San Hermes, mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Icono ortodoxo rumano del Santo, pintado por las religiosas del monasterio Deaconesti (Rumanía).

Icono ortodoxo rumano del Santo, pintado por las religiosas del monasterio Deaconesti (Rumanía).

La vida cristiana en las riberas del Danubio compartía, aproximadamente, la misma organización en tiempos de la persecución romana que en otras partes del Imperio. Como describe el apóstol Pablo en sus epístolas, durante los primeros siglos existieron especiales tareas en el servicio litúrgico que hoy son realizadas habitualmente por los sacerdotes. Por ejemplo, había lectores, hoy un rango menor en la Iglesia, pero también maestros, profetas, etc. Otra categoría fue la de los exorcistas, personas dotadas de poder para expulsar espíritus malignos que poseían a algunos cristianos. La existencia de los exorcistas se confirma en el séptimo canon del cuarto Concilio de Cartago (390), en el vigésimo cuarto del concilio de Laodicea (365) y en las Constituciones Apostólicas. Hoy sólo algunos sacerdotes poseen este carisma especial, que es raramente practicado. Otra función de los exorcistas, hoy presente en la práctica de cualquier sacerdote, es la lectura de las oraciones pre-bautismales, que son mantenidas hasta hoy en el ritual de la Iglesia como “los exorcismos”.

Martirio de San Hermes
El Santo mártir Hermes (que no debe ser confundido con San Hermes, mártir en Roma en torno a 120, ni con San Hermes de Heraclea, quemado en la hoguera en 304 en Adrianópolis y conmemorado el 22 de octubre), era un exorcista que servía a la iglesia de Ratiaria (hoy, la aldea búlgara de Arcer, a 28 km de Vidin), y sufrió muerte martirial por decapitación en Bononia (la actual Vidin), el día 31 de diciembre, como consta en el Martirologio Romano. Este tipo de muerte no significaría necesariamente un signo de su ciudadanía romana, porque el edicto de Caracalla emitido en el 212 concedía la ciudadanía romana a todo habitante libre del Imperio.

Un martirologio siríaco del siglo IV lo ubica un día antes, el 30. Probablemente, junto con él sufrieron otros dos cristianos, Cayo (o Gago, Gayo) y Ageo, porque el Martirologio Jeronimiano menciona a Gago de Bononia y a Hermes de Ratiaria el 31 de diciembre y nuevamente a los dos, sin mención geográfica, el 1 de enero. El Martirologio Romano menciona a Hermes, Gago (Cayo en el Martirologio de Usuardo) y Ageo de Bononia el 4 de enero. Murieron como mártires bajo el reinado de Majencio (hijo del emperador Maximiano, que reinó entre 306 y 312. A San Ageo no se le menciona en otra fecha que el 4 de enero. Según el Acta Sanctorum Ianuarii, vol. I, Venecia, 1734, p. 165, él podría ser el mismo Argeo mencionado en el Martirologio Romano el 2 de enero. El Martirologio Constantinopolitano conmemora al mártir Gayo el 31 de diciembre y el grupo de Rodio “el Teólogo”, Hermes “el Venerable”, Asíncrito “el Sabio”, junto con “el divino” Lino y Gayo. Según Baronio, Hermes, Gayo y Ageo sufrieron un poco antes, durante la persecución de Maximiano (co-emperador con Diocleciano, 286–305: ver también Delehaye, en Saints de Thrace et de Mesie, en Analecta Bollandiana XXXI, 1912, pp. 257-258).

Mención de los mártires Hermes, Ageo y Cayo en "Acta Sanctorum Ianuarii", vol. 1.

Mención de los mártires Hermes, Ageo y Cayo en “Acta Sanctorum Ianuarii”, vol. 1.

Veneración
El Acta Sanctorum aporta importante información sobre la veneración de estos Santos, tomada de una corta mención hecha por Carlos Sigonio en su primer libro sobre los obispos de Bononia: sus cuerpos fueron tomados secretamente por los cristianos y enterrados en tumbas judías. Pusieron cruces sobre sus tumbas para marcar el lugar donde estaban enterrados.

El martirio de los tres es también mencionado por Cherubino Ghirardaccio, un teólogo agustino de Bolonia (1524-1598) en su primer libro sobre la historia de Bononia (Historia de Rebus Bononiensis libri VI). Dice que sus reliquias fueron trasladadas por el obispo Eusebio de Bolonia (378-381) a la iglesia de la Santa Cruz, según una inscripción de 1303, el año en que fue restaurada por los Sabbatini. En las tumbas de esta iglesia fueron enterradas posteriormente las reliquias de Vital, Agrícola y Próculo (esta información, tomada de Heiligenlexikon, duda que el martirio tuviera lugar en Bononia y acepta la hipótesis italiana del martirio de los tres en Bolonia durante Diocleciano: sobre sus tumbas se edificó una iglesia, posteriormente conocida como Basilica dei Santi Vitale e Agricola).

Esta información tardía podría tratarse de un error historiográfico de los bolandistas en su hagiografía del siglo XVII, como hace notar Jan Marco Savilla en su análisis de Antiquarianismus, Hagiographie und Historie im 17. Jahrhundert: zum Werk der der Bollandisten. Ein wissenschaftlicher Versuch, Tübingen, 2008, pp. 175-181. El autor remarca el posible error al usar Bononia en lugar del antiguo nombre “Balonia”, el único y el mismo que con la moderna Bolonia. Así que podría ser posible que los Santos de Bolonia fueran otros que los mencionados en los viejos martirologios. En cualquier caso, es notable la coincidencia de los nombres. Sería difícil creer que todos los martirologios se han equivocado al confundir Bononia con Bolonia.

Antiguo sarcófago de San Agrícola en la Basílica de los Santos Vital y Agrícola, Bolonia (Italia).

Antiguo sarcófago de San Agrícola en la Basílica de los Santos Vital y Agrícola, Bolonia (Italia).

Como santo que sufrió martirio en las fronteras del Danubio, los calendarios rumanos ortodoxos de las últimas décadas mencionan a San Hermes (él solo), el mismo día que Santa Melania la Joven de Roma y San Zótico de Roma, el protector de los huérfanos.

Los exorcismos y rituales de Año Nuevo en las regiones del Danubio Inferior
La coincidencia podría ser incluso mayor en el caso de San Hermes el exorcista, celebrado el último año del calendario civil, justo en la víspera de la fiesta de San Basilio el Grande. Después de la liturgia de San Basilio, en las iglesias ortodoxas es tradición que todos los sacerdotes (no sólo los “exorcistas”) lean los “exorcismos” o las “maldiciones” de San Basilio, que son representativas como textos exorcistas en la cristiandad oriental.

En cuanto a las costumbres populares, deben mencionarse los rituales cuasi-paganos entre la fiesta de Navidad y la de San Basilio, que abordan el exorcismo de la naturaleza. El folclore rumano mantiene hasta hoy la representación del “Herodes”, enmascarado como hombre feo, la “representación de los osos” y la “representación de la cabra”, ambos con especial atención en alejar los malos espíritus que intentan robar la luz. Cabe mencionar también el ritual del “pequeño” y del “gran arado” (“Plugul” y “Pluguşorul”) representados las noches del 30 y del 31 de diciembre respectivamente, siendo su principal mensaje el inicio de un nuevo año de agricultura a mediados del invierno. En este vídeo pueden verse las antiguas tradiciones de la representación de la cabra y el oso en Bucarest en diciembre de 2009:

Justo al día siguiente, el 1 de enero, los mismos niños que representaron el “Pluguşorul” van a cada casa y cantan el “Sorcova” (una palabra derivada del búlgaro “surov” que significa “verde fresco”). Esta vez, adornan una rama florida con papel de colores, como si fuera una rama florida acabada de coger de un árbol. Usan esta rama como varita mágica, cantando una canción sobre buenos deseos de salud y buena vida al inicio del año: los malos espíritus son, una vez más, derrotados.

Coincidencia o no, asociado con San Hermes o con San Basilio, el folclore sobre los exorcismos al final del año tiene, en cualquier caso, mucho que ver con rituales similares llevados a cabo por los antiguos griegos y romanos, pero también otros pueblos indoeuropeos como los tracios o los eslavos.

Troparion (himno) de San Hermes
Tu mártir, oh Señor, en sus luchas recibió una corona de incorruptibilidad de Ti Nuestro Dios, porque con Tu fuerza él barrió a los tiranos y venció a los demonios, volviéndolos impotentes. ¡Por su intercesión, oh Cristo Nuestro Dios, salva nuestras almas!

