Heresiología (VII): apolinarismo y donatismo

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Icono ortodoxo griego San Basilio el Grande.

Icono ortodoxo griego San Basilio el Grande.

Apolinarismo
Herejía cristológica que negaba la naturaleza humana de Cristo. Hemos de buscar su origen a través de las controversias arrianas y semiarrianas, que se fueron prolongando en la Iglesia a través del s.IV. Los arrianos no negaban solamente la divinidad de Cristo, sino que mutilaban también su misma humanidad, negando que tuviera un alma humana y haciendo que el Verbo asumiera solamente un cuerpo sin alma. Atribuían, pues, las manifestaciones de la vida del alma en Cristo al mismo Verbo, presentándole de esa manera como algo mudable y creado. Los católicos no se preocuparon al principio de esta modalidad del error, pero cuando al fin se le quiso combatir en serio, ya en tiempos del sínodo de Alejandría (362) reunido por S. Atanasio y luego por las condenaciones del papa S. Dámaso (377), se vio que no eran solamente los arrianos los que sostenían tales sentencias, sino más en concreto el obispo Apolinar de Laodicea, en Siria (m.ca. 390).

Era Apolinar un hombre de ingenio, erudito y teólogo versátil; amigo de S. Atanasio y ferviente defensor del credo niceno contra los arrianos. Se había distinguido por sus escritos contra paganos y maniqueos. Poco se conserva de sus escritos, fuera de algunos pasos falsamente atribuidos a escritores ortodoxos. Se han perdido sus numerosos Comentarios del Antiguo y Nuevo Testamento, sus Obras apologéticas contra Porfirio (30 libros) y otras de carácter dogmático y polémico contra Orígenes y otros diversos autores. Se conservan: Paráfrasis de los Salmos en hexámetros (ed. A. Ludwich, 1912), la Profesión de fe (entre las obras de S. Gregorio Taumaturgo) y otras presentadas al emperador Joviano como obra de S. Atanasio, así como tres escritos bajo el nombre del papa Julio l: De unione corporis et divinitatis in Christo, De Fide et incarnatione y la Carta al presbítero Dionisio. Su principal obra dogmática, Demostratio incarnationis divinae, puede rehacerse en gran parte a base de los pasajes recopilados por S. Gregorio de Nisa en su obra Antirrheticus (PG 45).

En un afán de conciliar a católicos con arrianos, expuso la idea de la unión de las dos naturalezas, humana y divina, en Cristo de manera extravagante y peligrosa. Queriendo conciliar en Cristo la debilidad humana con la majestad divina y pretendiendo formular filosóficamente el concepto de S. Atanasio de que «Dios se hace hombre para divinizarnos», adopta la tricotomía de Platón, que distingue en el hombre: el cuerpo (soma), el alma sensitiva o animal (psiié) y el alma pensante, intelectiva o espiritual (nous o pneuma), y con ella enseña que el Verbo divino asume de la naturaleza humana solamente el cuerpo con el alma sensitiva, haciendo en el mismo las veces del alma intelectiva. Según él, dos naturalezas perfectas y completas, la humana y la divina, no podían formar un solo supósito personal. De donde, para no mutilar a la naturaleza divina, había de ser mutilada la humana, despojándola de su alma espiritual, para realizarse con ello, una perfecta unión con la primera. De repudiarse esta explicación, afirmaba, era imposible salvar la impecabilidad del mismo Cristo, ya que donde hay un hombre completo allí debe de existir el pecado, concretamente en la voluntad, en el espíritu humano, que es necesario descartar por ello mismo del Redentor. En confirmación de su doctrina recurría al vers. 1, 14 del evangelio de S. Juan («y el Verbo se hizo carne»), en un sentido estricto, en vez de extender su significado a la entera naturaleza humana. Como, de otro lado, para Apolinar la naturaleza se identificaba con la persona, de donde dos naturalezas suponían necesariamente dos personas, de aquí que al principio apareciera como ortodoxo que enseñaba la unicidad de la persona en Cristo.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio de Nisa.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio de Nisa.

En toda esta demostración y con la idea de salvar la divinidad de Cristo contra los arrianos, Apolinar seguía únicamente el sentido literal de la Sagrada Escritura, sin querer saber nada de alegorías. Es cierto que por entonces era difícil distinguir bien estos dos sentidos, así como el significado concreto de las nuevas acepciones que entonces se iban acuñando, como las de persona, supuesto, naturaleza, hipóstasis, etc. El error era, con todo, pernicioso, pues echaba abajo todo el sentido de la humanidad en Cristo, pero los apolinaristas se mostraron tenaces desde el principio, distinguiéndose tanto por su audacia como por la propaganda de sus falsos escritos.

