibo, tal fue mi interés por la fundadora que las HH de la Obra de la Cruz desde México me enviaron algunas estampas junto con la historia de sus fundaciones.
    Fue una gran mujer que si desocuparse de sus tareas de esposa y madre, saco tiempo y fuerzas para responder a la llama de Dios.
    Me ha sorprendido su faceta de mística, pensaba que solo tuvo la visión de la cruz y a partir de entonces fundo la obra.

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