Heresiología (VI): El Arrianismo (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Busto del emperador Constantino.

Busto del emperador Constantino.

Después de Nicea
Como dije en el artículo anterior, el Primer Concilio de Nicea reafirmó, no definió como algunos dicen en el sentido de inventar, la doctrina de la plena divinidad y la completa humanidad de Cristo contra las doctrinas de Arrio; pero no puso fin a la controversia.

A pesar de la condena recibida, Arrio y sus partidarios no se retractaron, siendo por ello desterrados. Sus escritos fueron objeto de ediciones y fueron a parar a la hoguera. Sin amilanarse, continuó difundiendo sus doctrinas heréticas hasta lograr el favor y la protección de gran parte de la nobleza, del ejército y del clero. En unión con Eusebio de Nicomedia, escribió una carta al Emperador Constantino –que entendía muy poco de cuestiones teológicas- que incluía un “credo” que intentaba demostrar la ortodoxia de la posición arriana y una petición de ser readmitidos en la iglesia. Al enterarse los obispos pronicenos de los intentos del hereje de congraciarse con el Emperador, no cesaron su empeño de impedirlo, pero la férrea oposición provocaba tumultos en el imperio que ponían en peligro su estabilidad. Constantino, recordemos, era hombre práctico y desconocía totalmente de teología, y además, Eusebio de Nicomedia era su pariente cercano y la simpatía por éste hizo que en el año 328 de la era cristiana hiciera llamar a ambos desde su exilio.

Por esas mismas fechas, el obispo Alejandro de Alejandría enfermó de gravedad y murió al saber de la noticia de la readmisión de Arrio a la iglesia. Su puesto fue cubierto por aclamación de mayoría por su diácono, Atanasio, quien se convertiría en el paladín de la ortodoxia. Estamos en el 8 de julio del 328. A partir de entonces, dicha causa quedó tan identificada con la persona del nuevo obispo de Alejandría, que casi podría decirse que la historia subsiguiente de la controversia arriana es la biografía de Atanasio. De su etapa de destierro entre los monjes del desierto egipcio, adquirió un gran interés por el monacato, influyendo en el acceso de los monjes al sacerdocio, y convirtiéndose en biógrafo de Antonio Abad, de quien escribió la Vida de Antonio.

El Sínodo de Tiro del 335–actual Líbano- y el de Jerusalén del 336 restituyen a Arrio y a sus compañeros a la comunión eclesial. Tanto Eusebio de Cesarea –un adulador del Emperador Constantino- y Eusebio de Nicomedia –Obispo ya de la ciudad imperial de Constantinopla- tuvieron papeles importantes en estos sínodos y en posteriores. El Obispo Atanasio protestó contra estas resoluciones y el Obispo hereje percibió el gran peligro que representaba para su causa este pequeño hombre, y supo entonces que para hacer triunfar sus pretenciones, debía deshacerse de él. Después de todo, por él triunfó en Nicea la causa de la consustancialidad del Hijo con el Padre y la verdadera humanidad de Aquél.

San Cirilo, obispo de Jerusalén.

San Cirilo, obispo de Jerusalén.

También por aquél entonces un hombre tomó relevancia, no tanta como Atanasio, pero se posicionó en la historia. Cirilo obispo de Jerusalén, al principio tomó una postura moderada, pero finalmente apoyó a los partidarios de la ortodoxia nicena, sin suscribir, de momento, el término Homousios, ¿por qué? Como bien mencioné en el primer artículo de esta serie, los gnósticos hablaron tanto de la naturaleza divina como de la humana de Cristo y de hecho, el término viene de éstos cuando hablaron de la consustancialidad del hombre con el diablo (¡!) y de los ángeles con Cristo, y ya en Nicea suscitó debates y explicaciones para justificar su uso desde una perspectiva ortodoxa, libre de toda sospecha herética; pero los arrianos más enconados dijeron que el término dividía de forma física al Padre respecto al Hijo. Sin embargo, en la práctica vino a significar la equivalencia con el capítulo 17 del Evangelio de San Juan.

