San Andrés Şaguna, metropolita de Transilvania

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Retrato del Santo en su atuendo y báculo de metropolita.

Retrato del Santo en su atuendo y báculo de metropolita.

San Andrés Şaguna es uno de los obispos rumanos más conocidos, el primer metropolita del restaurado Metropolitanato de Transilvania, organizador de la Iglesia y fundador de escuelas en la entonces provincia austríaca de Transilvania.

Primeros años
San Andrés, el metropolita de Transilvania, nació el 20 de diciembre de 1801 como Anastasio Şaguna en una devota familia de arumanos (gente de los Balcanes) que residían en Miskolc (Hungría). Su padre murió cuando Anastasio y sus dos hermanas, Evreta y Catalina, eran todavía jóvenes. Su madre, Anastasia, envió a sus hijos a escuelas católicas, pero siguió educándolos en la fe ortodoxa. Debido a que su padre (Naum Şaguna) se había convertido al catolicismo para tener mejores derechos, los tres hijos tuvieron que hacer una petición formal de retorno a la ortodoxia, a los 18 años. Anastasio acudió a las mejores escuelas de su tiempo, como el Gimnasio Superior y la Universidad (cursando estudios de filosofía y derecho) en Budapest. Sus estudios continuaron en el Seminario Ortodoxo de Vrsac (actual Serbia) y después de su graduación entró en el monasterio de Hopovo, con 25 años y recibiendo el nombre de Andrés.

Los siguientes 13 años sirvió como rector, asesor (consejero) del metropolitanato de Karlowitz, profesor de seminario y egumeno de los monasterio serbios de Iazk, Bešenovo, Hopovo y Kovil. En 1846, el metropolita -y después patriarca- Josif Rajačić de Karlowitz lo nombró Vicario General del vacante Episcopado Rumano de Transilvania, con sede en Sibiu. Al años siguiente, los decanos del concilio de Transilvania lo eligieron como tercer candidato para ser su obispo. Debido a tan alta cualificación, la corte imperial en Viena lo escogió como obispo (según la ley) y así fue ordenado obispo de los rumanos en la primavera de 1848.

Carrera política
Andrés Şaguna se convirtió en obispo en un período problemático, al estar el Imperio Habsburgo sacudido por revoluciones. Los rumanos de Transilvania empezaron a defender su identidad cultural y espiritual, e intentaron obtener su reconocimiento como “nación” con idénticos derechos a los de los húngaros, sajones y szeklers, así como la abolición de la servidumbre. Apenas convertido en obispo, en 1848, Andrés Şaguna, junto con el obispo greco-católico Juan Lemeni, organizaron una gran reunión de todos los rumanos en el “Campo de la Libertad” de Blaj (la sede de la diócesis de Lemeni) y elaboraron un programa nacional con 16 capítulos. Andrés Şaguna fue votado jefe de los 30 delegados rumanos que fueron enviados a Viena, que defendieron la causa de los rumanos durante un año en la capital austríaca. Incluso se aliaron con el bando imperial contra la revolución húngara de Kossuth, con tal de recibir los mismos derechos para los rumanos de Transilvania. De vuelta en casa, organizó junto con el siguiente obispo greco-católico, Alejandro Sterca-Şuluţiu, dos reuniones políticas de los rumanos más y se reunió varias veces con el emperador Francisco José, quien repetidamente le prometió su ayuda. Finalmente no obtuvieron gran cosa, sólo educación gratuita en rumano en las escuelas privadas organizadas por cada parroquia. En cualquier caso, en 1850 el emperador le ofreció el título de Barón de Şaguna y fue elegido miembro del senado imperial de Viena.

Retrato del Santo en su atuendo de metropolita.

Retrato del Santo en su atuendo de metropolita.

Labor eclesiástica
El obispo Şaguna luchó para liberar la Iglesia Rumana de la jurisdicción del metropolitanato serbio de Karlowitz. Sus relaciones con el emperador le sirvieron, de modo que logró en diciembre de 1864 la restauración del viejo metropolitanato de Transilvania (disuelto en 1701 durante la Unión con Roma). Andrés Şaguna se convirtió en metropolita de los rumanos en las tierras de Transilvania, Banat y Criş y arzobispo de Sibiu, con dos diócesis sufragáneas en Arad y en Caransebeş. Como experto en ley canónica, escribió una nueva ley de organización eclesiástica llamada “Estatuto Orgánico de la Iglesia Ortodoxa Rumana en Transilvania”, que fue aprobada por el Congreso Nacional de la Iglesia en 1868 y por el emperador en 1869. El Estatuto garantizaba la autonomía de la Iglesia respecto al Estado y la participación de los laicos en el liderazgo de la Iglesia en todos los niveles, incluyendo asuntos administrativos y económicos. Su principio fue que todos los comités, desde el metropolita, hasta el diocesano, los decanos y hasta las parroquias más pequeñas, debían mantener la proporción de un tercio de clero y un tercio de laicos. Así, intentó evitar el absolutismo de los obispos y sacerdotes en la Iglesia. El Congreso Nacional de la Iglesia estuvo formado por 90 miembros, con 10 miembros del clero y 20 laicos de cada diócesis. Su sistema se aplicó durante un largo período en la Iglesia Ortodoxa Rumana al completo después de la Gran Unificación de 1918.

Durante su pastoral, San Andrés compró una residencia en Sibiu (todavía hoy usada para este propósito) e inició una colecta nacional para la construcción de una catedral ortodoxa desde 1857 (él fue el primer donante, con 2000 florines), que fue consagrada en 1906 por su sucesor, el metropolita Juan Meţianu.

Fundador de escuelas
El obispo André inició en 1850 una gran labor de reforma y fundación escolar. Primero reorganizó la vieja escuela teológica de Sibiu (fundada en 1786) como “Instituto Teológico-Pedagógico”, con dos secciones, que preparaban futuros sacerdotes, y maestros para las escuelas primarias privadas organizadas en las parroquias ortodoxas. Ya en 1850 se establece que todos los futuros sacerdotes podían enseñar antes de ser consagrados. Los sacerdotes eran directores de estas escuelas confesionales, los decanos eran inspectores diocesanos y el obispo actuaba como su superintendente. En 1873, cuando el metropolita Andrés murió, había en torno a 800 escuelas primarias en Transilvania, más de la mitad de ellas habían sido fundadas por él.

Icono ortodoxo rumano del Santo, en su atuendo de metropolita.

Icono ortodoxo rumano del Santo, en su atuendo de metropolita.

