Heresiología (VIII): Priscilianismo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Mosaico paleocristiano de San Ambrosio de Milán.

Mosaico paleocristiano de San Ambrosio de Milán.

La secta hispana más importante y cuyo fin trágico marcó un grave precedente, no sólo para la Iglesia de este país sino para toda la Iglesia occidental, fue el priscilianismo. La primera noticia documental de la existencia de priscilianistas es una carta del año 378 ó 379 en la que Higinio, obispo de Córdoba, denuncia la propagación de este movimiento a Hidacio, obispo de Mérida. De esta denuncia se desprende que el movimiento religioso fue descubierto durante el período de su expansión por la provincia de Lusitania. A esta provincia debían pertenecer también los obispos Instancio y Salviano, protectores y seguidores de Prisciliano. También se desprende que la difusión del priscilianismo había comenzado varios años antes, permaneciendo hasta entonces en la oscuridad. Tal vez, al expandirse en Lusitania, el movimiento hubiera ido radicalizándose y ostentando comportamientos más llamativos que hasta entonces no habían sido percibidos.

Sobre la figura de Prisciliano pesan muchas incógnitas. La primera de ellas es la de su origen. Dados la extensión y el arraigo que el priscilianismo alcanzó en Galicia (sobre todo tras su muerte) la mayoría de los autores le suponen un origen gallego, aunque no sea un hecho comprobado. Sulpicio Severo escribe en su crónica que Prisciliano pertenecía a una familia aristocrática, muy rica, lo que le había permitido alcanzar un alto nivel cultural. Efectivamente, en la propia obra escrita que conservamos de Prisciliano, sus Tratados y Cánones, se observa un estilo erudito y cultivado. También la mayoría de sus seguidores era gente culta. Además, de la misma descripción de Sulpicio Severo se desprende que Prisciliano tenía unas cualidades muy señaladas para constituirse en líder de un movimiento, pues era “muy ejercitado en la declamación y la disputa, agudo e inquieto, habilísimo en el discurso y la dialéctica, nada codicioso, sumamente parco y capaz de soportar el hambre y la sed. Pero al mismo tiempo, muy vanidoso y más hinchado de lo justo por su conocimiento de las cosas profanas”.

Aunque en el momento en que se da a conocer, la mayoría de los priscilianistas y el propio Prisciliano eran laicos, de sus propios escritos parece desprenderse que su objetivo era la renovación de la Iglesia desde dentro y que su aspiración era acceder al episcopado: “Elegidos ya para Dios algunos de nosotros en las Iglesias, mientras otros procuramos con nuestro modo de vivir ser elegidos”. La base textual de su enseñanza son el Antiguo Testamento y los apócrifos. De la utilización de estos escritos apócrifos se desprenden algunos errores doctrinales en los que no consideramos oportuno entrar por alejarse del tema. Los rasgos más sobresalientes de su comportamiento son un notable radicalismo ascético con exhortaciones al abandono de las cosas mundanas, la renuncia a la carne y al vino, la virginidad a ultranza, la consideración de igualdad entre el hombre y la mujer y una condena tajante al lujo y al poder secularizado de los obispos. Estos son los planteamientos de vida que pueden extraerse de las múltiples controversias que los priscilianistas suscitaron. Así, por ejemplo, el Apologético de Itacio de Osonoba, uno de sus más encarnizados acusadores (junto con Hidacio de Mérida) es una sarta de acusaciones injuriosas, acusándole de artes maléficas, infamias sexuales e incluso afirmando que el maestro de Prisciliano había sido un tal Marcos de Menfis, muy entendido en el arte de la magia y discípulo de Manes. Que tales acusaciones implicaban un odio exagerado lo demuestra el hecho de que San Martín de Tours reprochara a Itacio su desmedida saña lo que, por cierto, hizo que los detractores de Prisciliano sumaran a San Martín al grupo de herejes. También San Ambrosio, obispo de Milán, hizo parecidos reproches a Itacio, así como otros muchos personajes nada sospechosos de connivencia con el priscilianismo.