Paralelamente, ambos Padres de la Iglesia sufrirían ataques personales y censuras por parte de los partidarios de la herejía, impensable si no fuera por el apoyo del inconstante Constantino, único con autoridad “mundial” para convocar los sínodos heréticos que absolvieran a los excomulgados y promulgara que Jesús era de origen divino pero no igual a Dios –el Padre- como una alternativa válida. Pese a la amenaza de nuevas persecuciones, la mayoría de la iglesia –fieles y clérigos- se mantuvieron firmes en la doctrina apostólica trinitaria, y esa firmeza costó el destierro a los obispos, entre ellos Atanasio –sería su primero de cinco destierros- y Cirilo de Jerusalén –aunque con él pesó más la envidia a causa de la elevación de su sede a Arzobispado honorífico con autonomía sobre el arzobispado de derecho de Cesarea- . De ningún modo los confesores de la fe que aún sobrevivían suscribieron la confesión de fe arriana.

De todos modos conviene explicar cómo es que éstos lograron posicionarse nuevamente de proscritos a contar con el beneplácito imperial. Primeramente, el emperador acató la resolución del concilio, que declaró el arrianismo anatema, y exilió a los obispos herejes. Anunció también una ley que declaraba ilegal la tenencia de libros arrianos, la cual podía ser motivo de condena capital, y ordenaba quemar los que hubiera. Ante esto algunos hoy dicen, no sabemos basándose en qué fuentes, que tras el concilio los obispos católicos salieron como fieras quemando libros y mandando a pobres arrianos al patíbulo. En más de un sitio se puede leer que decenas de miles de “buenos cristianos” (o sea, arrianos) fueron asesinados y que el “enorme” aparato de la nueva Iglesia Católica se aseguró de que la persecución fuese implacable hasta en el último rincón del imperio, destruyendo todas las biblias originales y sustituyéndolas por las nuevas redactadas por Constantino en las que se presenta a un Jesús divino.

Concilio I de Constantinopla. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

Concilio I de Constantinopla. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

La historia sin embargo contradice semejantes fantasías. El “enorme” aparato de la nueva Iglesia era aún inexistente, estaba empezando a organizarse a nivel público y no tiene nada que ver con lo que luego encontraremos la Iglesia medieval; esta Iglesia acaba de salir de las catacumbas tan solo doce años antes. Sobre la supuesta destrucción total de biblias originales, ni Diocleciano, con todo el aparato represivo del estado, había conseguido hacerlo. El mito de las nuevas biblias redactadas por Constantino se basa en que el emperador ordenó a Eusebio de Cesarea se encargara de organizar la edición de 50 biblias en edición de lujo para conmemorar los acuerdos de Nicea. Las leyes represivas anunciadas por Constantino tuvieron una laxa aplicación;  tan solo tres meses más tarde mostró indulgencia con los perdedores y suavizó sus medidas. A partir de entonces el emperador pasará por varias fases en las que se acercará más a los arrianos o de nuevo más a los ortodoxos, y con la misma mano que presionaba a unos obispos, pasaba luego presionar a los otros. Si tomamos como ejemplo a las dos grandes figuras que lideraron ambas doctrinas, Arrio y Atanasio, no tenemos más remedio que considerar que Arrio fue en general mucho más favorecido por el emperador que Atanasio, y si Arrio permaneció casi siempre en el exilio fue por la gran presión que ejercieron los obispos, no por la voluntad del emperador, que una y otra vez intentó maniobras para reincorporarlo a su puesto, lo que al final logró, pero le duró poco el gusto. Arrio murió un sábado antes de ser readmitido a la comunión eclesial, en Constantinopla, entre el alboroto festivo de sus partidarios y entre espasmos y convulsiones… la hipótesis es un asesinato por envenenamiento. Más de un partidario niceno vio en su repentina muerte el castigo de Dios. Eso fue en el 336 de nuestra era. Al año siguiente, Constantino enferma gravemente y es cuando acepta ser bautizado, y lo es por mano del obispo Eusebio de Nicomedia. Su tocayo de Cesarea escribió un panegrénico del fallecido. El imperio volvió a dividirse entre los tres hijos del fallecido. Sería Constancio II, gobernante de todo el Oriente, quien restituya a Atanasio a su sede en Alejandría, pero Eusebio de Nicomedia era ya Obispo de Constantinopla y con su influencia logró que un nuevo sínodo de Antioquía lo destituyera y con el beneplácito del sobornado Constancio II, es desterrado por segunda vez.