Junto con el decano Juan Popasu, futuro obispo de Caransebeş, fundó un Gimnasio superior con ocho clases en Braşov (1850; actualmente “Colegio Şaguna”, una de las mejores escuelas en toda Rumanía) y también una “Real-Comercial” en Braşov (1869). El metropolitanato inició también cursos nocturnos para los iletrados en cada una de las parroquias.

Los cursos en el Instituto Teológico-Pedagógico se duplicaron en 1850 de seis a doce meses, asistiendo sólo los graduados del Gimnasio. En 1852 los cursos duraban dos años y desde 1861 tres años, quedando así hasta 1921. Esta reforma continua dentro del instituto ayudó, en primer lugar, al entrenamiento básico de los futuros maestros y más tarde a la mejora de la calidad de su formación. Andrés Şaguna también escribió libros para los estudiantes del instituto, como “Elementos de la ley canónica” (1854), Manual de cánones (1871), Historia de la Iglesia Oriental (1860) y Manual de estudio pastoral (1872). Sus memorias se imprimieron póstumamente, en 1923, y un libro de sermones.

En Sibiu San Andrés había establecido una imprenta diocesana en 1850, que imprimió “El Telégrafo Rumano”, que es básicamente la primera gaceta de la Iglesia Ortodoxa Rumana (de enero de 1853 hasta el presente, sin interrupción), el calendario diocesano (desde 1852 hasta la actualidad), y muchos libros de texto para las escuelas de primaria; y para la educación teológica, libros rituales para uso de las iglesias, una nueva edición de la Biblia en cinco volúmenes (1856-1858) y el Nuevo Testamento (1867). Andrés Şaguna fue también el miembro fundador de la Asociación Transilvana de la Cultura y Literatura Rumana (ASTRA) y presidente de la misma durante dos mandatos (1861-1868). Fue también elegido miembro honorario de la Academia Rumana de Bucarest en 1871.

Vida espiritual
Su dedicación a la causa de la Iglesia, a la adecuada formación de los sacerdotes, maestros y alumnos es ya un gran signo del amor que tenía por los creyentes ortodoxos de los cuales era pastor. Pero San Andrés era también un hombre de oración y ayuno, un oficiante piadoso, un buen predicador y pastor de almas, que se mantuvo en contacto con sus fieles y clero. Su carta pastoral enviada por Navidad, Pascua y otras ocasiones, muestra su amor por todos los miembros de su iglesia. Era también un hombre muy modesto.

Reliquias del Santo en la catedral de Sibiu, Rumanía.

Reliquias del Santo en la catedral de Sibiu, Rumanía.

Falleció bastante joven, el 16 o 28 de junio de 1873, con 65 años de edad, y fue enterrado cerca de la iglesia de Răşinari, una aldea cerca de Sibiu. Como él mismo pedía en su testamento, el funeral fue oficiado por un solo sacerdote, “sin predicación y sin pompa”. Éste fue su confesor, el hieromonje Germán. En el mismo testamento donaba su patrimonio de 600.000 coronas austríacas al arzobispado de Sibiu “para las escuelas eclesiásticas y fines caritativos”. Sus últimas palabras en el testamento son: “Permaneced en paz, sed buenos los unos con los otros y no os peleéis”.

Veneración
Su memoria se transformó posteriormente en un culto popular. Cada año, desde 1873, se organizaba un servicio de réquiem por el metropolita en su tumba en Răşinari, en la fiesta de San Andrés apóstol (30 de noviembre). Hasta 2008, aniversario de los 200 años desde su nacimiento y 135 desde su muerte, se han escrito más de 2000 artículos y monografías sobre el metropolita transilvano. En su tesis doctoral sobre la personalidad de Şaguna, el obispo luterano de Halle y Wittenberg menciona algunas cosas sobre el horario de oración del metropolita, que duraba, diariamente, desde las cinco de la mañana hasta las siete, prohibiendo que nadie le interrumpiese. En la fiesta de los 25 años de su episcopado rechazó las fiestas organizadas por sus sacerdotes y parece que también rechazó el título de Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Serbia de Karlowitz en 1863.

En 2008, Lorenzo Streza, el actual metropolita de Transilvania, abrió el proceso de canonización. En el mismo año tomó parte de los restos mortales de Andrés Şaguna y los puso en un relicario en la catedral de Sibiu. Algunas personas que no conocían el hecho fueron testigos de que los huesos esparcían un aroma a incienso de mirra.

Procesión con las reliquias del Santo durante su ceremonia de canonización, en Răşinari (Rumanía).

Procesión con las reliquias del Santo durante su ceremonia de canonización, en Răşinari (Rumanía).

El Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rumana aprobó el 21 de julio de 2011 la canonización del Santo, que tuvo lugar el 29 de octubre de 2011. Entre las fechas para su celebración se propuso el 28 de junio, cuando falleció; o el 20 de enero, cuando nació. El patriarca Daniel, sin embargo, decidió que fuese el 30 de noviembre, conmemoración de San Andrés apóstol. Su decisión estuvo motivada por el hecho de que Şaguna era ya conmemorado en esa fecha cada año desde 1874. Se pueden ver más fotos de la celebración de su canonización aquí y aquí.

Troparion (himno) del Santo
Sabio defensor de los ortodoxos rumanos, erudito pastor de Transilvania y gran administrador de la vida eclesiástica, Santo jerarca Andrés, ¡ruega a Cristo Dios que salve nuestras almas!

Mitrut Popoiu

Bibliografía:
Sinaxario del Santo, en el Menologio Rumano, 30 de Noviembre
– Ştefan Mărculeţ, “Andrei Şaguna, temelia Ortodoxiei în Ardeal”. Entrevista con HE Laurenţiu, Metropolita de Transilvania, en: Ziarul Lumina, 30 Oct. 2011
– Mircea Păcurariu, “Geschichte der Rumänischen Orthodoxen Kirche”, Erlangen: Oikonomia, 1994, pp. 475-482

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Contestando a algunas breves preguntas (XI)

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Procesión con las reliquias de los beatos mártires en la magna beatificación de Tarragona del 13 de octubre de 2013.

Procesión con las reliquias de los beatos mártires en la magna beatificación de Tarragona del 13 de octubre de 2013.

Pregunta: Recientemente se han beatificado en Tarragona a un numeroso grupo de mártires españoles del siglo pasado. ¿Me podríais decir qué trámites se siguen hasta conseguir la beatificación de una persona que ha muerto por su fe?

Respuesta: Yo creo que, grosso modo, muchas veces hemos hablado de este tema, pero resumiremos algo: para que una persona sea declarada mártir y posteriormente beatificada, no es necesario ni el proceso de virtudes heroicas ni la realización de ningún milagro, sino que se demuestre de manera fehaciente que hubo martirio. Para esto hay que recoger todas las pruebas posibles que demuestren que esa persona aceptó voluntariamente el martirio y que quien lo martirizó lo hizo por odio a la fe. Esto es fácil de decir, pero no es tan fácil de hacer.