Icono ortodoxo anglolatino de San Martín de Tours.

Icono ortodoxo anglolatino de San Martín de Tours.

Algunos autores, sobre todo A. Barbero, han considerado que el priscilianismo era una expresión religiosa del malestar social de la época. Ciertamente hay un trasfondo social innegable. Tal vez no fuera el planteamiento de Prisciliano expresar por medio de la ideología religiosa el malestar social de la población campesina, pero muchos de sus seguidores -fundamentalmente después de su muerte- sin duda encontraron en el priscilianismo un vehículo de expresión de su rechazo a una Iglesia secularizada, fácilmente identificable con el Estado que les oprimía.

Pero volvamos al relato de los avatares de Prisciliano y sus seguidores. En esos momentos Prisciliano había atraído a sus convicciones a mucha gente noble y también de la clase popular. Sobre todo, dice Sulpicio Severo, que acudían a él “catervas de mujeres”, sin duda por sus planteamientos más justos hacia ellas que los de la Iglesia oficial. Formulada la denuncia de Higinio de Córdoba a Hidacio de Mérida, a la que ya nos referimos, de nuevo Sulpicio Severo nos dice que Hidacio “atacó a Instancio y sus socios -priscilianistas sin medida y más allá de lo que convenía, dando pábulo al incendio incipiente y exasperando más que apaciguando”. Sin duda estos ataques abrieron una distancia aún mayor entre los priscilianistas y el clero oficial.

En el 380 se celebra un Concilio de Zaragoza al que asisten, entre otros obispos, Itacio de Osonoba e Hidacio de Mérida, así como Delfín, obispo de Burdeos y un tal Fitadio -que Sotomayor considera se trata de Febadio Agen-, puesto que la secta había penetrado también en las Galias. No asiste ningún priscilianista. El objeto del Concilio se resume en pocas palabras: acusar a Prisciliano y a sus seguidores. Itacio de Osonoba fue encargado de dar a conocer la sentencia del Concilio. Tras este acontecimiento se produjeron tumultos en la sede de Mérida contra Hidacio y muchos clérigos se separaron de él. Prisciliano fue ordenado por Instancio y Salviano como obispo de Ávila, cuya sede había quedado vacante. A continuación Itacio hace una acusación formal inventando una historia falsa de los hechos y reuniendo “ciertas escrituras” comprometedoras. Sin duda se trataba de los apócrifos. Esta denuncia la dirigió al emperador Graciano. La respuesta de éste fue el destierro de todos los herejes no sólo de sus iglesias y ciudades, sino de todo el territorio.

Instancio, Salviano y Prisciliano deciden dirigirse a Roma y procuran la intervención del papa San Dámaso. Según el relato de Sulpicio Severo, se dirigieron primeramente a Elusana (Euze), en Aquitania, donde hicieron muchos prosélitos. En Burdeos intentan entrevistarse con el obispo Delfín -que había asistido al Concilio de Zaragoza- pero éste se niega a recibirlos. Entre los numerosos adeptos que hicieron, destacan Eucrocia, mujer del retórico Delfidio, y su hija Prócula. Acompañados de muchos de estos nuevos prosélitos se dirigen a Roma, pero el papa Dámaso no los recibe. Tampoco Ambrosio de Milán accedió a entrevistarse con ellos. Como última alternativa se dirigen a las autoridades civiles y es Macedonio, magister officiorum, quien logra la revocación de la condena de Graciano y ordena que les sean restituidas sus sedes. De este modo, en el año 382, vuelven a instalarse en ellas, excepto Salviano, que había muerto durante la estancia en Roma.

Tabla gótica de San Agustín en su estudio.

Tabla gótica de San Agustín en su estudio.

Una vez en sus sedes, Prisciliano y los suyos consiguen que el procónsul Volvencio mande detener a su acusador, Itacio de Osonoba, por calumnias e injurias, pero Itacio logra escapar a las Galias y obtiene la protección del prefecto Gregorio. Posteriormente, se refugia en Tréveris, amparado por el obispo Britanio. Entre tanto, Máximo se había hecho proclamar emperador en Britania y, como hemos visto anteriormente, consiguió hacerse con el control de las Galias e Hispania.