Mitrut Popoiu

Bibliografía
– Prof. Dr. Vasile Gheorghe Sibiescu, Sfântul Mucenic Hermes, en: *** (Patriarhia Bisericii Ortodoxe Române), Sfinţi români şi apărători ai Legii strămoşeşti, E.I.B.M.B.O.R., Bucureşti, 1987, p. 190-191,
– Joseph-Marie Sauget, Ermete, Aggeo e Caio, en: *** Bibliotheca Sanctorum V, Istituto Giovanni XXIII della Pontificia Universita Lateranense Roma 1964 pp. 56-57,
– Marco Sawilla, Antiquarianismus, Hagiographie und Historie im 17. Jahrhundert: zum Werk der der Bollandisten. Ein wissenschaftlicher Versuch, Tübingen, 2008, pp. 175-181
– *** De Sanctis Martyribus Bononiensibus Hermete, Aggaeo, Caio, en *** (Societe des Bollandistes), Acta Sanctorum I, Ianuarii, vol. I, Venezia, 1734, p. 165.

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Beatas Hijas de la Caridad mártires en Leganés

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Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés, Hija de la Caridad mártir que encabeza la Causa.

Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés, Hija de la Caridad mártir que encabeza la Causa.

A término de este año, concluiremos hablando de las Hijas de la Caridad que murieron mártires en Leganés, para así completar este primer esbozo realizado durante estos meses de algunas de las mártires de la Guerra Civil Española (1936-1939) recientemente beatificadas el pasado 13 de octubre de 2013 en Tarragona, España. En este caso, se trata de un grupo de cinco religiosas que fueron martirizadas juntas en esta localidad madrileña.

Dos comunidades en Leganés
En julio de 1936, momento en que estalla la guerra, había dos comunidades de Hijas de la Caridad en Leganés (Madrid), una con diez religiosas en el Colegio de la Inmaculada y otra con veintiuna en el Hospital Psiquiátrico de Santa Isabel. Todas se vieron afectadas por la depuración religiosa, de modo que, cuando las Hijas de la Caridad fueron expulsadas de las instituciones de la Beneficiencia de Madrid, algunas acudieron al Colegio -que pertenecía a la Comunidad- para refugiarse, por lo que llegaron a juntarse en un mismo lugar hasta 46 religiosas.

Una antigua alumna del Colegio nos ha dejado este testimonio de acuerdo a la difícil situación vivida por las hermanas en aquel tiempo: “Había muchas manifestaciones gritando: “¡A quemar la iglesia!”, “¡Fuera monjas y fuera frailes!” El ambiente que vivíamos nosotras en el colegio reflejaba esta tensión… También expulsaron a los agustinos y mataron a muchos”. Respecto a la actitud de las perseguidas, destaca que no por verse en apuros cedieron o abandonaron sus habituales tareas: “Hacían muchas obras de caridad, no dejaban que nadie se quedara sin comer y también les hacían vestidos a los niños de Leganés que tenían necesidad. Tenían una urna con la Virgen Milagrosa y la llevaban a la visita a los enfermos, que la tenían en casa cinco o seis días para rezarle toda la familia”. De estas dos comunidades que referimos, como decíamos, murieron mártires cinco de ellas. Son éstas que vemos a continuación.

Beata Melchora Adoración Cortés Bueno
Fue la quinta hija de una familia numerosa, nacida el 4 de enero de 1894 en Sos del Rey Católico (Zaragoza), hija del pastor Jerónimo Cortés y Eusebia Bueno. Fueron ellos quienes le proporcionaron una sólida educación cristiana y la enviaron a estudiar al colegio de las Hijas de la Caridad. De inteligencia despierta, carácter abierto y comunicativa, adquirió una cultura general amplia, aprendió contabilidad y labores del hogar, al tiempo que tenía aptitudes para dibujo y pintura. Su catequista destacaría de ella su devoción por la Eucaristía. Miembro de las Asociación de las Hijas de María, participó en un ambiente de piedad y sensibilidad a la situación de los pobres que despertaría en ella su vocación por ser también Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés en su escritorio de maestra.

Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés en su escritorio de maestra.

Realizó su aspirantado en el Hospital de Sangüesa (Navarra), donde cursó estudios de Magisterio. Ingresó en la Comunidad el 18 de marzo de 1914. Después de estar un tiempo en el colegio de Riquelme de Granada, fue enviada al colegio-asilo de Aleixar (Tarragona), donde trabajó varios años de maestra, emitiendo los votos el 25 de marzo de 1919. Compartió su alegría con su hermana Encarnación, a la que envió una estampa con esta nota detrás: “Me consagré a Dios y Él se dignó aceptar mi consagración. ¡Qué bondad la suya! ¡Qué dicha la mía! ¿Con qué pagaré al Señor tan insigne merced? Él nada necesita de mí. Nada puedo darle que no sea suyo… ¡pero hay tantas niñas que necesitan instrucción y educación cristiana! Y lo que haga con ellas, el Señor lo recibe como hecho a Él. ¡Las ama tanto! Y cuanto yo sufra por ellas, el Señor lo recompensará como sufrido por Él; sí, por Él que tanto sufrió por mí…¡Dios mío, mientras me quede un instante de vida lo emplearé en llevarlas a Vos! Dichosa yo mil veces si son muchas las que por mi medio os conocen, os aman y os sirven… y os glorifican eternamente en el cielo. Llévenme allí sus oraciones, Señor, y vuestra infinita misericordia. Amén”. Y esto no se quedaba en meras palabras, pues sus compañeras de trabajo la recuerdan jovial, fervorosa, trabajadora, disponible y muy paciente con sus alumnas.

Posteriormente fue destinada al hospital y escuelas de Corella (Navarra), continuando allí su labor educativa entre 1921 y 1924. Después la enviarían al Colegio de la Inmaculada de Leganés junto con la que sería una de sus compañeras de martirio, sor María Severina Díaz-Pardo, con la que trabó una profunda amistad. Con ella organizaría un coro, un grupo de teatro, la visita a los pobres, colonias de verano, peregrinaciones marianas y grupos de catequistas en la parroquia de El Salvador, siempre con una forma de enseñar atractiva y entusiasta. En 1933 la enviaron al Hospicio de Vitoria como maestra, pero a las pocas semanas se enfermó y hubieron de extirparle el riñón derecho. Durante su convalecencia, no perdió tiempo y cursó los estudios de enfermería, obteniendo el título oficial en la facultad de medicina de Salamanca. Pero las antiguas alumnas y padres de Leganés la reclamaron de vuelta, por lo que regresó al colegio el 5 de septiembre de 1936, siendo recibida con gran alegría.

Las Beatas Melchora Adoración Cortés y María Severina Díaz Pardo, amigas en la vida y compañeras en el martirio.

Las Beatas Melchora Adoración Cortés y María Severina Díaz Pardo, amigas en la vida y compañeras en el martirio.

Como profesora y directora del colegio, no sólo impartía clases de cultura a las alumnas mayores, sino que formaba a las modistas en bordado y daba clases de pintura. Sus alumnas la recuerdan así: “Sor Adoración tenía gracia para darnos lo que necesitábamos sin humillarnos. Nos enseñaba a coser, a rezar, y a tratar bien a las señoras. También hacíamos teatro, era muy alegre y animaba las fiestas… Ante las adversidades, nos decía: “Nos os preocupéis, que en el Reino de los Cielos, los últimos vamos a ser los primeros”. Ejercitaba la caridad con el prójimo y estaba pendiente no sólo de servir a los pobres que llegaban a la puerta, sino de las niñas que no podían pagar… Ayudaba a los necesitados de forma agradable y prudente, sin humillar a los que recibían la ayuda”.

Sor Adoración tuvo ocasión de mostrar también su valentía cuando el gobierno dio orden de retirar los crucifijos de las aulas. Ella y sor María, obedientes, cumplieron con la orden, pero al tiempo encargaron al padre de sor María que les enviasen 300 crucifijos pequeños, para repartirlos entre todos, regalarlos a los enfermos, y llevarlos sobre el pecho, en el exterior de su vestido. Ella defendía que aquello no podía impedirse, pues era una expresión de la libertad de conciencia. Este valor lo demostró también cuando le fue ofrecida una oportunidad de salvarse de la persecución, como cuenta un testigo: “Oí decir a los milicianos que había en el manicomio que los jefes milicianos, al sacar a las hermanas de Leganés, propusieron a Sor Adoración, maestra del colegio joven y de muy buen parecer, que se quitara los hábitos y se quedara con ellos. Y ella les contestó que donde fuesen sus hermanas iría ella, y lo que fuera de sus hermanas sería de ella. Esto lo comentaban los milicianos empleados en el manicomio con gran admiración”. Y por negarse a tal proposición, que le hubiese salvado la vida, lo pagó muy caro. Ella misma lo había deseado cuando defendió su papel como religiosa y maestra católica: “De ninguna manera pienso aceptar propuestas laicistas. Seré la última en dejar el colegio. Antes morir que dejar de ser Hija de la Caridad. ¡Qué dicha para mí morir mártir! Pero no sé si Dios me concederá esta gracia”. Se lo concedió, siendo martirizada a los 42 años de edad.