Cuando se da este caso, se abre un proceso, bien a nivel diocesano o a nivel de la Congregación a la que perteneciera el presunto mártir. Hay que averiguar y probar todas las circunstancias que rodearon la muerte de esa persona y una vez que esté suficientemente probado, bien por testigos, documentos, estudios forenses y otras pruebas, se redacta lo que llamamos la “positio” y toda la documentación se envía a la Santa Sede, concretamente a la Congregación para las Causas de los santos. Este trabajo recopilatorio de pruebas, cuantas más y más claras, mejor, normalmente dura varios años, es un procedimiento muy largo y muy complejo y ha de realizarse con el máximo rigor posible. Está claro que se investiga más y mejor cuando en esa Causa va una sola persona o relativamente pocas, porque cuando la Causa es muy numerosa es muy difícil indagar con rigor en cada caso, o sea, uno por uno. Eso es lo que debe hacerse y eso supongo que es lo que siempre se hará.

Cuando la Causa ha llegado a la Congregación vaticana, pasa a las manos de lo que se llama un “colegio de relatores”, que es quien las recibe y se la asigna a uno de ellos – como en los juzgados – y es el relator asignado el que tiene que empaparse de toda la documentaron recibida y, si lo ve claro, hacer una ponencia bien fundada sobre el presunto martirio. Esta ponencia se lleva a una comisión de teólogos, los cuales la votan. Si el voto es favorable, entonces la ponencia y toda la documentación pasa a los cardenales y obispos de la Congregación.

La comisión de cardenales y obispos de la Congregación para las Causas de los Santos, cuando recibe la ponencia, tiene que estudiarla y votarla y si ven claro que hubo martirio en la muerte de ese siervo de Dios, se lo presentan al Papa que, si lo estima oportuno – lo que casi siempre ocurre ya que el tema le llega muy estudiado – promulga el decreto reconociendo el martirio y ordenando la beatificación del mártir. Desde que el Papa hace ese reconocimiento ya hablamos de mártir y no de “presunto” mártir. Después, es cuestión de ponerle fecha a la ceremonia de beatificación.

Icono ortodoxo ruso de los Santos Andrés de Creta y María Egipcíaca.

Icono ortodoxo ruso de los Santos Andrés de Creta y María Egipcíaca.

Pregunta: Quisiera saber cuántos y cuáles santos tienen el nombre de Carlos y cuantos el nombre de Andrés y si existe alguno con el nombre compuesto Carlos Andrés. Gracias.

Respuesta: Esta pregunta no es fácil de contestar, pues aunque pongo a los mas conocidos, quedarán en el tintero muchísimos otros, ya que entre los más de cinco mil santos y beatos mártires del Japón, Corea, China, Vietnam, Inglaterra y Gales, Francia, España, Rusia, Ucrania, etc. hay muchos que llevan estos mismos nombres.

Los más corrientes son: Andrés Jacobo de Laval, Andrés de Alejandría, Andrés de Antioquía, Andrés apóstol, Andrés de Arezzo, Andrés de Atri, Andrés de Avellino, Andrés de Averbode, Andrés de Baudrimont, Andrés de Blata, Andrés de Bobbio, Andrés de Bonavalle, Andrés de Borgoña, Andrés de Burgia, Andrés de Chezal, Andrés de Chios, Andrés de Colle Val’Elsa, Andrés de Comítibus, Andrés de Cilizia, Andrés de Constantinopla, Andrés de Creta, Andrés de Crisi, Andrés de Elnone, Andrés de Fabriano, Andrés de Fiesole, Andrés de Florencia, Andrés de Fondi, Andrés de Gortina, Andrés el Griego, Andrés de Grosetto, Andrés de Guttenstein, Andrés de Jerusalén, Andrés de Locota, Andrés de Lovaina, Andrés de Massula, Andrés de Méndola, Andrés de Monreale, Andrés de Noviodonum, Andrés de Pablo, Andrés de Parma, Andrés de Perugia, Andrés de Piano, Andrés de Rinn, Andrés Salos, Andrés de San Gemigniano, Andrés de Sicilia, Andrés de Siena, Andrés de Slagelse, Andrés de Spello, Andrés de Spoleto, Andrés de Strumi, Andrés de Todi, Andrés de Trier, Andrés Bobola, Andrés Caccioli, Andrés Conti, Andrés Corsini, Andrés de Egipto, Andrés el Africano, Andrés Scoto y muchos otros ortodoxos con el mismo nombre.

Carlos hay menos: Carlos de Blois, Carlos el Bueno, Carlos de Montefeltro, Carlos de Montegranelli, Carlos de Motrone, Carlos de Sezze, Carlos de Viliers, Carlos Borromeo, Carlos Garnier, Carlos Jacinto y Carlos el Grande.

Repito que hay muchísimos más entre los mártires que he mencionado arriba. No existe, al menos que yo conozca, un San Carlos Andrés, aunque sí un siervo de Dios llamado Carlos de San Andrés. También un Andrés Carlos (beato Andrés Carlos Ferrari), aunque en algunos sitios le cambian el nombre a Carlos Andrés.

San Atanasio Dokunina, sacerdote ortodoxo mártir. Foto cuando estaba preso.

San Atanasio Dokunina, sacerdote ortodoxo mártir. Foto cuando estaba preso.

Pregunta: Yo sé que durante la etapa comunista fueron asesinados en la antigua URSS muchos obispos, sacerdotes, religiosos y seglares ortodoxos por defender su fe y que, entre otros muchos lugares, es tristemente famoso el campo de Butovo porque allí fueron ejecutados y sepultares muchos de estos confesores. He oído hablar de uno de ellos, llamado Atanasio Dokunina, que creo que era un monje, pero la verdad es que no se nada de él. ¿Me podríais dar alguna información?

Respuesta: Pues no ha sido nada fácil contestar a tu pregunta, porque buscar información sobre un santo ruso que no sea famoso o conocido, tiene migas. Pero bueno, aunque poco, algo podemos decirte. Era de la zona de Radonezh y yo creo que era sólo sacerdote y no monje. El 3 de septiembre de 1937, un miembro de una granja colectiva local lo denunció por lo que fue apresado el 11 de septiembre y trasladado a un templo del distrito de Zagorsk, que era utilizado como cárcel. Allí la policía de la NKVD (Народный комиссариат внутренних дел), que era un departamento de seguridad del Estado, lo interrogó preguntándole por su forma de vida y lo acusaron de propagar rumores antisoviéticos y de hacer campaña en contra del Estado. Él lo negó diciendo que era sacerdote y que sólo se dedicaba a su trabajo pastoral y a su familia. Entonces, lo trasladaron a Moscú y allí, el 22 de septiembre fue sometido de nuevo a un interrogatorio. Le preguntaron por su familia y en qué empresa trabajaba. Él dijo que era sacerdote desde 1932, que al año de ser ordenaron le expropiaron la finca de la que vivía su familia y que le habían quitado el derecho al voto. Que no era contrarrevolucionario, sino sólo sacerdote.