Itacio acusa nuevamente ante el emperador Máximo a Prisciliano y sus seguidores. Máximo ordena que sean llevados a Burdeos, donde se celebra, en el año 384, un concilio compuesto principalmente por obispos de Aquitania para juzgarlos. Hidacio e Itacio eran los acusadores ante el Concilio y Prisciliano e Instancio los acusados. Entre los presentes se encontraba san Martín de Tours. La condena fue que a Instancio se le despojara del obispado, pero Prisciliano no consintió en ser jugado por los obispos y apeló al emperador. De este concilio, que como se puede ver es nuestra principal fuente para el conocimiento de la vida de Prisciliano, dice Sulpicio Severo: “En mi opinión, me desagradan tanto los reos como los acusadores y al menos a Itacio lo defino como quien no tuvo peso alguno ni nada de santo; pues era osado, parlanchín, desvergonzado, suntuoso, demasiado proclive al vientre y a la gula. Hasta tal punto había llegado su estulticia que llegó a acusar como compinches o discípulos de Prisciliano a todo santo varón cuyo afán consistiera en la lectura o cuyo propósito fuera ayunar. El desgraciado se atrevió incluso por aquel tiempo a echar públicamente en cara la difamación de herejía al obispo Martín, un hombre plenamente comparable a los apóstoles. Pues Martín, establecido por aquel tiempo en Tréveris, no dejaba de increpar a Itacio para que retirase la acusación y de rogar a Máximo que se abstuviera de la sangre de unos infelices”.

El proceso se mantuvo en suspenso mientras San Martín de Tours estuvo en Tréveris, incluso parece que obtuvo buenas promesas de Máximo. Pero los obispos Magno y Rufo, cuyas sedes se ignoran, convencen al emperador para llevar adelante el proceso. La causa la pone Máximo en manos del prefecto Evodio, hombre “violento y severo”, según Sulpicio. En el proceso se halló a Prisciliano convicto de los siguientes cargos: magia, doctrinas obscenas, conciliábulos nocturnos con mujeres y de orar desnudo. Vista la causa, el emperador Máximo decretó que Prisciliano y sus amigos fueran condenados a muerte (decapitación) tras ser sometidos a tortura para obtener sus confesiones.

La lista de los ejecutados, según Sulpicio Severo, es la siguiente: Prisciliano, jefe de la secta; Felicísimo y Armenio; clérigos; Latroniano (del que Jerónimo en su De viris illustribus dice que era un varón erudito y comparable en la poesía con los antiguos) y Eucrocia. En el mismo juicio, Instancio fue desterrado a la isla Scilly. En subsiguientes juicios también fueron sentenciados los diáconos Asarbo y Aurelio a la pena de muerte; Tiberiano a la confiscación de bienes y destierro a la isla Scilly; Tértulo, Potamino y Juan, por ser gente humilde y haberse reconocido culpables, al exilio en las Galias. También el obispo Higinio de Córdoba (que dio a conocer la existencia del priscilianismo, al que posteriormente él mismo se adhirió) fue condenado al destierro.

Grabado del emperador Teodosio el Grande.

Grabado del emperador Teodosio el Grande.

La gravedad de estos procesos ha sido vista por algunos autores como un preludio de la futura Inquisición, pues ciertamente nunca antes se habían dictado sentencias capitales por motivos religiosos. Sabemos que después de su ejecución, los cuerpos de Prisciliano y sus seguidores fueron traídos por sus fieles a Hispania, tal vez a Galicia, dado el fervor priscilianista que continuó durante dos siglos más. Las insinuaciones de Mons. Duchesne, luego repetidas por otros estudiosos, Hauschild entre ellos, han dado cierta base para suponer que los restos venerados desde el siglo IX del apóstol Santiago, en Compostela, no son otros que los de Prisciliano y sus compañeros, únicos personajes de cuyo culto hay constancia en Galicia hasta el siglo VII.