Monumento dedicado al Santo en Córdoba, España.

Monumento dedicado al Santo en Córdoba, España.

En Occidente, el Obispo de Roma Julio I encabezó la resistencia ortodoxa y avaló las decisiones pronicenas. Osio de Córdoba convocó el Concilio de Sárdica –actual Sofía, capital de Bulgaria- por petición del Papa Julio I y de los emperadores Constancio II y Constante, primeramente para conciliar las posturas enfrentadas, viniendo obispos y clérigos de Oriente y Occidente (en esta última parte del imperio el arrianismo no tuvo mucha aceptación entre los romanos), y también para resolver la cuestión de la deposición de Atanasio, Asclepio de Gaza y Marcelo de Ancira, ortodoxo pero su lenguaje le jugó una trampa que lo hizo sospechoso de sabelianismo y blanco de Eusebio de Cesarea. Los tres fueron absueltos ante la furia de sus opositores. Osio trató de conciliar doctrinalmente ambas posturas con un nuevo credo, del cual tenemos la versión de Teodoreto de Ciro:
1) en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo hay una sola ousia o hypostasis: se hace así una concesión a la terminología de los semiarrianos.
2) dado esto, no puede existir una persona divina sin las demás.
3) no obstante, Padre e Hijo son distintos.
4) el Logos es Unigénito, en cuanto Dios, y primogénito entre los hombres.
5) su reino es eterno porque es Dios verdadero.
6) Dios no padeció, sino el hombre revestido por Él y concebido por la Virgen María, “porque el hombre es corruptible, mientras que Dios es inmortal”.
Atanasio se opuso a este símbolo argumentando que el credo Niceno era católico y concreto, y éste muy poco. El resultado fue evidente: la condena de los arrianos.

No satisfechos con esto el emperador y sus allegados, empeñáronse en vencer la firmeza de Osio, de quien decían, según refiere San Atanasio: «Su autoridad sola puede levantar el mundo contra nosotros: es el Príncipe de los Concilios; cuanto él dice se oye y acata en todas partes: él redactó la profesión de Fe en el Sínodo Niceno: él llama herejes a los Arrianos». A las porfiadas súplicas y a las amenazas de Constancio, respondió el gran Prelado en aquella su admirable carta, la más digna, valiente y severa que un sacerdote ha dirigido a un monarca. «Yo fui confesor de la fe (le decía) cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si tú la reiteras, dispuesto estoy a padecerlo todo, antes que a derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Mal haces en escribir tales cosas y en amenazarme… Acuérdate que eres mortal, teme el día del juicio, consérvate puro para aquel día, no te mezcles en cosas eclesiásticas ni aspires a enseñarnos, puesto que debes recibir lecciones de nosotros. Dios te confió el imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia. El que usurpa tu potestad, contradice a la ordenación divina: no te hagas reo de un crimen mayor usurpando los tesoros del templo. Escrito está: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, emperador, la tienes en lo sagrado. Te escribo esto por celo de tu salvación. Ni pienso con los Arrianos ni les ayudo, sino que anatematizo de todo corazón su herejía, ni puedo suscribir la condenación de Atanasio, a quien nosotros y la Iglesia romana y un Concilio han declarado inocente». Constancio obliga a comparecer a Osio, ya centenario, ante un concilio arriano donde se le presionó física y moralmente, negándose rotundamente a firmar la condenación de Atanasio, aunque cedió a comulgar con los obispos arrianos Valente y Ursacio, al final se arrepintió. Osio es desterrado a Sirmio, en Panonia (Serbia), y muere, con 101 años, confesando otra vez la fe verdadera, lejos de su tierra y de su diócesis en 357, tras ser cruelmente azotado por los esbirros del emperador.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio Nacianceno.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio Nacianceno.

Paralelamente, Constancio II depuso a Liberio y nombró a Félix como Obispo de Roma –antipapa-, pero el pueblo se opuso férreamente y lo rechazó. Constancio intentó un compromiso permitiendo al papa Liberio regresar a Roma para gobernar la Iglesia junto con Félix. Ni el papa ni el pueblo aceptaron ese arreglo y finalmente el emperador no tuvo más remedio que ceder ante la Iglesia cristiana y el papa Liberio recuperó su sede y la Iglesia, con él, la ortodoxia.