El 26 de septiembre, una troika de miembros de la NKVD lo condenó a muerte, siendo asesinado el 9 de octubre del 1937 y enterrado en la fosa común del campo de tiro de Butovo, que como sabes, está cercano a Moscú. En esa fosa común están sepultados muchos otros mártires, algunos de los cuales están también canonizados. Hemos tenido suerte y hemos encontrado una foto suya.

Pregunta: ¿Qué me podrían decir sobre el siervo de Dios Pablo Yun Ji-Chung y sus compañeros mártires y podrían poner alguna imagen del grupo? Gracias.

Respuesta: El día 5 de julio del año 2004, festividad de San Andrés Kim Tae-gon, se inició en Seoul el proceso de beatificación de los siervos de Dios Pablo Yun Ji-Chung y 123 compañeros mártires. Este tema había sido sometido a consideración de la Santa Sede por parte de la Iglesia Coreana y en el mes de diciembre del 2003, Roma dio el “nihil obstat” para que se iniciase el proceso. Estos mártires fueron torturados y asesinados en el año 1791, en los primeros tiempos del cristianismo en Corea, pero hablar del grupo, aunque sea someramente, es muy complicado, así que nos comprometemos a hacer un artículo sobre ellos, pero en su conjunto. No he visto nunca ninguna foto de este grupo de mártires.

Antonio Barrero

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San Jacinto, metropolita de Valaquia

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Icono ortodoxo rumano del Santo.

Icono ortodoxo rumano del Santo.

San Jacinto fue el primer metropolita de Valaquia, a partir de 1359. Organizó la Iglesia según el rito bizantino e introdujo la espiritualidad exicasta en el recién nacido país rumano.

Contexto político y religioso
La vida cristiana en las regiones del Danubio inferior es bastante desconocida durante el período entre las migraciones eslavas (s. VI) y la gran invasión mongola de 1241. Las razones de tan gran vacío histórico consiste en la perpetua turbulencia creada por las diferentes poblaciones migratorias. Sólo unas pocas menciones atestiguan la existencia y/o persistencia del cristianismo en esta región. Se supone que durante los dos gobiernos de zares búlgaros el viejo eslavo fue adoptado como lengua eclesiástica también al norte del Danubio. Más historiadores sugieren que la organización eclesiástica pudo haber basculado entre Constantinopla y Roma, según la situación política, teniendo esta hipótesis argumentos a favor y en contra.

Una carta del papa Gregorio IX del 14 de noviembre de 1247 dirigida al rey Bela IV de Hungría atestigua una diócesis latina de los cumanos, situada más allá de las fronteras húngaras, en el arco de los Cárpatos. El papa se quejaba sobre la situación allí, diciendo que la región estaba poblada por valaquios (“walati”) que tomaban sus santos sacramentos de algunos “pseudo-obispos” de ritos griegos. Es más, ellos habían persuadido a algunos húngaros y alemanes de la región a aceptar la autoridad eclesiástica de los obispos griegos. El mismo rey húngaro escribe, en un diploma entregado a los caballeros Hospitalarios en 1247, sobre la existencia de cuatro pequeños estados rumanos (o valaquios) en la región sur de los Cárpatos, bajo el gobierno de los voivodas Litovoi y Seneslau y de Knezes Farcaș y Juan. No menciona su membresía eclesiástica. La orientación final de los valaquios hacia la Iglesia de Constantinopla ocurre con la creación de los dos principados, Valaquia (1330) y Moldavia (1390), que intentaron afirmar su soberanía teniendo su propia organización eclesiástica, independiente de la húngara, que era, desde los inicios del segundo milenio, católica romana.

En torno a 1330 el rey húngaro Carlos Roberto de Anjou fue derrotado en la batalla de Posada por Basarab, que se convirtió en el primer gobernante independiente de Valaquia. Tanto Basarab como su hijo, Nicolás Alxandru (1352-1364) son llamados “infieles” y “cismáticos” en los documentos húngaros. La Curia papal consideró a ambos como fieles a la Iglesia Católica. El papa Clemente VI alababa al voivoda “Alexandro Bassarati” el 17 de octubre de 1345 por su fidelidad católica y por el hecho de que algunos de los “olachi romani” de Transilvania, Valaquia y Sirmio conocían el camino de la verdad al aceptar la fe católica. Unos pocos años después, en 1354, el voivoda se convirtió en vasallo del rey Luis I de Hungría y reconoció el derecho de la Iglesia Católica a establecer misiones en su país, lo que podría ser señal de que la población nativa tenía otra confesión. Pero el voivoda valaquio también mantuvo contactos con Consantinopla. En mayo de 1359, probablemente después de un conflicto con la corona húngara, Nicolás Alexandru dirige una carta al patriarca Calixto I y al emperador bizantino, pidiéndoles el reconocimiento de un metropolitanato en su corte.

Vista de la iglesia de San Jacinto en el monasterio Dervent, Valaquia (Rumanía).

Vista de la iglesia de San Jacinto en el monasterio Dervent, Valaquia (Rumanía).

El metropolita Jacinto (Yakinthos Kritopoulos) y la creación de la sede metropolita ortodoxa de Valaquia
El Patriarcado de Constantinopla ha mantenido todo este tiempo una sede metropolita en las regiones fronterizas entre el Danubio y el Mar Negro (hoy conocidas como Dobruja), en una ciudad llamada Vicina o Vitsina, la ubicación de la cual sigue siendo hoy desconocida, quizá Isaccea, cerca del delta del Danubio. El metropolita Jacinto es el último de una lista que comienza con Teodoro (atestiguado en 1285) y continúa hasta Cirilo (1347-1348).