La conmoción por estas sentencias sin duda fue muy grande en la Iglesia, no sólo hispana, sino occidental. Sulpicio Severo nos describe esta situación: “Por lo demás, al morir Prisciliano, no sólo no se reprimió la herejía que irrumpiera bajo sus auspicios, sino que se afirmó y propagó más. Pues sus seguidores, que antes lo habían honrado como santo, comenzaron a venerarlo como mártir. Ahora bien, entre nosotros se había encendido una continua guerra de discordias que, agitada ya durante quince años con desagradables dimensiones, no había manera de sofocar. Y ahora, cuando especialmente gracias a las discordias entre los obispos todo se veía perturbado y confundido y depravado todo por su mediación, a causa del odio, el favor, el miedo, la inconstancia, la envidia, el partidismo, las pasiones, la arrogancia, el sueño y la desidia, a la postre la mayoría rivalizaba con planes podridos y afanes contumaces contra los pocos que tenían buenas intenciones”. Todas estas razones habían llevado a la condena a muerte de Prisciliano y sus compañeros.

Inmediatamente después del proceso de Tréveris, Máximo envía dos comisarios a Hispania para depurar las sedes episcopales de todo rastro de priscilianismo, iniciándose una cadena de ejecuciones y deportaciones que acabaron por despertar las iras de sectores de la Iglesia oficial descontentos con el curso de los acontecimientos. Martín de Tours, Jerónimo de Estridón y Ambrosio de Milán representaban un sector, dentro del cuadro de ortodoxos leales a Roma, que se había opuesto desde un principio a la injerencia imperial en asuntos eclesiásticos y a matar a los herejes. Son estos Padres de la Iglesia, en especial Martín, quienes detienen el desproporcionado movimiento itaciano, denominado así por su principal impulsor, Itacio, el obispo de Ossonoba.

En el año 388 Máximo es derrotado y decapitado por Teodosio, y la situación da un vuelco hasta el punto de que el propio Itacio es excomulgado en el 389 por su implicación directa en el juicio secular contra Prisciliano. En este año, según Sulpicio Severo, varios discípulos viajan hasta Tréveris con el permiso de Roma para exhumar los restos de su líder y llevarlos a su Gallaecia natal. A la cabeza de esta delegación se encuentra Dictinio, autor de uno de los pocos opúsculos priscilianistas de los que se conoce su existencia (aunque no se conserva ningún ejemplar). De ese libro, titulado Libra, se conservan tan sólo referencias indirectas en la obra de San Agustín de Hipona Contra mendacium. Refiere este autor que los priscilianistas consideran lícito mentir para proteger su existencia, hasta el punto de que se recoge un santo y seña mediante el que se reconocen: Iura, periura, secretum prodere noli (juramento de inviolabilidad de los secretos del grupo, aun a costa de mentir).

El actor francés Jean-Claude Carrière interpreta el papel del obispo Prisciliano en la película "La Vía Láctea"    (1969) de Luis Buñuel.

El actor francés Jean-Claude Carrière interpreta el papel del obispo Prisciliano en la película “La Vía Láctea” (1969) de Luis Buñuel.

En el año 396 se convoca un Concilio en Toledo en el que los seguidores de Prisciliano abjuran de sus ideas y declaran “haber abandonado los errores de la secta”, pero la constatación de la pervivencia de costumbres priscilianistas (consagración de la Eucaristía con leche y uvas, ayuno, la presencia de clérigos con el pelo largo…) obliga a la celebración de un nuevo concilio en Toletum en el año 400. En este sínodo se asegura que once de los doce obispos de la Gallaecia eran priscilianistas. El único obispo no priscilianista era el de la diócesis de Bretoña, no galaica, sino británica.(Entre los siglos IV y V miles de celtas de la provincia romana de Britania bajo el mando del obispo Maeloc cruzan a Armórica, en la Galia, y a Gallaecia, fundando la provincia-obispado de Bretoña. Un par de siglos después será también un monje bretón, Pelagio, el que anuncie el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago). Las actas de ese concilio recogen el testimonio de abjuración de su herejía de Simposio, su hijo Dictinio y el presbítero Comasio.