Fotografía de la Beata María Severina Díaz-Pardo en su hábito de Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata María Severina Díaz-Pardo en su hábito de Hija de la Caridad.

Beata María Severina Díaz-Pardo Gauna
La que fue mejor amiga y compañera de martirio de sor Adoración nació en Vitoria el 25 de agosto de 1895. Aunque sus padres, el librero católico D. Luis Díaz-Pardo Ugalde y D. Peregrina Gauna Barrio, le dieron el nombre de María Severina, en casa y en la Compañía la llamaron siempre simplemente María. De posición social acomodada, sus padres le dieron no sólo le dieron una educación católica, sino también estudios de música. Sintió pronto la vocación de ser Hija de la Caridad, como expresaría a sus padres en una carta de 1935: “No saben cuántas veces me acuerdo de la manera tan diferente en la que ustedes nos han educado, tal vez por eso soy Hija de la Caridad a estas fechas…”. Pero en el momento en que sintió la vocación, no pudo decirlo, ya que ella contribuía al hogar y su madre estaba gravemente enferma. Después de un tiempo en verla triste y silenciosa, finalmente reveló la vocación, a la que sus padres no se oponían, pero querían que terminara primero sus estudios de piano y magisterio. La enviaron de peregrinación a Lourdes y luego a San Sebastián con sus hermanas pequeñas para que lo pensara bien. De regreso, dijo a su madre: “Le aseguro que me he confirmado más en la vocación”. Y a los 21 años, abandonó el hogar y marchó a hacer el postulantado a Madrid, con gran pesar de su madre, que se enfermó aún más.

Tras hacer el postulantado en el Hospital Jesús Nazareno de mujeres incurables en Madrid, cuidando a mujeres inválidas, ingresó en la Compañía el 2 de agosto de 1917. En 1918 la destinaron a la Inclusa o Casa de niños expósitos de Pamplona. Pero el saber que su madre había empeorado, el trabajo tan fuerte que realizaba con los huérfanos, velándolos por la noche, dándoles clases, cuidándolos, resintieron tanto su salud, que la enviaron a descansar al asilo de Mendigorría (Navarra). Ya recuperada, emitió los votos el 15 de agosto de 1922, y fue destinada a la Casa de la Misericordia de Valsameda (Vizcaya). Allí se encontró a gusto, dando clases de párvulos y enseñando música. Precisamente debido a su formación musical, fue solicitada como hermana de coro en las Escuelas de la Presentación de Segovia, donde estuvo en el curso 1923-1924. El 8 de noviembre de 1924 llegaba al Colegio de la Inmaculada de Leganés, donde, como hemos dicho, entabló amistad con sor Adoración, quien, siendo más decidida y fuerte que ella, la ayudaba a llevar bien las clases de cultura con las alumnas mayores y la formación de las aspirantes y de las Hijas de María. Cómo no, también daba clases de música y preparaba las celebraciones y los grupos de teatro.

Cuando los tiempos se volvieron difíciles, destacó por mantenerse serena y dispuesta a quedarse donde estaba. Tras las elecciones de febrero de 1936 -el triunfo del Frente Popular- sus padres, temiendo por su vida, le piden que regrese a casa, a lo que ella responde: “Sí, es Dios quien manda por medio de mis superiores y Él es quien me ha traído aquí, estoy convencida. Y puesto que estoy en las manos de Dios, sería desacato y desprecio, si así puede llamarse, que yo me oponga a su santa voluntad o que trabaje alguien por contrariarla. No creo necesario por ahora volver”. Ante la insistencia de sus padres, ella replica: “A todas las hermanas les han ofrecido la casa sus parientes por si pasa algo, pero creemos que no es necesario salir, porque Dios está por encima de todos los hombres. Estamos en sus manos”. Por permanecer junto a sus compañeras y no regresar al hogar, fue martirizada el 12 de agosto de 1936, a los 40 años de edad y 19 de religiosa.

Estampa de la Beata Dolores Barroso inspirada en una fotografía original.

Estampa de la Beata Dolores Barroso inspirada en una fotografía original.

Beata Dolores Barroso Villaseñor
Nació en Bonares, provincia de Huelva, el 9 de noviembre de 1896, hija del campesino Francisco Barroso Vega y de la ama de casa Francisca Villaseñor Márquez. Era una familia pobre, pues los padres trabajan en el campo de sol a sol y el salario era escaso, por lo que pasaban necesidad. Intentando mejorar su nivel de vida, marcharon a Alcalá de Guadaira (Sevilla), donde la abuela materna podía ocuparse de los niños -María Dolores y sus hermanos Francisco, José María y Francisca- mientras la madre trabajaba haciendo tareas domésticas en otros hogares. Pero al poco tiempo, murieron de tuberculosis José María, Francisca, y poco después el padre. La atribulada familia recibió ayuda del párroco local -don Antonio Ojeda-, que mandó a Dolores y Francisco a las escuelas de las Hijas de la Caridad que había allí. Terminada su formación, Dolores trabajaría de costurera, pero su hermano Francisco murió también de tuberculosis cuando estaba por ordenarse de sacerdote.

Por aquel entonces, siendo ya mayor de edad, Dolores había sentido la vocación a ser Hija de la Caridad, pero temía dejar a su madre, que se había quedado sola, sin esposo y sin hijos. El párroco le dijo entonces: “Vete tranquila que tu madre se queda con nosotros”, ocupándose de que no le faltase de nada, pues la quería como a una hermana. Y así, Dolores marchó a hacer el postulantado en el hospital de Morón de la Frontera (Sevilla), ingresando en la Compañía el 2 de diciembre de 1962 y siendo destinada el otoño de 1927 al Asilo de Málaga. Allí se entregó al cuidado de los ancianos, feliz con la vida que había elegido. Su tía Isabel, con la que intercambiaba correspondencia y la persona que más la admiraba, dijo: “Dolores era una persona de Dios, sana, pacífica, piadosa y sencilla. Tenía que ser toda de Él”. Quizá por eso guardaba fielmente las cartas de su “sobrina santa”, como la llamaba. En 1934 es destinada al Hospital Psiquiátrico de Santa Isabel de Leganés (Madrid), a realizar la durísima tarea de cuidar de los enfermos mentales, en un caos donde ella y las demás religiosas dejaban una estela de paz, limpiando a los internos, vistiéndolos, poniéndoles la comida en la boca, acariciando aquellos rostros enajenados, entre graves, jocosos o incluso ridículos, sin ningún lujo, sólo sus manos y su trabajo duro. “No apurarse, Dios proveerá”, decía ella siempre, y con este lema llevaba adelante aquel durísimo día a día.

En mayo de 1936, en pleno clima pre-bélico, Dolores advirtió a su querida tía Isabel por carta: “Nosotras estamos tranquilas, esperando las órdenes de los superiores… aquí, a esta casa, no han llegado los revoltosos. ¿Quién se atreve con los locos, tía? Si ocurriese algo, que Dios no lo permita, ya le avisaría a usted lo más pronto posible, pues después de la Santísima Virgen, usted es mi madre y mis primos son mis hermanos, así que esté tranquila con esta sobrina”. Fue martirizada a los 39 años de edad y nueve de vida religiosa, aceptando plenamente su destino, pues al fin y al cabo, como había dicho muchas veces, “este mundo es un pasar, y no tenemos que apegarnos a él”.

Fotografía de la Beata Estefanía Saldaña en su hábito de Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata Estefanía Saldaña en su hábito de Hija de la Caridad.

Beata Estefanía Saldaña Mayoral
Nació el 31 de agosto de 1873 en Rabé de las Calzadas (Burgos), hija de don Venancio Saldaña y doña María Mayoral. La pérdida de su padre a los 14 años y la necesidad de abandonar los estudios para ayudar a su madre la afectó tan profundamente que quedó por siempre con una personalidad temerosa y débil psicológicamente, lo que contrastaba con la fortaleza de su madre, mujer valiente y emprendedora. Sintió la vocación de ser Hija de la Caridad a los 17 años, marchando a hacer su postulantado en el Hospital de la Princesa de Madrid e ingresando en el seminario el 9 de agosto de 1890. Al año siguiente fue enviada al Hospital y Escuelas de Corella (Navarra), donde se especializó como maestra de párvulos al tiempo que ayudaba a sus compañeras en las velas, guardias y atención a los enfermos del hospital. En 1894 fue enviada al hospital de San Vicente de Paúl de Bilbao, y en diciembre de 1895, al hospital y Escuelas de Briviesca (Burgos), donde estuvo 10 años enseñando a los párvulos y cuidando de los ancianos. Emitió los votos el 15 de agosto de 1896. La razón de su larga preparación fue el haber ingresado tan joven.