El territorio de Dobruja estuvo hasta 1358 bajo la soberanía del Segundo Imperio Búlgaro, y después bajo el gobierno del noble local (“despot”, que en griego significa “señor”) Dobrotici o Dobrotitsa (la región lleva todavía hoy su nombre). El nuevo gobernante tuvo muchos contactos con el nuevo estado valaquio independiente. En este contexto, Jacinto de Vicino pudo haber misionado en la corte de los voivodas valaquios. Según la carta de Nicolás Basarab de 1359, Jacinto ya residía permanentemente, que no oficialmente, en Curtea de Argeş, la nueva capital valaquia. El voivoda pedía entonces al Patriarca de Constantinopla que reconociera el traslado del metropolitanato a su capital. Con tener un líder eclesiástico residente cerca de su corte, Nicolás Alexandru pretendía mostrar su total independencia de la corona húngara. Un concilio en Constantinopla presidido por el patriarca Calixto I y el emperador bizantino Juan V Paleólogo aprobó esta solicitud, de modo que el nuevo título de Jacinto y sucesores fue el de “metropolita de Oungrovlachia” (la Valaquia cercana a Hungría, ya que había otras Valaquias situadas en el Epiro y en Macedonia).

El metropolita Jacinto permaneció en Curtea de Arges desde ese momento hasta su muerte (1380). Su misión consistió en organizar la vida eclesiástica en el nuevo país. Hasta entonces los sacerdotes locales podrían haber sido ordenados parcialmente por los obispos búlgaros del otro lado del Danubio -aunque esta práctica no desapareció del todo en los siglos siguientes- y parcialmente por misioneros griegos, como los mencionados en 1247. Bajo la pastoral de Jacinto, el movimiento exicasta originado en el monte Athos y teológicamente definido por San Gregorio Palamas de Tesalónica (1297-1359) mostró su influencia en Valaquia. Entre los misioneros atonitas que acudieron a la llamada de San Jacinto estaba San Nicodemo (Nikodimos) de Tismana (un artículo del cual va a publicarse el próximo 26 de diciembre), el tío del tercer voivoda valaquio, Vladislav Vlaicu (1364-1377). Nicodemo fundó, con la ayuda de Jacinto y Vladislav, dos monasterios en la frontera oeste con Hungría (Vodiţa, 1369 y Tismana, 1377) y comenzó una intensa misión no sólo en Valaquia sino también en Transilvania del sur.

Iglesia de San Nicolás en Curtea de Arges (Rumanía), donde se cree que está el sepulcro del Santo.

Iglesia de San Nicolás en Curtea de Arges (Rumanía), donde se cree que está el sepulcro del Santo.

El metropolita Jacinto recibió ayuda de monjes atonitas en su misión, y a su vez envió monjes locales (conocidos como “vlachs”) al monasterio Koutlomousion en Athos. Regresando posteriormente, fundaron en los años siguientes otros monasterios en Valaquia y Argeş, Câmpulung, Cozia, Snagov, Târgovişte, Bolintin, Tânganu y Cotmeana. Al crear nuevos centros monásticos, Jacinto acentuó la herencia bizantina en Valaquia y desde ese momento la confesión de la población sureña de los Cárpatos se esclareció.

Jacinto pudo haber sido ya anciano cuando fue a Valaquia. La enfermedad le impidió participar en el Sínodo Patriarcal que tuvo lugar en 1370. Debido a que los otomanos entraron en Europa y conquistaron Adrianópolis en 1361, en los siguientes años Constantinopla quedó más o menos como una ciudad aislada. Siendo acusado por un desconocido de desobediencia a la Iglesia de Constantinopla, envió una carta al Patriarcado, justificando que “una gran debilidad se ha abatido sobre mí y sufro muchísimo (…) estoy sufriendo y siendo insultado en mi ancianidad, siendo acusado de sacrílego y desdeñoso con la Iglesia de Dios”. En la misma carta pide al Patriarcado “no pasar por alto mi avanzada edad y la gravedad de mi enfermedad, para que las oraciones de su santidad sean mi escudo para siempre”. En respuesta a esta carta, el patriarca envió a un comisario en la persona de Daniel Kritopoulos (quizá un pariente suyo, dado que llevaba el mismo apellido que él) que posteriormente fue consagrado como metropolita de “la otra mitad de Valaquia”, siendo ésta la diócesis de Severin, en la frontera oeste con Serbia y Hungría. Un segundo metropolita de Valaquia confirma la intensa misión iniciada por Jacinto y continuada por sus sucesores.

El metropolita Jacinto murió en Curtea de Argeş en 1372. Fue enterrado cerca de los muros de la vieja catedral de San Nicolás y fue sucedido en su sede por Haritón, el jefe archimandrita de todos los monasterios del monte Athos, y posteriormente por Daniel Kritopoulos. Estos dos metropolitas muestran la continuidad del metropolitanato valaquio en la tradición bizantina del atonismo exicasta.

Veneración
El metropolita Jacinto ha permanecido prácticamente desconocido hasta el siglo XX, cuando el inicio de los estudios en torno a la creación de los principados rumanos y la organización eclesiástica local. La ubicación de su sepulcro es todavía desconocida, se ha programado una campaña de excavación arqueológica para el futuro. Su canonización tuvo lugar en el contexto de reevaluación de los orígenes de la Iglesia Rumana, a través de documentación eclesiástica e histórica, más que de informaciones indirectas sobre él.

Tomos sinodal con el decreto de canonización de San Jacinto de Valaquia.

Tomos sinodal con el decreto de canonización de San Jacinto de Valaquia.

El Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rumana decidió la canonización de San Jacinto el 8 de julio de 2008, siendo su celebración anual el 28 de octubre. La proclamación oficial tuvo lugar el 26 de octubre de 2008 en la Catedral Patriarcal de Bucarest, junto con la canonización de otros dos Santos, el Santo príncipe Neagoe Basarab y Dionisio el Exiguo.

Himno (Troparion)
¡Valioso seguidor de los jerarcas de Dobruja y primero entre los metropolitas de Valaquia, Santo jerarca Jacinto, te mostraste como confesor de la verdadera fe, como hacedor de virtudes y como aquel que reza por nuestras almas!

Mitrut Popoiu

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Santa María Soledad Torres Acosta, fundadora

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Escultura de la Santa en el exterior de la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Escultura de la Santa en el exterior de la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Pregunta: ¿Existen reliquias de Santa María Soledad Torres? Busco en todas partes alguna fotografía de su tumba, sepulcro o urna y no aparece nada. Muchas gracias por responderme.

Respuesta: Claro que se conservan sus reliquias y están en la ciudad que la vio nacer. De todas maneras, aunque al final de este artículo va la foto de su urna, quiero aprovechar esta oportunidad para escribir, aunque sólo sean algunas letras, sobre esta Santa española, que no es tan conocida como debiera.

Nació en Madrid el 2 de diciembre del año 1826, recibiendo en el bautismo los nombres de Bibiana Antonia Manuela. Era hija de Manuel Torres y Antonia Acosta, unos modestos comerciantes y tanto su infancia como su juventud transcurrieron en la casa paterna, cuidando de sus hermanos más pequeños y realizando las labores propias de la casa. Desde pequeña fue también muy piadosa y ayudaba a las Hijas de la Caridad en la casa asilo que tenían junto a la parroquia madrileña de San Martín.