Tras la muerte de Máximo, Teodosio se proclama emperador de Oriente y Occidente; pero su muerte en el 395 deja de nuevo el imperio dividido entre sus dos hijos. Al mayor, Arcadio, le corresponden los territorios orientales y al joven Honorio, con apenas once años, el imperio occidental, tutelado por Estilicón. El movimiento priscilianista se ha ido transformando en este tiempo, por fuerza de la persecución, en una sociedad secreta, que ejerce el suficiente poder en el noroeste peninsular para que el papa Inocencio I decrete la Regula fidei contra omnes hereses, maxime contra Priscillianistas en el año 404. Entre las filas del movimiento priscilianista algunos autores han incluido a Baquiario, un monje itinerante de finales del siglo IV, y a Egeria, autora de la primera crónica de viajes a tierra santa del cristianismo escrita por una mujer.

En el año 409 Honorio define su política decantándose en contra del movimiento priscilianista, condenando a sus seguidores a perder sus bienes y derechos civiles, llegando a imponer multas a los funcionarios civiles remisos a perseguir la herejía. Es el año en que los bárbaros se desbordarán por el imperio, y el priscilianismo sobrevivirá en el noroeste peninsular, sobre todo en el entorno rural, al amparo de la independencia política de Roma. A mediados del siglo V, Santo Toribio, obispo de Astorga, se aplicó a arrebatar de manos de los fieles todos los libros priscilianistas y, comprendiendo que todavía este remedio era ineficaz, remitió al papa San León el Magno el Communitorium, enumeración de los errores consignados en los libros apócrifos, y el Libellus, donde refutaba el priscilianismo. San León aconsejó la celebración de un concilio en Toledo, o un sínodo de obispos galaicos, si lo anterior fuese imposible por el estado de independencia política de Gallaecia respecto a Roma y el conflicto generalizado en la Península Ibérica. Se convocó el sínodo de Aquis Caelenis (actual Caldas de Reyes), donde los heterodoxos, aún aparentando admitir la Assertio fidei, perseveraron en sus doctrinas y prácticas, hasta mediado el siglo VI. Finalmente el primer Concilio de Braga (561) vuelve a hacer referencia al problema, condenándose en siete de sus diecisiete cánones las proposiciones priscilianistas. El segundo concilio de Braga, celebrado varios años después, aún refleja en sus actas alusiones a la secta, e incluso aparece una alusión en el IV concilio de Toledo (683), en el que se condena, como lacra priscilianista, el «delirante pecado» de no cortarse el pelo de la clerecía gallega.

A modo de aporte cultural, el afamado director orgullosamente mexicano Luis Buñuel recreó en su polémica película “La Vía Láctea” de 1969, una escena del culto priscilianista, con el actor Jean Claude Carrier interpretando al obispo abulense hereje.

Alejandro

Bibliografía:
– GRILLMEIER, A, Cristo en la tradición cristiana, Editorial “Sígueme”. Salamanca, España.
– LIETZMANN, H, Apollinaris von Laodicea und seine Schule (texte und Untersuchungen), Tubinga 1904.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles. Librería católica San José. Madrid, España.

Enlace consultado 10/01/2014):
http://www.miapic.com/donatismo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

6 pensamientos en “Heresiología (VIII): Priscilianismo

  1. Había leído hace tiempo sobre el priscilianismo. Hoy he recordado y profundizado este conocimiento.
    Gracias por tu trabajo tan detallado y esmerado.
    Saludos.

    • Muchas gracias a ti, Humberto, por tu interés en mi trabajo que escribo para todos nosotros, que nos ayuda a profundizar en nuestra fe y en sus avatares, a veces no tan agradables ni suaves.