En el 361, muerto Constancio II, sube al trono Juliano el Apóstata, que de nuevo restaurará el paganismo y volverá a perseguir a la Iglesia, no mediante matanzas (aunque muertes sí hubo), pero sí oprimiendo a los cristianos y privándoles de muchos derechos civiles. Sin embargo, a pesar de todos sus intentos, la Iglesia resistió y no logró que la gente volviera al paganismo. No sería hasta el 380 cuando el nuevo emperador, Teodosio el Grande, declare al cristianismo, esta vez sí, religión oficial –y única- del Imperio. Aquí es cuando lamentablemente la jerarquía eclesiástica empieza realmente a adquirir poder secular.

Atanasio, el gran paladín de la fe reafirmada en Nicea, murió en su sede en el año 373, en paz y con la conciencia segura en la verdad que defendió a costa de su seguridad y su propia vida; sin ver los resultados de sus fatigas. En el año 373 de la era común, el Primer Concilio de Constantinopla (Segundo Ecuménico), bajo la presidencia de San Gregorio Nacianceno, revalúa el Credo Niceno, lo confirma y agregó la cláusula sobre la Divinidad del Espíritu Santo que reza así: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre a través del Hijo…” Si Dios me da su gracia, más adelante hablaré de la cláusula Filioque.

Después del concilio de Constantinopla en el 381 el Arrianismo no continuó siendo la principal amenaza para la iglesia Católica. No obstante, a través de los años, incluyendo el presente, ha habido aquellos que han expuesto las enseñanzas de Arrio.

Conclusiones
A modo de apología, Osio de Córdoba sufrió, tras su muerte, de un libelo injusto donde se dice, sin fundamento alguno, que suscribió una fe arriana y murió en esta herejía intentando convertir a sus antiguos correligionarios en Córdoba. Un hombre tan ilustrado como el obispo Isidoro de Sevilla no se cuidó al citar sus fuentes y aún hoy esta injusta mancha permanece y no se le rinde culto en la iglesia occidental, pero sí en la oriental ortodoxa y en la católica oriental.

El arrianismo en el Imperio romano fue finalmente derrotado ese día en Constantinopla, pero la influencia de la herejía llegó más allá de las fronteras de éste, pues los godos que tomaron algún tiempo después la península ibérica habían sido evangelizados por misioneros arrianos. Sin embargo, también se convertirían al catolicismo con la conversión del rey Recaredo I. Entonces decayó hasta languidecer, ya sin apoyo político ni eclesiástico de ningún tipo.

"Conversión de Recaredo", lienzo de Muñoz Degrain. Palacio del Senado, Madrid (España).

“Conversión de Recaredo”, lienzo de Muñoz Degrain. Palacio del Senado, Madrid (España).

No se puede negar que la aproximación del poder a la Iglesia, favoreciéndola, no tuviese efectos negativos, y que la posterior oficialización de esta a finales de los siglos IV y V no tuviera efectos aún más devastadores, ya que cuando a un ser humano se le da poder y riquezas la tentación de la corrupción acecha, y algunos –bastantes- caen. Lo que hemos intentado demostrar es que esa no es la situación de los asistentes al concilio y menos aún de los cristianos de base.

La mentalidad romana fue penetrando cada vez más el carácter de la cristiandad se exigió la más completa uniformidad en las cuestiones más secundarias, como la fijación de la fecha de la Pascua y otras trivialidades parecidas que ya habían agitado vanamente los espíritus a finales del siglo III. Estas tendencias a la uniformidad fueron consideradas por los emperadores como un medio sumamente útil del que servirse para lograr la más completa unificación del Imperio. Mas, como hemos dicho, la influencia fue recíproca. Además, cuatro siglos de predicación del Evangelio, pese a todas las imperfecciones de los cristianos, habían dejado una huella cuyas influencias se notaban cada vez más en la vida social. La doctrina del hombre creado a imagen de Dios impuso restricciones a la costumbre de marcar a los esclavos en la cara y aún inició la serie de medidas que, finalmente, darían fin a la esclavitud misma. Comenzaron las medidas tendentes a la protección de los niños abandonados por sus padres y la salvaguardia de la santidad del matrimonio. Pese a la infiltración del espíritu y las maneras paganas en la Iglesia, y pese a la propia decadencia espiritual de ésta, el poder del Evangelio hizo su impacto en el Imperio y aún más allá de sus fronteras. Pero, es en estas épocas cuando resulta más difícil el trazar la línea que distingue lo que es meramente institución eclesiástica y la que es la verdadera Ecclesia. De esta manera, las discusiones doctrinales o disciplinarias de la Iglesia se convirtieron en problema de Estado.