Cuando tenía veinticinco años de edad intentó ingresar en un convento de monjas dominicas, pero al no conseguirlo, ofreció generosamente su ayuda al vicario don Miguel Martínez Sanz, que era el encargado de la asistencia espiritual de los habitantes del barrio madrileño de Chamberí, uno de los barrios más pobres de la capital de España. El vicario tenía en proyecto la fundación de un instituto religioso femenino que asistiera a los enfermos en sus domicilios y que incluso les ayudara a bien morir. En España, en aquella época, no existía ninguna congregación religiosa dedicada a esta labor asistencial. El 15 de agosto de 1851, con otras seis compañeras, vestía el hábito negro del nuevo instituto al que denominaron Siervas de María Ministras de los Enfermos, tomando ella el nombre de María Soledad en honor de la Santísima Virgen. Eran las siete cofundadoras del nuevo instituto.

El sectarismo del estado hacia el nuevo instituto y las penosas dificultades que esta crisis originaron en el mismo, con gravísimos problemas de subsistencia y con tareas muy duras, hizo que cuatro de sus compañeras cofundadoras desertasen, quedando prácticamente ella sola – las otras dos habían muerto – y unas veinte nuevas compañeras que la nombraron superiora de la comunidad, después de que en el año 1856, don Miguel se marchara a las misiones. Ella se quedó como única fundadora y como superiora de las tres primeras casas que tuvo la Congregación.

Santa María Soledad Torres Acosta atendiendo un enfermo. Estampa devocional contemporánea.

Santa María Soledad Torres Acosta atendiendo un enfermo. Estampa devocional contemporánea.

Pero aquí no acabaron sus problemas, porque el cardenal arzobispo de Toledo intentó suprimir la Congregación, aunque ella, con la ayuda del nuevo director, Fray Gabino Sánchez y posteriormente, con la de don Ángel Barra, hizo que el instituto recobrase una nueva vida, dándole una definitiva organización a la Congregación; hasta el punto de merecer la protección personal de la reina Isabel II y la confianza de la Junta de Beneficencia de Madrid, quien, en el año 1859, puso bajo su cuidado la Casa de Socorro del distrito tercero de la capital y, dos años más tarde, la gestión del Hospital de San Juan de Dios. Aun con estas tareas de mayor responsabilidad pública, el Instituto no renunció en ningún momento al fin específico por el que había sido fundado: la asistencia a los enfermos en sus domicilios, labor que continuaron – y continúan – ejerciendo de manera totalmente gratuita.

Una vez que el gobierno aprobó el reglamento del Instituto, Santa María Soledad dedicó sus energías y su saber hacer a promover la difusión de su Congregación de Siervas de María Ministras de los Enfermos, fundando nuevas casas: en Ciudad Rodrigo (Salamanca) y Reinosa (Cantabria), en el año 1863; en Medina del Campo (Valladolid), en el año 1867; en Navas del Rey (Madrid) y Osuna (Sevilla) en 1868 y en Valencia, en el año 1872, a las que siguieron más de cuarenta fundaciones por Andalucía, Castilla y Cataluña e incluso en Santiago de Cuba, en el año 1875. Trabajaba de manera incansable y tanto ella como sus hijas lo hicieron aun de manera heroica durante las epidemias de cólera de los años 1855, 1865 y 1885, granjeándose el reconocimiento público de todo el estado español.

Santa María Soledad cuidó especialmente la formación religiosa y profesional de sus hijas enfermeras, imprimiéndoles su espíritu de generosidad y de sacrificio. Además, tenía una veneración especial a la Santísima Virgen bajo su advocación de Nuestra Señora de la Salud de los Enfermos. Su Congregación obtuvo el decreto de alabanza en el año 1867 y posteriormente, su aprobación en el año 1876 por parte del beato Papa Pío IX. Dos años más tarde viajó a Roma y esto fue para ella un gran motivo de aprovechamiento espiritual, sobre todo por el estímulo recibido por parte del Papa León XIII, quién aprobó definitivamente las constituciones de su Congregación en el año 1898.

Después de treinta y seis años de entrega a los enfermos, murió santamente en Madrid el día 11 de octubre del año 1887. Fue sepultada en el cementerio de San Justo, siendo exhumado su cuerpo el día 18 de enero de 1893 y, encontrándose incorrupto, fue transferido a la Casa Madre de la Congregación en Madrid, donde aún se encuentra.

Altar-sepulcro de la Santa en la Casa Madre de la Congregación, Madrid (España).

Altar-sepulcro de la Santa en la Casa Madre de la Congregación, Madrid (España).

El 30 de octubre del año 1915 se abría en Madrid el proceso informativo y el 25 de noviembre de 1924, el Papa Pío XI decidía la introducción de la Causa. El 5 de febrero de 1950, fue beatificada por el venerable Papa Pío XII, quien al mismo tiempo designaba el día de su festividad en el aniversario de su muerte. El 29 de octubre de 1968 se aprobaban los dos milagros previos a la canonización, que se efectuó por parte del Beato Papa Pablo VI, el día 25 de enero del año 1970.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– VV.AA. “Bibliotheca sanctorum”, tomo XII, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlace consultado (21/10/2013):
http://www.siervasdemariacastilla.com/

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Óscar Romero, arzobispo mártir (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Siervo de Dios durante una concelebración.

Fotografía del Beato durante una concelebración.

Denuncia profética
A partir del asesinato del padre Rutilio, el clero se unió en torno al nuevo arzobispo, y los fieles sintieron el llamado y la protección de una Iglesia que les pertenecía; así, la fe de los hombres se convirtió en el arma más potente, capaz de desafiar a las cobardes armas del terror.  La situación del país se tornó más complicada aún con el fraude electoral que impuso al general Carlos Humberto Romero en la presidencia. La protesta generalizada muy pronto se hizo escuchar. También instaba a la Iglesia a que se hiciera al lado del pobre porque “una Iglesia que no se une a los pobres no es verdadera Iglesia” (Febrero, 1980).

El arzobispo Romero pasó a ser un implacable protector de la dignidad de los seres humanos, sobre todo de los más desposeídos; de hecho emprendió una actitud de denuncia contra la violencia, animándose a enfrentar cara a cara a los regímenes del mal. Sus homilías dominicales se convirtieron en algo sumamente esperado, puesto que desde allí analizaba la situación del país con la luz del Evangelio, al tiempo que despertaba esperanza para transformar la estructura de terror reinante. “Yo tengo que escuchar qué dice el Espíritu por medio de su pueblo y, entonces, sí, recibir del pueblo y analizarlo y junto al pueblo hacerlo construcción de la Iglesia” (30 de septiembre de 1979).