  2. Yo soy una persona con una formación cristiana muy básica y confieso que estos artículos de heresiología normalmente me los saltaba y pensaba leerlos alguna vez, como quien va a clase. Con esto del priscilianismo veo mucho politiqueo, lucha de poder y mentiras: ¿Exaltaban la virginidad y la renuncia a la carne o “tenían conciábulos nocturnos con mujeres”? o lo uno o lo otro.Visto desde el siglo XXI ¿qué tiene de malo la igualdad de los sexos, la condena del lujo y el poder? Ahora que casi todo el mundo sabemos leer y tenemos acceso a tanta información, muchos seriamos considerados herejes por no saber, o por pensar y no estar de acuerdo con la norma.

    • Hermana Marian, las acusaciones contra los priscilianistas son y fueron muy contradictorias entre sí, debido a que las fuentes con las que disponemos son de los detractores y de los apologistas ortodoxos. Los herejes son los pioneros de la libertad de pensamiento contra el sistema opresor uniforme que a todos quiere iguales, y alienados, como en su momento lo fueron los cristianos ante el imperio romano.

  3. Gracias, Alejandro, por estos dos estupendos artículos de Heresiología. En el de ayer no comenté al no saber qué aportar en un tema del que desconocía todo. Hoy debo decir que Prisciliano me fue conocido “de oídas” por la lectura de algunas novelas y manuales de Historia, profundizando un poco más en él -que tampoco mucho- en “La España Herética” de Victoria Sendón de León, opúsculo que te recomendé una vez y que te vuelvo a recomendar como apasionado de las herejías.

    Creo que se cometió una gran injusticia con Prisciliano y, como bien dices, la tortura y ejecución del mismo y de sus seguidores sentó un gravísimo precedente: si hasta ese momento, la mayor condena para un hereje era el anatema -que quieras que no, por lo menos no atentaba contra su vida o su integridad física- a partir de ahora los “herejes” -los reales y los imaginados por mentes calenturientas y vengativas- podrán ser carne de verdugo y de hoguera, exponiendo, con el tiempo, a muchísimos inocentes a las manos de una jerarquía eclesiástica brutal y ambiciosa, sedienta de poder y de control, que tuvo en la Inquisición su más infame instrumento. Y que conste que a pesar de este lenguaje grandilocuente no me estoy echando un farol ni estoy exagerando: por desgracia, fue así.

    Que atentar contra la vida de alguien que no comparte tus ideas o que las transgrede, por más o menos razón que tenga en ello -y a veces la razón que tiene uno es pura subjetividad, como la misma noción de lo que es “verdad”- es de una inmensa bajeza moral, está claro, que es indigno de cualquiera que se quiera llamar cristiano, también. Pero en Prisciliano me sorprende ver que incluso grandes Santos se opusieron a su condena y al modo en que lo trataron. Sería pues, de cachondeo -o de irónica justicia, según se quiera-, que finalmente fuera él quien estuviese ocupando la tumba de Compostela, ante la cual se ha inclinado media Europa -Papas e inquisidores incluidos- durante siglos; aunque yo, en esto, ni quito ni pongo rey, pues no tengo idea de cuál es la verdad sobre el inquilino de Compostela, salvo que me cuesta creer que sea Santiago Zebedeo.

    Marian dice que muchos de nosotros, ahora, sólo por saber y pensar por nuestra cuenta y estar en desacuerdo con la norma, seríamos considerados herejes. Es cierto. Pero de ésos también los hubo en esas épocas. Los listos cerraron el pico para pasar de largo ante el resplandor de la hoguera. Los menos listos, o quizás los más honrados, abrieron la boca y perecieron. Hoy día, lo que nos condenaría es expresar lo que pensamos. Pero gracias a Dios, Él nos hizo libres y por más que se cosan las bocas, a la mente nadie puede coserla, ni ponerle barreras, salvo las que uno mismo quiera ponerse. Lo que no significa que debamos conformarnos, jamás, con una sola boca cosida.

    Por último, quisiera reivindicar la figura de Prisciliano como personaje relevante de nuestra Historia, ignorado o vilipendiado por la triunfalista historiografía nacionalcatólica, tan bochornosa como tendenciosa.

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