A partir de ese momento se sintió afianzada en su vocación y escribía con alegría a su madre: “No tenemos dinero para las cosas más indispensables y necesarias; pero yo en esta pobreza estoy muy contenta y no desearía otra cosa, si es la voluntad de Dios. Deseo que joven o vieja deje yo los huesos en esta santa y pobre casita de Briviesca”. Pero fue enviada al asilo de párvulos de Zaragoza en 1905 y al año siguiente al Hospital de Escuelas de Sigüenza (Guadalajara), donde estuvo solamente un año. Enfermó y la enviaron a recuperarse al Asilo de Niños Desamparados de Madrid, pero en 1908 se encontraba ya en el Asilo de párvulos de Sestao (Vizcaya). Esta variación tan rápida de destinos se debía a su mala salud, por lo que la enviaron de nuevo a reponerse a la Casa San Nicolás en Valdemoro (Madrid) y, cuando se recobró, estuvo en 1912 en la Casa Beneficencia de Cuencia y en 1914 en el colegio de Barbastro. En 1916 fue enviada a Leganés, donde estuvo alternando su servicio entre el Colegio -como maestra de párvulos- y el Hospital psiquiátrico Santa Isabel -donde impartió talleres de costura y manualidades-. Su mala salud le impedía seguir el ritmo de la comunidad y eso la hacía sufrir, pero aceptaba con paciencia su tormentosa existencia. En 1924, cayó enferma de depresión. Superada esta triste etapa, dedicó sus últimos doce años de vida a las mujeres enfermas y a la enseñanza.

Sometida a los avatares de su mala salud, se fue fraguando en ella una paciencia y aceptación de su destino que serían relevantes para su martirio: “Lo que haya de suceder, sucederá y yo lo acepto… Amo mucho mi vocación y doy gracias a Dios por haberme escogido en el número de sus esposas, prefiriéndome a otras que le hubieran sido más agradecidas y útiles que yo. Estoy muy conforme y abrazo gustosa y resignada en camino de prueba y cruz que me prepara… Pido a Dios que me dé fuerzas para cumplir lo que Él pida de mí, y padecer cuanto Él quiera hasta identificarme con Él… Y, si a Dios le place, no tendría inconveniente en ofrecer mi vida”. La ofreció, alentada por la Eucaristía, a los 63 años de edad y 46 de vida consagrada.

Fotografía de la Beata Asunción Mayoral en su hábito de Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata Asunción Mayoral en su hábito de Hija de la Caridad.

Beata María Asunción Mayoral Peña
Prima de la Beata Estefanía, nacida en Tardajos (Burgos) el 19 de agosto de 1879, hija de Mariano, jornalero de campo, y Brígida, ama de casa. Al fallecer muy joven su padre, Asunción tuvo que ayudar a su madre para poder salir adelante. Fue educada en una escuela de padres paúles y de ahí nació su vocación para ser Hija de la Caridad. Sólo tenía 18 años cuando pidió la admisión en la Compañía, animada por su prima Estefanía, que estaba en Briviesca. Hizo su postulantado en el Hospital de Santa María de Esgueva en Valladolid, atendiendo a los enfermos pobres, ancianos y mujeres sin recursos. Se trasladó a Madrid para iniciar su seminario el 17 de marzo de 1897 y su primer destino fue el Hospital de la Misericordia de Segovia. Allí emitió sus votos el 15 de agosto de 1902. De allí marchó al Hospital comarcal de Benavente (Zamora).

Debido a fuertes epidemias de tifus, viruela y tuberculosis que se cebaban con los más pobres e indefensos, y que requerían una atención consagrada, en sus cuarenta años de vocación sor Asunción tuvo muchísimos destinos: Hospital de Carrión de los Condes (Palencia), Casa de la Beneficencia de Palencia, Casa de la Misericordia de Lleida, Hospital de la Venerable Tercera Orden de San Francisco de Madrid, Asilo de ciegos La Purísima de Madrid y Sanatorio de Santa María del Naranco de Oviedo, siendo hermana sirviente en estos dos últimos destinos. Estuvo en Asturias cuando la revolución obrera y manifestó ya en aquel entonces, estando entre tiros y explosiones, no tener miedo a la muerte y sentirse pronta para lo que fuese necesario. Regresó al asilo de ciegos de Madrid, donde era muy solicitada, y de ahí se desplazaba a la cocina económica de la parroquia de San Pedro para preparar y servir comida a los parados que pasaban necesidad y hambre, realizando esta labor de comedor social desde octubre de 1934 hasta mayo de 1936.

Pero el 21 de julio de 1936, al igual que sucedió con las demás religiosas, fue expulsada entre calumnias, amenazas y gritos insultantes. Sus compañeras dieron este sencillo testimonio: “El día 21 de julio un grupo de milicianos armados nos acompañaron a Leganés en busca de refugio… Sor María Asunción iba dispuesta para el martirio y lo confesó públicamente, sin importarle las amenazas y burlas de los milicianos”. Buscó refugio en el Colegio de la Inmaculada de Leganés, junto a su prima sor Estefanía, y admitió, nuevamente, que no tenía miedo a la muerte ni al martirio, que sólo le impresionaban y temía las barbaridades que los milicianos hacían con las religiosas (esto es, las violaciones).

Prendimiento y primer refugio
Como decíamos, el 20 de julio de 1936 se presentó un grupo de milicianos ante la comunidad del Hospital de Leganés para echar y detener a las hermanas. La superiora, sor Leoncia Aoiz, pretendiendo evitar la profanación que los asaltantes iban a realizar, marchó a la capilla, abrió el sagrario y distribuyó la sagrada comunión entre las hermanas. Esto enfureció a dos milicianos, que le arrebataron el copón y tiraron las hostias por el suelo. “¡No hagan eso, que es Nuestro Señor!”, protestó la religiosa, a lo cual ellos replicaron: “Este señor ya no manda. Quienes mandamos aquí somos nosotros”. Pero sor Leoncia fue recogiendo las formas del suelo y repartiéndolas entre las hermanas, hasta consumirlas del todo. Luego las encerraron en la sala de la Comunidad, donde estuvieron cinco días. Lo mismo le había pasado a la otra comunidad, la que estaba en el Colegio de la Inmaculada. Pasados los cinco días de encierro, los captores juntaron a ambas comunidades en el colegio, donde las apresaron un día más: eran un total de 46 religiosas y apenas cabían en la sala donde las tenían encerradas.

Colegio de la Inmaculada de Leganés, Madrid (España). Sede de una de las dos comunidades perseguidas, donde estuvieron también prisioneras.

Colegio de la Inmaculada de Leganés, Madrid (España). Sede de una de las dos comunidades perseguidas, donde estuvieron también prisioneras.

El 26 de julio, al atardecer, las metieron a empujones en dos camionetas y las trasladaron al calabozo de la Dirección General de Seguridad, en Madrid. Las acompañaban varias antiguas alumnas, a las que sin embargo no permitieron comunicarse con las religiosas. Sometidas a largos interrogatorios y prisioneras durante dos días, sin permitirles tomar nada, las monjas se defendieron con respeto y valentía. A sor Adoración, como ya hemos dicho, sabedores de su valía humana y su experiencia pedagógica, le propusieron asumir la dirección de una expedición pedagógica para las escuelas laicas del Gobierno, pero a cambio debía abandonar sus hábitos y renunciar a su vida de cristiana consagrada. Su respuesta fue enérgica: era Hija de la Caridad y lo sería hasta la muerte.

Después de esto, fueron puestas en libertad bajo la obligación de informar dónde estaban refugiadas. Sor Leoncia Aoiz y sor Aurelia Armendáriz, superioras de las distintas comunidades, las aconsejaron marcharse con sus familiares todas las que pudieran hacerlo, y las demás, dispersarse en grupos de dos o tres para pasar más desapercibidas. Cerca de la prisión se hallaba la pensión de Petra Saldaña, que era hermana de sor Estefanía y prima de sor María Asunción. Allí, en la calle Arenal, 15, se refugiaron ocho religiosas, marchando las demás a otras pensiones de confianza, pues urgía esquivar el control de los milicianos.

En la pensión Saldaña, las refugiadas siguieron haciendo vida de comunidad: rezaban, ayudaban a la dueña cocinando, limpiando y cosiendo, y hasta daban clases a los niños de otras familias refugiadas. Antes del amanecer celebraban la Eucaristía con el padre Lumbreras, un misionero paúl refugiado también allí. En los frecuentes registros, se hacían pasar por familiares y amigas de la dueña. Pero lo que no sabían es que dos antiguas alumnas que las visitaban, fingiendo interés y afecto por ellas, que las habían ayudado tanto siendo niñas, eran ahora milicianas y realizaban tareas de inspección: al volver, recababan toda información obtenida sobre religiosas y sacerdotes. Bajo este espionaje permanecieron desde el 29 de julio hasta el 12 de agosto, momento del martirio.

Vista de la Puerta de Hierro de Madrid (España), inicio de la carretera de Aravaca. Lugar del martirio de las religiosas.