El arrianismo fue un fenómeno bastante complejo que aún hoy suscita muchas pasiones y su influencia sigue vigente en las enseñanzas de las sectas –me niego rotundamente a llamarlas iglesias- de los Testigos de Jehová y la IJSUD (Mormones); así como en cierta literatura moderna donde un hilo de la trama es la descendencia y supervivencia de la línea de sangre de Jesús y las maquinaciones de la iglesia para desacreditar la persona de María Magdalena y elevar al rango de dios a aquél. Todos saben a qué libro, película y autor moderno me refiero: Dan Brown y El Código Da Vinci.

Basta decir que un libro tan polémico y controvertido como el Libro de Urantia asegura en su penúltimo capítulo: “Fue un griego de Egipto (Alejandría) quien con tanta valentía se puso de pie en Nicea y desafió a esta asamblea con tal intrepidez que ésta no se atrevió a enturbiar el concepto de la naturaleza de Jesús en tal forma que habría podido poner en peligro la verdad real de su autootorgamiento, la cual podría así haber desaparecido del mundo. El nombre de este griego era Atanasio, y si no hubiese sido por la elocuencia y la lógica de este creyente, habrían triunfado las persuasiones de Arrio”.

Si bien el arrianismo decayó definitivamente en el s. VII, no sin antes producir una variante a la que se la llamó semi-arrianismo, muchas de sus teorías –principalmente las cristológicas y trinitarias- renacieron con la Reforma Protestante (s. XVI) bajo las ideas de Miguel Servet y por los antitrinitarios liderados por Fauso Socino, entre otros. Contemporáneamente, fueron recogidas por numerosas sectas como es caso de los tristemente célebres Testigos de Jehová.

En conclusión, el Arrianismo es una herejía que atenta contra la verdad revelada en las Sagradas Escrituras de la Encarnación, Dios se hizo hombre para llevar a los hombres a Dios y viceversa. Y este autor declara, por la gracia del Espíritu Santo, que Cristo Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre. ¡Amén! Nadie puede llamar Padre a Dios ni reconocer a Jesús como Dios y Salvador si no es por el poder del Espíritu Santo. Y quien lo niegue es anatema.

Alejandro

Bibliografía:
– L. GONZÁLEZ, JUSTO. Diccionario manual teológico. Atanasio de Alejandría en artículos “Arrianismo” págs. 42, 44 y 45; “Hipóstasis” págs. 142 y 143; Homoiusion, págs. 145 y 146. Homousion, pág. 147.
– MENENDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Capítulo 5: Osio en sus relaciones con el Arrianismo, Potamio y Florencio. Tomo 1: 65-77. Librería católica San José. Madrid, España.

Enlaces consultados:
http://apologia21.wordpress.com/2012/12/26/despues-del-concilio-de-nicea-2/
http://cristiania.net/LECTURAS/ARCADIO%20SIERRA/Los_Concilios_Ecumenicos/Concilio3.pdf
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-concilio-de-nicea
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-emperador-constantino
http://www.librodeurantia.org/lu/doc195.html
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhe1065.htm
http://spanishnewtestament.com/diccionario/AtanasioAle.html
http://usuarios.advance.com.ar/pfernando/DocsIglAnt/Arrio_Cronologia.html

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

6 pensamientos en “Heresiología (VI): El Arrianismo (II)

  1. Mi querido amigo,
    He leído con gusto este estupendo artículo, más histórico que teológico y te doy las gracias por haberlo escrito. Yo quiero resaltar, como tu mismo haces, las figuras de los santos Atanasio de Alejandría y Osio de Córdoba, sin los cuales, posiblemente, esta herejía no hubiese podido finalmente ser condenada tal cual se hizo ya que Arrio y sus correligionarios usaron todo tipo de influencias para propagarla. En Hispania perduró, hizo mucho daño a la Iglesia hispana hasta que Recaredo se convirtió a la ortodoxia, el llamado ya entonces “catolicismo”.