Oposición y condena del apolinarismo
Tal era la doctrina de Apolinar, antitético en cierto modo de la escuela antioquena y del arrianismo y punto de partida de herejías posteriores, como la del monofisismo. Al negar la naturaleza humana completa en Cristo, le negaba al mismo tiempo su propio sentido de hombre, con lo que echaba por tierra la base de todo merecimiento y con ello de toda redención. Por entonces la Iglesia contaba ya con una pléyade de Padres y de teólogos, que pronto se dieron cuenta del peligro. San Atanasio y San Basilio, y más directamente San Gregorio de Nisa, salieron en defensa de la verdad. En contraofensiva, los herejes quisieron atraerse al papa San Dámaso quien, informado debidamente, lanzó el anatema contra ellos en los sínodos romanos de los años 374 y 377. Por su consejo, el emperador Teodosio los condenó al destierro (388), sin que ello sirviera para amedrentarlos, extendiéndose cada vez más la herejía, irónicamente como en el caso de los arrianos. El mismo Apolinar, ayudado por uno de sus más fieles seguidores, el obispo Vitalis, constituyó en Antioquía una comunidad apolinarista, dotándola de jerarquía propia. Por medio de folletos, de sermones y de cánticos populares fueron dando a conocer sus ideas por diversas regiones.

La Iglesia intervino directamente cuando se preparaba el Segundo Concilio ecuménico, que había de celebrarse en Constantinopla en el año 381. En anteriores definiciones eclesiásticas se había establecido la divinidad del Logos, y frente a arrianos y apolinaristas la completa e íntegra humanidad de Cristo. Ahora se trataba de precisar con más claridad las relaciones entre ambas naturalezas, la divina y la humana. Los contemporáneos de Apolinar habían usado a este propósito términos más o menos ambiguos, que daban lugar a no pocos malentendidos. Quedaba pendiente asimismo la doctrina acerca del Espíritu Santo, desfigurada por Macedonio, y la clarificación definitiva de la doctrina trinitaria contra las diversas manifestaciones del arrianismo y del semiarrianismo. A petición, pues, del papa S. Dámaso, el emperador Teodosio intimó la celebración de un nuevo concilio universal. Lo integraron 150 obispos ortodoxos y otros 36 macedonianos. En las altas esferas no era mucha la fuerza de la herejía, si bien tuviera más tarde consecuencias más considerables. La presidencia la tuvieron, primero, Melecio de Antioquía, y al morir éste durante el concilio, S. Gregorio Nacianceno, quien se retiró pronto para dejar paso a Nectario que presidió hasta el final del sínodo. Muy pronto, ante el predominio de los ortodoxos, se fueron marchando los macedonianos, por lo que siguieron las discusiones, no sin vencer antes otras dificultades de los apolinaristas. En ellas tomaron parte, además de los ya indicados, S. Gregorio Niseno y su hermano Pedro de Sebaste, S. Cirilo de Jerusalén, Diodoro de Tarso, y más tarde, una buena representación de Egipto, capitaneada por Timoteo de Alejandría.

Grabado de San Dámaso I, papa.

Grabado de San Dámaso I, papa.

Los padres condenaron las herejías arrianas y macedonianas, confirmaron la doctrina del Primer Concilio Ecuménico de Nicea y anatematizaron los errores de Apolinar. A pesar de ello, todavía no quedó extinguida la herejía. Los apolinaristas continuaron haciendo prosélitos, si bien por el 420 no pocos de ellos volvieron al seno de la Iglesia. Otros siguieron en el error, que luego volvería a manifestarse con nueva modalidad, gracias al monje Eutiques, principal propugnador de la nueva herejía monofisita, de la que hablaré muy pronto.

Donatismo
Herejía enseñada por Donato, obispo de Casae Nigrae, la cual establecía que la efectividad de los sacramentos dependía del carácter moral del ministro. En otras palabras, si un ministro, involucrado en un serio pecado bautizaba a una persona, ese bautismo era considerado inválido. El donatismo se desarrolló como resultado de la persecución ordenada por Diocleciano en 303 en la cual muchos templos y libros cristianos fueron destruidos. Otro edicto proclamado en 304 ordenaba la quema de incienso a los dioses del Imperio Romano a lo cual los cristianos se rehusaron. Muchos cristianos entregaron los textos sagrados a sus perseguidores y aún más, traicionaron a otros cristianos entregándolos a los romanos. Estas personas fueron conocidas como “traditores”: cristianos que traicionaban a otros cristianos.

En la consagración del obispo Ceciliano de Cartago en 311, Félix, uno de los tres obispos de Aptunga, el cual consagró a Ceciliano, había dado copias de la Biblia a los perseguidores romanos. Un grupo de cerca de 70 obispos formó un sínodo y declaró la consagración del obispo inválida. Un gran debate se levantó con relación a la validez de los sacramentos (el bautismo, la Cena del Señor, etc.) debido a que uno de ellos había pecado grandemente contra los otros cristianos. Después de la muerte de Ceciliano, Aelio Donato el Grande se convirtió en obispo de Cartago y es debido a su nombre que el movimiento es llamado. Los donatistas estaban ganando “convertidos” a su causa y una división se estaba levantando en la iglesia Católica. Empezaron a rebautizar a sus “convertidos”, lo cual fue particularmente problemático para la iglesia y fue condenado en el Sínodo de Arlés en 314.