Vista de la Puerta de Hierro de Madrid (España), inicio de la carretera de Aravaca. Lugar del martirio de las religiosas.

Detención y martirio
El 12 de agosto de 1936, por la mañana, un grupo de milicianos de la FAI llegaron para hacer un registro. Delatadas por las dos antiguas alumnas que las visitaban, las religiosas cayeron fácilmente en manos de sus perseguidores y no tuvieron miedo en identificarse: “Sí, somos Hijas de la Caridad de Leganés…” Prometieron volver por la tarde y así lo hicieron, buscando al sacerdote que les celebraba la misa; pero entretanto el padre Lumbreras y dos religiosas se las habían arreglado para escapar a otra pensión. Quedaron las cinco que iban a ser martirizadas, porque no sabían a dónde huir. Cuando volvieron a por ellas, a las siete de la tarde, los milicianos montaron en cólera al ver que el sacerdote y dos de ellas habían huido, amedrentando a las que se habían quedado. Se marcharon de nuevo, dejándolas en estado de angustia y en continua oración. Finalmente, regresaron a las once menos cuarto de la noche, y esta vez se las llevaron con ellos.

Las subieron a dos coches, junto con doña Petra Saldaña, la dueña de la pensión, y su yerno Santiago. Con ellas estaba una anciana religiosa, sor Nieves, que estaba muy enferma, pero cuando vio lo que ocurría, suplicó: “Llévenme con ellas”. El jefe de los milicianos, despectivo, dijo: “Dejad a este vejestorio aquí, que se muera sola”. Y así, se las llevaron a las cinco por la carretera de Aravaca, hasta llegar a la Puerta de Hierro, en la entrada norte de Madrid. Allí las sacaron del coche y las pusieron junto a la cuneta, en el camino viejo de Aravaca. Irónicamente, aquellos milicianos, que las iban a asesinar, eran nada menos que antiguos alumnos del parvulario de Leganés que ellas habían dirigido. Bien pagado con mal. A pesar de ello, las religiosas rezaban en silencio y los perdonaban por lo que iban a hacer.

Santiago, que fue testigo ocular de los hechos, describe así el momento del martirio: “Enfrente del grupo de las hermanas, entre los dos coches, se pusieron los milicianos a deliberar en voz baja, cogidos de los hombros unos con otros (era la forma de tomar la decisión como tribunal popular). Habían tomado la decisión de matarlas. Nosotros, llenos de miedo y pavor, escuchamos la voz de sor Estefanía: “¡Matadnos ya, por amor a Dios, y no nos hagáis sufrir tanto!”. Era noche cerrada. A nosotros nos mandaron subir al coche con las luces apagadas. No había transcurrido más de medio minuto cuando oímos una descarga cerrada de veinte a treinta tiros de fusil de ametralladora. Transcurridos dos o tres minutos, se acercó un miliciano a la portezuela de nuestro coche y oímos otros cinco tiros en un intervalo de 15 segundos cada uno… se ve que era el tiro de gracia… Después nos trajeron a mi suegra y a mí a nuestra casa de Arenal, nº 15, pero por camino diferente al de la ida. El fusilamiento fue a las doce menos cuarto de la noche del 12 de agosto de 1936”.

Fosa común del cementerio de Aravaca (Madrid) que alberga los restos de las cinco mártires.

Fosa común del cementerio de Aravaca (Madrid) que alberga los restos de las cinco mártires.

Entierro y veneración
Los cadáveres quedaron abandonados en la cuneta toda la noche. A la mañana siguiente fueron recogidos por el enterrador, don Manuel Ceán Bustos, que les dio sepultura junto al cementerio de Aravaca, un lugar hoy cercado y protegido. Allí hay sepultadas hasta 800 personas asesinadas por su condición religiosa o militar. Las cinco mártires ocupan la tumba número 2, a la derecha, junto con varios sacerdotes y personas también fusiladas ese mismo día. Se ha colocado un frontal cerámico en esta tumba, que representa a la Medalla Milagrosa, para identificarlas bien.

El enterrador hizo constar que los cadáveres estaban acribillados por las balas y las identificó como religiosas gracias a sus rosarios, libros de oraciones, crucifijos y una medalla de la Milagrosa que llevaban consigo. Estas mártires, que fueron las primeras Hijas de la Caridad en ser asesinadas -únicamente por ser religiosas y por haberse negado a dejar de serlo, a pesar de habérseles ofrecido puestos como maestras y enfermeras laicas- han sido beatificadas, como hemos dicho al inicio, el pasado 13 de octubre de 2013, junto a otras tantas mártires de su misma Orden y de otras.

Meldelen

Bibliografía:
– INFANTE, sor Ángeles y DÍEZ, sor Lucrecia, “Un diamante de treinta caras. Hijas de la Caridad mártires de la Fe”. Colección Testigos de la Fe. Ed. La Milagrosa, Madrid 2012, pp. 21-52.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la Guerra Civil española”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Nuevos beatos mártires onubenses

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Fotografíadel Beato Pedro María Velasco Narbona, carmelita mártir.

Fotografíadel Beato Pedro María Velasco Narbona, carmelita mártir.

En la magna ceremonia celebrada en Tarragona el pasado 13 de octubre, fueron beatificados tres onubenses: dos frailes carmelitas de la Antigua Observancia y una religiosa Hija de la Caridad. De esta última, la Beata Dolores Barroso Villaseñor, va a escribir nuestra compañera Ana María mañana, por lo que hoy quiero escribir sobre los dos primeros, uno de Encinasola y el otro de Minas de Río Tinto. Nuestra diócesis suma de esta manera, tres intercesores más en el cielo a fin de que nos ayuden a difundir el mensaje del Maestro en esta mi querida provincia.

Beato Pedro María Velasco Narbona, carmelita
Fray Pedro Velasco Narbona nació en Minas de Riotinto, famoso pueblo minero de la provincia de Huelva, el día 12 de octubre de 1892, hijo de Don Francisco Velasco Gallardo y de Doña Santos Narbona García. Fue bautizado en la parroquia de Santa Bárbara de Minas de Riotinto, el día 28 de octubre de 1892. El día 11 de febrero de 1904 recibió el sacramento de la confirmación en la Parroquia de la Purísima Concepción de Alameda, diócesis de Sevilla y provincia de Málaga de manos del Beato Cardenal D. Marcelo Espínola y Maestre, Arzobispo de Sevilla (hoy Beato).

La madre de Fray Pedro María Velasco procedía de una familia de abolengo venida a menos, a la que llamaban “La Santita” por sus virtudes y por su nombre de pila, María de los Santos. Los primeros años los pasó en Riotinto, pero más tarde la familia se trasladó a Sevilla al abrigo de los familiares de su madre. Vivió después en Alameda (Málaga), de donde eran oriundos sus padres, trabajando como zapatero. Era de bondad natural, muy humilde, entró ya mayor en el convento, muy obediente, trabajador y sencillo.

Al morir su padre, la madre se trasladó con sus hijos a Málaga donde estuvieron unos años, marchándose después a Antequera pues Pedro fue solicitado como oficial zapatero. Después de la muerte de su madre y de sus hermanos, entró en contacto con los Carmelitas, surgiendo su vocación al Carmelo. Solicitó el ingreso en la Orden en calidad de postulante en 1933, residiendo durante los años 1934-1935 en la comunidad de Osuna (Sevilla) con los padres carmelitas; su estancia entre ellos le entusiasmó.

Comunidad carmelita de Osuna. El Beato Pedro Velasco, de postulante y seglar, está a la derecha según se mira la foto.

Comunidad carmelita de Osuna. El Beato Pedro Velasco, de postulante y seglar, está a la derecha según se mira la foto.

En julio de 1936 formaba parte de la comunidad de Hinojosa del Duque (Córdoba), continuando su tiempo de postulantado, sorprendiéndole allí la guerra. Sabedor del ambiente antirreligioso existente, y sabiendo que a todos los religiosos les rondaba la muerte, estaba dispuesto a hacer la voluntad de Dios, y aun cuando podía haber marchado a su casa, como postulante que era, quiso quedarse en el convento.

Durante el asalto al convento del 14 de agosto de 1936, se encontraba allí junto con Fray Antonio María Martín Povea, que era el portero. Ambos afrontaron la situación con valentía e incluso, como aquel día en la Orden era de abstinencia (vísperas de la Asunción de la Virgen), lo pasó de ayuno para así prepararse para el martirio, junto con Fr. Antonio María Martín Povea. Al pasar por el corredor alto del convento donde tenían a Fray Antonio Martín, tras matar a éste, le dieron un tiro a Fray Pedro y murió allí mismo junto a la puerta del coro el 14 de agosto de 1936.

Beato José María Mateos Carballido, carmelita
El P. José María Mateos Carballido nació en la villa de Encinasola (Huelva), en la calle Corchuela, el día 19 de marzo de 1902, siendo hijo de Don Manuel Mateos Rodríguez y de Doña Trinidad Carballido Brioso. Fue bautizado el día 29 de marzo de 1902 en la parroquia de Encinasola por su tío sacerdote el padre José María Mateos Rodríguez, recibiendo el nombre de Francisco.