    Solo quiero hacerte una puntualización: El Credo Niceno Constantinopolitano, sobre el Espíritu Santo, dice textualmente: “Y en el Espíritu Santo, Señor Vivificador, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado, y que habló por los profetas”
    “Καὶ εἰς τὸ Πνεῦμα τὸ Ἅγιον, τὸ κύριον, τὸ ζωοποιόν, τὸ ἐκ τοῦ Πατρὸς ἐκπορευόμενον, τὸ σὺν Πατρὶ καὶ Υἱῷ συμπροσκυνούμενον καὶ συνδοξαζόμενον, τὸ λαλῆσαν διὰ τῶν προφητῶν”.
    Este Credo, no dice, como tu afirmas “que procede del Padre a través del Hijo”; dice únicamente “que procede del Padre”. Y, por supuesto, el “Filioque” es un tema aparte del cual ya hablé extensamente en un comentario.

    • ¡Muchas gracias, Toño! Y no sólo hizo daño en el pasado a la Iglesia, sino que sigue aleteando por ahí en la “teología” de algunas asambleas “cristianas” y en el pensamiento de algunos laicos y pastores. Bastaría un poco de pólvora para iniciar un incendio.

      Sobre el Credo, también gracias. La fuente que cité decía “procede del Padre a través …” pero un tiempo después leí la declaración Dominus Iesus del año 2000 publicada por el aquél entonces Cardenal Josef Ratzinger cuya confesión de fe no incluye el Filioque y es la original de Constantinopla I. El vivificante fue error de traducción del latín, me disculpo. El “del Padre a través del Hijo” también es muy posterior, Nicea II. Durante la misa pronuncio hasta “del Padre”.

  2. Gracias, Alejandro, por otra entrega de esta serie tuya a la que considero Historia de la Iglesia más que teología, como bien dice Antonio, pero igualmente útil para mí ya que no tuve tiempo de profundizar en estas cosas durante la carrera y, personalmente, no es que suscitaran antes mi interés particular. Creo que las ideologías ganan o pierden como las personas ganan o pierden, y no necesariamente por el hecho de que sean verdaderas o falsas, sino por otras circunstancias más relacionadas con el poder y la influencia política. Lo que no significa que comulgue con la doctrina arriana. En absoluto.

    • Muchas gracias, Ana María. Ahora sí que remitiéndome a las palabras del Papa Francisco, la ideología es la corrupción del fanatismo y el error, que sería el arrianismo, que por muy poco triunfa gracias a los poderes seculares, como bien mencionas y que concuerdo contigo.

  3. Uno de los temas más apasionanentes de la historia de la Iglesia, es precisamente la de las doctrinas cristológicas. El arrianismo, el monofisismo, el monotelismo, (las que supongo hablarás en su momentoI) son herejías que en su momento causaron mucho daño a la unidad de la Iglesia. Que sin embargo, permanenecen latentes en algunas ideologías que ya has referido.
    Junto a Atanasio el Inmortal, la figura de Osio es básica para entender como la doctrina no se vino abajo. Alguien recientemente me hizo conocer la noticia de que la Dióceiss de Córdoba ha hecho recientemente un simposio para recuperar la figura de este obispo y que también se propone sea incluido en el santoral católico.
    Espero leer pronto un artículo subsiguiente.
    Saludos.

    • Gracias, Humberto. En los siguientes artículos hablaré sobre las herejías que mencionas y sus principales protagonistas. Y no sólo en las que mencioné, también otras más modernas.

      Como bien dices, la conclusión del congreso es una verdad obvia: San Osio no fue un mártir, pero tampoco un hereje. Así que sería una verdadera justicia reivindicarlo hoy que esas cuestiones han sido aclaradas gracias a las investigaciones. Esperemos que pronto lo veamos en el santoral latino.

      Te espero en la siguiente entrega. Saludos.

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