La acción pastoral de Romero encontró marcadas oposiciones entre los sectores económicos de mayor poder y en las estructuras de gobierno. Pero también sumó descontento entre las nacientes organizaciones político-militares de izquierda, empeñadas en conducir al país hacia una revolución. Este calvario que recorría la Iglesia ya había dejado rasgos en la misma, luego del asesinato del padre Rutilio Grande, se sucedieron otros asesinatos más. Fueron asesinados los sacerdotes Alfonso Navarro y su amiguito Luisito Torres, luego fue asesinado el padre Ernesto Barrera, posteriormente fue asesinado, en un centro de retiros, el padre Octavio Ortiz y cuatro jóvenes más. Por último fueron asesinados los padres Rafael Palacios y Alirio Napoleón Macías. La Iglesia sintió en carne propia el odio irascible de la violencia que se había desatado en el país.

Tampoco faltaron quienes desde dentro mismo de la Iglesia intentaron manchar su nombre, llegando hasta los oídos del Vaticano. “Muchos andan diciendo que yo soy presionado y que estoy predicando cosas que no creo. Hablo con convicción, sé que les estoy diciendo la Palabra de Dios. He confrontado su palabra con el magisterio y creo en mi conciencia que estoy bien” (15 de mayo de 1977). A finales de 1979 Romero supo del inminente peligro que acechaba contra su vida y en muchas ocasiones hizo referencia de ello consciente del temor humano, pero más consciente del temor a Dios a no obedecer la voz que suplicaba interceder por aquellos que no tenían nada más que su fe en Dios: los pobres.

El Siervo de Dios en audiencia con el papa San Juan Pablo II.

El Beato en audiencia con el papa San Juan Pablo II.

Por esta lectura de la Palabra de Dios, fue acusado por el propio presidente de El Salvador, quien afirmó que en «la iglesia salvadoreña hay crisis a causa de clérigos tercermundistas, y que la predicación del arzobispo es una predicación política y que no tiene la espiritualidad que otros sacerdotes si siguen predicando». Pero nada logró intimidarlo. Óscar Romero continuó predicando muy claramente su evangelio y respondía a los que lo criticaban con mucha elocuencia.

Durante los tres años siguientes, sus homilías, transmitidas por la radio diocesana YSAX, denunciaban la violencia tanto del gobierno militar como de los grupos armados de izquierda. Señaló especialmente hechos violentos como los asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte y la desaparición forzada de personas, cometida por los cuerpos de seguridad. En agosto de 1978, publicó una carta pastoral donde afirmaba el derecho del pueblo a la organización y al reclamo pacífico de sus derechos.

Confesión de fe
Un frustrado atentado se produjo en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en febrero de 1980, que de haberse perpetrado hubiese acabado no sólo con la vida de Monseñor Romero, sino además con la de muchos fieles que se encontraban dentro de dicha Basílica. A raíz de su actitud de denuncia, Mons. Romero comenzó a sufrir una campaña extremadamente agobiante contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma, cotidianamente eran publicados en los periódicos más importantes, editoriales, campos pagados, anónimos, etc., donde se insultaba, calumniaba, y más seriamente se amenazaba la integridad física de Mons. Romero. La “Iglesia Perseguida en El Salvador” se convirtió en signo de vida y martirio en el pueblo de Dios. Era difícil entender en el ambiente salvadoreño, cómo un hombre tan sencillo y tímido como Mons. Romero pasara a ser un “implacable” defensor de la dignidad humana y que su imagen traspasara las fronteras nacionales por el hecho de ser “voz de los sin voz”.

Mural del Siervo de Dios en una calle de El Salvador con una cita suya: "Las estructuras de injusticia social son las que han dado muerte lenta a nuestros pobres".

Mural del Beato en una calle de El Salvador con una cita suya: “Las estructuras de injusticia social son las que han dado muerte lenta a nuestros pobres”.

Monseñor Romero comprendió que como cristiano, como obispo, no se podía callar ante las injusticias diarias que veía en su país. Y optó por los pobres de su pueblo, a quienes nadie defendía. Desde los pobres descubrió que Dios es de ellos, es su defensor y liberador; entre los pobres descubrió que Dios es el Dios empequeñecido, oculto, sufriente y crucificado. Esto le hizo ahondar también en el misterio de un Dios siempre mayor, trascendente, la última reserva de verdad, de bondad, de humanidad, con que contamos los seres humanos. En octubre de 1979, recibió con cierta esperanza las promesas de la nueva administración de la Junta Revolucionaria de Gobierno, pero con el transcurso de las semanas, volvió a denunciar nuevos hechos de represión realizados por los cuerpos de seguridad.

Un día antes de su muerte, el 23 de marzo de 1980, hizo un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño: “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. Estas palabras fueron su sentencia de muerte.

Fieles en torno al cadáver del Siervo de Dios tras su martirio.

Fieles en torno al cadáver del Beato tras su martirio.

Martirio
“Cristo nos invita a no tenerle miedo a la persecución porque, créanlo hermanos, el que se compromete con los pobres tiene que correr el mismo destino de los pobres: ser desaparecidos, ser torturados, ser capturados, aparecer cadáveres” (17 de febrero de 1980). Cuando su muerte era inminente e inevitable, Monseñor se resignó a su destino, como lo habían hecho muchos antes que él, en El Salvador y otros lugares del tiempo y el espacio donde la falta de justicia hace que hombres y mujeres tomen la opción fundamental por los más oprimidos. Sus últimas palabras, minutos antes de ser asesinado, nos recuerdan de la tradición que se estableció en la Última Cena de Jesús, el Hijo de Dios. “Que este Cuerpo inmolado y esta Sangre sacrificada por los hombres, nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo.” (24 de marzo de 1980).

El día lunes 24 de marzo de 1980 fue asesinado cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia, en la colonia Miramonte de San Salvador. Un disparo hecho por un francotirador impactó en su corazón, momentos antes de la Consagración eucarística. Tenía 62 años de edad.

Fue enterrado el 30 de marzo y sus funerales fueron una manifestación popular de compañía, sus queridos campesinos, las viejecitas de los cantones, los obreros de la ciudad, algunas familias adineradas que también lo querían, estaban frente a la catedral para darle el último adiós, prometiéndole que nunca lo iban a olvidar. Raramente el pueblo se reúne para darle el adiós a alguien, pero él era su padre, quien los cuidaba, quien los quería, todos querían verlo por última vez. Tres años de fructífera labor arzobispal habían terminado, pero una eternidad de fe, fortaleza y confianza en un hombre bueno como lo fue Mons. Romero habían comenzado, el símbolo de la unidad de los pobres y la defensa de la vida en medio de una situación de dolor había nacido.