Fotografía del Beato José María Mateos Carballido.

Fotografía del Beato José María Mateos Carballido.

La familia se trasladó a Jerez de la Frontera (Cádiz) de donde era natural su padre y allí realizó sus primeros estudios, siendo alumno del Colegio San José de los Hermanos de la Salle. Fue acólito durante tres años de la iglesia de S. Ignacio de los padres jesuitas de Jerez, y según testimonio de su madre, era muy alabado por todos, especialmente por el Hermano Ceferino. Recibió el Sacramento de la Confirmación el día 8 de junio de 1908 de manos del Arzobispo de Sevilla, Dr. Enrique Almaraz y Santos, en la iglesia citada de los padres jesuitas, que era de la feligresía de la parroquia de los Cuatro Evangelistas (San Marcos).

Aun cuando se le ofreció la oportunidad de obtener una beca para ir al Seminario diocesano de la diócesis de Sevilla, no aceptó porque decía que quería ser carmelita. A los doce años, el día de Nuestra Señora de la Merced, 24 de septiembre, patrona de Jerez de la Frontera, marchó al Seminario Carmelita de Hinojosa del Duque (Córdoba), llevado por el Padre Juan Ruiz, carmelita, el cual pocos meses después decía a su madre: “¿Dónde ha educado usted a este niño, que después de un tiempo no ha habido que reñirle ni llamarle la atención?”, y la madre le respondió que a ninguno, sino que se había educado en su casa.

A la edad de diecisiete años tomó el hábito carmelita, el día 5 de julio de 1919 en el convento de Jerez de la Frontera, cambiando su nombre de pila por el de José y en el mismo convento emitió su profesión de votos temporales el día 24 de agosto de 1920. El día 4 de febrero de 1924 hizo su profesión perpetua en el convento de Hinojosa del Duque (Córdoba). Recibió el presbiterado, previa la dispensa de edad, el 19 de diciembre de 1925 de manos del obispo de Córdoba, Don Adolfo Pérez Muñoz. Le fueron confiadas responsabilidades en la Orden que desempeñó con fidelidad: prefecto de teólogos, lector de teología y secretario del colegio de Hinojosa, examinador sinodal y profesor de teología en el convento de Hinojosa.

Cuando en 1934 se fundó el convento de Montoro, fue destinado al mismo como miembro de la nueva comunidad y con el cargo de Vicario prior de dicho convento. En el Capítulo provincial celebrado en Hinojosa del Duque (Córdoba) en 1935, se le nombró prior del mismo convento. Allí fue un celoso apóstol y director espiritual, inculcando la oración y la devoción a la santísima Virgen del Carmen, gozando de muy buena fama por su virtud y celo para la educación religiosa de los fieles de Montoro, de los cuales era muy estimado.

Colegio carmelita de Montoro. El beato José Mateos está en un círculo.

Colegio carmelita de Montoro. El beato José Mateos está en un círculo.

En el Colegio que dirigían los padres carmelitas en Montoro educó con prudencia a los jóvenes. Hacía muchas obras buenas en secreto, muy trabajador con los chicos, educándolos religiosamente, de mucha entereza y capacidad y al mismo tiempo, muy humilde. En los cargos que ocupó de Director de Hinojosa y después Superior en Montoro, se dio de lleno a su obligación, dedicándose a la dirección de almas y despertando y educando vocaciones religiosas. Era un gran predicador. Nunca se le veía enfadado, ni triste, era por el contrario muy jovial simpático y al mismo tiempo, mortificado y desprendido. Sumiso a cuanto mandasen sus superiores, practicaba las virtudes de modo sencillo. Era hombre de oración y fervoroso.

La nota más bella de su espiritualidad era la de unir el espíritu de sacrificio y fortaleza a su vida contemplativa. Favoreció a los pobres, procurando que nadie se enterará. Fundó un ropero para el reparto de ropas a los necesitados y tenía un colegio para los niños pobres, igualmente repartía ropas y alimentos a los enfermos y necesitados. Muy trabajador, organizó muy bien el colegio.

Al iniciarse la persecución religiosa en Montoro, reunió como Prior del convento a los religiosos y les dio libertad para salir, huir o salvarse. Dos de ellos salieron y se refugiaron fuera del convento, los restantes: P. Eliseo María Durán Cintas, Fray Jaime María Carretero Rojas y Fray Ramón María Pérez Sousa, se quedaron con él diciendo que lo que fuera de su Prior sería de ellos.

Comunidad de Montoro en 1935. El beato José Mateos está en un círculo.

Comunidad de Montoro en 1935. El beato José Mateos está en un círculo.

La noche del 19 al 20 de julio de 1936 fue la última noche que la comunidad pasó en el convento. A las 11 de la mañana del día 20 de julio se presentaron en el convento un grupo de milicianos. Los religiosos se encontraban en la capilla y allí fueron detenidos, fueron llevados a la cárcel y por la calle iban mofándose de ellos. La cárcel era la antigua sacristía de la parroquia del Carmen, convertida en cárcel del pueblo. La actitud del P. José María Mateos en la cárcel fue ejemplar y serena. Oía en confesión a los detenidos, junto con el P. Eliseo María Durán, dirigía el rezo de santo rosario y daban la comida a los presos.

A primeras horas de la tarde del día 22 de julio de 1936 llegó un grupo de milicianos a la cárcel, pidiendo que soltaran a los presos comunes, pues los demás estaban condenados a muerte. El P. José María Mateos quedó, junto con los otros religiosos y demás presos, en la sala que llamaban de audiencias, animándoles y atendiéndolos espiritualmente. Antes de morir dijo a los que iban a matarlo: “Venga vuestra ira sobre nosotros (refiriéndose a los religiosos) y dejad a los demás que son padres de familia”. Uno de ellos disparó sobre él, matándolo.

El Papa Benedicto XVI aprobó el Decreto de Martirio del P. Carmelo María Moyano Linares, y 9 Compañeros O. Carm., el 1 de julio de 2010 y la Beatificación se celebró en Tarragona el 13 de octubre de 2013 en unión de otro grupo grande de Mártires españoles del siglo XX.

Antonio Barrero

Bibliografía:
Positio super Martyrio: Cordubensis Beatificationis seu declarationis martyrii Servorum Dei Carmeli Mª Moyano et IX Sociorum ex Ordine Carmelitarum in odium fidei, uti fertur, interfectorum (+1936), Roma 1996 y aprobada por la Congregación para la Causas de los Santos en Roma el 9 de febrero de 1997.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santa Rebeca y sus cinco hijos, mártires en Egipto

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Icono ortodoxo copto de los Santos.

Icono ortodoxo copto de los Santos.

Hoy me dispongo a hablar de unos mártires a los que conocía de hace bastantes años, pero que hasta el momento no había tenido ocasión de abordar. Se trata de una familia egipcia que murió durante la persecución de Diocleciano y que, actualmente, son venerados únicamente por la Iglesia Copta, aunque por cronología son Santos propios del resto de Iglesias cristianas. Se trata de una madre, Rebeca (llamada en árabe Refka, Refqa o Rifqah) y sus cinco hijos, cuatro varones adultos -de más edad a menos, Agatón (Agatho), Pedro (Botros), Juan (Youanna) y Amón (Amun)- y una niña de pocos años, Amona (Amuna), que fueron martirizados con ella.

Una familia cristiana egipcia
La tradición dice que vivían en la zona del Alto Egipto, en Qamola, un distrito de Qus, en Luxor. Rebeca había enviudado muy joven, cuando todos sus hijos eran todavía niños. A pesar de que sus vecinos le recomendaban que se casase de nuevo para poder dar a sus hijos un padre, ella no quiso y los crió sola, fortaleciéndoles en la fe cristiana y educándolos con ejemplos de buenas obras. Cuando supo del edicto promulgado por Diocleciano en el año 303, dando inicio a la destrucción de iglesias, quema de libros sagrados y castigo de los cristianos, intuyó que muy pronto su familia se iba a ver en problemas y trató de fortalecer a sus hijos, dándoles coraje y perseverancia en la fe y advirtiéndoles de que se podían encontrar con tormentos y que debían padecerlos con valentía. Para esto, Rebeca les daba ejemplos de otros mártires que habían sufrido valientemente a causa de su amor por Jesucristo.