El concilio de Arlés
Fue presidido por el obispo Marino de dicha ciudad, uno de los tres jueces nombrados de antemano por el emperador. El obispo de Roma envió representantes al mismo. A diferencia del sínodo del año anterior tenido en Roma, que no pasó de ser un concilio local, el concilio de Arlés, celebrado el año 314 fue en la intención de Constantino, una asamblea eclesiástica de Occidente, a la cual concurrieron alrededor de cuarenta y seis obispos de Italia, África, Bretaña, la Galia y España. En este último país había tenido lugar en el año 300 un importante concilio de carácter nacional el concilio de Elvira cuya legislación canónica fue en parte aceptada por el concilió de Arlés: cánones relativos a varios puntos de la disciplina eclesiástica. Arlés sin embargo no fue tan riguroso como Elvira.

San Agustín discutiendo con los donatistas. Lienzo barroco.

San Agustín discutiendo con los donatistas. Lienzo barroco.

Como de costumbre, fueron enviadas cartas sinodales a los obispos más importantes. Se conserva la remitida a Roma con la súplica de que, desde la capital del Imperio, sea dada a conocer a todas las Cristiandades de Occidente por lo menos. Los concilios no necesitaban la confirmación de nadie, bastaba su propia e intrínseca autoridad. La sinodal enviada a Roma no es para pedir el beneplácito del obispo de dicha ciudad sino para que la difunda. Y la razón de ello nos la da la misma carta mencionada, conservada por Manis, y cuyo texto hemos dado en la nota anterior: «Porque tienes la diócesis más grande».

El concilio de Arlés, sus procedimientos y aún su misma razón de ser, desmiente las tardías pretensiones romanas y demuestra que la autoridad de un concilio -de la naturaleza que fuese-, era de por sí superior a la de cualquier obispo, incluyendo el obispo de Roma. Por supuesto, el donatismo fue rechazado una vez más y el Puesto de Ceciliano en la sede de Cartago salió vindicado. Las iglesias donatistas fueron cerradas y el movimiento fue víctima de la persecución. El tema del donatismo surgió en muchos concilios ecuménicos y finalmente fue sometido al Emperador Constantino en 316. En cada caso, la consagración del obispo Ceciliano fue defendida. Sin embargo, se inició la persecución y para el año 350 el movimiento había ganado muchos convertidos incluyendo un número incontable en la iglesia Ortodoxa en África. Pero fue la apologética llevada a cabo por San Agustín que giró el nudo contra el movimiento donatista que sin embargo duró hasta bien entrado el siglo VII y sucumbió ante la invasión musulmana del norte de África.

El problema con el donatismo no se trataba de si la persona era o no moralmente pura, ya que la efectividad del bautismo o la administración de la Cena del Señor no se pierden si el carácter moral del ministro está cuestionado o si aún se demuestra que es culpable. Más bien, los sacramentos son poderosos por lo que éstos son: representaciones visibles de realidades espirituales. Dios es el que trabaja en éstos y a través de éstos y Él no se encuentra limitado por el estado moral de quien los administra –aunque para el pueblo esta diferencia no existía y hay quienes dicen que San Agustín defendía la supremacía del clero sobre el pueblo-. Volveremos a ver esta herejía en el siglo XIII, con los contemporáneos de San Bernardo de Claraval, Santa Hildegarda, Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís: los cátaros.

Alejandro

Bibliografía:
– GRILLMEIER, A, Cristo en la tradición cristiana, Editorial “Sígueme”. Salamanca, España.
– LIETZMANN, H, Apollinaris von Laodicea und seine Schule (texte und Untersuchungen), Tubinga 1904.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles. Librería católica San José. Madrid, España.

Enlace consultado 10/01/2014):
http://www.miapic.com/donatismo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

2 pensamientos en “Heresiología (VII): apolinarismo y donatismo

  1. Alejandro:
    Gracias por este artículo sobre estas manifestaciones heterodoxas sobre la doctrina cristiana. Un episodio más a este proyecto que nos has venido ilustrando.
    No porque ya sucedieron o no se conocen no pierden actualidad, el conocimiento de Cristo debe ser completo para poderlo amar e imitar. Y debemos estar alerta porque la ignorancia resucita estas herejías y las refina más sutilmente en nuestros días.
    En lo particular me ha interesado mucho la exposición donatista, cuyos orígenes con los lapsi y la intervención de los confesores de la fe merecerían un artículo aparte. Y más sobre las repercusiones que tuvieron siglos después como bien lo has registrado.
    Saludos

  2. Un artículo muy interesante había escuchado de estas herejías y sabia de que trataban someramente pero no tenía idea de todo su origen y evolución, muchas gracias

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