Fotografía del funeral del Siervo de Dios.

Fotografía del funeral del Beato.

Repercusiones
El arzobispo Romero fue uno más entre cientos de cristianos mártires, antes y después de esa fecha. En 1989 fue masacrada una comunidad jesuita completa. Seis profesores universitarios, la cocinera de la casa y su hija. Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA, fue eliminado por su rol clave en las negociaciones por la paz entre el gobierno y la guerrilla.

En 1993 la Comisión de la Verdad, organismo creado por los Acuerdos de Paz de Chapultepec para investigar los crímenes más graves cometidos en la guerra civil salvadoreña, concluyó que el asesinato de Monseñor Óscar Romero había sido ejecutado por un escuadrón de la muerte formado por civiles y militares de ultraderecha y dirigidos por el mayor Roberto d’Aubuisson, (fundador del Partido ARENA) y el capitán Álvaro Saravia, el cual, años más tarde confesó en una entrevista periodística su participación junto con importantes miembros empresariales del país, señalando a Mario Ernesto Molina Contreras, hijo del ex-presidente Arturo Armando Molina y a Roberto D’Aubuisson entre otros. D’Aubuisson, que murió en 1992 como consecuencia de un cáncer, siempre rechazó su vinculación al hecho.

En 2004, una corte de los Estados Unidos declaró civilmente responsable del crimen al capitán Saravia. El 6 de noviembre de 2009, el Gobierno salvadoreño presidido por Carlos Mauricio Funes Cartagena decidió investigar el asesinato de Romero para acatar un mandato de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos del año 2000.

Proceso de Canonización
Con ocasión del XIII aniversario de su asesinato, en 1993, se presentó ante el entonces arzobispo Rivera Damas, la solicitud de introducción de la Causa de Canonización de Mons. Óscar A. Romero Galdámez. A partir del mismo, se instruyó el proceso informativo sobre su vida y martirio. Después de tres años, se clausuró la etapa diocesana del proceso, enviándose todo el material a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos. La causa fue aceptada como válida e ingresó en estudio, a la espera de un dictamen definitivo favorable a su canonización. El 12 de agosto de 2013, el cardenal cubano y enviado del papa Francisco, Jaime Ortega, pidió en una eucaristía por el centenario de la archidiócesis de San Salvador la canonización del asesinado arzobispo salvadoreño.

Monseñor Romero ha sido la figura más conflictiva de la Iglesia en América Latina. Unos niegan que su martirio haya sido martirio. Ser asesinado por motivos sociales no les parece martirio. Creen que la fe no tiene que ver con la política. Les impresiona que lo hayan matado mientras celebraba la misa. Pero no ven una conexión entre la Eucaristía y la solidaridad del obispo con las víctimas de la violencia. El problema, dicen los partidarios del obispo, es qué se entiende por martirio. Éstos, por su parte, hablan de él como de San Romero de América. Lo hacen provocativamente. Si la Santa Sede no quiere reconocer su cristianismo, ellos sí lo hacen. Si algún día la Santa Sede sí lo reconoce, será porque ellos lo hicieron primero. El catolicismo liberacionista latinoamericano ve a la jerarquía aliada con los católicos enemigos de Romero.

Montaje fotográfico del multitudinario entierro del Siervo de Dios.

Montaje fotográfico del multitudinario entierro del Beato.

Ahora se avisa que el estudio de su santidad ha sido “desbloqueado”. ¿Qué pretende el Papa Francisco con rehabilitar a un hombre conflictivo? Tal vez alguno de los cardenales electores piense que se lo escogió para reformar la Curia, pero no para reformar la Iglesia. Esta palabra “desbloquear” no se le escapa a un obispo de la Curia romana. No sería extraño que Francisco la haya usado antes que el obispo vocero. La causa de canonización de Romero no había podido avanzar. Había sido intencionalmente detenida. ¿Quién la bloqueó? Alguien no quiso reconocer al obispo de El Salvador el significado que su vida y su martirio tienen en América Latina. En el contexto de exclusión, pobreza, marginalidad y opresión del Salvador, este obispo comenzó a leer el Texto Santo, Vaticano II, Medellín, Puebla, y desde allí iluminó su realidad para denunciar los atropellos del régimen salvadoreño contra sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas laicos y ciudadanos que denunciaban la corrupción y las pocas oportunidades de participar democráticamente en ese país.

El arzobispo mártir en la cultura popular
Romero fue símbolo de unión con los pobres durante la guerra en El Salvador (1980-1992). Actualmente es considerado como un símbolo de la iglesia católica en El Salvador, y de otras partes del mundo. Algunos sectores le nombran “San Romero de América”, apelativo concebido por el Obispo emérito Pedro Casaldáliga.

La película Romero, realizada en 1989, está basada en su biografía. Con guion escrito por John Sacret Young y siendo Raúl Juliá –Homero Addams- la estrella principal. En la película biográfica sobre San Juan Pablo II para la televisión del año 2006, “Karol, el hombre que se convirtió en Papa”, el actor Carlos Kaniowsky interpreta al obispo mártir, si bien la escena de su asesinato es ubicada en la película dentro de la catedral, cuando en realidad fue en la capilla del Hospital La Divina Providencia.

Detalle de la galería de mártires del siglo XX en la abadía de Westminster, Londres (Reino Unido). De izqda a dcha: Santa Isabel Feodorovna, Marthin Luther King, el Siervo de Dios Óscar Romero y Dietrich Bonhöeffer.

Detalle de la galería de mártires del siglo XX en la abadía de Westminster, Londres (Reino Unido). De izqda a dcha: Santa Isabel Feodorovna, Marthin Luther King, el Beato Óscar Romero y Dietrich Bonhöeffer.

El Obispo mártir también es una figura y personaje central, y por algunos representantes, de la Teología de la Liberación: la preferencia de Dios por los pobres y Dios defensor de los pobres. El arzobispo mártir es venerado en la Comunión Anglicana como uno de los mártires del siglo XX y tiene una estatua dedicada en la Galería de la Abadía de Westminster en Londres, a lado de Martin Luther King y el pastor y teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer, mártir de los campos de concentración. Un santo para todas las confesiones. Ha sido finalmente beatificado el 23 de mayo de 2015.

Óscar Romero, defensor de los pobres y mártir de Cristo Jesús, ruega por nosotros.

Alejandro

Enlaces consultados (14/11/2013):
http://www.donorione.org.ar
http://www.romeroes.com
http://es.wikipedia.org

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