Sigue diciendo el relato que, estando la familia recogida en oración, el Señor se les apareció rodeado de ángeles y los confortó, prometiéndoles la corona del martirio si perseveraban en la fe. Les anunció que serían martirizados en Shoubra (también llamada Subrah o Sabrah, ciudad cercana a Alejandría) y que sus cuerpos serían llevados a Nakraha, en la provincia de El-Behairah (también llamada Al-Buhayrah o Bahira, que es parte de la actual ciudad de Damanhur). Luego, desapareció después de decirles: “Yo estaré con vosotros hasta que triunféis en vuestro combate, para que llevéis testimonio de mí ante los hombres”. Ante esta visión ellos se regocijaron y se sintieron más fuertes, aunque desmerecedores del premio prometido. Inmediatamente distribuyeron todos sus bienes y posesiones entre los pobres, para ir al martirio desprovistos de todo y que el gobernador no pudiera incautarse su patrimonio, como de hecho sucedía.

Cuadro de los Santos en el monasterio de <a href=

San Menas, Mariut (Egipto). Amona está en brazos de su madre, Rebeca.” width=”300″ height=”663″ class=”size-medium wp-image-30955″ /> Cuadro de los Santos en el monasterio de San Menas, Mariut (Egipto). Amona está en brazos de su madre, Rebeca.

Un largo y lento martirio
El hijo mayor de Rebeca, Agatón, era un hombre muy estimado y querido por todos en la ciudad. Por eso, cuando la familia entera marchó a Qus, se presentó ante el gobernador -un hombre llamado Dionisio- y confesó su fe, fue un hecho que conmocionó a toda la ciudad. El gobernador mandó que los torturaran a todos –azotándolos, quemándolos, arrastrándolos e incluso aplastándolos– para hacerlos cumplir el edicto, empezando por Rebeca, que soportó las torturas con paciencia y alegría, y más tuvo que soportar, cuando sus hijos fueron siendo torturados, uno por uno, ante sus ojos, incluida la pequeña Amona, que no tenía más de siete años. Como ellos rechazaron someterse al edicto, el gobernador, temiendo una revuelta en la ciudad -dado que eran una familia conocida y apreciada por sus buenas obras y, porque a causa de que soportaban con gran fortaleza las torturas, arrastraban con su ejemplo a muchos otros, que confesaban su fe y aceptaban también el martirio- decidió endosarle el problema a otro, enviándolos a Alejandría, a la autoridad del gobernador Armenio, que precisamente estaba ausente de la capital y los recibió en Shoubra, tal cual les había anunciado Cristo.

Allí, el gobernador fue todavía más cruel en las torturas que les aplicó, cortando sus cuerpos y rociando sus heridas con sal y vinagre, quemándolos con aceite hirviendo, dislocándoles los huesos en ruedas, arrancándoles los dientes e incluso crucificándolos cabeza abajo. De todas estas torturas salían victoriosos y fortalecidos -la tradición dice que, en dos ocasiones que estuvieron a punto de morir en su celda por causa de las torturas, se les aparecía San Miguel Arcángel y los curaba-, para vergüenza de Armenio y asombro del público espectador, que proclamaba la grandeza del Dios cristiano y merecieron también ser ejecutados por orden de Armenio. Finalmente, viendo que no conseguía nada, el gobernador mandó decapitarlos. La noche anterior, los mártires, esperando en su celda, oyeron una voz celestial que les decía: “Habéis llegado al final del combate, aquí os espero con guirnaldas de vida eterna para vosotros”. El último suplicio fue el del caldero de aceite hirviendo, después de esto, fueron decapitados y el gobernador dio orden al verdugo de que arrojara sus cuerpos al mar, pero un hombre rico -avisado por un ángel, se dice- valiéndose de su influencia y sobornando a los soldados que transportaban los cadáveres en un bote, logró que le fueran entregados y los colocó en la iglesia de San Menas de Shahid, mientras oía una voz sobrenatural diciendo: “Ésta es la morada de los justos”. Allí quedaron hasta el fin de la persecución, realizándose algunos milagros y curaciones a través de la veneración de estas reliquias.

Veneración
Pasado el peligro, se dio a conocer a los mártires y sus cuerpos fueron trasladados a la ciudad de Sonbat (conocida también como Samnutyah, Senbmoutih o Snabit, por el gobernador romano Snabit), en la provincia occidental de Zifta, donde hasta hoy permanece una iglesia consagrada a su nombre, “El-Sitt Refka”, que en árabe significa “Los cinco y su madre, Rebeca”. Se dice que las reliquias de los mártires no están colocadas en los cilindros de madera propios de la cultura cristiana copta, sino que se conservan en los ataúdes tradicionales, para que todos puedan contemplarlos. Sin embargo, las fotografías que he conseguido de las reliquias sí que las muestran dentro de cilindros. Quizá es que tan sólo sean una parte de las mismas.

Vista de las reliquias de los Santos, en un cilindro bajo el altar a mano derecha. Iglesia de San Miguel, Bakmola (Egipto).

Vista de las reliquias de los Santos, en un cilindro bajo el altar a mano derecha. Iglesia de San Miguel, Bakmola (Egipto).

El Sinaxario Alejandrino conmemora a estos santos mártires el día 7 de Thout (tut), que equivale en nuestro calendario al 4 de septiembre. Se cree, pues, que éste fue el día de su muerte. No se conoce ninguna otra noticia al respecto, por lo que no se puede precisar nada con certeza acerca de la autenticidad o la fiabilidad de esta información. Sin embargo, sí es cierto que, salvando los pequeños detalles edificantes, como las apariciones sobrenaturales o las curaciones milagrosas, así como la acumulación exagerada de todas esas torturas -¿es posible que un ser humano pueda soportar tanto sin claudicar o morir?-; es de justicia decir que el relato es perfectamente creíble y que es posible que estemos ante unos mártires históricos, cuyo relato ha sido piadosamente adornado para edificación de la comunidad cristiana copta. Las reliquias se siguen venerando actualmente en la zona natal de los Santos en Egipto y nadie cuestiona su autenticidad.

En la iconografía, por lo demás poco desarrollada, los Santos aparecen representados como una mujer de cierta edad -la madre, Rebeca- cuatro jóvenes adultos -los cuatro hijos mayores- y una niña pequeña, Santa Amona. A menudo les acompaña en la iconografía una especie de sacerdote u obispo copto, que, a juzgar por lo visto en la película, debe ser o el padre Abano, o el padre Menuhi, o el padre Galo de Shinwada. Estos tres sacerdotes son mencionados en la película como que sufrieron martirio antes o al mismo tiempo que ellos, aunque no he encontrado referencias en los textos.

Mural copto de los Santos en una iglesia de Egipto.

Mural copto de los Santos en una iglesia de Egipto.

Y sí, ahora cierro el artículo dejándoos la película que la Iglesia Copta ha realizado para dar a conocer a estos mártires. Confieso sin ambages que es mi favorita: la más emotiva y la que más muestra que los mártires son personas humanas, mortales como cualquier hijo de vecino que, ante la adversidad, y sin dejar de sufrir miedos o temores, puede fortalecerse y llenarse de valor para enfrentar su propia destrucción; y eso sin escatimar en todos los elementos milagrosos y edificantes mencionados en el relato. Mención especial la merece, por mi parte, la actriz que interpreta a Santa Rebeca, cuya actuación me parece sobresaliente.

Primera Parte:

Segunda Parte:

Meldelen

Enlaces consultados (10/12/2013):
http://www.copticchurch.net/synaxarium/1_7.html#2
http://www.coptictamgeed.com/B-STREBECCA-E.htm
http://www.kenametro.com/metro/saints/stdimiana.html

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Odoardo Focherini, periodista italiano mártir

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Fotografía del Beato.

Fotografía del Beato.

Nació en Carpi, localidad muy cercana a Módena, el día 6 de junio del año 1907, en el seno de una familia proveniente de Trento. Su padre, llamado Tobías, tuvo a Odoardo y a dos hijos más con Maria Bertacchini y habiendo quedado viudo, se casó de nuevo con Teresa Merighi, con la que tuvo otra hija y que fue la verdadera madre de Odoardo. El ambiente de su casa era muy piadoso y desde muy joven se involucró en diversas asociaciones de su diócesis. Asistió a la escuela primaria y se inscribió en unas escuelas técnicas. Con otros chavales de su edad participaba en las actividades del oratorio de su pueblo, donde se encontró con don Armando Benatti, que era un verdadero apóstol de la juventud. Él fue quien lo puso en contacto con su amigo Zeno Saltini.

En el año 1924, con sólo diecisiete años de edad, fundó el “Aspirante” en colaboración con Zeno Saltini, antes de que éste se ordenase de sacerdote y fundara “Nomadelfia”, que era una comunidad de católicos practicantes que trataban de vivir conforme al estilo de vida de la primitiva comunidad cristiana, tal y como nos lo narran los Hechos de los Apóstoles. El “Aspirante” fue la primera publicación católica dedicada especialmente a los niños italianos y que gracias a la Pía Sociedad de San Pablo se convertiría más adelante en una publicación de tirada nacional. En ella publicó sus primeros artículos.

Desde el año 1925 escribió también en el “Cuore di giovane” y en “L’Operaio Católico” y en el 1927 se convirtió en el corresponsal local del diario boloñés “L’Avvenire d’Italia” y del “Osservatore Romano”. En 1928 entró en la diocesana Acción Católica de Carpi, llegando a ser presidente de la Federación juvenil masculina y dos años más tarde, presidente del comité diocesano. Entre los años 1930 y 1942 fue el cronista de los eventos diocesanos más importantes, como los Congresos Eucarísticos, que tanto influyeron en la vida religiosa y social de toda la región.

El 9 de junio de 1930 contrajo matrimonio con Maria Marchesi, con la que tuvo siete hijos nacidos entre los años 1931 y 1943 y con la que compartía su apostolado en la Acción Católica. El 1 de enero de 1934 fue contratado en Verona por una Compañía de Seguros, siendo inspector de la misma en Módena, Bolonia, Verona y Pordenone. El tiempo que le quedaba libre lo dedicaba a sus actividades apostólicas, dando conferencias, organizando una asociación ciclista, etc. En 1937 el Papa le concedió la cruz de Caballero de San Silvestre y en 1939 fue nombrado consejero delegado de “L’Avvenire d’Italia”, un periódico que tenía su sede en Bolonia.

Foto con tres de sus hijos, en Mirandola en 1935.

Foto con tres de sus hijos, en Mirandola en 1935.

En el año 1942 comenzó a trabajar a favor de los judíos, cosa que intensificó posteriormente a partir del 8 de septiembre del año 1943. El cardenal Pietro Boetto, arzobispo de Génova, que trabajaba en estrecha colaboración con la agencia judía Delasem brindando asistencia a los refugiados, se puso en contacto con el director de “L’Avvenire d’Italia”, Raimondo Manzini, a fin de ayudar a algunos judíos polacos que llegaban a Génova en un tren de heridos fletado por la Cruz Roja Internacional. Manzini encomendó esta tarea a Odoardo Focherini iniciándose entonces su actividad a favor de los judíos. Cuando los alemanes ocuparon Italia, el compromiso de Focherini con los judíos se hizo más intenso, pero también más arriesgado: contactó con personas de confianza que le ayudaban a conseguir documentos de identidad en blanco, que él rellenaba con información falsa, para hacer pasar de manera ilegal a Suiza a estas personas perseguidas. Llegó a tejer una tupida red de personas que le ayudaban en este trabajo, entre ellos el párroco de San Martino Spino.

Cuando su esposa se percató de esta actividad, él le dijo: “Nosotros tenemos una casa y pan y ellos no tienen nada”, y con sólo estas palabras, su esposa Maria dio su consentimiento a las actividades que realizaba su esposo, aun a sabiendas del riesgo al que se exponía toda la familia. En unos pocos meses les salvó la vida a más de cien personas de origen judío.

Aunque realizaba su labor de manera muy cautelosa, los nazis recibieron información sobre lo que él estaba haciendo y el 11 de marzo del 1944 fue detenido en el hospital de Carpi por el gerente del Fascio (fascista) de la ciudad, mientras organizaba la fuga de Enrico Donati, el último judío que logró escapar. Fue conducido a la jefatura de policía de Modena y de allí, fue enviado a la prisión de San Giovanni in Monte en Bolonia. Desde la prisión pudo contactar con un amigo suyo periodista llamado Humberto Sacchetti y a través de él, con su familia que estaba en Mirandola y con sus padres, que estaban en Carpi.

Fue interrogado una sola vez por la SS y, sin hacerle ningún tipo de juicio y acusado de ser amigo de los judíos, el 5 de julio fue trasladado al campo de concentración de Fossoli (Carpi) y el 5 de agosto, al de Gries, en Bolzano y de allí, el 7 de septiembre fue deportado a Alemania y encerrado en el campo de concentración de Flossenbürg y con posterioridad en el de Hersbruck, cercano a Nuremberg. Allí murió en la enfermería el 27 de diciembre de ese mismo año, a consecuencia de una septicemia, adquirida por la infección de una herida en una pierna que no recibió tratamiento alguno. Tenía treinta y siete años de edad. Su cuerpo fue incinerado en un horno crematorio. Sus familiares se enteraron de su muerte a principios de junio del año siguiente, a través de un sacerdote que había estado internado en el mismo campo de exterminio.

Relicario de su beatificación (su anillo de bodas).

Relicario de su beatificación (su anillo de bodas).

“Si tú hubieras visto como yo he visto en esta prisión cómo maltratan a los judíos, solo te arrepentirías de no haber podido salvar a más personas”. Esto le dijo el beato a su cuñado Bruno Marchesi, hermano de su esposa, cuando en la prisión de Bolonia le preguntó si tenía dudas respecto al trabajo realizado a favor de los judíos.

De los nueve meses que estuvo en prisión y en campos de concentración nos quedan 166 cartas y tarjetas, que hizo llegar a su esposa, a sus padres y a su amigo Sacchetti, tanto de manera oficial como clandestinamente. Éstas no fueron las únicas cartas que él escribió, ya que su esposa, por razones de seguridad, destruía algunas apenas las había leído. Estas cartas fueron publicadas en el año 1994. Quiero señalar solo algunos párrafos, que me parecen de una sencillez y de una ternura encomiables: “Queridísima Maria, no puedo decirte nada nuevo sobre mi y aunque no sé explicarme esta vil espera, pienso en posibles indagaciones que serán favorables para demostrar mi inocencia, ya que no he hecho nada malo. Aquí, las condiciones generales desaconsejan tu venida, que se vería agravada pues tendrías que traerte a la pequeñina y dejar a los otros seis niños solos. Espero que nos veamos pronto en casa. Muchos besos y abrazos a todos”.

A sus hijos les escribió el 15 de agosto: “Queridísimos hijos: como veis esta carta mía es entera para vosotros y está escrita de tal manera que tenéis que adivinar desde donde os la escribo. Cuando vuelva, habrá un premio para quién lo haya adivinado. Sobre todo os digo que estoy muy bien de salud en esta bella ciudad de origen romano, rodeada de muchos montes llenos de color, de bosques y de prados. ¿Cual será el premio? Llevaré un saco grande lleno de curiosidades y se entiende que Carla, Gianna y Paola tendrán también premio aunque no lo hayan adivinado. Muchos besos a todos”.

Estampa del Beato, creada y usada con motivo de su beatificación.

Estampa del Beato, creada y usada con motivo de su beatificación.

Son varios los reconocimientos o premios dedicados a la memoria de Odoardo Focherini, entre estas, la Medalla de Oro al Mérito Civil de la República Italiana, que el presidente Giorgio Napolitano entregó en el año 2007 a la hija mayor, Olga. Fue inscrito en el libro de los “Justos entre las Naciones” en el Yad Vashem de Jerusalén, por el gobierno israelí en el 1969; este título es el más alto honor que concede el Estado de Israel a una persona no judía. También en el año 1955 la Comunidad judía de Milán le concedió su Medalla de Oro.

El proceso de beatificación se inició en la diócesis de Carpi el 12 de febrero del año 1996. El 4 de abril del año pasado, el obispo de Carpi anunció la finalización del proceso y el siguiente decreto de beatificación, que sería firmado por el Papa Benedicto XVI el día 10 de mayo. Su beatificación se realizó el pasado 15 de junio en la plaza de los Mártires de Carpi, siendo presidida la ceremonia por el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el cardenal Angelo Amato. A esta ceremonia asistieron algunos de sus hijos, nietos y biznietos e incluso algunos supervivientes del campo de Flossenburg. La reliquia llevada al altar inmediatamente después de ser beatificado fue su anillo de boda, el que él recibió de su esposa en el año 1930 y que fue sacado clandestinamente de la cárcel y entregado a su mujer cuando fue arrestado. Fue donado por Luca Semellini, nieto del beato y poseedor de este recuerdo de su abuelo.

Su nieto, Francesco Manicardi, nos dice: “Olga, que era su hija mayor, tenía trece años cuando su padre fue asesinado. Lo recuerda como un padre amoroso que jugaba con sus hijos. También era un marido cariñoso que compartía con su mujer la preocupación por transmitir los valores cristianos, ya que ambos eran de la Acción Católica, y los valores civiles, como demostró cuando tuvo la oportunidad de ayudar a los judíos perseguidos”.

El postulador de la Causa de beatificación, padre Giovangiuseppe Califano, dice: “Odoardo Focherini es un ejemplo de fe pura, ardiente y luminosa. En sus últimas palabras, según recuerdan los que fueron testigos de su muerte, dijo que ofrecía su vida por la Iglesia, el por Papa, por la fe y su familia”. El Papa Francisco lo ha definido como “un testimonio ejemplar del evangelio”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– PONTIROLI, C., “Bibliotheca sanctorum, Apéndice II”, Città N. Editrice, Roma, 2000.

Web del Beato (consultada 15/11/2013):
http://www.odoardofocherini.it/

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